Capítulo 14: Venganza no consumada

Yago salió como un bólido de las mazmorras, siendo seguido por Zelda, quien no entendió ese cambio de actitud. Incluso se llevó con él la cadena, no se la quiso devolver.

El hombre fue hasta las afueras de la zona Norte del castillo, sitio bastante alejado porque ahí se encontraba el Pabellón de Ejecución, donde se llevaba a cabo la pena capital del reino para los traidores, lo que Link era considerado.

Yago ya se había alejado bastante, tanto que Zelda no logró alcanzarlo. Fue en ese momento que la voz de Impa la detuvo, pues desde lo lejos la vio corriendo detrás de él y quería averiguar qué había ocurrido.

- ¡Zelda! – exclamó Impa, respirando agitada. – ¿Qué ocurre? ¿Por qué persigues a Yago?

- No lo sé, Impa. – dijo Zelda, preocupada. – Se dirige al pabellón, donde sé que en este momento está Link. Vio la cadena que tenía y se puso como un loco.

- ¿Cadena? – preguntó sorprendida. – Por las Diosas, ¿qué cadena?

- Impa, acompáñame, por favor. – rogó la princesa. – No tengo tiempo de explicarte nada aun.

Las mujeres siguieron el mismo camino tomado por Yago, rogando a las Diosas que sea lo que sea que hubiera ocurrido, sirva para salvar la vida de Link.


Link ya se encontraba posicionado en la tarima, con la soga que lo llevaría a la muerte amarrada a su cuello. Sólo asistieron tres soldados a supervisar que aquello se cumpla, pues el resto no tuvo corazón de hacerlo, no fueron capaces de asistir a ver la agonía de su amigo.

El caballero ya estaba resignado a su muerte, pero satisfecho de saber que dejaba el mundo conociendo lo que era el amor; gracias Zelda, quien le enseñó a liberarse de la soledad que por años lo aquejó. No pudo conocer los orígenes de su vida, pero al menos logró encontrar con qué llenar su corazón.

Los soldados, consternados, subieron a la tarima para empujar al castigado a su ejecución, pero justo cuando tocaron a Link, un exasperado grito los detuvo.

- ¡PAREN ESTO, MALDITA SEA!

Link y los soldados se sobresaltaron al escuchar los gritos de Yago, quien llegó agitado a detener la ejecución. Se sintió aliviado y agradecido de haberla evitado a tiempo.

- Detengan la ejecución…

- ¿Ministro? – preguntó uno de los soldados. – ¿Pero qué ha ocurrido con…?

- ¿No me escucharon? – preguntó Yago, encolerizado. – ¡DETENGAN LA EJECUCIÓN, ES UNA ORDEN!

Los soldados decidieron no refutar y liberar a Link de su amarre, para después ayudarle a bajar de la tarima. Yago les pidió que se retiren, dejándolo solo con él.

- Sir Yago…. ¿qué ocurre? – preguntó Link, asustado. – ¿Por qué detuvo la ejecución?

El hombre no dijo nada, sorprendiendo a Link cayendo de rodillas y con lágrimas saliendo de sus ojos. El caballero creyó estar viendo mal, pero efectivamente, el ministro estaba llorando, consternado y sin poder mirarlo.

- Ahora soy yo el que te pide perdón de rodillas. Años persiguiendo respuestas, lamentándome por haberle fallado a aquel amigo que dio todo por mí, por quien soy lo poco que soy. – dijo Yago, con remordimiento, para después alzar la mirada hacia Link. – Tú eres aquel que por tanto tiempo he buscado, que al fin he hallado… y que estuve a punto de destruir. ¡LO SIENTO, PERDÓNAME!

Link no entendía la actitud del ministro, lo confundía por completo, y todo eso sumado a las duras emociones que le tocó vivir por estar a punto de morir.

Zelda e Impa llegaron en ese momento, ansiosas de saber lo ocurrido. Apenas la princesa vio a Link, libre, no pudo contener los deseos de correr hasta él para abrazarlo, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Agradecía a las Diosas que estuviera con vida, aunque aún no entendiera cómo.

- ¡Link, estás bien! – exclamó Zelda, emocionada con toda su alma.

Link le devolvió el gesto de la misma manera, conmovido y emocionado de volver a tenerla entre sus brazos, olvidando que se encontraba ante la presencia del ministro.

Impa vio la escena conmocionada, pero sorprendida de ver que Yago no hacía absolutamente nada para separar a la pareja. Todo lo contrario, los observaba con remordimiento, culpa y desconsuelo. Todo estaba muy extraño.

Una vez que la pareja se separó, Yago se acercó hasta ellos, causando que Link se ponga delante de Zelda de manera defensiva, pues temía que pudiera decir algo que la ofendiera.

- Tranquilo, muchacho. – dijo Yago, consternado. – No pienso decir nada al respecto… ustedes deben estar juntos. Siempre debió ser así.

Impa, Link y Zelda desorbitaron sus ojos al escuchar las palabras de Yago, inverosímiles y distintas a la dureza que mostró desde el día que comprometió a la princesa con Alvar; y cuando vio al caballero besándola en la llanura.

La confusión estaba cada vez peor, y necesitaban salir de eso cuánto antes.

- ¿Qué te pasa, Yago? – preguntó Impa, incrédula.

- Pasa, Impa, que he abierto los ojos… que por fin encontré lo que por tanto tiempo añoré. Devolverle el favor a un gran amigo.

Yago mostró a Link la cadena que se le había caído a Zelda, causando que Impa, luego de analizarla por unos segundos, lance un suspiro de sorpresa, mientras se cubría el rostro con sus manos.

- Esta cadena… no puede ser. – expresó la Sheikah.

- Sir Yago. – dijo Link, sorprendido. – Yo le regalé a Zelda esta cadena. ¿Por qué usted la…?

- Link… Link. – repitió, riéndose irónico. – Tantas veces que mencioné tu nombre y no comprendía por qué me causaba curiosidad, y ahora todo tiene sentido.

- No entiendo. – continuó Link, comenzando a asustarse.

- Tu madre, dando su vida por ti, sólo pudo dejarte esta cadena con tu nombre, tu verdadera identidad. – El único hijo del Caballero de la Corona, Sir Leonel.

El corazón de Link se tambaleó al escuchar semejante historia, creyendo que las emociones lo estaban zarandeando despiadadamente. Zelda se sentía de la misma manera, sin entender nada, sin embargo, los ojos de Impa se humedecieron con los recuerdos regresando a su memoria.

- ¿Qué dice, Sir Yago? – preguntó Link, tomándolo de los hombros. – ¿Cómo usted sabe que mi madre me dejó esa cadena al morir?

- El hijo de Lady Aimee y Sir Leonel, vivo… no lo puedo creer. – dijo Impa, emocionada.

- ¿Aimee, Leonel? – preguntó Link.

- Tus padres, Link. – dijo Yago. – Los verdaderos y que te dieron la vida. Esta cadena fue un regalo de ellos el día de tu nacimiento, y por eso tiene tu nombre.

El cuerpo de Link comenzó a temblar, mientras un fuerte dolor de cabeza lo invadía. Estuvo a punto de desvanecerse, pero Yago y Zelda lo tomaron por los hombros, dándole soporte. No podía creer todo lo que estaba escuchando, enterarse de su origen en una tormenta de confesiones.

- Tranquilo, muchacho. – pidió Yago, preocupado. – Sé que enterarte así de las cosas no es fácil, pero es la verdad.

- Yo… no puedo… no puede ser esto… – expresó Link, conmocionado.

Viendo la confusión de Link, Impa se acercó para intervenir e intentar calmarlo.

- Link, en el camino te daremos todas las explicaciones, pues ahora debemos llevarte a un lugar que te ha estado esperando. – dijo Impa.

- Es cierto… – recordó Yago, emocionado. – Ya no tengo dudas de tu identidad, pero es importante comprobarlo de manera definitiva.

- Ministro. – rogó Link, desesperado. – Por lo que más quiera, termine de explicarme todo. Necesito saber sobre mi origen, lo he esperado toda mi vida.

- Juro que lo haré. – aseguró el hombre. – Pero primero acompáñanos. Debes reclamar algo que te pertenece.

Yago tomó del brazo a Link para llevárselo, mientras que Zelda, confundida, se acercó a Impa para pedirle una explicación de todo lo escuchado.

- Impa, por favor. – pidió Zelda, ansiosa. – Explícame todo esto, no entiendo nada.

- Lo entenderás pronto, Zelda. – respondió Impa. – Primero Link debe conocer su destino… que tiene mucho que ver con el tuyo.

Zelda terminó más confusa, sin embargo decidió no seguir insistiendo. Quería conocer de una vez por todas lo relacionado al pasado de Link.

Ninguno de los presentes, que ahora se dirigían al sitio esperado, sabía que estaban siendo seguidos.


Link, Zelda, Impa y Yago llegaron al bastión central, conocido también como la sala del trono. Zelda no comprendía por qué se encontraban ahí, pues era un sitio común para todos los presentes, nada que pudiera guardar algo distinto.

- ¿Qué hacemos aquí? – preguntó Zelda. – Este es el bastión central. ¿Qué podría haber en este lugar?

- Ya lo verás. – dijo Impa.

Yago se acercó hasta los tronos que alguna vez pertenecieron a los reyes de Hyrule, abriendo detrás de ellos unas cortinas. Detrás de estas sólo se veía una pared con un orificio circular en medio.

- Link, incrusta en ese orificio la cadena que por siempre te ha acompañado.

Aun impactado con la situación, el joven colocó el dije en el orificio, causando que una puerta se abra de par en par. Yago e Impa no se inmutaron con el escenario, pero Link y Zelda quedaron impactados.

Frente a ellos se encontraba un pequeño santuario, con un vitral con el símbolo de la Trifuerza permitiendo la entrada de la luz del sol, que se enfocaba en un objeto en particular.

- ¿Qué es eso? – preguntó el caballero.

Frente a Link se encontraba un pedestal resplandeciente con una maravillosa espada, una que nunca en su vida había visto; hoja de plata y empuñadura de zafiro, una belleza sin igual. Bajo la misma estaba posicionado un escudo azul, con filos plateados y con un ave roja soportando a la Trifuerza.

- Link. – dijo Yago. – Esta es la Espada Maestra, el arma designada para el Héroe Elegido por las Diosas, la que por tu linaje y signo de tu mano izquierda, te pertenece. Años ha esperado ser portada, y ahora es el momento.

- Sir Yago, ¿cómo sabe usted lo de mi mano? – preguntó Link, sorprendido.

- ¿Qué? – preguntó Zelda, sorprendida. – ¿Link, un héroe?

Impa le pidió a Zelda que siga escuchando todo con suma atención, pues no quería interrumpir tan importante momento.

- Toma la espada, Link. – pidió Yago, emocionado. – Y después de eso te daré todas las explicaciones que necesita tu alma.

La desesperación de Link se redujo al observar aquella arma, sin entender por qué. La sentía tan íntima y suya que no dudó en acercarse a ella para empuñarla, para retirarla del pedestal que por años la tuvo cautiva.

Con determinación alcanzó la espada, sacándola del pedestal sin ninguna dificultad. Sintió como su alma se engrandecía con la esencia de la misma, tomándolo por completo y convirtiéndose con ella en uno sólo.

- Lo sabía. – dijo Yago, embelesado. – Eres tu… siempre lo fuiste. Qué la vida me juzgue por mi pecado.

Por otra parte, Impa y Zelda miraban maravilladas el resplandecer de la hermosa arma, observando como Link la elevaba y se bañaba de su grandeza, de su magnificencia. Pocos segundos después la bajó a su altura, para verla con detenimiento.

- La Espada Maestra. – dijo Link, obnubilado. – Mi destino...

El caballero siguió deleitado con el arma, sintiendo como su energía adentraba a su cuerpo. Sin embargo, una incomodidad se apoderó del ambiente, y lo mismo sintieron Zelda, Impa y Yago.

- Soldado de cuarta… maldito.

Link se dio la vuelta para descubrir que Alvar había arribado al santuario. Por todo lo ocurrido, por supuesto que sentía desconfianza y desprecio por él, pero ahora su aura se sentía diferente, más temible y oscura, como si estuviera poseído.

- ¿Qué haces aquí, Alvar? – preguntó Link, enojado e irónico, se sentía confiado con su nueva arma. – ¿No tuviste suficiente con la última paliza?

- ¿Paliza? – preguntó con sarcasmo – Sólo me tomaste desprevenido, pero eso se acabó.

- ¿Qué quieres decir con que se acabó?

- Me quitaste a mi mujer, así que de ninguna manera pienso quedarme de brazos cruzados. – dijo Alvar, encolerizado y hablando con dificultad debido a su estado.

- ¡Cállate, Alvar! – intervino Zelda. – Yo jamás he sido ni seré tu mujer. Después de todo lo que hiciste, me repugnas. Por tu culpa casi ejecutan a Link.

- ¡Qué lástima me das, Zelda! – exclamó el príncipe. – Qué bajo caíste al fijarte en este marginal, y rechazar a un hombre como yo. ¡Eres una zorra estúpida!

Link se lanzó de lleno a Alvar y le dio un puñetazo en la cara por haberse atrevido a insultar a Zelda. Ahora que él era su hombre, su protector, no iba a permitir que se meta con ella.

- ¡Imbécil, cuida tu boca al hablar de la princesa! – reclamó Link, enfurecido, ahorcando al príncipe.

Zelda quedó impactada ante la agresión del caballero por defenderla, mientras que Impa y Yago corrieron a separarlos; no por proteger a Alvar, sino porque no querían que Link pierda su tiempo con un tipo como ese.

- ¡Suéltalo, Link! – pidió Yago, separándolo, para después dirigirse a Alvar. – Y usted, príncipe, es una vergüenza para su reino, para sus padres, para todos los hombres. Me arrepiento tanto de haber sido tan ciego y no haberme dado cuenta de la calaña que era, y haber expuesto a la princesa a un demente como usted.

- ¡No me importa tu opinión, imbécil! – gritó Alvar a Yago.

- Además Link no es ningún marginal, como usted lo llama. – dijo el ministro. – No tiene idea con quién se está metiendo…

- ¡Me importa nada quién sea este tipo! – ignoró el joven. – Lo único que deseo es acabar con él. Por eso lo espero a las afueras del castillo, en la llanura. Claro… si es que no tiene miedo de que lo mate.

- ¿Miedo? – preguntó Link, riéndose. – Ya me la debes. Te mataría aquí mismo, pero no pienso mancillar este lugar sagrado con tu podrida sangre.

- En media hora, estúpido. – dijo Alvar. – Ni un minuto más.

Limpiándose el hilo de sangre que Link le había causado con su golpe, Alvar se retiró del santuario. Zelda se acercó hasta el joven para abrazarlo, para tratar de calmar esa ira que no le gustaba ver en él, la misma del día en que el príncipe intentó ultrajarla.

- Link, te lo suplico... – dijo Zelda, pegando su frente con la de él. – No vayas, por favor. Ahora que eres inocente, Alvar pagará por lo que hizo.

- Zelda… – respondió Link, suspirando y acariciando su mejilla. – Con todo el amor del mundo, me niego a cumplir tu petición. He sido retado y como caballero debo cumplir, así sea con un canalla como Alvar.

- ¡No, por favor!

Zelda, desesperada, se dirigió hasta Impa y Yago para pedir su apoyo, pero de su lado no recibió nada.

- Lo siento, princesa Zelda. – dijo Yago, serio. – Pero Link debe cumplir con su desafío. Su honor le obliga.

- Zelda… – dijo Impa, apenada. – Me entristece darle la razón a Yago, pero es cierto. Link debe cumplir con su palabra.

Zelda sintió la angustia salírsele del pecho al no poder impedir que Link acuda a la cita, pues el aura que Alvar emanaba la percibía peligrosa, tóxica para su vida.

Le retorcía el corazón pensar que su amado pudiera ser vencido por él.


Link llegó a la cita a la hora acordada, ni un minuto antes, ni un minuto después. Por más que Zelda insistió en que no vaya, no pudo hacerle caso, pues esta era una cuestión de honor; por eso Impa y Yago, con todo el temor presente, lo apoyaron y le dieron su espacio.

Sin embargo, lo que el joven no sabía, era que su princesa lo observaba desde la lejanía, intranquila por su vida. A pesar de que Alvar no le llegaba en fuerza a Link a los talones, sí lo percibía diferente, más temible y agresivo. Sería capaz de todo por conseguir lo que quería, y eso lo hacía mucho, mucho más peligroso.

Mientras tanto, Link seguía esperando a que llegara Alvar, inquietándose porque el tiempo pasaba y no mostraba ni rastro de presencia.

- ¿Será que el muy cobarde se arrepintió?

En el momento que Link terminó de plantearse la pregunta, su instinto le alertó del peligro a sus espaldas. Con un rápido movimiento desenvainó su espada, al tiempo que colocaba su escudo para protegerse. Una daga, que evidentemente había sido arrojada a distancia, rebotó con un golpe seco en el arma defensiva, cayendo al suelo sin herirlo.

Al agacharse para recogerla y verla más detenidamente, se dio cuenta que no era la primera vez que lo veía; aquel objeto carmesí nunca se iría de sus recuerdos. Una oleada de furia lo invadió, pero la mantuvo bajo control, limitándose sólo a apretar la empuñadura de dicho puñal, antes de alzar la mirada en la dirección que fue arrojada.

Frente a él se encontraba Alvar, que lo miraba con una mezcla de odio y decepción, lo segundo probablemente porque su ataque traicionero había fracasado, y con otra daga similar en la mano. Hizo una floritura, y la susodicha daga se alargó, transformándose en una espada de doble filo.

Link no cabía en la sorpresa de ver a su contrincante con un arma tan llamativa, pero no iba a dejarse llevar por eso en esos momentos. Deshaciéndose de la daga que le arrojaron antes, se colocó en guardia y mantuvo su sangre fría, listo para darle a ese canalla su merecido.

- Como todo un traidor, atacando por la espalda. – acusó Link, indignado.

- ¡Cállate, imbécil! – gritó el príncipe. – ¡Muérete de una vez!

Alvar fue el primero en dar la estocada inicial. Predeciblemente, Link no tuvo que hacer más que interponer su escudo para repeler el arma. Alvar lo atacó lanzando un grito con cada tajo, amplio y fácil de interceptar. Al final, cuando se cansó del patrón repetido, lanzó un tajo diagonal ascendente para repeler el de Alvar que venía sobre su hombro, y al sacarlo de balance le asestó un golpe al torso con todo y escudo.

Alvar se encogió tras perder el aire, y Link le propinó una patada en la quijada que lo hizo caer de espaldas. Mientras se frotaba tanto el estómago como su mandíbula, Link echó una breve mirada a su escudo, antes de arrojarlo lejos.

- ¿Deshaciéndote de tu defensa? – preguntó Alvar. – ¿Eres idiota o qué?

- No soy un bajo como tú, así que pelearemos en iguales condiciones. – respondió Link, seguro. – Total, no necesito de un escudo para dejarte en la miseria.

- ¡INFELIZ MARGINAL!

Ahora Link inició la ofensiva, alargando su brazo y su espada para dar un tajo hacia el torso de Alvar. Este sin embargo se defendió a la perfección, cubriendo su parte vulnerable con un bloqueo vertical.

Y entonces, al momento del impacto, la espada rojiza emitió un fuerte resplandor. La repentina luz encandiló los ojos de Link, dejándolo ciego por unos segundos; como siempre Alvar defendiéndose utilizando artimañas.

- ¡Ah!

El caballero, con la visión bloqueada, sintió un golpe pesado de un cuerpo completo que lo hizo caer de espaldas al pasto. En ese momento Alvar aprovechó para lanzársele encima y perforarle el pecho, pero Link fue más rápido y evitó el golpe rodando hacia un lado. Afortunadamente no dependía sólo de su vista en combate, y gracias al ruido que hacía al moverse supo dónde estaba. Sin perder tiempo, le dio una patada tan fuerte como pudo para mandarlo al suelo.

- Por más ciego que me dejes, no vas a poder conmigo. – dijo Link, frotándose los ojos y recuperando la visión. – Puedo leer cada uno de tus ataques porque eres un pésimo contrincante. ¡Una vergüenza!

- ¡CIERRA LA BOCA Y PELEA!

- Por eso te aprovechas de las mujeres, pues los hombres te quedan grandes. Ni siquiera eres uno.

Incensado por esa última declaración, Alvar alzó su espada sobre su cabeza, pero Link se anticipó a lo que iba a hacer y lo apretó de la muñeca con la que sujetaba su arma, manteniéndola allí. Alvar intentó hacer lo mismo con él, pero era evidente quién de los dos era el superior en fuerza.

Ambos se miraban con odio y Link podía ver que Alvar hacía un esfuerzo por no gritar del dolor por su agarre, aunque sin mucho éxito. Finalmente, cuando no pudo más, estalló.

- ¡TODO ESTO ES TU CULPA! ¡NO HAS HECHO MÁS QUE INTERPONERTE EN MI CAMINO!

En respuesta, y para que se callara, Link le dio un cabezazo para noquearlo. El príncipe dio un grito ahogado y retrocedió tambaleándose, mientras que Link sólo quedó ligeramente aturdido, pero sin perder el equilibrio. Ya repuesto, el caballero atacó al príncipe con su espada, y este apenas logró cubrirse con su propia arma.

Ambos iniciaron una coreografía de tajos y estocadas, alternando en atacarse y repelerse mutuamente, pero cualquier observador podía darse cuenta quién de los dos tenía el control total de la pelea. Los movimientos de Link eran sencillos, pero efectivos y precisos, mientras que los de Alvar no eran más que golpes agresivos y erráticos, pero fáciles de predecir e interceptar.

- Tan predecible, tan inútil – dijo Link, embelesado con la pelea.

El caballero estaba decidido a vencer al príncipe no solamente en físico, sino también emocionalmente. No era algo que él estilara hacer, pero después de todo lo que le hizo a Zelda, de haberlo calumniado, estaba decidido a vengarse con inteligencia, para luego matarlo. Nunca en su vida había sentido tanto odio por alguien, pero esta vez no podía evitarlo.

Necesitaba enormemente de esa catarsis, hacer que su oponente sufriera todo lo que les hizo pasar a él y a su amada. Sólo así se sentiría satisfecho.

- ¿Tanto te cuesta aceptar que Zelda me prefirió a mí? – preguntó Link, mordaz. – Ella no quiere a un tipo que mete varias a su cama y que las dopa para conseguir lo que quiere.

- ¡CALLA MALDITO! – gritó Alvar. – Lo que pasa es que, como a toda ramera, le encanta enredarse con lo ordinario.

La mención de la palabra "ramera" brevemente encendió una chispa de ira en Link; no iba a permitir de ninguna manera que ese bastardo se refiriera a Zelda de esa manera tan ignominiosa. Cuando volvió a lanzarse, estrelló el plano de su espada contra su rostro, y casi escuchó el crujido de su nariz rompiéndose.

Furioso, Alvar trató de pagarle con la misma moneda, pero Link se apartó, al tiempo que giraba para que el filo de su espada hiciera mella en su mejilla. Y antes que tuviera tiempo de asimilar lo que acababa de suceder, se giró de vuelta y usó su mano libre para darle un golpe de revés. Este no lo mandó al suelo, pero si lo dejó mareado.

- Tan poco hombre que no tienes otra manera de llamar a Zelda; "ramera". – dijo Link, enfurecido y sarcástico. – Sólo porque no aceptó ser tuya.

- ¡Sólo porque no conoce lo que es un hombre de verdad! – exclamó Alvar, furibundo. – ¡Ninguna mujer se me resiste, y ella no será la excepción, una vez que le demuestre de lo que soy capaz!

- Es lo que te dices, ¿verdad? – dijo Link. – No me extrañaría si todas las mujeres con las que estuviste en realidad te odian, pero están demasiado asustadas para admitirlo. Dime, ¿a cuántas de ellas tuviste que drogar para llevarlas a la cama contigo?

Alvar no respondió más que con un gruñido; Link claramente había tocado un nervio sensible. El muy narcisista se creía el sueño de todas las mujeres, tan cegado por su soberbia que no se daba cuenta de cómo lo veían en realidad, un canalla y un cobarde.

- Yo no necesité demostrarle a Zelda lo hombre que era para que me escoja, pues ella ya estaba enamorada de mi antes de que llegaras. Tu venida sólo consiguió que nos unamos más. Al menos eso tengo que agradecerte, "alteza".

Link no pensaba comentarle a Alvar que Zelda se le había entregado en cuerpo y alma, por más que se lo mereciera. Como el caballero que era, iba a mantener ese tema íntimo únicamente en su memoria.

No obstante, la burla al llamarlo "alteza" de manera irónica hizo reaccionar a Alvar, que abandonando toda precaución procedió a devolver las agresiones con un fuerte puñetazo en la cara, totalmente enfurecido.

El soldado aceptó su error; lo tomó por sorpresa por haberse centrado en querer disminuirlo. El juego se había terminado, ahora no iba a tener puntos medios con él.

Aprovechando que el príncipe seguía encolerizado, Link dejó que lo siguiera atacando, interceptando su hoja carmesí con la suya propia cada vez que esta se acercaba a él. Finalmente, en cuando vio una abertura, golpeó los nudillos de Alvar con toda su fuerza. El príncipe profirió un grito de dolor, momento que Link aprovechó para golpear su espada y enviarla a volar por los aires.

Ahora sí, repleto de rabia, iba a darle la estocada final.

Lo que el joven no sabía era que Zelda se alarmó desde la lejanía al ver esa escena, pues no quería que Link manchase sus manos de sangre. Por más que Alvar se lo mereciera, no quería que se metiera en otro problema de fuerza mayor.

- ¡No, Link! – gritó Zelda, corriendo hasta él. – ¡Detente!

Sin escuchar el ruego de la princesa, Link corrió hasta Alvar para incrustarle su arma en el pecho, pero se detuvo al ver como el cuerpo de este caía al suelo y comenzaba a convulsionar.

- ¿Pero qué ra…?

El odio de Alvar, causado por los insultos de Link a su hombría, estaba tan descontrolado que no pudo tolerarlo más. Las convulsiones se volvieron tan intensas que su cuerpo comenzó a emanar una esencia rojiza, una que ya había sentido antes, y no concebía tenerla de frente. Segundos después, el príncipe quedó inconsciente y desparramado en el suelo.

Zelda cayó directo a los brazos de Link, con lágrimas en los ojos. Agradecía a las Diosas que no hubiera cometido un error irreparable al asesinar a Alvar. No deseaba que su amado cargue con eso en su conciencia.

- Link... – habló Zelda, tratando de calmarse. – Qué bueno que no lo hiciste, que te detuviste a tiempo.

- Zelda, me detuvo la reacción de Alvar. – afirmó Link, recuperando el aliento. – No comprendo qué le…

Link detuvo sus palabras a sentir unos pasos acercarse detrás de él, por lo que de inmediato se colocó frente a Zelda para protegerla y descubrir de quién se trataba… o quiénes.

- Ustedes son...

- Link, ¿quiénes son ellos? – preguntó Zelda, curiosa y asustada. Sentía un aura maligna rodeando a esos seres.

Los dos seres eran desconocidos para Zelda, mas no para Link. Él no comprendía cómo así se habían presentado de la nada, sobretodo viniendo de tan lejos.

- Un placer volver a ver a tan ilustre caballero. – dijo el ser menor.

- Sir Grante… Rey Galen. ¿Ustedes qué…?

- Ay… – expresó Grante, decepcionado. – Lamento mucho que este príncipe inútil no haya servido para nada, amo. Sólo era un saco de hormonas descontroladas.

- Así es. – respondió Galen. – Por eso siempre te he dicho que las cosas salen mejor cuando las hace uno mismo.

- ¡Un momento! – gritó Link. – ¿Qué está pasando aquí? ¿De qué están hablando ustedes dos?

Galen y Grante lanzaron una ligera risa ante la incertidumbre de Link, percibiendo el terror que comenzaba a invadirlo.

Sin ningún aviso, Grante se retiró su capucha, descubriendo ante Link al ser que hace meses había tratado de matarlo, el que lo tomó por completa sorpresa en aquella emboscada.

- Tu eres… tu eres… – dijo Link, hablando con dificultad.

- El que estuvo a punto de aniquilarte, mocoso infame. – respondió el ser. – ¿Me recuerdas? Soy el Señor de los Demonios… Grahim.

Y ante la revelación de Grahim, ahora fue Galen el que intervino, deleitándose con el terror de la pareja.

- Me alegra verlos a los dos, pues juntos los necesitaba… desde siempre.

Ahora fue Galen el que modificó su imagen mágicamente, mostrando ante Link y Zelda su verdadera identidad, la ocultada bajo la máscara de un falso y mafioso rey.

- Me presento, elegidos por las Diosas. – dijo, haciendo una falsa reverencia. – Para Ganondorf es un placer conocerlos.


Comentarios finales:

Bueno, creo que todos imaginaban desde el capítulo 7 quiénes eran Galen y Grante. ¿O quizás no? Me gustaría me comenten si lo sabían o no.

En este capítulo no quise enfocarme mucho a que Yago le explique a Link el tema de su origen, pues debía demostrar su linaje y que era el elegido. Ya en el próximo capítulo hablaré de eso completamente, y lo mismo en el caso de Zelda, y por qué Yago no impidió nada al verlos juntos.

Esta vez la pelea entre Link y Alvar la hice yo, pero con la ayuda y asesoramiento de Fox McCloude. Me ayudó con algunos retoques que quedaron excelentes, pero me siento feliz de que me haya dicho que a diferencia de otros años, he mejorado. Muchas gracias, compañero. Espero seguir contando contigo ^^.

Anuncio que el Lunes 29/03 vendrá el capítulo final, el que espero sea de su agrado en todos los sentidos. Ese día anunciaré el título de mi nueva obra, basada en el mundo de Zelda Breath of the Wild.

Una vez más, muchas gracias a todos por leerme. Y no sean tímidos, dejen un review/comentario con su opinión, los valoro mucho ;)

Un abrazo a todos.