1


Cinco años después


Estación Espacial 904 – Prisión Belona

Cuadrante G – División 18


—Rea n° 412-000637, condenada a cuatro ciclos solares de prisión por el asesinato de un esclavo. Su dueño se negó a pagar por los daños… —decía mientras leía en pantalla los datos sin mucho interés—. Daños a la propiedad… Fuga, atentado a servidores públicos… ¿una bomba? —cuestionó y alzó una ceja. Intrigado, bajó el mentón y vio su rostro ofuscado—. ¿Cómo una criatura tan pequeña puede meterse en tantos problemas?

La muchacha cruzada de brazos se negó a mirarlo a los ojos. El oficial podría fácilmente ser uno de los hombres más altos que había conocido, pero no se veía intimidada por su imponente presencia. Se quedó parada sin soltarle una palabra y aguardó a que terminara de ingresar sus datos en el sistema de la prisión.

—Aquí tienes tu uniforme, pequeña —le dijo con una sonrisa—. Deja tu ropa en el cesto cuando termines.

Desconfiada, tomó el uniforme anaranjado e hizo un gesto al respirar el aroma que yacía sobre la tela.

—Podrían haberlo lavado al menos —dijo antes de voltearse, buscando alguna puerta que la condujera a un sitio privado en el que pudiera vestirse.

—¿Qué? ¿Pretendías un guardarropa? —le cuestionó en tono burlón mientras ronroneaba una risa—, ¿no quieres un tocador también? Hoy no está disponible la promoción de spa —le dijo y sus compañeros se rieron—. Me temo que tienes público, 637.

—Mi nombre es Bulma —le corrigió fastidiada.

—637, ¿me estás pidiendo que te requise? ¿eso escuché?

Bulma se mordió la lengua, se dio media vuelta y los miró por sobre su hombro, su gesto de repugnancia no les pasó por desapercibido y parecían regocijarse más en su incomodidad que en el prospecto de su desnudez. Aun dándoles la espalda y resignada, sabiendo que ya había agotado todas sus posibilidades, se retiró la chaqueta y la sudadera gruñendo para sus adentros. Las primeras risas se mesclaron con silbidos y a regañadientes se bajó los pantalones. Rápidamente se colocó la camiseta blanca que le habían asignado y el overol anaranjado que la hizo entender finalmente, si es que no le había quedado del todo claro, que estaba en la cárcel. Subió el cierre de su traje y miró la etiqueta que yacía sobre su pecho, "412-000637".

Repentinamente una cámara flotante, oscura y de forma esférica se acercó y a ella. Un guardia la empujó contra una pared que tenía pintada una tabla de medidas, le extendió un cartel que sostuvo torpemente entre sus manos y levantó el mentón. La pequeña cámara gravitante encendió una luz que la dejó ciega por un instante. Para cuando abrió los ojos por completo le había tomado una fotografía, que estaba segura no sería de lo más favorable.

Tendré que encargarme de eso eventualmente —se dijo a sí misma antes de que la tomaran del brazo para guiarla hacia las instalaciones principales de la prisión, lo que sería su nuevo hogar.

Bulma observó las esposas mientras se las colocaban y caminó detrás de un sujeto regordete. Miró su nuca, y tragó saliva al ver un tercer ojo abriéndose, la bola ocular giró de izquierda a derecha y luego la miró directamente a ella. Su piel púrpura parecía áspera y el uniforme le quedaba ligeramente ajustado.

En el viaje hasta la prisión ya había anticipado que sería presa fácil y no se sorprendió al ver cómo los reclusos se ponían de pie dentro de sus celdas para darle la bienvenida. Mantuvo la mirada centrada en el trayecto que tenía frente a ella, tratando de no escuchar las incoherencias que le gritaron y evitando hacer contacto visual con alguno de ellos ya que temía que pudiera meterse en un problema en su primer día.

Caminó detrás de él sin decir nada y al llegar a su celda el sujeto regordete apoyó uno de sus dedos y en la pared se materializó una pequeña pantalla. Tecleó el código de seguridad sin que Bulma pudiera echarle un vistazo y los barrotes de la celda se deslizaron hacia el suelo.

Con un gesto burlón, el oficial la invitó a dar un paso dentro de su nueva y escueta morada. Afortunadamente no tenía compañeros y sobre el suelo gastado no había más que un colchón gastado, una sábana de lino con manchas a medio remover y lo que parecía ser un inodoro.

Dio dos pasos al frente y se giró para que le retiraran las esposas. Después de ser liberada, el oficial volvió a teclear en el pequeño monitor y los barrotes casi la golpean en el rostro al alzarse y volverla aprisionar.

—¡Oye! —le dijo al guardia que comenzó a reírse mientras se retiraba.

Bulma se dejó caer cansada sobre el viejo colchón y trató de no preguntarse qué tan infestado de pulgas podría estar. Sintió escozor en el cuerpo de sólo pensarlo y se rascó los brazos casi por instinto. Y en su confinamiento llegó a hacerse varias preguntas, desde cómo había llegado allí a cómo podría volver a salir. Pero sobre todo imaginó en su mente una suerte de calendario, en el cual no sabía si distinguir de días o semanas, tal vez incluso horas que le restaban hasta que él estuviera allí nuevamente. Hasta que decidiera ir a buscarla otra vez.

Estaba completamente segura que todo lo que sucedía no era más que una enorme puesta en escena de la que ni siquiera la Armada estaba enterada. Completamente guionado sin saberlo, para enseñarle a ella una lección. Y si creía que se sentaría a aprender y luego verlo llegar como su gran salvador, como un príncipe azul, no la conocía en lo absoluto.

Al cabo de unas horas se recostó contra la pared, apoyada sobre los barrotes. Miró el camino impoluto y largo de celdas posando su pálida frente sobre las barras gélidas de acero. A ella le había tocado la última de ese pasillo y sobre el piso inferior. Observó a los guardias caminando de un lado al otro, haciendo lo que supuso serían sus rondas cotidianas y no tardó demasiado en encontrar la oficina en la que se congregaban. En el otro extremo, sobre el segundo piso.

Se asombró al levantar la mirada y ver al menos cinco pisos encima de ella. Y desde aquel minúsculo espacio en el que se hospedaba apenas llegaba a ver las barras metálicas de las barandas de los pisos superiores.

Era una lástima que no tuviera a nadie que pudiera llevarle algo para leer y matar el tiempo, ya que mirar el pasillo eterno iluminado con luces artificiales no le parecía muy entretenido después de cuatro horas de haber estado viendo el vaivén de los guardias.

—Cuatro ciclos solares… —murmuró dejando su cabeza caer suavemente contra la pared. Observó entonces la pequeña grieta que se abría en el techo, justo donde los barrotes de la celda se unían. Una pequeña línea completamente insignificante en esa gigantesca estructura. Comenzaba a sentirse así de diminuta cuando un barullo que comenzó como una pequeña discusión escaló a cientos de voces escupiendo palabras profanas en cientos de idiomas. Bulma se inclinó y trató de escuchar a qué se debía, y de a poco por aquel pasillo infinito apareció de lejos un grupo caminando acompañado de la cacofonía de improperios. Casi maravillada observó los trajes anaranjados arremetiendo contra sus celdas, alzando extremidades con impaciencia y arrojando toda clase de objetos al grupo que caminaba sobre el ya no tan blanco pasillo.

Un grupo de al menos diez oficiales caminaban hacia su dirección con un nuevo recluso, tres guardias frente a él, tres detrás y el resto esparcidos a su alrededor. Por un momento creyó que los escudos que traían estaban destinados a proteger al nuevo preso de las agresiones de sus compañeros, sin embargo no tardó demasiado en notar el poco aprecio que parecían tenerlo.

Unos cuantos objetos volaron desde las celdas, algunos le dieron en el rostro y otros llegaron a los oficiales que trataban de sortearlos con dignidad.

—¡Basura saiyajin! —gritó uno.

—¡Te esperaremos en el patio, porquería!

—¡Amorcito! ¡Estaba esperando por ti! —gritó uno alargando sus palabras.

Las risas resonaron en el pasillo cuando Bulma estuvo a distancia suficiente como para distinguir su rostro. Se veía enojado, una vena le palpitaba del lado derecho de la frente y su ceño estaba tan fruncido que parecía doloroso. A diferencia de ella, le habían inmovilizado las manos por la espalda, lo que la llevó a pensar en que no la habían considerado una amenaza en comparación con él. Pero qué más podía esperar si lo que tenía ante ella era nada más que un saiyajin.

Un ligero escalofrío le recorrió la espalda cuando lo vio sonreír, quizás porque no se trataba de una sonrisa de júbilo ni mucho menos un gesto sincero. Su sonrisa destilaba de algo malévolo envuelto bajo sus perfectos dientes blancos. Movió los labios y dijo algo que ella no llegó a escuchar, pero le dio la impresión de que se trataría de algo realmente obsceno por la manera en la que el guardia que caminaba a su lado reaccionó.

Todo el grupo se detuvo cuando el guardia le dio un golpe en el rostro con el escudo que cargaba en el antebrazo. Y aquel impacto causó tal estruendo que todas las voces se silenciaron casi de inmediato al ver al muchacho retrocediendo con el rostro escondido.

Estaba segura que un impacto así le hubiera roto la mandíbula a cualquier humano, pero Bulma no se sobresaltó al ver cómo el joven saiyajin volvía la mirada a su captor con la misma sonrisa maliciosa que le había visto. Sacó la lengua y se lamió el labio ensangrentado, cerró los labios y, para su sorpresa, escupió sangre sobre el uniformado.

Bulma se quedó boquiabierta, como la mayoría de los que alcanzaron a ver aquel espectáculo que el muchacho saiyajin estaba creando para todos ellos.

Repentinamente el guardia tomó al reo con ambas manos de aquel traje anaranjado y lo arrastró sobre sus pies para enfrentarlo, pero él volvió a reír y en un instante borró su gesto por completo. Su rostro se volvió gélido, árido de expresión, y fue entonces cuando se inclinó ligeramente para darse impulso y lo golpeó con la frente en medio del rostro.

Ni siquiera le había importado que el guardia trajera puesto un casco.

Exaltada, Bulma se puso de pie y la cacofonía de gritos estalló por doquier. Se agarró con fuerza de los barrotes y vio al guardia tendido en el suelo. Su casco roto, partido al medio, y el cristal repartido por el suelo y probablemente incrustado en el rostro de aquel desafortunado.

Un nuevo escándalo se suscitó frente a sus ojos. Aún maniatado, el reo se las ingenió para apartar a tantos oficiales como se le acercaban al ritmo de los gritos, como un gladiador rodeado de leones en medio de un coliseo. Bulma lo observó desde su sitio, ligeramente emocionada por la fiereza que aquel demostraba e intrigada al mismo tiempo, ¿sería él capaz de escapar justo frente a sus ojos?

Repentinamente las miradas cambiaron de foco y Bulma pudo sentir como los rostros giraban hacia el otro lado del pasillo. Caminó con tranquilidad desde el otro lado, como si estuviera suscitándose un evento de lo más cotidiano. La calma en su rostro se le hizo desconcertante y un poco tenebrosa. Cualquier persona en la galaxia debería saber que los saiyajins no son contrincantes fáciles de vencer y su aparente confianza traía consigo un mal augurio para el reo. Sin mediar una sola palabra, lo miró con desinterés y un pequeño destello iluminó su gesto. Sonrió apenas mientras sacaba algo de su bolsillo, como si no sacara nada más cotidiano que un móvil o su billetera. Bulma observó el pequeño control que ahora yacía sobre la palma verdosa de su mano y lo vio presionar un botón.

Un grito agónico inundó el pasillo y los vitoreos se apagaron. Bulma se giró inmediatamente envuelta en un intenso temblor para ver al reo en el suelo. El muchacho se retorcía de dolor mientras se doblaba sobre su abdomen, sus manos peleando por liberarse de su atadura y su mandíbula dura, apretada, conteniendo su desbordante agonía.

Desde lejos ella lo miró arrastrándose en el suelo con las venas de su cuello enrojecido a punto de reventar. Y su gesto lleno de odio volteándose a aquel hombre que le había causado ese inmenso dolor.

Eventualmente dejó de luchar, su cuerpo se había tensado cómo si hubiera estado convulsionando y en un instante sus párpados simplemente se cerraron y se desplomó sin energía. Su cuerpo fue arrastrado el resto del trayecto y desde donde estaba Bulma llegó a ver el aparato que tenía en el cuello, similar a una estrella marina hecha de alguna aleación metálica, con sus extremidades bien aferrados a la carne.

Cuando lo dejaron tirado descuidadamente en su celda descubrió que estaba ubicada casualmente frente a la suya, separados por un espacio de al menos siete metros.

Volvió a sentarse y se alegró de no ser el centro de atención, de que aquel hubiera llegado para robar su momento de la niña nueva. Aparentemente los reclusos estaban más interesados en él y no podía evitar estarle agradecida por su mala reputación. Aunque al mismo tiempo no podía evitar tenerle algo de lástima por el estado en el que parecía estar en ese momento.

Un movimiento captó su atención y al alzar la vista pudo ver el cuerpo del reo temblando, tratando de alzarse penosamente, sosteniéndose de sus brazos.

—Tenía que ser un saiyajin… —murmuró con una expresión ausente.

No podía llamarle curiosidad ya que no tenía otra cosa qué hacer dentro de su pequeña celda. Miró al prisionero temblando en el suelo y lentamente se levantó para caer contra una pared. Se aferró de la pared con tal fuerza que la punta de sus dedos morenos se volvió particularmente pálida. Bulma observó su cuerpo mecerse, su pecho estremecido jadeando cada respiración con extrema dificultad. Su traje naranja se había manchado de sudor y sangre, pero luego de un tiempo pareció calmarse. Se sentó en el suelo junto al retrete y luchó por normalizar su respiración y, a pesar de haberlo logrado al cabo de lo que parecieron unos veinte minutos, las gotas de sudor continuaban rodando de su frente copiosamente.

Bulma se preguntó qué tipo de descarga habría recibido y qué voltaje tendría, segura de que una similar la hubiera calcinado viva de estar en su lugar. Y tan sólo podía juzgar por lo que sus ojos estaban viendo, ya que no tenía idea de las implicaciones físicas que ese shock le habrían causado. Tal vez su cabeza estaría estallando de dolor en ese mismo momento, mientras ella lo examinaba de lejos, pero él parecía estar en una sola pieza.

Una campana sonó en todo el recinto y las barras de su celda se levantaron. Ella observó los barrotes desaparecer al igual que él. Se puso de pie y caminó hasta el filo de su celda para ver a los guardias amontonándose en pequeños grupos armados.

Todos parecían estar al tanto de aquel procedimiento nuevo para ella, de modo que no objetó palabra y salió de su celda siguiendo el rumbo que el resto de los trajes anaranjados estaban siguiendo. No escapó de su inspección ocular el penoso camino que comenzaba su nuevo compañero, caminando lentamente con un rostro severo, brillando de sudor y con ligeras marcas escarlata bordeando sus labios.

Se dejó guiar a una larga habitación repleta de mesas rectangulares frente a una cocina, pobremente iluminada con focos de luz artificial que ya habían conseguido cansarle la vista.

La comida exhibida desde lejos emanaba un olor peculiar que no le atrajo, a pesar de que el estómago comenzaba a estremecerse por dentro. Sin embargo, a pesar de su descontento se colocó en la cola de la fila anaranjada y esperó pacientemente su turno. La fila avanzó rápidamente y antes de lo esperado ya estaba frente a la fantástica selección de platillos, tomó una carola plástica y un enorme hombre con tentáculos en lugar de brazos le sirvió en un recipiente una sopa amarillenta e irregular. El gesto de la muchacha no se le pasó por alto, ni tampoco el moco que había quedado impregnado en el recipiente y que parecía salir de sus extremidades.

—La batidora industrial está descompuesta, princesa —le dijo entre risas—. Ahora camina, retrasas la línea.

Al girarse, Bulma observó los grupos que se habían formado en cada mesa y caminó hasta el otro extremo con la esperanza de no ocupar un sitio preasignado del que no tendría la más mínima idea. Luego de sentarse volvió a observar la sopa extraña que tenía frente a ella y no pudo evitar pensar lo similar que era su aspecto al vómito y desvió la mirada de la charola. Apartó la vista con profundo desagrado y decepción por no poder silenciar el rugido de su abdomen y fue entonces que volvió a verlo. No muy lejos de ella estaba el saiyajin, lo suficientemente cerca de ella como para leer la etiqueta sobre su pecho.

412-000638 —pensó y lo observó revolver con un gesto el inmundo plato. Luego lo empujó contra la mesa y se cruzó de brazos.

Un grupo comenzó a acercarse, caminando entre las mesas, conversando entre risas. Bulma se giró y observó a la primera. Su piel era oscura y sus ojos grandes y de color verde. Tenía el cabello sujeto en un nudo bien apretado. Había una caja en el bolsillo de su traje, al otro lado de la etiqueta con su número de presidiario y cojeaba de una pierna.

Bulma se giró a su plato una vez más y escuchó al grupo sentándose en la mesa detrás de ella. La de piel oscura se quejó y separó las piernas. Bulma observó por encima de su hombro y la vio levantándose la tela sobre su pierna coja y reveló las aleaciones de metal. Trató de estirar su pierna sin éxito.

—Yo puedo ayudarte con eso —le dijo girándose.

El grupo guardó silencio de forma repentina. Las miradas cayeron sobre ella y por un momento se arrepintió de haber abierto la boca.

—¿Qué dijiste, perra? —contestó la mujer—. ¿Quieres tocarme? —cuestionó y por el rabillo del ojo Bulma llegó a verla tomando el cuchillo sobre su charola.

—Soy mecánica, bueno, científica… pero puedo arreglar eso sin problema —contestó rápidamente y se dio cuenta que su conversación había captado la atención de todos en las mesas más cercanas.

—¿Y qué te hace pensar que quiero la ayuda de una humana pálida como tú? Vas a dejar mi pierna peor de lo que está, los de tu especie son alimañas. Siempre lo han sido.

—Quizás los hombres lo sean. En todo caso, si la dejo peor me apuñalarás con ese cuchillo. No es un buen negocio para mí dejarla peor, ¿no te parece?

Su gesto se suavizó, aunque continuaba viéndose escéptica a aceptar sus servicios. Afortunadamente aflojó el agarre que tenía sobre aquel utensilio y alzó una ceja.

—¿Y qué quieres a cambio? —le preguntó alzando el mentón.

—Un par de cigarrillos.

Se tomó un tiempo para deliberarlo y al final asintió un par de veces.

—Bien humana, bien… Pero si la dejas peor no sólo voy a apuñalarte.

Bulma sonrió, se giró a su charola y tomó los pocos utensilios que tenía a su alcance, se levantó de su silla para sorpresa de aquella mujer y se arrodillo junto a su pierna.

—¡Oye! ¡No dijiste que ibas a hacerlo ahora!

—Pues, no he tenido la mejor semana del mundo y realmente me vendría bien un cigarrillo.

Sacó un clip de su cabello y desatornilló un engranaje ante la mirada incómoda de su compañera. No se dejó intimidar por las miradas atentas a su alrededor y se sonrió al encontrar el problema.

—Está torcido —le dijo al sacar un par de piezas—. Puedo enderezarlo, pero con el tiempo va a romperse por completo y el mecanismo no va a funcionar apropiadamente. Necesitas conseguir un repuesto, el arreglo que le haré hará que te dure, pero te recomiendo conseguir uno nuevo para reemplazarlo —Volvió a colocar las piezas y escondió nuevamente el clip entre su cabello—. Listo, intenta estirarla —le dijo luego de ponerse de pie.

Desconfiada, la mujer se puso de pie y pudo comprobar que efectivamente su pierna mecánica ya no cojeaba. Sorprendida hizo un par de sentadillas y finalmente se rio. Tomó la caja que guardaba en el bolsillo sobre el pecho y se la extendió a Bulma.

—Considéralo un pago anticipado por el arreglo que harás cuando pida el repuesto.

—Un placer hacer negocios con usted —contestó Bulma.

—Cath, mi nombre es Cath.

—Yo soy Bulma —contestó al estrecharle la mano.

Cuando se volteó para volver a sentarse y probar su almuerzo, pudo sentir la mirada de 638 sobre ella, pero al alzar la vista para encontrarlo, la ignoró. Tomó su cucharada y al acercarla a su rostro un reflejo natural la obligó a regresarla. Empujó la bandeja y se cruzó de brazos. Al menos tenía cigarrillos.


.

.

.


Aún podía sentir una ligera corriente eléctrica recorriéndole el cuerpo. Un leve chispazo le rasguñó cuando tocó la mesa metálica al final del salón y se sentó ignorándolo. Levanto la vista y vio unas cuantas miradas sobre él. Observó las mesas dispersas a su alrededor y notó que se había vuelto la comidilla de varios grupos. Uno le sonrió de lejos, como si estuviera burlándose de él. Entonces bajó la vista y observó el plato que le habían servido. Un gesto se hizo con su rostro sin siquiera darse cuenta y revolvió la mezcla haciendo que desprendiera un hedor ácido que lo hizo desistir de inmediato. Apartó el plato de su mirada sobre la mesa vacía de comensales y escuchó un barullo a dos mesas de distancia.

Miró a la muchacha de cabello turquesa claro enfrentando al grupo y asumió que prontamente sería atacada, a juzgar por el intenso agarre de la más grande sobre su cuchillo. Echó un vistazo a los guardias junto a la puerta, conversando, recostados sobre la pared. Supuso entonces que no habría intervención y si todo se desenvolvía como estaba esperando quizás tuviera una oportunidad de escapar en medio de la confusión. Entonces recordó el ridículo aparato que usaron para inmovilizarlo y se acarició la nuca. Acarició con la yema de sus dedos aquel aparato aferrado a su carne y desistió.

Antes de darse cuenta la pequeña mujer estrechaba la mano de la otra y recibía un paquete de cigarrillos. Él chistó.

—"Casi la matan por unos cigarrillos" —pensó antes de beber un sorbo de agua.

Pocos minutos después se vio obligado a seguir una línea una vez más para regresar a su celda y al llegar se dio cuenta de que del otro lado estaba la misma muchacha que aparentemente valoraba muy poco su propia vida.

Él se sentó sobre el colchón roído y maloliente y la observó del otro lado, mirando el techo de su celda. Y cuando se iba a disponer a hacer algo de ejercicio para matar el tiempo la escuchó hablarle a un guardia y alzó la vista. Había estirado la mano entre las barras y sonreía con un aire de coquetería.

—¿Sería muy difícil si me devolvieran mi libreta? Está entre mis cosas, por favor, me estoy muriendo de aburrimiento… —rogó en un tono dulce.

—De todas formas, morirás de una infección por dormir junto a ese retrete —le dijo un guardia y luego se echó a reír.

El gesto de la humana cambió por completo, alzó una ceja y borró su falsa sonrisa. Murmuró algo entre dientes y volvió a echarse sobre el colchón.

Él por su parte prefirió echarse al suelo y hacer unas flexiones de brazos. Se retiró la parte superior de su overol anaranjado y se lo arremangó sobre la cintura. Y a pesar de que esa misma tarde hacía pocas horas había caído inconsciente, no le costó trabajo realizar dos mil setecientas cuarenta y cuatro flexiones antes de que la campana volviera a sonar y los barrotes se levantaran.

Con cuidado se acercó a la salida, se limpió el sudor de la frente y observó a la muchacha del otro lado mirando hacia el pasillo con la misma expresión que él. No tardó mucho en darse cuenta que se trataba de su primer receso y salió junto al resto a un enorme patio rodeado de grandes muros acorazados y un domo que no hacía más que aumentar el calor insoportable del exterior. La sensación le recordó a su planeta natal por un momento, luego miró cada una de las cabinas de guardias sobre las cornisas. Miró sobre su hombro y contó cinco guardias más. Luego caminó a un espacio deshabitado y decidió continuar con su entrenamiento.

El olor a sudor se vio opacado por el hedor a ceniza e invadió sus fosas nasales como una ola inevitable. Se detuvo y vio la nube grisácea viajando hasta él y llegó con la mirada hasta la misma muchacha de cabello turquesa, vagando por los rincones de la prisión y observando cada una de las garitas de guardias. Como si pudiera percibirlo, se giró directamente a él y le miró por un instante antes de que decidiera volver a entrenar.

El olor era persistente, por lo que asumió que ella se habría sentado no muy lejos y no tenía idea de cuántos cigarrillos decidiría fumar ese día. Pero intentó no prestarle atención y continuó hasta que la campana volvió a sonar y observó al resto regresar por la puerta doble por la que habían salido.

Cuando se puso de pie y caminó hasta la entrada no quedaban demasiados prisioneros, sin embargo, una sensación pesada se apoderó del ambiente y echó un vistazo a los reclusos que lo miraban con disimulo. Caminó a paso lento a sabiendas de lo que le esperaba, hizo crujir sus nudillos y miró al frente con una expresión adusta en el rostro.

Los guardias habían desaparecido y él caminaba con un grupo de seis reclusos a su alrededor y él sólo esperaba el momento en el que lo atacaran. Pero, cuando estaban a pocos metros de llegar al área de las celdas, un guardia se interpuso en su camino. Era el mismo que había visto poco después de arribar a la prisión, el mismo que tenía consigo ese aparato que lo había dejado aullando en el suelo.

Apretó la quijada y los puños al verlo sonreírle. Traía el cabello recogido en una trenza unos tonos más oscura que el mismo color de su piel y ojos. Sus dientes perlados se exhibieron en un gesto de lo más burlón y tal y como temía, sacó de su bolsillo aquel aparato y lo encendió.

Una descarga le apretó el cuello y lo dejó en desuso de sus extremidades. Y a pesar de que su rostro se había dado de lleno contra el suelo no pudo sentir otro dolor además de la electricidad inmovilizante.

El shock no fue tan grave como la primera vez, sin embargo, fue suficiente para dejarlo fuera de combate incluso antes de empezar y aun consciente, trató de ver lo que ocurría a su alrededor.

—Es todo suyo —dijo el guardia y escuchó sus pasos alejándose de él.

Al no poder levantarse, observó desde el suelo cómo los demás reclusos se le acercaban y cerró los ojos al primer golpe en las costillas, unos cuantos en el rostro y otros en la espalda. En algún momento dejó de entender en dónde lo estaban golpeando y al abrir los ojos se encontró un mundo borroso. Los prisioneros se retiraron y lo dejaron allí, quizás dado por muerto.

Y antes de perder la consciencia observó una figura acercándose, se agachó junto a él y se acomodó el cabello detrás de la oreja. Tenía ojos celestes y el rostro pálido.

—Llamaré a enfermería —le escuchó decir y salió corriendo antes de que pudiera decirle que no necesitaba su ayuda.

.

.

.

Los muros parecían resistentes a ataques de armas de fuego y eran tan altos que sería imposible subirlos sin ser detectada. La salida tenía que estar en el hangar, las demás estaban demasiado custodiadas. Fumó otra pitada de su cigarrillo e inhaló aquel aire tóxico con placer. Se sonrió, orgullosa de haber encontrado la forma de obtener algunos y administrando mentalmente su dotación para que no le terminaran tan rápidamente.

Cuando se sintió observada se giró y volvió a encontrarse con la oscura mirada de 638. Pero a pesar de que era algo escalofriante, no le causó ningún temor. Lo miró mientras se ejercitaba y fumó nuevamente de su cigarrillo. Nadie más que él en todo el edificio tenía ese aparato de control que traía incrustado en el cuello, eso quería decir que de todos allí él era el más poderoso, probablemente sería imposible detenerlo si no tuviera eso puesto.

Echó un vistazo al resto y en un escaneo rápido no encontró ninguna mirada lo suficientemente amigable como para poder formar parte de su plan. Si se hacía con el control de 638 probablemente podría tenerlo controlado por el tiempo suficiente como para encontrarlos, si es que no la mataba antes. Tampoco tenía muchas opciones sobre las que sentarse a deliberar. Quizás un reo poco amigable era más confiable que uno agradable, después de todo todos eran criminales. Todos estaban allí por una u otra razón y se preguntó cuál sería el crimen de 638.

Cuando la campana sonó ella seguía deliberando la manera como podría hurtar el control de 638 y si valdría la pena con tal de liberarlo. Esperó a que se decidiera a volver y caminó a unos metros de él pensando si ese sería el momento correcto para acercársele y tener una conversación amistosa. Pero, al cabo de pocos minutos se dio cuenta del ambiente ominoso en el que estaba. Ralentizó sus pasos cuando un grupo comenzó a precipitarse sobre 638 y trató de mantenerse al margen. No había guardias a la vista hasta que apareció él, el más alto que había visto e hizo lo mismo que había hecho durante la mañana. 638 cayó al suelo y el resto se le echó encima sin perder un segundo. Bulma esquivó la espantosa escena y esperó a que se retiraran. Cuando 638 finalmente estuvo solo se preguntó si lo habrían matado y todo ese tiempo deliberando sobre él habría sido tiempo perdido. Caminó sigilosamente y cuando comprobó que apenas podía mover los globos oculares, se acercó y le tomó el pulso.

—Llamaré a enfermería, 638. Resiste, no te mueras —le dijo antes de salir a paso ligero.

Mientras Bulma corría por un pasillo vio de reojo colgado sobre una pared el mapa del edificio. Se detuvo y luego de un rápido registro señaló con el dedo la habitación y sin guardias a la vista, se abrió paso hasta allí. Un par de enfermeros no tardaron mucho en salir, sin embargo, Bulma no tenía tanta esperanza de que lo encontraran con vida.

—Su pulso es débil —le dijo el enfermero.

—¿Tienen cabinas de recuperación? —cuestionó Bulma y de lejos vio un guardia observándola, se cruzó de brazos y le hizo un gesto para que se acercara. El enfermero se rio.

—¿Cabinas de… —No pudo terminar de cuestionar cuando volvió a reír—. Niña, con suerte tenemos banditas y alcohol.

Mientras hacía un gesto presionando los labios, Bulma caminó con desgana hasta el guardia que la estaba esperando. Estaba segura de que, sin una cabina, 638 no sobreviviría la noche y eso arruinaba parte de sus planes. Caminó por el pasillo con la luz artificial sobre su cabeza y echó un vistazo las celdas a su alrededor, ningún rostro se veía confiable y los más fuertes parecían ser también los reos más violentos. Tendría que encontrar una alternativa viable para llevar a cabo su plan, o una manera de mantener controlado a otro el tiempo suficiente para que permaneciera a su lado.

Al despertarse en la mañana no se encontró con el rostro desdeñoso de 638, tal y como esperaba. Y para la hora del almuerzo, ya con su inmunda charola entre las manos volvió a mirar de reojo a sus compañeros. Se quedó parada en un rincón y miró de un lado al otro hasta que un brillo en particular le llamó la atención. Había otro.

Sin pensárselo mucho se acercó y se sentó en la mesa a su lado. El sujeto la miró con el ceño fruncido y Bulma sintió un escalofrío recorriéndola, sin darse cuenta había tartamudeado un saludo. El rostro fruncido de aquel hombre no se había modificado para nada y el que estaba sentado frente a él se rio.

—A Spopovich no le agradan las mujeres —le dijo a Bulma, pero Spopovich no le quitó de encima su horrenda mirada.

Sus ojos parecían llenos de un profundo odio y a Bulma no le quedó más remedio que asentir y retirarse antes de enfurecerlo más. Tomó su charola, la se puso de pie y esforzó una pequeña sonrisa antes de darse vuelta. No le extrañó para nada que tuviera el mismo dispositivo de control en la nuca que 638.

Y mientras caminaba hasta la mesa más alejada aún podía sentir su persistente mirada sobre su espalda. Repentinamente comenzó a sudar y su corazón se aceleró, sabía que era el tipo de sujeto que no se detendría hasta verla muerta y temía haberse hecho a sí misma el blanco.

Meditaba a cada paso y la puerta del salón se abrió de par en par. Bulma alzó la vista y se lo quedó mirando totalmente incrédula. 638 la miró incómodo y caminó hasta la fila para buscar algo de comer. Unas cuantas vendas le cubrían el rostro, pero en general no parecía haber sufrido una paliza el día anterior. Bulma no pudo evitar observar su trayecto de vuelta hasta le mesa y cuando estaba a punto de dar su primer bocado asqueado de esa mezcla espantosa, ella apareció sobre su mesa frente a él.

638 alzó la mirada, la cuchara pendiendo frente a su rostro y el rostro curioso de aquella mujer. Él dejó la cuchara levemente aliviado de que el momento de darle una probada se había pospuesto y la miró a los ojos.

—Hola muchacho saiyajin.

—Fuiste tú, ¿verdad? —le dijo y ella frunció el ceño por un momento, pero al cabo de unos segundos de meditación se dio cuenta de qué hablaba y sonrió.

—De nada. Aunque estoy sorprendida, esperaba que estuvieras en terapia intensiva o algo así. Es increíble que ya estés de pie.

—No es nada —dijo él con el rostro inexpresivo, casi como si fuera un fastidio hablar con ella—. ¿Por qué lo hiciste? —le preguntó cruzándose de brazos.

—¿Por qué lo hice? Qué desconfiado. Bueno… quizás eres más astuto de lo que pensaba, y más fuerte también. 638, tengo una propuesta para ti… —le dijo y comenzó a murmurar—. ¿Quisieras escaparte conmigo de esta prisión?


N/A: Espero que este primer capítulo les haya resultado más interesante que el primero. Creo que nunca había escrito algo en lo que no supieramos mucho sobre lo que pasó con los personajes en el pasado y de a poco se va a ir revelando, capítulo a capítulo. Me muero de ganas de saber qué opinan y qué teorías se pudieron ir armando sólo con esto. Olvidé aclararles que en este AU no existe Freezer, la Armada Intergaláctica es un régimen militar que rigue en todas las galaxias, o casi todas. De ahí pueden hacerse varias ideas de por qué Vegeta fue aprisionado. ¡Gracias por supuesto a Nuria-db, Mari, DianaVH, Juanita Perez1, belen.b189, wendisnice, FreeBelarus y .96 por sus comentarios en el primer capítulo! Que para mí es un bodrio en comparación con los últimos que tengo escritos jajaja Espero les guste ¡Gracias!