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Estación Espacial 904 – Prisión Belona

Cuadrante G – División 18


Se le quedó mirando como si no la hubiera escuchado bien. Miró el número que tenía cosido a su traje anaranjado y luego volvió a mirarla a los ojos. Le sonreía como si no hubiera dicho nada, con tal inocencia que se cuestionó lo que había oído o si lo había oído realmente. Meneó el rostro ligeramente confundido y cuando estaba a punto de contestarle un sujeto se sentó junto a ella.

Bulma se giró a ver al sujeto alto y escuálido a su lado, tenía la espalda encorvada hacia adelante y el cuello se asemejaba al de un ave, con un hueso protuberante bajo la piel celeste claro. Lo miró a los ojos y notó que parecía preocupado. El calvo hizo un gesto con la cabeza, como si estuviera disculpándose con los dos.

—No quise interrumpir —dijo en un tono tímido y torpe—. Cath me dijo que le ayudaste, que eres mecánica. Bueno… necesito tu ayuda —le dijo y antes de que Bulma pudiera contestarle, tomó con sus largos dedos su ojo derecho y lo sacó de su cuenca.

El globo ocular estaba embebido en un líquido oscuro y viscoso. Bulma se sobresaltó de la sorpresa e hizo un gesto un poco descompuesto. El sujeto estiró la mano y entre su ojo y la cuenca vacía se meció un cable embadurnado del mismo líquido viscoso. Sin prestarle demasiada atención a las gotas que caían sobre la mesa y el suelo, lo desconectó y se lo tendió a Bulma.

Ella cogió una servilleta de su bolsillo y recibió el ojo prostético, aun con ese gesto de desagrado en el rostro.

—Dejó de funcionar hace algunos días… —Bulma alzó el mentón y miró el otro ojo con curiosidad—. ¿Este? —le dijo señalándolo—. Oh, es de verdad. Pero tengo miopía y astigmatismo, estoy prácticamente ciego —se rio.

Bulma alzó las manos y frente al par examinó superficialmente el ojo desconectado.

—No tengo las herramientas para este tipo de trabajo. Es un algo delicado.

—Puedo conseguirte algunas cosas. Tengo buena relación con los guardias, me dejarán pasar algo si se los pido.

—Uhm… puedo darte una lista, supongo… ¿Cuánto vas a pagarme por esto? No bastará con un par de cigarrillos.

—¿C-cuánto quieres?

—Quiero quedarme con las herramientas que consigas y… —añadió en voz baja—, si tienes buena relación con los guardias, me gustaría que consiguieras mi secador de cabello. El calor en este lugar me está arruinando las puntas, y por supuesto no creo que pueda conseguir una crema apta de uso diario.

—Tal vez sea más fácil conseguir la crema… —dijo el sujeto forzando una sonrisa—. Es decir, tengo buena relación con los guardias, pero no creo que me dejen pasar cosas de la sala de seguridad.

—Uhmm… —musitó Bulma con un aire de decepción que se reflejó notablemente en su mirada.

—¿Otra cosa? ¿Algún producto femenino? —insistió.

Bulma suspiró, dejó el ojo sobre la mesa aun envuelto en aquella servilleta y volteó su rostro decepcionado al horrendo plato de comida que yacía frente a ella. Luego miró a 638, su apariencia de permanente fastidio de repente le causó gracia y se sonrió.

—¿Puedes conseguirme algo decente qué comer? —le preguntó al tuerto y su mirada se iluminó.

—¡S-SÍ! —soltó entusiasmado e inmediatamente volvió a envolverse de hombros, su rostro se enrojeció repentinamente e hizo un gesto tímido—. S-sí, señora.

—Bulma —le corrigió ella y él asintió.

—Le haré llegar todo, Bulma. Muchas gracias —dijo haciendo ligeras reverencias. Tomó su ojo de la mesa y se retiró, no sin antes despedirse del silencioso 638.

Bulma volvió a su plato, metió la cuchara en la sopa misteriosa, cerró los ojos y se lo metió a la boca. Hizo fuerza para tragarlo y trató de contener a duras penas el gesto asqueado de su rostro. Él en cambio tomó la sopa sin rechistar.

—Cómetelo todo, te necesito fuerte para la operación —le dijo sonriente, capturando nuevamente su atención.

—No sé de qué estás hablando, niña. Y si crees que por saber arreglar prótesis podrás abrir la puerta de salida de esta prisión estás equivocada, de ser así yo hubiera sido el primero en salir caminando por esa puerta. Además, yo no juego en equipo. No pierdas tu tiempo.

—Vaya, para ser alguien de tan pocas palabras eres bastante duro cuando las usas. Eso es bueno, ya sé que no estoy tratando con el típico idiota con distrofia muscular. Hay algo de sinapsis detrás de esa agresiva mirada.

—No te pases de lista.

—Eso no será posible, y tengo que corregirte en algo. Hace un momento me llamaste niña. Bueno, no soy una niña, soy la mujer más inteligente que encontrarás en toda esta estación espacial.

—La barra no está muy alta qué digamos —contestó y luego bebió de su botella de agua.

—Es cierto, suena mejor cuando lo digo en planetas más grandes... —comentó como si hablara consigo misma—. En fin, eso no es lo que nos reúne aquí hoy. 638, no puedes negarte a lo que tengo para proponerte.

Él se sonrió, se reclinó sobre su silla y se cruzó de brazos. La miró con un gesto petulante y le causó gracia lo confiada que se veía. En ese momento notó el pendiente que traía en su oreja izquierda y las 3 perforaciones rodeando el arco del cartílago. Observó su peinado y la pintura negra salteada sobre sus uñas. Tenía los hombros delgados, se notaba debajo de aquel overol que le quedaba como una bolsa de patatas.

—¿Qué podría ofrecerme una humana debilucha como tú?

Bulma se inclinó sobre la mesa y meció la cuchara en la espantosa sopa, se encogió ligeramente de hombros. Su gesto parecía invitarlo a una conversación apenas más privada de la que estaban sosteniendo, de modo que decidió inclinarse hacia ella para escuchar atentamente aquella propuesta de la que estaba tan confiada.

—Podría desactivar eso que traes en el cuello… —le susurró sonriendo.

La petulancia en su ligera sonrisa ladeada desapareció en cuestión de un segundo. Sus palabras le habían cambiado por completo el semblante y el poco humor que parecía tener se había esfumado. 638 la miró a los ojos con un aspecto severo, el tipo de mirada tajante que sirve como advertencia para medir sus siguientes palabras.

Se quedó inmóvil, como si hubiera dejado de respirar. Sin embargo, su gesto no parecía impresionado, su ceño se frunció notablemente y sus ojos negros perforaron sobre los oceánicos de ella.

—¿Puedes sacármelo? —le preguntó en tono ronco y peligroso.

—Uhm… tendría que verlo más de cerca.

Él miró por el rabillo de su ojo. No estaba tan lejos de la puerta de salida de la cafetería como para que no lo notaran, de hecho, lo habían estado observando desde que llegó, todos ellos. Los guardias cruzaron miradas con el casi al instante y en un gesto que le hirvió la sangre, le sonrieron. Como si estuvieran aun burlándose de aquel infortunado evento en el pasillo del pabellón. Él giró su rostro ofuscado hacia la humana nuevamente.

—Aquí no, nos están viendo.

—Tranquilo, nadie va a notarlo —le dijo mientras se ponía de pie.

—¡Quédate ahí! —le dijo entre dientes—, ¡vuelve a tu lugar! —gruñó sin alzar la voz, sin embargo, ella hizo caso omiso de sus palabras. Miró a los guardias, sus ojos atentos sobre él. Y repentinamente sintió las manos de la muchacha humana sobre su espalda. Una pequeña mano pálida le acarició un hombro, nuevamente miró la pintura sobre sus uñas. Sintió su respiración sobre su nuca y el calor de su rostro sobre su cuello. Él permaneció inmóvil mientras ella entrelazaba sus manos sobre su pecho, abrazándolo por la espalda.

—No te hagas ideas extrañas —le dijo y él, al sentir sus pechos sobre su espalda enderezó la espalda completamente alarmado. Volvió a dirigir su atención a los guardias creyendo que estarían curioseando aquel teatro, sin embargo se extrañó al notar que se habían girado. Ya nadie lo estaba mirando.

—¿Era necesario? —dijo entre dientes.

—Por supuesto, ahora quizás tenga algo de protección extra si alguno de estos malvivientes pretende algo conmigo.

—Yo no voy a protegerte.

—Ni aunque quisieras podrías, 638. Esta cosa está conectada a tu médula ósea. Tu espina dorsal está totalmente comprometida. Si intentaras arrancártelo podrías ocasionarte un grave daño a nivel cerebral o perder la movilidad —comentó aún abrazada de su torso, con su rostro junto al de él, luego de echarle un vistazo disimuladamente a las conexiones de aquel aparato—. Y no, no te estoy pidiendo que me protejas de nadie. Soy una niña grande, ¿no te lo dije? Sé cuidarme sola, no es la primera vez que estoy en un aprieto. Esto es sólo una fachada, ¿entiendes? Por alguna razón que no me explico los machos de muchas especies le tienen más respeto a una mujer que tiene algo con otro macho.

—¿Ya puedes quitarte y volver a tu asiento?

—Supongo que mi perfume es demasiado y tu resistencia debe estarse derrumbando —le dijo sonriente antes de darle un último apretón. Lo soltó, rodeó la mesa y volvió a sentarse.

—Entonces, ¿cómo vas a desactivarlo? Tengo ojos sobre mí todo el tiempo, será imposible.

—Absolutamente, jamás podré hacerlo aquí. Una vez que estemos fuera lo desactivaré para ti.

—¿Y cómo vamos a salir?

—Eso lo veré sobre la marcha, no tardaré en encontrar la solución. Siempre lo hago.

—Bah… hablar contigo fue una pérdida de tiempo —dijo con un gesto de notable fastidio, alzó una ceja y la miró con desinterés—. ¿Ni siquiera tenías algo planeado? Debí esperarlo…

—Vamos, sé un poco más optimista. No tienes por qué confiar en mí, pero en el caso de que te equivoques y hablar conmigo fuera la mejor inversión de tu tiempo, entonces no te quedará más opción que hacerme caso. Porque tal vez no te necesite para escapar, pero sí te necesito para algo más allá afuera. Si lo que digo es cierto, y lo es, saldremos de aquí en unos cuantos días. Y tú tendrás que estar preparado para ese momento, y cuando llegue me ayudarás. Luego te quitaré esa porquería que tienes en el cuello. ¿No te parece un buen trato?

—¿Realmente quieres que te diga qué me parece tu plan?

—Está bien, no me creas, sólo mantente vivo para ese día. Trata de no hacer más enemigos de los que ya tienes. Has de tener un prontuario importante para que te odien de esta forma.

—Nuestra conversación ha terminado —contestó antes de regresar a su plato.


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No le había convencido en lo absoluto. Había regresado a su celda aquella noche y ni siquiera había alzado la mirada para verla del otro lado. Nadie jamás había escapado de aquella prisión, más bien nadie había logrado escaparse de ninguna de las prisiones de la Armada Galáctica. No tenía ningún sentido sentarse a pensar en un plan que ni siquiera existía.

Eso no significaba que no quisiera hacerlo, que no se muriera de ganas por arrancarse el maquiavélico artilugio que tenía alojado bajo su nuca. Por momentos sentía que no le permitía dormir, pero las palabras de esa mujer habían quedado presentes en su mente. Si alguna vez había sentido el impulso de arrancarlo con sus propias manos, se había extinguido por completo. Quizás aquella muchacha no era más que una lunática, sólo la había visto arreglar una prótesis defectuosa. Pero sus palabras sirvieron para implantar una duda… Si ella tense atrevía podría ser que no fuera capaz de caminar nuevamente. O quizás peor, no le parecía para nada atractiva la idea de volverse un cuerpo impedido que no pudiera más que babearse por estropear su sistema nervioso.

Luego de unas cuatrocientas flexiones de brazos, se recostó sobre aquel colchón incómodo y mugriento, intentando no pensar en las manchas que decoraban la tela ocre y repentinamente escuchó un ruido. Algo se arrastraba por el piso y al espiar por el rabillo del ojo observó una pequeña caja que salió de la celda lindante hasta la que tenía justo en frente.

Recién en ese momento se percató de que la tenía en frente, que sus celdas estaban la una frente a la otra. La mujer tomó el pequeño paquete con disimulo, sacó la mano entre los barrotes para saludar a alguien que él no alcanzó a ver y la escondió rápidamente, antes de que los guardias se dieran cuenta.

Quizás aquel sencillo escenario que se plantaba frente a él sería lo único remotamente interesante que vería en mucho tiempo. Se sentó, apoyado sobre la pared de concreto que tenía tras de sí y la observó desenvolver aquel pequeño paquete. Sin embargo, entre las barras de acero no pudo distinguir con certeza lo que estaba haciendo. Aunque podía suponerlo dada la conversación de la que había sido testigo durante el desayuno. La observó arremangarse y sentada en el suelo se encorvó sobre lo que él supuso sería aquel ojo. Aunque después de unos minutos perdió completamente el interés y se acostó a dormir.

Y mientras dormía un recuerdo volvió sobre su mente como un castigo. Se vio a sí mismo como si se tratase de otra persona y escuchó su propia risa socarrona y confiada. Detestó escucharse. Pudo sentir el hedor de las cenizas y de lejos escuchó una explosión. Él sabía exactamente lo que iba a suceder y como si pretendiera evitar revivirlo, despertó.

No podía saber qué hora era. En esa estación espacial no había ninguna estrella lo suficientemente cerca como para proyectar luz. La luz artificial que pendía sobre los pasillos comenzaba a cansarle un poco la vista y se dio cuenta lo mucho que la detestaba. Las horas simplemente habían perdido el sentido, y al levantarse la vio nuevamente. Estaba en la misma posición que la noche anterior, si es que estaba en lo correcto y habían pasado varias horas, aún estaba enfrascada en esa tarea. Quizás sólo había dormido una hora o dos, pero frunció el ceño confundido cuando escuchó los golpes matutinos sobre las rejas de las celdas. El guardia del turno de la mañana caminaba golpeando cada barra en su camino mientras anunciaba la llegada de un nuevo día.

—Levántense holgazanes —escuchó a lo lejos y extrañado miró nuevamente a la mujer—. ¡Arriba, buenos para nada! —gritó nuevamente y él notó las bolsas oscuras bajo sus ojos celestes—. El último en levantarse limpiará personalmente mi letrina.

Se puso de pie y aguardó. Cuando la celda se abrió dio un paso hacia adelante y la mujer salió corriendo luego de esconder algunas cosas bajo su roído colchón. La observó extrañado, tenía que reconocerle que al menos era persistente.

Durante la tarde le echó un par de miradas. No había tardado mucho en ser incluida en una mesa. Y como si tuviera un sensor, lo miró en ese exacto momento en el que sus ojos estaban posados sobre ella. Repentinamente le guiñó un ojo y le sonrió y él esquivó su gesto por completo, intentando ignorar su osadía.

Se preguntó por un momento si se estaría burlando de él. Ella sabía perfectamente que ese aparato que traía encima le impediría enfrentarse a cualquiera, sobre todo si los guardias estaban cerca. No tardaría más que un par de segundos en caer inconsciente al suelo y esa idea le molestó terriblemente, por lo que decidió ignorarla el resto del día.


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Pasaron apenas dos días para cuando finalmente logró hacer ese estúpido ojo funcionar. Por un momento temió no poder cumplir, pero cuando estaba a punto de rendirse encontró la falla y suspiró aliviada. En uno de los recesos se acercó al hombre encorvado de cuello largo y le extendió su ojo. No tardó mucho en conectarlo y meterlo en aquella cuenca vacía. Bulma sintió que sería algo que nunca se acostumbraría a ver, pero trató de sonreír simulando cortesía y lo escuchó exaltado, feliz de haber recuperado el sentido de la profundidad.

—¡Eres un genio! —le dijo extasiado—. Nunca podré pagártelo, si pudiera recuperar tu secador de cabello lo haría. Haré todo lo que pueda para conseguirlo —le dijo casi arrastrándose sobre sus pies.

—No es nada, aunque si puedes me harías un favor. Mi cabello está sufriendo el confinamiento —intentó reírse.

Cuando volvió a celda se sintió un poco arrepentida de haber pasado la noche en vela por aquel ojo. No porque se sintiera cansada, sino porque ya no tenía nada más que hacer. Miró el techo de aquel espacio finito y miró de reojo a su compañero, siempre esmerándose por hacer más flexiones de brazos. Tal vez a ella no le vendría mal un poco de ejercicio para matar el tiempo, pero no tenía la dedicación que 638 parecía tener.

Se sentó, acomodó el pendiente oscuro sobre su oreja y suspiró. Aún no tenía idea de cómo iba a lograrlo, pero lo haría. Tenía que hacerlo. Debía lograrlo antes de que él apareciera por allí y mientras más lejos estuviera, mejor. Cualquier día aterrizaría sobre la estación y su plan no era encontrárselo en un planeta cercano, de lo contrario volvería a esa prisión o a otra cercana.

Bulma se levantó a cenar y ya sentía ese recorrido hacia el comedor como si se tratara de un infierno. La sensación de repetir exactamente la misma secuencia día tras día era insoportable. Pero esta vez, mientras seleccionaba entre platos horrorosos, escuchó un susurro no muy lejos y alzó la mirada.

Supuso que era una mujer, pero no estaba segura y temía asumir algo equivocado. Ya le había pasado en incontables ocasiones en aquella época en la que no distinguía una especie de otra. Tenía el rostro sonrojado, como si los capilares en sus mejillas hubieran reventado. El cabello verde, similar al de ella, recogido en una trenza. Era desagradable, tenía el aspecto de un reptil pálido y escamoso. Una boca protuberante y el cuerpo voluminoso envuelto en un uniforme blanco manchado de restos de lo que supuso, sería comida.

—Oye, muchacha humana —le susurró a un lado de la fila, detrás del puesto de comida.

Bulma caminó lentamente y casi escondiéndose, con su charola vacía entre las manos. Se acercó lo suficiente como para escucharla entre susurros. No estaba segura de qué podría querer, pero una ligera sensación le dio la confianza para acercársele lo suficiente a pesar de su horrendo aspecto.

—¿Tu eres la que arregla cosas? —le preguntó y Bulma repentinamente ensanchó una enorme sonrisa.

—A sus servicios.

Luego de un muy breve intercambio de palabras, Bulma abandonó su bandeja y se adentró en la cocina con aquella especie de mujer. Caminó entre un par de empleados usando el mismo uniforme sucio y se dejó guiar hasta una sala con grandes aparatos de metal, que lograron recordarle a las batidoras eléctricas de su planeta natal. Por supuesto el tamaño era incomparable.

—Tenemos que preparar cuatro comidas diarias para más de cuatro mil prisioneros. Eso sin contar con la comida de los oficiales, cadetes, el personal médico y el administrativo. Ellos dicen que no hay presupuesto para traer un ingeniero a que arregle estas porquerías, ¡tienen diez años y ni una vez han enviado a alguien a hacerles mantenimiento! La comida cada vez se ve más asquerosa. En cualquier momento tendremos un motín si no hacemos algo…

—¿Cuántas máquinas son?

—Al menos diez.

—Necesitaré repuestos y herramientas.

—Si logro convencer a los guardias de que esto mejorará sus desayunos estoy seguro de que colaborarán.

—¿Y yo que gano? —le cuestionó de brazos cruzados mientras observaba las maquinarias.

—No puedo darte dinero si es lo que estás esperando. No tengo nada para darte, pero puedo hacerte un espacio aquí y prepararte algo mejor de lo que come el comandante Zarbon. Por cierto, Heeugh me dijo que te diera esto…

Se apartó y caminó hacia un refrigerador, sacó de allí un pequeño recipiente y al abrirlo presentó ante Bulma unos buñuelos dulces. Ella abrió la boca y sintió la saliva acumularse bajo su lengua. Su estómago gruñó al recibir el recipiente y no tardó en meterse uno a la boca. Cerró los ojos y lo saboreó.

—Trato hecho —le dijo aún con la boca llena.

Al cabo de unos minutos salió de la cocina y logró esconder el resto de bocadillos entre los bolsillos de su uniforme anaranjado. Tal vez negociar su trabajo por comida no era lo más astuto que había hecho, pero estaba segura de no faltaba mucho para que tuviera la oportunidad que tanto estaba esperando. Lo que quería decir que poco le quedaba para convencer a 638 de unir fuerzas con ella. Caminó rápidamente hasta su mesa vacía y lo encontró como siempre, cruzado de brazos revolviendo aquel horrendo puré antes de sacar valientemente una cucharada.

Bulma se deslizó junto a él en aquella butaca metálica y él se giró a mirarla ligeramente sorprendido. Ella comenzaba a acostumbrarse a ese gesto; él arqueó una ceja y permaneció inmóvil como si estuviera esperando por una explicación para su presencia.

Con una sonrisa deslizó su mano entre sus bolsillos y sacó un bollo, manteniéndolo escondido de la vista del resto debajo de la mesa.

Él observó aquel secreto e involuntariamente tuvo la misma reacción que ella. Su boca se llenó de saliva y por un momento se preguntó cuándo había sido la última vez que había comido algo decente.

—¿De dónde… —comenzó a preguntarle.

—¿Eres un saiyajin verdad? Debes estar muriendo de hambre con las porciones que nos dan —le dijo y metió en el bolsillo de él la mayoría de los bocadillos y guardó uno para ella. Notó de inmediato el rigor de sus piernas y se sonrió, tenía el rostro endurecido y ligeramente sonrojado y miraba en todas direcciones esperando no encontrar ojos sobre ellos—. Tranquilo, sólo quiero que tengas energía para lo que pasará dentro de poco —le susurró—. Debes estar atento, no sé cuándo ni cómo pero ya se me ocurrirá —Colocó el último bollo y le sonrió antes de levantarse.


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No podía decir que estaba equivocada; cada día que pasaba le dejaba un vacío más grande en el estómago que aquellos bollos de harina apenas podían comenzar a llenar. Se sentía ansioso en el camino a su celda, consciente de que si algún otro notaba lo que ocultaba en sus bolsillos acabarían con él en un instante.

Tal vez por eso se los había dado en primer lugar, pensó. Pero al llegar a su celda la vio sonreírle y guiñarle un ojo, otra vez. Y por un ligero instante se preguntó si aquel gesto significaría otra cosa en su planeta.

Una vez a salvo miró aquello que ella había escondido y lo olió, su aroma dulce le hizo doler las entrañas y una pregunta terrible se hizo en su mente, pero al alzar la vista la vio del otro lado comiendo, masticando con los ojos cerrados con una expresión de placer. Sin dudar más le dio una mordida y en pocos minutos había acabado con todos; sin embargo, no habían logrado acabar con la sensación de vacío que habitaba en su abdomen.

Para cuando terminó sintió unos pasos acercándose, caminando bajo la insoportable luz artificial del pasillo. El pequeño soldado se detuvo frente a la celda de la muchacha y la abrió. La joven lo observó expectante.

—Ponte de pie —le dijo y ella miró el arma que cargaba entre las manos.

—¿Para qué? —la escuchó preguntarle y él se quedó inmóvil, escuchando el intercambio.

—Que te pongas de pie —rugió y la pateó, empujándola contra el piso.

Él se quedó completamente callado y observó al soldado tomándola de la muñeca una vez en el suelo, arrastrándola para que se pusiera de pie. Cuando finalmente logró mantenerse sobre sus dos piernas caminó sin rechistar y desapareció de su vista.

Una vez solo, se preguntó si ella había logrado meterse en problemas. Si tal vez había hablado con alguien más de aquella aparente huida que apenas tenía planeada y ahora estaría recibiendo una medida disciplinaria. Quizás no sería tan terrible y tal vez todo aquello se trataría de que los bocadillos que le había llevado habían sido robados de alguna oficina.

Trató de ignorarlo, al cabo de unos minutos ya había imaginado diferentes escenarios. Realmente no tenía ningún sentido pensar demasiado en ello. Él tenía que buscar una forma de escapar y la única era consiguiendo ese maldito control remoto o morir en el intento.

Su padre ya estaría buscándolo por toda la galaxia y quizás ya sabría que había sido capturado. No imaginaba el bochorno que debía estar sintiendo en ese momento, pero por alguna razón le causaba gracia imaginarlo. Tendría que encargarse de toda la armada para recuperarlo, las chances de que encontrara la base en la que lo habían dejado era mínima, demasiado pequeña como para creerse tan afortunado. Él tardaría demasiado tiempo en liberarlo y no estaba seguro de que su propio temperamento le permitiera vivir por tanto.

Repentinamente las luces se apagaron, señal clara de que debía acostarse a dormir. Naturalmente volteó el rostro a la celda frente a él y ella seguía sin aparecer. Frunció el ceño y se acostó. Pero abrió los ojos horas después como si de un segundo se hubiera tratado. Se quedó quieto bajo la sábana y escuchó los pasos regresando silenciosamente y al alzar el rostro vio la luz de una linterna recorriendo el pasillo.

Se sentó apenas el guardia se retiró y ella lo miró sobresaltada. En la oscuridad apenas podía ver su rostro y esperaba encontrar algún moretón, pero no podía ver nada. Repentinamente se agachó y deslizó por el suelo una pequeña bolsa plástica en su dirección. Él se levantó de la cama y la tomó, miró por el corredor y al no encontrar nadie a la vista, abrió el paquete.

El olor a carne que desprendía se impregnó en el aire y 638 la miró sorprendido.

—Come… falta poco —le susurró.


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—¿De qué planeta eres originaria?

—De la Tierra —respondió sentada sobre una escalera, tratando de desatornillar la paleta que debería moverse en círculos cuando ese aparato estaba encendido.

—¿Y todas las terrícolas son tan lindas como tú?

—No, no todas —dijo sin mirarlo.

—¿La Tierra fue tomada hace 8 ciclos solares, no? —preguntó y ella contestó asintiendo ligeramente—. ¿En dónde vivías cuando te metiste en problemas?

—¿Puedes darme una mano con esto? —le preguntó mientras desprendía la paleta de su eje, para descubrir que era demasiado pesada para ella sola.

—¿Yo? Soy un soldado, no me pagan por hacer el mantenimiento.

—Pues, a mi tampoco, sólo soy una prisionera mal alimentada.

—Está bien —respondió a regañadientes.

El soldado subió sobre la escalera y dejó la paleta sobre la mesa. Se giró al grifo para lavarse las manos y le sonrió. Bulma comenzaba a arrepentirse de su estrategia. Llevaba tres noches arreglando las maquinarias en la cocina y apenas podía dormir unas cuantas horas. Lo único realmente bueno de su acuerdo es que podía probar un bocado de la comida que la cocinera le dejaba preparada antes de dársela a 638. Lastimosamente el persistente acoso del guardia que la vigilaba comenzaba a volverse un verdadero problema. Y aunque estaba segura de que terminaría por estropear todo lo que tenía planeado, no dejaría que aquel imbécil le tocara un solo cabello.

Bulma se inclinó sobre la mesada y se limpió la frente, abrió un cajón detrás de ella y hurtó un cuchillo mientras el soldado se secaba las manos. Luego se agachó y lo escondió entre sus zapatos. Cuando él volvió a girarse ella trató de simular una ligera sonrisa.

—Es tarde, lo mejor será que continúe mañana. Debes estar muy cansado.

—No estoy tan cansado…

—Pues, si continúo trabajando tan desvelada temo que pueda romper algo.

—Pero no tienes que trabajar necesariamente —le dijo, acercándose a ella.

El sonido de alguien cercano aclarándose la garganta lo hizo detenerse, ambos voltearon para encontrarse con el comandante Zarbon que los miraba con un gesto de desagrado. Tenía la nariz arrugada y miró a Bulma desde el primer mechón azulado que se asomaba en su frente hasta la punta de aquel zapato que ocultaba un cuchillo. Luego le echó un vistazo al que la escoltaba y le hizo un gesto para que se retirara.

Bulma suspiró aliviada, temía tener que usar ese cuchillo antes de tiempo y terminar frustrando su escape. Y mientras caminaban hacia su celda, a través de un largo tramo de corredores, podía sentir la respiración de aquel hombre que no había desaprovechado oportunidad para acosarla e intimidarla desde esa noche en la que fue por ella a su celda.

Comenzó a sentirse ansiosa, temiendo que pudiera acorralarla en una habitación vacía. Y si lograba matarlo tendría que escapar sin 638, lo que quería decir que no podría llegar muy lejos. Eventualmente volvería a estar atrapada.

Afortunadamente logró llegar a su celda en una pieza, aunque no sabía cuánto le duraría su suerte. Ciertamente se había confiado demasiado. Y si las mismas ideas macabras se le habían ocurrido a ese sujeto, quizás no había reunido el valor de cometer tal canallada. Quizás eso también sería cuestión de tiempo.

Deslizó su tarjeta de seguridad y los barrotes se abrieron. Bulma tenía entre sus manos la cena y en el aire se podía sentir a la perfección el aroma que dejaban los condimentos sobre la carne. Dio un paso al frente y se giró hacia el guardia, extrañada al notar que la compuerta no se había cerrado. Lo miró a los ojos un instante y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Había cierta oscuridad tristemente familiar en su mirada y ella tragó saliva pensando en el cuchillo oculto. El soldado se le acercó un paso y le acarició la mejilla con la punta de sus dedos. Pero a pesar de que aquel gesto intentaba seducirla no logró más que voltear su estómago por completo. Bulma permaneció totalmente inmóvil e indiferente a la sonrisa que el otro le dedicaba.

Su mano bajo por su cuello y Bulma tragó con fuerza, repentinamente aquella mano de guante negro se prendió de su cuello y la estranguló ligeramente, sin dejarla sin aire. Sorprendida, Bulma lo miró a los ojos, apretando la mandíbula, aún inmóvil con la bandeja entre las manos. La mano calamitosa desistió en su agarre y bajó hacia su pecho y lo estrujó con fuerza.

El sonido repentino de la cachetada que le propinó Bulma en un arrebato que no había deliberado se escuchó en todo el silencioso corredor. Opacado luego por el grito ahogado de Bulma y la bandeja plástica de comida que cayó al suelo.

Volvió a tragar al sentir la punta de su rifle presionando sobre su mentón, apuntando directamente hacia su cráneo.

—Recoge tu comida, esclava —le ordenó y lentamente se alejó de ella apenas un paso.

Bulma se agachó, tratando de mantener la compostura. Recogió la bolsa y trató de acomodar la comida que se había salpicado.

—Mírame —le dijo el soldado mientras la observaba recogiendo la comida del suelo y ella alzó la mirada con un gesto mezquino—. Ahí es donde perteneces —terminó mientras cerraba la celda y se retiró.


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La miró de lejos, deambulando en un rincón del patio fumando un cigarrillo. De lejos había notado el temblor de sus manos y la manera en la que miraba el suelo como si estuviera forzando su cerebro a inventarse algo. Y él imaginaba qué sería.

La noche anterior la había escuchado llegar, como todas las noches anteriores. Se había convencido de que estaba esperando esa bandeja, imaginando qué le traería esa noche. Se levantó apenas sobre su cama y observó en completo silencio toda la escena y por un instante se descubrió a punto de ponerse de pie cuando la vio arrinconada con un arma a punto de volarle la cabeza en mil pedazos. Pero se quedó callado y observó aquella humillación sin decir nada.

Para su sorpresa, deslizó aquella estropeada bandeja como lo había hecho antes. Esperaba que rompiera en llanto y no lo dejara dormir el resto de la noche. Pero, contrario a lo que había imaginado, ella se echó a dormir después de enviarle su comida.

Y, para sorpresa de sí mismo, no tenía tanta hambre después de todo.

Por la mañana el aspecto de esa mujer no era el de alguien que haya pegado un ojo en toda la noche y luego de verla deambulando sin rumbo en el patio, terminándose casi todo su abastecimiento de cigarrillos en una sola tarde, entendió perfectamente lo que pasaba por su mente. Porque él también lo estaba pensando.

Si ella pasaba una noche más en compañía de aquel soldado probablemente lamentaría haber puesto un solo pie en aquella cocina.

Repentinamente la vio alzar el mentón y observar fijamente en una dirección. Él estaba sentado no muy lejos y no le costó trabajo identificar lo que había capturado su atención. Estaba ahí, parado junto a uno de sus compañeros vestido en ese traje negro con el casco puesto. Ambos parecían estarse riendo y le dio la impresión de que esa mujer el tópico de su conversación.

La campana sonó y él se puso de pie. Los reclusos comenzaban a avanzar lentamente hacia la puerta y decidió echarle un último vistazo. La mujer estaba cruzada de brazos renuente a caminar en ese mismo sitio que había decorado con sus pisadas.

Caminó prestándole especial atención a él, a ese hombre que la había amenazado y manoseado hacía pocas horas. Vio su sonrisa ancha bajo la visera oscura de su casco. Era más alto que él, apenas unos cuantos centímetros, sin embargo, era considerablemente más delgado. Lo miró de arriba abajo y él no pareció darse cuenta. Continuó disimuladamente acercándose; él estaba contra el marco derecho de aquella puerta y un impulso salvaje lo dominó. Así como la saliva se le amontonaba en la boca cuando olía la comida en medio de la noche, su pie se movió por sí solo y una vez a su lado pateó la pierna en la que se erguía aquel soldado.

Su sonrisa se borró cuando el hueso que sostenía su pierna se quebraba y salía de su sitio para asomarse entre la carne, rasgando su uniforme. Él cayó al suelo y se formó una conmoción en cuestión de segundos. El grito del soldado que había caído los puso en alerta y los vigías activaron las alarmas.

Los prisioneros corrieron pero los detuvieron en a pocos metros. Más de uno cayó al suelo y algunos aprovecharon la conmoción para atacarse entre ellos. El patio se volvió una batalla campal y los guardias comenzaron a salir de cada puerta para reprimirlos. Sobre sus uniformes anaranjados las luces rojas de sus armas de los francotiradores apuntaban a los puntos vitales.

—¡Fue 638! —gritó el compañero del que había caído—. ¡Fue ese desgraciado! —volvió a gritar mientras detenía la hemorragia.

El grupo que lo rodeaba se alejó lentamente, dejándolo al descubierto.

—¡Levanta las manos! —le gritó un soldado.

Él vio aquella luz roja, como un punto sobre su ropa apuntando directamente sobre su pecho. Y en un parpadeo ese punto se convirtió en decenas. Alzó el rostro y se encontró rodeado, miró por encima de su hombro y halló más soldados.

—¡Que levantes las manos, basura! ¡O abriremos fuego! —volvió a gritarle.

Lentamente extendió las palmas y levantó los brazos por encima de su cabeza. Y sobre los cascos de los que lo tenían rodeado, observó por el pasillo la figura que temía y se preparó mentalmente para lo que pasaría.

Se abrió paso entre el resto y sus pasos se hicieron oír entre aquel escabroso silencio que se había formado. Revolvió entre su bolsillo y le dejó ver el pequeño control remoto una vez más. Y con una sonrisa maliciosa en el rostro lo dejó en el suelo retorciéndose de dolor. Pero, poco antes de perder por completo el conocimiento, lo escuchó acercarse y abrió un ojo con la poca fuerza que le quedaba. El soldado se había agachado de cuclillas en el suelo junto a él.

—¿Qué tal te suena el confinamiento en solitario, Vegeta?


N/A: ¡Gracias a Apolonia86, ziari27, DianaVH, Beal, belen.b189, Mari, Nuria-db y Juanita Perez1 por sus reviews! Gracias de verdad por darle chance al fic y más por dejar sus comentarios. Lo de la cárcel se me ocurrió cuando leí el manga de Super, en la saga de Moro y me fascinó la idea. Y ya venía pensando un estilo cyberpunk espacial a partir de cyberpunk2077, y una imagen de un fanart que vi. Creo que no he puesto la aclaración debidamente en este fic pero si llegaron a leer esta acá, tienen que saber que en esta historia hay uso de estupefacientes, prostitución, trata, y muchas cosas por el estilo. Por ningún motivo hago apología, pero quedan advertidos. ¡Espero que les haya gustado! ¡Comenten qué les pareció! Besos y abrazos con distanciamiento social.