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Estación Espacial 904 – Prisión Belona

Cuadrante G – División 18

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Jamás podría haberse imaginado lo que había pasado el día anterior. Aún pensaba en ello mientras terminaba de reparar una de las mezcladoras de la cocina. Miró de reojo a su escolta, otro cadete que había reemplazado a su compañero, quien infortunadamente había tenido un inesperado encuentro con el recluso 638.

Lo había creído dormido en aquel momento y ni siquiera habían cruzado palabra después de la evidente amenaza que había recibido. Apenas habían cruzado miradas un par de veces durante el receso, justo antes de que decidiera atacarlo viciosamente.

Observó totalmente callada cómo arrastraban su cuerpo por un pasillo y había escuchado entre los demás presos que había sido reubicado. Eso no arruinaría su plan por completo, aún podía escapar por sí misma, pero debía sincerarse; de no ser por él estaría sufriendo los acosos de aquel soldado ahora lisiado. Tenía que sacarlo de aquel agujero.

Preocupada por la clase de tortura que estaría sufriendo, se convenció de que tendría que obligar un plan descabellado. Pero la mirada insistente del soldado que la acompañaba la ponía nerviosa. Estaba segura de que no entendía en absoluto el trabajo que ella estaba haciendo, sin embargo, no quería subestimar a nadie y terminar como 638. Con cuidado programó el aparato que tenía entre las manos, tratando de ocultarlo en su regazo y evitando verse demasiado sospechosa. Cuando terminó comenzó una cuenta mental, totalmente en silencio. Continuó limpiando algunas piezas con un trapo, las volvió a colocar lentamente en su lugar y volvió a aceitarlas.

—Sólo me queda una, ¿podemos terminar mañana? —le preguntó al guardia y él le echó un vistazo al reloj sobre la pared para luego asentir.

Bulma dejó las piezas a un lado y se limpió las manos, caminó hacia la puerta y detrás de ella aquel soldado. Y mientras caminaba contaba, cincuenta, cuarenta y nueve, cuarenta y ocho. Caminando deliberadamente lento. A mitad de camino se dio cuenta de que le sobraba algo de tiempo y se agachó repentinamente frente al guardia.

—Lo siento —dijo sonriente—, mis cordones…

Desató el nudo y volvió a hacerlo, treinta y cinco, treinta y cuatro, contó mentalmente y se puso de pie para continuar. Tres vueltas de pasillo, y caminó frente a la enfermería. Le echó vistazo al mapa que había en la pared junto a la puerta y trató de encontrar la sala de confinamiento en la que estaría el saiyajin, pero no lo logró y se vio obligada a continuar caminando.

Diez, nueve, ocho, contó cuando vio aquella puerta que había visto cada noche desde que comenzó a hacer los arreglos a los equipos de la cocina. Cuatro, tres, dos…

La alarma sonó, apenas retumbando por el pasillo y ambos se quedaron quietos. El guardia tomó su arma y miró hacia el pasillo y luego se volvió a Bulma.

—No te muevas de aquí —le ordenó y salió a paso ligero por el pasillo.

Ella contó unos segundos más y entró disparada en aquella puerta oscura. Sobre ella había un letrero, "sólo personal autorizado". Una vez dentro encontró justamente lo que esperaba. Cientos de cables recorrían el suelo de una máquina a la otra, de pared a pared. Unos cuantos interruptores y luces verdes y rojas. Caminó apresurada, observando cada uno rápidamente para pasar al siguiente, esperando encontrar lo que buscaba a tiempo para salir a ese pasillo nuevamente sin ser descubierta.

Tardó más de lo que esperaba en encontrarlo. Detrás de una trenza de cables halló una caja de fusibles y la abrió rápidamente levantó su pie izquierdo y sacó el cuchillo que tenía escondido. Abrió uno de los fusibles y cortó un pequeño cable. Cerró el dispositivo y volvió a conectarlo.

Con el corazón galopando salvajemente dentro de su pecho, salió nuevamente al pasillo justo antes de que el cadete regresara.

Por un momento temió que se diera cuenta, que su mirada perturbada fuera muy evidente. Pero llegó extrañado y la observó detenidamente.

—Tienes que arreglar eso mañana —le ordenó y ella asintió con una ligera sonrisa.


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Abrió los ojos y vio un pequeño rayo de luz colándose a través de una pequeña ventanilla en la puerta de su celda. Se sentía particularmente cansado, y no exactamente por la paliza que le habían dado la noche anterior. Sí, le dolían las costillas y aún tenía sangre entre los dientes, pero este cansancio era particular y le traía algo de nostalgia. Le recordó por un momento aquella época de su frágil infancia en la que lo encerraban en una habitación que no distaba mucho de la que lo tenía cautivo en ese momento. El intenso calor del planeta siempre lograba dejar sus músculos particularmente cansados después de un largo entrenamiento, luchando por su vida.

Trató de ponerse de pie y al tocar su rodilla sintió la palma de su mano empapada. Limpió su frente y se acercó a la ventanilla. Apoyó su frente sobre la puerta y miró del otro lado.

Había un soldado joven en el suelo, abanicándose con una mano. Su casco en el suelo y la camisa de su traje desabotonada. El otro se recostaba contra la pared y bebía de una botella con algo de urgencia.

Él mismo pudo sentir cómo el calor emanaba desde las paredes como el concreto en medio del desierto.

La garganta se sentía áspera, tragó saliva, pero no fue suficiente. Cerró los ojos con fuerza y luego los abrió para mirar aquella botella que aguardaba en el suelo y repentinamente tuvo la sensación de que perdería el conocimiento.


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Con el cabello pegado sobre el cuello, bañado de sudor, se deshizo de la parte superior de su overol y lo arremangó sobre su cadera, pero no bastaba para dejar de sentirse terriblemente asfixiada. Se ató el cabello y se sintió tentada a quitarse el overol, pero temió causar un espectáculo del cual podría luego arrepentirse. Sin embargo, se quitó el sostén y lo arrojó sobre el colchón. Se sentó en el suelo y esperó aquello que sabía sería inminente. No tenían otra opción y en poco tiempo sus distinguidos compañeros comenzarían a vociferar sus quejas.

Vio a los guardias quitarse los cascos, completamente asfixiados. El calor no sólo les estaba deshidratando, sino que parecía estar consumiendo el oxígeno en toda la estación espacial. No podía faltar mucho.

De lejos escuchó unos prisioneros inquietarse dentro de sus celdas, pidiendo agua en tonos poco pacientes. Bulma sonrió, no había manera de que pudieran mantenerlos a todos calmados durante el primer receso y tensión se sentía en el ambiente. No podrían sostener un motín en esas precarias condiciones, si bien tenían armas estaban totalmente superados en número. Cualquier cosa podría ocurrir de ahora en más gracias a su pequeño paseo por la oscura sala de fusibles.

Repentinamente un sudado soldado llegó a su celda y abrió con premura la celda.

—El comandante demanda tu presencia —le dijo y ella se levantó del suelo.

Se limpió la frente y caminó por el corredor mientras escuchaba los rugidos de sus compañeros, pero una mirada en particular le llamó la atención y se arrepintió de haberse volteado. Spopovich la observaba prendido de los barrotes de su celda. De inmediato, Bulma giró su rostro y caminó en línea recta intentando ignorar esa tenebrosa expresión. Soltó un suspiro cuando finalmente estuvo fuera de su vista y caminó en silencio detrás del cadete que había ido por ella.

Aquel recorrido los había llevado a una sala en el tercer piso de la Estación. Al abrir la puerta Bulma se encontró con al menos cinco soldados sentados frente a varias computadoras. Frente a ellos un cristal separaba la habitación de las celdas debajo de ellos. Rápidamente notó las expresiones estresadas de todos los presentes y la imponente figura del comandante.

El hombre deambulaba furioso, con el rostro congestionado envuelto en una expresión de impaciencia. Sus músculos tensos bajo el cruce de sus brazos, envueltos en su uniforme oscuro.

El soldado que había ido por ella se paró firme, valientemente frente a su ofuscado comandante y le informó lo obvio.

—La reclusa que solicitó, señor —le dijo en voz alta y él pareció ignorarlo por completo.

Sus ojos color ámbar se clavaron sobre ella y al tenerlo frente se sonrojó. Y a pesar de que estaba furioso e inspiraba terror sobre todos los que estaban bajo su mando, ella le sonrió ya que lo encontraba terriblemente atractivo.

—Supongo que te habrás dado cuenta de que la temperatura de la estación ha estado incrementándose desde hace varias horas… —le dijo y su sonrisa se tensó, incómoda.

—S-sí, lo había notado… señor.

—Esta noche no irás a la cocina. Te quedarás aquí a trabajar con estos… pobres intentos de ingenieros que tenemos a nuestra disposición —comentó con fuerza, haciendo a los soldados estremecerse en sus asientos—. Siéntate, y que no se te ocurra nada extraño porque no dudaré en encerrarte en una celda junto a tu amigo saiyajin.

Bulma asintió, a sabiendas de cuál era el problema una vez allí. Tomó asiento en una de las primeras computadoras e ingresó al server de la prisión. Zarbon se inclinó sobre ella y tecleó rápidamente una contraseña para otorgarle acceso que ella intentó no observar directamente para no levantar sospechas.

—¿Cuántas horas llevan intentando solucionarlo? —le preguntó al soldado en la computadora junto a ella.

—Cuatro horas —contestó afligido.

Miró el reloj y ya se acercaba el primer receso. Tomó aire, intentó trabajar lo más lento posible y de vez en cuando se limpió la frente de sudor. La temperatura continuaba subiendo y el aire se hacía escaso. Deliberadamente trabajó en opciones que no la llevarían a una solución, exactamente como había planeado. El fusible que había dañado a simple vista se vería bien, para el ojo inexperto. Pero ella conocía la manera indicada de corregir aquel infierno que estaban habitando. Sin embargo, había una parte del plan que no estaba segura de cómo ejecutar sin perder la cabeza en el intento.

Miró de soslayo al comandante, deambulando de un lado al otro. Él era el único a quien había visto usando ese pequeño dispositivo y con cierta animosidad. Incluso la manera en la que lo había mencionado tenía un dejo extraño de desagrado. Lo más probable era que lo tuviera en su posesión, sin embargo, no podía asegurar que lo tuviera encima en todo momento. Bien podía tenerlo guardado en su oficina.

Escuchó sus pasos aproximarse a ella, en ese vaivén impaciente. Bulma miró la pantalla que tenía frente a ella y un mensaje comenzó a parpadear en color rojo. Finalmente, algo había salido como planeaba. Amplió la ventana y un mapa de las instalaciones apareció. En el patio se había activado una señal de alarma.

Zarbon vio la pantalla de reojo y se acercó a ella, pero se detuvo cuando Bulma se giró alertada a su encuentro y en su exagerado gesto empujó una taza de café contra el pantalón del comandante. La mujer logró sostenerla antes de que se impactara contra el suelo, la tomó entre sus manos de cuclillas sobre el suelo y alzó el rostro para encontrarse con la ofuscada mirada de Zarbon.

—¿¡Qué estás ciega!? ¡Limpia esto!

—¡L-lo siento, comandante! ¡La alarma del patio se ha activado! —dijo, tomando un pañuelo que le habían extendido mientras se agachaba a limpiar el café vertido bajo la mesa.

Repasó el piso mientras escuchaba al comandante ordenándole a sus subalternos encargarse del problema. Se quitó del bolsillo un par de cosas manchadas de café y observó sus propias manos con repugnancia.

—Volveré enseguida y quiero esto limpio —dijo antes de voltearse.

Mientras observaba a Zarbon retirarse, Bulma aprovechó el momento para retirarse el pendiente que traía puesto. Se levantó y lo escondió entre sus dedos, limpiando la mesa. Miró al único compañero que permanecía en esa habitación y, cuando confirmó que no la estaban observando, colocó el dispositivo en uno de los puertos de la computadora.

Cuando se sentó miró sobre la mesa una vez más y sintió que sus suplicas finalmente habían sido escuchadas. El control remoto que mantenía a 638 dominado estaba allí frente a sus ojos.

Se apresuró en arreglar el problema con la temperatura que ella misma había causado. Sabía perfectamente que duraría muy poco tiempo y no tenía más que unos segundos para salir de allí antes de que el verdadero caos se desatara. Cuando finalmente terminó, se puso de pie. Desde su lugar pudo ver la sorpresa del único soldado que la acompañaba, quien luego de salir de su sorpresa la miró intrigado.

—De nada —dijo con un aire arrogante y le echó un vistazo a su propia pantalla para corroborar cómo los grados comenzaban a bajar lentamente.

Antes de ser escoltada nuevamente hacia su celda, Bulma se giró para apoyarse sobre su escritorio y estiró una mano escondida para retirar el pequeño dispositivo que había instalado en el sistema. El pequeño escándalo que estarían causando los asfixiados reclusos no duraría mucho más si Zarbon llegaba con un nuevo grupo de soldados armados. Disimuladamente, Bulma se acomodó el cabello y volvió a colocarse el supuesto arete negro sobre su oreja.

—¿Me acompañarás a mi celda o debo esperar al comandante? —preguntó comenzando a ponerse nerviosa.

—No, vamos. El comandante está ocupado y supongo que todo aquí está solucionado… Vaya, ¿cómo lo hiciste?

—No es la gran cosa, supongo que ustedes también hubieran descubierto la falla eventualmente —contestó volteándose nuevamente—¡Ay no! Las cosas del comandante están llenas de café… permíteme limpiarlo por él, no quiero meterme en problemas —dijo, inclinándose con el mismo pañuelo que le habían facilitado.

—Rápido, no te demores.

Pocas veces se había sentido tan inquieta; el día en que las primeras naves llegaron a su planeta; el día en que había sido comprada en un mercado humano; el día en el que había escapado para ser atrapada por miembros de la Armada. Sin duda este momento había llegado a la lista sin mucho cuestionamiento. Cada mirada que recibía se sentía como estar nuevamente bajo ese escáner de órganos, con una acusación presente. Como si en cualquier segundo alguien la detendría para rebuscar entre sus ropas y encontrara aquel control que había robado.

Suspiró aliviada cuando la celda detrás de ella volvió a cerrarse y aunque aún se sentía acalorada, miró con emoción el techo mientras el soldado que la había escoltado se alejaba. Para ese momento el pequeño motín que habría formado un grupo enardecido de sudorosos prisioneros debería haberse tranquilizado y al mismo tiempo aquel virus que había introducido al sistema estaría lentamente haciendo estragos sin nadie en la sala de controles que pudiera hacer algo al respecto, si es que llegaran a notarlo.

Un pequeño equipo regresaba por el pasillo, la temperatura se había vuelto más soportable, lo suficiente como para que decidieran volver a usar sus cascos. El comandante caminaba delante de ellos con ese aire gallardo que la había dejado sin aliento cuando la llevaron ante él.

Un ruido extraño se escuchó sobre ellos, todo el escuadrón completo se detuvo. El mecánico sonido era familiar, similar al de la grifería oxidada de los baños. Al alzar la vista sus rostros se empaparon, cada uno de los rociadores para incendios se habían encendido sin razón aparente. Y a pesar de que la repentina ducha había resultado oportunamente refrescante, a Zarbon le resultó extraño y aquel pensamiento se manifestó en su rostro. La luz de emergencia se encendió y desde donde estaban parados pudieron ver que lo mismo había pasado en las habitaciones contiguas. Las alarmas comenzaron a sonar en una cacofonía insoportable y cuando estaban a punto de dirigirse a la sala de controles a poner la situación bajo control, las celdas de cada bloque se abrieron ante sus ojos.

Los reclusos caminaron lentamente, a pesar de los continuos gritos de los soldados que no tardaron en apuntarles exigiendo que regresaran a sus celdas. Sin embargo, parecían haber encontrado algo de valentía en el aparente caos que comenzaba a desatarse en la prisión, rodeando al escuadrón.

Bulma tomó el control que tenía escondido en el bolsillo de su overol y dio un paso hacia afuera. Sus pies salpicaron entre el agua de los aspersores y su frente se empapó casi de inmediato. Su mente fue en un instante al último plano de la prisión que había visto en aquella computadora. Estrujó aquel dispositivo en la palma de su mano y miró a su alrededor. Un arma se disparó y un láser neón rojo cruzó por el medio del corredor y destrozó la pared que daba a los mingitorios. Bulma escuchó más disparos y apenas vio un grupo vestido de anaranjado abalanzándose sobre la cuadrilla de soldados. Pero antes de que pudiera comenzar su huida, una mirada le capturó la atención una vez más.

El corazón casi se sale de su pecho cuando sus miradas se conectaron y aunque no entendía la razón que había detrás de tal desagrado, no planeaba quedarse a descubrirlo. Bulma salió disparada por un corredor y presa del terror escuchó detrás de ellas las potentes pisadas de Spopovich.

Ahora tenía la sensación de que en cualquier momento la tomaría del cabello con sus gigantescas manos y la molería a golpes en el suelo. Probablemente no había corrido con tanto esmero ni siquiera el día en el que había escapado de su anterior amo. Bajo la persistente lluvia de los aspersores continuó hasta ocultarse tras un pasillo. Apresuradamente sacó de su zapato aquel cuchillo y se aferró a él con terrible ansiedad, pero mientras aguardaba la inminente llegada de Spopovich, hoyó no muy lejos el sonido de unos pasos en decenas acercándose. Volteó su rostro por un breve instante y encontró un grupo armado listo para volver a encerrarla, si tenía suerte.

Las armas se levantaron apuntándole al pecho y bajo sus pies una sombra se proyectó. Alzó la mirada y vio claramente sus intenciones, con los gatillos apretados y antes de que Spopovich pudiera ponerle una mano encima se echó al suelo. Los disparos brillantes se reflejaron sobre el suelo y escuchó en el aire los impactos sobre el pecho de aquel gigante y sólo se atrevió a levantar su rostro cuando cesaron.

Bulma los vio quietos, parados en el mismo sitio e incluso le pareció percibir una risa entre ellos. Pero todo festejo efusivo se deterioró frente a ella cuando la sombra comenzó a proyectarse sobre su cuerpo una vez más. Sus rostros bajo las máscaras negras se deformaban, y aunque no podía ver el terror en sus ojos bastaba con ver la mueca de sus bocas para sentir en carne propia su terror.

Se volteó sobre su espalda y lo vio nuevamente, sus globos oculares a punto de salirse de sus cuencas, las venas rojas como racimos en sus globos blancos.

Se corazón le golpeaba en la garganta cuando terminó de ponerse de pie y los disparos comenzaron una vez más mientras Bulma se arrastraba en el suelo sobre su espalda hasta que repentinamente Spopovich empezó a correr a grandes zancadas ante ellos y Bulma se cubrió la cabeza temiendo terminar aplastada. Cuando su figura pasó por encima de su cuerpo, no perdió tiempo en levantarse y salir corriendo por el pasillo contrario.

Ya casi no le quedaba tiempo para encontrar a 638, pero tenía que cumplir con su palabra y así continuó recorriendo los pasillos de la prisión. Sin embargo, algo la distrajo en su búsqueda y al pasar frente a una puerta se quedó petrificada. No perdió un segundo y entró, y al hacerlo se arrepintió al ver cientos de gabinetes con contenedores de plástico blancos. Corrió al primero que tenía en frente y leyó la etiqueta: "410-0000023". Rápidamente se alejó y volvió a verificar "412-000406".

—Estoy cerca —se dijo mientras continuaba hasta que finalmente dio con el gabinete 637 y sacó una mochila del contenedor. Miró de reojo el contenedor junto al suyo y lo abrió—. Vaya, no dejas de serme útil —comentó mientras sacaba un rastreador para colocárselo en el rostro.


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Escuchó la alarma y la luz roja se coló por la ventanilla. Exhausto se puso de pie y observó a los guardias corriendo por el corredor. Permaneció parado y un par más aparecieron en la misma dirección portando sus armas. Escuchó unos cuantos disparos y aunque estaba aturdido supo de inmediato que algo estaba ocurriendo, algo realmente grave. Tenía que aprovechar su oportunidad. Caminó hacia atrás dentro de esa diminuta celda oscura arremetió contra la puerta; su hombro quedó metido entre el metal torcido pero la puerta seguía firme en su lugar. Volvió a retroceder y arremetió una vez más. Y aunque se había doblado nuevamente seguía allí para su sorpresa.

—¡638! —Escuchó y se sintió realmente sorprendido. Miró por la ventanilla y vio esa menuda mujer corriendo empapada mirando entre las otras celdas mientras gritaba su número de recluso.

—¡Aquí, mujer! —le gritó y captó su atención. Nuevamente se halló presa de su propia sorpresa, su rostro de alivio y alegría era desconcertante.

—¡Te he estado buscando, rápido! ¡Es el momento! Tenemos que encontrar una nave antes de que los demás lo hagan o nos quedaremos aquí para siempre. Si es que me dejan vivir después de todo eso… —le comentó acercándose a la ventana.

—Hazte a un lado —le dijo mientras ella inspeccionaba las abolladuras sobre su puerta y pareció entenderlo de inmediato.

Cuando se hizo hacia atrás para empujar nuevamente la puerta una imagen se interpuso en su pequeña ventanilla. Uno de los reclusos había llegado casi completamente bañado de sangre que extrañamente no parecía la suya. Vegeta lo observó y notó de inmediato que no parecía estar interesado en él, ni siquiera le había mirado.

Sus músculos hinchados y respiración agitada eran el claro indicio de que estaba pensando en cargar contra la pequeña mujer que estaba del otro lado de la puerta, probablemente indefensa. Y si bien no tenía razones para ayudarla a salir de aquel aprieto, no estaba entre sus planes ver cómo era asesinada frente a su propia celda.

Tenía sus dudas, pero extendió su mano derecha y sintió en la punta de sus dedos los chispazos de energía mientras se acumulaba. Y tal y como temía comenzó a sentir sobre su cuello una descarga que comenzó como un intruso cosquilleo. Alzó su codo por sobre su hombro y soportando el agarre asfixiante que tenía ese aparato sobre su espina a punto de caer sobre sus rodillas, lazó la esfera con todas sus fuerzas.


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Temblando en aquel rincón con su secador de cabello entre las manos observó cómo Spopovich corría hacia ella con una sonrisa perturbadora entre los labios, y cuando estaba a punto de llegar a ella y ya le había apuntado, una explosión en la puerta junto a ella la obligó a cubrirse y para cuando se destapó Spopovich ya no tenía sonrisa alguna. Es más, había perdido por completo la cabeza para caer a sus pies como un saco de doscientos kilos.

Bulma miró la puerta de la celda de 638 el temblor de sus manos se calmó lo suficiente como para guardar el secador en la mochila nuevamente y pararse a observar a su compañero. Dentro de la celda él parecía agotado y a punto de caer al suelo.

—Voy a sacarte de aquí —le dijo mientras jalaba de la puerta destrozada hasta que finalmente cedió y cayó junto al cuerpo inerte de Spopovich.

Él respiraba profundamente, agitado y con dificultad. Tenía el rostro lastimado y los brazos cubiertos de cicatrices.

—¡No debiste hacer eso! Ese aparato podría haberte matado —le reclamó.

—De nada —respondió fastidiado y con notable dificultad—. ¿Ahora qué? —le preguntó al tiempo que salía de su aislamiento—, ¿qué hay de tu plan de escape?

—Sé el camino hasta la pista de aterrizaje más cercana. Tenemos que apresurarnos —Él alzó su mano derecha cubierta en vendajes y ella se quedó completamente quieta. En un primer momento le dio la impresión de que tenía intenciones de tomarla por la mejilla, sin embargo 638 le removió el rastreador que había hurtado hacía un momento.

—Esto es mío —le dijo antes de colocárselo. Después de programarlo miró a su izquierda, detrás de Bulma—, vienen para acá. No llegaré muy lejos si…

—¿Si tienen esto? —le preguntó exhibiendo el control remoto y lo tomó de la mano sin previo aviso para comenzar a correr hacia el hangar—. No podemos perder más tiempo.

Eventualmente lo soltó al ver que podía seguirle el ritmo perfectamente. Dobló por varios corredores vacíos bajo una permanente luz roja y una sirena incesante. El sonido de las balas y gritos se hacía cada vez más lejano hasta que finalmente lograron llegar a una enorme puerta que permanecía abierta, gracias a la artimaña que Bulma había ideado.

Ambos salieron al hangar y contemplaron por un instante las tres naves que aguardaban allí. Bulma se adelantó a la más cercana que permanecía con la compuerta abierta, lista para ser embarcada. Sin embargo, se detuvo en el primer tramo de la compuerta al notar que su compañero se había quedado parado mirando hacia el pasillo por el cual habían entrado. Bulma miró en aquella dirección sin notar nada, pero antes de preguntarle qué lo detenía él le habló en un tono escalofriantemente calmo.

—Sube y prepara la nave para el despegue.

Con el corazón martillando intensamente sobre su pecho, Bulma subió corriendo y dejó a un lado su mochila en cuanto llegó a la cabina de la nave. Tomó asiento y sin dudarlo comenzó a encender las turbinas, inclinándose sobre el puesto de mando para preparar la nave.


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El rastreador había captado una señal aproximándose y a él no le cabía la más mínima de las dudas. Jamás había logrado medir su señal, sin embargo, suponía que debía ser la más alta incluso un poco más que la suya propia.

Se volteó por un segundo al escuchar la primera turbina de la nave encenderse y se preguntó cuanto tendría que retenerlo hasta que aquella muchacha lograra emprender vuelo, pero no le quedó mucho por deliberar cuando el rastreador emitió un fuerte pitido sobre su oído.

Vegeta giró su rostro y encontró frente a él a aquel soldado que había disfrutado de su estadía en aquella cárcel desde el primer segundo. Estaba notablemente agitado y extrañamente no estaba acompañado. Jadeó sus primeras respiraciones y luego se enderezó, miró la nave en la que estaba montada Bulma y levantó una mano, extendiendo su palma frente a ella. Pero Vegeta no dudó un instante y se lanzó sobre él antes de que pudiera culminar con aquel ataque y frustar su escape.

Lastimosamente intentó golpear a Zarbon en el abdomen, pero fue más rápido e interceptó su puño antes de que pudiera rozarlo. Presionó su puño sobre su mano derecha y le dio de lleno en el rostro con su puño libre. Vegeta apretó la quijada y pateó una de las rodillas de Zarbon, logrando que perdiera el equilibrio. Liberó su puño y justo cuando estaba a punto de darle un codazo en el rostro, Zarbon le dio un cabezazo que nubló su vista.

Vegeta cayó de espaldas y miró la nave dada vuelta desde la que descendía aquella muchacha con un secador de cabello entre las manos.

—¡Cúbrete los oídos! —le gritó y, aunque le pareció ridícula la situación, hizo caso.

Al cubrirse los oídos la vio presionando del gatillo de aquel aparato y sintió una vibración acercándose a su cerebro. Presionó su mentón contra su pecho y vio a Zarbon caer de rodillas, presionando con fuerza sus manos a los lados de su cabeza, no pudiendo contener la sangre que salía por sus oídos. Al cabo de unos segundos cayó al suelo, derribado y con una expresión ausente.

Y mientras Vegeta se ponía de pie levemente aturdido por aquella extraña vibración, observó a Bulma gritándole algo que no lograba escuchar. Repentinamente le señaló hacia adelante, al final de aquella pista de aterrizaje y en ese momento se dio cuenta de que la compuerta estaba cerrada.

—¡Sube a la nave y prepárate! —le gritó sin escuchar su propia voz, sustituida por un molesto e incesante pitido.

La muchacha corrió nuevamente a la cabina y luego de un momento la nave se elevó del suelo aún con su compuerta trasera abierta. Vegeta alzó una mano y una esfera de energía se formó sobre su palma. Sintió la electricidad recorriendo la punta de sus dedos por última vez antes de lanzarla hacia el otro lado y permaneció atento hasta que la esfera colisionó contra la compuerta.

Une explosión se hoyó y por apenas un instante una nube roja se alzó, luego desapareció apagada por la ausencia del espacio exterior. Y fue entonces que sintió su propio cuerpo siendo arrastrado hasta ese mismo lugar en el que el fuego había desaparecido. Las naves que no habían sido aseguradas comenzaron a arrastrarse sobre el suelo, succionadas por aquella fuerza. Rápidamente corrió hasta la compuerta que comenzaba a cerrarse y se subió, corrió hasta la cabina y antes de sentarse Bulma aceleró adelantándose al resto de naves que se estrellarían sin control sobre su salida.

Los dedos de Vegeta se aferraron al asiento libre cuando sintió que la presión dentro de la nave lo empujaba hacia atrás y al mirar al frente observó cómo las otras naves se impactaban contra el domo. Tragó saliva inclinado a arrebatarle el mando a aquella mujer, aunque ya se había dado cuenta que era demasiado tarde.


N/A: Sinceramente, desde este punto de la historia hasta donde llevo escrito me he divertido muchísimo. Las aventuras de Bulma y Vegeta en el espacio han sido un deleite de escribir. Me he tomado la libertad de que Vegeta no estuviera tan cegado de odio como en la serie, pero me apoyo en la teoría de que de vivir una vida "relativamente normal" hubiese sido así. Espero que les haya gustado este capítulo y como siempre quiero darle las gracias a las personas que se toman un tiempito para dejarme un comentario, cada palabra que me dejan me alienta a seguir publicando esta y las demás historias y cada que me llega un mail con un review me alegran el día. De verdad no saben cómo hacen falta palabras de apoyo más en este momento extraño que estamos viviendo todos. ¡Gracias a Apolonia, Janita Perez, Calay, Nuria-db y belen.b189!