.

4

.


Espacio exterior

Cuadrante G


Una gota de sudor le recorrió el cuello y volvió a tragar. Había cerrado con fuerza los ojos y al abrirlos se encontró envuelto por la inmensidad del espacio. La muchacha presionaba botones sobre el mando y una pantalla digital se apareció sobre los paneles delanteros de la nave. Vegeta observó la estación espacial de la que habían escapado alejarse rápidamente de ellos y luego escuchó a la mujer suspirar y reclinarse sobre su asiento.

—Tenemos al menos doce horas de ventaja… —le dijo y luego volvió a tablero.

—¿A dónde pretendes llevarnos?

—A Pandora.

—¿A qué vamos a ir a ese agujero?

—Bueno, por empezar tenemos que deshacernos de esta ropa, no queremos que sepan que debe haber una recompensa por nuestras cabezas.

Vegeta se cruzó de brazos y miró su traje empapado por los aspersores encendidos de la prisión. Bulma se puso de pie y él repentinamente notó su silueta y giró su rostro casi por instinto, no había notado que traía la mitad del traje anudado sobre la cadera sino hasta ese momento, y ahora que se daba la oportunidad era claro que no traía sostén bajo su playera empapada. Ella pasó a su lado sin prestarle demasiada atención y cuando él se volvió a ver a dónde se dirigía se quedó petrificado al verla retirándose el overol anaranjado para luego tirarlo a un lado de la cabina.

—¿Disculpa? —le cuestionó ofuscado.

—Ni se te ocurra hacer nada estúpido —siseó con una expresión severa—. Recuerda que aún tengo el control remoto que dejará tu cerebro hecho puré.

Ignorando su falta de vestuario se enfrentó a ella y se quedó quieto nuevamente al verla alzar sobre su mano el control.

—¿Ese era tu plan? ¿Chantajearme con ese aparato? Debí haberlo imaginado…

—No, no lo es, sólo es un seguro temporal en caso de que se te ocurra tomar ventaja de mí.

—Ni siquiera se me había pasado por la mente.

—Dudo que me lo dijeras si fueras a pensarlo. No te preocupes, buscaré algo limpio qué ponerme y luego desactivaré esa cosa. Siempre y cuando cumplas con tu palabra.

—¿Y qué fue exactamente lo que prometí? Yo no recuerdo haberte hecho ninguna promesa.

—Eres un mal agradecido. De no ser por mí aún estarías encerrado en esa cárcel siendo el juguete personal de Zarbon. Sólo necesito un poco de ayuda, no tardaremos demasiado. Será mucho menos tiempo que condena a la que te habían sentenciado, eso tenlo por seguro.

El rostro de Vegeta se suavizó levemente, aunque aún tenía el ceño fruncido. Bulma eventualmente le sonrió y se dio media vuelta para adentrarse por uno de los corredores laterales de la nave.

—Por cierto, 638… jamás me dijiste tu nombre.

Él dudó y se quedó en silencio por un momento, ella se detuvo y lo miró por encima del hombro esperando una respuesta.

—Vegeta —contestó caminando detrás de ella.

—Bueno, Vegeta. Te prometo que este viaje no será muy extenso… Y yo siempre cumplo con mi palabra. ¡Mira! Hay vestidores y duchas —dijo al entrar en una pequeña habitación—. Date vuelta —le ordenó mientras se quitaba la camiseta.

Él no dudó en voltearse y mientras la escuchaba meterse a la ducha y dejar correr el agua se miró a sí mismo y volvió a ver ese horrendo traje anaranjado que le habían dado. Decidió entonces hacer lo mismo y rápidamente se desvistió y se metió a la ducha contigua.

—¿Cómo lo hiciste? —le preguntó Vegeta repentinamente bajo el agua de la ducha.

—¿Hacer qué? —contestó del otro lado del vidrio rugoso.

—Escapar, ¿cómo lo lograste?

—Oh, eso… Bueno, no quiero revelar todos mis secretos. Digamos que introduje un virus muy dañino a su sistema de seguridad, lo difícil fue llegar a la computadora central y que no me descubrieran. Les tomará un buen tiempo reparar el daño, capturar el resto de reclusos y sobre todo arreglar el enorme agujero que dejaste sobre el hangar.

—Ingenioso… ¿Y el secador de cabello?

—¿Fantástico no? Produce un sonido casi indetectable para la mayoría de organismos, tan alto que puede dañar los tímpanos. Probablemente continúes escuchando un pitido durante unos cuantos días. Lo siento, pero no había otra forma de dejar incapacitado a Zarbon, me debes una.

—Me parece recordar haberte salvado de un enorme calvo que iba a volverte su saco de boxeo.

—Lo tenía bajo control.

—Por supuesto…

El agua cesó en la regadera de Bulma y Vegeta escuchó el cristal deslizándose. Luego una toalla apareció en su lado de la pared y observó su figura deambulando del otro lado del vidrio hasta desaparecer de su vista. Cuando terminó tomó la toalla y se envolvió antes de salir y seguir las pisadas mojadas hasta la siguiente habitación. Antes de entrar, ella le arrojó algo en el rostro y lo tomó con ambas manos.

—Es un traje de la Armada —le dijo mientras escogía entre dos piezas. Volteó a él con el ceño fruncido—. Deja de espiarme, ¿no ves que voy a vestirme? No me gustan los pervertidos.

—No tienes nada que me interese mirar —contestó con fastidio antes de darse media vuelta. Dejó caer su toalla sobre el suelo y se vistió aquel traje negro con una insignia de la Armada Galáctica cobre el pecho.

Tomó la toalla y se secó descuidadamente el cabello, volvió a darse vuelta a punto de soltarle un comentario mordaz, pero se quedó boquiabierto al verla contemplándose a sí misma frente al espejo.

Ciertamente aquel holgado traje anaranjado no le favorecía en lo absoluto, pero jamás hubiera esperado que ese traje se adhiriera tan bien a las escondidas curvas de esa humana. Repentinamente ella lo miró a través de aquel reflejo y le sonrió con cierta suficiencia. Por un instante le dio la impresión de que ella también lo observaba, pero decidió ignorarlo y salió por la puerta para volver a la cabina. Al llegar se sentó sobre el asiento del copiloto y aguardó mientras observaba la inmensidad del espacio delante de sí mismo. Se cruzó de brazos y se cuestionó algo que había estado en sus pensamientos durante su corta estadía en la cárcel.

—¿Estás listo? —le preguntó ella, sacándolo de sus cavilaciones y ella se quedó mirándolo—. Lo que traes en el cuello… —continuó al ver su rostro ligeramente confundido.

—Claro —contestó él con seguridad y la vio acercándose mientras sacaba de su bolso un pequeño computador—. ¿Cómo lo harás?

—Bueno, necesito que te voltees por un momento. Conectaré esto al aparato y lo desactivaré.

—¿No vas a quitármelo?

—No podría en estas condiciones, necesitaríamos un quirófano y para ser sincera… soy más científica que cirujana. Podría retirarlo, pero no puedo garantizar que saldrías ileso.

—Genial, supongo que prefiero quedármelo antes que me dejes inválido.

—Tal vez conozca a alguien que puede ayudarte, pero no sé si siga en el mismo planeta. Sería cuestión de hacerle una visita, claro, después de que me ayudes.

—¿Vas a decirme qué demonios pretendes que haga? Has hablado de eso que quiere hacer desde el segundo en el que te cruzaste en mi camino y aun no sé nada al respecto. Ni siquiera sé si lo haré o no —Al verla acercándose, agachó el rostro y le permitió conectar su computador por un cable a su nuca. Una ligera descarga eléctrica le erizó la piel.

—Necesito encontrar a algunas personas…

—¿Amigos criminales tuyos?

—Oye, tú eres tan fugitivo como yo. Y no, no son criminales…

—Bien, apresúrate con eso. No me das ninguna tranquilidad con esa máquina conectada a mi sistema nervioso.

—Paciencia, tenemos unas cuantas horas antes de llegar a Pandora.

—Creí que ese antro era un mito.

—No… sólo es una zona liberada. Sólo hay que calcular su trayecto y atravesar el escudo. Quizás sea el primer lugar en el que nos busquen, así que debemos actuar con rapidez. Entramos, compramos algunas cosas y nos vamos.

—Suena a que ya tienes experiencia en esto…

—¿Qué pasa? ¿Te intimida una mujer experimentada? —le cuestionó y rio suavemente.

Él ladeó una sonrisa.

—¿Estamos hablando de incursionar en mercados negros?

—Claro ¿de qué creías que hablaba, Vegeta? —Él no respondió más que una risa queda que se hizo apenas sonora bajo sus labios apretados.

Bulma se sonrió y se dedicó a ingresar a través de su computador al sistema de aquel aparato que mantenía controlado al saiyajin. Se sorprendió al ver las especificaciones de aquel contralor, al parecer además de lanzar descargas a comando también limitaba el uso de su propia energía.

—¿Cómo hicieron para ponerte las manos encima? Parece que eres muy fuerte, este aparato restringe el cincuenta por ciento de tu fuerza…

El gesto de Vegeta dejó de verse divertido.

—Encárgate de desactivarlo y no hagas tantas preguntas.

—¡Qué carácter! Si vas a ponerte así cada vez que te pregunte algo será un viaje muy incómodo.

—Entonces deja de preguntar cosas que no te incumben. ¿Quieres que te ayude? ¡Bien! cierra la boca.

—Bien, bien… Podemos conversar de otra cosa si quieres.

—¿Vas a hablar todo el camino?

—Probablemente, no traje nada para leer.

Él permaneció en silencio mientras escuchaba los ágiles dedos de aquella mujer tecleando a sus espaldas. Por un momento sintió una fuerte inclinación por detenerla, ya que quizás estaría modificando aquellos comandos para volverlo su esclavo. Pero él no sabía nada de aquella ciencia y dudaba mucho poder entender algo si pudiera dar vista al monitor.

—¿Dónde dejaste el control? —le preguntó repentinamente nervioso.

—No te preocupes por eso, será obsoleto apenas termine.

Lejos de dejarlo tranquilo, Vegeta comenzó a cavilar más en la idea de que le estaban tendiendo una trampa. Que ahora dejaría de ser el pequeño juguete de Zarbon para convertirse en el de Bulma; pero para su sorpresa ella dejó de teclear y se acercó a desconectar el aparato. Caminó hacia el traje húmedo de la cárcel que había arrojado al suelo y sacó el control.

Su sangre se volvió gélida y cuando estaba a punto de saltarle encima para derribarla, ella le arrojó el control. Vegeta lo tomó en el aire y luego lo observó en la palma de su mano.

—Ya no sirve —le dijo ella sin darle mucha importancia y soltó un bostezo—. No tienes idea del día estresante que he tenido. Mientras tú estabas encerrado yo tuve que hurtarle eso al comandante y jamás comprenderías lo estresante que fue. Además, llevo varios días sin dormir… Esta nave debe tener alguna cama, ¿podrías avisarme cuando lleguemos a Pandora?

Él asintió y sin más la joven se dio media vuelta para retirarse detrás de una puerta, dejándolo completamente solo dentro de la cabina. No tardó demasiado en hacer trizas el control remoto para luego arrojarlo al suelo y volverse al frente de la nave. Observó el monitor y aún faltaban varias horas para llegar a su destino.


.

Planeta Pandora

.


Vegeta la despertó con un grito, haciéndole entender de forma instantánea que había olvidado su nombre. Mujer, ¡mujer!, escuchó una y otra vez y cada vez más demandante hasta que finalmente se levantó de una pequeña cama que había encontrado dentro de la nave. Salió del camarote ligeramente molesta y tallándose los ojos, volvió a la cabina y piloteó la nave para pasar el escudo de seguridad que hacía el planeta prácticamente invisible a los ojos.

Cruzado de brazos junto al asiento del piloto, Vegeta observó el oscuro cielo rodeado de nubes verdosas que teñían los vidrios a medida que las atravesaban. Luego de unos minutos y mientras más se adentraban al planeta logró ver el mar de estrellas que iluminaban la ciudad. Se acercó al borde para mirar con claridad, las luces de neón rojas y celestes iluminaban las ajetreadas y ruidosas calles mientras que un ruido rítmico e insistente se hacía más y más sonoro.

—Bienvenido al planeta que nunca duerme —le dijo Bulma mientras buscaba algún lugar apropiado en el cual dejar su nave.

—¿Los trajes no serán un problema? —cuestionó atento a las calles.

—Quizás, pero ¿qué otra opción tenemos? No será más fácil si salimos desnudos. Si te da miedo puedes esperarme aquí y te traeré algo de ropa menos… gubernamental…

—¿Y dejarte elegir libremente mi vestuario? Ni hablar.

—Disculpa, pero no creas que no he visto sus uniformes, no es como si los saiyajin marcaran tendencia en la moda. ¿Cuál es la funcionalidad de los pantalones apretados y las ligas en las piernas? Ya sé que los trajes son virtualmente indestructibles, pero ¿tenían que ser tan reveladores? Al menos la Armada es un poco más modesta.

—¿Ahora eres una conservadora? ¿Debo recordarte que lo primero que hiciste en esta nave fue desnudarte en frente de mí? —contestó fastidiado, aferrándose a la puerta mientras la nave aterrizaba sobre la azotea de un edificio.

—Oye, no es lo mismo. Estaba empapada. Ustedes van a guerras con esos trajes, ¿cuál es la idea? No creo que maten de miedo a sus enemigos exhibiendo sus enormes cuádriceps.

—Las ligas son opcionales… —murmuró Vegeta y escuchó a Bulma reírse al abandonar su asiento.

Bulma aterrizó la nave sobre la azotea de un edificio. La compuerta lateral se abrió y Vegeta bajó de un solo brinco mientras Bulma se lanzó luego de sentarse cuidadosamente sobre el borde. Miró a su alrededor y encontró una puerta al interior del edificio y cuando estaba a punto de dirigirse a ella se giró para encontrar a Vegeta parado en el filo de la cornisa observando las calles de la noctámbula ciudad.

—Ya sé que ustedes vuelan, ¿pero no te da ni un poco de vértigo? —le preguntó mientras caminaba lentamente a su encuentro.

—Será más rápido si bajamos por aquí. Necesito quitarme este traje cuanto antes…

—Te queda bastante bien.

—Ese no es el punto —contestó extendiéndole una mano.

Bulma clavó su mirada celeste en aquel singular gesto. Se rodeaba a si misma con ambos brazos tratando de mantener su temperatura corporal. El viento en aquella altura le golpeaba con fuerza y meneaba su cabello de un lado al otro. Alzó la vista y observó fijamente el gesto severo de Vegeta, que no dejaba espacio a cuestionamientos. Él estaba esperando que simplemente saltara.

—No lo has hecho hace tiempo… —soltó con un dejo de duda sobre su voz temblorosa.

—Si no vienes ahora mismo voy a arrojarte.

La indecisión en su rostro desapareció casi al instante y al abandonar su expresión otra más agria la sustituyó. Caminó firmemente tal vez por la seguridad que tenía de que cumpliría su promesa, pero en lugar de tomar su mano, se abrazó de su cuello. La sola piel de Vegeta se tensó e instintivamente alejó su rostro hacia atrás.

—¿Q-qué… —musitó confundido.

—Agárrame fuerte o te juro que te arrepentirás.

Repentinamente él se sonrió y un destello de malicia volvió a formarse frente a ella. Los dientes blancos brillaron bajo la luz de neón que parpadeaba en el letrero de un motel en la calle de en frente. Sus ojos negros parecieron a punto de confesar alguna maldad y se estremeció cuando las manos del convicto la tomaron por la cintura. Afortunadamente el tinte de luz roja que le bañaba el rostro logró disimular perfectamente el rubor, aunque no duró demasiado ya que sin aviso alguno Vegeta se arrojó al vacío con ella entre sus brazos.

Bulma sintió su estómago girar dentro de ella, como una caída inesperada en una montaña rusa. Se aferró hasta hincar las uñas sobre su compañero y silenció sus gritos sobre su firme pecho. Sintió su cabello revoloteando detrás de ella para caer repentinamente sobre su rostro. Lentamente abrió los ojos y alzó la mirada.

La sonrisa ladina seguía allí, pero más burlona que antes. Bulma examinó rápidamente sus alrededores y se dio cuenta que estaban parados en el callejón. Se separó abruptamente de él, empujándolo ofuscada mientras él continuaba sonriéndose con tanta malicia que tenía ganas de golpearlo. Sin embargo, contuvo sus impulsos y soltó un sentido suspiro.

—¿Alguna vez te dijeron que eres un idiota?

—No en mi cara, al menos —contestó aún sonriente—. ¿Ya terminaste de quejarte? Necesito algo qué ponerme.

Ella se adelantó a la acera y miró de un lado al otro de la calle, luego se giró y le hizo un gesto para que la siguiera. Una vez que ambos salieron de la penumbra del callejón y los uniformes de la Armada estuvieron completamente a la vista, se volvieron rápidamente un foco de atención para los transeúntes. No porque su ropa fuera extravagante, de hecho eran los más recatados entre las faldas fluorescentes, los coloridos peinados y zapatos de plataforma.

Bulma aceleró el paso y Vegeta detrás de ella no pudo evitar observar de reojo a todos los curiosos que se paralizaban al verlo. Incapaz de asegurar que tal efecto se debía pura y exclusivamente al traje que llevaba puesto, y no a que lo habían reconocido.

—¿Cuánto falta? —le preguntó Vegeta entre dientes apretados.

—Un par de cuadras más… Tal vez andar desnudos hubiera sido mejor idea.

—Los trajes de la prisión hubieran sido una mejor idea.

—¿Estás bromeando?

—Creí que todos eran criminales…

—Lo son, algunos están aquí por crímenes imperdonables que quizás logren ser perdonados si entregan a dos ex convictos que prácticamente hicieron estallar la prisión Belona. Yo lo haría si así lograra que dejaran de perseguirme… —Se detuvo y él, quien caminaba de cerca detrás de ella chocó contra su espalda. Bulma lo tomó por la muñeca y alzó la mano para señalar—. ¡Ahí!

Las cuadras estaban repletas de diferentes tipos de tiendas pegadas una junto a la otra, tan pequeñas que apenas cabían dos personas en cada una. Pero, a pesar del minúsculo espacio cientos de personas caminaban por los angostos pasillos de aquella calle.

Sus trajes de la Armada se disimularon entre la multitud apretada de personas, los que caminaban a su lado ni siquiera se percataban de la insignia que cargaban sobre sus pechos y Bulma lo tomó con fuerza de la mano para no perderlo en aquel mar de alienígenas. Vegeta se sintió extraño cuando sus dedos se entrelazaron con los de ella y estuvo a punto de soltarla como si su solo tacto le quemara, pero se detuvo al percatarse de que probablemente la perdería si lo hacía.

Caminó detrás de ella hasta que eligió una pequeña tienda y miró un par de prendas exhibidas sobre las paredes. Tomó una gorra y un par de gafas, y mientras ella negociaba con el vendedor en un idioma que él desconocía miró con desgano la pared contraria y tomó a regañadientes otro par de prendas.

—¿Vas a llevar esas? Elije otro par, no sabemos cuándo tendremos oportunidad de volver a comprar —le dijo la muchacha mientras seleccionaba.

—Pregúntale si tiene más camisetas como esta —le ordenó a Bulma, exhibiendo sobre su mano derecha una camiseta lisa totalmente negra.

—¿No encontraste algo más aburrido? —cuestionó alzando una ceja, pero terminó volviéndose al vendedor para traducir el pedido de Vegeta—. Dice que tiene una azul.

—Con eso me basta.

Bulma sacó de su morral una pequeña billetera pagó sus compras mientras Vegeta la observaba de reojo. Preguntándose por un momento si habría robado la tarjeta antes de unirse a él en su maravilloso escape. Una vez finalizada la transacción, se volteó a él y lo tomó del brazo con una enorme sonrisa.

—Salgamos de aquí —murmuró entre dientes, fastidiado por los constantes empujones de los transeúntes.

—Bueno, tal vez tu estés listo para irte, pero yo no. Ten —le dijo plantando su camiseta sobre su pecho—. Póntela sobre el uniforme mientras tanto, yo necesito comprar otras cosas. Ya sabes… cosas de mujeres.

—¿Estás bromeando? Dijiste que si alguien nos descubría…

—Tranquilo, sólo deja que compre mi ropa interior y cállate.

Bulma observó el repentino rubor en las mejillas de Vegeta y se sonrió con similar malicia a la que él había exhibido en el corredor. Lo miró a los ojos captando la sorpresa en su mirada y ensanchó la sonrisa al comprobar que lo había dejado sin palabras.

—¿Qué pasa? ¿Las mujeres saiyajin no compran ropa interior? —le susurró divertida antes de darse vuelta. Pero, cuando estaba a punto de retirarse airosa, Vegeta la detuvo sosteniéndola ligeramente del brazo, estrechándola contra su pecho. Bulma sintió los labios de Vegeta acariciándole la oreja y su aliento cálido la estremeció.

—Por lo general se la quitan antes de que llegue a verla.

Bulma se sacudió el brazo de Vegeta y lo miró por encima del hombro.

—Qué desagradable —contestó divertida y se retiró entre la muchedumbre.

No fue difícil para él seguir el rastro de su cabellera azul entre los demás. Aún estaba ligeramente sorprendido de lo que le acababa de decir, simplemente había salido de sus labios como una pequeña travesura.

La siguió de lejos apenas pudieron echarle un vistazo a la variedad de ropa interior que había exhibida en las pequeñas tiendas a las que Bulma se aproximaba. En aquel momento, observando a la muchacha de lejos eligiendo un par de piezas de lencería, se sintió algo morboso y trató de apartar la mirada. Sin embargo, la curiosidad que sentía crecía momento a momento y cada vez se le hacía más difícil no imaginar lo que terminaría comprando.

Recordó la ropa que traía cuando se desvistió en la nave, y estaba seguro de que lo que pudiera conseguir en aquel turbio mercado no sería tan conservador. Y a pesar de que intentaba apartar esos pensamientos se habían vuelto particularmente intrusos. Pero tal vez serían inofensivos, quizás llevaba mucho tiempo lejos de ciertos placeres y eventualmente cualquier cosa le terminaría resultando atractiva. En otro momento no se hubiera vuelto a verla, ni en lo más remoto.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el rápido movimiento de su escuálida extremidad. Bulma alzó la mano en su dirección y asumió que había terminado con sus compras de una vez por todas. Y mientras caminaba hacia ella la observó bien, como no había tenido antes la oportunidad. Su cuello pálido y frágil parecía una rama seca en invierno, tan árida que si sólo la apretara entre su dedo índice y el pulgar podría partirla en dos. Sus brazos delgados con apenas un poco de masa muscular, nada en comparación con las mujeres con las que había crecido; de contexturas fuertes y cuerpos fibrosos. Bulma era menuda y de ojos grandes, demasiado grandes. Celestes y brillantes, extraños e invasivos. Toda ella era invasiva.

—Acompáñame al callejón —le susurró repentinamente y enredó sus dedos sobre su bíceps.

Él no dijo nada, nada de lo que pasó por su mente como un relámpago con aquella invitación. Pensando que le habían propuesto algo que simplemente no se había dicho. Vegeta se dejó arrastrar sin soltar una palabra, aunque las que estaba pensando se quedaron enredadas sobre su garganta formando un nudo que no dejaba salir ni el aire encerrado en sus pulmones.

Una vez lejos de la mayor concentración de personas, Bulma lo llevó hasta un callejón oscuro, recóndito y perdido de la vista de la mayoría. Estaba húmedo y oscuro, y ella dejó las bolsas de compra sobre la cubierta de un enorme contenedor de basura.

—Ayúdame a quitarme esto, ¿quieres? —le pidió y corrió su largo cabello descubriéndose la espalda.

Vegeta se quedó atónito por un momento, pero sentía que había algo muy poco masculino en declinar su pedido. Su proximidad era incómoda y sin embargo, al mismo tiempo lo retaba a acercase más y más, y de una manera tan despreocupada que le hacía sentir un niño abochornado.

El nudo en la garganta se opacó por el impacto de su corazón golpeando con fuerza sobre su pecho hasta ensordecerle los oídos, él no podía permitirse esa sensación tan poco… él. Hizo un esfuerzo por colocarse su más estoica expresión y con un movimiento seguro de su mano enguantada bajó el cierre de aquel ceñido traje dejando expuesta la nívea piel de su espalda. Por apenas un instante recorrió el camino marcado por la curva de su espina y se detuvo antes de llegar a los hoyuelos sobre su trasero. Se dio media vuelta y se cruzó de brazos mientras escuchaba la tela despidiéndose de su cuerpo. La escuchó revolver las bolsas y trató de tener algo de paciencia, cerrando los ojos hasta que su pequeña mano se posó sobre su hombro. La miró de lado, ella le sonreía de forma diferente.

—Tu turno. ¿Te bajo el cierre, Vegeta? —se mofó y observó el notorio fastidio en su rostro.

—Veo que te divierte mucho todo esto —le contestó dándose media vuelta junto al contenedor de basura.

Bulma le dio la espalda y con una sonrisa ancha pintada entre los labios aguardó, aprovechando la ocasión para guardar su traje de la Armada en su morral.

—Supongo que la libertad me sienta bien —comentó al tiempo que sacaba un pequeño espejo de su bolsillo.

Vegeta la vio a través del reflejo mientras se pintaba los labios de un rojo tenue. Desvió la mirada luego de un efímero momento en el que se encontraron mientras él se ponía su nuevo par de pantalones.

—¿Vas a decirme por qué estamos aquí?

—Primero deberíamos comer algo. Te he estado compartiendo mi comida durante la última semana, debo haber perdido dos kilos. Y tú, tú debes estar famélico. Jamás vi un saiyajin comer tan poco.

—¿Cuántos has conocido?

—Los suficientes para saber que no debo pagar la cena.

—Bueno, tendrás que hacer una excepción esta noche porque yo no he tenido la oportunidad de robar como al parecer lo has hecho tú. ¿De dónde sacaste dinero para pagar todo esto? —le cuestionó tomando la bolsa sobre el contenedor, comenzando a caminar hacia la calle nuevamente.

—Una mujer sola en la galaxia debe ser recursiva… A quien le robé el dinero no lo necesitaba, no te preocupes por eso. Mejor piensa en qué te gustaría comer.

Vegeta guardó con la intriga que le generaba aquella humana, sin la intención de indagar demasiado como para llegar a parecer interesado, a pesar de que tales intrigas le generaban algo de desconfianza. No sabía exactamente por qué había sido sentenciada, aunque no le cabía duda de que el hurto estaba entre los cargos.

Terminaron sentados en un pequeño puesto con mesas sobre la vereda, debajo de un toldo blanco iluminado de esferas anaranjadas. No era particularmente calmo ni atractivo. El sujeto que manejaba la cocina estaba excepcionalmente sudado y su rostro grasiento repleto de barros no daban una imagen de higiene, sin embargo, el aroma de la cocina le había atraído enormemente a Vegeta al punto de sentir su estómago estremecerse.

Bulma se sentó y observó el menú, aunque luego decidió simplemente pedir todo lo que hubiera disponible en la insulsa carta. Pero antes de que su pedido llegara a la mesa se puso de pie y se disculpó para ir al baño.

La lengua le goteaba dentro de la boca como un sabueso. Tan sólo leer los nombres de los platillos que ni siquiera conocía le habría el apetito. El aroma proveniente de la cocina le estaba empezando a producir ansiedad y temía que si comía demasiado rápido su estómago le jugara una mala pasada, al haber pasado tan inmenso hambre durante tantos días. Se encontró a sí mismo golpeando la escueta mesa de metal con la punta de sus dedos rítmicamente, ansioso, mirando por sobre su hombro a cada instante esperando que su pedido finalmente apareciera.

—¿Impaciente? —le preguntó repentinamente una voz interrumpiendo su pequeño ataque de ansiedad.

Volteó al encuentro de la ronroneante voz que se había aproximado a él. Una muchacha de piel clara se le había acercado, inclinándose a su altura y sonriéndole con particular interés. Sus ojos grises, grandes como los de Bulma, lo miraban con curiosidad, a él y al ahora inmóvil vaivén de sus dedos. Tenía los brazos apretados bajo su pecho, sus tres pechos exuberantes apenas escondidos debajo de un escote bajo, y aquel gesto evidentemente intencional no se le pasó por alto al saiyajin.

—¿Estás solo? —le preguntó mientras le sonreía y él parecía debatirse si contestar o no.

—No —dijo repentinamente.

—¿Casado?

—Sí.

Bulma se aclaró la garganta, parada junto al par. La muchacha de cabello rubio y piel pálida se enderezó y le sonrió, se acomodó el cabello detrás de la oreja y le guiño un ojo a Vegeta.

—Los más lindos siempre están casados —le dijo antes de seguir caminando.

—Sabes que es una prostituta, ¿no? —le preguntó Bulma con un gesto extraño y él evitó responderle, aun ansioso por el pedido que habían hecho—. Nunca mencionaste que estabas casado… —continuó ella, tomando de la mesa el vaso de cerveza que le habían servido. Sacó de su bolsillo una caja y sacó de ella un cigarrillo que encendió enseguida—. Si me lo hubieras dicho no hubiera sido tan…

—¿Inapropiada?

—Sólo estaba bromeando, ¿sabes? Nada de lo que dije fue en serio.

—No creo haberte tomado en serio.

Aspiró de su cigarrillo ligeramente incómoda, removiéndose sobre su asiento. Y mientras pensaba en por qué le ofendía tanto que Vegeta no le hubiera compartido su estado civil, se preguntó también cuántas cosas más desconocía sobre el hombre que había elegido como compañero de fuga.

Ahora mismo parecía que tenía la mente totalmente nublada pensando en la comida que aparecería en cualquier momento. Y aunque ella misma estaba hambrienta, su estómago repentinamente se sentía más pequeño. Estaba ofendida, de alguna manera se sentía menospreciada, aunque carecía completamente de sentido. Él estaba casado incluso antes de conocerla y, de todas maneras, ni siquiera lo conocía realmente. No sabía exactamente qué delito había cometido para terminar en una prisión de alta seguridad y tal vez hubiera resultado más conveniente preguntárselo en lugar de cuestionarlo en ese momento. Ya había elegido a su compañero y definitivamente no podría cambiarlo. Y mucho menos lo haría por su estado civil.

Tal vez era su ego el que estaba herido y no era más que un sentimiento sin sentido con el que tendría que lidiar. Seguramente, si se lo pensaba más detenidamente, el hecho de que él estuviera casado sólo haría su relación más fácil. Sí, menos problemas, una relación clara y sencilla. No era como si tuviera muchas de esas.

—Bueno, yo no estoy casada —dijo forzando una sonrisa—, ya que platicamos al respecto…

Vegeta pareció ni siquiera escucharla, aun miraba por encima de su hombro en dirección a la pequeña cocina esperando que alguna de las bandejas que salían de allí llegaran a su dirección, pero terminaba mirando cada plato como un muchacho hambriento mientras giraban en otra dirección.

Para cuando la comida llegó Bulma podía escuchar casi a la perfección los gruñidos del estómago del saiyajin. Tomó un plato y lo observó comer. De no haber sido porque ya había visto un par de escenas similares, se hubiera quedado boquiabierta. No le pareció ninguna sorpresa y al notar el uso que Vegeta le estaba dando a su boca supuso que no habría espacio para conversaciones.

La mesa estaba colmada, repleta de platos sucios y platos que seguían saliendo desde la cocina. Bulma apenas estaba terminando su cerveza cuando él volvió a dirigirle la palabra después de cuantiosos minutos sin dejar de tragar.

—¿Qué vamos a hacer en este planeta? —preguntó en voz baja mientras se limpiaba la comisura de los labios.

—Vamos a ir a un club —contestó y bebió un trago.

La expresión desencajada de Vegeta se le pasó por alto ya que continuaba observando hacia la calle a la multitud de gente que deambulaba.

—Tiene que ser otra de tus estúpidas bromas. Vamos, ¿para qué estamos aquí?

—Ya te lo dije. Vamos a ir a un club llamado "Eon Neon"… —respondió alzando el tono. Notó entonces la expresión poco amistosa de Vegeta y aspiró de su cigarrillo—. Debes tener muchas peleas con tu esposa si eres así de distraído, ¿acaso crees que me visto así todos los días?

Los ojos oscuros del saiyajin deambularon sobre el pecho de Bulma, pero se volteó hacia la calle al notar el osado escote de su diminuta blusa. La prenda brillante no le había llamado la atención antes y se extrañó de no haberse percatado de tan extravagante atuendo, tal vez el hambre se había vuelto tan intenso y primordial que lo había dejado prácticamente cegado.

—¿Debería llamar mi atención? No es como si supiera cómo te vistes todos los días.

—Bueno, ciertamente no uso un overol anaranjado los domingos por la tarde. Pero tampoco suelo vestirme como una mujerzuela.

—Y el club al vamos tiene código de vestimenta, ¿no? Hoy debe ser noche de mujerzuelas.

—No es como si hubiéramos comprado la ropa en una tienda de diseño. La mano de obra esclava por lo general no garantiza calidad o buen gusto. Pero es lo único que encontré que sirviera…

—¿Y qué tengo que hacer? Porque supongo que mi presencia aquí tiene una explicación. Desde que escapamos no me has dicho para qué me necesitas. Yo podría estar regresando a mi planeta en este momento.

—Pero no lo haces… —le contestó sonriendo, inclinándose hacia él sobre la mesa con el cigarrillo pendiendo entre sus finos dedos blancos—. Desde que escapamos no has hecho mayor intento por regresar a tu planeta, no creas que no me he dado cuenta. Estoy segura de que allá encontrarás un médico especializado que te quite ese aparato del cuello; un pobre cretino colonizado por tu especie… Sin embargo, estás aquí conmigo acompañándome en una misión de la que no sabes nada al respecto. Así que sólo concluyo dos cosas, uno… No eres bienvenido en casa o, dos… Problemas con tu esposa. Aunque pensándolo bien, ambas opciones no son excluyentes la una de la otra así que puedes no ser bienvenido en casa porque tienes problemas con tu esposa. Quién sabe…

—Ciertamente, no tú. Voy a acompañarte en tu pequeña aventura y me llevarás con esa cirujana de la que hablaste. Después no tienes que preocuparte de a dónde vaya.

—Excelente. Entonces levántate… —dijo poniéndose de pie—. Si todo sale bien no tendremos que volver a vernos jamás.


N/A: Creo a partir de este momento es que me he empezado a divertir demasiado escribiendo las interacciones de Bulma y Vegeta. Y en este capítulo tenemos la primera revelación. VEGETA ESTÁ CASADO. ¿Qué opinan al respecto? A mí me revolotean los insectos en el estómago jajaja (una lectora usó esa expresión y me encantó jajaja) Espero hayan disfrutado este capítulo al leerlo como yo al escribirlo, Y NO SABEN LO ANSIOSA QUE ANDO ESPECIALMENTE POR LOS PROXIMOS DOS CAPÍTULOS.

¡Millones de gracias a ziari27, soandrea (welcome back), Beal, Mari!, Calay, Nuria-db, Juanita Perez, Apolonia86, AnnSerra, belen.b189 y un Guest (por fi ponganse un nombresito) por sus reviews en el capítulo anterior! ¡De verdad lo aprecio un monton! Nos leemos en el próximo capítulo.