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5

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Planeta Pandora

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La música vibraba a su alrededor haciendo eco a través de las calles. Un ritmo monótono que lentamente se elevaba haciendo las paredes retumbar. Sus oídos ensordecidos de aquella música que escalaba hasta estallar sobre su cabeza.

Habían atravesado una puerta roja resguardada por dos robustos sujetos que lo miraron con ligero interés. Pero luego de que Bulma pagara sus entradas ambos se hicieron a un lado para abrirles la puerta y adentrarse en la más remota oscuridad.

Escalera abajo caminaron por un largo trayecto desde el que la música se escuchaba lejana, al menos a cien metros de distancia. Bulma lo tomó de la mano mientras bajaban y él se preguntó cómo diablos estaría caminando con los tacones tan incómodos que traía puestos, que más bien le parecieron un aparato de tortura.

El pasillo se iluminaba apenas por una tibia luz roja que bañaba las paredes como si estuvieran caminando en las entrañas del planeta. El pasillo angosto no dejaba de vibrar y aquella exhibición le hacía sentir que estaba bajando directo al infierno.

Vegeta miró la espada de Bulma, prácticamente desnuda de no ser por el diminuto lazo brillante de su diminuta blusa y bajó la mirada hasta los pequeños hoyuelos que se formaban en la base de su espalda. La falda negra que llevaba puesta era igual de diminuta que su blusa y dejaba al descubierto casi por completo sus largas piernas blancas. Traía el cabello recogido en un peinado que había logrado improvisar en medio de la calle y todavía llevaba el rostro fruncido por la manera en la que él se había burlado de su mediocre vestuario, sin embargo, no pudo dedicar más tiempo a sus cavilaciones cuando el pasillo terminó y la música le hizo zumbar los tímpanos. El pasillo repentinamente se abría sobre una gigantesca sala llena de luces de colores y pantallas, bajo sus pies, del otro lado de una rejilla se batían olas de personas bailando.

Él jamás había estado en un sitio como aquel. Si bien había conquistado planetas desde que tenía uso de razón, jamás le habían hecho una invitación a sus clubes nocturnos y por un instante se preguntó si los soldados de menor rango podrían ser encontrados en un sitio como aquel. Le pareció probable ya que Bulma parecía conocer algunos de su especie e imaginó cómo se podría haber dado tal encuentro.

La escalera que le había parecido infinita finalmente había terminado, desembocando en el epicentro de aquel mar. La música se elevaba entre voces electrónicas distorsionadas. Humo de diferentes colores estallaba sobre las paredes cuando el ritmo se intensificaba y la gente saltaba enardecida, las luces danzaban como ametralladoras siguiendo el compás y un olor peculiar se coló en sus fosas, sudor, nicotina y drogas, todo mezclado en una cacofonía de hedor inmunda.

—¿Qué te parece? —le preguntó repentinamente Bulma alzando la voz.

—Asqueroso —contestó él acercándose a su oído.

Unas luces parpadeantes llamaron su atención y se giró a una jaula flotante en la que bailaba una muchacha de cabello largo. Su piel rosada estaba llena de símbolos pintados en pintura fluorescente. Ella se agarró de los barrotes de su jaula con una sonrisa y se meneó observando atentamente al saiyajin. De repente todos estaban saltando al mismo tiempo y se encontró a si mismo buscando la mano de Bulma, que repentinamente había desaparecido. Volvió a mirar aquella jaula y la desvergonzada muchacha plantó un beso sobre sus dedos y luego lo sopló en su dirección. Apretó las manos sobre ambos pechos y le guiñó mientras se sonreía y Vegeta terminó por darse vuelta, apenas incómodo por la sensual exhibición.

Buscó en todas direcciones, pero ahora, entre todos esos seres, Bulma no se veía tan particular. Las luces de colores moviéndose incesantemente sobre las cabezas de todos los hacían ver a todos relativamente parecidos. Un sujeto en un traje emplumado lo empujo y derramó su trago sobre su pecho, pero cuando estaba a punto de estrujarlo entre sus manos otro lo golpeó por la espalda. Estaba a punto de volverse loco cuando recordó que podía volar y se preguntó por qué carajos no se le había ocurrido antes.

Alzó vuelo por encima de la multitud y extrañamente todos a su alrededor comenzaron a gritar como si él mismo se hubiera vuelto una atracción de aquel circo. De pronto el brillo de aquel escotado atuendo apareció a lo lejos y penosamente reconoció el escote y las piernas blancas, que era lo único que alcanzaba a ver, y cuando la vio en una barra bebiendo otra cerveza deseó nunca haberla conocido sólo por haberlo traído a ese horrendo sitio.

Voló a toda velocidad en su dirección y se apoyó sobre la barra con un aspecto amargado en el rostro.

—¿Qué? ¿No te diviertes? —le preguntó al oído. Su espectacular aterrizaje ni siquiera pareció haberla tomado por sorpresa.

—No quiero creer que me hiciste venir a este antro para que te tomaras una cerveza. ¿A qué demonios vinimos? —cuestionó acercándose, obligado por la potencia de la música.

—Bueno, no vinimos a divertirnos, pero al menos podrías intentar sonreír. La gente no viene a este planeta con un rostro tan amargado como el tuyo. La gente que viene aquí tiene otras intenciones… Podrías, no lo sé, mezclarte con la multitud, tratar de que no todos se den cuenta de que eres un genocida. Disimula, Vegeta. Al menos pierde la cara de… de querer matar a todos.

—Evidentemente quien viene a este planeta lo hace para embriagarse y pagar por putas. Ahora, deja de evadir, ¿nosotros a qué mierda vinimos?

—Te olvidas de la parte del mercado negro, Vegeta. Nosotros venimos a hacer una compra ilegal. ¿Ves esa luz violeta allí arriba? —preguntó señalándole discretamente el primer piso.

Vegeta se giró, apoyándose contra la barra y se cruzó de brazos junto a Bulma. Ella bebió de su cerveza con los codos reclinados a su espalda. El saiyajin alzó su oscura mirada y no tardó mucho en encontrar la luz que le había mencionado. Arriba, al subir una escalera paralela, había un pasillo tenuemente iluminado, las paredes oscuras desembocaban en una puerta negra de doble hoja.

—¿La puerta negra con dos guardias?

—Esa misma… Allí dentro hay alguien con quien debo hacer una transacción. Sólo tomará un momento.

—Bien, ¿qué es lo que debo hacer?

—Por ahora, esperarme mientras voy al baño.

—Fuiste antes de venir aquí.

—¡Oye! ¿Alguna vez probaste una cerveza? Tienen ese efecto en la vejiga y es totalmente natural, tiene que ver con unos inhibidores, algo así… Relájate, maldita sea. Sólo será un minuto.

Mientras Bulma se alejaba de él, miró de reojo la puerta blindada que le había señalado. Se cruzó de brazos e ignoró el llamado del barman del otro lado de la barra en la que se apoyaba. Observó al par de guardias como estatuas, de dos especies diferentes, pero usando el mismo traje oscuro y un aparato similar a su rastreador encima de sus orejas. En ese momento recordó que se había dejado el rastreador en la nave y no tenía forma de saber su nivel, sin embargo, no eran más que los lacayos de un tercero escondido en aquel antro de mala muerte. ¿Qué tan fuertes podían ser?

En aquel momento, sintiéndose sumamente ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor, Vegeta se preguntó por qué no se había marchado ya. Bulma le había dejado en evidencia y aquello le incomodaba más de lo que sería capaz de admitir. Sus conjeturas sobre él no eran del todo incorrectas, pero no sabía realmente quién era ella. Era obvio que una recompensa yacía sobre sus cabezas y algo le decía que la suya sería más jugosa y Bulma aún no caía en cuenta.

No podía volver aún, o más bien prefería no hacerlo. Y aún teniendo eso en claro no tenía dirección alguna. Se sintió sin rumbo, desconcertado entre la música ensordecedora y las cegadoras luces. Tan ensimismado estaba en aquella pregunta que se hacía desde que salió de Vegetasei que no notó cuando la muchacha de la jaula se acercó a él.

Cuando le tocó el hombro y él levantó la vista se encontró con la mirada fogosa de la muchacha, pero no porque se viera lujuriosa, sino porque su negra pupila estaba completamente rodeada de rojo. Su cabello rosa ondulado caía sobre los hombros desnudos de su piel también rosa. Una cola emergió de su espalda y le acarició la mejilla.

—¿Perdido? —le preguntó sonriendo.

—Casado —contestó Bulma caminando a su encuentro, poniéndole fin a su conversación.

La muchacha se alejó sin mucha ceremonia, disimuladamente acariciándole la mano mientras se marchaba. Bulma se cruzó de brazos y se paró frente a él con una expresión de irritación.

—No puedo dejarte un minuto solo en este planeta —comentó intentando parecer burlona, pero falló.

—¿Te molesta?

—Tenemos otros planes —dijo y se giró a la escalera—. Yo entro y tú me esperas afuera, no serán más de diez minutos.

—Por tu bien espero que no tardes demasiado o tal vez me vaya y tengas que buscar a otro imbécil que te acompañe en tu pequeña aventura.

—Bien, le preguntaré a la bailarina de jaula donde encontrarte, o tal vez a la prostituta de tres tetas.

Su paso, hasta ese momento seguro y decido, cesó. La piel de Bulma no había temblado ni un centímetro desde que la había conocido, ni siquiera luego de calzarse aquellos tacones afilados que le hacían ganarle cinco centímetros de altura. No fue sino hasta sostenerse de la barandilla de aquella escalera que se quedó inmóvil por unos segundos y tomó aire, su rostro se acongojó y luego se sacudió esa expresión preocupada. Bulma infló repentinamente el pecho y alzó el mentón para seguir caminando sin que nadie se diera cuenta de aquel pequeño desliz que había sufrido. Nadie, excepto por él.

Vegeta había observado con atención cada minúscula contracción de su espalda y prácticamente pudo oler esa pizca de miedo que salió de ella al encarar las escaleras. La miró con mucha más intriga y para su sorpresa no volvió a ver algún indicio de que realmente tuviera miedo. Se había movido con tal superioridad desde que habían llegado a Pandora que se hubiera creído que era habitual para ella estar ahí, de no ser por esa especie de recolección de sí misma. De esa forma minúscula en la que su fachada se había desmoronado frente a sus ojos, sutilmente y casi indetectable.

—Espérame aquí —le demandó y se giró hacia los guardias.

Bulma se enderezó y estiró sutilmente su cuello. Lo primero que notó Vegeta fue la forma en la que curvaba su espalda para que su pecho se viera más exuberante de lo que ya era. Arqueó una ceja y la observó pavonearse hasta la puerta negra. De lejos la vio sonreír se quedó inmóvil cuando Bulma deslizó sus dedos por la solapa del traje de uno de ellos. El sujeto le sonrió y se acercó para escucharla susurrarle algo al oído. Algo que Vegeta no pudo escuchar. Lo siguiente que vio fue como uno entraba a la habitación y al poco tiempo regresaba para dejar pasar a Bulma.

Vegeta se quedó solo, cruzado de brazos del otro lado del pasillo junto a la escalera, miró de reojo a los guardias quienes lo miraron un par de veces. Él se giró, esperando que no lograran reconocer su rostro y al hacerlo notó una mancha en suelo. Una mancha oscura y seca que no parecía tener mucho tiempo allí. Él se agachó disimuladamente y pasó su dedo índice sobre la mancha y luego lo acercó a su nariz. Había olido el hedor de la sangre en demasiadas ocasiones como para no reconocerla, y luego de detectar ese aroma metálico tan característico se dio cuenta de que el suelo estaba bañado de él. Vegeta meneó su rostro de derecha a izquierda y encontró cientos de manchas por todos lados, escondidas entre colillas de cigarrillo, vasos plásticos sucios, ocultas bajo las luces de colores que se movían segundo a segundo.


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Una vez que la puerta se cerró detrás de ella la música pareció estar a kilómetros de distancia. Las paredes eran a prueba de sonido y adentrarse a esa habitación de paredes borgoña se sintió como si hubiera sido teletransportada a otro planeta. Bulma miró los sillones de terciopelo negro en semicírculo frente a una pequeña mesa con un caño en el centro y luego echó un vistazo las paredes de cristal detrás de él, en el cual varias hembras de especies anfibias nadaban en una enorme piscina que decoraba por completo la parte trasera de aquella oficina. El sitio era grande y tres hombres allí dentro la estaban esperando, pero hizo lo posible por no verse intimidada. Pasó frente al bar y miró de reojo el par de sujetos que custodiaban al líder, no se veían particularmente interesados en ella, pero no le sacaban la vista de encima.

Él, el líder, estaba sentado en el centro del sofá negro. Tenía el cabello rubio pintado de un rubio plata, prolijamente arreglado, y una camisa roja vibrante. Estaba fumando un cigarrillo grueso y contaba unos cuantos billetes sobre la mesa. Alzó la mirada con desinterés aún con el cigarrillo pendiendo entre sus labios, pero sus ojos celestes destellaron cuando encontró frente a él las largas piernas níveas de Bulma.

—Ofrézcanle algo de beber a nuestra invitada —dijo en voz alta, dejando de contar los billetes, mirándola fijamente.

Bulma dudó por un momento, pero rápidamente tomó asiento no muy cerca de él. Un joven se le acercó y ella pidió un trago frutal que no tardaron en poner frente a ella.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó recostándose cómodamente en el sofá, dejando el dinero dentro de un maletín que cerró para prestarle mayor atención a su nueva invitada.

—Mi nombre es Maron —mintió mientras daba el primer sorbo—. Espero no estarlo molestando.

—Para nada, Maron, es una noche tranquila... Mi nombre es Ban, encantado de conocerte. Me da gusto que hayas venido a visitarme, nunca te había visto antes, ¿eres nueva en el planeta o sólo estás de visita?

—Sólo estoy de visita... La verdad es que… me han dicho que aquí puedo comprar algo que necesito…

Él sonrió.

—Me agradan las mujeres que hacen negocios, ¿en qué puedo servirte, lindura?

—Necesito dos credenciales de la Armada…

El aspecto divertido de su anfitrión desapareció por completo y la observó con un semblante serio. Se reclinó hacia adelante, apagó su cigarrillo sobre un cenicero y apretó los labios.

—No te saldrá barato, amor.

—Lo sé, tengo el dinero, por eso no se preocupe.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Para qué los quieres?

Bulma se quedó callada, abrió los labios tratando de decir alguna explicación que finalmente nunca salió. Él observó su expresión contrariada y se volvió a sonreír. Sacó un nuevo cigarrillo del interior de su saco y lo encendió, aspiró de él y soltó el aire por la nariz.

—Bien… Dio, trae lo que la señorita pidió —le ordenó a uno de sus guardias que salió de la habitación por un pequeño ascensor lateral.

Bebió su trago frutal en silencio mientras esperaba, tratando de ignorar la forma en la que ese hombre le observaba.

—Me gustaría saber más de ti Maron, ¿piensas regresar a Pandora?

—Tal vez, no lo sé. Parece un sitio divertido… La estoy pasando bastante bien.

—Y podrías divertirte más, ¿qué te parece un obsequio de bienvenida? Quiero ser hospitalario contigo, después de todo si te llevas una buena impresión de aquí quizás pueda volver a verte, ¿no? Y por favor ten cuidado, Pandora es un lugar muy peligroso para una muchacha joven y linda como tú.

—Eso es muy amable de su parte… —contestó ella, forzando una sonrisa.

—¿Qué prefieres? ¿Algo que alucinante, colorido? ¿Qué te haga cuestionarte tu existencia? ¿Cuál es tu estilo?

—En realidad no…

—¿No tienes mucha experiencia? Pide lo que quieras, linda, la casa invita.

—Oh, no… Gracias por su hospitalidad, pero no suelo…

Dio regresó con una maleta negra que dejó en la mesa frente Ban y Bulma se quedó completamente callada esperando a ver en su interior. Una sensación extraña navegó dentro de su estómago y se asentó, estrujándolo por completo. Tomó con fuerza la correa de su morral, como si estuviera lista para tomar los pases y salir corriendo cuando Ban abrió el maletín. Dentro había varios documentos diferentes de los cuales sabía para qué servía la mitad de ellos. Él saco un par de credenciales y se las extendió a Bulma luego de inspeccionarlas por última vez. Ladeó una sonrisa en su dirección y la miró fijamente a través de fuego de su mirada infernal. Nerviosa, revolvió entre su bolso por el dinero y lo dejó sobre la mesa para recibir las dos credenciales.

—Cambiar la foto digital te costará extra.

—No, yo sé hacerlo… —contestó mirando atentamente las credenciales mientras él contaba su dinero. Repentinamente se sentía más tranquila, secretamente había soñado tanto con aquel momento que cuando sostuvo las identificaciones entre sus manos no se lo pudo creer. Por fin estaba un paso más cerca de cumplir su meta más grande.

—Creo que esta exitosa venta merece un brindis, ¿no crees? —le sugirió y no aguardó para hacerle una seña al mismo hombre que le había traído el portafolio.

—C-claro —tartamudeó ella incapaz de negarse a su pedido.

El muchacho que le había extendido un trago frutal retiró su copa para traer dos copas de cristal y una botella de champaña que descorchó frente a ellos. Bulma se sintió apenas más tranquila al ver la botella siendo abierta frente a sus ojos y el líquido burbujeante siendo servido en ambas copas al mismo tiempo. Cuando Ban tomó la suya y se la extendió la apoyó sobre sus labios y Bulma lo imitó. Un trago más y se iría por fin de allí.


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Del otro lado de la puerta a prueba de sonido, Vegeta la esperaba comenzando a impacientarse. La música era extremadamente molesta y le hacía sentir intranquilo no poder oír lo que sucediera a su alrededor por culpa de esa infernal música electrónica. Las cuantiosas manchas de sangre bajo sus pies tampoco le hacían sentir demasiado tranquilo. Y esa sensación de agobio no se debía a que no pudiera defenderse, sino a que no sabía si podría escapar. Ya había aprendido esa lección, no hacía mucho…


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Bulma dejó la copa sobre la mesa y sonrió. No se había bebido la copa entera, pero había bebido lo suficiente como para no sentirse descortés. Después de todo, no sabía si esa sería la última vez en la que necesite los servicios de Ban. Luego de dejar la copa sobre la mesa una sensación diferente captó su atención; labios le hormiguearon y aquella sensación fue trepando lentamente hasta su lengua. Y aunque le pareció extraño no quiso hacerse demasiadas ideas, quizás no era más que el efecto común de ese tipo de champaña. ¿Cómo podría estar segura?, si jamás la había probado.

—Tengo que irme —se apresuró a decir—, me están esperando… —Repentinamente las palabras se sentían difíciles de pronunciar.

Frunció el ceño y movió la lengua dentro de su propia boca intentando descubrir por qué se sentía como una bola de terciopelo mojado. Y mientras buscaba una respuesta de repente se dio cuenta de cuán extraño era lo que hacía, de la manera idiota en la que movía su lengua de un lado al otro dentro de su boca, chocando con sus dientes. Miró la copa alertada y luego la sonrisa Ban, que no dejaba de mirarla expectante de cuál sería el siguiente síntoma.

—Dio, avísale al caballero que espera a la señorita que ella se quedará con nosotros.

Alertada se levantó de su asiento y hurgó en su morral pero sus piernas no parecían suyas y cayó al suelo a los pies de ese sujeto. Su corazón comenzó a bombear con fuerza, mucha fuerza, tanta que sintió su sangre viajando violentamente por todo su cuerpo. Su torrente saturado le llegó a la cabeza y abrió los ojos fascinada. Su piel ardió, todo ardía, el cuerpo le quemaba y sintió que se quedaba sin aliento.

—¿Cómo? —alcanzó a preguntar y apretó las piernas.

Él se inclinó mirándola con una sonrisa. Se levantó de su asiento y tomó el vaso de cristal del que había bebido Bulma, se puso de cuclillas a su lado y se la señaló mientras ella intentaba erguirse sobre el suelo.

—La copa, nena —dijo y la tomó por el mentón, procediendo a explicarle como si fuera una niña—. Está disuelto en su interior, ¿ahora entiendes por qué te digo que este lugar es peligroso para una mujer sola y bonita como tú?

—No estoy sola… —soltó en un susurro.

De pronto estaba confundida, estaba olvidando de a poco por qué estaba allí. Ya no entendía a quién se refería cuando dijo que no estaba sola, de hecho ella estaba segura de estarlo, de estar completamente sola. Sólo estaba Ban, no había nadie más que él y cuando él le sonrió volvió a sentir su torrente bombear con fuerza. Suspiró cuando la tomó entre sus brazos y entonces se dio cuenta de cuán alto era y lo bien proporcionado de su cuerpo, sus pectorales duros se apretaron contra su pecho y se aferró a él.

Se sintió sudada y con el rostro afiebrado. Toda ella se sentía febril y particularmente… ¿excitada?


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Observaba la puerta con tremenda desconfianza hasta que se abrió y por un instante asumió que se trataba de ella y que toda esa estupidez había terminado, sin embargo, se quedó inmóvil al ver cómo otro guardia le decía algo al oído al único que había quedado sobre la puerta y éste se giraba a verlo. Vegeta guardó la compostura y lo observó acercársele.

—La señorita ha decidido quedarse, usted puede retirarse —le dijo sin más y se dio media vuelta.

Vegeta no la conocía demasiado bien, pero estaba seguro de que quedarse allí no estaba en sus planes. Tomó al guardia por el cuello y lo arrastró por la espalda.

—¿Realmente crees que un guardaespaldas de cuarta puede decirme a mí lo que debo hacer? —dijo y lo lanzó contra la pared, dejándolo inconsciente.

Caminó a paso seguro bajo las luces parpadeantes y la estridente música hasta la puerta, ese club era tan desquiciado que nadie se había percatado de aquel pequeño despliegue de violencia. Continuó hasta la puerta negra de doble hoja y la derribó de una sola patada. La puerta voló lejos y él miró el recinto de lado a lado, observó los guardias sacando sus armas y a aquel sujeto vestido de rojo observándolo atentamente, pero nada podría haberlo preparado para lo que encontraría luego. Se quedó atónito al ver a Bulma sentada sobre la mesa prendida del caño para bailarinas exóticas, con el sujeto de cabello platinado tendiéndole una selección oculta en una valija. Desde su posición no llegó a ver nada con claridad, sólo la vio erguida en cuatro patas estirando su mano hacia lo que parecían ser caramelos, tocándolos con la punta de los dedos. Todos se giraron a verlo, incluyéndola a ella quien le dirigió una sonrisa ruborizada y gateó hacia él como si pretendiera tocarlo, pero no fuera capaz de medir la profundidad, ni los límites de la mesa en la que estaba sentada. Bulma cayó de la mesa repentinamente y Vegeta recibió un disparo al hombro.

Bulma se arrastró en el piso alfombrado mientras escuchaba la música que ahora entraba por la puerta mezclándose con los disparos y los estallidos en las paredes. Intentó encontrar a Vegeta, pero todo se movía demasiado rápido como para que ella pudiera verlo. Cada parpadeo le mostraba una imagen diferente, una más caótica que la anterior. Miró bajo la mesa y encontró una bolsa y con curiosidad hurgó en su interior.

Luego de derribar uno de los guardias apuntó su mano contra el último y envió una esfera de energía contra su cuerpo, pero además de derribarlo a él terminó rompiendo el cristal de la pared y observó en silencio cómo la piscina se rajaba frente a sus ojos. Cuando finalmente estalló y el agua inundó el recinto, Vegeta estaba parado sobre la mesa sosteniendo los menudos brazos de Bulma, a quien había recogido desde el suelo. Las muchachas anfibias salieron despedidas por el pasillo y las escaleras, tratando de sostenerse de las paredes y los pocos muebles que se sostenían del suelo.

Ban levantó las manos al verse descubierto, se había ocultado bajo la mesa y arrastrado sobre los sillones, había logrado sacar un arma, pero Vegeta la había reventado con una pequeña esfera de energía antes de que pudiera siquiera retirarle el seguro.

—¡Oye amigo! ¡Llévate el dinero! No me importa, toma lo que quieras. ¡De verdad!, ¿quieren un auto? ¿Quieres más chicas? ¡Tómalas todas, amigo! ¿Cuál prefieres?

Vegeta frunció el ceño mientras escuchaba sus indecentes propuestas, y antes de que lograra amenazarlo con efectividad, abrió los ojos como dos platos y bajó la vista hacia la terrícola. La mano intrusa de Bulma le acarició la pierna y se aferró a él, apretando sus pechos contra su extremidad. Cuando sus miradas se encontraron le tomó el mentón y examinó con vehemencia su mirada. Su pupila se extendía por completo sobre su ojo, ya casi no podía ver ese bonito color celeste detrás de tanta oscuridad y su rostro afiebrado parecía medio dormido.

—¿Qué le diste? —le preguntó a Ban, quien había aprovechado ese corto momento para ocultarse detrás del sofá—, respóndeme maldito cretino. ¿Qué mierda le metiste? —le cuestionó alzando la voz.

—¡No le hará ningún daño! ¡Lo juro!

Bulma estiró sus labios, aún atrapada entre los dedos impacientes de Vegeta.

—¿Qué…? —le preguntó casi aterrado al ver cómo se mordía los labios mientras le acariciaba el brazo—. ¡Contrólate mujer! —La tomó de los hombros y la sentó sobre la mesa.

El contrabandista se había ocultado apenas detrás del sofá, pero no logró escapar de Vegeta, quien lo arrastró desde el cuello de su colorida camisa para volver a sentarlo en frente a él.

—Comienza a hablar, no tengo todo el día y si me haces desperdiciar un segundo más juro que voy a hacerte tragar todas las porquerías que vendes hasta que te salga espuma por cada orificio de tu escuálido cuerpo. ¿Te suena divertido? Porque a mí sí.

—¡E-es sólo un estimulante! Un afrodisiaco… se le pasará en unas cuantas horas…

—¡¿Horas?! ¡¿Cuántas horas?!

—No lo sé, p-pueden ser dos o… seis… D-depende de su organismo, ¿qué especie es? S-si le das mucha agua quizás el efecto pase más rápido.

Las ansias que Vegeta sentía por desfigurarle el rostro se disiparon al ver a Bulma acostada sobre la mesa suplicándole cosas irrepetibles. La miró boquiabierto y luego al dealer.

—¿Un afrodisiaco? ¿Hay manera de revertir su efecto? —Ban negó.

—Puedes agradecerme luego…

Con una mano se presionó la frente intentando en vano frenar su progresivo palpitar. En cualquier momento más sujetos comenzarían a aparecer por la puerta principal y no tenía el ánimo de lidiar con alguien más en ese preciso instante, mucho menos teniendo a Bulma a su lado contoneándose como un animal agresivamente en celo. La tomó por la cintura y la cargó bajó su brazo.

—Toma el ascensor —le dijo ella con leve dificultad, señalando hacia el rincón y Vegeta se sonrió. Salió disparado en su dirección cargándola, evitando escuchar las indecencias que salían de su boca.

Al entrar al pequeño ascensor presionó el botón que supuso lo llevaría a la superficie y se sintió en una pesadilla cuando una música discreta comenzó a sonar a medida que se dirigían a los pisos superiores.

—¿Estás contenta? Tu pequeña aventura en Pandora terminó contigo a punto de convertirte en parte de una red de prostitución. Ahora me imagino cómo es que terminaste en la cárcel. Tienes un radar para meterte en problemas, ¿lo haces por vocación?, ¿diversión? ¿Qué? ¡Suéltame! ¡Deja de tocar mi pierna de esa manera!

—Hagámoslo, Vegeta —le pidió mientras le abrazaba una pierna.

—Quédate quieta y siéntate ahí —ordenó reduciéndola sobre el suelo—. Desde que salimos de la estación espacial no he hecho nada más que seguir tus órdenes y ahora me doy cuenta que fue un estúpido error. Debí haber vuelto a mi planeta y…

—¿No quieres? —le preguntó y él la ignoró mientras miraba la pequeña pantalla y los números que aparecían uno tras otro—. Tengo mucho calor, quiero agua… —dijo mientras deslizaba sus dedos sobre sus hombros, dejando caer las diminutas tiras de tela a los lados de su torso.

—¡¿Quieres dejar de hacer idioteces?! —gritó agachándose para impedirle que continuara cuando ella se le echó encima.

—No me has dicho que no quieres —murmuró y mojó apenas el lóbulo de su oreja con la punta de su lengua.

La sensación involuntaria que lo recorrió en aquel instante fue suficiente para sentir cómo se le escapaba de la boca un jadeo mudo que afortunadamente ella no llegó a ver. La tomó nuevamente por los hombros, intentando recobrar la compostura. El enojo y la excitación no eran una buena combinación para él.

Luego de empujarla contra la pared del elevador se arrepintió. Ella no pareció incómoda y tragó disimuladamente, ocultándose detrás de su enfurecido entrecejo cuando la oyó hablarle una vez más.

—¿Te gusta brusco? No soy muy fuerte, pero te prometo hacer que tus rodillas tiemb… —Vegeta le cubrió con impaciencia la boca, seguro de que no haría caso de sus exigencias de que se callara. La miró a los ojos y observó su entrecejo contraído, quejándose bajo sus dedos.

—Quiero silencio. ¿Puedes entender eso? —le dijo en un tono escalofriantemente tranquilo.

Bulma asintió y lentamente la soltó y se puso de pie. La puerta del elevador se abrió en medio de la calle en la mitad de un pasillo oscuro que apestaba a orina. Una refrescante brisa les golpeó haciendo que ella soltara un suspiro. Vegeta la miró de soslayo y notó que su piel brillaba de sudor. Repentinamente su inspección fue captada por los dilatados ojos de Bulma quien se sonrió gesticuló de tal manera que Vegeta alzó una mano en su dirección y la señaló con impaciencia.

—Ni se te ocurra. Dejaré tu trasero tirado en este planeta asqueroso para que hagan él lo que se les ocurra. Deja de tentarme.

—¿Tentarte? —le cuestionó y su sonrisa se curvó.

—Sabes a qué me refiero —contestó y la tomó de la muñeca, arrastrándola hacia la calle.

Al asomarse por el pasillo recordó que probablemente estarían siendo perseguidos en ese instante. Tomó a Bulma por la cintura sin decirle nada y se elevó hasta la cornisa de los edificios más cercanos. Una vez diez pisos arriba echó un vistazo a los alrededores hasta ver la nave en la que habían llegado, miró de soslayo a Bulma y la encontró con los ojos cerrados. Tenía las mejillas enrojecidas y respiraba profundamente. Tocó su rostro con la palma de su mano y ella lo miró nuevamente. Casi todo el celeste que había en su mirada yacía oculto detrás de su iris y en aquel instante se preguntó cuanto duraría ese nefasto efecto.

—Tienes fiebre —le dijo y miró de lejos la nave. Jamás podría pilotear esa nave con ella en ese estado y llevarla a Vegetasei no estaba entre sus planes. Bien podría cumplir su amenaza y dejarla allí a su suerte, sin embargo…

Voló lenta y disimuladamente hacia la nave y al llegar a ella dejó a Bulma caminar libremente mientras pensaba qué debía hacer. Se inclinó sobre uno de los lados y se cruzó de brazos. Bulma caminaba a su alrededor abanicándose el pecho enrojecido, tomando aire y mirándolo con un apetito extraño de vez en cuando.

—Deberíamos dormir juntos —volvió a decirle y señaló hacia el otro lado de la calle—. Podemos ir a ese motel.

Vegeta recordó haber visto el letrero lumínico al llegar y caminó hacia la cornisa para verlo con más detenimiento. Leyó los precios colgados sobre la ventana y aunque realmente no tenía deseos de darle más oportunidades a Bulma para lo que sea que tenía en mente, necesitaba descansar un par de horas. Seguramente los estarían buscando y quizás salir del planeta en ese instante no sería lo más inteligente.

—Está bien, pero te ataré a una silla para que te quedes quieta.

—Oh, perverso… me gusta.

Vegeta roló los ojos y la tomó nuevamente por la cintura sin decirle nada. Rápidamente caminó hacia la entrada y por alguna razón, cuando estuvo a punto de pedir una habitación en aquel sitio de mala muerte, se avergonzó. Las palabras comenzaron a apelotonarse dentro de su garganta y sintió cómo su rostro comenzaba a arder.

—¿Una habitación? —le dijo el muchacho que fumaba un cigarrillo del otro lado de la ventanilla.

—¿Tiene jacuzzi? —interrumpió Bulma.

—No queremos un jacuzzi —corrigió Vegeta.

—Una simple, cuatrocientos —dijo el joven de piel azulada y deslizó por una pequeña abertura una tarjeta roja.

Bulma se apresuró a entregarle el efectivo y con entusiasmo tomó la tarjeta. Lo tomó descaradamente de la mano y lo arrastró por un pasillo pintado de púrpura. Repentinamente en medio del trayecto él se detuvo y la empujó sobre sus talones hasta su pecho. Bulma lo miró a los ojos.

—Esto no es lo que te estás imaginando.

—¿No lo es? —le preguntó en un susurro que le heló la piel.

—No —contestó tratando de sonar convincente.

Arrancó la tarjeta de su pálida mano y observó el número allí escrito. Miró las puertas más próximas y continuó caminando, siendo el guía de la entusiasmada humana. No tardó más de dos minutos en encontrar la puerta y deslizar la tarjeta por un pequeño monitor. Al en la habitación se preguntó por un instante si no hubiera sido más inteligente de su parte pedir una suite, a pesar de la idea que aquella mujer pudiera hacerse… La cama se veía pequeña y la alfombra estaba manchada de algo, algo que en realidad no deseaba saber. Las paredes tenían manchas de humedad y había un olor presente rondando en el aire, una mezcla entre alcohol y nicotina.

Bulma dejó su morral en el suelo y caminó al baño sin decir nada. Mientras tanto Vegeta se sentó sobre el pie de la cama y miró el viejo televisor que yacía sobre un pequeño mueble metálico, y en aquel momento se preguntó qué diablos había pasado con su relativamente tranquila vida.

Una ventana sobre la pared le dejaba entrar un baño de luz parpadeante, primero rosa y luego azul. Escuchó el agua corriendo y miró en su dirección. Repentinamente estaba incómodo, removiéndose sobre la cama con el corazón comenzando a golpearle con cierta intensidad, aquella habitación comenzaba a sentirse tremendamente pequeña, demasiado pequeña para ellos dos.

Por un instante se la imaginó saliendo de allí completamente desnuda y preparada para continuar insistiendo que… Todo por esas estúpidas drogas que le habían dado. Entrelazó los dedos de sus manos e incómodo removió sus pulgares. Tomó el control remoto y encendió el televisor tratando de distraer su mente cuando ella salió y él alzó la mirada en estado de alerta. Pero estaba completamente vestida.

Se sentó sobre la cama y lo miró de reojo.

—Creo que ya está perdiendo efecto —le dijo sin mirarlo a los ojos—. Lo siento…

Al escucharla, Vegeta sintió que finalmente podía relajarse un instante. Se sentó sobre la cama y se dejó caer. Estaba tan cansado y realmente no había podía pegar un ojo en más horas de las que podía recordar. Cuando finalmente logró tranquilizarse apenas un poco se dio cuenta de lo mucho que le ardían los ojos. Se giró a Bulma por un instante, pero ella ocultaba su rostro de él e imaginó que después de todo ese acoso sexual estaría terriblemente avergonzada. Se sonrió apenas, divertido ante la idea de que había perdido toda esa desfachatez. Pero cuando estaba a punto de burlar de ella, Bulma se giró y se acostó sobre la cama a su lado.

El corazón le volvió a palpitar cuando la observó mirando directamente hacia sus labios entre abiertos. Se llevó una mano a la boca y sonrió con picardía.

—Sé que no te estás aprovechando de mí por las drogas —soltó y él permaneció en silencio—. Pero si no fuera así… —susurró acercándose lentamente—, si te pidiera que me folles ahora totalmente sobria, ¿lo harías?... Si te dijera que quiero tenerte en mi interior —continuó, acariciando la nariz de Vegeta con la punta de la suya, suave y lentamente—. Si te dijera que quiero saber a qué sabes, que quiero cabalgarte hasta que pierdas el conocimiento, ¿te negarías?

—Sólo estás preguntándome esto por las drogas… —respondió totalmente inmóvil, sin mucha voluntad de para detenerla.

—Eso creo yo también, pero encontré una solución ¿sabes? —dijo y lo besó.

Bulma lo tomó por la mejilla y lo besó con tal intensidad que Vegeta apenas pudo hallar la fuerza para separarse de ella. Ya se había montado a horcajadas sobre él cuando la tomó de las muñecas y la dejó debajo de él, rodándose sobre el colchón.

En ese momento y al verla nuevamente a los ojos se dio cuenta que su mirada seguía igual de dilatada y con horror descubrió que había tragado algo. Que la intensidad de ese beso tenía un claro objetivo que jamás se le hubiera ocurrido. Tragó, sintiendo algo rasparle la garganta con horror.

Vegeta miró junto a la cama, el morral tirado en el suelo y las pastillas de diferentes colores regadas por doquier. Luego volvió a ver a Bulma y su perversa sonrisa.

—Tranquilo, ahora no te estarás aprovechando de mí porque ninguno de los dos tendrá uso de razón. ¿No es una gran idea?

—¡Esa es una idea estúpida! —le dijo incrédulo, soltándola para quedar de rodillas sobre el colchón. Se llevó una mano a la garganta y su rostro se congestionó.

Bulma se enderezó, y lo miró como si sintiera ternura. Se inclinó a su rostro y lo vio mirar de reojo todo en aquella habitación.

—¿Qué me diste?

—No estoy segura, pero espero que sea algo divertido…

La idea de inducirse el vómito lo golpeó y pensó que jamás lo había hecho, se preguntó cómo debería y miró su mano derecha, estirando un par de dedos. Repentinamente sus propias manos le resultaban terriblemente llamativas. Cada curva, cada marca gravada sobre su piel era una ruta que lo llevaba a la siguiente marca, a la siguiente cicatriz y su textura se había vuelto tan detallada que parecía que sus sentidos se habían maximizado en cuestión de segundos.

La luz roja bañó el recinto en un parpadeo que se volvió muy lento. El siguiente parpadeo baño de azul la habitación, y el siguiente de blanco.

Su respiración se sintió caliente y la saliva dentro de su boca le pesó tanto que tuvo que tragar y en ese instante descubrió que su corazón se había acelerado. Era tan rápido y estremecedor que su palpitar se expandió por cada centímetro de su cuerpo. Lo podía sentir en su garganta, en la punta de su lengua, en sus pies y la punta de los dedos. Pero sobre todo lo podía sentir palpitando en su entrepierna.

Bajo la mirada y la vio tendida en la cama maravillada de todo lo que sus ojos encontraban.

—¿Ahora me seguirás rechazando? —le preguntó y él sintió como su sangre bombeaba con fuerza por todo su torrente sanguíneo.

—Eres una desgraciada —le dijo mirando cada centímetro de su piel—. Una maldita perra salida del infierno.

Bulma tomó los bordes de su diminuta blusa y se la retiró por encima de la cabeza. Sus senos desnudos se sacudieron bajo su cuerpo y Vegeta no pudo más que observar con atención en sereno vaivén de sus pezones rosados. La saliva volvió a acumularse dentro de su boca y se sintió un perro hambriento.

Le tocó las piernas y le fascinó la aterciopelada sensación de su piel bajo la tosca yema de sus dedos. Y aunque estaba pensando en diferentes palabras que describirían perfectamente lo embustera que ella había resultado ser, no podía dejar de tocar la piel blanca que había bajo sus dedos. De un momento al otro las palabras que pensaba se mezclaron y no había ya ningún sentido en ellas. Ni siquiera podía recordar porqué estaban allí, rondando en su mente.

Frunció el ceño y la miró, su figura se desdibujaba de aquel colchón en el que yacía tendida semidesnuda y todo lo que se oía era el sonido melódico de su risa. Todo lo que sentía era un palpitar caliente azotándolo segundo a segundo.

—¿Estás bien? —le preguntó y él alzó el rostro como si despertara de un sueño y la miró a la cara. Sus mejillas acaloradas le llamaron la atención, estaba apenas sudada y a la distancia lograba sentir el calor que emitía su cuerpo. Repentinamente se perdió en el color de su labial, que antes había creído rojo pero más de cerca y visto con atención era un coral oscuro que había comenzado a borrarse dándole paso al rosa natural de su piel, el mismo color que el de sus pezones. Clavó su mirada en cada pequeña grieta de la piel de sus labios húmedos y luego observó su boca curvarse en una sonrisa.

—Las mujeres de mi planeta no se maquillan.

—Qué aburridas.

—No son aburridas. Son… guerreras.

—Tu no pareces de los que se divierten… Tienes una enorme erección y aún no me has ayudado a desnudar —dijo y ambos miraron el abultado pantalón de Vegeta—. ¡Ya sé! —gritó, inclinándose a sacar algo de su morral.

Bulma sacó un pequeño aparato y una melodía comenzó a sonar. Vegeta sólo podía distinguir el sonido de un instrumento de percusión y una guitarra. Y mientras trataba de reconocer algo de lo que oía una voz femenina comenzó a cantar.

—¿Música terrícola?

—¿Alguna vez tuviste sexo bajo la influencia, Vegeta? —le preguntó y lo observó negar.

—Alcohol. Tal vez. Nunca esto… nunca así.

—Y dime —comenzó, acercándosele hasta volver a acariciar la punta de su nariz—. ¿Te gustaría? ¿Quisieras saber lo que se siente?

—¿Ya lo habías hecho antes?

—No, pero desde que fuiste a rescatarme no he dejado de sentir… Que quiero revolcarme contigo toda la noche. ¿Acaso no sientes lo mismo por mí? ¿Tanto te reprimes que no puedes dejar que las drogas hablen por ti?

—No soy ningún reprimido, mujer. Lo único que he reprimido son las ganas de matarte que siento cuanto de pasas de lista… Eres una pequeña manipuladora.

—Lo soy, y siempre tengo lo que yo quiero —le susurró al oído mientras deslizaba sus dedos sobre la tela de su pantalón.


N/A: Lo sé, me odian por terminarlo ahí jajaja PERDÓN. ¡Y GRACIAS POR TODOS LOS REVIEWS! ¡Gracias a Veros (espero que ya estés mucho mejor y mil gracias por todos los comentarios), Jime Maty Olguin, un Guest muy amable, Nuria-db, Apolonia86, Juanita Perez 1, La otra Juanita (jajaja amé el nombre). vcvegeta, karenina2186, ¡Mari!, ziari27, soandrea, Calay y belen.b189! Por lo que leo están todas entre tristes y en negación por las noticias del supuesto matrimonio de Vegeta que no negaré ni afirmaré, y las dejaré solas sacar sus conclusiones (cosa que amo cuando hacen jajaja)

¡Nos leemos muy pronto!