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Planeta Pandora

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Despertó con el cuerpo cansado, cada músculo agotado. La cabeza le pesaba y la piel se sentía húmeda, sudada. Al abrir los ojos apenas notó que seguía siendo de noche y le extrañó, pues no recordaba aún en dónde estaba. La luz roja y azul neón seguía parpadeando por fuera de la ventana del cuarto cuando se incorporó sobre la cama sin darse cuenta de nada, como si su cerebro aún no pudiera hilvanar en sus recuerdos los últimos sucesos. Un ventilador obsoleto estaba encendido y apuntaba en su dirección, emitiendo en cada giro un sonido a desgaste, apenas logrando apaciguar la sensación incómoda de su sudor. A pesar de que ese planeta no tenía sol era caluroso y el aire apenas le sirvió para refrescarse un poco, pero sintió la necesidad de tomar una ducha con bastante urgencia. Repentinamente escuchó un sonido extraño y miró hacia el viejo televisor que había frente a la cama. Una película pornográfica se mostraba en la pantalla y se quedó petrificado al ver aquel enorme sujeto de piel lila haciendo el misionario invertido a una muchacha particularmente gritona.

Un pequeño ronquido se escuchó a un lado de la cama, cubierto entre las sábanas gastadas de aquella habitación de hotel. Él, que aún no podía salir de aquel estado de estupefacción, volteó apenas su rostro y se quedó viendo aquel bulto que ocultaba a alguien más. Escuchó su ronquido y miró a sus alrededores en busca de algo de información, algo que refutara aquello que se estaba imaginando. No podía ser verdad.

Vegeta tomó cuidadosamente la punta de la tela y tiró lentamente de ella. La espalda desnuda de una Bulma profundamente dormida se reveló detrás de la sábana. Vegeta soltó un cansado suspiro. Se llevó una mano a la frente y se maldijo, se levantó en silencio al baño, abrió la llave del agua y no necesitó desnudarse para entrar a la ducha, ya que al levantarse de la cama notó que estaba completamente desnudo. Se miró al espejo antes de adentrarse, su cuello estaba repleto de marcas moradas.


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Al abrir los ojos lo primero que notó fue un dolor intenso en casi todo el cuerpo y un cansancio tan extremo que por poco vuelve a cerrar los ojos para seguir durmiendo. Parpadeó un par de veces, como si no estuviera allí tendida, como si aún no se hubiera despertado.

Una melodía que aturdía se escuchaba no muy lejos a través de las ventanas abiertas de aquella pequeña habitación y retumbaba en las finas paredes. Bulma miró la pequeña mesa junto a la cama observó el viejo reloj deslizándose al ritmo de la música por la vibración. Estiró su brazo aletargado hasta él y lo tomó sobre su palma, se giró sobre el colchón quedando de espaldas mientras las sábanas se enredaban en su figura y observó la hora después de tallarse los ojos.

Se extrañó repentinamente, como si realmente se hubiera despertado en aquel instante en el que escuchó el agua de la ducha corriendo en el baño. Se sentó rápidamente sobre la cama para descubrir por primera vez su entorno, alzó la tela sobre su pecho y quedó boquiabierta al encontrar sus pechos desnudos. Cuando volvió a cubrirse se sorprendió por la sensibilidad de sus pezones, y al volverse a inspeccionar con más cuidado encontró varias marcas rojas sobre su pecho y algunos moretones en los brazos. Horrorizada examinó la habitación, pero no necesitó investigar demasiado ya que rápidamente se dio cuenta de que jamás había estado allí. Sin embargo, su experiencia le sirvió para asumirlo; la habitación barata de un motel de cuarta.

Pocos segundos después logró ver su falda tirada al borde de la cama y aquel pobre intento de blusa que usaba la noche anterior, y mientras se vestía a toda velocidad intentó recordar qué había pasado.

—Piensa Bulma, piensa —murmuró horrorizada, cubriéndose el rostro con ambas manos—. Saliste de prisión, llegaste a Pandora, comiste con Vegeta… ¿Vegeta?

Estaba a punto de arrancarse los cabellos cuando la imagen de Vegeta sobre ella se le vino a la mente, como un relámpago en medio de la oscuridad. Con el torso desnudo y la mirada perdida, gimiendo en un vaivén que… Ese hijo de puta.

Los eventos de la noche anterior llegaban a ella desordenados y mientras buscaba sus bragas hilaba una historia en su mente. Desde el momento en el que arribaron al planeta hasta las afueras del club todo estaba bastante claro. No era sino al momento en el que había dejado a Vegeta en aquel pasillo turbio que todo se volvía difuso.

Otro caluroso recuerdo la golpeó, como la nalgada que Vegeta le había dado. Asustada, se giró a ver su glúteo y su quijada cayó al suelo al ver la marca que había dejado. Estaba segura que podría poner su mano allí y acomodar cada dedo perfectamente. Como la prueba irrefutable de lo que había pasado.

¡Ella no sería capaz! Él le había dicho que estaba casado, y por supuesto era un asesino intergaláctico. ¡Ella jamás! No, no lo haría otra vez…

Entonces llegó al momento en el que todo se volvía un mar eterno de sensaciones dentro de sus recuerdos. Y mientras se debatía qué era más importante, si encontrar la tanga negra que estaba segura que tenía puesta o continuar indagando en su cerebro, un recuerdo la sacudió. Había sido aquel momento en el que cerró ese trato con aquel contrabandista. Corrió a su bolso y suspiró cuando encontró en el bolsillo delantero las credenciales que necesitaba, temiendo no haberlas conseguido en absoluto después de tanto trabajo. Luego, un escalofrío la recorrió al escuchar un gemido y se volteó al vejestorio que tenía por televisor, sólo para encontrar una película porno inter-especie reproduciéndose.

—¿Qué mierda, Vegeta? —susurró y frunció el ceño en un gesto lleno de horror—. Depravado…

No dudó mucho en tomar el arma que había utilizado contra Zarbon y caminar a paso decidido hasta el baño. Abrió la puerta lentamente y se quedó parada en la entrada de aquel minúsculo baño de dos metros cuadrados. Alzó el brazo hasta él, quien cerraba las oxidadas perillas de la ducha. El agua cesó y sólo se oían algunas gotas cayendo de su cuerpo al suelo.

Cuando Vegeta tomó la cortina amarilla de baño para hacerla a un lado se sobresaltó al ver el rostro poco amigable de Bulma del otro lado. Su arma alzada contra él, apuntándole directamente al rostro. La sorpresa le hizo perder un poco el equilibrio y se aferró a la cortina, pero el jabón bajo la planta de sus pies no le sirvió de aliado y su cuerpo se fue de lleno a la pared detrás de él, con cortina incluida.

Bulma lo escuchó gruñir, oyó su espalda golpeando los azulejos con tanta fuerza que estaba segura que la mayoría se habría quebrado. Y en aquella estruendosa caída él había logrado volver a girar la perilla de la ducha.

—¿¡Q-qué!? —balbuceó desconcertado y guardó silencio cuando Bulma redirigió su arma hacia el centro de su cabeza.

Con algo de vergüenza, Vegeta se cubrió la ingle con la cortina. No se sentía de lo más agraciado en aquel momento, cubriéndose apenas con un trozo roto de tela plástica, con agua aún cayéndole sobre el rostro y la mujer que lo había drogado ahora apuntándole un arma que estaba seguro le haría escurrir el cerebro por las orejas.

—¿Qué mierda hiciste conmigo maldito pervertido?

—¿Y-yo? —cuestionó incrédulo. Abrió la boca, atónito, sin poder dar crédito de lo descabellado de aquella pregunta, pero antes de poder sacar de sus pulmones una escandalosa exclamación por lo agraviado que se sentía, se mordió la lengua. El arma de Bulma se posó directamente en su frente y Vegeta observó el cañón—. ¿Estás segura de lo que piensas hacer? —le preguntó en un tono escalofriante.

—Me violaste. ¿Crees que lo dudaría?

—¿¡Violarte!?

—¡Tomaste provecho! ¡Es lo mismo! ¡Ese sujeto me drogó y tú tomaste provecho de la situación! Debí haberlo sabido, ¡jamás debes confiar en un saiyajin!

—Eres una mujer particularmente retorcida, te lo tengo que reconocer… —soltó en un gruñido—. ¿Los saiyajin no somos dignos de confianza? Pues tú, pequeña humana has demostrado ser un peligro intergaláctico. ¿Yo tomé provecho de ti? No dejaste de rogarme toda la noche que te jodiera fuerte, que te hiciera ver las estrellas de mi planeta natal, ¿esa parte la recuerdas?

El rostro de Bulma se horrorizaba más y más con cada palabra que salía cómo vómito colérico de la boca de Vegeta. El agarre de su arma se aflojó y dudó por un leve instante, pero luego tomó con fuerza la empuñadura y frunció el entrecejo.

—¡Estaba drogada! ¡Hubiera dicho cualquier cosa! ¡A cualquiera!

—¡Yo jamás te hubiera puesto un dedo encima! ¡Por eso tuviste que recurrir a drogarme a mi también!

—¡Mientes!

—¿Ya miraste en tu bolso? Porque no creo que ese contrabandista te haya regalado todo eso.

Bulma dudó y a Vegeta le bastó con un leve instante para tomar el arma con ella el brazo de la mujer. Con un ligero movimiento ya la tenía inmovilizada en su regazo, separados por la cortina de baño. Ella cerró los ojos mientras el agua se escurría sobre su rostro.

—Que sea la última vez que me amenazas —le dijo al oído antes de soltarla.

Empapada y avergonzada, Bulma caminó nuevamente hasta la habitación que había sido testigo de cosas que no podía recordar. Se agachó a un lado de la cama y miró el morral. No tardó mucho en encontrar las decenas de planchas de diferentes tipos de alucinógenos y, aunque trató de mantener la entereza, su rostro no logró disimular el intenso rubor que le cubría las mejillas.

—¿Ya ves? Todo esto es tu culpa —le recriminó Vegeta saliendo del baño envuelto en una toalla.

—Disculpa Vegeta, pero creo recordar que eres un guerrero de elite, de una de las especies más poderosas de la galaxia. ¿Cómo hizo una humana débil y pequeña para drogarte? Debí haber montado una estrategia inimaginable para lograr tal hazaña, ¿o simplemente te dije que era un dulce y te lo comiste? ¿Sabes? Por alguna razón tu historia no me termina de cuadrar… Sí, puede que me haya robado estas drogas, no sería la primera vez que tomo algo que no es mío. ¿Pero cómo logré metértelas en la garganta? Creo que hay algo que no me estás contando.

—Fue… ¡Bah! No tengo que rendirte ninguna explicación, mujer estúpida. ¿Cómo es que lograste ser la víctima de esta situación? ¡Debería matarte por lo que me hiciste!

Él pareció frustrado y no se veía tan amenazador ahora que traía una toalla percudida cubriéndole las caderas. Y, a pesar de que le hubiera encantado tener algo a su favor, no supo cómo explicarse sin revelar aquel momento hipnótico en el que Bulma le acarició la nariz con la pequeña nívea suya y le susurró cosas que se le habían quedado grabadas para siempre. Se quedó callado y masculló algo bajo su aliento, buscó su ropa y volvió a encerrarse en el baño.

—¡Por cierto! ¿Eres usualmente tan violento? Debería demandarte por todos los moretones que tengo. ¡Eres un salvaje!

—¡¿Quieres ver dónde tengo marcados tus dientes?! —le gritó desde el baño.

Luego de vestirse, se apoyó cansado sobre el lavabo y suspiró. Quizás lo mejor sería simplemente olvidar que algo había pasado, y por fortuna para él apenas podía recordar escasos momentos de aquel encuentro sexual. Se miró al espejo y estiró el rostro para ver en detalle todas las marcas que ella le había dejado en el cuello y por un momento pensó el dolor que sentía sobre la pelvis. Sin duda había sido una faena inolvidable, aunque no podía recordarla.

Salió del baño y encontró a Bulma rebuscando bajo la cama. Había cambiado de canal y ahora el viejo televisor reproducía una película de terror bastante sangrienta. Y él, casi instantáneamente se arrepintió de haber bajado la mirada hacia el trasero de ella, alzado en el aire mientras ella estiraba las manos bajo la cama.

Alzó la vista tratando de evitar ver más piel expuesta de Bulma y se quedó observando extrañado el trozo de tela negro colgado sobre el ventilador.

Un recuerdo fugaz apareció en su mente y como si estuviera mirando una película, se observó a sí mismo sacándole las bragas negras a Bulma con tal desesperación que el elástico le había servido de resortera y salió volando de sus piernas blancas.

Estiró la mano y lo apagó, y cuando las paletas ralentizaron su velocidad las tomó ligeramente avergonzado.

—¿Esto es lo que estás buscando? —le preguntó, incapaz de mirarla a los ojos.

Bulma se volteó y sus ojos se inflaron al mismo tiempo que su boca se abrió y se sintió tentado a meterle las bragas en la boca para evitarse una acusación insólita. Afortunadamente para ambos, no tuvo que hacerlo. La muchacha le arrebató la tanga de entre sus dedos y caminó hasta quedar detrás de él. Pero antes de salir de su vista pudo ver en un rostro un destello brillante de lo que le pareció una sonrisa pícara.

—No tienes que disfrutarlo tanto, Vegeta —le recriminó mientras se ponía las bragas a su espalda.

—No he dicho nada.

Ambos se quedaron callados mientras Bulma se ponía una vez más sus tan ansiadas bragas. Vegeta se quedó quieto y sólo se inclinó a apagar el televisor, apenas soportaba los hilarantes gritos de la mujer en pantalla. A decir verdad, jamás le había gustado mirar televisión. Bulma se colocó una chaqueta por encima de su vulgar blusa y se echó el morral sobre el hombro. Permaneció en silencio por un momento intentando encontrar la manera de sacarlos a ambos de ese lugar extraño en el que estaban, y no se refería a la habitación de hotel.

—Oye… Mira, no estoy segura de qué fue lo que pasó anoche —empezó, captando la atención de Vegeta quien la observó atento—, l-lo siento —soltó sin mirarlo y con el rostro abochornado—. Lo lamento, ¿bien? ¿Estás contento? Las cosas no salieron como las había planeado…

—No particularmente.

—Bueno… En fin, no sé qué signifique esto para ti, pero…

—Nada. Esto no significa absolutamente nada.

—Perfecto, porque sin importar lo que haya pasado tú aún tienes un trato conmigo.

—¿Yo? ¿Contigo? Mujer, estás a años luz de tener cualquier tipo de compromiso conmigo.

—Vamos, Vegeta —le rogó acercándose. Su semblante comenzó a cambiar, ya no se veía tan ofendida ni avergonzada. Estaba preocupada y se veía claramente en su mirada—. Puedes irte a tu planeta si quieres, puedo llevarte hasta allá, pero tengo que ir a otro sitio primero y realmente necesito tu ayuda… ¿Puedes acompañarme?... por favor.

Repentinamente su tono le hizo sentir algo extraño y sin darse cuenta comenzó a retroceder sobre sus pasos. El rostro se le había congestionado y evitó mirarla a los ojos. Se cruzó de brazos y pensó en sus palabras. Sí, podría volver a su planeta, pero no estaba seguro si debía hacerlo o no. Tenía que regresar con alguna certeza, y la verdad era que no tenía ninguna. No sabía aún quién lo había traicionado.

—Qué más da —terminó diciendo sin expresión alguna.

A pesar de su falta de emoción, Bulma se sonrió, cerró el cierre de su chaqueta y se dio media vuelta hacia la puerta.

—Te prometo que de ahora en más todo saldrá de acuerdo al plan —dijo con energía, pero al abrir la puerta se encontró con un grupo de sujetos muy poco amigables esperándola. Detrás de ellos el patán que la había drogado, sonriendo mientras estiraba el cuello para verla.


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Ambos estaban completamente callados, lo habían estado desde hacía al menos cuarenta minutos. Desde el mismo momento en el que se subieron a la nave no habían vuelto a dirigirse la palabra. Bulma ni siquiera se atrevía a mirar en la dirección de Vegeta y si lo hiciera vería su rostro manchado de hollín y su ceño tan fruncido que probablemente le estaría doliendo la cabeza.

Luego de encontrarse de frente con el grupo de contrabandistas, Bulma no pudo controlar su lengua viperina y destiló veneno contra Ban. Le arrojó una lámpara, le dijo un par de cosas desagradables sobre su madre y cuando estaban a punto de dispararle en el rostro, Vegeta la empujó contra una pared. Eventualmente terminó por volar en pedazos la mitad del edificio y la tomó descuidadamente de la chaqueta para obligarla a subirse a la nave. Una caldera había explotado en el rostro del saiyajin y las mejillas se le habían llenado de carbón, pero aún no parecía darse cuenta.

De no haber estado tan enojado lo hubiera comparado con un mapache, pero no estaba segura si entendería la referencia o si estaría tan molesto con ella que la terminaría matando. Aunque en realidad no tenía que preocuparse por lo segundo, tan sólo sería un poco inconveniente si se daba cuenta que había cambiado las configuraciones de aquel dispositivo de control para que no pudiera hacerle daño.

Miró el paisaje completamente vacío, adornado apenas por unos cuantos asteroides que ni siquiera interrumpían su ruta. Miró a Vegeta de soslayo y supo que no podían perpetuar ese silencio por mucho más tiempo. Quizás él sí, quizás Vegeta podría pasarse las siguientes dos semanas mirando el vacío con esa expresión de pocos amigos y ese antifaz hecho de mugre. Imperturbable, inmóvil como una estatua.

Pero ella no. La lengua le repiqueteaba en el interior de la boca y estaba pensando qué decir para caerle un poco en gracia después de todo lo que habían vivido en las últimas horas.

Abrió la boca y se giró sonriente en su dirección, pero cuando la primera letra de esa primera palabra que pensaba pronunciar vibró sobre su lengua él la detuvo. Su solo tono la hizo desistir, su mirada era severa, como la de un padre que había sido llevado al hartazgo.

—No —le dijo en un tono gélido—. No te atrevas. No quiero escucharlo, ni una sola palabra, ni una sílaba. Nada. Quiero silencio, silencio absoluto. Porque si te atreves a decir algo, algo tan descabellado como De ahora en más todo ira bien, o Será fácil, No tendremos ningún problema, Vegeta, si algo parecido a eso sale de tu boca juro que voy a arrancarte la lengua y abriré una de las compuertas de esta nave para tirar tu escuálido trasero así me muera yo también en el intento. ¿Te quedó claro?

—Mi trasero no es escuálido.

Vegeta dejó salir aire de sus pulmones y de sus labios salió un sonido extraño, una mezcla de exasperación con enojo. Se llevó las manos al rostro y trató de calmarse y entonces la escuchó reírse suavemente.

—De todo lo que dije, ¿eso fue lo único que escuchaste?

—Oye, lo siento, pero no podemos construir los cimientos de nuestra amistad sobre mentiras. No voy a permitirte que menosprecies las cientas de sentadillas que he hecho en mi vida.

Él suspiró, se acarició la frente y cuando estaba a punto de dejarle claro que no, él y ella no eran amigos, notó la punta de sus dedos negra.

—Temí que si te lo decía terminarías asesinándome.

—Bien pensado —contestó molesto y se levantó de su asiento de copiloto para verse al espejo del pequeño baño de la tripulación. No pasó mucho tiempo solo, además de ver su rostro manchado en el reflejo del espejo la vio a ella con un pequeño bolso entre las manos. Trató de ignorarla y abrió el grifo. Llenó sus palmas de agua y refregó hasta que, debajo de las manchas negras, su rostro empezó a sonrojarse.

—No saldrá sólo con agua, déjame ayudarte.

—Basta, no puedo tolerar una más de tus ideas. Estoy llegando al límite, no te me acerques —dijo girándose hacia ella. Alzó las manos aún mojadas intentando crear más distancia entre ellos dos y cerró los ojos, intentando contener dentro de sí toda la frustración que había ido creciendo dentro de él desde puso un pie en esa maldita prisión espacial.

Sin embargo, ni sus amenazas ni la distancia que ponía entre ellos fue suficiente. Bulma lo tomó del mentón y con un paño húmedo comenzó a limpiarle el rostro. Él se quedó quieto, y auqnue lo primero que hizo fue soltar un gruñido que le frunció el puente de la nariz, no encontró la fuerza para empujarla y sacársela de encima. La miró fijamente a los ojos, pero ella estaba más entretenida en las manchas sobre sus mejillas como para hacer contacto visual con él. Vegeta observó la pequeña curva de su sonrisa y respiró hondo, cerró nuevamente los ojos y simplemente se dejó acicalar.

—Listo —dijo suavemente cuando terminó y sus dedos abandonaron su cincelado mentón. Vegeta volvió su rostro al espejo y buscó alguna otra mancha, pero las que le quedaban estaban en su cuello y las había hecho ella…

Extrañamente, ahora se sentía un poco más relajado. Se secó el rostro y salió del baño. Caminó hasta la sala de navegación una vez más pero no la encontró allí. Observó el panel de control y el tiempo estimado de llegada. No conocía esas coordenadas, pero algo le decía que ella encontraría la manera de no decirle a dónde se dirigían.

—Oye —le dijo repentinamente, asomándose detrás de la puerta—. Deberíamos comer algo, ven. Prepararé la cena, o almuerzo. Aún no he ajustado mi reloj… Voy a buscar algo qué ponerme. Espérame en la cocina.

Él se cruzó de brazos y ella no esperó una respuesta de su parte. Se marchó y lo dejó solo, mirando nuevamente el panel de control, preguntándose qué diablos iban a hacer durante tanto tiempo a solas. Aquella incomodidad lo volvió a invadir y comenzaba a extrañar ese momento después de esa estúpida pelea por drogas, al menos en ese instante no pensaba en todo el sexo que no recordaba.

De una cosa estaba seguro, tenía hambre. Salió por la puerta por la que Bulma se había asomado y buscó la cocina, estaba seguro de que esa nave tendría una pequeña cantina para la tripulación. Al menos debía estar equipada para un grupo de diez personas.

No tardó en encontrarla, abrió las puertas de los gabinetes colgantes y tomó la primera lata que encontró. Bulma apareció repentinamente a su lado y abrió un cajón. Estaba vestida nuevamente en uno de los uniformes de la armada, al menos ahora no corría el peligro de verle el trasero al entrar en la siguiente habitación.

—Ten —le dijo, dándole un cuchillo—. No hay abre latas —sentenció revolviendo entre los demás cajones.

Vegeta miró la etiqueta, pero no reconoció el idioma, el dibujo tampoco decía mucho. Arrugó el ceño mientras pasaba la mirada sobre aquellas letras extrañas, como si eso le ayudara a comprender el idioma. Bulma se asomó sobre su hombro.

—Son como anchoas, ¿conoces las anchoas? Es un pez, es muy salado. Me gusta más el salmón.

Él no respondió nada, se limitó a mirar la etiqueta y luego apoyó la lata sobre la mesa y usó el cuchillo para abrirla. Antes de poder sentarse en la mesa a comer, Bulma le alcanzó otra lata.

—¿Puedes abrírmela?

Nuevamente sin decir nada, abrió la lata, se la extendió y tomó asiento. Bulma le alcanzó un tenedor y se sentó frente a él. Había elegido una fruta cubierta de almíbar. Al comer el primer trozo cerró los ojos y dejó salir de ella una expresión de placer y felicidad.

—Tenía tanta hambre… —comentó, como si él no se hubiera dado cuenta.

Ambos se dedicaron a comer, y mientras Vegeta abría su tercera conserva, Bulma apenas iba terminando la suya. Él la miró desde el otro lado de la mesa, dudaba si preguntarle lo que había estado pensando o no. Tragó los garbanzos fríos que se había servido y desvió la mirada cuando vio a Bulma chuparse la punta de los dedos.

—¿Vas a decirme a dónde vamos?

—Creo que tendremos que hacer una parada. Hay un planeta muy bonito cerca de aquí, podremos cargar combustible y comer comida de verdad.

—Ajá, ¿y vas a seguir evitando mi pregunta?

—Oh Dios, ¿me estoy volviendo predecible? —le contestó sonriéndose.

A él se le escapó el rezago de lo que podría llamarse una sonrisa. Una curva minúscula, casi imperceptible. Y otra pregunta se le vino a la mente.

—Supongo que tienes derecho de saber a dónde vamos…

—Pero no me lo has dicho porque temes que decida no ayudarte.

—Eventualmente tendrás que saberlo… Te propongo una cosa, no nos estresemos pensando en el destino del viaje. En cambio, ¿qué te parece si lo disfrutamos? Tú por tu parte estás… evitando tus cosas saiyajin y yo, bueno, preferiría olvidarme de todo por un momento. Porque una vez que estemos allí… —Su semblante cambió y Vegeta halló cierta amargura en su mirada—. Sólo digamos que mi vida depende de lo que encuentre allí, en el sitio al que nos dirigimos.

—Me parece bien, mientras tu idea de disfrutar el viaje no sea sofocarme con tu parloteo, supongo que… está bien.

—Lo primero que tenemos que hacer es mejorar el menú.

—Catorce días de latas de garbanzos no es mi idea de diversión.

—¿Y cuál es tu idea de diversión, Vegeta? —le preguntó mientras se metía un bulto rosado casi completo a la boca. Un hilo de almíbar se deslizó por su barbilla y lo limpió con la palma de su mano.

—Uhm… —murmuró él. Lo había sorprendido un poco su pregunta y si tenía que ser sincero, no estaba muy seguro de cuál era su propia idea de lo que diversión significaba. Repentinamente se sonrió y cuando estaba a punto de contestarle, ella levantó su tenedor en su dirección con un gesto severo.

—El asesinato en masa no cuenta.

Vegeta terminó completando su sonrisa cuando la escuchó, como si le hubiera adivinado aquel macabro pensamiento. Sus caninos brillaron detrás de aquella lata toscamente abierta y, advirtiendo que su respuesta no estaba permitida, deambuló su vista por la habitación pensando. ¿Qué era lo que más le divertía?

—Además de pelear… eh jugado a las cartas un par de veces… —contestó, alzando una ceja y recordó unas cuantas rondas de póker con otros altos cargos del ejército.

—Debes ser el alma de la fiesta —le dijo en un tono burlón.

—Muy graciosa, supongo que tú debes tener una respuesta grandiosa, ¿no? A ver, ¿cuál es tu idea de diversión?

—Bueno… por empezar, esta nave parece una morgue. Podría utilizar mi computador para poner algo de música. Podríamos escuchar algo de rock, tengo algunos álbumes de la tierra que logré conseguir en un mercado negro. Son algo viejos, la calidad del audio no es óptima, pero son muy buenos. Podríamos jugar, me sé un par de juegos para pasar el…

—Tonterías, no voy a ponerme a jugar contigo para que no te aburras. No soy un juguete tuyo, no seas infantil.

Sin más se levantó de su asiento, arrojó la lata en un cesto antes de marcharse. Una vez que cerró la puerta se preguntó, ¿realmente cómo pensaba pasar dos semanas con esa mujer sin arrancarse los cabellos de raíz? No le había mencionado que él solía viajar solo. Su ejército no tenía nodrizas y por lo general las naves de reconocimiento eran tripuladas por sus súbditos. Él generalmente viajaba en una pequeña nave esférica con inteligencia artificial y la mayor parte del tiempo la pasaba sumido en un sueño de hibernación.

Cuando llegó a los dormitorios miró desganado las literas. Se acostó en una, sobre la cama inferior y miró el techo. Un pequeño grabado había quedado allí, posiblemente de alguno de los soldados de la armada. Repentinamente escuchó música proveniente de la sala de navegación y luego la escuchó cantando la letra. No tenía mucho talento en aquel departamento…

Se dejó caer nuevamente sobre la cama. No tenía sueño. De hecho, había dormido bastante luego de… Luego de lo que pasó. Recordó, luego de unos minutos de escuchar los alaridos de la humana, que había algo que no hacía hace tiempo. Y sinceramente, se sintió un idiota por no haberlo pensado antes.

Caminó hasta el área de carga y desde allí no podía escuchar nada más que esa distintiva presión del espacio contra la nave. Cerró los ojos y tomó aire. ¿Cuándo había sido la última vez en la que había podido entrenar de verdad? Oh, sí. Un día antes de la boda…

No había mucho espacio, la mitad de la sala estaba llena de cajas que tal vez podría correr a una de las literas. Al menos desocuparía suficiente espacio como para entrenar, y tendría más espacio del que había en su celda en la prisión. Rápidamente tomó unas cajas y las llevó a los camarotes, las apiló una sobre la otra tratando de evitar cruzarse nuevamente con Bulma, que había cambiado de género musical a uno apenas más melódico. Luego regresó al área de carga, ahora más desocupada y se dispuso a entrenar.


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Catorce días no le parecían tanto tiempo, pero cuando recordaba lo poco que hablaba Vegeta comenzaba a desear haber traído con ella algunas revistas. Ella jamás hubiera podido anticipar que además de luchar con su apatía tendría que luchar contra esos terribles pensamientos. Esos fragmentos de recuerdos de las cosas que le había hecho y las sensaciones amplificadas que le había provocado. No recordaba todo, de inicio a fin, pero pequeñas partes de aquel encuentro se le venían sin permiso haciéndola ruborizar, haciendo que tuviera que esquivarle la mirada a él. Quien, para su desgracia, parecía haberlo borrado por completo de su mente y realmente lo envidiaba. Estaba obligada a disimular constantemente, pero ¿qué más podía hacer? Realmente lo necesitaba y ahora que finalmente estaba tan cerca, no podía dejar que la abandonara por un encuentro colmado de estupefacientes…

No le costó nada conectar su computador al sistema de mando de la nave y cuando las bocinas comenzaron a sonar con Chuck Berry, su cuerpo comenzó a moverse por sí solo. No tener un compañero de viaje no tenía que ser tan aburrido.

Volvió al camarote en el que dejó su morral y su chaqueta, rebuscó entre los bolsillos rogando que no se hubiera aplastado, pero no tardó mucho en encontrar su esmalte de uñas negro. Miró sus dedos e hizo un gesto.

—Dios, Bulma. Necesitabas un día libre.

Volvió a la cocina y tomó un recipiente y una cuchara. Buscó entre todas las latas que había en la despensa, pero no encontró algo que le sirviera para lo que tenía en mente. Y mientras cantaba una canción se sonrió, a veces ella misma se hacía recordar a su padre. Él no cantaba, pero siempre que entraba a su laboratorio lo encontraba moviendo la cabeza al ritmo de la música. Aspirando de su cigarrillo con los ojos cerrados oyendo algunos blues o hipnotizado por el punteo de una guitarra. Si no había un reproductor de música en la sala, no podía trabajar tranquilo.

En algún momento vio pasar a Vegeta, yendo y viniendo del área de carga con unas cajas. Y no podía decir que no le había generado algo de curiosidad lo que estaba haciendo. Cuando no volvió a aparecer su instinto comenzó a arrastrarla hasta las cajas, mirando por encima de su hombro si Vegeta regresaba. Como un magnetismo extraño, de alguien que no puede dejar de meter sus narices donde no fue invitada, Bulma se acercó ocultando el sonido de sus pasos bajo el sonido de la música que hacía vibrar las bocinas de la nave.

Las cajas no podían tener mucho tiempo en la nave, habían sido recientemente empacadas cuando decidieron robarla. Tampoco estaban selladas, quizás aguardaban una última revisión antes de partir a su destino y no había ninguna documentación cerca que pudiera darle un indicio de lo que habría allí dentro.

—¿Qué tal si es algo peligroso? Tengo que abrirlas y saber qué hay allí. Sí, no hay más opción —dijo y extendió las manos, arriesgando la pintura fresca de sus uñas. Pero a quién quería engañar, siempre las terminaba arruinando por su inhabilidad de quedarse quieta.

Se quedó completamente inmóvil, dejó la tapa cuidadosamente en el suelo y se afirmó contra la caja. Examinó su interior, unas seis armas ligeras y dos de gran potencia perfectamente acomodadas sobre planchas de goma espuma densa con su contorno amoldado a ellas.

En la tercera caja que revisó encontró municiones, guardadas en pequeños recipientes. Capsulas que contenían la potencia de un rayo láser en su interior. Pero, a pesar de que se sentía bastante satisfecha por aquel hallazgo, nada le hizo sentir tan feliz como la caja con el contrabando de bebidas alcohólicas que posiblemente iban a recibir los soldados, antes de que les hurtara la nave, por supuesto.


N/A: Este fic me agarró en mi época más puerca, así que a pesar de la elipsis entre el capítulo anterior y este creo que es obvio el tono que tendrá el resto de la historia. ASÍ ME QUERÍAN AGARRAR Jajajaja Decidí subir este capítulo porque de verdad me pone muy contenta que hayan llegado tantos comentarios, y como siempre me voy a dar este espacio para saludarlos a cada uno como se merecen. ¡Gracias a , Bealtr, Nuria-db, La otra Juanita, Un Guest que me odia jajaja, Juanita Perez, soandrea, Veronica Sanchez (después de tanto finalmente te hiciste cuenta!), Jime Maty Olguin, karenina2186, otro Guest con dudas!, ¡Mari! (jajaaj lo de la vida tranquila lo pensé mientras lo escribía, pero digamos "tranquila" en parámetros saiyajin, ya lo explicaré más en detalle),y belen.b189! Las opiniones sobre lo que tenía que pasar entre los dos estuvieron bien peleadas, ¿qué les pareció? Por favor, si tienen un tiempito de dejar un comentario me encantaría saberlo. Tal vez motive una rápida actualización, ¿quién sabe? jajaja ¡Nos leemos!