Señor Harry S. Riddle.
Dormitorio "Atlántida".
Tercera planta.
Torre Sur.
Dirección desconocida.
Leí con fascinación el sobre. Naturalmente, la carta era impresionante: se trataba de mi invitación a formar parte de las filas del alumnado de Hogwarts, la mejor escuela de magia del mundo -según papá-. Sin embargo, la carta, el interesante listado de libros y demás material escolar era un chiste al lado del sobre firmado con mi nombre. Nadie nunca antes me había escrito una carta.
El búho de pie en el umbral de mi ventana trinó, trayéndome de vuelta a la realidad.
—Cierto, cierto —murmuré mi frase favorita. Crucé mi habitación con zancadas largas -que lucía super graciosas en mis piernas cortas- yendo a tomar pergamino y pluma de mi escritorio.
Mi cuarto contaba con grandes ventanales y como mi alcoba quedaba situad en el segundo piso de una torre, mi habitación circular siempre contaba con luz, una curiosidad que yo nunca vi que se repitiese en mis libros e historietas. Talvez alguien más contaba con una habitación así de interesante y divertida, pero yo no conocía más cuartos, salvo el de papá -que por alguna extraña razón era rectangular, aunque estaba junto al mío y en la misma torre- y el mío.
Tomé mi pluma con los colores del arcoíris, un pergamino que olía a nuevo y tinta azul oscuro. Emocionado, no acaté a sentarme para escribir.
Estimado director.
No, taché «estimado». A mi padre no le gustaría saber que me dirigía así a su enemigo.
—Ay no —me quejé observando el tachón —. Lo arruiné —a buscar otro pergamino nuevo —. A ver... Director, sí, a secas. ¿Cómo es que papá escribe sus cartas?
Director.
Yo, Harry S. Riddle, en pleno uso de mis facultades mentales, acepto su cortés invitación a estudiar en Hogwarts.
Muchas gracias.
Atentamente,
Harry S. Riddle.
—Sí, perfecta.
Saqué un poco de cuerda de uno de los gabinetes de mi escritorio y até la carta a la pata del búho. Fue después de ver volar al animal que me arrepentí de no haberle dado algo de comer.
Oh, bien. Su pico está libre, podrá cazar.
Papá decía seguido que yo era demasiado atento con lo sdemás y que... ¡pff!
Di un gran salto. Por supuesto, yo tenía que olvidarme del asunto entre manos, ¡era mi onceavo cumpleaños! Carcajeándome, busqué en mi armario una muda de ropa de día; papá me regañaba cuando yo bajaba al comedor en pijamas. La mayoría de mi ropa era simple: overoles en diversos tonos de la escala de grises, poleras de colores, capas cortas y zapatos planos para hacer deporte. Siendo un hijo bastardo, yo no tenía motivos para usar algo aparte de mi ropa de jugar.
Con ropa limpia, guardé el sobre y la carta en el bolsillo delantero del overol. Aunque contento y ansioso por contarle a papi de las buenas nuevas, no corrí a su encuentro. Tanto dentro de la Torre Sur como en el resto del castillo de papá, en ocasiones se encontraban desagradables sorpresas, como muggles a medio asesinar, abiertos de par en par o mujeres violadas. Y dentro de la Torre Sur, donde solo papá y yo entrábamos, lo único que se encontraban eran mujeres ultrajadas.
A lo largo de mis 11 años me encontré envuelto en varias situaciones y posiciones incómodas. Una vez pude leer, llegaron a mí las fabulas y cuentos repletos de imágenes en movimiento y personajes clichés que me causaron mis primeras contradicciones. Al crecer me vi obligado a admitir que el mundo que yo conocía compartía mayores similitudes con los villanos de largas capas y risas macabras que con los héroes amigables. Tuve que aceptar a los 5 años que mi papá era un hombre malo, muy, muy malo. Yo no hallaba otra explicación a las personas secuestradas, los calabozos en lugar de sótano y a las personas con trajes negros y máscaras blancas visitando continuamente el lugar.
Papá no ocultaba nada de mí, los muggles eran golpeados y torturados en los pasillos para el entretenimiento colectivo, aunque él en ocasiones regañaba a sus tropas por hacer un «festín de tripas» delante de mí o por salpicarme la ropa con sangre de muggles. Yo no lograba enumerar las veces que papá cerró una puerta en mis narices para que yo no vieses la locura que ocurría en el interior.
—Joven señor, buenos días —me saludó uno de los susodichos enmascarados que venía caminando por mi misma ruta, cerca al comedor.
El hombre detuvo su andar y me hizo una reverencia.
—Buenos días —dije sin detenerme. Esas personas enmascaradas andaban por casa porque papá era su jefe.
—Que tenga un feliz cumpleaños —me deseó cortésmente.
—Gracias.
Los seguidores de papá venían en varios modelos y generalmente eran amables, pero distantes. El castillo era su centro de operaciones, por lo que ellos abundaban por los corredores; mi país se encontraba en una guerra civil y política, papá peleaba a uñas y dientes para hacerse con el mandato de Gran Bretaña, indiferente de las muertes que tenía que causar para ellos.
Cualquiera supondría que, al ser el hijo de su líder, los mortífagos me tratarían con mayor simpatía, pero yo jamás sería un ser superior para ellos -y ni hablar de tener la posibilidad para liderarlos en el futuro-. No, yo era una presencia tolerada, una desgracia que al no poderse erradicar se ignoraba. Yo era un sangre sucia.
No que aquello fuese mi culpa, yo no le pedí a papá que se descuidara.
Lamentablemente, aprendí del sexo, sobre todo de los lados feos del sexo, a los 4 años.
—¡Buenos días! —exclamé al poner los pies en el suelo de piedra lisa del comedor principal.
Papá alzó la vista de la tostada a la que le untaba mantequilla, el periódico flotaba junto a él esperando ser leído. A las siete de la mañana, papá ya estaba vestido de traje, afeitado y luciendo muy fresco.
—No grites. Buenos días, Harry.
Le sonreí a papá. Él era un hombre muy guapo, alto y moreno con una piel clara, eternamente vestido en tonos oscuros que proyectaban el brillo de sus ojos rojos que echaban a temblar a la mayoría.
—Mira papi —corrí hasta su posición en la cabecera de la mesa —. Llegó mi carta de Hogwarts.
—Me lo imaginé —dijo tras ojear el sobre y beber de su café negro, sin azúcar. Tarde, papá agregó —. Feliz cumpleaños.
—Gracias —me senté a la izquierda de papá, ese era mi puesto. Con un pop, apareció un elfo domestico vestido en un sencillo uniforme gris.
—Feliz cumpleaños, amito Harry —chilló con su voz aguda que sacaba muecas a papá —. ¿Desea su desayuno normal o el especial?
—El especial, Pimpón.
—En seguida, amito.
La criatura desapareció y papá resopló, pero su gesto fue para con el periódico.
—¿Algo gracioso?
—Un idiota en el ministerio llegó borracho ayer a trabajar, hoy le dedicaron la caricatura de la editorial.
Papi me la mostró y sí, era jocosa. Un hombre barbudo se tambaleaba en un mostrador quejándose con su secretaria por «traerle papeleo al bar». La comida que apareció en mi plato me distrajo y papá devolvió el periódico a su puesto para seguir leyéndolo. Mi desayuno consistió en tres panqueque con chocolate y crema por encima, simulando el hocico de un perro, setas y tomates guisados a un costado y una pila de salchichas de pavo ahumadas en salsa con té blanco para beber.
—Papi —hablé a mitad del desayuno.
—¿Hmp?
—¿Me compraste un regalo?
No me sorprendería si él negaba. Fueron los mortífagos quienes iniciaron la tradición de darme regalos en mi cumpleaños por mera cortesía, a papá ese tipo de celebraciones no le interesaban en lo más mínimo. De no ser por mis libros, yo no me habría enterado de lo que era una fiesta o un pastel de cumpleaños.
—Aún no —admitió él de forma distante, enfocado en su lectura de noticias —. Lo compraremos en la tarde, saqué unas horas para ir por tus útiles escolares.
—¡¿Hoy?! ¡Sí! —elevé los puños al cielo. Con una mirada, papá me dijo lo que opinaba de mi efusividad. Bajé los brazos sintiendo calientes las mejillas —. Lo siento.
E igual, papá negó divertido con la cabeza, porque mi sonrisa rompía mi rostro. Por fin yo haría magia real y no solo los trucos que papá y sus seguidores me enseñaban en sus ratos libres; por supuesto, los hechizos de duelo no contaban, esos eran obligatorios, así como los juegos mágicos que papá inventaba para mí.
—Anda, come —papi frunció el ceño a mi plato —. Y no volverás a ver tanta grasa en tu plato si no te veo haciendo ejercicio, ¿entendido?
—Sí, papi.
Yo no podía aseverar que mi padre me amase, pero me gustaba decirme que me quería lo suficiente para preocuparse por mí, por darme cosas bonitas y asegurarse que yo estuviese bien.
Pimpón -tan exacto como un reloj- volvió a aparecer justo tras papá tragar el último bocado de desayuno, cargando una bandeja con correspondencia, chillando algo sobre que las cartas estaban libres de hechizos y que mis ya habían sido examinados y apilados en la alfombra de mi habitación. Vi a mi progenitor enterrarse en su trabajo; yo no tenía idea de a qué se dedicaba papá. O sea, objetivamente yo sí conocía su título, señor oscuro en vías de una dictadura y la inmortalidad. Ajá, pero ¿qué hacía un señor oscuro? Lo que fuese, generaba toneladas de dinero y papeleo interminable.
No por primera vez me pregunté qué hacía yo ahí, sentado en el comedor de ese oscuro castillo con más sangre que una morgue. Un sangre sucia no tenía nada que hacer al lado de Lord Voldemort, pero papá, en un raro impulso, decidió quedarse conmigo.
Mi primera teoría era que él creyó por muchos años que era infértil, dato que él mismo me compartió, y que yo fui su única posibilidad para tener un hijo. Ya que papá buscaba la inmortalidad, la descendencia era algo absurdo y estorboso. Mi segunda teoría, a la que más le apostaba, era que papá me robó por maldad a mi madre.
Yo no conocía gran cosa de la mujer que me trajo al mundo, salvo que era una sangre sucia casada con un noble sangre pura a la que papá violó después de que su esposo perdiese un duelo con papá, quien prefirió no matarlo sino humillarlo públicamente. Yo no consideraba bueno o malo ese acto de papá que me permitió existir, pero la sociedad elitista y sus antiguas leyes no vieron con malos ojos la acción. Papá ganó un duelo y era libre de quedarse con la vida, propiedades o el cuerpo de la mujer del perdedor. Fue culpa de ese hombre retar a un señor oscuro sin medir las consecuencias.
Y cuando papá supo que su violación engendró un bebé en el vientre inmundo de la nacida de muggles que se negaba a abortar -por más que la Luz, los opositores de papá y el grupo político de ella, se lo implorase- se dio en la tarea de cazar al matrimonio; en eso yo sí daba mis respetos a esa gente, se ocultaron por más de dos años, papá me halló cuando yo tenía año y medio de nacido.
Recordaba perfectamente esa noche, era mi pesadilla más recurrente.
Yo me aferraba a las barandas de mi cuna, una figura oscura estaba en el suelo, sobre un cuerpo que se retorcía. El recuerdo en sí se nublaba en mi mente, pero el vaivén de las caderas de mi padre era muy característico: él violaba nuevamente a mi madre mientras sus manos fuertes la sometían contra el suelo. No vi el rostro de ella, papá la tapaba, pero noté el forcejeo que hacía, el suficiente para desesperar a papi y que este le diera una sonora bofetada antes de amarrarle las manos con cuerdas invisibles. Recordaba la voz de mi mamá.
Por favor no… otra vez no… deténgase… déjeme… por favor… por favor…
Las suplicas de mi madre cayeron en un balde hueco, papi se rió de ella. Las palabras de mamá se remplazaron con llanto entrecortado y quejidos de dolor conforme papá dejaba escapar de su boca unos sonidos extraños, bufidos similares a los de los perros cansados y un largo gemido al culminar. Las palabras finales de papá para mi madre no solían aparecer en mis sueños, para ese punto él ya me tenía en brazos y me había aplicado un hechizo adormecedor, mas con un par de ocasiones en mis sueños bastaron para que la larga frase se grabara con fuego en mi cerebro.
Eres deliciosa, sangre sucia. Es una pena tener que dejarte aquí a que te goce ese hombre que tienes de esposo. Me encantaría tenerte desnuda y esposada en un calabozo, las maravillas que hace el frío en el cuerpo de una mujer. Tal vez lo haga algún día y, ¿quién sabe? Quizá el pequeño Harry se una a mí. Si, madre e hijo, sería encantador.
¡Cerdo enfermo!
Yo había visto a las mujeres en los calabozos, eran muggles en su mayoría y estaban del mismo modo que papá describió, desnudas y encadenadas. A ellas las amarraban a cuatro patas y los hombres hacían fila para violarlas, yo lo vi más veces de las que debí hacerlo al bajar a buscar a papi para entregarle su correspondencia de la tarde. Ese era el tipo de espectáculos en los que papá me cerraba la puerta en la cara, pero si él no estaba allí los mortífagos me sentaban en una silla para que observara el espectáculo.
Muchas mujeres quedaban embarazadas, sus grandes barrigas rebotaban con los empujones de los hombres; ellas daban a luz en los calabozos y eran puestas en una sala aparte, un lugar esterilizado, por 40 días antes de que les retiraran a sus bebés porque papá decía que los niños necesitaban la leche materna, luego los enviaban a esos orfanatos mágicos que papá tanto pujó con sus influencias en el ministerio para que se crearan. Sin sus hijos, las mujeres eran de nuevo huecos disponibles y volvían a amarrarlas.
En verdad, yo esperaba nunca ver a mi madre en ese sitio.
—¿Te sientes bien?
Parpadeé en dirección de papá. Pensando en mamá me quedé viendo al vacío y olvidé mi desayuno.
—Claro, claro.
Papá sonrió, le causaban gracia mis "infantiles hábitos".
—¿En qué piensas?
—Trataba de recordar mi sueño.
Pesadilla, los sueños con mi madre eran pesadillas.
—Deja las tonterías y come.
—Sí, papi.
Después del desayuno, acudí a la cancha de quidditch atrás del castillo. Me acostumbré a jugar solo al darme cuenta que los elfos domésticos les temían a las alturas y que los hijos de los mortífagos eran pedantes, estirados y tan crueles que les gustaba empujar a Pimpón escaleras abajo para verlo rebotar. Además, ellos me trataban con una amabilidad poco creíble y varias de las chicas intentaron besarme en diferentes oportunidades. Papá dejó de invitarlos cuando notó mi resistencia a juntarme con ellos y me obligó a confesarle que las niñas me espantaban.
Papá rió por horas.
Tomé de la canasta de balones una quaffle, mi vieja escoba estaba recostada a la canasta, era la Nimbus 2000, recién salida al mercado. Papá se aseguraba de que yo tuviese los prototipos antes de que los demás por una cuestión de arrogancia, de seguro el modelo Nimbus 2001 lo tendría para navidad. No era como si bañar en oro una escoba importara, los mortífagos no dejarían de tratarme con su decente y obligatoria amabilidad. Más le valía papá no fallar y morir en su intento de hacerse con el poder, porque yo no sería capaz de mantener a sus tropas bajo mi mando.
