.

7

.


.

Espacio exterior

.


Eventualmente las canciones comenzaron a repetirse y ya no era tan ameno seguirlas escuchando, aunque nunca habían resultado así a oídos del saiyajin.

Vegeta se encerraba la mayor parte del día en el área de carga y apenas se asomaba para comer algo de alguna lata sin decirle mucho. Y a Bulma comenzaba a irritarle la poca predisposición que tenía para compartir algo de tiempo con ella. A pesar de que no podía culparlo… De hecho, si lo que le había dicho resultaba ser cierto tendría que considerarse afortunada de que no la hubiera abandonado a su suerte en Pandora.

Bulma sentía que caminaba sobre hielo delgado en cuanto a Vegeta se refería, y aunque mantenía constantemente un aspecto estoico tenía que ser precavida. Le asombraba un poco que hubiera decidido permanecer a su lado incluso luego de aquel acto de infidelidad. Tal vez sus suposiciones eran ciertas y él escapaba de un matrimonio fallido, aunque le resultara difícil de creer que un hombre como él pudiera escapar de una mujer. Vegeta estaba escondiendo algo, pero temía presionarlo y perder a su único compañero. Si lo provocaba lo suficiente quizás terminaría intentando atacarla y el aparato en su espina se activaría para dejarlo escupiendo espuma por la boca, tirado en el suelo como una bolsa de patatas. Ese final no sería muy divertido… Vegeta no podría saberlo aún, mientras todavía le servía.

Mientras pensaba en esa posibilidad su mente volvió a aquel instante en el que le había quitado el arma para inmovilizarla y se preguntó por qué no se habría activado. Vegeta ya tendría que haberse dado cuenta… A menos que nunca se le hubiera pasado por la mente la idea de lastimarla y sólo quisiera detenerla. Quizás Vegeta no era tan malo como quería aparentar. Ni siquiera en aquel estado de inconsciencia que había experimentado luego de que presuntamente lo drogara, ni en ese momento pensó en hacerle daño. Tal vez tenía salvación…

Aunque todo lo que pudiera suponer no le daría una respuesta a la pregunta que más interesante se le hacía: ¿por qué se había quedado? A menudo se preguntaba si se debía a que habían tenido sexo y también se preguntaba si él lo recordaría. A diferencia de ella que sólo tenía flashazos mentales de lo que había pasado. Tal vez eso lo tendría incómodo y por eso prefería evitarla, tal vez por su esposa, se preguntó. A pesar de que su apatía le hacía creer lo contrario.

En la mañana lo estaba esperando en la larga mesa blanca de la cantina. Ella estaba sentada comiendo un estofado que había preparado con lo que había encontrado en la nevera, y sorprendentemente no sabía tan mal, lo que no significaba que le había gustado. Sabía que eventualmente el aroma de la comida lo atraería, lo presentía. Y sino, entraría a la sala de carga y lo confrontaría al respecto. Dos adultos funcionales no podían esconderse el uno del otro en esa nave por una pequeña imprudencia.

Para cuando Vegeta llegó, el plato de Bulma estaba a medio terminar. Apareció detrás de la puerta y la miró con desinterés.

—Sabes que si quemas algo inhalaremos el olor hasta que lleguemos a donde sea que vamos, ¿no?

—Tranquilo, no lo quemé. Sírvete, hice bastante para los dos.

Desconfiado pero hambriento, se acercó a la cocina y terminó sirviéndose un plato. Tomó asiento a una distancia prudente y rápidamente se dio cuenta de que ella no le quitaba la vista de encima. Incómodo, la miró de reojo y luego al plato a punto de probar una cucharada. Volvió a mirarla y se encontró otra vez con esos enormes ojos celestes que parecían sonreírle. Vegeta dejó la cuchara hundida dentro del guiso y se volvió a ella.

—¿Qué? —le preguntó un tono molesto.

—Ay, nada. Sólo quería saber si te gustó.

—Con que no me mate estaré conforme.

—Qué bajas expectativas, Vegeta. Aún te necesito, si quisiera matarte lo haría después.

—Qué alivio…

Probó el guiso e hizo un gesto. Bulma no supo si era un esto es aceptable, o un podría ser peor. De todas formas, se dio por satisfecha, había cumplido con su propósito de sacarlo del área de carga al menos por unos cuantos minutos e incluso mirarla a la cara. Se sonrió mientras dejaba descansar su mentón sobre la palma de su mano, apoyada sobre la mesa.

—Hay algo que me gustaría hablar contigo —le dijo ella repentinamente.

Había algo en esa frase que a Vegeta se le antojó escalofriante, como el anuncio de la conversación más incómoda que podría tener en su vida y su primer instinto fue el de salir de allí y volver al área de carga hasta morirse de hambre. Pero él no era un hombre de evitar desafíos y menos aún tratándose de una muchacha delgada y débil como Bulma.

—¿Vas a decirme a dónde nos dirigimos?

—No, es sobre… sobre esa noche.

Vegeta apenas logró tragar, sin embargo, se esforzó por hacerlo y no verse tan incómodo. Trató de recrear su rostro más estoico y se giró apenas hacia ella. Si Bulma no lo hubiera estado mirando con tanta atención entonces no se hubiera dado cuenta del flaqueo que hubo en el intenso golpe entre sus cejas.

—¿Qué con eso?

—Bueno, he notado que has estado la mayor parte del tiempo encerrado, ni siquiera hablas conmigo. Me temo que lo que pasó pueda estarte poniendo incómodo en mi presencia, sabes, si te sientes culpable por tu esposa no tienes por qué, ninguno de los dos estaba del todo presente en el momento. Además… yo no se lo diré, eso tengo por seguro.

—Tal vez no se te ocurrió, pero lo que haya pasado entre tú y yo a mí no me importa en lo más mínimo. Ni por mí, ni por mi esposa. Y quizás esto que voy a decirte sea demasiado para que puedas procesarlo así que te daré un par de horas para que te adaptes, no me caes bien. Prefiero estar solo.

Tomó su plato y se levantó de la mesa. Tenía una sensación extraña atragantada y no estaba seguro de por qué.

—¡Pero dijiste que jugaríamos a las cartas! —le gritó antes de que cerrara la puerta.


.

.

.


Cuando terminó de comer en esa pequeña habitación que lo había visto entrenar durante los últimos días, se puso de pie. La indiscreta pregunta de Bulma sobre su esposa comenzaba a molestar, como un agudo dolor en los oídos. Imposible de pasar por alto.

Por supuesto que no iba a hablar de lo que había pasado, con nadie, nunca. Si lo hacía quién sabe en todos los problemas que podía meterse con su padre, si ser atrapado por la Armada no era suficiente podía él mismo cavar el hoyo de su tumba con esa declaración. ¿Cuántos días de casado llevaba y ya había engañado a su esposa? Era un escándalo del que ciertamente no quería formar parte. Pero, ¿quién podría culparlo después de todo? Sólo tenía una corazonada, no había pruebas, no tenía absolutamente nada con qué regresar a Vegetasei y comprobar que le habían tendido una trampa.

Vegeta sintió sus músculos expandiéndose bajo su ropa, sus venas palpitando entre la piel apretada al dar un golpe inclemente a un enemigo invisible.

¿Realmente había sido ella? Parecía tan fiel al Imperio, a la idea que tenía su padre, a formar una alianza fuerte. Quizás sacarlo del camino haría las cosas más fáciles, ella reinaría en su lugar cuando su padre le cediera el trono en su ausencia. ¿Si quiera lo estaban buscando? Lo que le habían hecho era un acto de guerra. ¡Tenían que tomar represalias!

Su puño derecho viajó de un extremo al otro de la sala, creando una ola intensa con el aire que había empujado, haciendo que unas cajas lejos de él se rompieran lanzando astillas por doquier.

Si ella le había tendido una trampa tenía que encontrar la forma de comprobarlo antes de volver, ¿cómo compartirían el lecho si no podía confiar en que no lo mataría mientras dormía? Claro, dejarle ese trabajo a la Armada era más sencillo. Pero alguien tenía que saber algo, y cuando lo hiciera ella pagaría. Lo había sometido a la peor humillación de su vida y eso jamás se lo podría perdonar.

Una cortina de humo gaseoso empezó nublarle la vista. La luz amarilla del recinto se volvió roja y parpadeaba el ritmo de una alarma. Vegeta alzó la vista y se dio cuenta de que, mientras estaba atrapado en aquella terrible frustración, una pequeña esfera de energía se escapó de sus dedos en pleno entrenamiento y dio contra la compuerta. Sus ojos se abrieron agigantados cuando pudo ver del otro lado el manto negro que en breve comenzaría a despedazar la nave.

Hebras oscuras del cabello de Vegeta comenzaron a moverse en su dirección, así como el plato que rápidamente salió volando para perderse en el espacio. Las cajas restantes se deslizaron sobre el suelo, dirigiéndose hacia aquel agujero que comenzaba a agrandarse a costa de destruir lentamente la compuerta de la nave. Un frío gélido se sintió de pronto sobre la cabina y la puerta detrás de él se abrió repentinamente.

Bulma apareció con un pequeño casco de oxígeno y no tardó abalanzársele encima para ponerle una máscara. El gruñó, sin embargo, se la aseguró detrás del rostro.

—¡Sostén las cajas! ¡Hay munición allí! ¡Si impacta contra la nave estamos perdidos!

Sin dudarlo un instante Vegeta detuvo el camino fatídico de las cajas de armas y municiones, siguiendo las órdenes de la humana.


.

.

.


Cansado y avergonzado, Vegeta se dejó caer en el banco de la cantina. Podría haber dejado caer su rostro contra el metal de la mesa pero se resistió. Se sentía particularmente miserable. Se había dejado cegar por esa idea de desenmascarar a aquella que había desposado no hacía mucho tiempo y se había salvado por poco. Era fuerte, sí. El hombre más fuerte que él mismo conocía, sin embargo, no le escapaba tanto a las leyes de la física y si hubiera sido succionado por ese agujero hacia el espacio exterior, hubiera sufrido una muerte particularmente horrenda.

Aunque la muerte no sonaba tan mal, considerando que ahora tendría que lidiar con la idea de que Bulma le había salvado la vida, no una, sino quizás dos veces. Bueno, sólo una. Era todo lo que podía tolerar.

Ahora ella estaba vestida en un traje espacial, la nave se había detenido y se encontraban suspendidos en el espacio. Si ella no fuera una ingeniera, o lo que sea que ella era, probablemente se hubiera quedado varado en medio del espacio emitiendo una señal de emergencia hasta que alguien acudiera, lo cual sonaba mucho más patético de lo que estaba viviendo ahora. Pero, si lo pensaba bien todo era culpa de ella. Si no la hubiera conocido él jamás se hubiera embarcado en este viaje cuyo destino ni siquiera conocía. A decir verdad, quizás seguiría en su celda siendo torturado por Zarbon, y eso tampoco sonaba mejor a su situación actual.

Se levantó aun sintiéndose patético y se dirigió a la sala de navegación. Miró la pantalla y la alarma roja seguía encendida, parpadeando sobre la parte trasera de la nave que había terminado por ser clausurada ya que estaba succionando el oxígeno y eventualmente los mataría. Así que podía decirle adiós a sus días de entrenamiento, ahora estaba condenado a la presencia de Bulma y esas preguntas que le hacían pensar que no sabía lo que significaba el pudor. Sentía como si se hubiera apuñalado en su propia espalda.

Después de treinta minutos comenzó a impacientarse y terminó oprimiendo el botón del intercomunicador que tenía instalado el traje de Bulma.

—Estás tardando demasiado —le dijo sin miramientos.

—No te preocupes por mí, estoy bien. Entraré en unos minutos —contestó ella en un tono apenas distorsionado por el transmisor.

—No me preocupo por ti, me preocupa la nave. ¿Tan grave es el daño?

—Bueno, no es leve… Pero sé de un planeta al que podemos ir y reparar el daño a fondo, no queda muy lejos. Sí que te luciste, Vegeta. Tienes que controlar ese temperamento, ¿no tienen psicólogos en tu planeta? Estoy segura que te vendrían bien unas clases de control de ira.

—Date prisa.

Se dejó caer nuevamente, esta vez sobre el asiento del copiloto y se quedó allí esperando a que ella volviera a entrar la nave. No tardó más de diez minutos en escuchar cómo entraba a la pequeña sala de abordaje. La compuerta exterior se cerró y cuando Bulma se retiró el traje y estuvo lista entró nuevamente a la nave y, al contrario de lo que él esperaba, ella le sonrió.

—Ya está solucionado, no fue fácil, pero con las refacciones que hice la nave llegará sin problemas a nuestra próxima parada. Lo lamento Vegeta, pero tendremos que clausurar tu gimnasio privado.

Él se quedó callado y frustrado se giró, intencionalmente evitándole la mirada. Bulma estaba agotada, no había sido tan fácil para ella arreglar aquel desastre, pero no creía que la situación fuera a mejorar si lo culpaba, aunque de hecho sí fuera completamente su culpa. Le pareció una oportunidad de… limar asperezas.

—No puedes ignorarme después de que acabo de salvar nuestros traseros. Si vamos a establecer las reglas de esta convivencia esa es una de ellas.

—¿Tengo que hablarte cuando me salves la vida?

—Será la regla número uno. Y la número dos, cuando uno de los dos le salve la vida al otro se merece un trago.

—La regla número tres será evitar que te embriagues y hagas estupideces.

—Esa es una gran regla. Lo creas o no, no me gusta hacer el ridículo, ni drogar a otras personas, ni acostarme con ellos y no recordarlo.

Vegeta chistó y nuevamente le evitó la mirada, lo cuál a Bulma le resultó algo interesante. No estaba segura de qué sentía él, si estaría avergonzado o profundamente arrepentido, o ambos. De cualquier forma le causaba gracia.

—Bien, ¿qué esperas? Vamos.

—¿A dónde?

—¿No te lo dije? Encontré una caja de contrabando de alcohol. ¿Alguna vez probaste el whisky de Marnag?

—Solo el vino.

—Perfecto, será la primera vez de los dos. Ven, tienes prohibido dejarme sola en esta. Recuerda que eres el encargo de evitarme hacer algo de lo que me pueda arrepentir.

Sin darse cuenta, Vegeta se sonrió. No fue exactamente una sonrisa que reflejara algo de alegría, sino más bien suave y cansada. Bulma apenas llegó a notarlo, pero estaba tan agotada que lo único que le pasaba por la mente era abrir una de aquellas botellas que había encontrado.

Se reunieron una vez más en la cantina, Vegeta incluso se había tomado la molestia de sacar dos vasos de la alacena antes de que ella llegara. Pero cuando se sentó a su lado con la botella verde de etiqueta negra entre sus manos, se quedó callada pensando profundamente en algo que llegó a preocupar al saiyajin. Tenía el rostro tan afligido que pensó que quizás había algo más que no le había dicho. ¿La nave se estaría quedando sin oxígeno mientras hablaban? ¿Estarían a punto de morir? Cuando estaba a punto de exigirle que lo escupiera todo, ella lo miró con el rostro preocupado.

—¿Tenemos sacacorchos? —le preguntó Bulma y Vegeta se quedó mudo por un par de segundos.

—No creo haber visto uno.

—Mierda.

Él suspiró, de alguna extraña manera se sentía responsable de que Bulma no pudiera beber un vaso de whisky después de tan estresante faena. Después de todo, era la regla número dos de la convivencia. Se puso de pie y rebuscó entre los pocos utensilios de cocina que tenían a mano. Tomó un cuchillo y comenzó a doblarlo en un espiral mientras Bulma lo miraba ligeramente asombrada.

—Vaya, ¿a esto se refieren las mujeres cuando hablan de tener un hombre en la casa? —se preguntó riéndose animadamente, entretenida por lo que Vegeta hacía, hasta que repentinamente el cuchillo se partió a la mitad.

—Mierda —soltó Vegeta.

Ambos se quedaron callados, mirando el utensilio roto entre las manos de Vegeta. Cada uno pensando en alguna alternativa.

—Tengo una navaja… —dijo Bulma mirando a los oscuros ojos del saiyajin.

Habían pasado ya prácticamente veinte minutos intentando sacar el corcho de la botella con la navaja de Bulma. Y mientras ella le insistía en no poner demasiada presión, ya que rompería la botella y terminarían tragando vidrio, él le pedía efusivamente que guardara silencio y lo dejara abrir esa botella en paz. La dignidad de Vegeta se perdía minuto a minuto. Ya había llegado a un punto en el que no había retorno.

—Déjame intentarlo. Tal vez necesita el suave toque femenino.

—¡No! ¡Y ya deja de insistir!

—Vamos, ya ni siquiera quiero beber.

—Oh, vas a beber un vaso de whisky. No pasaré media hora de mi vida abriendo una botella de porquería que nadie va a beber, y si no lo haces tú yo la terminaré, maldita sea.

—¿Tienes el estómago para una botella entera? No quiero lastimar tu masculinidad, pero ¿has visto la graduación de esa cosa? Entrarías en coma a la mitad y yo no voy a llevar un cadáver en esta nave conmigo. No tengo el desodorante suficiente para cubrir el olor de un muerto durante diez días.

—Qué graciosa, ¿crees que una simple botella de alcohol pueda matarme? No tienes idea de lo que estoy hecho.

—¿Qué acaso los saiyajins no tienen hígado? ¿O el de ustedes está hecho de titanio o algo así?

Estaba a punto de contestarle, pero repentinamente sintió que el corcho se aflojaba y comenzaba a deslizarse a través del ajustado vidrio. Escuchó a Bulma aspirando aire emocionada y sorprendida. Antes de darse cuenta estaba junto a él, alentándolo como si estuviera a punto de ganarse algún premio.

Finalmente, el corcho salió, empuñado en la pequeña navaja como el arma de un guerrero. La sonrisa que apenas esbozaba minutos atrás se extendió, ahora se veía más confiado, incluso más divertido. Le sirvió una copa a Bulma y, por qué no, se sirvió una a él también. Se la merecía, y aunque detestaba admitirlo, la necesitaba un poco.

—Sabía que lo lograrías.

—Sí, fuiste muy alentadora… —bebió de su vaso—. Jamás había conocido una mujer tan irritante.

—Sabía que lo lograrías, sólo no sabía cuándo lo harías.

—Y tú eres una sabelotodo, ¿no? Hackeas el sistema de una prisión, arreglas una nave con tus propias manos…

—Pero tú sacaste el corcho, Vegeta. No pierdas de vista lo importante —se rio—. Sí, de hecho, soy una sabelotodo, soy una científica. Al menos lo era… en la Tierra.

—La Armada conquistó tu planeta, ¿no?

Ella asintió.

—Fue hace cinco años.

—Y a ti te hicieron su esclava. ¿Qué hicieron contigo?

—Yo no soy una esclava —contestó en un tono diferente.

—Bueno, eso que tienes en la nuca no dice lo mismo. ¿Crees que no lo note? En mi planeta también comerciamos con esclavos.

—No me lo recuerdes, ustedes los saiyajins son exactamente lo mismo que la Armada, unos imbéciles con un poco más de masa muscular que el resto y que se creen con derecho de tomar lo que les venga en gana. Lo que hicieron con la Tierra… Los saiyajins lo han hecho con otros planetas. No sé por qué se llevan tan mal, deberían ser socios.

—Oye, ¿crees que tu especie es mejor que la mía? Todas las especies hacen lo mismo con las demás, las dominan, las asesinan, las esclavizan o las utilizan. ¿Acaso no se comían otras especies en tu planeta? Es exactamente lo mismo, sólo que la escala es diferente. La especie más fuerte aplasta a la más pequeña y ese el orden de las cosas. No es mi culpa que los humanos no hayan salido favorecidos por la genética.

—Al menos las especies que comercializábamos no tenían la consciencia tan desarrollada como la de los humanos.

—¿Y los humanos no se mataban entre ellos de vez en cuando? ¿Jamás hubo una guerra, una revolución violenta, una masacre, un genocidio? ¿Realmente vas a sentarte aquí a intentar hacerme creer que los humanos no se mataban entre ellos como animales? ¿Sólo porque nosotros los saiyajins lo hacemos como un oficio?... No, mujer, no soy estúpido. Tu especie no es tan diferente de las demás.

—¡Está bien! Está bien, tú ganas. Pero ya se me ocurrirá algo inteligente qué contestarte… Estoy demasiado cansada para sostener una conversación así, necesito un tema más ligero, más divertido. ¿Por qué todas las conversaciones contigo terminan siendo tan lúgubres? Dios, Vegeta… Sé que es tu trabajo pero no tiene que gustarte tanto. Sólo… relájate.

En ese momento él mismo se sintió incómodo por lo que le había dicho, la idea de que él era incapaz de relajarse no le agradaba. Y después de todo lo que había vivido en las últimas semanas, y lo que vendría más adelante, quizás este sería el único momento en el que pudiera bajar su guardia, aunque sea un poco.

Ambos bebieron de sus copas y mientras Bulma hizo un gesto extraño al sentir el alcohol cálido recorriéndole el cuello hasta caer como una bomba sobre su regazo, él mantuvo su expresión férrea, como si hubiera bebido un vaso con agua. Lo cierto era que Vegeta no tenía el hábito de beber. Sí lo había hecho en contadas ocasiones especiales, pero le desagradaba bastante la sensación de perder el control. Tanto que siempre que una situación social especial se lo requería, se limitaba a beber no más de medio vaso. Bulma en cambio solía beberse una lata de cerveza cada vez que terminaba de trabajar y tenía la capacidad de encontrar algo especial en cualquier ocasión para beberse un trago.

Sin mucha conversación de por medio y sin que el silencio se volviera incómodo entre ambos, Bulma terminó su vaso y se sirvió otro. Miró el vaso medio vacío de Vegeta y extendió la botella hacia él hasta volver a llenarlo. Él no protestó, no hubo en su rostro ninguna señal de que se detuviera, nada que le hiciera pensar que lo estaba tomando como otro intento de entorpecerlo con estupefacientes. Después de todo había dicho que necesitaba más que una botella para derribarlo, y ella suponía que la graduación de 97% por volumen no le haría nada. Después de todo era un saiyajin.

Vegeta no había sentido nada más que el alcohol quemando su torrente como una bocanada del mismo infierno, sin embargo, algo como eso no le haría expresar ningún malestar. Él era más hombre que eso. Desde su asiento, medio recostado contra la pared, observó a Bulma beber hasta ver el fondo vacío de su vaso y cuando volvió a llenar el suyo se quedó quieto observando el gesto. No fue hasta que se movió a tomarlo entre sus manos otra vez que sintió su cuerpo tambalearse en un remolino y se quedó inmóvil, con el vaso entre los dedos. Miró de reojo a la muchacha tratando de deducir si se había dado cuenta o no. No podía ser tan frágil, quizás ese repentino mareo se debía a la succión del oxígeno en el área de carga hacía unos momentos atrás. Aunque eso no sonaba posible, no después de al menos una hora.

—Entonces, ¿cuál es tu color favorito?

Vegeta la miró extrañado, ¿qué clase de pregunta era esa? Pero cuando estaba a punto de contestar sintió su lengua particularmente pesada. Por alguna razón no tenía el peso normal, como si en algún momento realmente hubiera notado el propio peso de su lengua.

—Lo sé, es una pregunta rara pero sólo estoy haciendo conversación. No sé de qué hablar con un mercenario espacial…

—El azul —respondió sin miramientos para sorpresa de Bulma.

Y mientras ella creía que él comenzaba a colaborar, Vegeta en realidad buscó la respuesta más rápida y concisa, esperando que ella no se diera cuenta que se sentía extraño.

—Es un lindo color, a mí me gusta el rojo. ¿Qué hay de tu comida favorita? En el planeta Tierra mi madre solía hacer unos muffins de canela con chips de chocolates…

Él se rio repentinamente y su primer instinto fue ofenderse.

—¿Disculpa? ¿Qué tienen de graciosos los muffins de mi madre?

—Planeta Tierra —dijo aun riéndose suavemente—. ¿Quién fue el imbécil que salió con ese nombre? "Planeta Tierra", le hubieran llamado Planeta Mugre y hubiera tenido el mismo efecto.

Bulma frunció el ceño y evitó su mirada, bebió de su segundo vaso que ya iba por la mitad y en parpadeo su mundo comenzó a distorsionarse.

—Ja, ja, ja —se burló—. ¿Y cómo se llama tu planeta? Supongo que tendrá un nombre mejor, ¿no?

En ese instante él se arrepintió de su burla, casi de forma instantánea. Se rascó la nuca, ligeramente incómodo.

—Tiene un nombre… imponente, un nombre histórico que…

—Déjame adivinar, ¿se llama Vegeta?

Él se quedó inmóvil, apenas girando sus ojos obscuros hacia el rostro ligeramente sonrojado de Bulma. Tenía una ceja alzada en un gesto altanero y, a pesar de sus miedos, se dio cuenta que ella se estaba burlando de él y se relajó. Cuando volvió su mirada hacia la mesa notó que su vaso estaba vacío y recordó que él tenía una tarea muy importante. En su afán de ocultar sus orígenes lo había olvidado, entonces tomó el vaso junto con el suyo y se levantó tratando de caminar en línea recta hasta el lavabo.

—Es tarde y ya has bebido demasiado.

—¡No, no! Espera —rogó ella apenas levantándose de su asiento.

Vegeta miró la pequeña mano pálida de Bulma sobre la de él y una sensación diferente lo envolvió. Se quedó quieto y la vio a los ojos. Tenía los ojos más grandes que nunca y su expresión le transmitió una demanda, una súplica a la que por alguna razón no se pudo resistir. Sin decir nada volvió a sentarse como si estuviera envuelto en una especie de hechizo muy efectivo.

—Juguemos algo, por favor —siguió con una sonrisa.

—¿Un juego? ¿Qué clase de juego?

—No sé dónde dejé las cartas, pero tenemos que jugar a algo. Después de todo has pasado días evitándome y no tienes idea de cómo me he aburrido.

—Bien, ya deja de quejarte. Juguemos tu maldito juego…

—¿Qué tal verdad o reto? Dudo que lo hayas jugado antes así que me tomaré la libertad de explicarte de qué se trata. Tienes dos opciones, verdad o reto, tienes que elegir una. Si elijes verdad entonces te haré una pregunta a la estás obligado a ser sincero, si dices reto tendrás que cumplir con cualquier reto que se le ocurra a la otra persona. ¿Entendido?

—¿Y dónde está la diversión en decir la verdad?

—En la pregunta que hagas. Yo empiezo, elijo verdad. Ahora hazme una pregunta.

Vegeta se reclinó un poco y la miró. Su vista se sentía aletargada y se quedó absorto en una idea que rondaba su mente hacía tiempo y le hacía gracia de sólo pensarlo. En confrontarla con aquello que quizás en otro momento no hubiera tenido la oportunidad de preguntar, o quizás el interés. Pero, ya que ella misma se había puesto en esa posición más bien podría aprovechar y saciar su curiosidad.

—¿Qué clase de relación sostuviste con el otro saiyajin que siempre mencionas?

El rostro de Bulma se tiñó de rosa y Vegeta pudo percibir que no se trataba tan solo del alcohol… Sus mejillas se inflaron y le miró de una forma tan expresiva que él se sonrió, a esa altura ni siquiera tenía que contestarle… su rostro lo decía todo.

—¿¡El saiyajin que siempre menciono!? ¿Cuántas veces lo nombre? ¿Y cómo sabes que se trata sólo de uno?

—Oh… ¿hay más de uno? —se rio él.

—¡¿Qué estás insinuando?!

—Estás jugando mal tu propio juego, mujer. No has contestado aún mi pregunta y tú dijiste que tenías que ser sincera.

Ella desvió la mirada y frunció las cejas. Luego de unos segundos su gesto se relajó y deseó tener otro vaso de whisky entre sus manos, pero recordó que Vegeta se los había arrebatado.

—Bueno… No sólo conozco a un saiyajin. Conozco un par, pero hay uno que no meceré ser mencionado. En realidad, ninguno de los dos lo merece, pero… Bueno, son las reglas del juego. Sostuve una… amistad con uno. Nada más.

—¡Estás mintiendo!

—¡Maldita sea, Vegeta! ¡Ya déjame en paz!

Él se volvió a reír, y aunque no fuera capaz de admitirlo estaba profundamente intrigado por ese amigo saiyajin que ella tenía. Totalmente convencido de que había algo más allí, debía haber algún motivo para que ella lo despreciara de esa forma después de haberle dicho que habían sido amigos.

—Mi turno —dijo Bulma con una expresión afilada—. ¿Verdad o reto?

—Reto —contestó él con una sonrisa confiada, cruzado de brazos inclinándose contra la pared.

—Te reto a beber tres vasos más de whisky.

La expresión de él se quebró al escuchar las palabras de Bulma, como si la ponzoña de su lengua viperina le estuviera envenenando. Miró atento como ella tomaba uno de los vasos que él había retirado y lo llenaba con el contenido de la botella verde. Vegeta miró los vasos que había servido y cómo se levantaba a buscar un tercero mientras él contemplaba allí su destino.

Quizás no había sido de lo más inteligente de su parte mofarse de cuánto alcohol podía resistir, cuando realmente nunca lo había puesto a prueba. La garganta le ardió en un reflejo involuntario de sólo ver el líquido colmando los vasos y se armó de valor.

Para cuando Bulma sirvió el tercer vaso y se quedó a la mitad, ella estuvo a punto de irse la camarote a buscar otra botella, pero se resistió al ver la expresión desencajada del saiyajin. Se sonrió y lo miró triunfante.

—Tienes suerte, sólo serán dos vasos y medio.

Él tomó el primer vaso y lo bebió de golpe, pero Bulma se levantó y lo detuvo posando sus manos sobre las de él. El líquido terminó escurriéndose por la comisura de sus labios y él la miró inquieto.

—Espera, yo sé que puedes, pero si bebes tan rápido no podrás llegar a la cama y no creo que pueda cargarte. Bébelos tranquilo, y mientras lo haces seguiremos jugando.

Bulma volvió a sentarse, aunque aún se sentía inclinada a limpiarle el rostro, pero él se le adelantó y se limpió con la mano.

—¿Verdad o reto? —murmuró Vegeta.

—Uhm… verdad.

—¿Realmente no recuerdas nada?

Las palabras salieron de la boca de Vegeta sin que se diera cuenta. Acababa de beber otro gran sorbo de aquel alcohol de Margan y comenzaba a sentirse escaso de poder. Cuando esas últimas letras se deslizaron por su lengua y cayó en cuenta de lo que estaba cuestionando se quedó helado. ¿Por qué querría él saber eso?

En un principio ella no había entendido a qué se refería, sus sentidos apenas atrofiados le impidieron caer en cuenta de a qué se refería realmente, pero el efecto no duró mucho. Para cuando captó el mensaje se quedó boquiabierta en dirección a Vegeta y algunos recuerdos intrusos se le vinieron a la mente.

—Bueno… Uhm… Vaya, es un poco difícil de contestar…

—¿Perdiste? Entonces… —soltó Vegeta con premura terminando el segundo vaso.

—No, no. Puedo responderla —balbuceó ella—. Es sólo que no sé si decir que lo recuerdo o no, sólo tengo fragmentos. Algunos momentos específicos… Sin embargo, no recuerdo ni cómo empezó, ni cómo… acabó.

Vegeta desvió la mirada e ignorando las palabras de Bulma se bebió aquel último vaso que lo esperaba sobre la mesa. La mujer se removió sobre su asiento y repentinamente él se puso de pie. Vegeta recogió los vasos y lanzó la botella al cesto de basura.

—Sufrientes juegos por hoy.

—¿Eso quiere decir que mañana habrán más? —se sonrió pero él la ignoró completamente.

Su tono imperativo le había dado gracia y mientras se burlaba se giró a verlo. Por algún motivo se había quedado hipnotizada por tamaño de su espalda y observó con la mirada perdida el trazo de cada uno de sus músculos. Uno más definido que el siguiente. Él flexionó los brazos para tomar de la alacena una toalla de papel para limpiarse las manos y se quedó sin aire cuando las venas de sus antebrazos se hincharon bajo su piel bronceada. Bajó la vista por su columna vertebral hasta los hoyuelos sobre su trasero. No tenía cola… Cuando él se volteó ella retiró su mirada libidinosa de él y asintió. Tenía que irse a dormir lo antes posible.

Caminaron juntos hasta la el camarote que habían estado ocupando desde que comenzaron su viaje. Bulma le dio la espalda y comenzó a desvestirse sin decirle nada, tenía una playera vieja guardada que usaba para dormir. Vegeta se retiró la camiseta y escuchó la ropa de Bulma caer al suelo, aún tenía un rubor en las mejillas que ella no había notado y sabía que al acostarse sentiría que la nave estaba dando vueltas de arriba abajo. Se quedó parado con su camiseta entre las manos y giró su rostro apenas unos centímetros. Bulma tenía puestas unas pequeñas bragas rojas, y el color se veía vibrante sobre su piel tan blanca como la leche. Su pequeño trasero no era escuálido como él le había dicho, era pequeño como sus caderas, pero se veía firme y redondo. Cuando se colocó la camiseta sus nalgas quedaron cubiertas con la tela gris, tomó un cepillo de su cartera y salió al baño. Vegeta soltó un suspiro cuando se fue, debía ser el alcohol lo que la hacía ver tan atractiva en ese momento.

Ella volvió poco tiempo después, él ya estaba acostado en su litera a unos metros de ella. Con los ojos cerrados la escuchó meterse bajo las sábanas y casi esperaba que interrumpiera aquel cómodo silencio con alguna incoherencia.

—Vegeta…

—Mhm… —murmuró él.

—¿Por qué no tienes cola? Pensé que los saiyajin tenían, ¿o sólo la tienen algunos?

Un recuerdo amargo se le vino a la mente le dolió allí, donde terminaba su columna. El rostro repugnante de aquel soldado de complexión robusta, regordete, con el rostro repleto de yagas y porosidades apareció entre la oscuridad de sus recuerdos. Toda la secuencia se repitió en su mente, en aquel pequeño espacio mientras Bulma aguardaba una respuesta.

—No es tu problema, mujer. Sólo duérmete.

Bulma, a pesar del alcohol en sangre, pudo percibir el resentimiento que yacía escondido en su tono y se preguntó si se la habrían quitado cuando ingresó en la prisión. Con ese overol podría haber tenido una herida oculta y no se hubiera dado cuenta. El pecho le dolió por la idea de él siendo mutilado por los soldados de la Armada y se quedó callada, ligeramente contrariada por la dualidad de esa idea. ¿Cuántos habría mutilado él antes de recibir una tan esperada retribución? Las víctimas de Vegeta probablemente no sentirían por él la lástima que ahora Bulma comenzaba a sentir.


N/A: Mil gracias a todos los que siguen leyendo esta historia y todas las demás. Ultimamente ando a mil con cuestiones laborales y de verdad me estoy durmiendo encima de la pc mientras escribo esto. Pero no quería dejar el capítulo a secas sin agradecer como es mi costumbre a la gente que se toma unos segundos extra para dejarme un lindo comentario, ¡mil gracias! ¡Gracias a DesertRose, marianaolse, un Guest que le gusta este vegeta más casual jajaja, AkandeDMS (tiempo sin verte por acá!), Veros!, Bella Kuran, La otra Juanis, soandrea, Juanita Perez, Jime Maty Olguin, Apolonia, ziari27, karenina2186, dos guest que no me ponen nombre (porfa inventense un nombrecito, me gusta identificarlos), Flopo89 (otra que regresa!), belen.b189 y Mari. Creo que después de este capítulo que es hasta el momento el más ligero de todos, se vienen cosas intensas. Habrá un capítulo más adelante que también tendrá un tono relativamente tranquilo que estoy segura de que releerán varias veces (sí yo sé cuales son los capítulos que ustedes releen por las noches), y luego les viene la noche a los dos. Porque no importa si quiero hacer algo divertido, siempre termino haciendo MI DRAMA.

Nos leemos en el próximo!