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Planeta Vegetasei
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La cámara repleta, cada miembro ocupa orgullosamente su banca, acomodándose uno a uno para iniciar en pocos minutos la sesión extraordinaria. El Rey, cruzado de brazos, observa de reojo a todos los presentes, su apariencia estoica sin embargo no desinteresada. Varios soldados llegan, entrando por las gigantes puertas del Parlamento que aguardan abiertas de par en par.
Vegeta se para impaciente, mira de un lado al otro fastidiado por la demora. Con sólo ver la posición del sol lo sabe, sabe que están tardando demasiado. Veinte ancianos, una princesa y un príncipe, un escuadrón de elite y podrían cerrar la puerta para darle inicio a la sesión.
Contó las bancas y los nombró mentalmente hasta que todos los miembros del Parlamento estuvieron allí. Tarble y Kore habían sido los primeros en llegar y ella parecía tan impaciente como él mismo.
Bardock llegó al final y Nappa cerró las puertas. Se preguntó qué lo habría demorado cuando siempre se había demostrado un soldado ejemplar. El crujido de la madera hizo eco sobre las altas paredes de concreto al cerrarse. Vegeta se aclaró la garganta. Su aspecto había cambiado muy poco desde que su primogénito había desaparecido, nadie podría deducir con tan sólo mirarlo a los ojos las tribulaciones por las que había pasado.
—Estando todos presentes daremos inicio a esta sesión extraordinaria —dijo él en voz alta.
El espeso silencio se sintió en la sala, la voz del Rey rebotando sobre las paredes. Él caminó entonces hacia el centro de la larga mesa en semi círculo que protagonizaba la sala. Se sentó sobre un asiento amplio y asintió en dirección a un soldado. Él permanecía parado del otro lado de la habitación, había sido el último en llegar. Caminó rápidamente al centro, sitio desde el cual todos los miembros del Parlamento podían posar sus ojos en él. Se agachó frente a su Rey, hincándose sobre su rodilla y alzó el mentón.
—Su majestad, honorables miembros del Parlamento —comenzó—. Como fue solicitado, dirigí a mi tropa a las coordenadas recibidas. Desgraciadamente… el planeta enano anteriormente conocido como Hochzeit 2 ya no existe.
A su derecha y a su izquierda el Rey escuchó murmullos. Su rostro rígido se frunció apenas al escuchar esa contradicción. Ambos principes parecían no dar crédito a sus oídos.
—¿Han encontrado alguna otra información que nos ayude a determinar el paradero del príncipe Vegeta? —preguntó uno de los ancianos uniformados a su derecha. La última adición al Parlamento. Mesis.
Bardock hundió el rostro, avergonzado.
—No, discúlpenos excelencia —soltó a regañadientes.
—Tenemos que enviar tropas a los planetas más cercanos —irrumpió la joven Kore.
Desde su asiento, Vegeta la miró atravesando el recinto a pasos agigantados. Caminó hasta quedar parada frente al soldado y habló con prepotencia en la voz. Le había visto aquel rostro congestionado desde el día de la boda y le llenó de orgullo. Se sonrió en su dirección, una sonrisa que se disimulaba fácilmente debajo de su bigote oscuro.
—Princesa Kore, los planetas más cercanos pertenecen a la armada. Sería un acto de guerra enviar tropas —contestó calmadamente Helia, la última mujer al lado derecho de la mesa. No le sorprendió el fuego en la mirada de la joven saiyajin.
—¡Si tienen a Vegeta ya estamos en guerra! —replicó ofuscada.
—Pero eso no lo sabemos, Kore —contestó el Rey alzando la voz. Le miró sin gesticular y se puso de pie—. Sin embargo, no podemos darnos el lujo de seguir desperdiciando tiempo. Vamos a enviar soldados, no equipos. Un soldado por planeta, cuyo poder esté en la medida de los habitantes para no llamar su atención… No queremos causar una guerra innecesaria. La moral está por los suelos desde que el príncipe desapareció y aún no tenemos un heredero. Tenemos que recuperar a Vegeta, donde sea que esté. Se infiltrarán en el planeta y reportarán cualquier novedad. Cuando tengamos algo concreto enviaremos por un equipo a recuperarlo.
La sesión extraordinaria trascurrió durante un par de horas más. Cuando el pequeño esclavo acabó de redactar las actas se dio por terminada y el Rey salió rápidamente de allí sin despedirse de nadie. El último mes había sido así, irritable y más violento que de costumbre. Detrás de él Tarble y Kore, uno junto al otro y, al salir por el marco de la puerta, Reiss los esperaba apoyada sobre uno de los pilares del Parlamento.
—Mantenme informada Tarble, si tu padre sale del planeta tendremos que dividirnos las obligaciones —le pidió al joven
Tarble le sonrió, e hizo un gesto dirigido a Reiss quien se acercaba mientras masticaba un trozo de carne seca.
—Su alteza —le dijo Reiss a Kore y vio a Tarble partir rápidamente—. ¿Qué novedades tenemos?
—Ninguna. Tendremos suerte si se lo tragó un agujero negro y está en otra punta de la galaxia.
Kore bajó por los incontables peldaños frente al Parlamento con Reiss detrás de ella. Su traje rojo se escondía bajo su armadura tradicional y sobre ambas, la luz anaranjada del astro que rodeaba el planeta, escondiéndose por el horizonte.
—Vegeta es fuerte, no creo que lo hayan asesinado. Además, matarlo es un acto de guerra. ¿Por qué no pensamos este asunto de forma positiva? Quizás le vastó un día casado contigo para darse cuenta de que eres un dolor en las pelotas y simplemente se fugó.
—No estoy para tus bromas. Esto es serio, si Vegeta no regresa…
Su rostro reflejaba un sentimiento muy profundo, un temor inmenso. Reiss le observó y frunció el gesto, se adelantó para enfrentarla y la tomó por los hombros.
—No, nada va a pasarte a ti. Si Vegeta no regresa aún así serás la Reina de Vegetasei, trabajaste muy duro para conseguirlo, es tu derecho.
—Pero no hay heredero, ¿qué tal si el Rey tiene otro hijo?
—¿Otro Tarble? El Rey comenzará a envejecer dentro de poco, ¿cuántos años tiene? Además, tu padre es parte del Parlamento, él y sus amigos se opondrán a un nuevo heredero. El Rey envejecerá y no podrá entrenarlo como es debido, no quedará nadie más que tú. Eres la esposa del Príncipe, la legítima esposa. Nada puede contra eso. Tranquila, Vegeta volverá y te dará un hijo, ten un poco de paciencia.
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Espacio Exterior
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Por alguna razón estaba asustada… Tenía miedo, miedo de empezar todo… una vez más, otra vez. Encerrada en un ciclo que seguía repitiéndose y ella era el bufón en un escenario de confines inimaginables.
Bulma abrió los ojos y lo único que pudo ver fue la pared metálica frente a ella. Ni un segundo toleró esa imagen y todo lo anterior se le vino a la cabeza como un torbellino y se levantó de un salto. Aterrada observó sus alrededores, esperando estar encerrada en alguna caja, atada a algún objeto, atrapada y sin salida… Sin embargo, aquel temor se vio disuelto cuando se dio cuenta de que estaba nuevamente en la nave de la Armada, la nave que ella misma se había robado.
Pero algo no estaba bien, lo último que recordaba era que Bojack le había puesto una cadena al cuello y la arrastraba por el desierto mientras se reía. Y, a juzgar por ese sonido presurizado que rodeaba la nave, estaba en movimiento… estaba viajando a algún sitio…
El temor volvió a apoderarse de ella, tal vez sí la había atrapado después de todo, y además le habían robado su nave.
Se levantó y caminó hasta la puerta, la abrió lentamente y espió con cuidado, observando el corredor de lado a lado sin encontrar nada. Ni el sonido de pasos ajenos, ni el de puertas abriéndose, ni una risa, ni una conversación.
Bulma recorrió la cantina cuidadosamente y notó que alguien había abierto varias latas y las había dejado esparcidas sobre la mesa. La nave se sentía completamente desolada, vacía. Y caminó inquieta hasta la sala de navegación para empujar la puerta y mirar con desconfianza en su interior.
—Por fin despertaste.
La voz se oía diferente, como si hubiera estado esperando ese reencuentro por mucho tiempo. Le daba la sensación de que había planeado esas palabras con bastante anticipación. Él estaba esperando hacía bastante tiempo allí sentado.
—Vegeta… —murmuró Bulma—. ¿Qué sucedió? ¿A dónde nos dirigimos?
—Siéntate —le ordenó calmadamente—. Tenemos que hablar.
Bulma se sintió incómoda, como si no estuviera conversando con el Vegeta que había conocido desde que escaparon. Aquella voz fría y calculadora se sentía, en apariencia, como el verdadero Vegeta, ese que aún le faltaba conocer.
Midió sus pasos, olvidando por un momento que él aún tenía un aparato de control incrustado en su sistema nervioso que le impediría hacerle daño. Por algún motivo se sentía ligeramente amenazada. Había en él una sensación ominosa, un aura oscura.
Cuando se sentó en el lugar del copiloto, lo miró. Él no le había dirigido la mirada y sus ojos siniestros estaban clavados en la espesura nocturna del espacio exterior. Tenía los brazos cruzados y el rostro serio.
—¿De qué quieres hablar?... ¿vas a decirme a dónde-
—¿Quién era ese sujeto?
Los ojos de Bulma, que de naturaleza eran grandes y redondos, se abrieron más. Escuchar a Vegeta preguntarle por Bojack decía mucho sin decirlo. Aquello que recordaba era real, había pasado. Ella había sido capturada.
—Entonces eso de verdad sucedió… —soltó afligida—. ¿Dónde está él?
—Muerto. Tuve que deshacerme de él.
—¡¿Muerto?! ¿T-tu mataste a Bojack?
La expresión poco impresionada de Vegeta provocó escalofríos en toda su espina dorsal. El saiyajin la observaba con atención, aguardando por una respuesta a la primera pregunta que había hecho. Pero Bulma estaba demasiado impactada por lo que había escuchado como para darse cuenta de ello.
Bojack era uno de los sujetos más poderosos que había conocido en toda su vida en cautiverio. Generalmente lo enviaban tras ella cuando las cosas se salían mucho de control. Y si bien sabía que Vegeta debía ser un enemigo poderoso, jamás se hubiera podido imaginar que sería más fuerte que él. De hecho, no se veía herido, no había nada en su apariencia que le pareciera fuera de lo normal, nada excepto su expresión.
—Así que eres así de fuerte… —murmuró.
—¿Por qué te estaba buscando? —preguntó Vegeta, mirándola a los ojos y la vio removerse sobre su asiento.
No pudo sostenerle la mirada y volteó al centro de mando. Bulma había estado evitando contarle muchas cosas por miedo a ser regresada a él.
—Es una larga historia…
—Tuviste tiempo para contarla y no lo hiciste. Ahora quiero un resumen.
Ella sabía que habían llegado al final del camino. Aquel tono inflexible no debaja lugar a nada más que la respuesta que él esperaba. Bulma tomó aire y trató de juntar sus pensamientos.
—Su nombre es… era —se corrigió—. Su nombre era Bojack… Uno de los mercenarios de… del hombre que me compró en una subasta hace cinco años. Es un coleccionista, colecciona seres de toda la galaxia de acuerdo a sus habilidades. Los mantiene encerrados, exhibidos… disecados… Nos pone un número y… En fin. Yo ya me he escapado varias veces de él y siempre envía a alguien a buscarme, rara vez viene él mismo. Cuando la Armada me atrapó el dejó que se quedaran conmigo, pero sabía que en algún momento iría a verme, a escucharme rogarle que me sacara de ahí. Imagino que ya habrá ido a Belona y no encontró lo que esperaba… entonces envió a sus hombres a buscarme.
—Entonces querías protección, querías que peleara por ti cuando aparecieran buscándote.
—He escapado de situaciones que ni siquiera te imaginas, Vegeta. En cinco años en el espacio si hay algo que he aprendido bien es a escapar, de tiranos, de mercenarios, de depredadores. Pero no soy tan fuerte como ellos… Y nunca estuve tan cerca de…
—Ahora vas a decirme a dónde vamos…
Ella se extrañó y miró los controles, dándose cuenta que Vegeta había continuado el rumbo que ella había programado.
—Creí que me llevarías a… no lo sé, a cualquier otro sitio después de lo que sucedió.
—Aún tengo que pensar en algunas cosas y admito que tenía cierta curiosidad, ¿qué podría estar buscando una pequeña humana mientras es perseguida por esos sujetos? Tenía que tener una respuesta interesante. En todo caso, si la respuesta no me gusta siempre podría cambiar el rumbo de la nave… De momento no tengo mucha prisa…
—Está bien, esta nave tiene una cápsula de emergencia y si no te convence mi plan puedes ir a donde tú quieras. Llegar hasta aquí ya es más lejos de lo que jamás había llegado… —Tomó aire y lo dejó salir pesadamente—. Vamos a ir a la estación espacial AEX, de la Armada.
—¡¿Q-qué?!
Vegeta repentinamente perdió por completo esa fachada imperturbable de compostura que tenía puesta desde que Bulma había despertado. Se aferró de su asiento y la miró expectante, sin poder creer la sonrisa tímida que tenía.
—Así es, Vegeta. AEX tiene la base de datos más grande de toda la Armada, y tiene algo de información que necesito. He estado planeando esto desde hace muchos años, y he monitoreado sus coordenadas durante los últimos once meses. Pude robarme hace tiempo unos planos de las instalaciones y sé exactamente cuál es el camino que debo seguir. Por eso hemos conservado la nave… Por eso necesitaba las credenciales que le compré a Ban. Mi plan es hacernos pasar por soldados de la Armada, robar la información que necesito y salir de ahí. Pero entenderé si no quieres acompañarme, puedes irte Vegeta. Ya has hecho mucho por mí al deshacerte de Bojack, de lo contrario no estaría tan cerca… Admito que es difícil para mí. Siento que estoy temblando por dentro… En esa estación fue que me hicieron una esclava…
Él guardó silencio mientras la escuchaba y se preguntaba si sería cierto, qué tan honesta estaría siendo ella con él en ese momento. La idea de que estuviera tejiendo una red de mentiras era una posibilidad de la que la creía capaz. Bulma no era un ser humano ordinario, y todas sus peculiaridades tal vez podían bastar para ser perseguida por el espacio. Tal vez, o tal vez le estaría mintiendo… Manipulándolo para que decidiera ayudarlo.
Vegeta se levantó de su asiento y salió en silencio de la sala de navegación. Bulma le miró de reojo sin decirle nada, aunque tenía ganas de suplicarle que se quedara. Tal vez le hubiera ayudado ser sincera desde un principio, pero era realmente difícil para ella hablar de lo que podría encontrar allí, una vez adentro. Y no tuvo el valor de decir en voz alta lo que estaba buscando porque tenía miedo. Bulma estaba temblando del miedo.
El saiyajin volvió a la cantina y se quedó parado en medio de la sala vacía. Se sentía contrariado. Realmente no confiaba en nadie, mucho menos después del evento que lo había llevado a caer en manos de la Armada. Por supuesto que no podría confiar en la mujer que le había drogado y arrastrado por el espacio sin decirle su propósito, que dicho sea de paso tenía a alguien pisándole los talones. Pero al mismo tiempo sabía que era útil. Bulma le había liberado de la prisión y había desactivado el mecanismo de control que tenía adherido a su cuerpo. De no ser por ella Zarbon probablemente lo habría matado después de haberse cansado de torturarlo.
Pero no sentía que le debiera algo, después de todo ya le había salvado la vida dos veces. Una, de ser sometida por aquel contrabandista en Pandora y luego de Bojack. El incidente en la sala de carga se podía discutir… Si Bulma no lo hubiera reparado entonces ambos hubieran muerto.
En síntesis, estaban a mano. Él no tenía ningún motivo para permanecer allí, ni en volver a ayudarla. Él tenía un sitio al que regresar, un lugar en el que seguramente lo estarían esperando… o le habrían dado por muerto.
Una idea arriesgada le surcó por la mente, algo que podría terminar en tal desastre que podría arrepentirse durante toda su vida. El riesgo era muy alto, pero algo le decía que no podía volver a Vegetasei sin tener alguna certeza. Si tenía que obligar a Bulma a obedecerlo, lo haría, pero él debía disponer de ella para cumplir su cometido a como dé lugar. Él no regresaría a Vegetasei con las manos vacías.
Caminó hasta el vestuario y abrió un casillero, observó aquel traje negro con una gran A en el pecho y con desprecio se la vistió, tomó un par de guantes, una armadura gris y salió de allí.
En la sala de mando Bulma seguía con la mirada perdida en medio del espacio esperando una respuesta que se sentía pequeña en comparación con aquella misión que había tenido en mente mucho antes de conocerle. Si Vegeta decidía abandonarla en ese momento, ella estaría bien.
Para su sorpresa, cuando lo escuchó regresar y se volteó lo encontró vistiendo el traje de la armada, acomodándose los guantes y con un casco bajo el brazo. Su rostro se iluminó, como si le acabaran de dar un presente. Se sonrió ampliamente y algo de alivio la invadió, todavía podía decir que tenía un compañero de viaje.
—No te emociones tanto —le dijo mientras se sentaba nuevamente—. Este favor no te saldrá barato.
—¿Cuál es el precio de tu compañía? —le preguntó tratando de contener su sonrisa.
—Hay algo que tendrás que hacer, lo primero que harás cuando lleguemos a esa estación espacial.
El semblante de Bulma cambió repentinamente, le miró seria y esperó a que continuara aunque una sensación incómoda la invadió.
—Una… —inició dudando de lo que pensaba decir—, un saiyajin ha estado estableciendo comunicación con la Armada.
—¿Tienen un espía?
—Es posible… Quiero que extraigas toda la información que puedas, de cualquier comunicación que se haya establecido entre el ejército saiyajin y la Armada. ¿Puedes hacer eso?
Una sonrisa petulante se pintó sobre los labios rosa de Bulma. Lo miró confiada.
—Pan comido, sólo dame las coordenadas de tu planeta y será lo primero que hagamos ahí adentro.
—Debo advertirte una cosa —Bulma lo miró con atención—. Si algo sale mal ahí adentro no permitiré que vuelvan a atraparme, así eso signifique volar toda la estación espacial al mismo infierno. Nadie volverá a ponerme las manos encima, un solo agujero y me llevaré a todos conmigo, incluyéndote.
—No podría esperar menos de ti, 638 —se rio, recordándole el número que le habían asignado en la prisión Belona.
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Las horas se le pasaban más lentas que nunca, a cuentagotas. Se había quitado la chaqueta que le había dado Vegeta, no sin antes volver a llenarse de aquel aroma masculino que tenía impregnado. Se había dado una última muy necesaria ducha, para removerse toda la tierra que le había quedado encima luego de que Bojack la arrastrara por el desierto, y se había vestido uno de los trajes oscuros de la armada nuevamente.
Su casco aguardaba por ella sobre la mesa de la cantina y miraba su reflejo a través del vidrio oscuro que le cubriría la mitad del rostro. Tenía un dolor agudo en la boca del estómago y estaba segura de que si probaba un bocado su vientre no lo recibiría. Tomó de su bolso un cigarrillo y lo encendió. No había nada, ni siquiera eso, que lograra calmar los nervios que se la comían viva.
Vegeta la miraba desde el marco de la puerta, su pie tamborileaba debajo de la mesa y fumó tres cigarrillos uno detrás del otro. Sabía de aquel efecto de falsa tranquilidad que le brindaba, pero nada en aquel cuadro le parecía semejante a esa sensación. Afortunadamente la cantina tenía un sistema de ventilación de última generación, de lo contrario la habitación estaría completamente llena de humo y él ciertamente detestaba aquel hedor.
Ambos esperaban en silencio, pacientemente el momento de llegar a la estación. Y Vegeta, a de no estarse consumiendo como ella en algún vicio, no estaba ni remotamente tranquilo. Tenía muy presente la idea de matarlos a todos en una explosión con tal de no ser atrapado, y la idea de finalmente conseguir una respuesta sobre quién lo había entregado a la Armada le crispaba los nervios. Volver a Vegetasei con esa información sería lo mejor que le podría pasar, pero todo estaba en manos de Bulma y en qué tan preparada tenía esa operación para infiltrarse.
La idea de morir se le presentó nuevamente… Y quizás era lo único para lo que se sentía realmente preparado. Se había enfrentado a aquel concepto en tantas ocasiones desde que tenía uso de razón que ya formaba parte de su intimidad. Aquello le calmaba apenas un poco, saber que tenía el poder de simplemente inmolarse en el momento indicado y prender en llamas su propio cuerpo. Al menos sería, así, dueño de su propia muerte.
Volvió a mirar su identificación y leyó su nombre falso escrito en la lengua universal. Esa identificación que Bulma había conseguido en Pandora antes de ser drogada por aquel contrabandista. De alguna forma sentía que Bulma le había caído del cielo, aunque por momentos le parecía una criatura infernal.
—Ya es hora de tomar nuestros puestos… —le dijo Bulma repentinamente. Tomó su casco y se lo puso para salir reuniendo valor al puesto de mando.
Ella pasó a su lado, casi indiferente a él, totalmente concentrada en la tarea que ambos tenían por delante. Vegeta la imitó, se colocó el caso que cubría la mitad de su rostro y se sentó junto a ella. Desde su lugar vio a Bulma tecleando comandos y notó un pequeño temblor en la punta de sus dedos, casi imperceptible, pero ahí estaba. Ella tragó saliva e irguió su espalda, como si se preparara para una batalla. Pero él jamás había visto un soldado tan débil, tan minúsculo y al mismo tiempo tan lejos de lo inofensivo. Tal vez Bulma podría hacer esa nave explotar con la misma precisión que él…
La estación espacial apareció como un grano de arena frente a sus ojos para luego volverse la estructura más grande que cualquiera de los dos hubiera visto en el espacio exterior.
—Jamás la vi por fuera… La última vez que estuve allí había pasado una semana encerrada en una habitación sin ventanas ni luz… Como ganado. Pero no se veía tan grande en los planos.
—¿Cuántos soldados hay ahí adentro?
—Al menos dos mil.
—Genial.
—Si todo sale mal, fue un placer conocerte Vegeta.
—Conocerte fue lo peor que me pasó en la vida —contestó él con una sonrisa y Bulma terminó volviendo a reírse.
—Es difícil enojarse contigo cuando probablemente suframos una muerte horrible dentro de poco.
Tomó aire y volvió a teclear comandos en el centro de mando. Una bocina se activó y Bulma se acercó, inclinándose hacia adelante.
—Solicito autorización para ingresar a la estación.
Colocó su identificación sobre un lector y ambos aguardaron. Un interruptor se encendió en el panel y un comunicado se hizo oír a través de las bocinas de la nave.
—Permiso autorizado.
Bulma se dejó caer cansada sobre su asiento, soltando todo el aire que venía conteniendo en los pulmones. Vegeta no distaba mucho de aquella reacción, pero no demostró tal emoción. Soltó un suspiro y sintió una gota de sudor frío recorrerle la mejilla.
La nave rodeó la estructura hasta el puente de aterrizaje repleto de naves de diferentes modelos y tamaños. La compuerta principal estaba abierta, aguardando su ingreso y la voz distorsionada que había ingresado por las bocinas volvió a dirigirse a ellos, indicándoles el lugar exacto en el que debían realizar su aterrizaje. Una vez dentro la compuerta comenzó a cerrarse. Cuando la nave estuvo totalmente quieta Vegeta y Bulma se miraron con complicidad por última vez y se pusieron de pie para pararse frente al área de abordaje.
Si bien la nave había cesado el movimiento, dentro de Bulma aún persistía la turbulencia. Su cuerpo temblaba notoriamente y miró el insistente movimiento de sus dedos sobre su mano derecha antes de detenerlo abruptamente con la mano izquierda. Temía que si Vegeta llegase a notar lo asustada que realmente estaba terminaría deteniendo por completo el plan. Tomó su arma y la colocó sobre su hombro con la esperanza de que, de tener algo agarrado, el temblor terminaría. Sin embargo, continuaba sintiéndolo y no le quedó más opción que disimularlo.
Para cuando ambos se pararon sobre la plataforma de salida y esta comenzó a descender, ambos comenzaron a arrepentirse silenciosamente de lo que estaban a punto de hacer.
Vegeta sabía perfectamente que no quedaba más remedio que continuar, y aunque todo aquello podría terminar en la muerte de todos en esa estación espacial, incluyéndose, él no iba a dar marcha atrás.
Se giró apenas a Bulma y le señaló disimuladamente en alguna dirección que él siguió ciegamente. No había dudado por un instante que ella habría estudiado esos planos por meses, y por alguna razón confiaría en su memoria si le dijera que lo había visto sólo un par de veces. Bulma no era una mujer normal, algo había en ese cerebro suyo que escapaba de sus propias posibilidades.
Pero, mientras caminaba certeramente detrás de la mujer, una voz ajena lo detuvo.
—Oye, soldado —le dijo y, mientras caminaba, se preguntó si sería inteligente ignorar por completo aquel llamado—. ¡Ustedes dos!
Bulma se detuvo instantáneamente y, extrañamente, él pudo sentirlo. Como un animal encorvado en un rincón, Vegeta pudo percibir el miedo emanando intensamente del cuerpo de Bulma, prácticamente podía olerlo. Para cuando se giró a enfrentar al soldado que le había llamado, el saiyajin estaba frente a ella. Su ancha espalda actuó como un escudo entre aquel entrometido y ella.
El soldado miró la nave de reojo y luego volvió a dirigirse al par.
—¿Acaso ustedes vienen de Belona? Llegaron justo a tiempo, el comandante no debe tardar en llegar. Sé que estará muy orgulloso de ver más soldados sobrevivientes del ataque a la prisión. ¿Es cierto lo que dicen los informes?... —cuestionó y luego bajó la voz—. A quienes dicen que no es del todo cierto lo del ataque, no quedaron muchos sobrevivientes.
Vegeta titubeó, la idea de volver a ser atrapado por la Armada le llenaba de desesperación y repentinamente sintió un chispazo sobre la palma de su mano, pero no se inmutó. Instintivamente había estado juntando energía para atacar a la primera ofensiva, y cuando estaba a punto de perder el control se recordó a si mismo quién era.
—¿Acaso está dudando de la palabra de sus superiores, soldado?
La voz ronca de Vegeta se alzó en los alrededores, volteando varios rostros. Él se cruzó de brazos, y aún debajo de ese uniforme ajeno y ese casco robado, tenía un porte impotente y autoritario. Al pobre diablo que se había cruzado en su camino no le quedó más remedio que agachar el rostro, después de tan osada pregunta no le cabía duda que se le podía aplicar una pena ejemplar.
—¡N-no! ¡no, por supuesto que no! No me atrevería a… —balbuceó avergonzado.
—Lo suponía —soltó el príncipe con prepotencia—. Recarga combustible a nuestra nave, soldado. Antes de que se me ocurra contarles este incidente a tus superiores.
—¡S-sí, sí, señor!
En su rostro apareció irremediable aquella sonrisa torcida que le caracterizaba. Se dio media vuelta y observó el rostro de Bulma. Sus labios rosas se habían curvado en una expresión que imitaba la malicia de él y antes de poderlo felicitar por tan acertada actuación, se giró a continuar el camino que había sido interrumpido. Repentinamente la idea le golpeó, aquello no había sido una actuación
Mientras avanzaba, Bulma llegó a la inequívoca conclusión de que Vegeta era algún líder de escuadrón en su planeta. Lo más probable es que alguien tan fuerte como él estuviera a cargo, o tuviera su propio pelotón. O quizás no era más que normal que un saiyajin fuese tan fuerte como él. La idea le intrigó, ya que, aunque conocía otros saiyajin jamás había tenido la oportunidad de verlos desempeñarse en batalla. Quizás debería considerarse afortunada por ello.
Libraron unos cuantos pasillos sin problemas, el resto de soldados estaban demasiado ocupados organizando todo en la estación para la llegada de su comandante. La idea del rango que Vegeta tendría en su planeta no le había distraído del todo, Bulma continuaba pensando paso a paso en la inminente llegada de Zarbon y no estaba segura de cuánto tiempo dispondrían. Considerando que Vegeta había exigido algo a cambio de su presencia en esa nave, su tiempo para dedicarse a lo que ella había llegado se había reducido considerablemente, pero la tarea no era imposible.
La idea de volverlo a ver le revolvía las entrañas… Habían abusado tanto de él, aprovechándose de aquel artilugio que le habían implantado, y si lo recordaba en ese momento ciertamente los golpes y pisotones que recibió cuando yacía semi-inconsciente en el suelo no le habían afectado tanto como los escupitajos y las risas.
Mono castrado, resonó en su mente cuando recordó a Zarbon, burlándose de él por la pérdida de su cola. Si lo pensaba demasiado aún se sentía sucio, humillado. Y su sangre hervía de impotencia y comenzaba a desear simplemente quedarse allí y esperarlo sólo para hacer estragos en esa nave, mandarlos a todos al infierno con él mismo. Como se merecían.
Recapacitó de su idea cuando escuchó la voz suave de Bulma recordándole el camino.
—Estamos cerca —le dijo y miró con cautela hacia ambos lados del pasillo antes de abrir una puerta.
Para su sorpresa, un soldado estaba allí trabajando en una de las computadoras. El sujeto se había retirado el casco y lo había dejado sobre la mesa y cuando la puerta se abrió se volteó al par y los miró extrañado.
Una puñalada se sintió sobre el abdomen de Bulma, como si fuera real, se estremeció y trató de recordar lo que hacía allí en ese momento. El saiyajin se giró apenas hacia ella y notó su rostro paralizado, las pupilas reducidas sobre el mar azul de su iris.
—Mátalo —soltó en un susurro apenas audible y Vegeta ejecutó la orden con eficiencia.
Bulma no logró ver el instante en el que Vegeta se esfumó de su lado, no le tomó más que una fracción de segundo. En un parpadeo había entrado a la sala sin hacer ruido, sin dar un solo paso. Como una ráfaga de viento entro y con una mano enguantada le cubrió la boca a aquel pobre individuo y con la otra le acunó la nuca. Con un simple movimiento de sus muñecas aquel cuello tronó. Bulma escuchó el desagradable sonido de los huesos rotos casi al mismo tiempo que había dado la orden de ejecución y permaneció inmóvil, aterrada observó el cuerpo desplomarse sobre el piso con la mirada ausente y el cuello frágil como un fideo húmedo. Sin mucha ceremonia, Vegeta se alzó y acomodó sus guantes y luego la miró con el rostro fruncido.
—No te quedes ahí parada —le dijo y logró despertarla casi de inmediato de aquel transe en el que se había perdido.
Bulma entró rápidamente y cerró la puerta detrás de sí, evitando concienzudamente no mirar el cadáver del que era responsable, tirado en el suelo casualmente.
La sala era más pequeña de lo que Vegeta se hubiera esperado, no había demasiadas máquinas y todo era igual de blanco y estéril que en el resto de la nave.
—¿Aquí? —cuestionó incrédulo.
Increíblemente, en aquel momento en el que tendría que hacer realidad aquello que había soñado durante tantos años, su pulso se estabilizó, las pálidas manos cesaron de temblar y todos los pensamientos que se trepaban uno encima del otro, desde Vegeta y su rango, la habilidad de los saiyajin en las peleas, la llegada de Zarbon, ser directamente responsable de la muerte de alguien más e incluso la idea de que alguien pudiera estar revisando su nave en ese momento, todo aquello se esfumó dejando su mente como un lienzo en blanco, listo para que ella hiciera aquel arte del que era una maestra.
Bulma rebuscó entre su apretada ropa aquel pequeño aparato que le serviría para guardar la información y lo conectó a la computadora que aquel soldado había estado utilizando. El saiyajin permaneció con la espalda apoyada contra la puerta, empujándola de vez en cuando para revisar el pasillo.
—Si alguien entra estamos acabados.
—No tardaré mucho… —contestó mientras introducía las coordenadas que Vegeta le había dado de su planeta—. Tenías razón, Vegeta, alguien ha estado dándole información a la Armada… Descargaré todo lo que encuentre y lo leeremos en la nave más tarde.
—Hazlo rápido.
Allí sentada frente a ese computador, aún con un cadáver junto a sus pies, Bulma estaba tranquila. Casi sentía como si todo a su alrededor hubiera desaparecido y sólo quedaba ella y el rápido movimiento de sus dedos. Su pupila se movía de una esquina a la contraria sobre el monitor, reflejando toda la información que encontraba sobre aquel informante anónimo. Por un momento frunció el ceño y se preguntó si estarían utilizando palabras clave para comunicarse, ya que le costaba entender los fragmentos de conversaciones que logró encontrar en la base de datos. Repentinamente todo rastro había desaparecido y no le quedó más remedio que resguardar la información.
—Ya está hecho —le dijo a Vegeta.
Con la espalda contra la puerta se sonrió, nadie se había asomado aún y dentro de poco podrían comenzar la retirada. Casi cantaba victoria cuando se giró a verla nuevamente. Se había extrañado, el frenético sonido de sus dedos golpeando las teclas había cesado por completo. Ella estaba inmóvil. Sus dedos inertes sobre la mesa y la mirada fija. Sus ojos reflejando aquello que había añorado encontrar durante tantos años.
Vegeta miró al pasillo, de un lado al otro. Contando los minutos que habían pasado desde que habían arribado allí. Y como todo plan que habían emprendido juntos desde que se conocieron terminó por no salir como había sido planeado, temía que en cualquier instante una alarma comenzara a sonar y terminaran por encontrarlos.
—Vamos, mujer —le murmuró aun observando por el pasillo, pero ella no le contestó nada y fue ese el momento en el que se dio cuenta de que había dejado de escribir.
La miró por sobre su hombro, completamente inerte observando la pantalla con una expresión que no llegaba a ver.
—Oye… —volvió a insistirle, pero Bulma no lo escuchó.
Él intuyó que algo andaba mal, la mujer no se movía ni un centímetro de donde estaba y luego de echar una última mirada al pasillo se dirigió a ella y posó una mano sobre su hombro. Bulma no respondió.
—Mujer… —le dijo empujándola suavemente y su preocupación creció al ver el rostro desencajado de ella. La tomó de ambos hombros y volvió a sacudirla —. Reacciona, mujer, di algo —le susurró con urgencia y sin respuesta se volvió al monitor que había contra la pared.
No tardó mucho en darse cuenta de lo que había causado aquel estado de aparente catatonia en ella y se acercó al computador a cerrar todas las pantallas que ella había abierto, su búsqueda había terminado. Sacó la pequeña memoria que la mujer había implantado y la guardó antes de volverse hacia Bulma, quien continuaba sumida en el interior de su propia mente y le tomó el rostro por el mentón, la giró de un lado al otro y la miró a los ojos, prestando especial atención a su pupila. Bulma estaba totalmente ausente.
Pocas veces Vegeta había presenciado un estado de shock como el que estaba ante sus ojos en ese momento, y jamás le había interesado sacar a alguien de allí, de esa ausencia repentina. Una que otra vez al destruir un planeta entero había logrado ver a personas caminando en medio de su destrucción con aquel rostro que tenía Bulma ahora, con esa expresión perdida.
Él se sintió extraño, incómodo incluso por lo que ella había hallado en esa búsqueda incesante que llevaba desde hacía ya cinco años. Todo para llegar a este punto. Motivada a correr peligros inimaginables. Pero no era el momento de sentarse a consolarla, ni siquiera si él supiera cómo hacer algo así. En cualquier momento alguien llegaría y si Bulma no reaccionaba no tenía manera de predecir lo que podría pasar. Eventualmente tendría que asesinar otro soldado.
Una sola explosión en esa nave podía significar su muerte, no podía volverle a pasar. Vegeta no podía pelear en condiciones tan limitadas, no con toda su fuerza. Y si se encontraba rodeado… si volvían a atraparlo y activar todas las programaciones de la porquería que aún tenía puesta… No podía permitírselo.
Si bien él estaba entrenado para morir, no lo deseaba en lo más mínimo.
Tomó a Bulma de los hombros con más fuerza, hundió sus dedos en su piel suave y la sacudió.
—Bulma, despiértate. ¡Despiértate ahora! —le ordenó subiendo el tono al tiempo que la movía hacia adelante y atrás—. Mujer, si no sales de donde estés van a terminar atrapándonos otra vez y yo no voy a permitirlo. Primero volaré toda la maldita nave y haré que mueran conmigo, tú incluida. ¿Viajaste por toda la galaxia para que el que te termine matando sea yo? ¡Despiértate maldita sea! ¡Ahora!
Una gota se precipitó sobre su pupila en la expresión de ella y se deslizó por su pálida mejilla. Vegeta vio el recorrido de aquel llanto silencioso y escuchó unos pasos cercada de él. Tomó el casco de Bulma y se lo colocó rápidamente y luego de ponerse él mismo su casco la tomó del brazo para obligarla a caminar por el corredor del otro lado de la sala. Bulma caminó junto a él como un autómata y Vegeta pensó que quizás lograría sacarla de allí sin que nadie se diera cuenta. Tal vez tardarían en encontrar aquel cuerpo, lo suficiente para estar lejos de allí, en otra órbita, en otra galaxia.
Dio vuelta a un pasillo y más pasos se escucharon a su alrededor, todos acompañándose en la misma dirección, todos dirigidos al área de aterrizaje.
Vegeta miró a lo lejos, parecía que todos los soldados se estaban reuniendo y mientras observaba con atención aquel desfile de trajes oscuros, uno de ellos lo vio a lo lejos y le hizo una seña.
—¡Oigan, ustedes! ¡El comandante está aquí! ¡Apresúrense!
Sudor frío recorrió la espina dorsal de Vegeta al escuchar esas palabras. Prácticamente podía sentirlo, Zarbon estaba allí y si se le ocurría usar un scouter en aquella estación espacial lo encontraría en cuestión de segundos. Si veía la nave, si reconocía que era la misma en la que ellos dos se habían escapado… entonces todo habría terminado para él también.
El viaje de ellos dos habría llegado a su fin y nada había valido la pena, ni siquiera escapar de la prisión. Ni saber quién le había traicionado, tal vez jamás tendría que haber salido de Vegetasei…
Vegeta apretó la quijada y tomó a Bulma otra vez, arrastrándola detrás de él. Caminó decidido hasta el comité de bienvenida que continuaba congregándose y se ocultó con ella entre la multitud. Sabía que no podía sacar su mano de encima de ella, de lo contrario la perdería entre tantos con el mismo uniforme. Vegeta caminó entre la gente y vio la nave frente a la que todos se reunían, si tenía suerte podría arribar la suya y nadie sabría que estaba ahí. Todo el hangar estaba repleto de naves de todo tipo y tamaño, y quizás la ridícula reunión de bienvenida para Zarbon le habría servido de mero camuflaje, si tenía algo de suerte.
Repentinamente sintió una presión sobre su brazo, la mano de Bulma se aferraba con fuerza de él y cuando se volteó logró ver como esa ausencia se resquebrajaba y dejaba salir lentamente lo que sentía realmente. Bulma comenzaba a desarmarse allí, entre la multitud. Y Vegeta no sabía cómo detener esa inminente explosión en la que ella se convertiría dentro de poco.
La tomó de la mano y caminó rápidamente entre la gente distraída, observando al gran comandante de la Armada bajando de su nave ceremonialmente, entre aplausos de bienvenida por haber sobrevivido a la explosión de la cárcel Belona.
De haber tenido la oportunidad, Vegeta hubiera estado riéndose de él. De lo avergonzado que debía estarse sintiendo por el espectáculo que se había armado en torno a su regreso. Del vitoreo poco merecido y la adulación. Pero estaba demasiado ocupado abriéndose paso entre la multitud para llegar a la nave del otro lado del hangar y salir de ahí sin ser descubierto.
Cuando logró llegar a su nave suspiró aliviado al ver que la compuerta aún estaba abierta y al entrar nadie se volteó a verlo dos veces.
Pocas fueron las palabras que Zarbon compartió con ellos a su regreso y por lo visto ni siquiera traía su rastreador puesto, él no sospechaba que tenía al príncipe bajo sus narices, no aún. ¿Cómo podría?
Sentó a Bulma sobre el asiento del copiloto y una vez a solas arrojó su casco a un lado. La aseguró en su asiento, las manos le sudaban y se sentía repentinamente torpe en sus movimientos. Apretó la quijada y una vez que ella estuvo lista, se giró al centro de mando. Aún desde la ventanilla podía verlo y aunque el estomago se le volvió un nudo y la sangre le hirvió bajo las venas, se quedó quieto. Ya había aprendido a las malas que, a pesar de la propia adulación de la que se había bañado en su planeta natal, él no era tan fuerte como creía. Los había más poderosos, y con un odio inculcado a su raza.
No alcanzó a oírle, no se escuchaba nada dentro de su nave con las puertas cerradas, ni siquiera un ligero llanto. Vegeta miró a Bulma de reojo, aquella incomodidad que le había generado mutó dentro de él a algo que no podría describir, porque jamás lo había sentido antes. Vegeta jamás se había preocupado por nadie. Y aunque no podía entender por qué aquel descubrimiento le había afecto tanto, podía familiarizarse con la sensación de fracaso que ella debía estar enfrentando ahora.
Antes de que pudiera darse cuenta Zarbon había terminado su discurso y se marchaba con un grupo escoltándolo de cerca. Vegeta no se sentiría a salvo ni aún regresando a su planeta, eventualmente tendría que volverlo a enfrentar para matarlo. Se sonrió de sólo imaginarlo, la tortura, la sangre, nada podría traerle más placer después de tanto. Pero hizo lo posible por volver a la realidad y solicitó permiso por el comunicado a la base para efectuar su despegue.
—Permiso autorizado.
Cuando la libertad del vasto espacio exterior se hizo frente a sus ojos fijó un destino provisorio, el más lejano posible y se dejó caer sobre su asiento. La estación espacial se alejaba rápidamente detrás de él y con ella su amenaza de volverlo nuevamente un esclavo de los deseos de su comandante. Pero aún no podía regocijarse en su victoria, ni en tener la información que añoraba conseguir para poder finalmente regresar a Vegetasei.
El saiyajin se giró nuevamente a la mujer y frunció el ceño, tenía que despertarse. Él no iba a lidiar con una humana sumida en un estado de catatonia durante el resto del viaje.
Se puso de pie y caminó hasta ella, de cuchillas frente a Bulma deshizo el agarre de su cinturón y le retiró el casco para verla claramente a los ojos, pero le sorprendió verla a ella, con sus ojos cian, grandes y expresivos, mojados, mirándolo directamente. Y antes de que pudiera reaccionar ella se había abrazado de su cuello para llorar amargamente su pérdida.
Vegeta permaneció inmóvil, inútil ante el gesto poco deliberado de su compañera. La oyó sollozar junto a su oreja y sintió su esbelto cuerpo meciéndose. Su mejilla se humedeció, y aunque nuevamente se sentía profundamente incómodo, se quedó quieto. Vegeta no sabía de caricias que no tuvieran por objeto algún tipo de satisfacción carnal. Vegeta no sabía qué hacer con sus manos, así como ella le había rodeando con extrema necesidad. Él no tenía idea de qué se suponía le tenía que brindar.
De haber sido alguien más, cualquier persona en la galaxia, no habría dudado en empujarle, en sentirse asqueado y de juzgarlo de patético. Pero por alguna razón le costaba trabajo hacer con ella lo que hubiera hecho con cualquier otro. Quizás porque había sido tan diligente y había obtenido para él lo que estaba necesitando, o porque le había salvado la vida en más de una ocasión. No lo sabía, no estaba seguro y en aquel instante se lo preguntó mientras deliberaba qué hacer con las manos. Ya que, mientras pensaba, una sensación lo invadió y era la necesidad de hacer algo, cualquier cosa. Las manos le pedían algo que desconocía y eventualmente entendió que no era lógico, simplemente era.
Apoyó las palmas de sus manos sobre la cintura y espalda de Bulma, sin presionar su cuerpo, sin apretarlo contra él ni efectuar ningún tipo de movimiento. Aquel simple gesto le había requerido demasiado y, aunque todo aquello le resultaba embarazoso, permaneció allí a su lado.
Su gesto se suavizó eventualmente, Bulma no dejaba de llorar y él no se movió de allí un centímetro. Tampoco le dijo nada, él no tenía palabras para compartir. Vegeta no era ese tipo de hombre, no era del tipo que inspiran como su padre… Él era menos. No había nada qué decir, ni nada por hacer. Vegeta lo supo en el momento en el que espió sobre la pantalla que había logrado dejar a Bulma tan vacía, aquel momento en el que ella descubrió que todas las personas a las que había estado buscando estaban muertas.
N/A: Se vienen unos capítulos que MAMITA QUERIDA. ¿Qué les pareció este capítulo? Tomenlo como un regalo de año nuevo. Planeo estar subiendo el siguiente el siguiente fin de semana, si veo muchos interesados quizás lo suba antes. Espero que les haya gustado y que hayan tenido un hermoso final de año, que este nuevo año que comenzamos esté lleno de éxitos.
Saludos especialmente y como siempre a quienes se quedaron a dejarme un comentario en el capítulo pasado: ¡Gracias pasg549, Juanita Perez, Apolonia, karenina, Mari, DesertRose, Nuria-db, belen.b y un Guest! ¡Mil gracias por todos sus saludos de fin de año. ¡Nos leemos en el siguiente!
