Hola. Quisiera usar este espacio para expandirme al respecto en un tema curioso de la historia: la ropa de Harry.
El vestuario de Harry es un agregado adrede de mi parte, yo la empleo como un ejemplo de lo infantil que es Harry (y cuando en el futuro cambie, será un indicador que el propio Harry está cambiando). Algunas historias con esta temática de «hijo de Voldemort» describen una ropa oscura, o de plano totalmente negra, pero Harry es un niño, de plano no se consigue ropa negra para niños -salvo la formal-. En añadido, el encargado del atuendo de Harry es Pimpón; el elfo ha hecho su mayor esfuerzo por alejar mentalmente a Harry del ambiente en su hogar.
Ahora si la historia:
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En mis viajes a diferentes lugares del mundo descubrí que yo siempre regresaba agotado a casa sin importar qué hubiera hecho. Fui a playas, a montañas, a cavernas, a glaciares… el resultado era el mismo: agotamiento. Caminando por los pasillos de Hogwarts, conducido por la profesora y subdirectora Mcgonagall con el resto de primeros años, ya estaba empezando a cansarme y extrañar mi casa.
No volvería al castillo de papá sino hasta dentro de unos meses... surrealista.
Alec se separó de nosotros al dejarnos al cuidado de Hagrid, un medio gigante muy amable. Draco y Pansy, que se solían pegar a mí con pegamento, me evitaron como a la plaga; más instinto de supervivencia que lealtad, muy Slytherin de su parte. Neville había teorizado -sin ánimos- que iba a ser depositado en Hufflepuff, lo cual Alec le debatió, diciéndole que su familia era históricamente Gryffindor. Neville lució una mezcla homogénea de esperanza e impacto al recibir la buena noticia de un Lestrange.
—Esperen aquí —nos dijo la subdirectora.
A mi alrededor, mis compañeros empezaron a hablar en voz baja. Neville estaba distraído sobando el lomo de su rana Trevor. Al parecer, mientras yo dormía, Neville notó que la había perdido y Alec se la trajo con un accio.
—Deberías buscarle un acuario para transportarla —sugerí.
Una carcajada pomposa nos distrajo. Reconocería el orgullo Malfoy donde fuese.
—¿Un troll, Weasley? ¿Tienes cerebro ahí dentro o tus padres lo vendieron para pagar la cena de ayer?
¿Un Weasley? Ladeé el rostro para ver de reojo a un chico pelirrojo desgarbado sonrojarse ante el insulto de Draco. Los mortífagos habían mencionado en más de una ocasión a los Weasley. El patriarca de la familia era de la Orden del Fénix y un fuerte partidario político contrario a Lucius, el padre de Draco.
—Cállate, Malfoy. Te crees la gran cosa por tener dinero, pero eres un cobarde. Ya quisiera verte yo lejos de ese par.
Ignoré la guerra de insultos a favor de asegurarme que mi corbata estuviera derecha y mis zapatos muy limpios. ¿Por qué nos hicieron atravesar el lodo con los uniformes nuevos?
—¿No vas a intervenir? —me preguntó Neville en susurro.
—¿Yo? ¿Por qué? —hablé sin dejar de examinar mi apariencia.
—Bueno, dicen que los Malfoy, ya sabes, son amigos de tu padre.
—¿Sí? —miré a Draco, la lucha verbal fue interrumpida con la llegada de unos fantasmas —. No los conozco de nada —la mentira me salió con más naturalidad de la esperada.
—¿No? ¿Tus amigos no van a Hogwarts?
—Yo no tengo amigos... bueno, conozco a unos niños, pero no son de este país.
Y son vampiros, pero ese no era un dato necesario.
La profesora Mcgonagall volvió y espantó a los fantasmas groseramente. Nos organizamos en fila india para ser conducidos a lo que ella llamó Gran Comedor; nos recibieron cuatro mesas largas e imponentes, al final del salón se hallaba la mesa de profesores y, entre esta y las de los alumnos, estaba un taburete con un viejo sombrero encima.
—El techo está encantado para lucir igual que el cielo. Lo leí en Hogwarts, una historia —una voz prepotente interrumpió mi hilo de pensamientos.
¿En qué iba? Ah sí, papá me contó del sombrero seleccionador y de su voto de silencio respecto a lo que encuentra en la mente de quienes lo usan. Neville, que resultó muy nervioso, se aferró a mi manga cuando sin previo aviso al sombrero le salieron ojos y boca y empezó a cantar. Al terminar este, la profesora Mcgonagall tomó una lista de dentro de su manga y empezó a llamarnos uno a uno.
Me aburrí y dejé que mis ojos vagaran a la mesa de docentes. Reconocí al señor del turbante purpura, era un mortífago, también el profesor Snape, a quien papá tildaba de traidor. El medio gigante estaba allí, no era el único de dos razas, uno de los docentes era un medio enano y… Dumbledore me estaba mirando. Sentí entrar al anciano dentro de mis escudos mentales antes de que yo pudiera bajar los ojos.
Susanita tiene un ratón…
Distrayéndolo con la canción, envolví al director en la oscuridad absoluta y le disparé un imaginario Avada Kedavra. Lo oí, en el mundo real, tropezar al intentar echarse hacia atrás y esquivar el hechizo; el hombre salió de mi mente. Los profesores y el alumnado miraban al director, que se reía entre dientes.
—Disculpen.
No miré más a los profesores y esperé a que mi nombre fuera llamado.
—Longbottom Neville.
Gryffindor, Malfoy a Slytherin, la chica de cabello castaño estaba en Gryffindor.
—Ri-Riddle Harry —tartamudeó la profesora. ¿De verdad yo creí que podría andar sin el peso de mi nombre?
Avancé al taburete, los alumnos no se alteraron, pero varios en la mesa de profesores se inclinaron hacia adelante, con curiosidad y horror. Fue un alivio que me pusieran en la cabeza el sombrero seleccionador, era inmenso y me cubrió los ojos. Me sentí igual que de niño, cuando me tapaba con las mantas para que los monstruos imaginarios no pudieran tocarme, al menos hasta que entendí que a los monstruos los veía en el día.
—Una actitud muy práctica de su parte, señor Riddle —susurró una voz.
¿Qué?
—Soy el sombrero seleccionador —se presentó la voz, er, el sombrero —. Su infancia ha sido muy caótica, señor Riddle, es increíble lo inocente que es usted.
¿Inocente?
—Carece de maldad o de malicia, es un niño muy bueno, felicitaciones. Ahora, a los negocios: si bien es leal a su padre y no cree en la recompensa sin el esfuerzo, usted fue educado en la supervivencia del más fuerte, no es apto para Hufflepuff. Tiene una sed de conocimiento insaciable, es curioso, iría bien en Ravenclaw.
Supongo, ¿y Slytherin?
—Slytherin es la casa de la astucia, no va acorde con usted.
Pero sí con mi padre.
—No estoy examinando a Lord Voldemort, sino a Harry Salazar Riddle.
Nadie se meterá conmigo en Slytherin, sé que ellos son falsos, pero los puedo manejar.
—Mmm, usted tiene un punto, estará rodeado de servidores, en cambio en Ravenclaw tendrá mayores dificultades. Por otra parte, es valiente, Gryffindor…
No tengo suficiente valor para enfrentar a papá si termino con los leones.
—Otro muy buen punto, y no quisiera ser quien ponga en riesgo su seguridad. Mejor ser, ¡Slytherin!
Tuve que cerrar los ojos, la profesora Mcgonagall me retiró abruptamente el sombrero seleccionador y la luz me cegó. La mesa de Slytherin aplaudía un poco más fuerte de lo debido; me levanté del taburete, asentí como despedida a la profesora y me encaminé a mi mesa tomando entre mis dedos mi anterior corbata negra, ahora era verde y plateada. Sonreí, papá iba a estar contento.
—Bienvenido —dijo el prefecto de Slytherin encargado de recibir a los primeros años.
—Gracias.
Me senté torpemente en la banca, no eran sillas individuales, sino una banca del mismo largor de la mesa, unos 50 metros. Papá comentó que el alumnado en Hogwarts aumentó dramáticamente con la incorporación de los orfanatos mágicos, creados unos 15 años atrás, repletos de niños de dudosa procedencia legal, que surgían del horror de los calabozos en casa; por medio de los nobles sangre pura papá instauró varias normas educativas, pues él estaba tan interesado en Hogwarts como en el dominio político. Y de lo mucho que yo me enteré en casa, supe que él tramaba un plan contra los muggles, buscando reducir su población y eliminar gran parte de la tecnología. «Los muggles, decía papi, aprenderán a temernos.»
—Ah, otro año en Hogwarts —parpadeé, el discurso del director inició —. Quisiera dar la bienvenida a nuestro nuevo profesor de defensa contra las artes oscuras, el señor…
Me desconecté, enfocando mis ojos en el plato de oro vacío frente a mí. Los ojos me pesaban a pesar de haber dormido gran parte de la tarde.
—… para los que no quieren una muerte horrorosa. Eso es todo, disfruten del banquete.
¿Muerte horrorosa? Oh bien, lo dejaría para después, la comida había aparecido. Pollo asado, frito, papás con mantequilla, puré de papas, costillas de cordero, una infinidad de platos se alzaban frente a mí.
La parte molesta de ser un bastardo sangre sucia era que mi padre no me llevaba a banquetes o bailes, no era que a mí me gustase la compañía presente en esos eventos, pero debido a mi falta de experiencia social yo no era capaz de comer muchos platos en público. En casa, yo agarraba los muslos de pollo directamente con mi mano y mordía, papá hacía lo mismo si estábamos solos, era así más simple, pero con mis compañeros mirando yo debía sacar la carne del hueso con tenedor y cuchillo, algo en lo que siempre me equivocaba y armaba un reguero, con las costillas sucedía lo mismo. Me decidí por puré de papas y una cucharada de ensalada, iba a tomar un poco de sopa cuando noté que más allá, entre los de segundo año, había una fuente con pechugas en salsa: una carne sin hueso.
—¿Podrían pasarme las pechugas? —pedí al aire. Los Slytherin buscaron con la mirada el plato al que yo me refería, dos chicos de segundo año se pelearon por ser quien agarrara la fuente. En lugar de pasarla de mano en mano, el ganador de la pelea vino hasta mí con las pechugas.
—¿Se la dejo aquí?
—Solo tomaré una, gracias —me serví y le sonreí al chico, que me devolvió la sonrisa con nerviosismo marchándose.
La comida estuvo deliciosa, pero asusté a toda la mesa al casi escupir el jugo de mi copa.
—¿Qué es esto? —arrugué el rostro. Dulzón y desagradable, ugh.
—Jugo de calabaza, ¿no lo conocía?
—No, es muy dulce —tomé la copa entre mis manos —. Elfo, cámbiame esto por leche.
La creatura obedeció, el contenido de mi copa se convirtió en un líquido blanco.
El resto de la cena transcurrió sin incidentes, de postre tomé un trozo de pastel de queso y guardé un par de mentas en mi bolsillo. Estaba ya demasiado cansado, mis ojos empezaban a cerrarse y no era el único, los demás primeros años lucía agotados al extremo. Generalmente, al hallarme con demasiado sueño para moverme, papá me tomaba en brazos y me metía en la cama, pero en Hogwarts yo no contaba con ese lujo. Me arrepentí de haber venido a la escuela todo el tiempo que duró la despedida del banquete y el himno del colegio. Al oír que podíamos marcharnos quise gritar de júbilo, hasta que el profesor Snape me alcanzó.
—Señor Riddle, el director desea hablar con usted.
Mi sueño se esfumó.
La oficina del director Dumbledore era muy diferente a la de mi padre y muy de acuerdo con la extravagancia de colores en el vestuario del hombre, que me superaba a mí. Y el director no estaba solo, tres de los jefes de las cuatro casas estaban presentes.
—Señor Riddle, por favor, tome asiento —el anciano me señaló a la silla libre en medio de los demás. Tuve que avanzar o no habría dejado entrar a Snape, quien ocupó su puesto, completando el número de los jefes de casa —. Buenas noches.
—Buenas noches —fijé mis ojos en su barba y me senté apretando mis manos para que no se notara que temblaban. No fui disimulado y ellos lo notaron.
—No necesita estar nervioso señor Riddle.
—Mi papá me prohibió expresamente estar a solas con usted, la profesora Mcgonagall y profesor que dicta historia —revelé, yo no era hábil mintiendo.
—Me lo imaginé. Fue una sorpresa que su padre le permitiese venir a Hogwarts, supusimos que sería educado en casa.
—Am, papá habla muy bien de Hogwarts y de su cur... cur... ah...
—¿Currículo? —completó el profesor enano.
—Eso —lo miré —. Sí, currículo.
—¿Enserio? —retomó el director —. Oh, eso es bueno, él fue un gran alumno y me consta que algunas de las nuevas asignaturas que nuestra escuela imparte es gracias a su intervención —me encogí de hombros —. No hemos sabido nada de usted desde su rapto.
—Yo… escuche, yo no sé nada de nada, vine a estudiar y no a asesinar a alguien, ¿puedo irme?
La sonrisa amable del profesor murió y fue remplazada con un gesto triste.
—Disculpe si lo asustamos, señor Riddle, el profesor Snape lo escoltará a su sala común. Quiero que de todas formas usted sepa que si se siente inseguro en su hogar puede hablar conmigo. Su madre aún vive y estoy seguro de que lo recibirá con los brazos abiertos si sus condiciones en casa son una amenaza para su usted.
Negué con la cabeza.
—Gracias, pero no, gracias. ¿Puedo irme?
—Sí. Severus.
En el trayecto a las mazmorras el profesor Snape no me habló. Nos detuvimos a la altura del retrato de una serpiente sobre un comedor con frutas y libros.
Otro niño.
Eso me temo, respondí en pársel.
Oh, un hablante. Al fin alguien digno, pasé por favor, heredero del gran Slytherin.
Gracias.
El profesor Snape alzó una ceja al ver que el retrato se abría.
—La contraseña es "escamas", pero supongo que usted no la va a necesitar. Igualmente, tenga en cuenta que cambia cada dos semanas.
—Sí, profesor.
Dentro, la sala común estaba abarrotada de gente que se actualizaba con sus amigos. La mayoría no se inmutaron con mi llegada, había chicos neutros en Slytherin frente a los cuales no era buena idea mostrar lealtades. Alec, sin ese inconveniente, se levantó del sofá desde el cual observaba un juego de ajedrez y se me aproximó.
—Harry, te esperaba —aun con sus emociones controladas, se notaba la inquietud que le provocaba ser tan directo conmigo. Un error salía caro al lado de Lord Voldemort, una ofensa a su hijo se pagaba con la vida.
—¿Dónde es mi habitación? Estoy rendido.
No debí haber dicho eso, los Slytherin no demostraban debilidad, pero, aunque mi condición de bastardo traía inconvenientes, una de las ventajas era que nadie esperaba nada de mí. Yo era tan libre como el viento en aspectos donde los demás estaban forzados a guardar las apariencias.
—Sí, el primer viaje es duro. Por aquí.
Alec me condujo escaleras arriba explicándome que mi baúl ya debía de estar a los pies de mi cama.
—Los cuartos son en parejas, este año tenemos un número impar, así que o hay una habitación con un único dueño o alguno de los cuartos es de tres.
—¿Quién lo decide?
—Los elfos domésticos. Aquí está el listado —en la entrada de los dormitorios de los chicos había un papel con los nombres de los alumnos masculinos y el número de sus alcobas —. Le correspondió con Malfoy.
Hice una mueca y Alec rió, dándome la razón. Los Malfoy podían ser una pesadilla.
—¿Me ayudas mañana a encontrar mi camino al Gran Comedor? Este lugar es un laberinto.
—Por supuesto, Harry. Estaré aquí a las siete, ¿te parece bien?
—Claro, claro. Nos vemos Alec.
—Nos vemos —y disimuladamente, Alec hizo una inclinación de cabeza. Negué divertido y entré. Malfoy estaba allí, sentado sobre su baúl, la habitación estaba hecha de piedra y poseía una ventana con luz artificial que permitía ver a los animales del gran lago.
—Buenas noches, Joven Señor.
—Buenas noches.
—Los elfos acomodaron los baúles, ¿le parece bien la distribución?
—¿La mía es la del fondo? —señalé la cama de madera revestida en una colcha verde y plata.
—Sí.
—Está bien.
Tendría una vista directa del lago, grandioso. Fui hasta mi baúl y lo abrí -la historia de Alec muy presente en mi mente-, pero mis cosas estaban tal cual las dejé, con mi pijama encima para no pasar mucho trabajo buscándola la primera noche. La cama, de dosel, contaba con una mesa de noche y una estantería para colocar los libros y la ropa. Desempacaría en la mañana.
Me senté y me quité los zapatos.
—Este año tendremos de compañero a un Weasley, son tan pobres que no entiendo cómo pueden permitirse enviar a su docena de hijos a la escuela.
—¿Sí?
No me iba a bañar, me retiré mis medias negras escolares y me puse las de lana que traía de casa, eran beige.
—Sí, Joven Señor. Deben de vivir como animales, amantes de muggles —dijo con desprecio. No le puse mucho cuidado su cháchara incesante y repetitiva, colocándome mi mameluco negro con estrellas que brillaban en la oscuridad. Fue extraño estar en solo ropa interior frente a un desconocido, pero mi cansancio me abrumaba demasiado.
—Buenas noches, Draco.
Como cualquier hogar mágico, al despedirme las luces que provenían de la nada se apagaron en la sección de la habitación que me pertenecía.
—Buenas noches, Joven Señor.
Draco sí se dirigió al baño con un neceser.
Me metí entre las sabanas y me di la vuelta para no ver la luz tenue y cerré los ojos.
