Dormir en la misma habitación que Draco fue una tortura. El chico roncaba igual que un oso y esporádicamente lanzaba unos gemidos extraños que me despertaban. En medio de mi somnolencia, le di la razón a papá, quien nunca gustó de dormir conmigo: si alguien como Draco durmiera en mi misma cama, también lo echaría, aunque fuera mi hijo. Pero no había razones para creer que yo daba problemas en la noche, Draco dormía como piedra con su antifaz plateado.

Ingresé al baño de mi dormitorio, el sitio era luminoso, con pisos de mármol y azulejos en las paredes. Había dos tinas, dos lavados y dos inodoros, cada conjunto frente al otro con una cortina mágica protegiendo de la vista. En casa había de esas, si yo entraba al baño de papá mientras él estaba en la ducha o en el inodoro, solo vería vapor. No fue difícil saber cuál era mi lado, la repisa sobre el lavado de Draco estaba repleto de artículos de belleza, en la mía mi champú y jabón de bola.

Oriné sentado y descargué con la inquietud típica de usar por primera vez un baño ajeno.

Lancé un tempus sin varita, las 6:12 am, tenía tiempo de organizar mi baúl. Saqué de primero mis uniformes y los puse en el centro de la estantería junto a mi cama, luego mis camisas, mis pantalones, en la parte superior mi ropa interior y mis medias, abajo mis guantes de lana y sombreros de invierno; Pimpón lo dejó todo preparado para el desempaque.

Fui sacando las capas dobladas y las acomodé en las otras literas del estante, luego procedí con los libros y revistas. Nuevos estantes aparecían conforme yo rellenaba el resto. Al final, casi todo el contenido de mi baúl estaba ahí, solo me dejé la capa de invisibilidad y mi dinero dentro, a salvo de intrusos con la alta seguridad del baúl.

Con todo eso eran las 6:44 am y Draco aun roncaba.

Me di una ducha y me puse el uniforme de la escuela, el nudo de la corbata ya estaba preparado -Pimpón me lo hizo-, por lo que me bastó con ajustar la tela alrededor de mi cuello. Observé mi reflejo en el espejo, mi cabello castaño oscuro estaba recién cortado, mas no de ese tipo de cortes en el que se me veía el cráneo, solo disminución del largor. Los sangre pura usaban su cabellera larga o de para atrás, papá lo portaba hasta la mitas del cuello, peinado hacia atrás sin gomina. Yo jamás podría usarlo largo.

Parpadeé, le sonreí a mis ojos verdes y me coloqué mi capa, saliendo al pasillo sin consultar la hora. Alec ya estaba allí, recostado a un muro.

—Buenos días, Harry. ¿Y Malfoy?

—Roncando, ¿lo despertamos? —el chico mayor se encogió de hombros y yo lo imité, cada quien iba por su cuenta en Slytherin —. ¿No debería llevar mi mochila? —pregunté una vez llegamos a las escaleras.

—En el desayuno el profesor Snape nos dará los horarios, es inútil empacar antes.

La sala de Slytherin contaba con algo de movimiento, ambos recibimos unas cabeceadas a modo de saludo.

—¿A qué horas inician las clases?

—A las ocho, antes era a las nueve, pero las reformas de la Junta de Gobernadores agregaron nuevas materias.

—Eso comentó papá, ¿qué materias?

El retrato de la serpiente era una puerta normal por dentro de la sala común. El pasillo de las mazmorras estaba desierto.

—Constitución, literatura mágica y tradiciones mágicas. Constitución y literatura las dicta el señor Parker y tradiciones la señora Ajax. Ellos son amables la mayor parte del tiempo y bastante neutrales respecto a la guerra.

—¿Son mestizos?

—El señor Parker si, la señora Ajax es sangre pura inglesa.

Al alcanzar el primer nivel nos encontramos con algunos alumnos de Hufflepuff que le dedicaron miradas mordaces a Alec, pero no fue hasta toparnos con los Gryffindor que empezaron los insultos.

—¿A cuántos muggles mataste este verano, Lestrange?

—Dime, ¿mamá te dejó practicar las imperdonables con su varita?

Alec apretó los dientes y no respondió a sus ofensas. A mí no me dirigieron la palabra, fui invisible para ellos. ¿Cuánto tiempo duraría mi secreto oculto? ¿Qué me harían al enterarse? Ser un saco de arena por los pasillos era duro, pero inofensivo, mas si me atacaban… Rabastan, el eternamente paranoico mortífago, insistió en que yo necesitaba clases de duelo extra y papá estuvo de acuerdo. Pasé el verano trabajando en maldiciones de nivel escolar y otras oscuras, de manera que contaba con una baraja decente de hechizos, desde piernas de gelatina hasta el cruciatus, cortesía de Bellatrix. Ahora yo le hallaba la razón a Rabastan.

Alec y yo nos acomodamos en el extremo de nuestra mesa, cerca de los maestros. Aunque ellos fueran de la orden, de la Luz o meramente neutrales, estaban en la obligación de disciplinar a los alumnos si atacaban a Alec o a mí, por lo que ese lugar era el más seguro. El comedor permanecía medianamente vacío, en la mesa de Gryffindor, por ejemplo, solo había una alumna, parecida a la chica que me insultó en el tren, pero desde mi posición no podía verla bien.

—Escuché que casi escupiste el jugo de calabaza anoche, Harry. En el desayuno hay más variedad: té, jugo de naranja y leche —me ofreció Alec.

—¿No hay café?

No era que yo tomase, pero me gustaba su olor, me recordaba a papá.

—No, ¿deseas que se lo pida a los elfos?

—No es necesario, gracias. Tomaré té.

Alec me sirvió una taza; si continuaba tan servil no pasaríamos desapercibidos. Tomé dos rodajas de pan y huevos revueltos, cubriendo el pan con estos, una tira de tocino aparte y ensalada de frutas. Alec comió un típico desayuno inglés con doble ración de frijoles.

El gran comedor era bulloso, conforme aumentaba la masa de alumnos se incrementaba el ruido. Si bien mi hogar estaba repleto de gritos y rechinar de cadenas, no se armaba tal escándalo de chillidos, risas agudas y choque de tenedores y cucharas con los platos. De reojo observé que Draco llegaba con el ceño fruncido y con su cabello inmaculado. Me salvé de tener que dirigirle la palabra gracias a un trinar estridente.

—¿Qué es? —pedí.

—El correo —me respondió Alec colocando sus manos sobre plato y copa. Al aparecer el ejército de pájaros entendí el por qué: plumas revoleteaban donde los animales volaban y, dado que nosotros estábamos en el inicio de la mesa, todos los pájaros pasaban por ahí. Cubrí mi plato con la servilleta de tela y mi copa con mis dos manos.

El ave de papá, un búho gris con una cicatriz en un ojo, aterrizó frente a mí. El búho de Lord Voldemort era famoso, todos los niños mortífagos se retorcieron en sus asientos alejándose de nosotros dos y los maestros nos pusieron una especial atención. El resto de alumnado no pareció destacar al ave, ellos continuaron campantes con sus vidas.

Le di el sobrante de mi tocino a Villin, el búho, recogiendo la carta y el paquete de papá. Alec también tenía correo, entre estos una copia del Profeta.

Harry

Felicitaciones por tu ingreso a Slytherin. Yo pensaba que te pondrían en Ravenclaw, pero el sombrero sabe lo que hace.

Mi espía me contó de tu reunión con Dumbledore. Lo manejaste bien, el espía dijo que le pareciste cándido e ingenuo al viejo; sé que no actuabas, eres muy inocente, pero trata de continuar así. Debo advertirte que El Profeta está presionando al ministerio y estos a Dumbledore para que revelen tu identidad, ya algo interesante publicaron en el periódico hoy.

También me enteré que viajaste con Alec y el chico Longbottom en el tren. Y no, el hijo de Bella no me contó, yo tengo mis métodos, quería cerciorarme que no te atacaran en el viaje. También manejaste bien al niño ese, pero no te encariñes con él, terminará con la Orden del Fénix.

Te anexé una caja de nueces variadas, recuerda no comer cualquier cosa.

Atentamente.

Tu padre.

PD: El nombre de tu madre está en el artículo del periódico, pero no pondrán su foto. Si quieres léelo, pero no busques información sobre ella.

—Alec —llamé.

—¿Sí, Harry? —habló respetuosamente. Él leía una carta, el periódico lo había abandonado a un costado.

—Dame tu periódico.

Me lo tendió sin hacer preguntas. Lo desenrollé, mi foto de bebé volvía a estar en la portada, pero más pequeña, en una esquina. En el artículo predominaba el listado de nuevos alumnos y las casas a las que habían sido asignados. El artículo señalaba que no se conocía el apellido de nacimiento de tu-sabes-quien, por lo que atinar a su heredero era difícil con tanto niño de origen desconocido. Sorteando el texto, localicé el nombre de Dumbledore.

El director Dumbledore, quien tiene pleno conocimiento de la identidad del alumno en cuestión, dio un comentario al Profeta:

«El Señor Oscuro, como se le conoce, nació de una madre sangre pura que fue en vida una mujer muy pobre, la última Gaunt. Lamentablemente, ella dio a luz en un orfanato muggle -el mismo lugar que le dio asilo en sus últimos momentos de embarazo- muriendo poco después, con solo suficientes fuerzas para murmurar el nombre que había escogido para su hijo. Este orfanato, desconociendo la identidad del niño, le proveyó de un apellido muggle al Señor Tenebroso. Lord… quienes-ustedes-saben fue reconocido ante los duendes (máxima autoridad notarial y de patrimonios) como Lord Slytherin; él no le asignó a su hijo bastardo el apellido de su ancestro, pero si le otorgó su original apellido muggle, reconociéndolo como suyo, pero negándole su primogenitura mágica».

Entonces, queridos lectores, no buscamos a un sangre pura con un apellido de renombre histórico, sino a un niño que pasa, a primera vista, por nacido de muggles.

—Papá va a estar furioso —susurré. Alec me miró interrogante y le señalé el texto. Al menos Dumbledore se quedó para sí la identidad de mi abuelo paterno.

—¿El apellido Riddle?

—Sí.

Guardaría para mí la procedencia de ese apellido. Ojeé de nuevo el artículo hasta dar con un nombre femenino: Lily Potter. El nombre de mi madre era Lily Potter.

Engullí mi comida con pesadez. El gran comedor se había llenado de susurros, los alumnos sin una subscripción al Profeta se unieron a los que sí tenían el diario para leer, las teorías volaban a diestra y siniestra. Una vez el profesor Snape nos entregó los horarios no hubo necesidad de estar más ahí y exponernos. Bien lo confirmó Neville, un niño desconocido con un Lestrange era inusual.

—Vámonos —le pedí a Alec. Este, que aún no terminaba su desayuno, hizo una pila de tocino y huevos sobre su tostada restante y me siguió.

—Te enseñaré el camino a las mazmorras en lo que vamos por los útiles. ¿Qué clase tienes primero?

Revisé.

—Pociones, herbología, media hora libre seguida de encantamientos y defensa.

—Perfecto, el salón nos queda cerca.

—¡Esperen!

Giramos, Alec se atragantó con su bocado. Neville nos gritaba corriendo hacia nosotros y agitando su horario en la mano. Mi, aparente, nuevo amigo era gordito; papá me solía molestar por el ejercicio que yo realizaba, pero sin duda mi estado físico era más balanceado que el de Neville.

—Buenas Neville.

—Buenos días Harry, Alec. Tengo pociones contigo.

—¿Sí? Oh sí, Gryffindor —consulté —. ¿Vienes con nosotros? Alec me va a mostrar el salón.

—Pero primero íbamos a la sala común, no podemos llevar a un Gryffindor —añadió el moreno.

—Cierto. ¿No pueden llevarte tus prefectos?

Neville arrugó el rostro. Su piel era de las que se enrojecían fácilmente.

—Dijeron que estaban ocupados.

—Puf, inútiles Gryffindor. Ven con nosotros, ¿ya tienes los útiles? —preguntó escéptico Alec. La mochila de Neville colgaba en su espalda.

—Si, no sabía que empacar, así que metí todos mis libros. Está encantada para no pesar.

—Bien.

Bajamos hasta las mazmorras, el camino al cuadro de la serpiente si lo reconocía, así que Alec se detuvo con Neville en las escaleras y me mandó a mí a por mi mochila, de tal forma que Neville no pudiese ver la entrada a la sala común.

Hola amiga.

Orador, un placer verlo tan pronto.

Entré por el hueco y me dirigí a mi habitación compartida. Ni cama ni la de Malfoy fueron atendidas por los elfos.

—Tan raro —me dije yendo a la estantería. A medio día quedaría libre de clases, pero bajar hasta las mazmorras era cansado, por lo que, a parte de mis libros, un cuaderno y el estilográfico en su funda, empaqué un libro de poemas de humor para niños y el cuaderno para escribir cartas. Destapé las 72 tintas y elegí el tono rosa chicle, guardando el frasco con lo demás en mi mochila gris, encantada igual a la de Neville para pesar poco y dar la apariencia de estar medio llena.

En el camino de vuelta, antes de salir de la sala común, me topé con Daphne. Éramos los únicos en la sala.

—Buenos días, joven señor.

—Buenos días Daphne —le sonreí, ella nunca intentó besarme a la fuerza, era una chica bastante orgullosa y serena. De todas formas, ella se distanció de mí y yo continúe hasta la entrada a las mazmorras, ese camino era fácil: derecha por tres puertas hasta torcer a la otra derecha y darle de frente hasta las escaleras. Aun así, era un recorrido largo, ya que primero se pasaba por todas las aulas de pociones.

—Mira lo que trae Longbottom —Alec me enseñó una bola de cristal al poner mis pies en los escalones.

—¿Qué es?

—Una recordadora —me explicó Neville tomando la esfera en sus manos. El objeto se llenó de humo rojo —. Me la mandó mi abuela para que no olvidara nada, pero la recordadora no me muestra lo que olvidé.

Me reí, que objeto tan inservible. Alec empezó a moverse en dirección del salón de pociones.

—Papá también me mandó un regalo —les enseñé la caja de nueces mixtas que guardaba en el bolsillo de mi túnica —. Almendras, maní y otro tipo de nuez, no sé cuál.

—¿Te gustan las nueces? —Neville hizo una mueca. Cierto, era un regalo extraño.

—No especialmente. Papá odia los carbohidratos o las comidas grasosas, es un recordatorio de que coma sano. ¿A ti qué te mandaron, Alec?

—Nada. Una carta de mamá diciendo que me ama, que tenga cuidado y te eche un ojo. Llegamos.

Desvié la vista de Neville para ver la puerta del salón que estaba cerrada con candado; Alec la abrió con un alohomora. La sorpresa tatuada en el rostro de Neville era muy comprensible, Bellatrix «la loca» Lestrange no era la definición que uno esperaría de una madre amorosa.

—Tienen una hora y un poco más libre —nos dijo Alec mientras ingresábamos —. ¿Qué vamos a hacer?

—¿Y tú no tienes clases? —pedí buscando una mesa en la mitad para sentarnos. Los escritorios eran para dos, Alec se sentó en la mesa frente a nosotros, literalmente en la tabla, dando la espalda al tablero.

—Historia con Lupin a las ocho —dijo tras consultar su horario —. Iré faltando un cuarto de hora. ¿Conocen el juego del mentiroso? —nos mostró su baraja de cartas, la cargaba siempre en su bolsillo, Rodolphus y Rabastan eran grandes jugadores, lo suficiente para ganarle a mi papá en varias ocasiones, por lo cual él se limitaba a apostar contra ellos pequeñas sumas de dinero.

—Sí.

Neville asintió.

—Repartiré.

Gané la primera ronda. Alec, removiendo las cartas, alzó una ceja. Neville le sonrió.

—Hagamos esto más interesante —dijo el Lestrange.

—¿Cómo?

Talvez la familia de Neville también jugaba a las cartas, porque él adivinó lo que el gesto de Alec significaba. El día que Bella y Rodolphus se enteraran de que su hijo era un amigable conocido de un Longbottom… yo quería estar ahí para verlos explotar.

—El perdedor bailará como un pollo sobre el escritorio de Snape.

Asentí de inmediato, dispuesto a reírme del espectáculo.

—¿Y si llega el profesor? —lloriqueó Neville —. El hombre me odia.

¿Lo conoce?

—A nosotros no nos dirá nada, te cubriremos —dije. Alec se burló.

—Mis disculpas joven señor, pero si Snape llega a verlo a él bailando sobre su escritorio, yo lo desconozco.

Me carcajeé. Sí, imaginaba a Alec haciendo algo así.

—¿Cómo lo llamaste? —Neville frunció el ceño. Él empleaba mucha gesticulación, filtraba sus emociones por los poros, ¿no era genial? Mis conocidos eran tan fríos como témpanos de hielo, francamente aburridos.

—Son cortesías, realmente no soy su señor, pero… —me encogí de hombros. Alec repartió la baraja para embolatar el rocoso tema.

Nunca nos vieron y Alec se fue a tiempo para buscar sus útiles e ir a su clase. Conforme los demás llegaron, nos dimos cuenta lo extraño que les resultaba ver a un Gryffindor con un Slytherin. Yo no podía decir que comprendiese la pelea de las casas de Hogwarts, mas algunas personas se lo tomaban a pecho, igual que Malfoy y Weasley, quienes entraron empujándose.

—¿Quién abrió la puerta? —fue lo que dijo Snape al ingresar.

—Nosotros señor —alcé la mano y Neville me imitó apretando su puño bajo la mesa. Snape se lamió los labios, hubo un silencio incómodo. Un mortífago jamás me pediría una explicación de mis actos, pero un docente lo haría, por lo que me justifiqué para no colocar a Severus en una situación extraña —. La puerta estaba cerrada, la abrimos con un hechizo.

—Las puertas cerradas permanecen cerradas, señor Riddle, téngalo en cuenta la próxima vez.

—Sí, señor.