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10

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Espacio Exterior

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No dejaba de pensar en lo extraño que se había vuelto todo y qué raro se sentía consigo mismo, con la persona que era él en ese momento. Pero allí, lejos de la mirada recriminatoria de todos los que lo analizaban paso a paso, durante toda su vida, se sintió apenas un poco libre de ser este ser extraño que había abrazado un pequeño ser débil. Por supuesto que no lo había planeado, no como aquella vez en la que a sus cinco años se había abrazado a la espalda de un enemigo para volarle las entrañas con una esfera de energía. Y aún se sentía ligeramente paralizado por lo que había sucedido… Bulma nuevamente le había desconcertado y dejado a un lado con los ojos bien abiertos.

En algún momento se había levantado y balbuceado unas disculpas, se había reído torpemente mientras se limpiaba con las mangas el rostro y la nariz para volver al asiento del piloto.

—¿Q-qué estás… —balbuceó Vegeta. Se sentía terriblemente contrariado, como si fuera espectador de algo sumamente abstracto.

Bulma, con un rostro menos húmedo, le sonrió desde el otro lado de la nave mientras él se ponía de pie.

—Te lo prometí, ¿no? Conozco a alguien que puede sacar eso que traes en la nuca… Ese era nuestro acuerdo, ¿recuerdas? —Volvió a su vista al mando—. Es un planeta enano que queda un poco lejos de aquí.

Vegeta se volteó y observó de lejos la ruta que Bulma le había marcado, convenientemente no quedaba demasiado lejos de Vegetasei. Sin embargo, se extrañó, conocía esas coordenadas.

—Ese planeta fue conquistado por la Armada.

—Lo sé. Prácticamente lo destruyeron… Hace aproximadamente ciento cincuenta años fue conquistado y tomaron de él los pocos recursos naturales que tenía. Establecieron una base que abandonaron por algún motivo. Desde entonces el planeta se ha regenerado y un grupo de personas se han refugiado allí, es un lugar seguro… Y está cerca de tu planeta. Regresarás a casa en poco tiempo.

—Bien —se limitó a decir tomó asiento en el sitio que ella había abandonado.

Bulma se levantó repentinamente y se estiró, tan casual que uno no hubiera podido creer que había perdido a su familia entera.

—Voy a darme una ducha y luego a dormir un poco. Este viaje sí que me ha dejado exhausta.

Él no respondió nada, la miró caminar junto a él y salir por la puerta situada a su espalda y frunció el ceño. Parecía que cada vez le resultaba más extraña. Quizás ella era la única sobreviviente de su planeta y se comportaba de una manera tan poco afectada que parecía una broma. Bulma tenía que estar fingiendo. Tal vez, si se comportaba como si nada hubiera pasado, ella misma se lo creería.

Pero él no tenía de qué preocuparse, Bulma no era más que un medio para obtener una información que le había estado carcomiendo por dentro. Sacó de su manga la memoria que había utilizado Bulma para extraer la información y se preguntó qué encontraría allí. Y lamentablemente su conocimiento de informática se limitaba al uso de su scouter y el manejo de varias naves. Tendría que esperar a que ella saliera de la ducha para poder hablar al respecto.

La esperó en la cantina con la memoria en la mano, extrañamente tranquilo y con una macabra sonrisa en el rostro. Al fin acabaría con aquella sabandija que le había tendido una trampa… Tenía sus sospechas, por supuesto, y si fuera por él se encargaría de matar a ese individuo sin mucha ceremonia, pero los gajes de la política se lo impedían. Él no era el Rey y aún le faltaba mucho para tomar su lugar.

Cuarenta minutos pasaron, y si bien aquella muchacha terrícola era aficionada a perder el tiempo no recordaba otra ocasión en la que hubiera demorado tanto allí dentro. Terminó acercándose al baño al extrañarle la demora, tenía una leve sospecha. Cuando finalmente salió envuelta en una toalla lo miró ligeramente intrigada.

—¿Qué haces allí parado como un pervertido? ¿Estabas espiándome? —le cuestionó al encontrarlo apoyado sobre la pared junto al baño.

—No tienes nada que me interese ver —le contestó tratando de controlar su gesto, pero su nariz se arrugó pronto sobre el puente y sus mejillas se acaloraron—. Aún hay algo que debes hacer —le dijo, mostrándole la memoria.

—Ah, eso… Está bien, ¿vas a dejar que me ponga algo decente primero o su majestad precisa mis servicios de inmediato?

Aburrido de sus burlas se limitó a dirigirle una mirada afilada y salió caminando hacia la cantina. Por un segundo se había sentido algo contrariado, pero estaba seguro de que Bulma no tenía idea de quién era en realidad. No debía prestarle tanta atención, y no quería hacerlo. Pero desde el pequeño episodio que se había dado hacía menos de una hora, no estaba seguro de cómo abordarle.

Se sentó en la mesa de la cantina con la memoria entre los dedos, esperando a que Bulma apareciera con su computador y finalmente pudiera conseguir alguna respuesta. Ahora se preguntaba qué pasaría si sus sospechas se confirmaban. Debería llevar esa información a su padre y al Parlamento y Kore… Kore probablemente moriría.

Vegeta pocas veces había titubeado antes de matar a alguien, si alguna vez prolongo una muerte había sido por diversión, una macabra forma de entretenimiento cuando tu única misión es destruir todo a tu paso. Nunca había mostrado algo de clemencia, y eso era algo que hasta ese momento le enorgullecía. Sin embargo, el pensar que quizás él sería el encargado de acabar con la vida de Kore le traía algo de inquietud. Sabía que podía hacerlo, que era más fuerte que ella, pero quizás traería acarreados algunos problemas políticos que no estaba muy seguro de cómo resolver.

En aquel instante recordó algunas cosas que su padre le había intentado enseñar. Y era que cada decisión que tomara, buena o mala, volvería para perseguirlo de una forma u otra. Debía estar seguro de que no se arrepentiría… Y si todo aquel proceso de demostrar la culpabilidad de su esposa volvía las cosas muy engorrosas, quizás lo más inteligente sería simplemente hacerle a ella lo que le habían hecho a él. Tenderle una trampa y esperar que alguien más la matara le solucionaría mucho las cosas, si encontraba a alguien lo suficientemente fuerte como para asesinarla. En aquel caso la siguiente en la lista tomaría su lugar y él finalmente podría estar tranquilo… Asumiendo eventualmente la corona junto a una reina digna de él.

Bulma llegó para interrumpir sus cavilaciones, tenía una toalla húmeda aun, sosteniéndole el cabello. Se sentó a su lado y dejó el computador sobre la mesa. Él la miró de reojo, se había quitado el uniforme de la armada y bajo sus ojos se habían formado dos pequeñas bolsas. Se le hizo probable que hubiera estado llorando dentro de la ducha y nuevamente le recorrió ese sentimiento extraño. Vegeta sentía un poco de lástima y algo más. Pero no le dijo nada, ignoró las bosas bajo sus ojos y el halo enrojecido alrededor de ellos, pasó por alto la expresión decaída y esperó a que terminara de teclear. Ella conectó la memoria y en algún punto de aquel proceso le sonrió.

—¿Y? —preguntó él impaciente.

—Según veo, se han comunicado ya por algún tiempo.

—¿Quién? ¿Hay algún nombre?

—No, no es tan explícito. Supongo que quien estaba enviando información quería mantenerse anónimo. No lo culpo… Solamente ha enviado coordenadas. Las anotaré para ti, quizás tu entiendas lo que signifiquen. Las conversaciones sólo dicen cómo y cuándo, pero no estoy segura de a qué se refieren.

Vegeta asintió, pero no estaba conforme. Se sintió algo ingenuo por haber creído que la identidad de su informante estaría allí escrita, esperando a que la encontrara. Tal vez la única manera de obtener esa información sería teniendo a alguien dentro de la misma Armada, pero eso sonaba más imposible que una confesión de Kore.

Se sonrió en un gesto cansado, de todas formas, volvería a casa con las manos vacías.

—Lamento no haber obtenido algo mejor —se disculpó ella al notar su semblante apenas acongojado.

—Parece que este viaje terminó siendo un fracaso.

—Aparentemente…

Al cabo de un momento de silencio, Bulma se levantó de la mesa, dejó el computador abandonado junto a Vegeta y se marchó. Él podía sentirlo, que algo había cambiado en ella y aunque le inquietaba se decía a sí mismo que no era su problema. El único problema que él tenía en ese momento era que, a pesar de haber puesto su vida en riesgo, no había conseguido dar con la identidad de aquel traidor. Volver con aquella incertidumbre no le agradaba y se cuestionó si debía o no dar a conocer al Parlamento aquella información. Se sentía como si le diera la ventaja a esa rata escurridiza que se había metido entre sus filas, dejarle saber que estaban al tanto de su existencia más no de quién era exactamente no se le hacía algo de lo cual podría sentirse orgulloso. Más bien le avergonzaba, y estaba seguro de que su padre se sentiría de la misma manera.

¿Qué tal si no se trataba de una sola persona y era más bien un grupo? ¿Un golpe de estado? No, era demasiado, los tendría que matar a todos. Mantenerlos a raya influyendo miedo, que le tuvieran tanto terror a la muerte o peor, a las torturas de las que serían capaces él y su padre, que temieran tanto a la agonía que se verían obligados a pensarlo más de una vez antes de traicionarlos.

No le quedaba más opción.

Repentinamente miró por el marco de la puerta por la que se había retirado aquel remedo de mujer, esa que imitaba a la anterior, la que se había muerto hacía pocas horas. Quizás él no podría dar con su informante, pero, si le brindaba todas las herramientas necesarias, Bulma podría.

De pocas cosas estaba completamente seguro en su vida. Estaba seguro de que no había guerrero más capaz que su padre, estaba seguro de que su hermano pequeño moriría a temprana edad, estaba seguro de que su madre había sido la mujer más sádica que había tenido la fortuna de conocer. Sobre todo, estaba seguro de que no había mujer más astuta que la que había conocido aquel día en prisión.

Bulma era tan capaz de conseguir para él aquella información como él lo era para exterminar una raza entera. Ahora que la búsqueda de ella había terminado tal vez, si le ofrecía algo, ella aceptaría trabar para él. Le brindaría su protección y la Armada no volvería a encerrarla, y así podría ponerle las manos encima al pobre desgraciado que había tenido la brillante idea de traicionarle.

Lamentablemente, el camino a aquel planeta enano que Bulma le había mencionado no fue tan animado como lo había sido el camino a la estación espacial AEX. Por supuesto, Vegeta no extrañaba el ambiente ajetreado, la música extraña, ni los ejercicios improvisados de Bulma en cualquier parte de la nave; tampoco echaba de menos aquellos juegos con los que tanto le insistía. Sin embargo, todo aquello hubiera sido una excusa adecuada para comentarle sus ideas, aquel plan que había instigado por sí solo. Pero Bulma no parecía interesada en conversar con él, ni en ser su dolor de cabeza.

La mujer se movió como un zombie durante varios días, muerta en vida. Su mirada apagada se perdía en el metal sólido de las paredes y, aunque la comida no era de lo más apetitoso que se podía encontrar en esa parte de la galaxia, Bulma no probaba bocado.

Vegeta no podía decir que se preocupara por ella, realmente el sentimiento que creía tener para con Bulma era el de una simple mascota. Le servía comida para que no muriera de hambre y le hubiera lanzado un juguete para que sonriera, aunque sea una vez. O eso se decía él porque realmente no le hacía feliz verla así de desdichada. Quizás, de haber sido él quien purgara el Planeta Tierra, se la hubiera quedado para convertirla en su esclava favorita. Aunque la idea se sentía ligeramente extraña… Él no era del tipo de hombre que posee esclavos, tener ojos a su alrededor a todo momento le parecía incómodo, él era más bien un hombre solitario. De cualquier manera, no era como si su familia no los tuviera, el castillo entero estaba rodeado de esclavos. Los tenía para que limpiaran su ropa, para que hicieran su comida, los tenía para limpiar su retrete y que los pisos brillaran a todo momento. Incluso los había custodiando a los más jóvenes de su especie en la sala de incubación. Pero él no tenía mujeres, no como su padre…

Para ella había sido muy difícil no volverse a desmoronar como lo había hecho en la cabina de la nave, y no había absolutamente nada que pudiera hacer para remediar aquella horrible situación. Desde aquel día en el que se la llevaron, en el que la arrancaron de su planeta, no había pensado en otra cosa que no fuera el paradero de su familia. Tights, papá y mamá, incluso de vez en cuando se preguntaba qué había sucedido con el viejo gato de la familia y lo mucho que su padre debía echarle de menos.

Aprovechaba sus ratos en la ducha para llorar como una pobre desgraciada. Y luego salía preguntándose si, quizás, no sería lo mejor para ellos haber dejado de existir en un universo tan cruel y macabro.

Su madre y Tights eran de las mujeres más bonitas que había visto en su vida, y no lo pensaba sólo porque fueran su familia. De haber sobrevivido hubieran sido prostituidas hasta morir de alguna infección, violadas hasta que no quedara nada de ellas. Y por supuesto no deseaba que les tocara vivir un destino tan funesto, muchas veces lo había temido para sí misma y tomó la precaución de crearse su propio chip para que ningún enfermo la dejara embarazada.

Los días posteriores a su descubrimiento se sintieron fatales. Vegeta estaba ahí, pero como siempre, no era de los que llenan el vacío del silencio con conversaciones. En ese instante extrañó a Yamcha, él habría hecho lo que fuera necesario para levantarle el ánimo, pero él también estaba muerto. Ella había sido la única sobreviviente y esa certeza le daba escalofríos. La última humana, tal vez. Quizás por eso el coleccionista la buscaba con tanta insistencia, o quizás sólo lo hacía porque podía. Para él no era ningún inconveniente desplegar una búsqueda por lo largo y ancho de universo por uno de sus juguetes perdidos.

—No tenemos más carne deshidratada.

—¿Huh? —La voz la sacó de su ensimismamiento, se giró a verlo mientras analizaba dos paquetes de comida seca y le miró con una expresión extraña. Vegeta la miró por encima de su hombro, no tenía el mismo rostro de antes, esa mirada desencajada cuando la encontró llorando debajo de su casco. Vegeta la observaba con desagrado.

—¿No me escuchaste? ¿Aún sumergida en tu autocompasión? Qué fastidio.

—¿Qué dices? —cuestionó, no porque no hubiera entendido su pregunta, sino porque le sorprendía que no tuviera un poco de compasión por lo que había pasado, por lo que ella había vivido.

—Los muertos no deben estarse preocupando por ti, hazte un favor y come algo, estás cada día más asquerosamente delgada. Te ves desagradable, escuálida —contestó girándose para decidir qué iba a comer esa mañana.

La verdad era que casi no se habían dirigido la palabra las últimas semanas en esa nave. Bulma estaba casi sumergida en un estado miserable y Vegeta simplemente no sabía qué hacer al respecto. Se discutía constantemente si decir algo o quedarse callado y había llegado a un punto en el que el silencio constante comenzaba a enfermarle, verle arrastrando los pies de la cantina a la litera y de la litera al baño era tan desagradable para él que comenzó a verle descontento.

—¡Oye! —gritó al cabo de un momento de concienzudo análisis. Vegeta no tenía derecho de hablarle de esa manera. Pero su rugido fue recibido con una ligera sonrisa que ella no llegó a ver—. ¡¿Qué no tienes respeto?! ¡¿Sabes cuánto tiempo llevo buscando a mi familia?!

—Tiempo desperdiciado. Pudiste haber encontrado un planeta seguro en el que asentarte en lugar de estar vagando por el espacio mientras te persigue un desquiciado. Eso aún me resulta extraño, tal vez me hayas mentido... No veo por qué valdrías la pena.

—¡No puedo creer que puedas ser tan indiferente! —le gritó con el rostro fruncido—. ¿No tienes un poco de decencia? No… —siseó en un tono irónico—, ¿cómo podría pretender tanto de un mono como tú? A veces olvido que eres un saiyajin… Ha de ser porque te amputaron la cola.

Él no esperaba que fuera capaz de apuntar tan bajo para devolverle el golpe, le había dolido el recuerdo de su rabo cortado y por un momento sintió el ardor de nuevo, allí. Pero se lo merecía y se sentía relativamente satisfecho, al menos ya no era un cadáver andante, el fuego seguía ahí adentro.

—¿Recuerdas que puedo matarte? ¿O tienes problemas de memoria? Cuida tu lengua, humana.

—Te reto a que lo intentes —contestó ella molesta, ¿qué más daba? Que supiera o no que aún había comandos en aquel controlador. Se giró sobre la banca de la cantina y apoyó sus codos sobre la mesa.

Vegeta se extrañó, lo que había dicho no le sonaba del todo bien. La volvió a ver y no sólo el fuego se había reavivado, tenía un aspecto diferente. La manera desafiante en la que lo miraba, su lenguaje corporal, todo le decía ¿Quieres probar? Él la conocía lo suficiente como para saber que no iba a fanfarronear de esa forma si no estuviera segura y un escalofrío le recorrió la espina.

—No serías capaz… —le dijo, dejando sobre el mueble las bolsas de comida.

—Tal vez lo tengas merecido por burlarte de mí en mi momento más vulnerable, ¿qué pasa Vegeta? ¿Asustado? Yo no necesito un control para someterte. Anda, inténtalo. Veamos qué pasa…

—Te mataría con un solo golpe.

—Bueno, quizás terminemos ambos muertos. ¿Qué tal suena eso?

Su amenaza sonaba creíble, pero tenía que sacarse la duda. Tal vez sólo estaba actuando, tal vez sólo quería asustarlo para que no se atreviera. Pero, mientras lo analizaba, ella se puso de pie y caminó hasta él con los brazos cruzados y ese aspecto valentón, con el mentón alzado, con un reto en la mirada.

Él se sonrió, de alguna forma le hacía gracia que fuera a tomar tal prevención. Le había revelado que no se iba a fiar de su buena voluntad en ningún momento, y hacía bien en hacerlo, era inteligente. La felicitó mentalmente pues él jamás iba a admitir que de cierta forma le admiraba. Él había matado como ella miles, y lo seguiría haciendo cuando regresara a su planeta.

—Debí haberlo imaginado.

—Adelante, Vegeta. Inténtalo.

No sólo el fuego azul en los ojos de Bulma había regresado como una bocanada infernal, otra cosa había despertado en Vegeta. Él la miró allí, parada frente a él como una bravucona y era tan divertido, cómo alguien tan pequeña podía ser tan altanera. Observó su rostro pálido que apenas se había ruborizado, quizás por lo enojada que estaba con él. Tan enojada como para empujarlo a esto. Tan molesta que podía picarlo y picarlo sabiendo perfectamente que él era una bestia. Pero él sabía que toda esa frustración no se la había ganado sólo él, casi podía palparlo. Toda la tristeza que había venido arrastrando no llegaba sola, Bulma estaba llena de odio, llena de impotencia y una sed muy particular, de esa que él conocía tan bien. Bulma quería destruir a la Armada al igual que él, quizás más.

De alguna forma quería intentarlo, aunque terminara convulsionando, quería someterla y que nada pasara, que fuera toda una treta suya. Que no fuera más que un invento de ella para mantenerlo a raya y mortificarlo.

Observó sus brazos esbeltos, tan delgados que le daba risa. Le miró los hombros y el pecho, las piernas y la punta de los pies y se sonrió descaradamente.

—¡Hazlo! —le gritó y sintió la pared golpeándole la espalda.

Abrió los ojos presa de la sorpresa. Allí estaba él, encima de ella y lo que había creído en principio que era la pared no era más que el suelo. La había arrojado al piso de la cantina con tal rapidez que su ojo humano no logró ver absolutamente nada. Estaba envuelta en él y pudo sentir de cerca el aroma suyo, el olor a Vegeta, ese que se despedía naturalmente de su piel morena.

Ambas muñecas agarradas firmemente por sus grandes manos, sus rodillas aprisionadas entre las piernas del saiyajin. Bulma tragó y lo miró a los ojos, aquellos ojos oscuros y perturbadores que la miraban fijamente y más abajo una sonrisa petulante. Se dio el lujo de mirarlo en detalle, como nunca antes había podido hacer. La forma de sus cejas pobladas y la línea perfecta de su mentón, la nariz y las pequeñas arrugas en el puente. Los labios apenas húmedos y los dientes blancos, con apenas un canino brillando en aquella sonrisa ladeada.

—Mentirosa —le susurró y provocó un escalofrío. No le había costado nada tumbarla, aunque temió que lo que dijera fuera cierto y terminaría frito sobre el suelo junto a ella. Pero él no iba a dejarse doblegar por una humana.

—Tú eres el que está mintiendo —le contestó confiada y el entrecejo de él se contrajo—. ¿Tenías siquiera la intención de hacerme daño? ¿O sólo querías recostarte sobre mí?

—Dijiste que no podría —gruñó él—. ¿Pretendías morir? ¿Aquí? ¿Eso buscabas? —Ella se sonrió repentinamente y se echó a reír—. Estás loca —soltó confundido.

—No, Vegeta —siseó al recobrar un poco la compostura—. Lo programé para que te detuviera en caso de que tuvieras la intención de hacerme daño. No funcionará si sólo quieres tenerme debajo de ti, ¿eso era lo que estabas pensando?

Él la soltó como si quemara y se incorporó, pero antes de que lograra ponerse de pie ella se sentó en el suelo y lo enfrentó descaradamente, como si finalmente le importara un carajo la idea que se hiciera.

—¿No vas a contestarme? Cobarde.

—Aún me sirves, cuando dejes de serme de utilidad tendré verdaderas intenciones de matarte —No mentía, sin embargo, aquella frase le sonó a él mismo como una. Como si no sólo estuviera convenciéndola a ella.

La distancia entre ellos se acortó, Bulma se inclinó hacia él y Vegeta respiró el aroma intoxicante a ella. La miró a los ojos, una expresión nueva, diferente a las que le había visto hasta ese día. Un reclamo se percibía a punto de salir de su lengua viperina.

Le excitó la situación, no había otra forma de describir el escalofrío que le recorrió desde los dedos hasta la nuca. El fuerte palpitar que no tardó más de un par de segundos en presentarse y calentar sus venas. Bulma se acercó a su oído y su aliento cálido lo debilitó. Su respiración le rozó el lóbulo, pero se mantuvo lo suficientemente alejada de él como para no tocarle la piel.

—Eres un cobarde, Vegeta —le dijo y se levantó.

Él estaba ofendido, profundamente ofendido. La vio caminar hasta la cabina en aquellos jeans cortos que se había puesto por la mañana y esa camiseta holgada que le dejaba ver cada lado de sus firmes pechos. Un rugido clamó en su interior, su pecho asfixiado de ese grito desesperado que había estado acallando día a día desde que la había conocido.

Nadie jamás en su vida le había llamado cobarde. Nadie. Y al escucharlo por primera vez se dio cuenta de que se estaba comportando como tal. Que desearla lo hacía débil, sí, pero no admitirlo lo convertía en un cobarde.

El impulso de tomarla del brazo y detenerla le nació como un relámpago en medio de la noche, y miles de ideas indecentes se le cruzaron por la mente turbada. Quería arrojarla sobre la mesa y desgarrar esa blusa blanca que le transparentaba los pezones, quería bajar esos pantalones cortos y comprobar si sus labios inferiores eran tan rosa como los imaginaba en sus recuerdos colmados de drogas. Quería saber a qué sabía ella, su piel, su sudor.

Se levantó como un animal y la detuvo. La respiración le pesaba para cuando ella se giró y lo encaró. Traía el rostro sonrojado, como él, como si ambos estuvieran compartiendo sin saberlo, los mismos pensamientos perversos. Ella lo miró, esperando que diera un paso más y él vio en ella cierto anhelo. Él sólo tenía que dar un paso más, un solo centímetro y probaría nuevamente de su boca y estaba vez lo recordaría. Ambos lo harían, Bulma jamás volvería a olvidarse de él.

—Hazlo… —le susurró mientras su mirada se perdía en aquel espacio entreabierto de sus labios y él no necesitó cruzar más palabra para enterrarse allí.

Las manos de Bulma se fueron directo a su cabello y con una le sostuvo suavemente de la mejilla. Era tierna, era suave y desde donde él estaba podía respirar profundamente el aroma frutal de su cabello húmedo. Ella lo deseaba, lo sentía bajo sus dedos, lo sentía en el movimiento desesperado de sus labios y en esa lengua intrusa que acariciaba la suya. Lo percibía en esos leves quejidos que soltaba mientras la arrastraba por el pasillo hasta la pared.

Se agradecía no estar usando aquel traje de la armada y no traer puestos los guantes. La textura de la piel expuesta de Bulma era más agradable de lo que podía recordar. La piel de su cintura, de su espalda, quedaban a la vista cuando ella levantaba los brazos y él sabía bien que ella no usaba sostén. Lo había notado cada día y todas las mañanas se preguntaba si usaría uno ese día o no, si tendría que buscar nuevamente un sitio lejano sobre una pared al azar para no mirar su escote.

Respiró con fuerza sobre la mejilla de Bulma, ella seguía apretando su rostro contra el suyo, buscando aquel beso con tanta necesidad que le volvía loco. Esa manera de desordenarle el cabello y hundir sus blancos dedos, esa caricia en la mejilla evitando que se pudiera separar, ¿por qué había esperado tanto?...

Recorrió su cintura y la sintió estremecerse, su tacto intruso le hacía vibrar por dentro y se preguntó qué tanto temblaría si tocaba un poco más. Él necesitaba saber cómo se sentía, qué pasaría si tocaba más y cómo se sobresaltaría ella. Qué cara conocería cuando le tocara en lo más íntimo.

Vegeta deslizó sus dígitos por debajo de la costura del jean de Bulma y se topó con la pequeña tela de su ropa interior. Enredó su dedo índice de aquella tela suave y ella gimió bajo su beso, repentinamente le enterró con cuidado las uñas en el cuero cabelludo y le tiró del cabello. Intrigado, abrió los ojos y la miró de frente, no había nada más que un reflejo de lo que él sentía, mirándolo del otro lado. No había más que el más crudo deseo.

Por un instante le sorprendió que se sonriera con tanta malicia, hasta que sintió su ropa interior apretada bajo sus jeans y el dedo de Vegeta removiendo la tela para escucharla gemir otra vez. Acariciando la suave piel de su trasero.

No pudo contenerse y se mordió los labios cuando Bulma levantó una pierna a la altura de su cintura. La tomó por la rodilla y se empujó contra ella. Un suspiro cálido salió de sus labios al sentirlo rozándose contra ella y no tardó en menear su cadera.

Con su mano derecha le sostenía una rodilla y con la otra dibujaba un pequeño circuito en su ombligo, la piel era terciopelo blanco y él se había embriagado de los sonidos que Bulma soltaba en cada ligero movimiento. ¿Qué sonidos dejaría salir cuando lo tuviera dentro? ¿Cómo pronunciaría su nombre cuando la hiciera de él? A esa mujer desobediente, irreverente y suicida.

Volvió a verla a los ojos, tan expectante de la expresión de su rostro que la hacía avergonzarse. Su mano áspera viajó lentamente desde su abdomen hasta las costillas, y de allí subió. Pero extrañamente no hasta su busto. Vegeta apoyó la palma de su mano sobre su pecho y se sonrió al percibir el acelerado latido de su corazón bajo sus dedos.

—¿Emocionada? —se burló tratando de disimular su pesada respiración.

Bulma estaba completamente ruborizada y su entrecejo se había curvado hacia arriba, y esa era la expresión que él quería ver. Quería verla así, pidiéndole que siguiera con tan solo mirarlo.

Bajó su mano extendida y le apretó un pecho, sintió primero su pezón suave endureciéndose bajo su tacto. Quería lamerlo y morderlo, quería mirarla a los ojos mientras lo hacía y verla gritar y clavarle las uñas como lo había hecho hacía un momento, pero con más fuerza.

Llevó su otra mano a su trasero y arrastró los dedos con fuerza al centro sur de su figura y la tocó bruscamente sobre la gruesa tela de su pantalón. Odió esa prenda que no le dejaba sentir nada de lo que había debajo, ansiaba conocer su textura, necesitaba saber qué tan húmeda estaba.

Repentinamente la soltó y con ambas manos se dirigió a los botones del jean, Bulma se abrazó de él una vez más y le besó, enredó su lengua húmeda con la de él y soltó pequeños quejidos sobre su boca. Le había encantado su sabor, la manera brusca que tenía de recibirla y esa ansiedad que se palpaba en cada toque. A Bulma le encantaba ese hombre y no le importara que fuera de alguien más, lo quería para ella en ese momento.

Su espalda ancha le servía para abrazarse de él y ponerse a horcajadas allí mismo en el pasillo, cuando él finalmente pudiera sacarle los pantalones y se bajara los suyos.

Pero, mientras él se deshacía de sus pantalones una luz blanca se encendió en el pasillo y, aunque Bulma no deseaba mirar, le echó un vistazo rápido y se quejó.

Vegeta se giró a ella ligeramente contrariado y tardó poco en notar que la luz se había prendido, habían llegado a destino y no faltaba mucho para que tuvieran que marcharse a la sala de control para aterrizar la nave.

No era posible, él estaba listo y en breve sabría perfectamente qué tan dispuesto estaba su cuerpo a recibirlo. Necesitaba enterrarse en ella allí mismo y romperla por completo. Doblegar ese espíritu por un momento, por unas cuantas horas y saciar ese deseo que le había estado carcomiento sin que se diera cuenta.

La miró a los ojos, a sus grandes ojos celestes que parecían particularmente preocupados. Estaba distraída, no la tenía completa frente a él, no estaba ahí como él quería.

—Maldita sea —soltó y deshizo su insistente agarre.

Bulma lo detuvo, aun con la respiración agitada y el deseo ruborizándole las mejillas.

—Cuando terminemos, podemos…

Era difícil para ella decirlo explícitamente cuando se había estado negando tanto a esa situación, pero lo que había dicho bastaba para que los dos entendieran, esto no había terminado. No estaba dispuesta a dejar las cosas a medias o irse con un recuerdo entorpecido. Casi igual de incómodo que ella, él asintió y se giró camino al baño. Tal vez necesitaba un poco de agua fría para deshacerse de esa enorme erección que traía escondida bajo los pantalones.

Bulma se lamentó mientras caminaba hasta la sala de navegación y se sentó sobre el asiento del capitán. El planeta ya estaba a la vista y una vez frente a la ventana delantera observó el enorme sol sobre el que giraba ese sistema solar. Si ya se sentía acalorada ahora su cuerpo hervía y en todo lo que podía pensar era en él, en su cuerpo ancho y fibroso, marcado en los sitios correctos y en esa erección que le había estado empujando y había quedado sin descubrir.

Amargada, hundió su rostro entre las manos. Vegeta parecía el tipo de hombre que podía simplemente rechazarla sin mucha ceremonia, sin demasiados motivos… Y repentinamente se encontró a sí misma acongojada, temiendo que ahora recapacitara, que pensara en aquella esposa olvidada y decidiera que aquello había sido un error.

Pasos distantes la despertaron de sus tabulaciones y se enderezó, resignada y tratando de aparentar que no estaba afectada. Por alguna razón insistía en una apariencia lejana a lo que realmente era, estoica y tranquila. Escuchó a Vegeta sentarse cerca de ella y su nuca ardió. Esa impresión más allá de lo sensorial, esa de estar siendo observada, le asfixiaba como los mismos besos impetuosos del saiyajin. Podía sentir que su mirada oscura estaba clavada en su cuello y su pulso volvió a acelerarse.

Del otro lado él permanecía sentado, mirándola, incapaz de quitarse de encima esa ráfaga hambrienta de ella. Se sentía un animal, desesperado, desnudo de toda voluntad. Los pensamientos nublados al punto de que hubiera dejado la nave caer en el planeta sin importarle nada, todo con tal de enterrarse en ella. Por él que todo se hubiera ido al diablo.

Se sonrió cínico, su cadera se removió sobre el asiento y él se imaginó lo incómoda que debía sentirse, ¿cómo no hacerlo? Él le había removido la ropa interior y ahora seguramente estaría estrangulándole allí debajo, en esa intimidad que anticipaba rosa y húmeda. Él se rio, muerto de ganas de darle una mano y hacerla sentir libre de esa prisión de telas innecesarias.

No podía quitarse la sensación, la textura de la piel bajo sus manos callosas, el sabor, el aliento cálido humedeciéndole la mejilla, los suspiros cargados de sensaciones. Y él, que se había vuelto un mero espectador que no hacía más que tocar diferentes botones para ver qué pasaría después, cómo reaccionaría a tal o cual cosa que le hiciera. No se desprendía de esa necesidad tan intensa de verla a los ojos, esos ojos grandes que habían resultado ser tan espeluznantemente expresivos. Era simplemente maravilloso ver cómo se arrugaba ese sitio entre sus cejas cuando lo sentía invadiéndola, y suspiraba su aliento dulce y pesado.

¿Cuándo había sido la última vez? La última ocasión en la que se sintió así, con la piel ardiendo de impaciencia, de deseo. No lo recordaba, tal vez nunca se había sentido así de ansioso…

Ella lo miró por el rabillo del ojo sólo para asegurarse de que su sospecha era cierta, que él no le sacaba la vista encima. El filo oscuro de sus ojos felinos la recibió al instante y ella se giró, acorralada. Miró al mando y las manos le temblaron por un momento, pero tomó el timón con firmeza. No tenía la intención de parecer una niña casta, realmente no lo era. Pero por algún motivo que no entendía Vegeta tenía la capacidad de hacerla sentir intimidada, pequeña. Y no le desagradaba ceder el control por un momento. Déjarlo a él dominarla por completo y…

Bulma tragó saliva repentinamente al percatarse de que su mente había comenzado a divagar una vez más en aquellos pensamientos sucios que le habían perturbado desde hacía más tiempo del que podía admitir con sinceridad. Él estaba atento a cada movimiento, miraba como sus manos iban de un lado al otro, y buscaba en el mapa que se presentaba en la pantalla frente a ella la ubicación exacta de esa antigua base de la armada, que por algún motivo había quedado abandonada. Al encontrarla Bulma se sonríe levemente, aunque sigue incómoda. La ropa interior aún le apretaba y no había mucho que pudiera hacer, frente a los ojos atentos del saiyajin que la examinaba como si la estuviera desnudando sin tocarle.

La nave se adentró en la atmosfera y recorrió el pequeño planeta hasta el hemisferio en el que se hayaba la base. Una vez allí su amiga podría sacar ese aparato del cuello de Vegeta y él finalmente sería libre… Libre de marcharse a su planeta, reflexionó ella repentinamente.

Vegeta se marcharía, recordó entonces y se intentó convencer de las palabras que se oían en su mente, pero no tiene sentido. Quizás esta sería su única oportunidad de acostarse con él, luego no volvería a verlo y eso debería aliviarle. ¿Por qué no le aliviaba?, se preguntaba distraída, haciendo que la nave se acerque demasiado a la superficie del planeta y, al percatarse, su gesto se transformó en pánico y levantó el mando con premura. Se giró avergonzada a ver al saiyajin y él arqueó una ceja, quizás creyendo que estaba inundando su mente en obscenidades y no lograba recobrar por completo la compostura. Pero Bulma estaba pensando en lo poco que podía llegar a arrepentirse de acostarse con un hombre casado si planeaba no volver a verlo. Sonaba de lo más convincente, pero no le satisfacía.

Él no había demostrado que sintiera nada por su esposa, jamás se había vuelto a mencionarla o siquiera intentar contactarse con ella, sin embargo, eso no lo volvía un hombre soltero. Y le daba celos. Bulma sentía celos de aquella esposa que no sabía, conocería dentro de poco tiempo.


N/A: Lo prometido es deuda, llegaron comentarios tan bonitos desde mi última actualización que me pareció muy merecido adelantar tanto el siguiente capítulo. Aunque creo que ha sido un arma de doble filo esto de actualizar tan rápido porque me surgió un viaje express de un par de días y el próximo sí me tomará poco más de una semana en subir. Espero me sepan comprender. Sólo voy a decirles que si les gustó este capítulo, con el siguiente PFFFFF. Se viene una bomba, el capítulo 10 y el 11 vienen con muchas respuestas para las que andan teorizando con Kore.

Por supuesto que hay que darles las gracias a todas las personas que se quedaron un ratito más conmigo para dejarme un comentario de apoyo, no saben lo feliz que me pone que a tanta gente le este gustando el fic. De verdad, es que no me imaginan cuando miro mi mail esperando el primer comentario, o despertandome después de publicar un capítulo y que lo primero que haga sea revisar si tengo algún review. No quiero que suene a que les exijo que comenten, solo quiero que sepan que a mí me genera quizás la misma emoción sus comentarios como a ustedes les genera cuando se actualiza su historia favorita. ¡Sin más! ¡Mil gracias a Bella Kuran, MBLMA, Lu, Nuria (Es un buen planteo, pero Vegeta ha sido muy cuidadoso en no mencionar el nombre de su planeta a Bulma y asume que no lo sabe, porque realmente no lo sabe. Bulma ha viajado por muchisimos planetas durante los últimos cinco años pero, a pesar de que conoce a dos saiyajin, no sabe el nombre de su planeta), Juanita Perez (Interesantes planteos sobre el traidor de Vegeta), ¡Apolonia!, Jime Maty Olguin, Strava, Yarelli, ¡Mari!, wendisnice, Flopo, , belen.b, 23bogado y todas las cuentas Guest que también comentaron! De verdad les tengo un aprecio muy grande por tomarse la molestia de comentar mi fic. Son geniales, ¡hasta la próxima!