Buenaaaas.
Respondiendo a Nancy: Si, es súper gracioso, especialmente porque creo que Voldemort está ¿infravalorado? ¿Subestimado? No lo sé, no entiendo porque lo pintan como un mal padre (de hecho, esto va a ser mencionado en este capítulo); yo no dudo que el tipo sea estricto, que le dé con su cinturón a Harry o que sea intimidante con un niño, pero Voldemort creció sin familia o figura paterna, ¿qué habría sido de Tom Riddle si su madre hubiera vivido? Las personas con pasados terribles saben lo que es ser débil y tener miedo y no le desean eso a nadie, en alguien tan maligno como Voldemort, esta noción al menos aplica a su hijo unigénito. Como dice Harry hoy en el capítulo (alerta spoiler): es un mal hombre, no necesariamente un mal padre.
El tipo hace lo que puede, creo que las personas que tuvieron malas experiencias de niños tienen dos opciones, o repetir el ciclo o intentar mejorar. Voldemort es una persona dañada, cierto, pero no es un loco desquiciado, alguien así nunca habría reunido un ejercito ni habría sostenido una guerra por tantos años. Es carismático, inteligente y astuto, carente de moral y cruel, un psicópata tal vez, pero estable psicológicamente. Capaz de vivir en sociedad, cooperar y criar un hijo de la mejor manera que pueda, en medio de su propio ser roto y desfigurado.
Y a usted, mi estimada AMATISTE, gracias por apreciar la historia, trato de que la manera de narrar sea fácil de entender. Y no, no voy a abandonar, se publican los lunes y jueves; tengo los primeros 15 capítulos escritos y el estipendio del resto de la historia, más o menos unos 20 capítulos para cerrar este año, a demás de la trama básica en borrador del año 2,3,4 y… en el cinco aun trabajo. Me temo que los voy es a hastiar 😊.
Ahora sí, a la historia.
Nos vemos el jueves.
0oOo0
La avena que preparaban los elfos de Hogwarts era más que deliciosa, pero no me pasaba por la garganta. Mi primer día en la escuela estuvo bien, gané 15 puntos en pociones, herbología fue divertida y el profesor Flitwick fue muy amable con todos. A excepción de la disputa entre mis compañeros y esa molesta chica de Gryffindor -Granger, creo-, todo fue perfecto, no obstante, las comidas, especialmente el desayuno y la cena, eran un asunto muy triste para mí: me recordaban a papá. Nunca había estado lejos de él tantos días y la tarde anterior le escribí una larga carta detallándole cada uno de los aspectos de mi jornada, para luego lamentarme.
—No va a tener tiempo de leerla —suspiré sobre mi avena. Ni tiempo ni ganas, me dijo una vocecita en mi cabeza.
—¿Qué dices Harry? —me preguntó Alec.
—Mmm-mm.
No iba a revelarle ese temor a Alec, no éramos tan cercanos, además estábamos en la mesa de Slytherin, cualquiera podría oír. Alec devolvió la vista a su plato, yo traté de comer el mío, fallando.
—Un par de cucharadas más amito.
—Voy a vomitar, Pimpón.
—No amito, usted está enfermo, necesita comer. Vamos, dos cucharadas más, una por su padre y otra por mí.
Sonreí, Pimpón era ingenioso para hacerme comer. También lo extrañaba a él y sus cuentos para dormir. La noche anterior casi no logré conciliar el sueño, sería de mis primeras noches en no dormirme a las nueve o antes y temía que se me hiciera costumbre.
El trinar de los búhos me distrajo de mi melancolía: llegaba el correo.
Villin y Hedwig, mi lechuza, se posaron frente a mí. Atendí a Hedwig primero, avergonzado y temeroso de encontrar mi carta atada a su pierna, pero no, no era mi carta, mi padre me había contestado. Sonriendo alegremente, les tendí tocino a las dos aves y me hice cargo de Villin, que traía una nota y un paquete. Lo abrí con ánimos renovados, era un collar de oro con un extraño y gran medallón con la talla de una calavera sobre una especie de sol que me recordaba al caribe. Me encantó, lo puse por sobre mi ropa y leí la nota.
Ponte este collar de inmediato, el medallón te protegerá de la mayoría de los maleficios y hechizos de corredor.
¿Protección? Examiné nuevamente el collar. Conociendo a mi padre, se trataba de un objeto sacado de una mística cueva en una mística pirámide en un místico país, todo rodeado de místicas maldiciones ancestrales. Sabiamente lo metí debajo de mi uniforme. Alcancé a rasgar el sobre de la carta que me envió papá antes de notar que había un inusual silencio en el gran comedor.
Miré con curiosidad a mi alrededor, buscando la fuente de la paz: la escuela me estaba mirando, algunos de pie, otros horrorizados.
—¿Qué? —mi voz hizo eco. Los niños mortífagos me causaron intriga, me estaban viendo con pena y sosteniendo los periódicos entre sus manos. Esa tuvo que haber sido mi primera sospecha, salvo que yo era obtuso.
—Joven señor —y Alec llamándome de tal forma en el gran comedor tendiéndome su copia del Profeta, tuvo que haber sido la segunda sospecha.
Mi nombre estaba en el titular:
Harry S. Riddle, hijo de ustedes-ya-saben-quien.
Habían anexado una foto mía en la clase de encantamientos, salí bien, aunque yo no vi ninguna cámara en la clase.
—¿Cómo me tomaron esta foto? —murmuré —. Oh bien, ni modo —le sonreí a Alec —. De verdad creí que se tardarían más en enterarse, perdí mi apuesta.
—¿Contra quién apostó?
—Contra mí. Me debo diez galeones.
Alec soltó una risa; le devolví el diario y me guardé en el bolsillo la carta de papá, releyendo la nota. Esperaba que papá supiera que estaba pasando y que el medallón fuera su medida de seguridad.
—Sonorus —llevé la vista al director, igual que el resto de la institución —. Si bien es cierto que los recientes descubrimientos son impactantes, les sugiero que continúen con su desayuno. Odiaría que tuvieran que ir a clases con el estómago vacío.
Y con eso, el director eliminó el hechizo amplificador. Los alumnos hicieron el intento de comer, pero la mayoría no dejaron de mirarme de muy mala manera.
—De repente no tengo hambre —le susurré a Alec.
—Lo entiendo. Podemos ir a las cocinas y pedirles un sándwich a los elfos —sugirió abandonando sus cubiertos sin importarle su comida. Si yo fuese a saltar tras un risco, Alec se tiraría conmigo. Ahora entendía porque papá se encariñó a tal grado con los Lestrange y Barty Crouch Jr.
—Vamos.
Nos levantamos y tratamos de retirarnos, íbamos casi en la salida cuando un chico de último año de Gryffindor se irguió.
—¡Yo no voy a estudiar con un asesino en masas!
—¡Señor Rodric!
La profesora Mcgonagall lucía lívida al dar su agudo grito. En un veloz movimiento que nos tomó a todos por sorpresa Rodric me lanzó un hechizo de forúnculos. El amuleto hizo su trabajo y lo absorbió; me temo que yo, entrenado a lo largo de agosto por mortífagos y participando en duelos toda mi vida, reaccioné por instinto y ataqué. Al darme cuenta, ya mi varita se había deslizado a mi mano y los hechizos silenciosos volaban uno tras otro en dirección de Rodric.
En mi entrenamiento tuve una discusión con Rabastan sobre el orden de los hechizos, dado que él optaba por usar la secuencia de mi padre: desarme, maldición a las piernas, maldición a la cabeza, inmovilización y asesinato. «Es lo más conveniente», dijo. «Me echaran de la escuela», le respondí. Así que los dos modificamos la secuencia: desarme, piernas de gelatina, una onda mágica que empujara al sujeto en cuestión al suelo, inmovilización y un hechizo de rebote en la cabeza para minimizar el daño al caer. Esa fue la secuencia con la que empujé a Rodric, el cual recibió cada uno de los impactos a alta velocidad.
Analicé la habitación, nadie más iba a atacarme, estaban paralizados. Alec tenía su varita fuera cubriéndome la espalda.
—¡Señor Riddle! —la mesa de profesores venía en nuestra dirección corriendo. Entre la enfermera y Dumbledore revisaron a Rodric, revertiendo las piernas de gelatina.
—20 puntos para Slytherin, señor Riddle.
La casa de Slytherin se tragó la risa, Snape era atrevido hasta la médula.
—¡Severus! ¿Planeas darle puntos por atacar a un alumno? —la profesora Mcgonagall encaró al hombre.
—Fue atacado por un estudiante de séptimo año, un adulto, y lo desarmó y venció. Yo le daría un trofeo.
—Estoy de parte de Severus —dijo Dumbledore ayudando a levantar al caído —. 20 puntos para el señor Riddle y 20 detenciones para el señor Rodric por atacar con saña a un alumno de primer año.
—¡Pero director! ¡Es el hijo de ese monstruo!
—Sí, estoy completamente de acuerdo, Harry es el hijo de un monstruo, pero el señor Riddle y su madre son víctimas de la guerra. ¿Debo recordarle a alguien los acontecimientos relacionados con la concepción de este niño? No toleraré una agresión contra él, se los digo a todos —los miró detenidamente, incluso a los maestros.
Alec puso su mano sobre mi hombro. Hora de irse. No guardamos nuestras varitas hasta no haber doblado la esquina en el pasillo.
—¡Qué ataque tan fabuloso! —fue lo primero que dijo Alec.
—Rabastan me enseñó, ya sabes lo paranoico que es.
—No hay forma de obviarlo, joven señor.
Hice una mueca.
—Me estaba acostumbrando a la cercanía.
Llegamos a unas escaleras, Alec me las señaló.
—Yo no —confesó —. Me daba escalofríos tratarlo con tanta informalidad.
—Alec, sabes que soy un bastardo —dije —. Jamás seré tu señor, fui la causa de la burla internacional a mi padre.
—Y aun así usted está acá, vivo y cuerdo —apuntó —. Algo debe de haber visto en usted el señor oscuro.
Eso… eso tenía sentido. Mis dos teorías sobre los motivos para que mi papá me criara eran flojas, se tambaleaban bajo su propio peso: en la primera, ganas de tener un hijo, su búsqueda de la inmortalidad chocaba conmigo; en la segunda opción, torturar psicológicamente a mi madre, era más fácil matándome delante de ella.
Nos detuvimos frente al cuadro de un gran cuenco de fruta. En lugar de decir una contraseña Alec acarició con la yema de sus dedos a la pera que se retorció y rió infantilmente antes de convertirse en un pomo de puerta.
—¿Frutas riendo? —arrugué los ojos en diversión —. ¿Las demás también ríen?
—Ni idea.
Las cocinas era una copia del gran comedor con elfos domésticos revoleteando trayendo y llevando platos que aparecerían en la superficie. Al ingresar nos notaron de inmediato y se abalanzaron sobre nosotros.
—Hola, ¿podrían hacernos unos sándwiches, por favor? —pedí.
—Por supuesto, jóvenes estudiantes. ¿No desean otra cosa?
—No, muchas gracias —obviamente hablaba yo, los sangre pura no usaban cortesía con las creaturas.
En menos de lo que cantaba un gallo, los elfos nos entregaron un plato con sándwiches de pavo y atún.
—Siéntense, por favor —nos cedieron un lugar en una de las mesas —. Acá está vacío en el gran comedor. Es difícil conseguir puestos, hay cada vez más alumnos, ¿no es magnífico?
—Ciertamente —respondió Alec —. La sangre mágica aumenta.
El elfo doméstico asintió.
—Hay salsas si quieren —agregó antes de marcharse a su trabajo.
Pero no nos quedamos, Alec me arrastró al salón de transfiguraciones.
—Es lo mejor, joven señor, nos toparemos con menos personas a esta hora.
Lo obedecí y seguí. El salón de transfiguraciones si estaba abierto, Alec se sentó conmigo a acabarse la comida partida a la mitad. Teníamos un buen tiempo disponible, por lo que me atreví a sacar la carta de papá y leerla.
Hola nené.
Veo que les dan bastante ratos libres en Hogwarts si puedes escribir cuatro páginas. Si sientes que echas de menos el castillo, puedo enviarte a Ismael y a Pimpón para que te visite en las tardes.
Que te vaya bien en pociones es lo más natural, estás al nivel de los de tercer año. Encantamientos inicia con teoría, no te aburras (de hecho, la teoría es tu gran debilidad, en la práctica eres superior a tus compañeros, pero nunca has estudiado de un libro). El método que manejamos contigo dio frutos, ahora te corresponde él método tradicional.
No le gastes tanto tiempo a Longbottom, no vendrá a nuestro lado, su familia es firme con la Luz y la Orden del Fénix. Por otra parte, sé que es un chico carente de malicia y bastante cobarde, no representa un riesgo para ti. No te separes de Alec, los Lestrange son tan fieles como perros, tienes contigo a un poderoso aliado. Por cierto, haces bien ignorando la disputa de las casas, tú estás por sobre esos asuntos.
Nagini te manda besos, ya la conoces. Diviértete nené.
Atentamente, tu padre.
Ni una mención del artículo, el espía de papá en el Profeta le avisó tarde. El medallón y la nota debieron haber sido enviadas a las carreras.
—Papi quiere enviarme a Ismael —comenté en voz alta. Yo era parlanchín, según papá.
—¿Quién es Ismael, joven señor?
—Mi hipogrifo de peluche —me sonrojé y jugueteé con mis manos para distraer mi vergüenza.
—No tiene nada de malo, yo aún tengo por ahí al señor Barriguita —me contó Alec sonriendo.
Decidí que me agradaba Alec.
—Papá me lo regaló para que me ayudara con las pesadillas porque él, bueno, no me quería en su cama.
Los buenos padres protegen a sus hijos de las bestias ocultas en la oscuridad de su imaginación, ¿correcto? ¿Papi era un mal padre? Porque mala persona sí que era.
—Mamá tampoco me quería en su cama —Alec se encogió de hombros y carraspeó, tímido de repente —. A mis padres les gusta mucho el sexo.
—Oh —él se burló de mi boca abierta —. Yo vi por accidente un par de veces a papá con mujeres… es raro.
—Lo sé. No significa que no nos quieran, solo que ellos son… diferentes, supongo —en la última parte no parecía seguro.
—Nos tienen que querer —dije con más seguridad que Alec, recordando sus propias palabras —. Ellos son terribles, que pasaran la molestia de criarnos debe representar algo.
—Sí —y sonrió inmensamente —. Sí, tiene razón joven señor.
Poco después sonó la campana iniciando las clases y Alec tuvo que marcharse, no antes de que apareciera un gato gris y atigrado, el cual se sentó en la mesa de la docente.
—Hola —lo saludé, el salón estaba vacío. El animal me miró y me le acerqué con un único objetivo en la mente. Intenté acariciarle la cabeza, los gatos que traían a casa eran meriendas para Nagini y yo quería constatar lo de los ronroneos, pero el gato no permitió que lo tocara —. Vaya, otro que amaneció con el pie izquierdo.
Me devolví a mi asiento y saqué el libro de transfiguraciones, mi estilográfico y mi cuaderno, usaba este para tomar los apuntes de todas las materias, bastaba con escribir de titulo la asignatura para reconocer que tema le pertenecía a que materia. Ese día opté por la tinta plateada con destellos purpura.
Papá tenía razón, yo no tenía idea de teoría, el texto me confundía. La magia para mí fluía a través de mis extremidades, haciendo lo que yo le mandaba, ¿por qué necesitaría leer para dominar mi magia?
Cuando los alumnos empezaron a ingresar se hizo dolorosamente obvio que nadie se iba sentar conmigo y que no dejarían de verme con miedo. Era engorroso sentirme como un germen ambulante, pero fue la indecisión de Neville lo que me dolió. Nos habíamos sentado juntos en cada clase, indiferentes de la guerra entre Malfoy y Weasley y ahora él… Neville se sentó conmigo.
—Ya entendí por qué les dicen valientes —le susurré.
—Tenía que estrenar el valor Gryffindor —respondió con una pequeña sonrisa.
La clase se llenó, pero la maestra no aparecía y el gato malgeniado permaneció en su puesto sobre el escritorio, observándonos con sus grandes ojos. La puerta del salón se abrió con fuerza, dos pares de zapatos rompieron la calma.
—Nos salvamos, la profesora no ha llegado —anunció uno, Weasley. ¿Cómo es que era su nombre?
—S-sí —jadeó su amigo.
Algo se movió en el rango del rabillo de mi ojo: el gato saltó al suelo transfigurándose en la profesora Mcgonagall. De haber sido posible, mi mandíbula habría golpeado el suelo.
—Eso fue increíble —dijo una chica.
—Gracias, señorita Granger. Y ustedes, señor Weasley, señor Finnigan, ¿tendré que convertirlos en un reloj para que recuerden llegar a tiempo?
—¡No! Lo siento profesora, nos perdimos.
—Los convertiré en un mapa —ofreció sarcásticamente —. Siéntense, la clase va a empezar.
Fue realmente deslumbrante ver a la profesora convertir objeto tras objeto en cosas completamente ridículas, como el escritorio en un cerdo. Después, tras una explicación, ella nos asignó transfigurar cerillas en agujas, fuese lo que fuese una cerilla. Tomé el objeto entre mis dedos, lo moví y realicé las pautas que indicaban las anotaciones de la profesora en la pizarra. Mi cerilla se convirtió en una aguja plateada.
—Cinco puntos, señor Riddle —dijo Mcgonagall tomando mi aguja —. ¿Ha hecho este ejercicio antes?
—No, pero en casa yo convertía piedras del patio en juguetes, ¿eso cuenta?
Mi respuesta la conmocionó, no supe por qué.
—Sí, es un tipo de transfiguración avanzada.
—Es un mago oscuro, debió hacer trampa como el malvado de corazón que es —gruñó Weasley.
¿Malvado de corazón? Me recordaba a un dialogo de mis cuentos de princesas.
—¡Señor Weasley! Creo que el director fue muy claro en el gran salón, nadie es culpable por las acciones de sus padres. Y el señor Riddle completó la transfiguración de la manera correcta, sin trampas.
La mujer puso la aguja de vuelta en mi mesa y se marchó a revisar las cerillas de los demás.
—¿Qué me pongo a hacer? —dije tan bajo que ni Neville entendió. Tendría que quitarme mi maña de hablar solo.
Abrí mi libro de transfiguraciones y busqué la página donde se explicaba el hechizo. ¿Qué significaban esas palabras raras? A papá solía darle risa mi pregunta, aunque sí contestaba: era el significado de lo que se quería causar, salvo que en otro idioma. Un idioma que la magia universal entendía, por lo visto.
—Harry —la mano de Neville tironeó mi capa —. Dame un consejo.
—¿Sobre la transfiguración?
—Sí, yo no soy capaz.
No me gustó lo triste que sonó Neville. Dejé mi libro y miré su inexistente avance.
—¿Estas visualizando la aguja?
—¿Visualizar la aguja? —repitió lentamente —. ¿Para qué?
—Papá dice que la magia es intención, que la varita y las palabras son solo conductores o muletillas —tomé la cerilla de Neville y la apreté en mis dedos. Sé una aguja, amiga cerilla. Y, literalmente por arte de magia, la cerilla se transformó en una aguja plateada —. ¿Lo ves? Sin varita y sin palabras, magia pura.
—Es la manipulación de la magia accidental —agregó la profesora Mcgonagall, ella y los demás observaban nuestra plática —. Su manejo con la magia no es común señor Riddle, su destreza no es una opción para el resto de sus compañeros.
—¿Por qué no? —que algo tan natural para mí fuese una dificultad para otros me parecía ridículo.
—Porque requiere práctica, dominio del temperamento y conocimiento de su propio núcleo mágico. ¿Dónde aprendió a hacerlo?
—Papi me enseñó, dice que la magia me proveerá lo que yo quiera si la utilizo. Me daba piedras o trozos de tela vieja para convertirlas en objetos, en el comedor me pedía que hiciera que mis huevos caminaran hasta mi boca, cosas así. Es muy divertido.
La profesora sonrió suavemente, no del todo segura.
—¿Las piedras convertidas en juguetes que mencionó eran parte de la dinámica?
—Sí.
—¿Usted tenía juguetes?
¿Qué clase de pregunta era esa?
—Er, sí.
Ella sonrió de verdad, asintió y continuó su trabajo. Las pequeñas pláticas entre alumnos regresaron. Noté que la chica Granger me miraba con detenimiento y sus ojos entrecerrados. Su cabello no la favorecía.
—Entonces… ¿visualizo la cerilla en aguja?
—Sí, Neville —puse la aguja en la mesa, devolviéndola a su estado natural de cerilla. El chico agitó su varita correctamente, dijo el hechizo con la correcta pronunciación y…puf, nada. El pobre dejó caer los hombros con desánimo.
—No sirvo para esto.
—No te des tan duro… ¿es la varita que te vendió Ollivander?
Su varita estaba vieja, la madera no había sido cuidada y el mango era flojo, estaba a poco de romperse.
—No —sonrió con orgullo —. Es la varita de mi papá, mi abuela me la entregó, dijo que él era un valiente y que su varita me serviría a mí también.
—Mintió —quise taparme la boca. ¡Yo y mi imprudencia! Por la cara de Neville, tuve que agregar velozmente —. No me refiero a que tu padre no sea valiente.
Fuese, fuese valiente. Está oficialmente muerto, no lo arruines.
—¿Entonces a qué?
—Nada, olvídalo —realmente esperaba que Neville lo olvidara. Tomé mi libro y lo abrí, pero Neville me lo cerró. Traté de desviar su atención con un chiste —. Oye, tu valentía se convirtió en imprudencia, ya eres todo un Gryffindor —el rostro de Neville me dijo exactamente lo que pensaba. Suspiré —. No quieres oírlo.
—Yo decido eso.
No me gustó que las conversaciones a nuestro alrededor menguaran.
—La varita de Frank Longbottom cuelga en la oficina de mi papá en calidad de trofeo de guerra —susurré, pero el salón me oyó.
El rostro de Neville se descompuso. Bajé la vista, no queriendo verlo a él o a nuestros compañeros, el taconeo de Mcgonagall se había detenido. Aguardábamos a la respuesta de Neville.
—¿A mis padres los asesinaron?
—Sí —no podía recordar la última vez que mentí descaradamente.
—Tenías cinco años, ¿estás seguro?
—Yo tomaba una siesta después del almuerzo, ellos hicieron una fiesta y me despertaron. Bajé a ver de qué se trataba el ruido, tus padres estaban degollados en el patio trasero.
Esa historia era cierta, en parte. No fueron degollados, Alice Longbottom estaba siendo violada por los hombres lobo en frente de su marido, todos los mortífagos abusaron de ella. Papá se había sentado a observar y beber, era una de sus entretenciones favoritas y no se percató de mi presencia sino hasta mucho después, ya ebrio.
—¿A mi mamá la…? Los mortífagos acostumbran a abusar de las mujeres.
—No sé si le sucedió a tu mamá, papá se fijó que yo había llegado y le ordenó a un elfo que me condujera a mi alcoba y me cantara hasta que me durmiera.
Lo hizo, salvo por una diferencia, me llevó el mismo. Con tragos encima, papá se tornaba más amable o más violento; papi usualmente me mandaba a mi habitación y le ordenaba a Pimpón encerrarme bajo llave cuando iba a desatar su ira. Retomando a mi pregunta de esta mañana, ¿papi era un buen padre? Sí, decidí, lo es en medio de su maldad.
—Gracias Harry.
—De nada… y lo lamento.
—No fue tu culpa.
Neville no fue capaz de levantar su varita el resto de la clase. Intenté que no pensara en sus papás al finalizar la clase, mientras recogíamos nuestros útiles.
—¿Y qué es una cerilla? —le mostré la mía, deshaciendo mi transfiguración.
—Sirve para iniciar un fuego.
Neville guardó en su mochila su libro y su varita, casi nadie tenía funda.
—¿Fuego? Yo aprendí a hacer fuego, pero no lo domino bien, la última vez me quemé las cejas y mi papá no pudo apagarlo porque se ligaba a mis emociones. Tuvieron que arrojarme un balde de agua. ¿Te muestro?
—¡No! —se apresuró a decir. Me reí.
—Riddle —la voz de Granger me llamó. Ella estaba detrás de mí.
—¿Sí? —la vi por sobre el hombro, aun no terminaba con mis cosas.
—Ese truco de la magia sin palabras y sin varita, ¿en qué libro puedo leer al respecto?
—En ninguno, es un método de educación que papá experimentó conmigo. De hecho, yo no sabía que algo tan básico se consideraba magia.
—¡¿Básico?! —exclamó —. A penas pude hacerlo.
Me encogí de hombros. Colgué mi mochila en mi espalda y volteé a verla.
—Para mí era un truco barato, no imaginé que sería una lección real.
Ella mordió su labio, sus dientes delanteros eran grandes. ¿Qué tipo de cuidados médicos tenían los muggles?
—¿Podrías enseñarme?
Negué.
—Es peligroso sin un mayor, papá no me lo permitía sin él a la vista.
—A demás —intervino la profesora Mcgonagall en su escritorio —, usted ya es demasiado grande, señorita Granger. El empleo de la magia accidental es propio de los niños, el señor Riddle logró hacerlo por ser criado por un mago. Ahora salgan, tengo otra clase.
A Granger no la dejó satisfecha la respuesta. Hubo demasiada ira en su rostro, un enojo que yo había visto antes, pero no localizaba donde.
