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11
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Planeta Enano
Oasis
El clima le resultó de lo más funesto. Una tormenta le había hecho perder el control del mando a Bulma y Vegeta debió levantarse de su asiento para sostenerlo y estabilizar el timón mientras ella se preparaba para aterrizar en un área segura, no muy lejos de aquel sitio que le había indicado.
La nave aún se sacudía, las ráfagas de viento eran inclementes y una llovizna comenzaba a bañar la nave y toda la región. En ese momento, ese hemisferio no recibía mucha luz solar, era de noche y las dos lunas que poseía el pequeño planeta no reflejaban mucha luz, las nubes se interponían y el aspecto del planeta distaba mucho del nombre que le habían puesto los lugareños.
—Deben saber que estamos aquí, tenemos que salir antes de que nos ataquen por estar en una nave de la Armada.
Vegeta miró por la ventana. Estaban posicionados arriba de una colina despejada y al pie podía ver claramente un bloque cubierto de vegetación. Apenas se veían un par de luces encendidas allí dentro y, antes de salir de la nave, caminó hasta los camarotes y rebuscó entre los bolsos de Bulma hasta encontrar el rastreador. Al verlo inspeccionar los alrededores, Bulma se estremeció. Estaba a punto de gritarle por haber hurgado entre sus pertenencias, aún con el rostro acalorado por aquel corto encuentro. Hizo un esfuerzo por guardar silencio, realmente no se había detenido a pensar en que quizás allí podría estarlos esperando algún otro enemigo.
—¿Y? —preguntó Bulma con vacilación en el tono. Se detuvo mientras recogía las cosas que Vegeta había dejado esparcidas por el suelo y esperó a que terminara de inspeccionar los alrededores.
—Nadie.
—Perfecto —contestó al ponerse de pie.
Nunca había sentido que los camarotes fueran tan pequeños, no hasta tenerlo a él parado frente a ella, mirándola atentamente bajo el cristal de su rastreador. Se veía tranquilo, sin embargo, había cierta intensidad en su presencia que le intimidaba y apenas pudo mirarle a los ojos antes de salir de allí como una niña asustada, apresurada por recuperar lo antes posible un poco de su espacio personal. Bulma caminó hasta la plataforma de salida y se lamentó por haber salido corriendo del alcance de Vegeta. No se había puesto nada encima y el inclemente clima no iba a dejárselo pasar. Él en cambio, no parecía tan afectado. La plataforma bajaba lentamente y la lluvia le golpeó el rostro con fiereza y sin embargo él parecía hecho de mármol. La mujer, muy por el contrario, se estremeció y ocultó su rostro de la ventisca con sus antebrazos, pero antes de que pudiera dar un paso adelante sintió como la alzaban en el aire y el viento se volvió feroz, azotándole el cuerpo en todas direcciones.
Apenas logró abrir un ojo, se dio cuenta rápidamente en dónde estaba. No había lugar más seguro, pensó. No había lugar donde deseara estar hundida que no fuera sobre su amplio pecho, a pesar de que le había estado huyendo segundos antes...
Se aferró de él desvergonzadamente y no le recriminó lo que estaba haciendo, ni haberla tomado sin permiso, ni haber despegado sin darle aviso. Después de todo, sólo volando se librarían de un camino en bajada lamentablemente largo y empinado, bajo un clima de mil demonios.
Vegeta aterrizó frente a la construcción que parecía estar siendo devorada por la misma naturaleza que la Armada había exterminado. Por un momento ella salió del eje de sus pensamientos y se preguntó si realmente alguien allí ayudaría a Vegeta voluntariamente. Se lamentó de sólo pensar que quizás tendría que recurrir al chantaje para lograrlo, pero antes de poder recabar un poco más en esos pensamientos se detuvo. Vegeta estaba quieto delante de ella y le obstruyó el paso.
—¡No te quedes quieto! ¡No ves que olvidé la chaqueta dentro de la nave!
Se sintió observado y volvió a activar su scouter mientras Bulma corría a refugiarse de la lluvia.
Su cabello cian osciló en el viento, largo y rebelde. Vegeta la observó correr bajo la lluvia hasta llegar a la puerta e inspeccionó desconfiado los alrededores. Veinte individuos los observaban escondidos entre los escombros más cercanos.
—¡Vegeta! ¡Te estás empapando! —le gritó y él se acercó lentamente.
Ninguno era rival, nadie tenía el poder suficiente como para enfrentarlo. Esperaba que lo supieran, de lo contrario tendría que matarlos y tal vez eso estropearía el humor de Bulma y sus ganas de follar. Pero él haría lo necesario, él haría lo que siempre había hecho.
—Al parecer tenemos un comité de bienvenida —soltó él con la palabra cobardes repiqueteándole en la punta de la lengua.
Luces artificiales color lima salieron de entre los escombros repartidos alrededor de la entrada. Bulma observó las armas, letales para ella, apareciendo una a una. Su primer instinto fue el de escudarse detrás del amplio torso de su compañero que sonreía divertido.
—¿Van a atacarme? ¿Están seguros? —les preguntó confiado, cruzándose de brazos—. Si planeaban hacerlo deberían haber pensado mejor sus opciones, tomar una nave y salir de aquí hubiera sido lo más inteligente. Aparentemente no tienen idea de con quién están tratando… Seré clemente, sólo si dejan de desperdiciar mi tiempo.
—¡Esperen! —gritó Bulma, interponiéndose.
La sorpresa no fue poca, la mira de aquellas armas se había apuntado directamente sobre la menuda figura de Bulma y él no podía salir de su sorpresa.
—¿Qué mierda estás haciendo? —le susurró en un gruñido.
—¡Estamos buscando a Neiv! —les gritó.
El nombre resonó con fuerza sobre los alrededores. El príncipe los miró atentamente, tenían cascos improvisados y la mitad de las armas eran de bajo calibre. Definitivamente no estaban preparados para un ataque y al cabo de unos segundos bajaron las miras. Vegeta escuchó susurros lejanos y esperó, cualquier movimiento en falso sería suficiente para atacarlos y él no iba a dudar en su letalidad, aunque ella lo rechazara después.
—¿Quién eres? —le cuestionó el más alto aun apuntándole a la mujer.
—¡Mi nombre es Bulma! ¡Niev y yo somos amigas!
El silencio de su conversación se vio interrumpido por un trueno, un relámpago surcó el cielo y en aquel momento de claridad Bulma se dio cuenta de que la mitad de los presentes eran niños. Diferentes especies, pero estaba segura de que no tendrían más de quince años, la edad en la que su planeta había sido colonizado.
—Seik —murmuró un niño y desde su posición, Vegeta pudo apreciar que traía sobre el rostro un rastreador. Su diseño era obsoleto, demasiado grande y pesado para ser funcional en batalla, pero estaba seguro cumpliría su cometido. Lo más probable era que lo hubiera encontrado abandonado en esa misma base—. Dieciocho mil de poder… —volvió a susurrar y el mayor le miró con pavor en los ojos.
A Vegeta le encantó aquel gesto, sabía a victoria, aunque no había hecho absolutamente nada más que existir. Lo miró a los ojos, se quedó prendado de la vacilación en su mirada, la incredulidad que le generaba una cifra tan grande. Lo observó analizar la situación y esperó pacientemente a que se diera cuenta, no le quedaba más remedio que rendirse y no pasó mucho hasta que bajaron sus armas.
—Es un saiyajin —soltó a regañadientes, desde lejos se podía sentir el asco que pendía desde la punta de su lengua. Pero lejos de sentirse insultado Vegeta alzó el mentón, como si se vanagloriara en esa fama siniestra que su raza tenía.
—¿Qué quieren con Niev? —preguntó el llamado Seik sin posar su mirada sobre la humana empapada.
—¡Me debe un favor! —exclamó Bulma comenzando a temblar de frío y un poco de frustración.
—¿Aún crees que están en posición de cuestionarnos? Niño, ¿por qué no vuelves a echar un vistazo en la lectura de aquel scouter?
—No está en el planeta —soltó irritado—, pero llegará pronto —Se acercó con cautela, pero mantuvo al más joven escondido tras su espalda.
—¿Qué tan pronto? —continuó Vegeta.
—Una semana, tal vez menos… Salió en busca de provisiones médicas.
En aquel momento, si tenía que ser completamente sincero, a Vegeta no le podía importar menos aquella amiga de Bulma que le quitaría ese horrendo artilugio de la nuca. Él venía cargando un solo pensamiento desde que había abandonado la nave.
—Esperaremos —contestó y ella asintió, obediente y él volvió a sentir ese ardor picándole la piel.
—No se preocupen por nosotros, estaremos cerca. Nos daremos cuenta cuando —No llegó a terminar su oración y por poco se muerde la lengua. Vegeta la sostenía por la cintura y sus pies abandonaron nuevamente la tierra. Sus zapatillas se sacudieron, sucias y húmedas, y casi pierde una mientras se deslizaba por el cielo nocturno en los brazos de su captor. Sin pensárselo se aferró con fuerza de su cuello se pegó a su mejilla. Estaba ansiosa aunque le costara admitirlo. Pero Vegeta percibió otra sensación igual de intensa dentro de ella, ya que por alguna razón presentía que aquel ligero temblor en sus brazos no se debía únicamente al frío.
Él aterrizó frente a la nave y la dejó en el suelo con la intención de caminar al interior y hacerlo con ella en el mismo suelo del área de carga. Pero sintió a Bulma permanecer inmóvil detrás de él y cuando se giró con urgencia para exigirle que no se detuviera, la vio rebuscando entre su bolso empapado. Traía el cabello pegado al rostro, un mechón largo adherido a su pequeña nariz blanca y el resto enroscado en el cuello.
La camiseta blanca se había transformado en su mejor espectáculo, completamente adherida como una segunda piel casi transparente. Vegeta la miró y casi al mismo tiempo sintió cómo le goteaba la boca por dentro. Si no se apresuraba temía que la tomaría en aquel mismo sitio, bajo la lluvia.
Le intrigó lo que estaría buscando y por un momento le pareció no más que una simple excusa para no continuar donde se habían quedado, pero no se lo iba a permitir, Bulma no lo podía dejar ahí. Podía olerlo en ella, podía verlo a través de sus expresivos ojos celestes, el deseo escondido, reprimido.
De pronto sacó la misma caja de la que había sacado esa motocicleta encapsulada y buscó con la mirada. No había un sitio lo suficientemente grande, el área estaba rodeada de grandes árboles de hojas amarillas y el único sitio despejado estaba en donde había dejado la nave. Sin decirle mucho, caminó buscando algún sitio ideal y al cabo de unos fatídicos y fríos segundos pudo ver al pie de la montaña el sitio perfecto.
—¡Ahí, Vegeta! —le apuntó y él gruñó, su paciencia se estaba terminando y su cuerpo repentinamente se prendió en ligeras llamas blancas.
Bulma se quedó boquiabierta, olas de calor irradiaban del cuerpo de saiyajin, calor y luz. No había pasado ni medio segundo cuando llegó al sitio que le había indicado y ella se dio cuenta que Vegeta estaba completamente seco. Y si miraba con más atención podría ver las gotas de agua evaporándose a pocos centímetros de su piel.
Evitó continuar pensando en ello cuando ella misma iba a terminar pescando el peor resfrío de su vida si no encontraba refugio ahora mismo. Y sin decirle nada arrojó la pequeña capsula blanca a ese espacio libre. El humo fue mayor al que se despedía al sacar su motocicleta, tal vez debería haber guardado más distancia porque al respirarlo comenzó a toser y sentía como ese hedor metálico se le pegaba en la piel.
Al abrir los ojos vio la pequeña vivienda frente a él y se preguntó si lo habría construido ella. Examinó con ligero interés los alrededores y la observó girarse y sonreírle. Estaba fanfarroneando de nuevo, le decía algo como ¿viste lo que hice, Vegeta? Lo podía escuchar dentro de su mente, siempre tan vanidosa.
Bulma caminó hasta la puerta con la presencia del saiyajin quemándole la espalda y aquel aire soberbio se esfumó como las gotas de lluvia sobre Vegeta. Empujó el picaporte y arrojó su bolso junto al umbral de la puerta. Tomó su cabello y lo estrujó. Un chorro de agua le salpicó los tobillos, también empapados.
—No es necesario que esperemos en la nave esta vez —comentó nerviosa, tratando de llenar el vacío que sólo manchaba la lluvia sobre el domo de la vivienda.
Vegeta echó una mirada general a los alrededores y su vista se fijó por un instante sobre la cama doble que yacía hacia la derecha. Perfectamente armada y con las almohadas infladas, listas para que él la hiciera pedazos.
Aún empapada podía sentir su olor. Se había acostumbrado, estaba por doquier, en toda la nave y ahora la sentía hasta en la punta de sus dedos. Estaba intoxicado de ella y necesitaba un poco más. Bulma se giró y notó el ardor de su mirada y luego notó sus bíceps secos.
—Tu ropa está mojada —dijo suavemente, en un tono gentil.
Él tomó sin ceremonia los bordes de su camiseta, aquella tan barata que había comprado en una pequeña tienda en Pandora y se la retiró por sobre la cabeza. Ciertamente había logrado que la lengua de aquella mujer se enredara con tan sólo brindarle un panorama de su abdomen cincelado. Los ojos celestes se clavaron en las líneas gravadas sobre él, se había quedado boquiabierta. Pero no era la primera vez que lo veía, ya había tenido ocasión de perder el aliento de sólo ver lo trabajado que tenía el cuerpo.
—Tu ropa también está mojada —le dijo inmóvil, esperando el primer movimiento certero.
La mirada de Bulma salió del magnetismo de su abdomen hacia el abismo de sus ojos negros. La perversión se palpaba en él, en la forma penetrante en la que la miraba y ese gesto que apenas esbozaba una sonrisa. A Vegeta le divertía aquel juego, sobre todo ahora que no había espacio para interrupciones.
Ella cruzó los brazos, ligeramente insegura, y luego levantó la tela blanca con un poco de resistencia. La camiseta estaba completamente empapada e insistía en sujetarse a ella. Pero finalmente lo había logrado y al salir de aquella jaula de algodón mojado logró ven sus ojos el mismo hipnotismo que tenían los de ella.
Los pechos de Bulma se habían mecido, rebotaron sobre sus costillas, redondos y suaves, brillando de humedad. Un nudo fuerte y tenso se hizo sobre la garganta del saiyajin, como si quisiera decir alguna palabra de admiración que no salía porque le parecía insuficiente o tal vez por qué simplemente no sabía cómo.
La cintura se veía más pequeña cuando estaba desnuda, y cuando terminó de maravillarse con el color rosa de sus pezones alzó el mentón para encontrarse con el inquietante rubor de sus mejillas. Y a él le encantó. Le fascinó ese semblante profundamente avergonzado y excitado al mismo tiempo. Él podía percibir en esa corta distancia que ella lo deseaba, que le estaba pidiendo una vez más que hiciera algo, cualquier cosa. Y él aceptó sin reclamos y caminó un solo paso. Puso sus manos sobre el primer botón de sus pantalones cortos. Bulma se sobresaltó y soltó un suspiro, y él alzó su mirada macabra y se sonrió mostrándole los caninos.
—Tranquila —le dijo en un susurro—. No te haré mucho daño…
Aquella manera de sonreírle cargaba consigo una tensión abrumadora, una intención reveladora que no necesitaba de palabra alguna para transmitirle a la perfección lo que deseaba. La deseaba a ella, y quizás Bulma jamás se había sentido tan profundamente deseada como en ese momento en el que Vegeta le desabrochaba lentamente los pantalones. Tan sólo tres botones y le había hecho temblar, se estremecía como si no estuviera segura de lo que sucedería a continuación, como si fuera la primera vez. Él le hacía sentir que había empezado de nuevo con una hoja totalmente en blanco y que todo lo anterior no había sido más que una simple práctica para el verdadero juego, el que había iniciado ahora.
Las grandes manos del saiyajin se arrastraron hacia su trasero y la arrastró más cerca de él, tan cerca que Bulma podía respirar el aroma de su piel de bronce. Con sus pulgares deslizó la tela húmeda de sus jeans, pero la curva de su trasero se interpuso y se vio obligado a forcejear un poco. Ella perdió el balance se apoyó suavemente de su torso. Vegeta miró su figura, con su rostro apenas sobre la curva suave de su hombro. Echó un vistazo a la hendidura en medio de su espalda y aquellos dos hoyuelos que nacían sobre su trasero. Traía puesta una tanga rosa muy pequeña y que seguramente le había estado incomodando todo el día.
Sintió algo de pena por ella y su sexo, y nació en él un hambre funesta de ayudarle a deshacerse de aquello que le hacía daño. Metió ambas manos dentro de la ropa y le apretó el trasero, arrimándola contra él.
Bulma se sostenía de sus bíceps y suspiraba pesadamente a cada movimiento de él. Expectante de lo que él quisiera hacerle, lo que fuera. Lo quería.
—Quítamelas —le pidió el un susurro que le erizó la piel y más que sacárselas, ahora deseaba romperlas, quería destruir esas bragas para ella.
Sintió los brazos firmes de él tensándose, las venas palpitaron bajo su frágil toque y ella escuchó como rasgaba con envidiable facilidad las bragas rosas. Le hubiera reprochado, si le hubiera importado en absoluto. Hasta ese momento, todo lo que venía haciendo no hacía más que encender más, en avivar la llama de deseo que se había prendido por él.
Los pantalones cayeron al suelo junto con un manojo de tela rosa y ella permaneció apoyada de su torso. Sus pezones rozando sobre la piel del saiyajin que se sentía como carne viva, que se quemaba al contacto suave y húmedo de ella, sin siquiera saberlo.
Sus ojos se encontraron, la tensión estaba ahí, más presente que nunca. Palpitando desde el centro de su intimidad hasta el último sitio de su cuerpo. Las olas de calor emanaban quemando por dentro, ardiendo de deseo.
Las pestañas negras de Bulma se balancearon y giró el brillo de su mirada hacia los labios entreabiertos de él, y cuando finalmente había decidido besarlo, él afirmó el agarre sobre su cadera y la dio vuelta. Se abrazó de ella como una enredadera de músculo y la atrapó. Cerró una mano sobre su garganta y se excitó de sólo sentir el fuerte palpitar de su corazón. La otra mano se apretó sobre su cintura presionó contra él. Bulma se arqueó y gimió suavemente, no la lastimaba en lo más mínimo, pero la tenía inmovilizada sintiendo la presión de su miembro contra su espalda.
Las frágiles manos de Bulma se aferraron de su antebrazo y dejó caer su cabeza hacia un lado para darle más acceso a su cuello. Los pechos de Bulma estaban separados por su ancho antebrazo. Vegeta arrastró la punta de su nariz por aquel camino impoluto de su cuello y respiró otra vez el aroma escondido de su perfume. Otro gemido escapó de los labios de Bulma cuando la mano que le aprisionaba la cintura comenzó a dirigirse hacia el sur. Le tocó otra vez el ombligo, tal y como había hecho en la nave y dibujó allí con todos los dígitos de su mano izquierda. Sobre su otra palma podía sentir cada trago que daba, cada vez que salivaba de aquella hambre particular que compartían, cada latido acelerado, cada segundo en que su torrente sanguíneo empujaba con fuerza dentro de ella. Le fascinaba.
Con un pie empujo el pie desnudo de ella, obligándola a abrir las piernas. Inquieto, curioso por saber cómo se sentiría poner un dedo sobre aquella piel suave e íntima, encaminó sus manos pecaminosas por el valle blanco de su abdomen.
Un gemido más fuerte salió de su garganta y el príncipe percibió aquella vibración bajo su palma y apoyó su rostro febril contra su mejilla. Apenas si le había rosado allí y ella había reaccionado de tal manera, ¿cómo gemiría cuando se enterrara allí?, se preguntó intrigado.
Un deseo sucio y primitivo le inclinaba a acercársele al oído y murmurarle alguna grosería, después de todo ella parecía tan cómoda cuando estaba semi-desnuda a su alrededor, tan tranquila se había sentido perturbándole los sueños que no le parecía mala idea recordarle lo vulgar que era.
—¿Te agrada eso, mujer? —le susurró adentrando dos dedos en sus labios inferiores. Contuvo un gruñido ronco en su garganta y de la desesperación que lo carcomió le mordió el cuello. La humedad le bañó ambos dedos y buscó suavemente con ambos aquel pequeño botón hinchado que le hizo flaquear las rodillas de un solo roce.
Bulma sintió los dientes hincándose sobre su piel, con suficiente presión para hacer sentir la intensidad de su sangre bombeando en esa dirección. No le había lastimado y ella estaba lo suficientemente lúcida como para saber que se estaba conteniendo. Que eso que le estaba mostrando ahora era simplemente la superficie de lo que él era capaz de hacerle.
La tenía atrapada y su agarre firme le hacía humedecer más de lo que hubiera podido anticipar. Aquellos movimientos parecían extremadamente anticipados. Ella podía sentir el músculo tensándose bajo sus manos, los tendones de aquel antebrazo del que se aferraba tan tensos que saltaban entre la piel como un cable, la manera en la que controlaba cada fibra de sí mismo para no romperla.
Un rugido vibró bajo la garganta de Vegeta y retumbó sobre su pecho. Bulma lo sintió y se sintió satisfecha de haberlo provocado. Había comenzado a mover su trasero contra su entrepierna dura, que aún permanecía atrapada debajo de sus pantalones grises de algodón.
—¿Te gusta eso, Vegeta? —le preguntó repentinamente animada y él sintió el impulso de volver a morderla con más fuerza.
Tenía que admitir que, de hecho, sí. Le encantaba sentir ese trasero redondo moviéndose con insistencia sobre su verga. Ya podía sentirla goteando, humedeciéndose de sólo pensar en cómo se sentiría su interior. Tenía ganas de sacarla en ese mismo instante si sus manos no estuvieran tan ocupadas sintiéndola a ella. Pero no se vio en la necesidad de hacerlo porque repentinamente sintió la delgada mano de Bulma rozándole los pantalones. Ahuecó su palma y le acarició de arriba abajo, acomodando su trasero para masajearlo con el movimiento de su cadera.
Vegeta sintió un escalofrío cuándo aquella mano pálida de dedos largos le acarició el abdomen y deslizó sus dígitos bajo el elástico de la cintura de su pantalón. Ella sabía perfectamente que lo iba a volver loco con ese jueguito de no tocarlo por completo, que eventualmente terminaría por ponérselo en la mano si ella misma no lo tocaba. Él sabía perfectamente que ella estaba jugando, y esta vez se lo permitiría. Después de todo era un juego realmente divertido y si a ella le gustaba la idea de verlo rogándole, eventualmente le haría experimentar ese mismo delirio.
—¿Vas a tocarlo o no? —le susurró impaciente.
—¿Tienes prisa? —le rio ella y el volvió a girarla.
Repentinamente el saiyajin hundió sus dedos sobre su cabello, la tomó desde la nuca y la besó con tal impaciencia que logró dejarla sin aire. Bulma sintió su lengua tibia removiéndose dentro de su boca y quedó atrapada nuevamente cuando él le apretó el trasero con su otra mano. Acomodó su virilidad entre las piernas de Bulma y ella gimió, cada empujón, cada beso más intenso que el anterior le empujaba en cierta dirección. Un camino del que ella estaba al tanto aún con los ojos cerrados.
Se separó de él buscando aire y le observó, se veía tan excitado; sus mejillas ardiendo en llamas y la mirada perdida en aquel frenesí, incapaz de detenerse. Y repentinamente la empujó. Ella cayó sobre el colchón, con los ojos bien abiertos y las piernas apretadas. El corazón le bombeaba con ímpetu y se quedó observando la maravilla de cuerpo de aquel hombre que permanecía parado al pie de aquella cama, mirando su figura desvergonzadamente.
Aquella vista oscura y siniestra se quedó fija sobre sus rodillas apretadas y lentamente colocó una mano sobre ella. Bulma lo vio sonreírse al percibir su temblor.
—No creí que fueras a tener miedo de mí —comentó en un tono ronco pero divertido.
—¡No tengo miedo! —bramó ella recuperando algo de vigor.
Vegeta se subió sobre el colchón y trepó sobre su cuerpo como un felino, ejerció apenas un poco de presión entre aquellas piernas que no tardaron en separarse para él y permaneció allí sobre ella, apoyado sólo de su mano izquierda. La derecha tenía otras intenciones y Bulma observó aquella mano dudando entre tocarle el pecho o hacer otra cosa. Ella sintió la pesada respiración de Vegeta acariciándole el hombro y se estremeció.
—No es miedo… —volvió a decir, recostada sobre la cama, aguardando.
Él desvió su mirada perversa de su cuerpo desnudo y le miró el rostro completamente intrigado. Él podría haber jurado que le temía, y hacía bien en hacerlo, después de todo.
—No sé qué es… —continuó al ver que él esperaba, quizás algo ansioso.
Su sonrisa blanca volvió a resplandecer, apoyó sus rodillas y se inclinó sobre Bulma. Extendió ambas manos sobre sus piernas y se dio cuenta rápidamente la forma en la que esa mujer desviaba la mirada, una vez que él tuvo total acceso a su intimidad. Divertido, le observó allí, en aquel sitio que parecía avergonzarle tanto. Era rosa y brillaba de humedad, tal y como él esperaba. El corazón le aturdió por un momento y se mordió el labio inferior, con una mano acarició su textura apenas por un lado y la sintió estremecerse al tiempo que soltaba un sentido suspiro.
Él deseaba verla retorcerse.
Se humedeció ambos dedos sobre su boca y los encaminó a aquel sitio que palpitaba de deseo por él. Le fascinó el primer gemido que soltó Bulma, tímido, ahogado dentro de la garganta. Observó su pecho desnudo meciéndose sobre cada respiración, cada vez más agitada y deseó, por apenas un instante, volver a tener su cola para poder tocarla en más sitios al mismo tiempo.
Metió dos dedos y ella se removió sobre el colchón, pero permaneció allí esperando a su siguiente movimiento. Y con el pulgar húmedo le acarició el clítoris.
La quijada de Vegeta cayó, no tenía palabras sino nada más suspiros acalorados. El antebrazo lo tenía completamente hinchado, los músculos apretados y las venas palpitándole. Su torrente sanguíneo se había agitado notablemente después de su primer gemido, y ahora que la podía observar aferrándose de las sábanas blancas de aquella cama, su corazón explotaba sobre su pecho bajo un tamborileo intenso que le hacía arder hasta las orejas.
— Vegeta… —gimió Bulma con los ojos cerrados.
Aquel susurro casi inaudible le tomó por sorpresa y se quedó embelesado de aquel sonido, entre llamado y suplica, y llanto, y deseo.
Vegeta miró su propia mano, escurriendo de ella y la olió. Cegado, se aproximó a su intimidad y la besó, recorriéndola entera con su lengua caliente. Soltó un quejido sobre sus labios, el aire caliente se extendió entre sus piernas y Bulma cerró instintivamente las rodillas con él entre sus piernas.
Ciertamente no se esperaba que Vegeta fuera a hacer algo así, por alguna razón no le parecía el tipo de hombre que tuviera tanto aprecio por el placer de su compañera. Pero, sin lugar a dudas, se lo había propuesto.
El saiyajin sintió los dedos intrusos de Bulma aferrándose a su cabello negro y grueso y él enterró sus dedos sobre el trasero pálido de ella. Pudo percibir el temblor de sus piernas mientras se regocijaba probando el sabor de su sexo y en algún punto sintió algo de desesperación. No suya, claro. Bulma arrastraba su trasero sobre la cama intentando alejarse de él, intentando no sentir tanto. Al menos no la primera vez…
Le avergonzaba que fuera tan poderoso, que pudiera terminar con ella tras un poco de sexo oral, pero ya no podía controlarlo, él le excitaba demasiado y aunque podía negarlo durante toda su vida, su cuerpo no podía mentirle en lo más mínimo.
Vegeta volvió a arrastrarla sobre la cama, para dejarla sobre la punta de la cama desde la cual podía probarla tan cómodamente. No iba a soltarla hasta que le rogara que lo hiciera, hasta que supiera con toda razón que ella no podía soportar más. Hasta entonces no la dejaría ir y mientras revolvía su lengua sobre su sexo palpitante se maravilló de su sabor.
—Sabes tan bien —soltó sin darse cuenta, sumido en aquel frenesí.
Bulma giró el rostro sobre el colchón y se aferró de su cabello, gimió su nombre nuevamente y con más fuerza, las piernas se trabaron y sobre su respiración entre cortada intentó decirle, pero no pudo articular palabra alguna. Sin embargo, Vegeta lo supo. Bulma estaba a punto de terminar.
Pero él tenía otros planes para ella, y cuando sintió bajo la punta de su lengua que había llegado allí, al momento exacto en el que el cuerpo de Bulma explotaría bajo sus manos, se detuvo. Se irguió sobre sus dos piernas y se limpió la barbilla con el reverso de su mano. La miró enrojecida, tendida sobre el colchón con una expresión que no hacía más que preguntarle algo, ¿por qué se detenía?
Contempló aquel escenario y se quedó absorto en el color de la piel de Bulma, que siempre le había parecido blanco como la misma nieve. Pero allí acostada, tendida sobre las sábanas impolutas de aquella cama, se dio cuenta de que era de un rosa durazno e igual de dulce.
Finalmente se bajó el pantalón y reveló su inmensa erección, complacido de ver la forma en la que Bulma volvía a abrir las piernas para él. Su mirada nocturna se perdió en ella y le divirtió la manera en la que le observaba, preguntándose qué estaría pensando y si le gustaba lo que veía. Quería ser descarado y preguntárselo, pero se contuvo, tal vez porque ya no deseaba intimidarla más y sólo esperaba verla completamente desinhibida.
Se afirmó sobre el colchón, arriba de ella y se aproximó a su rostro, y en el camino le mordisqueó la piel del abdomen y trazó una línea con la punta de su lengua. Le apretó un pecho y dejó el pezón expuesto entre sus dedos, lo suficientemente a la vista para que pudiera succionarlo y morderlo a su antojo. Repentinamente las manos de Bulma lo envolvieron, abrazándolo suavemente como una seda.
Volvió a entrelazar su mirada turbia a la de ella, tan extraña, hipnótica. Y entonces ella le arrastró con tal suavidad del mentón que parecía una simple invitación, cuando para él se había sentido como un hechizo inevitable.
No había desesperación en el beso de Bulma, era tierno, suave y deliberadamente lento. Pero en lugar de aburrirle, como hubiera esperado, le seducía en demasía. Sus caricias y aquella forma suave de rozarle los labios le hacían sentir cosquillas, la forma en la que sus narices se tocaban con tanta calma, aunque por dentro ambos estaban prendidos en llamas, le daba escalofríos. Repentinamente parecía haber perdido todo su dominio sobre ella y no era más que un esbirro suyo, haciendo exactamente lo que ella deseaba, para complacerla, para servirle de alguna forma.
El beso se detuvo y ambos respiraron el aliento cálido del otro. Bulma se sonrió tímidamente y aquella expresión el tomó a él por sorpresa. Tenía tantos deseos de hacerla añicos hacía un momento atrás, pero ahora teniéndola tan cerca, no podía más que tener extremo cuidado de sus movimientos. No podía causarle daño sabiendo perfectamente lo débil que era su especie.
Y aunque su cuerpo hervía de deseo, se acomodó lentamente y dio su primera estocada con calculada lentitud. Observó con atención como contraía el entrecejo y él mismo contrajo su expresión. La sensación de su cuerpo hundiéndose en ella era mejor de lo que había anticipado. Su interior caliente goteaba de deseo y de su propia saliva. Y mientras más lejos llegaba, más alzaba ella su rostro. Vegeta no halló más autocontrol e hincó sus dientes sobre su cuello y le mordió allí mientras empujaba más y más adentro. Sintiendo la sangre bajo su cuello recorriéndola con intensidad, escuchando sus gemidos al mismo tiempo y el sonido húmedo de sus cuerpos chocando entre sí..
Planeta Vegetasei
—Ya quita esa cara de constipada, ¿o es que te cayó mal la comida? Tienes la apariencia de alguien que comió queso de Goch en mal estado... Suena a algo que tú harías, no me sorprendería si en lugar de morir en batalla como la digna guerrera saiyajin que eres te murieras de una intoxicación —Como no obtiene la respuesta que tanto está buscando, continúa su monólogo—. ¿Qué estará haciendo tu esposo? Quizás se fue de luna de miel sin ti —se ríe fuerte de sólo imaginarlo—. ¿Te imaginas? Medio ejército saiyajin buscando al bandido de tu marido y el muy canalla en un burdel malgastando el bien ganado dinero de los contribuyentes. Bueno, el dinero que les quitamos a los contribuyentes de otros planetas… —El silencio se prolonga y Reiss hace un gesto, estira la boca y la tuerce—. Tch… Esto es ridículo, ¿no vas a decirme nada? ¿Ni un golpe? ¿un tirón de cabello? —Ella sigue en silencio—. ¿Qué veo? —pregunta simulando sorpresa—. Mi cola está tan expuesta… moviéndose de un lado al otro… tan vulnerable…
—Reiss, no voy a tirar de tu cola.
—Por fin, ya comenzaba a pensar que tendría que ponerme a conversar con Tarble.
—No seas tan dura con el niño.
—Es un bicho raro —susurró.
—¡Reiss! ¡Que no se te ocurra decir eso otra vez o el Rey te arrancará las entrañas!
—Bueno, pero el Rey no está aquí para sacarme los órganos, ¿o sí? Está muy ocupado lidiando con el extravío de su primogénito. Y tú estás finalmente cumpliendo el rol que te ganaste. ¿No es divertido? Atender… —comentó mirando un montón de informes amontonados sobre la mesa—, cosas de reinas.
—Aún no soy la reina, y Tarble está al mando conmigo en ausencia del Rey.
—Eso es temporal, Tarble no tiene madera para estas cosas. Le faltan agallas, ¿sabes qué tendrían que hacer con él? Ponerlo a cargo de los esclavos y ya. Supongo que el título le da un poco de autoridad, al menos ante los esclavos. Tarble no tendrá la capa de su padre detrás de la que esconderse toda la vida. Eso le sirve ahora, incluso ahora que su hermano no está se hace más visible que él no pertenece aquí. Salta a la vista…
—¿Y qué propones?
—Podemos hacerlo parecer un accidente.
Repentinamente ambas estallan en risas. Kore se abraza el estómago que se retuerce de sólo escuchar las incoherencias de su gran amiga. Reiss se limpia una lágrima y poco a poco ambas se calman y el silencio vuelve a tomar protagonismo.
—No vuelvas a decir eso jamás o yo misma tendré que matarte, ¿escuchaste Reiss?
—Entendido, mi reina Kore. ¿Qué hay con tanto informe? ¿Alguno que valga la pena leer?
—Es todo un gran montón de nada. ¿Ves todos estos papeles? Nada, absolutamente nada. Al desgraciado se lo chupó la tierra.
—O tal vez se lo chupó una zorra.
—Reiss, no puedes hablar así de tu príncipe. Eres tan vulgar que a veces me sorprendo de que siquiera seamos amigas.
—Sólo estoy tratando de subirte el ánimo. Dudo mucho que Vegeta, con ese geniecito que se carga, sea capaz de quedarse en un burdel. Lo más seguro es que haya sido atrapado y eventualmente algún enemigo que tengamos por ahí nos envíe su cabeza en un plato. ¿Ya ves? Compartir lo que pienso realmente no ha mejorado en nada la situación y sólo conseguí que te volvieras a constipar.
—Tal vez sólo… no lo sé, cierra la boca. Vegeta es fuerte, es el más fuerte del planeta… Él volverá, quizás su padre lo encuentre y regresen los dos juntos… —desvió la vista afligida—. Tengo miedo Reiss.
—¿Miedo? —contestó suavemente, acercándose a ella—. ¿De qué podrías tener miedo? ¿Tu sobre todas las personas?
—Esto nunca había pasado… No hay antecedentes. Llevaba apenas un día casada con él, la gente ni siquiera me percibe aún como la legítima heredera si es que él…
—Escúchame bien —le dijo, tomándola firmemente por los hombros. Los ojos cafés claro de Kore se conectaron a los de Reiss—. Si Vegeta realmente está muerto tú eres quien heredará la corona, Tarble es un bueno para nada. Nadie creería que ese chiquillo raro puede liderar a los saiyajin, y no lo hará. Si lo que te preocupa es el recibimiento de los saiyajin tendrás que ganártelos. Así como ganaste tu lugar en la familia real, te vas a ganar a todos esos bastardos sedientos de sangre.
Planeta Enano
Oasis
El aire puro se coló por sus fosas; entraba a través de una pequeña ventilación en la cúspide de la cápsula. El canto de una familia de gorriones le despertó y al abrir los ojos entendió completamente porqué habían llamado a ese pequeño planeta El Oasis. Más lejos estaba Vegetasei, un planeta sombrío de llanuras de piedra rojiza. Más allá un astro enorme que iluminaba la mayor parte de aquel sistema solar. No había mucho más allí; una serie de planetas diminutos completamente deforestados, cosa que eventualmente le sucedería por segunda vez al Oasis.
Vegeta se despertó completamente relajado, su cuerpo aletargado y las extremidades extendidas a lo largo y ancho del colchón. Respiró profundamente y notó que estaba completamente bañado de su aroma; olor a Bulma.
Una serena respiración acompañaba la suya, resoplando sobre su pectoral desnudo. Sacó su mirada oscura del techo y la observó durmiendo plácidamente allí. Se sorprendió al ver su propio brazo rodeándole la cintura, con los dedos relajados.
Ella se veía cansada. Dormía tan profundamente que no lo sintió moverse. Vegeta sabía perfectamente que los días posteriores a descubrir que su familia había muerto le habían quitado por completo el sueño, por mucho que insistiera en volver a su litera a dormir.
En ese momento, con esos enormes ojos cerrados, era mucho más fácil observarla. Admirar quizás aquellas facciones que jamás se le habían pasado por alto. Sería imposible que él dijera sin mentir que no se había dado cuenta. Los pómulos altos y sus mejillas delgadas, el mentón en punta y lo suficientemente redondo para crear un valle entre él y su labio inferior. La piel rosa y tan suave al tacto, que se sonroja a la mínima provocación. La boca, no demasiado grande ni demasiado pequeña para verse desproporcionada, rosa con un tono más intenso justo en el centro, como el pétalo de una rosa. Y, sobre todo, los ojos. Vegeta estaba habituado a miradas oscuras, negras o café como la suya propia. Ella tenía un rostro tan expresivo y de alguna forma, incluso gracioso, y se le hacía increíble pensar que ese mismo rostro angelical pudiera esconder una mujer tan íntimamente sensual.
Permaneció en silencio, escuchó aquellos gorriones cantando y la respiración de esa mujer. Ahora que la necesidad impetuosa que lo asfixiaba había sido satisfecha, suponía podría darle fin a todo eso. Sin embargo, lo pensó con detenimiento. Si de todas formas iba a marcharse al segundo de quitar ese aparato de su nuca ¿qué más daba si repetía la faena de anoche hasta el cansancio? Nadie jamás lo sabría, y luego volvería a Vegetasei a cumplir con su rol. Diablos, podía volver ahora mismo y pedir que un especialista se lo removiera. El lado desagradable de aquella opción era que todo el Parlamento se enteraría de su aventura. Y no estaba seguro de que aquel grupo de viejos apestosos fuera capaz de guardar el secreto. Qué diría de la fuerza de su especie si su propio príncipe había sido humillado por la Armada. Era vergonzoso.
Un brazo pálido se levantó y Bulma se talló los ojos, se quejó y luego se estiró como un gato. Al verlo le sonrió, una sonrisa juguetona. La idea de que Bulma se hubiera despertado con ese tipo de hambre que solo él le pudiera satisfacer le entibió el cuerpo. Ese pensamiento hizo que inmediatamente le devolviera la sonrisa. Bulma se estiró e hizo algo que él jamás se hubiera imaginado; le besó en la mejilla. Y lejos de ser un gesto que buscaba erizarle la piel, no era nada más que un mero saludo.
—Buenos días, Vegeta —Le dejó helado.
Una pierna pálida se alzó en medio de las sábanas y lo envolvió bajo el ombligo. Le hubiera gustado tener más fuerza para resistir aquella provocación, pero no era el caso. La verdad era que no tenía protesta alguna, si ella quería volver a enredarse en él, él no pensaba disuadirla. Él se merecía un descanso; de tantas guerras, y purgas, y muertes. Vegeta creía merecer unas vacaciones de ser el príncipe de todos los saiyajin y liderar ejércitos a diestra y siniestra. No era como si pensara abdicar a su título para esconderse en esa cápsula durante el resto de su vida sólo para tener sexo con Bulma, tan sólo serían un par de días y luego adiós.
Él la miró a los ojos y se sonrió, con esa malicia desvergonzada siempre presente sobre sus labios. Bulma se levantó lo suficiente como para apoyar su torso en el pecho del saiyajin y, con una sonrisa pícara, le dibujó figuras abstractas sobre la piel. Vegeta no tenía mucho vello, era tan fino que parecía que no estaba ahí, lo mismo sobre sus antebrazos. Le había sorprendido, inclusive, la textura suave de su piel. Entre tantas cicatrices maduras que lo recorrían existía suavidad, la de un hombre que se ejercita diariamente y se mantiene bien alimentado.
Bulma miró de reojo las marcas que le había dejado, las uñas dibujadas como media lunas sobre la piel de bronce de Vegeta. Se rio, pero él no llegó a entender por qué. Estaba bastante ocupado siendo consciente de cada centímetro de la piel impoluta de Bulma sobre la de él. Su pecho afirmándose suavemente contra su impenetrable pectoral, las manos jugando en su clavícula, la pierna enredada sobre su abdomen a punto de sentir lo que estaba sucediendo en su ingle. Podía incluso sentir el pubis de Bulma rozando su cadera. Extendió los dedos de su mano izquierda sobre aquella pequeña cintura y bajó sus dígitos hasta su trasero, pero no lo apretó, lo acarició y se volvió a sonreír cuando escuchó su risa.
El tacto nuevo sobre su piel no le pasaba desapercibido, tan íntimo en sitios que ya no acostumbraran manos ajenas desde hacía bastante tiempo. Le daba escalofríos de principio y algunas cosquillas, pero era agradable, no podía negarlo. A Bulma le gustaba sentir sus enormes manos sobre su cuerpo.
Y el sonido de su risa le hacía sentir algo más que él no supo describir ni pretendía, no podía pensárselo tanto, él no era de sobre analizar. Lo único que sabía era que le agradaba, Bulma le agradaba y su cuerpo le encantaba. Bulma era descabelladamente sensual a la hora del sexo, una deliberada sumisión que durante el día jamás hubiera llegado a conocer. Se dejaba dominar, pero era voluntario, quizás le dejaba creer que tenía el control cuando ella tenía todo fríamente planificado para que se la follen como a ella le gustaba. Era tan sinvergüenza que no lo dudaba ni por un segundo, Bulma sería capaz.
Tal vez aquel viaje no había sido un fracaso después de todo.
El rostro de ella cambió, ya no tenía la misma expresión. Estaba más sonrojada que antes y él estaba casi seguro de la razón. Ya lo había sentido, a su erección creciendo bajo las sábanas. Silenciosamente se acomodó bajo su abrazo y bajó aquella pierna, para entrelazarla entre las de él. Bajó una mano sin decir nada, paseando sus finos dedos sobre los abdominales marcados de Vegeta y le tocó la punta del pene casi con algo de timidez. Pero repentinamente le miró a los ojos y lo tomó sobre la palma de su mano.
Él no pudo romper el hechizo y permaneció inmóvil, mirando su rostro sonrojado mientras comenzaba a tocarlo, al principio suave, apenas explorando su textura, hasta que al final decidió tomarlo y masturbarlo lentamente.
Bulma sintió una gota caer sobre sus dedos y la usó para lubricarlo, sin perder de vista aquella turbulenta mirada, casi de forma indecente.
La noche anterior la había tomado varias veces, había hecho con ella lo que quiso y, si bien no tenía queja alguna, tenía que demostrarle que él no era el único que podía tomar el mando. Que ella no sólo estaba allí para temblar bajo sus manos, ni para estremecerse cada vez que la besara. Ella también deseaba verlo retorcerse, que gimiera su nombre como ella había gemido el suyo. Quería hacerlo temblar hasta acabar en donde fuera que le encontrara su orgasmo, aunque no fuera tan fuerte como él, ella también tenía con qué someterlo.
Se deslizó sobre su pecho y lentamente se aproximó a su entrepierna. Vegeta se quedó callado, inmóvil, expectante de aquella escena tan deliberada. Bulma se recostó sobre su abdomen, que a simple vista parecía una roca, pero allí acurrucada era suave y la hacía mecer con sus respiraciones. Ella movió su muñeca de arriba hacia abajo y finalmente abrió la boca. Él cerró los ojos y sintió cómo la respiración de Bulma se impregnaba sobre la piel sensible de su miembro para luego ser uno con su lengua, meciéndose lentamente dentro de sus labios. Se sintió goteando de saliva y jadeó, incapaz de silenciar el placer que experimentaba.
Él deseaba verla mientras lo hacía y conocer esa nueva expresión suya, pero simplemente era demasiado placentero como para desviar cualquier sentido de aquella experiencia.
La mano izquierda le picaba, era un escozor particular, similar al que había sentido aquel día en el que ella le abrazó. Pero esta vez sabía exactamente lo que tenía que hacer, lo que quería hacer. Y sin pensárselo mucho se dejó ser de esa necesidad y le acarició el cabello. La textura fina y suave del cian de aquellas hebras le llenaron los dígitos y apretó los dedos en un mechón.
Bulma miraba la forma en la que se contraían los dedos de los pies del saiyajin cada vez que se lo tragaba por completo y le hacía extremadamente feliz, le agradaba la sensación de ser el motivo de su placer. Aunque sabía que, si se esmeraba, podía hacerlo acabar allí mismo, quería hacer que ese momento perdurara un poco más.
En algún momento lo soltó, pero Vegeta estaba tan extremadamente relajado que no se dio cuenta. Aún estaba duro, como una roca, pero el éxtasis era tal que los músculos apenas le respondían. Se había desconectado de sí mismo, y sólo se despertó al verla subiéndose a horcajadas sobre él.
Seguía desnuda, completamente desnuda, tal y como la había dejado la noche anterior. La observó maravillado de aquel semblante congestionado, gratamente sorprendido de aquella mirada que sostenía, que a pesar de parecer tímida era lo contrario. Bulma se aprovechaba de aquella imagen inocente para excitarle aún más.
Estaba a punto de incorporarse para hacerlo con ella, para marcarle su ritmo, pero Bulma apoyó ambas manos sobre su amplio pecho y lo empujó a volver a la cama. Súbdito de sus deseos, se permitió aquella extraña idea de dejarle tomar el control tan visiblemente. Permaneció acostado, tal y como se había despertado y se dio cuenta que aquel escenario no era tan desagradable después de todo. Se quedó absorto en esa expresión apenada de ella, que no parecía más que una fachada teniendo en cuenta la manera furtiva en la que se meneaba sobre su pelvis. Él alzó sus manos, cómodo debajo de aquel cuerpo frágil y le acarició las piernas. Como por instinto sus ojos se cerraron, Bulma se había acomodado y se sintió dentro de ella poco después. Apenas podía sentir el peso de las manos de ella sobre su torso, ayudándose de su pecho para balancearse sobre él mientras gemía y lentamente aumentaba la velocidad de sus propias embestidas.
Había algo demasiado excitante en dejarle tomar el timón, en ser el objeto que usara como medio para llegar al placer. Imaginaba que aquella fuerza con la que se sentaba sobre él era lo que estaba buscando, controlar perfectamente el impacto de su miembro dentro de ella. Así era como lo quería.
Apretó apenas la carne rosada de las piernas de Bulma bajo la punta de sus dedos, los de los pies se le enroscaron y trabó las rodillas. Estiró el cuello y un gemido ronco salió, habiéndose estado escondiendo en su garganta desde hacía un tiempo.
Cuando se dio cuenta de lo que pasaría dentro de poco, abrió los ojos y la observó balanceándose, los pechos revotando sobre su caja torácica, enrojecidos y perlados de sudor. El rostro de ella congestionado y jadeando su aliento entrecortado. Lo iba a hacer terminar tan apresuradamente que le avergonzaba, demasiado. No podía permitirse dejar en evidencia lo mucho que le satisfacía.
Mientras tanto, ella podía sentir bajo su cadera a sus piernas endureciéndose. Bulma miró su rostro de ojos cerrados y se quedó pendiente del movimiento de sus cejas unidas, apretándose entre ellas mientras ella se balanceaba. Casi se sonríe, victoriosa, cuando creyó haber presentido ese momento de exquisito éxtasis, pero súbitamente el saiyajin la arrojó sobre el colchón y la volteó para que no le viera el rostro. Era tan rápido y ágil que en un parpadeo la tenía sometida bajo su amplio torso, le había tomado una pierna con la mano izquierda y estaba acomodándose para tomarla de nuevo.
Bulma sintió el calor de su precipitado aliento rozándole la oreja y lo observó de soslayo. Estaba tan agitado que ni siquiera la miraba a los ojos, tenía el aspecto de un hombre totalmente enceguecido.
Los finos dedos blancos de Bulma, con las uñas pintadas de un sanguinolento rojo le acariciaron la barbilla. El movimiento errático de Vegeta al percibir ese sutil tacto le pareció extraño. Como si hubiera descubierto que el saiyajin no sabía mucho de aquel tipo de caricias. Sin embargo, recorrió el trazo firme de su mentón y con el pulgar le acarició el labio inferior.
Deseaba besarlo, aunque no le estuviera prestando demasiada atención. Él estaba más que desesperado por volver a sentirla y mientras buscaba el espacio para hundirse en su interior, ella se acercó a plantar sus labios sobre él.
Para ese momento él ya había descubierto lo adepta que parecía ser Bulma a ese tipo de roce. Más allá de cualquier posición que encontrara para hacerla gozar, Vegeta ahora sabía lo mucho que Bulma disfrutara ser besada. Y él no podía decir que el sabor de su lengua era desagradable o que no aportara al compás que habían empezado. Sin lugar a dudas, los besos de Bulma eran algo particular y quizás, quizás podría llegar a acostumbrarse a ellos.
Luego de que su mente se llenó de blanco, de nada, de un espacio infinito y absoluto de la más grande calma, y para cuando ella recuperó el aliento, la observó incorporándose sobre la cama aún desnuda. El sudor le incomodaba y el cabello lo traía bastante enredado. Aún estaba un poco sonrojada, pero no era pudor ni nada parecido. Bulma estaba demasiado agotada para permitirse un sentimiento por el estilo. Incluso se podía decir que le miró sin ningún tipo de tapujo, habiéndose acostumbrado a su propia desnudez y la de él. Volvió a estirarse y suspiró mientras miraba por la ventana. Con el rostro perdido en las afuera de la capsula, Vegeta llegó a preguntarse en qué tanto estaría pensando, pero, por supuesto, no dijo nada.
—¿Qué te parece una ducha? —le preguntó tranquilamente y, cuando sus miradas se conectaron, una mueca cínica le dobló la sonrisa.
—¿Tus piernas aún funcionan? —cuestionó el, devolviéndole la sonrisa.
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La calma que respiraba era extraña. Después de tantos meses corriendo de un lado al otro, estar tan tranquila le resultaba difícil de creer. Tomó un sorbo de su botella de agua y espió por el rabillo del ojo al saiyajin. Le parecía sorprendente que pudiera tener tanta energía incluso después de la extenuante noche que habían compartido. Entrenaba completamente solo a unos cuantos metros, diferentes técnicas de algo parecido a las artes marciales del planeta Tierra, al menos los principios parecían ser los mismos. Sorbió más agua, los recuerdos estaban demasiado frescos.
Anticipándose a cualquier eventualidad, Bulma sintió que finalmente ponía los pies sobre la tierra al ver su rostro en un aviso de se busca de la Armada. La recompensa era jugosa, demasiado para un simple humano. Sin embargo, le tomó por sorpresa no encontrar nada acerca de Vegeta. Tal vez no querían que nadie supiera que lo habían perdido, y Vegeta no hizo ningún intento de comunicarse con su hogar desde que lo había conocido. Algo no le cuadraba.
Miró nuevamente su rostro reflejado en la pantalla de su ordenador portátil, era la misma foto que le habían tomado el día que la registraron en la prisión. Tenía un gesto de sorpresa, ciertamente no era su mejor fotografía.
Se detuvo, los dedos se le pusieron rígidos ante la idea de indagar más sobre Vegeta. Después de todo, él era lo único que le quedaba. Apagó el ordenador y lo guardó dentro de su mochila. No faltaba mucho para que los peces que había atrapado con una red en un lago cercano estuvieran listos. Los giró sobre el fuego, en una pequeña rejilla que guardaba en la capsula.
—¡Vegeta! —gritó y él se detuvo a verla—. ¡Ven a comer!
Él se sentó frente a ella en el suelo, tomó uno de los peces empalados y le dio una mordida voraz. Bulma lo observó atenta, tenía el torso casi por completo bañado de sudor y le perlaba la piel. Él sintió su mirada y alzó la vista.
—¿Qué? —le cuestionó repentinamente.
—Adivina quién tiene una recompensa enorme por su cabeza, viva o muerta —dijo ella en un tono jocoso.
Vegeta se tensó casi de inmediato, afortunadamente ya había tragado ese primer trozo para el momento en el que Bulma lanzó su comentario. La idea de que le estaría informando que lo había entregado le cruzó la mente, que ya supiera que era el príncipe de los saiyajin y que ahora simplemente se burlaba de él.
—No me gustan los juegos.
—Bueno, supongo que si me tocara a mí adivinar hubiera perdido. Hubiera apostado cualquier cosa porque tu cabeza valdría más que la mía, pero por alguna razón la mía es jugosa, mientras que la tuya… —Alzó la mano y juntó su dedo pulgar con el índice y lo miró a través del círculo que había formado—. Cero.
—¿Cero?
—Nada, considérate afortunado. Otras personas tendremos que meternos en un agujero por un buen tiempo al parecer.
Podía sentir que algo se estaba gestando y él detestaba no saber qué. Para esa hora el cuerpo de aquel desgraciado soldado que se había entrometido en sus planes habría sido encontrado. Quizás ya se habrían dado cuenta que él estaba viajando con Bulma, era una apuesta fácil. Si alguien daba con Bulma, daría con él. El imperio jamás se enteraría de que había caído en manos de la Armada y mucho menos sabrían que lo habían perdido. Sin embargo, de alguna forma le apenaba que el turbio futuro de Bulma se viera tan afectado. Cualquiera que la reconociera de ahora en más la entregaría sin duda alguna. Y él estaría nuevamente en el palacio, y quizás ni siquiera llegaría a enterarse.
—¿Qué harás ahora? —La seriedad en su tono obligó al aire jocoso de Bulma a retirarse.
—No lo sé, supongo que seguir sobreviviendo, encontrar un trabajo en algún sitio… Si es que encuentro a alguien tan estúpido para darle asilo a una fugitiva…
Tal vez él podía ser ese estúpido, pensó. Bulma quizás estaría segura en Vegetasei trabajando en los laboratorios directamente para la familia real. Incluso podía ayudarle a dar con certeza con aquel que le había traicionado.
No, Kore la mataría, se planteó. Tal vez lo haría, si Hera había matado al menos treinta esclavas de su padre quizás, si Kore supiera la naturaleza de la relación entre ellos dos haría lo mismo. O tal vez su madre era un caso especial. Pero no se podía arriesgar.
Además, Vegetasei no tenía trabajadores pagados de otras especies, que era el tipo de trato que Bulma esperaba recibir. Si la llevaba sería vista de inmediato como una esclava más, ella volvería a ser eso que insistía tanto en dejar atrás. No parecía justo, a sus ojos Bulma se había ganado su libertad.
Vegeta le tenía respeto, para una criatura tan joven, pequeña y débil, había resultado ser extraordinaria.
Entonces no dijo nada.
Del otro lado, pellizcando aquel pez asado, Bulma se planteó nuevamente a dónde podría ir cuando su camino y el de Vegeta se separasen definitivamente.
—Realmente nunca me había puesto a pensar en qué haría después. Creo que descubrir que todos han muerto nunca estuvo entre mis planes… Bueno, no es como si no hubiera contemplado la idea. Siendo realistas, esperaba algo mucho peor… Sobre todo, para mi hermana y mi madre. Supongo que ya sabes cómo es para las hembras… Es sólo que… —Súbitamente se detuvo, miró el trozo de pescado que apenas había mordisqueado y luego al saiyajin. Se sintió aliviada de que su palabrería estuviera siendo escuchada con atención y continuó con más alivio—. Siempre pensé que mi padre sobreviviría, que se darían cuenta de lo inteligente que era y alguien en algún sitio lo compraría. Pero creo que era ya muy anciano… Él me enseñó todo lo que sé, bueno… al menos las bases. Verás, la tecnología en la Tierra era algo más anticuada de la que conocí en el espacio.
Con curiosidad, Vegeta echó un vistazo a la pequeña casa que Bulma había hecho aparecer del mismo aire.
—¿Qué hay de eso?
—Mi padre —contestó con cierto orgullo—. Él las inventó y las patentó en su juventud. Fue una de las primeras cosas que aprendí a hacer.
Lo que acababa de escuchar confirmaba la idea que él ya tenía, Bulma verdaderamente era un ser humano excepcional. Dejarla allí a su suerte sería un gran desperdicio, y por alguna razón le revolvía el estómago la idea de que pudieran capturarla para dar con él, en el mismo momento en el que la dejara sola.
—¿Qué hay de ti? —preguntó ella repentinamente, pero él no entendió a qué se refería—. Tu familia… Bueno, no es como si no me hubiera dado cuenta que no hablas de ti mismo. ¿Están vivos?
Él deliberó un momento si debía ser sincero y, luego de terminar de comer, se decidió a darle una respuesta.
—Mi madre murió hace muchos años, cuando yo era un niño. Fue una enfermedad, no hubo manera de salvarle la vida.
—Lo siento mucho.
—No tienes por qué hacerlo, era sólo natural. Nadie podía hacer nada.
—Bueno, aún así siento mucho que hayas tenido que pasar por eso.
—Tengo un hermano menor —continuó, comenzando a incomodarse—, y a mi padre —balbuceó, sin saber con certeza si debía o no compartir con ella toda la verdad.
—Qué bueno, deben estar esperando tu regreso. Los debes tener preocupados…
—Tal vez.
No quedaron muchas palabras en el aire, Vegeta tomó otro pescado de la pequeña hoguera improvisada y permaneció en silencio. No tenía mucho sentido explicarle quién era en realidad si no tenía una manera segura de llevársela a Vegetasei con él. Llevarla sólo haría que el parlamento entero cuestionara la razón de su presencia. Presentarla como una científica sólo terminaría en una petición unánime de volverla una esclava, y si no podía mantener sus manos para él mismo tal vez Kore podría darse cuenta. Vegetasei podía ser incluso más peligroso que la misma Armada.
—Quizás espere a que llegue Neiv y le preguntaré si tiene un lugar para mí aquí.
Mentalmente calculó las horas de viaje entre Vegetasei y el Oasis, mientras la veía sonreírse a sí misma con un dejo de amargura. Tal vez podría mantener un ojo sobre ella si permanecía allí, incluso de vez en cuando podría establecer comunicación y…
—Te echaré de menos, Vegeta. Aunque deteste admitirlo.
—¿Echarme de menos? Bueno, no te sientas avergonzada… Si quieres que venga a visitarte y hacer tus rodillas temblar, supongo que podemos llegar a un acuerdo —se burló.
—No hablo de eso, idiota… —contestó con las mejillas teñidas de rosa—. Me caes bien, a pesar de que eres un asesino en masa. Tanto tiempo en el espacio me debe estar dañando el cerebro. Pero con ese tipo de comentarios no haces más que facilitarme las cosas. Es más fácil despedirme de ti si eres un cretino.
—Bueno, tu tampoco estás tan mal.
—¿¡Que no estoy tan mal!? ¿Acaso tienes problemas de la vista? Tienes que estar ciego, Vegeta, que no estoy tan mal. ¿Qué clase de comentario es ese? Deberías estar agradecido por haber encontrado una mujer tan bonita e inteligente como yo.
—Sirves tu propósito —volvió a mofarse y se sonrió al verla abalanzándose encima de él, pero en menos de un segundo había logrado someterla y dejarla tendida sobre el suelo—. Eres tan predecible, mujer.
Vegetasei
El único sonido que retumbaba sobre las paredes metálicas de aquella cámara era el de sus pasos. Deambuló por el palacio durante toda la noche y su recorrido culminó allí. No había ojos sobre ella, los esclavos descansaban y los guardias estaban del otro lado de la puerta. En medio de la sala se alzaba un pequeño tanque con luz interior, un líquido cristalino de color verdoso colmaba su interior. Ella deslizó sus dedos sobre otros pequeños tanques que rodeaban aquel vacío, que se alzaba majestuosamente en aquel sitio especial.
Kore miró los rostros de los niños saiyajin, todos similares entre sí. Aún pequeños e indefensos. Algunas colas se movían de un lado al otro, a pesar de que estaban dormidos. Luego miró el tanque vacío y suspiró. Su rostro estaba oscurecido por una preocupación latente que no le dejaba dormir. Allí, en aquel sitio, era donde tendría que estarse desarrollando su hijo, su heredero. Y todos los demás que rodeaban aquella tarima serían sus súbditos, y los de ella también.
La puerta electrónica se abrió y Kore se giró, habiendo llegado al tanque que pertenecía a su hijo, se volteó a ver a Tarble que entraba aún vistiendo su uniforme.
—¿Otra vez aquí? —se preguntó en un tono solidario—. Es tarde, mañana será un día largo. La mitad de las tropas volverán al planeta y tenemos que preparar las naves para una nueva partida.
—Lo sé, descuida. Estaré lista.
—Deberías descansar un poco… Has estado aquí todas las noches desde que Vegeta desapareció. No te preocupes, Vegeta volverá y cumplirán con su deber.
—Tu hermano se está tomando su tiempo.
—Bueno, no soy el más indicado para saber qué planea Vegeta —se rio avergonzado.
Kore comparó aquella pose tímida y torpe de Tarble con la arrogante y despreocupada de su hermano mayor. Y ciertamente le desagradaba que tuviera esa forma de ser tan frágil en apariencia.
—¿Estás preparado para tomar el rol de tu hermano si él no regresa?
—¿Q-qué dices? ¿El rol de V-Vegeta? N-no, no digas eso Kore. Yo no…
—Tú eres el siguiente en la línea del trono. Si Vegeta no regresa entonces tú.
—Mi padre jamás lo permitiría —contestó con más convicción en el tono—. Mi padre nunca permitiría que alguien como yo esté al mando.
—¿Ni siquiera vas a pelear por tu derecho?
—Tal vez no sea muy fuerte… pero tampoco soy estúpido. Si peleo con alguien, con cualquier saiyajin, lo más seguro es que ese sea el día de mi muerte. C-creo que tú eres la más indicada, si él no regresara… Creo que tu serías una gran reina. Incluso… si me permites decirte esto… prométeme que no se lo dirás al Rey… Creo que tú serías mejor lider que Vegeta.
N/A: Por fis perdonenme el retraso, en realidad este capítulo se me había hecho tremendamente largo así que decidí cortarlo en dos. Literalmente aún faltan cosas, pero no quería dejarlos abandonados durante tanto tiempo y el trabajo me tiene re ocupada. Espero que el suculento haya estado lo suficientemente suculento para ustedes. No es mi punto más fuerte (si es que tengo alguno jajaja). ¿Qué les pareció el capítulo? Prometo tener el siguiente dentro de pocos días. Les agradezco muchísimo todos sus lindos deseos en el capítulo anterior, y todos los comentarios que llegaron. De verdad que me llenan el corazón, hacen que sienta que vale la pena el esfuerzo.
Como siempre los saludo muy cálidamente, en especial a karenina, , desibe (gracias por leerte todo de un tirón jaja), Judith A (me re alegra que te haya atrapado), Strava (espero que esta actualización te encuentre más cómoda), Yarelli (gracias a vos por tu comentario), DesertRose, soandrea (no me pidas disculpas por no haber escrito, gracias por siempre apoyarme en mis historias), Calay, Apolonia (espero haber cumplido tu deseo de interacciones entre los dos jajaja), Nuria-db, Lu, Jime Maty Olguin (¡mil gracias por tus lindas palabras!), Mari (sí, la troleada del cliffhanger es muy típica mía, tengo que tratar de no ser tan predecible jajaja Y sí, de hecho Bulma conocerá a su rival calculo que en el capítulo 13), belen.b, AnnSerra y dekilleraven (te echaba de menos, ¡gracias por leer!
Bueno, siendo las 00:22 Argentina me voy a dormir y las personas que lleguen a ver el fic hoy mismo, ¡buenas noches! Su servidora esperará ansiosa saber qué les pareció el cap. ¡BESOS!
