Holaaa.

Vengo por aquí a saludar, a decirles que estoy muy agradecida por los comentarios y que me encanta la acogida que ha tenido mi historia, especialmente con los lectores (y comentarios) nuevos. Con esto me ha surgido un miedo, ¿han leído el primer fic? Es una pura curiosidad, e igual lo recomiendo para entender mejor la historia. Por otra parte, ya he respondido los comentarios por el interno, no es necesario responder, simplemente no quería parecer grosera al dejarlos, por así decir, en visto.

Una idea me ha estado rondando la cabeza: crear un blog para publicar las historias. ¿Qué les parece? Algunos ya lo sabrán, pero para los demás, yo he publicado una novela y entré a Fanfiction para crecer como escritora, ya que siento que debo darles a mis textos una mayor trascendencia y profundidad; no se confundan, mi novela, que es muy bonita y romántica, es más un tipo de lectura ligera.

En fin, muchas gracias por leer, nos vemos el lunes.

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—Y un día choqué contra un avión muggle —contaba Draco a todo aquel que quisiera oírlo.

Yo estaba 100% seguro que, de haber podido, Draco renegaría de su ilustre apellido y tomaría mi lugar como el hijo bastardo del Señor Oscuro si ese cambio le significase más fama. Sí, Draco estaba sediente por atención y haría lo que fuese por ser el centro de miradas y verse eternamente rodeado por el grupo que en ese momento se juntaba a su alrededor, la mitad por adular, la otra mitad por el beneficio político, ningún amigo sincero; en comparación, mi soledad era una bendición. Aunque yo tampoco quería ser como esa chica Granger, que en estos momentos se paraba sola, ignorada por su propia gente.

—De pie junto a su escoba —ordenó Madame Hooch, la docente.

Draco ocupó el lugar a mi derecha, Neville estaba frente a mí y Nott a mi izquierda. Le guiñé un ojo al león.

—¿Escobas? —murmuró Draco —. Palos tiesos y viejos.

Pansy, a su lado, rió; Draco echó un vistazo a mi persona, esperando el mismo efecto. Miré a la escoba en el suelo, prestada por la escuela, sin inmutarme. Sí, estaba vieja.

—La mano sobre la escoba y digan: ¡arriba!

—¡Arriba!

Mia escoba subió, me aferre a ella con mis dedos; no era mi Nimbus, la madera de esta escoba era raposa. Algunos más lo consiguieron, Neville no, la suya daba vueltas en el suelo. La de Granger estaba tirada y sin muchos ánimos de levantarse, Daphne y un chico de Gryffindor, Finnigan, tenía el mismo problema.

Hice un ruido con la boca llamando la atención de Neville. «Intención», mascullé con mi boca. Mi amigo asintió y frunció el ceño, concentrándose.

—Arriba.

Me uní a las carcajadas grupales al subir la escoba de Neville tan fuerte que lo golpeó en la cara.

—Bueno, subió —le sonreí. Neville gimió sobándose la mandíbula.

—¿Listos? Monten.

Y uno a uno, Madame Hooch pasó corrigiendo nuestras posturas. Yo aprendí a volar escobas de un mortífago llamado Kael que pertenecía a un equipo profesional de Quidditch. A los ojos de la profesora mi postura estaba bien, pero la de Draco…

—He volado así toda mi vida —alegó el rubio subiendo su barbilla con altanería.

—Pues ha volado mal toda su vida, señor Malfoy.

Las mejillas caucásicas de Draco se pintaron de rosa. Hubo una risotada colectiva por parte de Gryffindor. Me volví a desconectar. Yo ignoraba mucho las voces de los maestros y compañeros desde que descubrí que Hogwarts era… aburrida. No, no aburrida: monótona. La magia resultaba impactante para los sangre sucia y muchos de los criados por magos, pero para mí era un ambiente normal y los hechizos que nos enseñaban los maestros ya los conocía (eran los que yo llamaba trucos, pues jamás pensé que serían magia compleja para los primeros años). Esperaba que al menos esa tarde, en mi lección de literatura mágica, mi concepción respecto a la escuela cambiara.

Un grito me trajo a la realidad. Neville se elevaba por los aires.

—¡Baja! —le grité.

—¡No sé cómo! —chilló aterrorizado.

Me reí viendo de reojo a la profesora limitarse a estar de pie con la boca abierta y la varita en su mano. Ella redefinía la definición de incompetente.

—¡Aférrate! —grité alegremente subiendo a por él.

Los mortífagos entrenaban para todo tipo de situaciones, una de ella era el rescate de sus compañeros en el aire. A veces ellos me dejaban participar, papá o Rabastan me dejaban caer desde alto y alguien debía sujetarme. Quizás por eso fui el único que no se asustó. Sin embargo, este juego en particular solo se llevaba a cabo con papá presente, así que la mayor parte del tiempo yo miraba desde el suelo con Nagini envuelta a mi alrededor, aprendiendo muchas cosas de los mortífagos por medio de la observación. Apenas alcancé a patear el suelo y elevarme unos metros antes de que Neville se soltara. Atrapar un cuerpo cayendo del cielo era peligroso -explicando lo estricto que era papá con su presencia cuando yo era el que caía-, pero lo bueno era que yo no estaba pensando en ese momento. Igual que con mi breve lucha en el gran comedor fue mi instinto quien hizo posible agarrar a Neville y estabilizarme.

—Ouw —gimió y luego chilló —. Estamos muy alto.

Vaya, ser el atrapado era mucho más divertido.

—No veas al suelo —me aferre a la túnica de Neville, éramos ocho extremidades unidas entre sí y a la escoba en lo que descendíamos. Aterrizamos mal, caí sobre mi trasero y estaba seguro que Neville rodó un par de metros. La clase corrió hasta nosotros.

—Suave mis niños —dijo Madame Hooch tomando mi mano —. ¿Les duele algo?

—No lo sé —gemí intentando levantarme —. Ay, creo que fue demasiado peso para mí.

Los músculos de mis brazos brincaban, la sensación iba y venía, hice una mala fuerza. Papá me permitía escalar muros y lazos en ocasiones bajo su vigilancia o la de Pimpón, me constaba que yo tenía resistencia en brazos y piernas, mas no para cargar a Neville.

—¿Y tú, cielo? —el castaño le respondió vomitando su desayuno —. Nos vamos a donde Madama Pomfrey.

La medimaga no encontró daño en nosotros y tras un muy completo examen físico fuimos liberados al tomar una poción para relajar los músculos y una para los nervios quebrados de Neville, justo a tiempo para ir a probar un bocado de almuerzo antes de correr a defensa contra las artes oscura. Esa clase no fue interesante, el profesor Quirrell nos entregó nuestro currículo a trabajar el primer semestre donde planteaba que él nos enseñaría cinco maldiciones en total, meramente defensivas, mezcladas con investigaciones y largos trabajos textuales. Salí del salón sumamente frustrado, Hogwarts no era como la describía mi padre.

—Joven señor, ¿y esa cara larga?

No fue Alec, sino Snape quien me habló, en lo que yo vagaba por las mazmorras, indiferente de que me había perdido. Todo el mundo sabía que él era un mortífago y un espía de ambos bandos -salió en los periódicos en su momento-, pero aún era suicida de su parte llamarme de tal forma en los corredores de Hogwarts, sin importar que en este preciso momento estuviéramos solos.

—No me gusta Hogwarts —le confesé avanzando y acercándomele, guardando un metro y medio de distancia. Soné como un bebé quejica.

Snape alzó una ceja, lucía consternado.

—Es la primera persona a la que le escucho decir tal cosa. ¿Puedo saber de qué se trata? Tal vez podría ayudarle, joven señor.

Fruncí el ceño.

—Son las clases. Ya conozco todo el material práctico, incluso las tuyas Severus.

—Me lo imaginaba. Aunque a usted nunca se le instruyó en hechizos y encantamientos, se le permitió explorar la magia hasta convertirla en su segunda naturaleza. Mi señor quería que usted fuera poderoso —no agregué nada tras su declaración, no se me ocurría alguna respuesta —. Son casi las tres de la tarde, su clase de literatura empieza a las cuatro, ¿le parece bien acompañarme a mi oficina? Podría ayudarme con una poción.

Sonreí, las pociones siempre me animaban.

—Claro, claro.

—Además, debo comentarle algo relacionado con su atrapada al señor Longbottom.

Resultó que Snape me observó todos esos años jugar al Quidditch por mi cuenta y me quería en el equipo de Slytherin.

—La fuerza que demostró al levantar a Longbottom y su destreza en la escoba se comentaron en la sala de maestros. Yo podría pujar para que usted se convierta en un cazador de Slytherin, dado que uno de ellos se graduó el año pasado —propuso el profesor cortando conmigo babosas de mar en su laboratorio, preparábamos una poción rebastecedora de sangre.

—¿Cazador? Jamás he jugado en un equipo.

—No, pero aprendió de un jugador profesional y diariamente practicaba en el castillo del señor tenebroso.

—Pues… —jugar sería divertido y una distracción —. Acepto, Severus.

El hombre me dedico una pequeña sonrisa. Mi hora con él transcurrió en silencio, no alcance a terminar la poción porque iba tarde para mi clase, a la cual Severus me escoltó, decisión que él tomó después de que le contara que cuando me encontró yo estaba perdido. La clase fue bien, aburrida porque ya conocía las lecturas asignadas, pero buena; escribí una carta a mi padre luego de la cena y se la mandé con Hedwig, hasta ahí yo poseía una sensación pasmada de que todo me daba igual. El caos comenzó al apagar las luces en mi alcoba.

Lo primero fue que no podía dormir, me removía demasiado y la sensación de caerme al suelo cada vez que giraba en ese estrecha cama me llenaba de pánico. Draco durmió, el resto de la casa también, y yo continuaba despierto. Finalmente caí rendido para despertar con una mano extraña sobre mi frente, de pie y a diez centímetros de las puertas del gran comedor.

—¿Qué…? —musité.

¿Estoy soñando?

—Señor Riddle, ¿me oye?

Parpadeé confuso, me empezaba a doler la cabeza. Las antorchas del corredor iluminaban a mi acompañante.

—¿Profesora Sprout?

La regordeta mujer me sonrió; usaba bata y pijamas rosas. La mujer tomó con delicadeza mi mejilla con la mano que ya me tocaba el rostro y me giró la cara para mirarla.

—Sí, señor Riddle. Me asustó mucho cuando lo vi aquí golpeándose la frente contra las puertas.

Por eso me dolía la cabeza.

—¿Cómo llegué aquí? —le pregunté soltándome de ella y revisando mis escudos de oclumancia. Intactos.

—Caminó dormido. ¿Su sonambulismo es frecuente?

—No… habría que preguntarle a Pimpón —musité.

—¿Quién?

—Mi elfo de crianza, papá me lo asignó para que me cuidara.

—Entiendo. Bueno, lo mejor será ir a su sala común a finalizar la noche —mi rostro debió reflejar lo inquieto que me sentía, porque agregó —. No se preocupe señor Riddle, esto no pasa de ser un incidente aislado.

Y la noche del miércoles se cumplió la predicción de la profesora. Yo estaba agotado por mi primer entrenamiento con el equipo de quidditch de Slytherin, lo que fue genial, la clase nocturna de Astronomía y mis los ojos secos por leer hasta las diez de la noche un libro prestado de la biblioteca sobre la magia en las cavernas para realizar mi asignación de historia, pero el jueves, el jueves fue un asunto diferente.

Inició como iniciaban la mayoría de mis malas noches, con los gritos de mi madre y la risa cruel de papá, salvo que mi pesadilla se desorganizó, mi madre fue remplazada por Alice Longbottom y papá se convirtió en un mortífago anónimo que violaba el ano sangrante de la madre de Neville.

Sí, recordaba el recto de aquella mujer con ansiedad. La imagen se quemó en mi cerebro con fuego a mis cinco años.

Desperté temblando, milagrosamente en silencio. Uno pensaría que me iba a ser complicado reunir el sueño de nuevo, pero las violaciones eran el pan de cada día en mi hogar, fue algo que tuve que asumir y aceptar como venía. El mundo no era justo, yo debía ser agradecido porque, en medio de monstruos y dementes, yo estaba a salvo. Por eso logré dormirme, para encontrarme en una posición similar a la de la noche del martes, salvo que en lugar del gran comedor me encontraba ante la puerta de un salón y la dulce profesora Sprout se vio remplazada por el director Dumbledore. Como añadido, mis medias rojas estaban empapadas en agua.

—¿Otra vez sonámbulo? —me dije. Al percatarme del anciano, di un brinco hacia atrás y mi cabeza punzó. La sujeté con mis dedos.

—Tranquilo, Harry, no te haré daño —intentó el hombre, quien aún usaba su ropa del día.

—Yo no debo estar a solas con usted —le recordé retrocediendo un paso.

—Es tu segunda noche sonámbulo, deberías ir a la enfermería.

—Estoy bien —me alejé más. Corre, me decía mi instinto de supervivencia. ¿En qué pensaba papá al enviarme a la escuela presidida por su mayor enemigo? Yo tenía el pavor brotando desde mis tripas.

—No te haré daño, Harry —insistió él, luciendo ofendido e incrédulo de que yo no me le aproximara.

—¿Dónde estoy? —no reconocía los muros, pero de nuevo, yo era novato en Hogwarts.

—En el séptimo piso. Te estabas golpeando la frente contra esta puerta.

—Mmm —papá dijo que acudiera a Snape si me encontraba en riesgo, pero ¿cómo? Alec tampoco sería mala idea, al menos él tendría su varita, la mía la dejé en mi mesa de noche —. Encontraré mi camino a las mazmorras. Gracias, director.

Y hui, ignorando sus llamados. No encontré mi camino a la mazmorra, me perdí nuevamente. Fui hallado por un histérico Snape que llevaba horas buscándome, alertado por Draco que le advirtió que yo no estaba en mi cama.

—Joven señor, tiene que avisarme si presenta signos de sonambulismo —me regañó Sev suavemente —. Permítame, lo secaré. ¿Dónde se mojó?

—No tengo idea.

Y no pude dormir más por miedo a caminar por el castillo dormido, leí y escribí ensayos hasta el amanecer.

—Alec, pídeme esa taza de café —bostecé en el desayuno.

La noche del viernes fue la peor. Desperté en mi cama, con la garganta irritada y con media casa, la enfermera, Dumbledore y Snape rodeándome.

—¿Ahora qué? —gruñí con la voz ronca. Alec estaba sentado en el suelo a un costado de mi cama con la varita en la mano.

—Terror nocturno, lo escuchábamos hasta el pasillo el cuadro de la entrada.

—Creímos que había un asesino en la escuela —dijo uno de los chicos mayores amontonados en la habitación.

—A sus camas, jóvenes —dijo Snape.

—Poppy, por favor revisa al señor Riddle en busca de venenos y maldiciones —ordenó el director —. La versión de un asesino no es demeritoria.

La enfermera blandió su varita y murmuró palabras inentendibles, sus resultados: 0 maldiciones o toxinas. Snape me alargó amablemente una botella con una poción para mi irritación de garganta y otra poción de sueños sin sueños.

—Señor Lestrange, puede retirarse —dijo el director, solo quedaban los mayores y Alec en mi alcoba, Draco se fue con Goyle. Destapé las pociones y las bebí de dos sorbos. Por algún motivo, que causaba curiosidad en papi, las pociones para dormir no eran tan efectivas en mí, les tomaba unos minutos funcionar; la justificación de papá era que él me las dio repetidas veces el primer mes que me tuvo con él, no dispuesto a bregar con un bebé difícil de llevar a la cama. Fue luego de eso que compró a Pimpón, un elfo especializado en pediatría y crianza.

Me fijé que Alec seguía sentado en el suelo, con sus piernas bajo mi cama, recostado sobre su puño junto a mi almohada.

—No, director, yo no me separaré de él.

—Señor Lestrange, si bien las lealtades de su familia…

—¡No permitiré que por un descuido mío el hijo de mi señor corra peligro!

—Entiendo —suspiró el director, dándolo como caso perdido —. Señor Riddle, tres incidentes en cuatro días, su padre deberá ser alertado. Lord Voldemort estará aquí para el desayuno.

Alec, la enfermera y Snape se estremecieron. Alec permaneció al marcharse los demás, fue lo último que vi antes de fundirme en la almohada.