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12

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Planeta Enano

El Oasis


Podría haber jurado que lo había escuchado roncar, al menos una o dos veces. Había sido un sonido ligero, para nada molesto, pero simplemente sorprendente. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que lo había conocido? Al menos un mes, quizás un poco más. Y cada noche que le había visto dormir parecía que estuviera despierto y sólo mantuviera los ojos cerrados. Incluso al estar solo con ella, dormía como si se anticipara a que alguien lo tomara por sorpresa. No se puede dormir plácidamente cuando uno espera ser atacado en cualquier momento.

Bulma se sonrió de sólo imaginárselo durmiendo profundamente. Ni siquiera él podía evitar caer rendido luego de tres días de sexo sin descanso. Pero ella no tenía el mismo problema, por muy preocupada o agobiada que estuviera, tenía la habilidad de caer dormida en cualquier sitio para despertar la barbilla cubierta de su propia saliva. No le importaba demasiado y, de hecho, extrañaba esa habilidad en ese momento.

El perfil de Vegeta estaba cubierto de sudor, había caído rendido en la cama después de haber terminado con ella y simplemente había cerrado los ojos sin decir una sola palabra. Pero ella permaneció despierta a su lado, observando la luz de la luna bañando su rostro, entrando a través de la ventana de la capsula.

Una sed urgente se sintió sobre su lengua y se preguntó si al levantarse de la cama lo despertaría. Pero al hacerlo descubrió que Vegeta continuaba profundamente dormido. Se sonrió ampliamente, le daba ternura por alguna extraña razón. Y sin hacer mucho ruido para no interrumpir esa extraña ocurrencia, Bulma salió de la cama y caminó de puntas de pie hasta la cocina.

La casa era pequeña, pero servía su propósito. Ya Vegeta y ella habían intimado casi en cada rincón y tal vez sólo les faltaba la mesa en la que desayunaron los últimos días.

Una estela blanca irrumpía de forma tenue sobre la oscuridad del pequeño recinto. Bulma estiró su mano hacia aquel bolso que la acompañaba a todo sitio y sacó de uno de los bolsillos delanteros y una caja casi vacía, arrugada y un poco aplastada. Sacó un cigarrillo y contó cuántos le quedaban. Tendría que administrarlos bien, tal vez reservarlos para ocasiones especiales o algún momento de necesidad. Quizás cuando Vegeta partiera a su planeta natal, pensó. Sacó un encendedor de la misma caja y abrió la puerta con deliberada delicadeza. El aire gélido no le molestó en absoluto, se había colocado una chaqueta oscura antes de salir, una que Vegeta le había prestado hacía poco y que habían comprado en un pequeño y turbio mercado.

Bulma encendió su cigarrillo y se sentó a las afueras del domo. No se oía más que el rechinar de unos pocos insectos y animales nocturnos. Ella se volvió a sonreír, con un poco de amargura, preguntándose si el planeta Tierra estaría reviviendo de los daños que le habría causado la Armada, justo como lo había hecho el Oasis. Le resultaba sorprendente que pudiera volver a nacer de las mismas cenizas, quizás, como ella en ese momento.

La aventura física de conocer a Vegeta en la intimidad no era más que un aliciente a su dolor más grande. Le daba resultado, pero de a momentos volvía a recordar en detalle los rostros de su familia y amigos y no había nada que fuera lo suficientemente intenso como para borrarlos. Bulma fumó de su cigarrillo y se limpió una lágrima súbita que se deslizó por su mejilla.

—Ya basta de autocompasión, Bulma —murmuró bajo su aliento.

El moto que se había estado repitiendo por años volvió a sonar en su mente. Eres fuerte, hermosa, inteligente, tú vas a sobrevivir. Pero quizás, esta vez, se sentía demasiado frágil como para creérselo por completo. Simplemente parecía que lo único que hacía era escapar de una muerte que al fin y al cabo era inevitable. Y, por un instante de sincera vulnerabilidad se preguntó qué razón habría para que ella continuara viviendo. Quizás el sólo hecho de no querer morir era suficiente para empujarla a seguir, de ahora en adelante. Si había sobrevivido por tanto tiempo completamente sola, podría seguirlo haciendo. Pero no tener una meta a la cual llegar la dejaba con un vacío insoportable.

La compañía de Vegeta le llenaba de a momentos, pero sabía que eventualmente se iría y que la soledad se haría más evidente. Después de todo, Vegeta estaba casado.

Se sonrió, parecía que hasta ese momento aquella imagen difusa de su esposa se había borrado casi por completo. Pero el fantasma había regresado para sentarse a su lado. En ese momento, hubiera esperado que algo de culpa le remordiera en los adentros, pero Bulma no sintió absolutamente nada. Quizás la presencia de una muerte irremediable le dejaba poco espacio a los remordimientos. Si de todas formas moriría, ¿qué más daba? No había nada más allá del siguiente día.

Apretó la colilla sobre una piedra y la dejó en el suelo. Se puso de pie y volvió a entrar a la pequeña casa en silencio. Dejó la chaqueta sobre el sofá y caminó de puntillas por el mismo trayecto oscuro hasta la cama en la que la esperaba ese hombre. Él seguía durmiendo. Se acurrucó bajo las sábanas y estrechó su pecho cuidadosamente, pero al sentir sus dedos moverse contra su piel se preguntó si realmente estaría dormido. Lo miró de nuevo, tenía aún los ojos cerrados y respiraba calmadamente.

La verdad era que, por alguna razón que escapaba de su conocimiento, Vegeta se había despertado en el mismo momento en el que Bulma había dejado la cama. Abrió los ojos entre la penumbra con tal cansancio que no se explicaba por qué estaba despertando. Movió su mano entre las sábanas y frunció el ceño al no sentir nada, no había cuerpo durmiendo a su lado como cada noche que le antecedía a esa. La puerta rechinó como un ligero susurro y él permaneció inmóvil en la cama hasta que se cerró.

Una vez solo, se incorporó sobre la cama y dejó su atención volar hacia el exterior de la casa, preguntándose mezquinamente qué estaría haciendo allí. Y mientras aguardaba observó por la ventana el humo grisáceo del cigarrillo alzándose en el aire. Automáticamente su nariz se arrugó, aquello siempre le había resultado de lo más desagradable y la idea de que saliera a esas horas de la noche para fumar le parecía excesiva.

Pero, al contemplar ese humo una idea le surcó la mente inesperadamente. Quizás se debiera a que se había acostumbrado a sus expresiones, que no eran más que la desnudez de sus emociones expuestas, que había conseguido por el hábito de verla leer a través de ella. De vez en cuando se encontraba con un rostro distante y perturbado y su cerebro alcanzaba a preguntarse qué estaría pensando. En qué hechos tan terribles estaría cavilando su mente para afligirla de tal manera. Pero él no necesitaba hacerse demasiadas preguntas para saber qué habría allí, detrás de esa mirada cristalina. Bulma aún lloraba sus muertos, aunque era un poco menos evidente.

Sin embargo, aunque robara minutos de su propio sueño, él no podría todo eso que pensaba en palabras, ni entablaría una conversación al respecto para hacerla sentir mejor. Quizás porque él mismo no había tenido nunca la oportunidad de hablar sobre sus propios muertos, hay cosas de las que los saiyajin simplemente no hablan. Al menos no de esa forma.

Vegeta contempló la idea de su propia muerte por un instante, y una idea extraña se le vino a la mente: ¿Alguien lo lloraría?

Contuvo la sonrisa que se le dibujó en los labios, él sabía perfectamente la respuesta. Y era que, ni siquiera su propio padre tendría permiso de tal espectáculo, dudaba incluso que pudiera ser capaz en la más profunda intimidad. Tarble, su pequeño, tal vez lo haría. Después de todo era más débil en todo su árbol genealógico, pero no sabía si eso bastaría para justificar un sentimiento por el estilo. La verdad era que eran prácticamente dos desconocidos.

Sólo le quedaba Kore, y no era una mujer sentimental en lo más mínimo. Lo cual siempre le había agradado. Pero, si en verdad era ella quien le había traicionado, su muerte le llegaría con gran alegría. Si no, no estaba seguro de cómo reaccionaría. Quizás, ahora mismo estaría deliberando en la idea de que él estaba muerto.

Bulma se aferró súbitamente de él, y en aquel instante recordó lo que le había dicho hacía un par de días.

Te echaré de menos.

¿Qué tan sinceras podían ser esas palabras? Quizás lo extrañaría simplemente porque se había acostumbrado a su presencia. Como quien echa de menos las comodidades de su hogar al estar lejos, como él echaba de menos la comida de palacio en alguna expedición. Nada más. Y tal vez, si lo veía de ese modo, también la echaría de menos. Después de todo, era útil, ingeniosa y descabelladamente sensual. Claro, a pesar de lo gritona, imprudente y agresiva que podía ser. Por supuesto, echaría de menos el sexo y tal vez sus réplicas irónicas. Quizás también el olor de su piel y los besos. Si era dolorosamente honesto.


Planeta Vegetasei


Decenas de esclavos uniformados deambulaban sobre la plaza de aterrizaje del ejército saiyajin. Cada nave que se estrellaba contra la plataforma de recepción era luego relocalizada en la plataforma de despegues. Cientos de soldados, escuadrones enteros regresaban al planeta para entregar sus informes de búsqueda del príncipe Vegeta y la familia real supervisaba el arribaje minuciosamente.

El joven príncipe Tarble se aseguraba de dar órdenes precisas, aunque su tono se quebraba de vez en cuando y se obligaba a inflar el pecho para dirigirse a los soldados, recordándose constantemente que él también era el hijo del Rey Vegeta.

Sabía perfectamente que, a los ojos de sus colegas, no era más que un pequeño error de sus líderes, pero debía hacer su mejor esfuerzo hasta que su hermano apareciera. No le quedaba más opción que disimular su taquicardia hasta que alguien diera con alguna pista de su paradero, sobre todo ahora que Kore y él estaban solos.

—Recibimos un informe de tu padre —le dijo ella al acercarse. Venía de hablar con un escuadrón que se preparaba para salir y no traía el rostro más entusiasta que había visto.

Tarble le sonrió, no podía evitarlo, siempre lo hacía cada vez que la veía.

—¿Novedades? —preguntó, pero ya se había anticipado con sólo ver su expresión. No era nada bueno.

—Naves de la Armada, al menos diez. No están muy lejos de aquí… —Apretó la quijada—. ¿Qué querrán en nuestra órbita esos cretinos? —balbuceó.

—¿Crees que vengan a negociar a Vegeta?

Kore miró a los lados, alertada. Tomó uno de los brazos delgados de Tarble y lo empujó lejos, disimuladamente, hasta la puerta cerrada de un depósito de combustible.

—No puedes decir esas cosas tan a la ligera, Tarble. No sabemos si tienen a Vegeta… Si los soldados te escuchan podrían exigir que entremos en guerra. Y a tu padre no le gustaría llegar para encontrarse con una revuelta de ese estilo. El Rey no quiere problemas con la Armada, no si no tenemos pruebas.

—¡Discúlpame! Kore, perdóname. De verdad, tienes toda la razón… No sé en qué estaba pensando.

—Está bien, pero sé más discreto. Ya suficientemente enojados están con todo el movimiento.

—¿Lo están? Yo no he escuchado nada.

—Claro que no, no lo dirán frente a nosotros. Reiss me lo dijo, los escuchó quejarse en una cantina y tuvo que romperle el brazo a un soldado renegado.

—Un grupo de saiyajins molestos no son buenas noticias…

Incómodo, Tarble volvió a disculparse y con la excusa de tener mucho trabajo pendiente con el despegue, se retiró. Kore soltó un sentido suspiro y revisó su scouter, faltaba poco para que tuviera que contestar la llamada del Rey y decidió delegar el resto del trabajo pendiente a un subordinado.

Al volver al palacio llegó a ver a varios miembros del Parlamento deambulando por los pasillos. No era usual, no había ninguna reunión programada. Eran fáciles de reconocer con aquellas togas bordó que solían usar y las cintas negras que tenían amarradas de los brazos. Extrañada, se acercó al pasillo y observó cómo salían de una sala, esperó a que el último se marchara y decidida abrió la puerta.

Ella conocía bien el emblema que estaba grabado en tinta dorada sobre la piel oscura de ese hombre que se volteó a verla. Como siempre, le miró de pies a cabeza y alzó las cejas como si le molestaba su intrusión.

—¿Papá?

—¿Qué quieres Kore? ¿No estás esperando la llamada del Rey?

—S-sí, pues… a eso iba hasta que vi a varios miembros del Parlamento por aquí. ¿Ha ocurrido algo?

—Nada más que una reunión entre viejos amigos. ¿Novedades sobre tu carismático esposo?

Kore negó, su rostro se arrugó temiendo nuevamente que el destino de Vegeta hubiera truncado el suyo propio.

—¿Por qué pones esa cara? —preguntó casi por obligación mientras tomaba asiento en una de las sillas que rodeaba una mesa redonda.

La muchacha echó un vistazo y le pareció algo extraño que aquella reunión social no hubiera venido acompañada de comida o siquiera un par de tragos. Sin embargo, se sentó junto a su padre, sin saber exactamente si debería compartir sus preocupaciones con él.

—La idea de no haber tenido un heredero me tiene muy preocupada —confesó finalmente.

—Uhm… —murmuró—. ¿Sólo es eso? Vaya, nunca has sido la más avispada, ¿cierto? Puedes ser la mujer más fuerte del planeta, pero lo que tienes en poder lo has de haber perdido en neuronas. ¿De verdad crees que para asegurar el trono necesitas un heredero? Por mi parte creo que es una bendición, así no tendrás que mezclar la genética de nuestra familia con la del Rey. ¿Qué tal si tienes un niño como Tarble?, sólo sería culpa de ese linaje sucio… Despiértate, tonta. ¿Qué no ves? Sólo dedícate a cumplir tu rol tal y como te enseñé y cuando llegue el momento recibirás la corona como la viuda del príncipe, luego te casarás con el más apto, como es debido. La mitad del Parlamento estará de acuerdo, ya es un hecho. La otra parte no tendrá otra opción que aceptar.

—Padre, ¿acaso estaban hablando de eso? ¿Ese es el fin de tus reuniones?

—Eres tan tonta Kore, tan estúpida. Tu tarea no es pensar, ya cumpliste. Eres la esposa del príncipe Vegeta y de ahora en más sólo tienes que actuar como tal. Sólo te pediré una cosa, y es fundamental. Quiero creer que no serás tan idiota como para entablar relación con otro saiyajin antes de tiempo. Eso pondría en peligro todo lo que hemos construido.

—Claro que no, papá. ¡Yo no sería capaz!

—Bien, niña —se levantó de su silla y apoyó una mano pesadamente sobre su hombro—. Por tu bien espero que así sea.


Planeta Enano

El Oasis


La excusa de ahorrar agua les había servido como invitación a más encuentros en la ducha. Y Bulma salía de allí sintiéndose más sucia de lo que estaba al entrar. Había salido agotada, con las piernas flojas. De modo que se sentó sobre el sofá con una toalla y se secó el cuerpo. Vegeta estaba sentado sobre el borde de la cama y se secaba el cabello, agitándolo debajo de su toalla. Ya casi no se ruborizaba al verlo desnudo, pero evitaba concentrar demasiado su atención en ciertas partes. A ella aún le costaba acostumbrarse a sentir sus pesadas manos tocándola repentinamente por la espalda, pero, aunque le daba escalofríos, era agradable.

Bulma le echó un vistazo desde el otro lado de la habitación. Era bastante tarde y habían convenido comer lo que sea que quedara en el refrigerador. Ella se había separado una cerveza y al abrirla, el sonido gaseoso le llamó la atención al saiyajin que hizo un gesto y roló los ojos.

—¿Te trae malos recuerdos? —le preguntó Bulma.

—Más bien me los borra —contestó acercándose con una toalla agarrada de su cintura. Tomó la lata y la acercó a su nariz para inhalar su hedor—. No entiendo qué le ves tan agradable, tiene aspecto y sabor a orina.

—Claro que no, debes tener las papilas gustativas atrofiadas. Además, no estoy obligándote a beberlo…

Él se sentó junto a ella. La muchacha tenía los pies sobre el sofá y todavía no se había vestido. Le pareció un poco extraño que decidiera sentarse a su lado, por lo general buscaba la forma de ubicarse frente a ella. Había tomado el hábito de mirarla fijamente hasta que se pusiera nerviosa y luego de un intercambio terminaban gimiendo el nombre del otro. Pero no parecía tener esas intenciones, no esta vez. Vegeta parecía estarse pensando algo con mucha atención, y ella creía tener una idea de qué podría ser. Ya habían pasado cuatro días desde que habían llegado al Oasis y el momento de su separación podría llegar en cualquier momento. Tal vez él podría estar divagando en ello tanto como lo hacía ella.

—Oye, Vegeta —le dijo, sacándolo de sus cavilaciones—. ¿Cuál es el motivo por el que la Armada no te está buscando a ti?

El príncipe la observó sorprendido. Ciertamente la había subestimado cuando creyó que no se daría cuenta. No sabía realmente a quién tenía a su lado. Y en aquel instante en el que interrumpió sus pensamientos, él estaba divagando en la misma idea. Qué tan apropiado sería para Bulma conocer la verdad de su linaje.

—Eso no tiene importancia ahora —le contestó tranquilamente.

Luego de haberlo analizado, estaba seguro de que no podría tener a Bulma vigilada las veinticuatro horas del día. Si Kore resultaba ser parecida a Hera, la mataría sin dudarlo. Incluso había otra cosa que lo tenía más preocupado.

—Entonces hay una razón y me la has estado ocultando. Me parece de muy mal gusto que lo admitas y aún más no quieras decírmelo. ¿De qué se trata? ¿Eres alguien importante?

Vegeta se sonrió y se volteó a verla, repentinamente le cautivó las conclusiones que había sacado y se preguntó por cuánto tiempo habría estado pensando en ello sin decirle nada.

—Hay algo que tengo que preguntarte yo a ti.

—No, perdiste tu derecho de preguntarme cualquier cosa.

—Tsk.. —soltó Vegeta entre dientes.

Ya suficientemente difícil era para él hacer aquella pregunta. La verdad era que no estaba acostumbrado. Las pocas mujeres saiyajin con las que se había acostado estaban educadas para lidiar con esas cuestiones con mucha diligencia, de ello dependían sus carreras militares. En cambio, Bulma.

—Bueno, ahora tengo algo de curiosidad —confesó al cabo de unos segundos—. ¿Qué querías preguntarme? No estoy diciendo que voy a contestar, sólo quiero saber.

—Bah… —contestó él antes de salir por la puerta—. Ni siquiera estoy seguro de que nuestra genética sea compatible. Lo más seguro es que no lo sea, una criatura tan débil jamás podría engendrar un saiyajin… Y en el caso de que un huevo se fertilizara… aquello moriría, dudo que pueda gestarse en su interior. No, no tiene caso hablar de eso. No ocurrirá nada —Pensó y caminó hasta el borde del risco. Se sentó en el peñasco y observó aquel enorme edificio cubierto de vegetación.

Dentro de poco se marcharía y si Bulma podía quedarse en el Oasis, se encargaría de mantener un ojo allí. Ella no tenía que saber quién era, quizás saberlo la pondría en algún tipo de peligro. Tal vez podría dejarle el scouter, en caso de…

¿En qué estás pensando? —se preguntó, su rostro dejó entrever una expresión agria. Negó—. La mujer vivirá aquí y yo me iré de este pequeño planeta al momento en el que me quite esta porquería del cuello. Tengo cosas más importantes de las cuales preocuparme.

Una luz diminuta surcó el cielo nocturno, por un momento Vegeta lo confundió con una estrella fugaz, pero luego se dio cuenta de que estaba equivocado. Aquello era una pequeña nave espacial.

Alertado, caminó nuevamente hasta la pequeña casa y escuchó a Bulma gritándole porque aún no terminaba de vestirse, como si no la hubiera visto desnuda, decenas de veces ya.

—¡¿Cómo puedes ser tan desordenada?! ¿Para qué tienes tantos cajones si vas a ir por todos lados dejando tu ropa tirada? —reclamó mientras revolvía entre las cosas de Bulma.

—¡Como si ayudaras en algo en la limpieza! ¿Sabes? De eso también te quería hablar, no soy ni tu madre ni tu sirvienta. Ya va siendo hora de que colabores, al menos limpia tus platos. Barrer no es tan complicado, no vas a morirte si lo intentas.

—¿Quieres cerrar la boca y buscar el scouter?

—¿Este scouter? —preguntó, sacándolo de su mochila.

Bulma se lo extendió y Vegeta no tardó en colocárselo sobre la oreja derecha. Lo encendió y le tranquilizó ver el diminuto número que se había dibujado en la pantalla.

—Creo que tu amiga finalmente ha llegado.

A pesar de que aquello tendría que haber sonado como una buena noticia, Bulma no se sintió para nada feliz al escuchar esas palabras. Trató de forzar una sonrisa y supuso que Vegeta estaría muy aliviado de saber que podría retirarse el aparato de control que tenía adherido a la piel. Sin embargo, él tampoco se veía tan entusiasmado. Quizás no había sido el mejor momento para reclamarle por su falta de colaboración en las tareas del hogar.

—Bien, ¿vamos a verla? —dijo con gran esfuerzo y él asintió.

Al llegar a las afueras del pequeño domo blanco, Bulma se cerró la chaqueta. Tenía puesta esa que en una ocasión le había prestado Vegeta, la verdad era que él no la había vuelto a tener puesta, pero aún conservaba su aroma. Inesperadamente las manos de Vegeta le rozaron la rodilla y antes de que pudiera darse cuenta estaba entre sus brazos, volando hacia las instalaciones abandonadas por la Armada. Se sonrojó, pero se aferró de él con fuerza. Esta vez no había sido tan tosco como la anterior, aquel día en el que concretaron su primer encuentro. Tampoco podía llamarle delicado, Vegeta realmente no sabía cómo serlo, era totalmente ajeno a ese concepto.

Poco tardaron en llegar, apenas un par de segundos. Cuando los pies de Bulma volvieron a ponerse en contacto con la tierra, estaba frente a la puerta delantera de las instalaciones. Las luces permanecían encendidas en su interior y la nave de su amiga estaba a un lado, rodeada de los mismos muchachos que la amenazaron al llegar.

No tardó mucho en reconocer a Niev al bajarse de la nave con un grupo detrás de ella, a pesar de que se veía mucho más madura. Había crecido, su mirada se había endurecido. No le sonrió al verla de lejos, tan sólo pasó su mirada de ella a su acompañante y le dijo al líder de los niños armados. Y mientras el grupo comenzó a descargar cajas de su nave, Niev se acercó a ellos mientras se retiraba los guantes y los guardaba sobre su bolsillo trasero.

—Bulma —saludó en un tono frío—. Veo que tienes compañía —agregó, mirando a Vegeta con recelo.

—Estábamos esperándote, Niev —La tomó del brazo, apresuradamente, pero antes de marcharse con ella se giró a Vegeta forzando una sonrisa—. Enseguida volvemos.

Él simplemente arqueó una ceja y permaneció allí, observando a los niños descargando la nave desde lejos.

Las mujeres caminaron hacia los alrededores del edificio iluminado desde adentro. Bulma no había tardado en percibir aquella hostilidad que Niev emanaba hacia Vegeta, y no le extrañaba.

—Sé que no es lo que esperabas —empezó en un tono ligero.

—¿Te parece? Bulma, trajiste un saiyajin. Un maldito saiyajin —le susurró—. ¿Sabes cuantos planetas exterminaron? Tengo al menos diez niños aquí que se han salvado por un pelo de ser asesinados por sus compatriotas. ¿Qué estás haciendo tú con él? No quiero creer que lo que me han dicho es cierto… ¿Acaso es verdad que estás viviendo con él?

—Yo no diría que estamos viviendo juntos… Más bien, es una… convivencia temporaria.

—Entonces planeas dejarlo, ¿te está obligando?

—No, no, no es lo que estás pensando.

—Entonces tendrás que explicármelo porque sencillamente no entiendo como puedes estar intimando con un hombre que fácilmente pudo haber destruido la mitad de esta galaxia.

—Es complicado, no puedo explicártelo ahora. Tal vez, cuando se vaya… si tienes un espacio para mí pueda explicártelo mejor…

—¿Qué pasó con tu misión?

—Ya no… —contestó reuniendo valor—. Ya no tengo una misión. Para hacer la historia corta, de no ser por Vegeta yo no estaría aquí. Le debo un favor y necesito saldar esa deuda. Una vez que la deuda esté saldada él se marchará de aquí. Te prometo que él no hará ningún daño.

—Estás hablando como si se pudiera confiar en los de su especie.

—Tal vez no pueda confiar en todos… pero creo que puedo confiar en Vegeta.

—Bueno, si así haré que se marche de este planeta entonces cuentas conmigo. ¿Qué debo hacer?

Pocas protestas se escucharon en el aire, Niev se encargó de silenciar cada palabra que se opusiera a lo que estaba a punto de suceder. Sólo tardaron un par de horas en acondicionar el quirófano en el que se realizaría la extracción del artefacto de control, esterilizar los instrumentos y demás. Para cuando Vegeta llegó a aquella habitación, Niev estaba vestida en un traje azul con un par de guantes de látex puestos. Frente a él una camilla con una abertura en la que iría su cabeza. Él echó un vistazo rápido antes de recostarse.

—Todo estará bien, Vegeta, estaré esperando para cuando despiertes —le dijo Bulma agachándose para verlo del otro lado de la camilla.

—¿Despertar? —cuestionó y luego soltó una risa pretenciosa—, ¿por quién me tomas?

—¿A qué te refieres?

—Creo que tu amigo está diciéndonos que no quiere que lo anestesiemos —agregó Niev, sentándose junto a la mesa.

—Tienes que estar bromeando. Vegeta, ¿estás demente? Si llegas a moverte un centímetro Niev podría hacerte un gran daño. Déjate de estupideces y acepta la anestesia.

—No voy a dejar que me duerman en un planeta en el que todos desearían que estuviera muerto.

—Me temo que no se equivoca —agregó Niev.

—Ahora vete, quiero terminar con esto.

—¡Eres un lunático! Voy a disfrutar mucho reírme de ti si sales con la mitad del rostro paralizado.

Al salir de allí, el rostro de Bulma se suavizó notablemente, más aún, se acongojó. Se quedó quieta, apoyada junto a la pared y suspiró. En poco tiempo Vegeta habría cumplido su objetivo y no quedaría nada más allí para él. Probablemente esta sería la última vez que lo viera.

El sol comenzó a salir, bañando el cielo de sus anaranjados. Por un momento Bulma sintió su rostro arder y se giró instintivamente a un lado, los muchachos que habían ayudado a disponer el quirófano para Vegeta aún estaban cerca y la miraban con cierto recelo. ¿Cómo no hacerlo? Si ella había traído un genocida justo a su puerta.

Del otro lado de la pared, Niev preparaba sus instrumentos.

—¿Qué tal un poco de anestesia local? —le sugirió casi por compromiso, ordenando uno junto al otro sus elementos.

—Soy un saiyajin, ¿crees que necesito anestesia local?

—No, pero supongo que tenía que decirlo.

—Sería un estúpido si dejara que una mujer como tú me inyectara algo.

—¿Una mujer como yo?

—Una que me mire con tanto odio.

—Bueno, no todas te pueden mirar como lo hace Bulma —Cortó el primer trozo de piel y se acercó, retirar aquel aparato requería de toda su concentración y repentinamente notó que Vegeta se había quedado completamente callado—. ¿Te incomodé, Vegeta? Ese era tu nombre, ¿cierto?

—Así es.

—Voy a pedirte que sigas hablando, así sabré que sigues lúcido. No prometo prestarte demasiada atención.

—¿Qué quieres que diga? —preguntó incómodo.

—Podrías contarme cómo lograron colocarte esta porquería.

—¿Para qué? ¿para burlarte de mí?

—En realidad, tal vez me sirva para ponérselo a alguien más… No se lo contaré a nadie. No te preocupes. No creo que pueda darme el lujo de burlarme de ti y vivir para contarlo. No soy una suicida como Bulma.

El príncipe recordó aquella tarde como si hubiera pasado ayer. Al menos los primeros momentos en los que se mofó de su enemigo y un pequeño y obeso enano se prendió sobre su espalda.

—Fue un soldado de la Armada. Tiene la habilidad de detener el tiempo… pero no lo sabía. El desgraciado me colocó el aparato sin que pudiera hacer nada.

—Ni siquiera te pudiste defender. Supongo que ahora sabes lo que se siente.

Niev siguió realizando cortes precisos en la nuca de Vegeta y hacía lo que podía para evitar el sangrado. Sabía que tenía que ser rápida.

Él, en cambio, recordó cada palabra antes de que lo tuvieran en el suelo, comiendo tierra. Lo mucho que se burló del peso del enano verde y su horrible rostro. Recordó la bota que se posó sobre su frente y el tirón repentino sobre su rabo cuando se lo amputaron.

Voy a ser clemente contigo, Vegeta y sólo te amputaré la cola.

El tono rasposo de aquella voz se había grabado en su mente.

Una bocanada de aire salió de sus pulmones cuando Niev retiró el artilugio. Vegeta sintió un intenso escalofrío recorriéndolo hasta la punta de los dedos y una gota de sangre le corrió por el mentón. Luego suspiró, por fin se había librado de esa mierda.

—Ya casi terminamos, Vegeta.

La carne del saiyajin comenzó a cerrarse entre los puntos de la costura que le hacía Niev. Repentinamente el príncipe cayó en cuenta de que su aventura había terminado. Casi en un abrir y cerrar de ojos. Todo había pasado tan rápido. Desde la camilla observó las gotas de sangre que se rompían en el suelo y cayó en cuenta de que la despedida de Bulma se había vuelto inminente.

Una palmada en la espalda lo sacó de sus cavilaciones. Niev le había limpiado la nuca y colocado unos vendajes para proteger la herida. Al ponerse de pie observó a un lado el aparato en una bandeja metálica, cubierto de sangre.

—¿Quieres llevártelo?

—Haz lo que te plazca con esa porquería —contestó y se giró a la puerta.

—Adiós, saiyajin.

—Adiós —contestó apenas girándose hacia ella.

Al salir la encontró y vio en ella un brillo particular. Bulma se le acercó y echó un vistazo sobre su cuello, luego sonrió.

—No pareces tener ninguna parálisis.

—¿Decepcionada? —le dijo él sonriendo.

—Bueno, quizás si realmente la tuvieras no me daría cuenta. Como tienes esa costumbre de sonreír de lado —se burló—. Vas a marcharte y no he tenido la oportunidad de ver una sonrisa de verdad —dijo y se giró hacia la salida.

El trayecto era corto, aunque en aquel momento Bulma deseó que mágicamente se multiplicara. Que el sendero creciera en un parpadeo para que así pudiera pasar algo más de tiempo con él. Vegeta caminaba especialmente despacio, tan vez se darían la oportunidad de despedirse antes de que cada uno partiera, tomando rumbos diferentes.

Él tenía un discurso atragantado en medio de la garganta. La miraba de reojo paso a paso, cuestionándose qué tanto confiaba en ella. Cuestionándose si realmente tendría algún sentido retener esa información.

Tenía que sincerarse, tenía que contarle aquella parte de la historia que Bulma no tenía manera de saber. Extendió su mano y casi sintió bajo la yema de sus dedos el calor de su piel blanca, pero en el último instante retrajo sus dedos.

—Bulma —le llamó sin tocarla.

El sonido era particular, pocas veces le había llamado por su nombre fuera de la cama, o cualquier lugar que les sirviera de lecho. Bulma se giró a él, inquieta. Sabía que estaba a punto de decirle algo por el aspecto que tenía su rostro, como si hubiera algo dentro de su pecho que tenía que salir. Algo incómodo.

Pero, cuando estaba a punto de comenzar su confesión, un sonido lejano atrajo por completo su atención y alzó el mentón hacia el cielo. Su tímpano se inundó de aquello tan familiar y su cuerpo se congeló. Vegeta se giró de lleno al cielo, no había nada, nada aún que se pudiera percibir a la vista. Pero él lo sabía, Vegeta había escuchado naves caer sobre cientos de planetas durante veinte años y estaba completamente seguro, él no se equivocaba.

—¿Te sientes bien? —le preguntó ella al notar su rostro desencajado y subitamente él se giró a verla. La miró a los ojos y había una sensación completamente diferente entre ambos. Bulma le había visto enojado, excitado, cansado. Había conocido la complicidad de su mirada, y sin embargo esa era la primera vez que veía algo de pavor en sus ojos.

Vegeta se lanzó sobre su mochila y revolvió entre sus cosas, Bulma se movió de espaldas intentando no caerse de bruces al suelo, y aunque se quejó no hubo manera de disuadir a Vegeta o convencerlo de ser más gentil.

—¿¡Qué te pasa!? ¿¡Cuál es tu problema!? ¡Oye! ¡Más despacio! ¡Estás asustándome!

Nuevamente tenía su scouter en la mano y cuando se lo colocó sobre la oreja Bulma dejó de vociferar sus quejas a todo pulmón. Había algo ligeramente aterrador en aquella escena; Vegeta viendo al cielo tan atentamente con su scouter rastrillando la zona.

—¿Alguien viene? —titubeó al preguntar, su corazón se estremeció al no encontrar la sonrisa confiada del saiyajin.

—16.000.

—¿E-es uno de tus a-amigos?

—No lo sabré hasta ver la nave…

Repentinamente, Vegeta se giró y dirigió su vista hacia otro sitio sobre el cielo. Su mirada de pupilas afiladas estaba expectante, los músculos tensos y la mandíbula trabada. En un instante el saiyajin estaba atento a una tercera posición y luego una cuarta. Vegeta giraba su rostro de un lado al otro mientras su scouter registraba nuevas lecturas de poder, rodeando el planeta por completo.

—¡Ahí! —gritó Bulma señalando el firmamento.

Un pequeño grano oscuro apareció entre las alturas, y a medida que aquel garbanzo se acercaba al planeta pudo percibir el manto de fuego que le rodeaba. La esfera penetró rápidamente dentro de la atmósfera y ambos esperaron atentos. Pero Vegeta logró ver casi instantáneamente la escritura sobre la nave a pesar de que estaba envuelta en llamas.

En un segundo pensó en las posibilidades que tendría de sobrevivir, todas las lecturas superaban o igualaban su propio poder. Al menos diez de ellos, sólo un milagro podría salvarlo.

—Entonces… así es como será —susurró volviendo a sonreírse finalmente.

—¿Qué dices? ¿qué tanto estás balbuceando, Vegeta? —preguntó Bulma a sus espaldas y él se giró. Ya no quedaba demasiado temor en sus ojos negros. Ella sintió un escalofrío al ver esa mirada resignada que traía en el rostro.

—Este es el final, Bulma —soltó sin más y ella sintió que el planeta se sumía en el más desolado silencio—. La Armada me ha encontrado… Quizás alguno de los mocosos de este planeta me reconoció y… Qué más da.

—¿Reconocerte? ¿¡De qué estás hablando!? ¿La Armada está aquí? ¡Tenemos que irnos! —soltó histérica, acercándose a él arrebatadamente.

Vegeta sintió las manos frágiles de Bulma aferrándose de su brazo, como si realmente creyera que podía lograr empujarlo de aquel lugar en el que estaba plantado. Pero no habría manera y le llegó a conmover esa forma desesperada en la que se aferraba de él. Le pareció sumamente ingenua e incluso podía llegar a reconocer que le enternecía el gesto.

—No voy a escapar. Después de todo vinieron a verme, sería una descortesía de mi parte marcharme de esta manera.

—¡Déjate de bromas! ¡Aún hay tiempo! ¡Vegeta, ven conmigo!

El escuchó su voz comenzando a romperse, seguramente la garganta le estaría doliendo, aquel tono desdichado, desesperado de ella le tomó por sorpresa, pero no tardó mucho en salir de aquella fascinación que le provocaba y la miró fijamente, tan serio que no dejaba lugar alguno a la duda. Se tenía que tomar en serio sus palabras.

—No, Bulma. Hablo en serio… —interrumpió sus ruegos y aquella presión que ejercía sobre sus brazos cesó. Aún aferrada a él, vio sus grandes ojos mirarlo con temor. No de él, ella temía por él—. Ve, corre. Tú aún estás a tiempo de sobrevivir. Si te subes a la nave ahora quizás logres escapar. Si alguien intenta dañar tu nave haré lo posible para facilitar tu escape. Pero yo… Yo moriré aquí. Tendré una muerte digna de un guerrero saiyajin, quizás tenga que volar este planeta en pedazos, pero de una forma u otra los mataré a todos. Eso tenlo por seguro.

—¡No voy a dejarte!

—¡¿Quieres dejar de decir tonterías?! —le gritó, tomándola por los hombros. Hundió sus dedos en sus brazos delgados y algo en su interior se agitó al saber que tal vez esa sería la última sensación placentera que sentiría—. ¡Tú no naciste para morir en este miserable planeta! Eres una sobreviviente, mujer. No te quedarás a morir aquí. No pierdas más el tiempo conmigo. Vete. ¡Vete de una buena vez!

Para cuando Vegeta la soltó, empujándola a marcharse lo antes posible, Bulma ya hacía lo posible por retener las lágrimas que se le estaban escapando. Él, en cambio, tenía el mismo rostro férreo, labrado en mármol, que siempre le había visto. Tan poco afectado por el prospecto de su propia muerte que le daba escalofríos. Y aunque un deseo nació en su interior como una fuerza sobre natural, de quitarlo de allí, de encontrar las palabras para convencerlo de marcharse a su lado así sólo fuera con la idea de sobrevivir, Bulma supo que tendría que dar la vuelta e irse.

Y mientras Vegeta la observaba en aquellos últimos segundos en su compañía, mientras ella desencapsulaba una motocicleta para llegar a tiempo a su nave, un pensamiento impregnado de amargura le invadió la mente. En el fondo le hubiera gustado irse con ella.

Al menos sus últimos días de vida habían sido de lo mejor que había experimentado en toda su vida. Y para ser un príncipe, quizás debería de haber sido más grata…

Quería decirle algo, pero no saldría nada de aquel pescuezo cerrado, forzado a mantenerlo en silencio mientras ella se marchaba. Pero, en el último segundo, cuando ella estaba a punto de echarse a correr hacia su vehículo, se giró y le miró nuevamente.

Esa expresión quizás sería lo que se pudiera llevar a la tumba, una súplica dibujada en sus ojos celestes. Aquellos ojos que siempre le hablaban sin decir una palabra.

Bulma corrió rápidamente hacia él y, para su sorpresa, le besó en los labios. En un último segundo lo aprisionó entre sus cálidos brazos y él respiró profundamente el aroma de su cabello. Sin darse cuenta le había rodeado por la cintura y la había estrujado contra su pecho, correspondiendo aquel beso final, el que lo acompañaría en la muerte.

Un estruendo se oyó no muy lejos de ellos. Bulma se aferró a él con más fuerza sintiendo el temblor de las capas más superficiales de la tierra. Una ola de polvo y piedras se desprendió del suelo acompañando aquel terrible estruendo que le dejó sorda y para cuando logró abrir los ojos otra vez, Vegeta la estaba escudando con su espalda.

Lo miró nuevamente, con tanta tristeza que no pudo controlar aquella lágrima que se escapó de su mirada y se deslizó por su mejilla.

—Vete —le insistió él en un tono suave.

No le tomó mucho decidirse. Vegeta la observó corriendo hacia su motocicleta sin mirar atrás y se sonrió. Tenía la extraña certeza de que Bulma sobreviviría, aunque no fuera tan fuerte como él, aunque no tuviera los recursos de los que él disponía… Ella lograría salir con vida de ese planeta y, lo mínimo que podía hacer era asegurarle un despegue sin demasiados inconvenientes.

El príncipe se giró hacia el sitio en el que se escuchó aquel gran estruendo y esperó atento. La hoja de su scouter había marcado una sigla demasiado familiar como para que no lo supiera, lo recordaba demasiado bien. Por fin había llegado el momento de su venganza.

—¿Despidiéndote de tu noviecita, Vegeta?

—Dodoria… No tienes idea del gran favor que me has hecho. Tu y yo tenemos una cuenta pendiente y la idea de perder mi tiempo buscando tu asqueroso trasero no se me hacía muy divertida.

—Casi no te reconocí, tal vez se deba a que te saqué la cola. ¿No te ha vuelto a crecer? Qué pena, ¿realmente puedes llamarte el príncipe de los saiyajin si no la tienes? —se rio a carcajadas mientras caminaba en su dirección—. O tal vez sea por la muchachita que tenías abrazada hacía un momento, pero se fue demasiado rápido. No me la presentaste, tal vez deba ir por ella.

—No tenemos tiempo de presentaciones, además temo que con ese rostro tan desagradable la pobre se desmaye. Veras, la muchacha tiene buen gusto…

La sonrisa gruesa de Dodoria se deshizo, como si nunca llegara a pasar del todo de las burlas sobre su aspecto. Su rostro, lleno de protuberancias y yagas oscuras, se ensombreció. Arrugó el entrecejo en dirección a Vegeta y cuando se atrevió a ver en aquella dirección en la que la mujer se había marchado, el príncipe se apareció frente a su rostro y le dio un golpe tan fuerte en la mejilla que lo hizo girar sobre su espalda.

Para cuando abrió los ojos estaba tragando tierra. No sólo lo había empujado al menos diez metros en el aire, sino que también le había dado en la nuca y cayó al suelo con la boca abierta. La sensación de las piedras entre sus dientes le hizo molestar tanto que sintió como se le inflaban los globos oculares. Se puso de pie, rabioso, buscando a Vegeta. Su scouter de cristal rojo estaba destrozado y había logrado cortarle la piel de medio rostro. Dodoria lo sacó de su oído y lo miró, estaba hecho una bola de metal. De nada le servía ya, de modo que lo arrojó a un lado y logró esquivar el tercer golpe que Vegeta le daría en el rostro.

—Esto me trae recuerdos muy agradables —le dijo, recuperando el humor—. Este planeta es casi tan grande como el que estabas a punto de purgar, qué ceremonia más estúpida.

—No creas que no sé lo que intentas hacer… Pero no, Dodoria, esos comentarios no lograrán nada esta vez.

—¿No? Bueno, supongo que no servirá de nada decirte que esa noche nos calentamos al calor de tu rabo.

A pesar de que se había anticipado a aquello, Vegeta no pudo evitar retorcerse por dentro al escuchar lo que habían hecho con su cola luego de cortársela. Hubiera preferido que simplemente la tiraran y terminara todo aquello allí mismo, pero aparentemente se habían estado mofando de él por bastante tiempo.

—¡Ya deja de perder el tiempo!

Cegado, Vegeta se lanzó contra él y cuando estaba a punto de golpearlo en el abdomen, él desapareció de su vista. Quedó perplejo cuando se desvaneció en el aire y repentinamente sintió algo agarrándole el tobillo. Ni siquiera logró girar su rostro a verlo para cuando lo había enviado hacia la montaña en la que Bulma había dejado su nave. Le arrastró por el naciente de la montaña y él ni siquiera logró cubrirse el rostro. Terminó tirado al pie, aturdido. Apenas logró sentir cuando Dororia levantaba uno de sus brazos para luego pisar con fuerza sobre su omoplato.

—Tal vez deba llevarme otra extremidad como recuerdo —soltó maliciosamente y Vegeta abrió los ojos al sentir como su brazo comenzaba a dislocarse, pero antes de lograr desprenderle el brazo por completo, se quedó quieto.

Balbuceó algo que no pudo entender y lo soltó, se llevó ambas manos regordetas a la cabeza y gimió algo que no pudo entender. Repentinamente alzó la vista, tan rabioso como antes, con los ojos inyectados de sangre y miró en una dirección específica. Vegeta levantó el mentón y la encontró en la cornisa, apuntando esa extraña arma improvisada en su dirección.

La palma de Dodoria se llenó de energía y antes de que lograra soltarla para matar a Bulma, Vegeta le amputó la mano con un rápido movimiento de su muñeca. Echó un vistazo rápido al borde de aquella montaña, pero ella ya no estaba. Y antes de que pudiera moverse un segundo, Dodoria le había atravesado el abdomen con su puño izquierdo.

—¡Ahí tienes mono desgraciado! ¡Pedazo de mierda! —le gritó a todo pulmón y Vegeta tosió sangre sobre su rostro congestionado.

El rostro horrendo que tenía frente a él se desdibujó. La boca se le inundó de hierro y sintió que estaba a punto de vomitar sobre él. La vista de su sonrisa retorcida, de labios gruesos, le llenó de ira. Miró el camino de su brazo escamoso terminando en el medio de su abdomen y entonces supo que estaba terminado. Podía sentir como la muñeca de él se movía dentro de sus órganos, no le faltaba mucho. En pocos minutos moriría.

Y él odiaba tanto terminar de esa manera.

—Q-quita tus asquerosas… manos de mí… ¿Qué no te das cuenta… lo desagradable que eres?

Con las últimas fuerzas que le quedaron, tomó el rostro de Dodoria entre sus manos y se echó para atrás. Con todas sus fuerzas le golpeó con su cráneo en la cabeza, una y otra vez hasta que aquella masa amorfa comenzó a hundirse hacia adentro y un ojo le colgó.

Vegeta no podía escuchar los gritos de Dodoria, y en algún momento mientras lo golpeaba sacó su brazo del agujero que había dejado en sus entrañas para caer desplomado al suelo.

Su propio rastreador había quedado hecho pedazos y fragmentos de aquel cristal se le habían metido en el ojo. Vegeta cayó desplomado al suelo, inerte. Un segundo impacto se escuchó y la montaña junto a él tembló antes de que los ojos del príncipe se cerraran.

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.

.

Ella podía percibir perfectamente el dolor en su pecho, los estragos que hacían en ella dejar a Vegeta solo a merced de la Armada. Pero no habría mucha diferencia si decidiera quedarse, sólo la muerte de ambos.

Morir jamás había sido una opción, y mientras recorría la montaña, esquivando árboles y piedras, se preguntó si había hecho lo correcto.

Él estará bien, es un saiyajin, es fuerte… Él…

Un estruendo la sacudió y cayó de la motocicleta. La montaña parecía estarse desmoronando y temió por la seguridad de su nave. Quizás otro enemigo habría aterrizado, pero a diferencia del impacto anterior, esta vez no hubo oleaje del que tuviera que protegerse.

—¡Vegeta! —gritó llena de pánico y corrió hasta la cornisa.

Su pecho se hundió al encontrarlo bajo el pie de otro sujeto, con su brazo derecho doblado en una posición antinatural. Le horrorizó pensar que su intención fuera la de amputárselo y sacó aquella arma que guardaba en su mochila sin perder el tiempo. No se lo había pensado demasiado para cuando apretó el gatillo y observó como lo soltaba. El alivio que la recorrió se esfumó cuando aquella mirada horrenda se posó sobre ella y vio como un destello de luz nacía sobre su mano.

Bulma corrió a buscar refugio, pero nada sucedió. Por un momento se sintió tentada a volver a mirar, pero el humo que se alzaba sobre la cúspide de aquel monte le llamó la atención. Otro impacto se había escuchado y había sido mucho más similar al de la nave de aquel horrible sujeto.

Decidió dejar su motocicleta tirada a un lado del sendero y continuó su camino escondida entre la espesura del monte, refugiándose detrás de los troncos a su paso presintiendo que su escape no sería tan fácil como Vegeta le había anticipado.

Sus sospechas se volvieron ciertas, la segunda nave que había aterrizado había destrozado la suya y no quedaba nada más que un cascarón en llamas.

Y ahora… ¿cómo lograré escapar?

Una idea le surcó la mente, tan arriesgada que sentía que perdería la vida de sólo intentarlo. Pero de todas formas la perdería si se quedaba ahí, esperando a que ese segundo soldado saliera de aquella nave y la encontrara.

Corrió a paso ligero hasta su motocicleta y bajó a toda prisa, si tenía suerte encontraría la nave de aquel soldado que peleaba con Vegeta y podría huir allí. Pero al llegar al pie del monte se quedó helada. Paralizada, observó el cuerpo de Vegeta rodeado de sangre y no logró quitar la vista de la terrible herida que tenía en el abdomen. Se bajó de la motocicleta casi por inercia y caminó a paso lento hasta él. Cayó de rodillas sobre su cuerpo y lloró amargamente, cayendo sobre su pecho. Se aferró de su ropa hecha añicos y, mientras apoyaba su mejilla sobre él, se quedó totalmente quieta. Tenía los ojos bien abiertos cuando notó un ligero, casi imperceptible latido sobre su pecho.

Aún estaba vivo.

Alertada, Bulma miró el cielo y observó la lluvia de naves que dentro de poco se estrellarían contra el planeta y del otro lado, a pocos metros, otro cuerpo con el rostro completamente desfigurado, soltando sangre púrpura por las orejas, los labios y la nariz.

No tenía muchas opciones. Vegeta moriría dentro de poco si no recibía atención médica y el planeta en el que estaban no tenía salvación. Otra idea desesperada se le vino a la mente y no se sentó a meditarlo, no consideró en absoluto las posibilidades. Pero antes que nada tenía que hacer algo con aquella herida. Tomó algo de ropa de su mochila y la presionó sobre su abdomen, usando su cinturón como torniquete. Luego tomó a Vegeta de las axilas para comenzar a arrastrarlo hasta la nave.

Afortunadamente no estaba muy lejos, pero ya sentía las naves aterrizando abruptamente en distintas partes del planeta. El suelo se sentía frágil, como si con un par de impactos más simplemente lograran que se deshiciera por sí solo. Y aunque estaba sudada y terriblemente cansada, no se detuvo. Vegeta era mucho más pesado de lo que podría haber logrado imaginar, sin embargo, plantó sus talones paso a paso y lo llevó arrastrando hacia aquella pequeña nave.

—Mujer estúpida... —salió raspando desde el fondo de su garganta—. Suéltame... Déjame aquí. ¿No ves… estoy prácticamente muerto…

—No lo haré. No voy a dejarte morir aquí solo. Si no… pude salvar a mi familia, al menos voy a salvarte a ti. Así que no te rindas, Vegeta. Eres lo único que me queda —le respondió aunque creía que él había perdido el conocimiento nuevamente.

Cada paso venía con más dificultad. El peso muerto del saiyajin se arrastraba apenas unos cuantos centímetros por paso. Bulma jadeaba sus respiraciones, agachándose para tomar impulso, pero, si era sincera consigo misma, no creía que pudiera llegar a tiempo a la nave sin que nadie más diera con ella.

La planta de sus zapatillas de deporte se deslizaron entre las piedras sueltas que se habían desprendido del suelo con el impacto de aquella nave, y cayó de espaldas al suelo. El rostro desfigurado que se había alzado frente a ella le había tomado por sorpresa y cayó de bruces, dejando a Vegeta caer una vez más. Bulma alzó el rostro con temor, aquel sujeto que se había levantado tenía la mitad del cráneo hundido y un ojo colgando de su cuenca, reventado. No pudo ni articular un grito y se arrastró sobre su espalda cuando él se acercó caminando, tiritando, aunque no sin dificultad.

Gimió y arrastró la planta de los pies, lento y con una expresión que Bulma no logró descifrar. La mujer gimoteó, el corazón le saltaba dentro del pecho y se giró sobre su espalda para huir de aquel ser monstruoso que la perseguía, pero sin haber llegado muy lejos, con la pequeña nave en vista, se detuvo. Él la sostenía desde de una pierna, clavando sus uñas oscuras sobre la piel blanca de Bulma con fuerza la arrastró de vuelta por el camino que ya había recorrido.

—¡Suéltame! ¡No me toques! —gritó aferrándose del suelo haciendo que la tierra se incrustara entre sus uñas.

Aterrorizada, se giró a ver nuevamente ese rostro deformado y observó sus labios gruesos doblándose en una sonrisa de lo más espantosa. Pero le duró poco.

Una mano se abrazó de él y le rodeó el cuello, Vegeta tenía un ojo cerrado y otro abierto con gran esfuerzo. Una esfera de energía apareció centellante sobre su mano libre.

—Ni siquiera lo pienses —le dijo con gran esfuerzo antes de hacérsela tragar.

La cabeza deforme de Dodoria explotó en menos de un segundo, Bulma ni siquiera tuvo el tiempo suficiente para cubrirse y no pudo hacer nada para evitar salpicarse de sangre, piel y sesos. Sin embargo, lo único que logró ver luego de aquella explosión de materia púrpura fue la forma en la que Vegeta volvía a desplomarse sin vida sobre el cuerpo de aquel desafortunado soldado.

Se puso de pie de un solo salto, las manos le temblaban mientras volvía a envolverlo en su abrazo y pronunció su nombre en un hilo trepidante. Trató de arrastrarlo nuevamente hacia el cráter que se había formado alrededor de la nave, obviando el cadáver cuyo cuello aún humeaba a causa de la explosión. El olor a carne quemada era insoportable y Bulma hizo lo posible por evitar respirar. Al llegar al borde de aquel agujero que la nave había dejado, se tropezó y cayó con él deslizándose sobre la pequeña pendiente y luego de golpearse con el exterior tibio de aquella nave, Bulma reunió todas sus fuerzas para colocarlo sobre el asiento.

Una explosión se escuchó, no muy lejana, mientras ella se metía dentro de la pequeña nave junto al saiyajin. El hedor de la sangre que escurría de su abdomen ya había colmado el espacio. Las manos de Bulma se volvieron torpes y un nuevo impacto se escuchó en la corteza terrestre.

Luego de sentarse prácticamente encima de su cuerpo inerte, se aseguró el cinturón y programó la única coordenada que se le venía a la cabeza, el único sitio en el que quizás pudieran salvarle la vida a Vegeta. La compuerta se cerró frente a ella y mientras la nave se elevaba en el aire logró ver cómo los habitantes del Oasis salían de aquel bloque cubierto de enredaderas, listos para atacar.

Aquella distracción logró que el químico del sueño hibernal le tomara completamente por sorpresa y se quedó dormida casi de inmediato en el regazo del príncipe.


N/A: ¡Hola a todos otra vez! Espero hayan disfrutado este capítulo, me fue un poco difícil de terminar porque originalmente este y el anterior eran un solo capítulo, pero me pareció que iba a terminar demasiado extenso. ¿A dónde creen que se fue Bulma? Creo que es obvia la respuesta, ¿ustedes qué esperan?

Como siempre no me queda más que darles mil gracias por tan lindos comentarios que me han dejado en el último capítulo, uno nunca sabe qué esperar cuando publica un lemon jajaja Pero me alegro que les haya gustado. Especialmente gracias a Toepiek (¡que bueno que te gustó para leerlo de un tirón!), desibe, soandrea, DianaVH (Gracias por leerme bb aunque vayas atrasada jajaja), Jime Maty Olguin (más bien Bulma se lo lleva jaja), (gracias por el amor!), Mari (PELI PORNO ROMANTICA, permiso me voy a esconder por una semana), DesertRose, Flopo89 (¿será?), Juanita Perez (justo iba leyendo tus reviews mientras escribía jajaja conecta2), Calay, Bea, ¡Apolonia!, AnnSerra, Nuria-db, karenina, dekillerraven (se la creyeron que se iban a separar), belen.b y por supuesto los guest que se niegan a identificarse jajajaja

¡Que tengan excelente noche y les mando a todos un abrazo grande!