.

13

.


Planeta Vegetasei


El calor en esa época del año tendía a volverse insoportable. Su casa no era de las mejores de la ciudad, apenas contaba con las comodidades básicas y, a pesar de su edad, aún compartía la habitación con su hermano menor. Lo cual le resultaba vergonzoso y a menudo sus compañeros se burlaban de él a sus espaldas. Muchas veces se despertaba temprano al escucharlo roncar y le volvía loco. Se levantaba de la cama gritando su nombre y él, dormido como un tronco, no reaccionaba. Qué manera tan miserable de comenzar el día…

No sólo el calor era insufrible y el sol atravesaba las cortinas, dejando la habitación completamente iluminada, sino que también el cretino de su hermano roncaba como un ebrio con el tabique torcido.

Le arrojó una almohada con tanta fuerza que le revolvió el cabello, pero sólo logró detener ese molesto sonido que salía de su boca abierta por un par de segundos, luego volvió a empezar.

—¡Si no dejas de roncar voy a romperte la nariz de nuevo! —le gritó irritado y la puerta de su habitación se abrió.

Su madre lo miró con la expresión más ofuscada y él abrió los ojos de par en par mientras el otro continuaba durmiendo.

—¡Entonces fuiste tú! ¡Dijiste que se había caído de la cama! ¡¿Cómo puedes tratar así a tu hermano pequeño!? ¡Se supone que tienes que cuidarlo! Si vuelvo a enterarme que le has hecho algo a Kakarotto no volverás a tener un plato de comida en esta casa. ¡Te lo advierto Raditz, no juegues con mi paciencia!

—Mamá… ¡Ni siquiera puedo dormir! ¡En unas horas mi escuadrón…

—¡No me levantes el tono! ¿Crees que tu madre no puede romperte la nariz a ti también?

—Ma…

—Levántate de la cama y despierta a Kakarotto. Es hora de comer.

Gine se dio media vuelta. Raditz suspiró y volvió a mirar a su hermano, durmiendo con una pierna pendiendo de la cama y la boca abierta cubierta de saliva. A regañadientes se puso de pie, había rogado toda la noche dormir bien, anticipándose a que dentro de poco tendría que dormir sentado en cualquier sitio. Doblado dentro de su pequeña nave durante meses. Y si bien no era alguien pretencioso, valoraba sus momentos de vuelta en casa, dormir en su colchón y comer un plato caliente de comida casera tradicional saiyajin.

Se quitó la camiseta blanca que usaba para dormir y la dobló sobre su cama luego de tenderla. Tomó su armadura poco entusiasmado, esta vez no iría a conquistar nada. Tan sólo continuar con la infructuosa búsqueda del príncipe Vegeta. Ese cretino arrogante probablemente estaría muerto...

Luego se giró a su hermano, quien no se había percatado de la discusión y continuaba durmiendo. Era casi envidiable, lo profundo y bien que dormía, como si no hubiera nada en el mundo que le llegase a preocupar. Raditz levantó un pie, ya tenía puesta la bota negra y lo empujó, meciéndolo de un lado al otro de la cama.

—Despiértate, inútil —le dijo en un tono que moriría en aquella habitación, no quería que su madre lo escuchara y regresara para tirarle del cabello—. Arriba, gusano, ¿piensas dormir todo el día?, ¿qué clase de soldado saiyajin eres? —continuó, empujándolo con más fuerza—. ¡Que te levantes! ¡Enano consentido!

Kakarotto cayó de la cama y Raditz temió que realmente se hubiera roto la nariz. Otro reclamo más de su madre y, al regresar su padre, le haría dormir en la vereda. Pero afortunadamente, al abrir los ojos, lo primero que hizo fue inhalar como si su vida dependiera de ello. Abrió los ojos y se giró en el suelo, ni siquiera se había dado cuenta que se había caído.

—¡Costillas! —gritó y salió por la puerta a toda velocidad.

En la mayoría de las ocasiones, su hermano menor le irritaba increíblemente. Sin embargo, muchas otras, simplemente se quedaba callado y la culpa le remordía. La verdad era que le había golpeado tantas veces en la cabeza cuando eran niños que muchas veces llegó a la conclusión de que le había causado un daño cerebral. De otra forma no había manera de explicarse aquel comportamiento y quizás eso justificaría lo sobreprotectora que su madre era de aquel pequeño imbécil.

Luego cayó en cuenta de lo que había gritado y salió apresurado por la puerta, el muy sinvergüenza siempre se comía la mejor parte.

—¡Tenemos que esperar a su padre! Siéntense en la mesa, pero si ponen un solo dedo sobre la comida se los voy a cortar y servir para la cena.

El estómago de Kakarotto se escuchó retorciéndose mientras se sentaba, babeando de sólo ver los cuantiosos platos que humeaban sobre la mesa. Raditz se sentó frente a él mientras su madre continuaba cocinando un par de platos más y sacó de su mente la idea de robar un bocado, ella parecía tener ojos escondidos tras su espesa cabellera negra. De alguna forma siempre sabía lo que estaban haciendo. Pero su hermano no perdía la esperanza de volverse tan hábil que pudiera tomar un bocado sin que se diera cuenta. Estiró su mano por encima de la mesa y Raditz observó cómo se aproximaba a las bolas de carne, sus favoritas. Tomó un tenedor de tres puntas y lo clavó sobre la mesa.

—¡Que esperes, mierda! —le gritó exaltado.

Kakarotto se había salvado por un segundo. Gine se giró a sus hijos y arrebató el tenedor de la mano de Raditz.

—¡¿No pueden llevarse bien por diez minutos?! —les gritó a ambos y súbitamente alzó el rostro. Su expresión cambió por completo, se suavizó de tal forma que ambos supieron quién había entrado por la puerta sin siquiera darse vuelta.

Bardock traía un bolso colgando sobre su hombro y lo dejó a un lado de la puerta cuando entró. Le sonrió a ella, apenas arqueando la comisura de su boca y se acercó a la mesa. Golpeó a ambos muchachos en la cabeza antes de llegar a saludarlos.

—Desde afuera puedo escuchar los gritos de su madre. Tal vez me los lleve a ambos en la próxima excursión para enseñarles modales. ¿Te han causado muchos problemas? —le preguntó a su esposa, sentándose en la cabecera de la mesa.

—Unos cuantos —contestó ella sonriente y dejó frente a su familia un par de platos más antes de tomar asiento.

Raditz y Kakarotto no se quejaron demasiado por los golpes de puño que habían recibido cada uno en la cabeza, más bien esperaban el momento en el que pudieran comenzar a devorar todo lo que su madre había preparado.

Realmente se había esmerado, pensó Raditz cuando finalmente Bardock les dio permiso de empezar. Desde el momento en el que su padre se comunicó con Gine para dejarle saber que llegaría con su escuadrón esa mañana, ella había salido desde muy temprano para tener una mesa digna de su esposo. Raditz podía saberlo no sólo por la cantidad de comida, sino por la calidad. Su madre tenía ojo para los mejores cortes de carne, no por nada era la mejor carnicera de la región. Pero, además, tenía mano privilegiada para los condimentos.

Por un momento se sintió triste. Esa misma tarde del día en el que su padre había regresado, él y Kakarotto tenían que marcharse a buscar el jodido trasero del privilegiado príncipe de los saiyajin y no le quedaría más remedio que comer lo que sea encontrara en el planeta al que se iría. Saboreó cada pedazo sabiendo que tardaría mucho en volver a comer sus platos favoritos y al terminar se sobó el estómago hinchado de comida. Incluso bajo su abdomen marcado de abdominales sentía su interior inflado.

Repentinamente sintió la mirada oscura de su padre sobre él. Lo miró de soslayo, parecía tener algo qué decirle.

—Límpiate la cara, comes como un animal.

Su hijo frunció el entrecejo y se limpió con un trapo que había sobre la mesa.

—Cuando regresen tomaremos algo en el bar —agregó, luego y ambos hijos lo miraron con atención.

—¿Vas a llevarnos con tus amigos? —preguntó Kakarotto después de tragar un enorme bocado de pasta.

—¿Estás loco? Iremos entre semana, sólo los tres. Ustedes invitan.

Sacó de su bolsillo una pequeña caja y luego de sacar un cigarrillo alzó la vista. Gine había cambiado por completo su cálida expresión y él, a regañadientes, se levantó para salir de la casa.

—Levanten la mesa —les ordenó antes de irse.

Ambos se pusieron de pie y dejaron las pilas de platos sobre el lavabo, pero antes de empezar a limpiar, su madre les susurró que simplemente fueran a empacar sus cosas. Kakarotto armó su cama sin mucho interés y buscó un saco que permanecía olvidado bajo su cama. Raditz ya tenía todo preparado desde la noche anterior así que dejó a su hermano solo y salió de la habitación con los pies pesados. No tenía muchas ganas de salir a buscar a alguien que creía muerto.

En el camino a la puerta su madre le sonrió y él le devolvió el gesto. Gine tenía esa manera de sonreírle que le hacía sentir algo sumamente cálido, algo que nunca sería capaz de decirle a nadie.

Al salir de la modesta casa, se encontró con su padre reclinado a un lado. Su cigarrillo estaba a medio fumar, pero al verlo salir lo arrojó al suelo y lo apagó con la suela de su bota.

Raditz era el más alto de la familia, pero cuando su padre lo rodeaba con el brazo por el cuello, terminaba siendo de la misma altura de su madre.

—Oye, hijo —le dijo al sujetarlo y lo ahorcó por apenas un segundo mientras continuaban caminando por la calle.

El pueblo estaba movilizado, muchos soldados acababan de regresar y otro tantos comenzaban el peregrinaje a la Ciudad Real, junto con él y Kakarotto, quien probablemente llegaría tarde. Raditz se preparó para la nueva amenaza juguetona de su parte y esperó, caminando doblado siguiendo el paso que le marcaba.

—Si Kakarotto regresa con una pierna o un brazo roto, de nuevo… Voy a hacerte comer piedras hijo.

—No es mi culpa que el pequeño idiota siempre encuentre problemas.

—No te pregunté si era tu culpa, estoy seguro de que debe ser un trabajo extra mantener un ojo sobre él. Pero yo soy el que tiene que escuchar a tu madre toda la noche quejándose, así que, por tu bien, que vuelva en una pieza —Lo soltó y alzó el mentón hacia los ojos noche de su hijo mayor—. Y cuídate, hijo.

—Lo haré, cuida de mamá.

Bardock asintió, le dio una palmada en la espalda y se sacó otro cigarrillo del bolsillo antes de girarse por el mismo camino para regresar a casa. Raditz lo miró por un momento mientras se marchaba y, como si tuviera ojos sobre la espalda, alzó una mano para despedirse de él mientras se marchaba.

El más joven continuó su camino, la Ciudad Real quedaba a una hora de distancia caminando, y aunque sabía bien que podía irse volando hasta allá, prefería caminar el tramo entero. Pasaría mucho tiempo antes de que pudiera estirar sus largas y musculosas piernas otra vez. Saludó un par de viejos comerciantes que le conocían desde niño y los escuchó deseándole suerte. Su padre era una celebridad local, ya que de alguna forma había logrado no sólo formar parte de uno de los escuadrones más condecorados por el Rey, sino que también lo lideraba. Pero su fama era reciente, él había comenzado su carrera militar desde el fondo. Con un poder de pelea mediocre se esforzó cada día para hacerlo crecer, era muy inteligente, más de lo que él mismo podría aspirar a ser si era sincero. Radiz había comenzado con un poco más de ventaja, nació con un poder bastante alto e incluso había participado en algunas expediciones con el príncipe y otros muchachos, cuando niño. Había conseguido ya una situación bastante cómoda, cumpliendo tareas para el palacio como un guardia de bajo rango, y de vez en cuando lo convocaban a misiones especiales, como ahora. Desafortunadamente los últimos rastrillajes en búsqueda del príncipe los había tenido que cumplir con su hermano menor y no veía la hora de terminar con esa tortura.

Repentinamente, algo detuvo sus cavilaciones, todos en la calle de piedra caliza se habían quedado quietos. Todos mirando a punto preciso en el cielo. Raditz alzó la mirada y vio sobre su cabeza una nave prendida en llamas dirigiéndose a su dirección, una nave de la Armada.


.

.

.


Desanimada, observaba los últimos presupuestos que le habían llegado mientras Reiss se probaba un nuevo uniforme, ahora que había sido promovida formalmente a guardia real. Pulió la insignia dorada grabada sobre su pecho, la miró con una gran sonrisa, y luego la volvió a pulir. Una vez que tuvo puesta la armadura con el uniforme azul cobalto debajo, se miró al espejo inflando el pecho. Se giró esperando a que su mejor amiga estuviera viéndola, pero la encontró amargada, hundiendo su rostro sobre un montón de papeles.

Ya la había interrumpido demasiadas veces ese día, la conocía bien como para saber que no estaría tranquila hasta que terminara sus deberes. Si algo le admiraba, era lo diligente que podía ser. Definitivamente ella no serviría para otra cosa que no fuera atacar o defender, la tarea de ser la futura reina del planeta no era algo que se diera fácil.

Sin interrumpirla, se volteó a la mesa y se sentó a comer algunas frutas, subió los pies sobre la mesa y Kore le miró de reojo, agitando la cabeza en una negación suave pero no hizo nada. Reiss arrojó al aire una pequeña fruta tas otra, alcanzándolas con la boca en el último segundo hasta que Kore se rindió. Dejó los papeles sobre la mesa y se dejó caer sobre la silla.

—Esto es un desastre… —soltó cansada—. Estamos consumiendo todos los recursos del reino con esta búsqueda, y no estamos obteniendo nada. El Parlamento no va a estar feliz.

—Quieres decir que tu padre no estará feliz. ¿Te sigue regañando como una niña?

—Es mi padre, siempre lo hará.

—No cuando seas la reina, si se atreve a faltarte el respeto entonces podré golpearlo legalmente —Kore no dijo nada, su expresión seguía malhumorada—. ¿Qué tal si dejan de buscarlo? —preguntó en un tono medio, esperando que nadie pudiera escucharla.

—El Rey no lo permitiría.

—Entonces te lo has pensado.

La princesa abrió los ojos de par en par, abandonando su expresión anterior. De hecho, sí lo había pensado. Ya había llegado a la conclusión de que simplemente estaba muerto y esta búsqueda implacable por él no sería más que un enorme desperdicio de los recursos del pueblo saiyajin.

—No quisiera que sea cierto, porque le tengo aprecio a Vegeta. Pero creo que él ya debe de haber muerto.

—Deberíamos estar usando estos recursos para tomar represalias.

—Para hacerlo deberíamos estar completamente seguros, no podemos empezar una guerra así anda más.

—No decías lo mismo hace un mes. Podrías haber jurado que La Armada estaba detrás de todo esto, ¿acaso ya te convenció tu padre de lo contrario? Estabas tan enojada esa mañana en el Parlamento que me hiciste ruborizar.

Las mejillas de Kore se tiñeron de rosa y se rio torpemente.

—No lo sé, con el tiempo que he estado a cargo he empezado a pensar diferente. Es decir, mira todo esto —le dijo, señalando las pilas de papeles sobre la mesa—. De esto viven todos los saiyajins del planeta, al menos la mayoría. ¿Qué pasaría si me equivoco y además de mandar saiyajins a su muerte fuera del planeta, los mato de hambre dentro? Es una responsabilidad demasiado grande para tomársela a la ligera como lo hice aquel día…

—Kore… —pronunció su amiga con cierta devoción—, cada vez que has tenido un presentimiento has estado en lo cierto. Pero tu padre hace una labor increíble al mantenerte todo el tiempo dudando de ti misma.

—Papá… sólo quiere lo mejor para nuestra familia.

—¿Cuál familia? Tu madre pereció hace muchos años, sólo quedan tú y él.

—Bueno, me refiero al nombre de nuestra casa… esa familia. Los que quedamos y los que ya no están.

Reiss suspiró, cansada de escuchar esa suerte de adoctrinamiento. Cuando repentinamente una señal se activó en su scouter y se puso de pie alertada. Miró a Kore con un rostro severo.

—Una nave de la Armada se aproxima.

Al momento en el que arribaron al centro de mando de palacio, ya estaba repleto de soldados. Tarble estaba ahí, arrimado sobre los comandos, hablando con un pequeño esclavo vestido en una bata blanca, que nervioso le indicaba las lecturas que había recibido. En la pantalla frente a ellos, que ocupaba casi toda la pared de ancho y alto, se veía claramente la imagen de una nave de la Armada atravesando la atmósfera del planeta. Reiss se apresuró sobre el joven príncipe.

—¿Se ha identificado? —Él negó.

—Le solicitamos identificación y motivo de embarque, pero no ha contestado.

Reiss tomó el micrófono frente a Tarble y se acercó, luego de solicitar establecer comunicación.

—Este es su último aviso, identifíquese o destruiremos su nave —dijo ella con la mirada fija en la nave, pero nada sucedió—. Tenemos que derribarla —le dijo a Tarble y a Kore.

—Espera —soltó la princesa y la sala entera se giró a verla—. ¿Identificaron el poder del tripulante?

—Son dos, mi señora —respondió el pequeño hombre en bata—. Son pequeños, uno ni siquiera llega a las dos cifras.

—¿Dos?

Kore se extrañó, y quizás haya sido por la confianza que le había depositado su amiga, pero en aquel momento pronunció la primera orden de la que no tenía ni una duda.

—Déjenlo pasar.

—¿Qué? ¡Pero Kore! La Armada tiene prohibido ingresar al planeta.

—Lo sé, pero tengo un presentimiento… Sólo… dejen que la nave entre al planeta.

Tarble asintió, no tenía protesta alguna. Incluso su poder de pelea era más alto que los dígitos que habían aparecido en pantalla. Bien podrían ser un par de infantes… Aunque tenía que admitir que le incomodaba un poco la idea de rendirle cuentas a su padre al respecto, al momento en el que los indagara sobre por qué habían permitido ingreso a una nave de la Armada que se había negado a identificarse, tres veces consecutivas. Sin embargo, la idea de responsabilizarse de ello junto con Kore, le tranquilizaba.

—Bien, calculen el trayecto de la nave. No va a aterrizar en una zona segura y a esa velocidad no tendremos tiempo de evacuar el área —dijo Reiss.

Repentinamente se sonrió, no había nadie más que ella que pudiera tomar las riendas de la situación junto con ella. Reiss iba camino a convertirse en comandante de las fuerzas armadas saiyajin, aunque se negara por permanecer a su lado.


.

.

.


La nave hizo destrozos sobre una pequeña área comercial, aunque nadie resultó herido. Los más jóvenes fueron evacuados de inmediato. Raditz incluso había sacado un niño de una casa que estaría en la periferia del impacto y lo había dejado en la vereda después del impacto. El cabello se le llenó de tierra, varias casas habían sido destruidas.

Lo extraño era que, al ponerse el scouter, no vio más que un par de números tan diminutos que bien podrían haber sido los de su hermano al nacer. Más aún le extrañaba que los cañones de palacio no hubieran destruido la nave antes de que causara tal desastre.

Caminó a paso seguro entre la gente, varios soldados deambulaban por los alrededores, pero logró llegar hacia el cráter que se había formado. Se paró en el borde de aquel agujero humeante y esperó a que la compuerta se abriera. Para su sorpresa, al escuchar unos murmullos, se giró y encontró la figura de la princesa Kore y el príncipe Tarble. A derecha de la princesa estaba Reiss, una joven soldado que había visto en varias ocasiones y que en una le había rechazado un trago. Todos a su alrededor se hincaron en una rodilla, reconociendo la presencia de la realeza en su pequeño pueblo. Raditz se agachó, y estando en el suelo vio por el rabillo del ojo que la compuerta de la nave se abría.

Por un instante se quedó helado, el aliento se había perdido. Realmente no podía dar crédito de lo que sus ojos veían. Por poco balbuceó su nombre, pero se mordió la lengua al sentir la presencia de la princesa, observando a la muchacha de cabello cian tendida sobre el regazo del príncipe Vegeta.

—Soldado —dijo en un tono severo, uno que jamás le había escuchado—. Saque a la mujer de la nave.

Raditz se levantó de inmediato, siguiendo las órdenes de la princesa. Bajó de un salto a la nave y observó la ropa de Bulma manchada casi por completo de sangre. Desabrochó su cinturón de seguridad y ella cayó hacia adelante completamente inconsciente. Luego de tomarla entre sus brazos se dio cuenta, inspiró profundo y trató de mantenerse estoico.

Sobre el agujero, Kore dio una segunda orden.

—Lleven al príncipe de inmediato a la sala de restauración real.

Él permaneció parado junto a la nave, con la mujer inconsciente entre sus brazos. Observó cómo levantaban al príncipe y se dio cuenta de la terrible herida que tenía en el abdomen. Le sorprendió que siguiera vivo a pesar de ello, él probablemente se hubiera muerto con una herida de ese tamaño. Echó un vistazo al improvisado torniquete que tenía, aquel cinturón probablemente era de Bulma, como las camisetas que habían usado como paño para detener esa hemorragia.

Cuando le príncipe salió de su vista, escuchó unos murmullos. Kore y Reiss hablaban en voz baja, mirando con recelo a la mujer que él sostenía. De repente tuvo miedo de la siguiente orden que le darían, que él tendría que acatar, le gustara o no.

—Lleva a la hembra a las celdas de palacio —le ordenó antes de marcharse detrás del príncipe.

Raditz volvió a ver el rostro dormido de Bulma, preguntándose si ella también habría sido herida. Tanta sangre seca por todos lados le hacía dudar, su ropa repleta de manchas oscuras, sus manos, incluso su rostro tenía pedazos de carne pegados. La nave era una completa carnicería.

Tomó vuelo sin pensárselo mucho, pero algo no se le había escapado aún, y era que Bulma estaba bañada del olor de Vegeta y viceversa.

Palacio se había vuelto una verdadera conmoción, soldados y miembros del parlamento corriendo en todas direcciones. Raditz vio unos cuantos esclavos corriendo a toda prisa hacia la sala en la que estarían internando al príncipe Vegeta en ese instante. Al llegar a las celdas, un joven soldado esperaba, mirando de un lado al otro del pasillo.

—¿Es cierto lo que dicen?

—¿Por qué no vas a echar un vistazo? Yo me encargo —le dijo y él sonrió antes de salir.

Sólo había dos prisioneros en las celdas, así que llevó a Bulma hasta la más lejana y una vez allí la dejó en el suelo. Con dos dedos sobre su cuello buscó su pulso, era fuerte. Sólo estaba dormida. Tal vez el gas de hibernación de la nave era demasiado fuerte para ella. Miró a los lados antes de seguir y le palmeó las mejillas un par de veces.

—Bulma —le susurró—, despiértate, Bulma.

Al darse cuenta de que no lograba su cometido, sacó una botella de agua de la bolsa que planeaba llevarse en su expedición y se la vertió en la cara. El rostro de Bulma se arrugó tosió, se llevó las manos a la cara y se talló los ojos. Al abrirlos se tardó un poco, él conocía esa sensación. Pasar tanto tiempo navegando por el espacio en completa oscuridad podía hacer difícil ese primer despertar. Pero Bulma logró abrir los ojos por completo luego de un momento.

—Bulma —le volvió a decir con algo de entusiasmo.

—¿Raditz? —preguntó y notó que la tenía abrazada en el suelo. Rápidamente se alejó de él, empujándolo a un lado, arrastrándose hacia la pared—. ¡Te dije que no me volvieras a poner tus sucias manos encima! —soltó apuntándole con el dedo. Y aunque pretendía gritarle, su voz salió más suave de lo que esperaba en su cabeza. Se llevó una mano a la garganta, reseca. Las piernas tampoco le funcionaban como lo hacían antes de subir a la nave y cuando Raditz le extendió lo que quedaba de su botella de agua, lo recordó—. Vegeta… —susurró y miró a su alrededor—, ¿dónde está? ¿Dónde está Vegeta?

Algo se removió dentro del pecho de Raditz y su expresión ligeramente preocupada se tornó más adusta. Había algo en el tono en el que pronunciaba aquel nombre que no le terminaba de agradar, apestaba a él, hasta el último pelo, y estaba seguro de que no se debía a que hubieran compartido esa pequeña nave.

—Está vivo. Bueno, más o menos… —le contestó y la observó, intentando ponerse de pie—. Espera un poco… Es normal, no las has usado en un tiempo… —continuó, pero cuando estaba a punto de darle una mano ella lo miró con resentimiento—. Haz lo que quieras.

—¿Dónde estoy? —preguntó mientras esquivaba su mirada, levantando sus piernas con ambas manos para quedarse sentada en un rincón de la diminuta habitación.

—En una celda.

—Eso es obvio… ¿por qué estoy en una celda?

—La princesa lo ordenó.

—¿Así tratan a quienes rescatan a sus soldados? ¿Los meten en celdas?

—Así tratan a las hembras que se sientan en las piernas del príncipe frente a su esposa.

—¿Qué dijiste? —preguntó Bulma, incapaz de procesar por completo lo que acababa de escuchar.

Raditz no pudo hacer más que extrañarse. La mirada de Bulma, entre sorprendida y horrorizada, le tomó por sorpresa. ¿Cómo podía ella ignorar quién era Vegeta?

—¿Te golpeaste al aterrizar?

Ella aún se sentía aturdida. Lo miró fijamente y meditó en sus palabras. Tenía que ser un error, tenía que estar tan atontada por el aterrizaje que todo lo que estaba experimentando ahora no sería más que un sueño horrendo. Bulma lo miró a los ojos, todo parecía y se sentía bastante real. El hormigueo en las piernas, el frío en la punta de los dedos, la humedad en su cabello. Sobre todo, la mirada confundida que le dirigía Raditz en ese momento.

—¿Dijiste que Vegeta es un príncipe? —preguntó sin podérselo creer.

—No es un príncipe, Bulma. Es el príncipe… ¿De verdad no lo sabías?

Ella se quedó callada, se sintió algo traicionada en ese momento. Estúpida inclusive. Se había metido en un problema enorme sin darse cuenta. No sólo se había acostado con un hombre casado, era el príncipe de aquel planeta.

—No puede ser… ¿por qué no me lo dijo?

—Bulma, ¿qué pasó? —le cuestionó confundido y ella alzó su rostro hacia él. La mirada se le humedeció, pero cerró los ojos antes de que una lágrima intrusa se le pudiera escapar.

—Nada, sólo lo ayudé a escapar.

—Me estás mintiendo.

—Él llegó vivo a este planeta gracias a mí, nada más. Exijo hablar con alguien para que me dejen salir de aquí. ¡Yo traje al príncipe después de todo!

—No grites —le pidió al ver su aspecto cansado—. Y no esperes tanto, tienes suerte de estar viva con el olor que tienes encima.

Bulma se sonrojó y observó cómo Raditz se acercaba, se inclinó hacia su cuello y aspiró.

—Lo tienes en todas partes, apestas a Vegeta.

—N-no es cierto. D-debe ser porque… porque hemos estado encerrados en esa nave.

—¿Crees que no voy a darme cuenta cuando tu cuerpo huele a otro hombre?

El rubor en su rostro se volvió inconfundible, y mientras observaba sus mejillas hundiéndose en el bochorno recordó la última vez que la había visto así. Se hubiera sonreído, pero el olor que perspiraba la piel de Bulma lo disuadió rápidamente.

—Estás equivocado… Pero… si alguien más piensa como tu entonces…

—Estás en peligro, Bulma. No debiste venir aquí.

—Tienes que ayudarme a escapar.

—¿Ayudarte? ¿Estás loca? Si alguien se entera que estoy aquí hablando contigo perdería la cabeza. ¿Quieres que me maten?

—Vegeta… Vegeta no va a permitirles que me asesinen —dijo esperanzada.

En ese momento Raditz sintió vergüenza ajena, las palabras de Bulma sonaban incoherentes.

—No creo que sepas de quién estás hablando…

—Cuando Vegeta se recupere hará que me liberen, me lo debe. Yo le salvé la vida.

—En tu lugar, trataría de bajar un poco mis expectativas. Ahora guarda silencio, no te metas en problemas y sobre todo… no le digas a nadie que me conoces.


.

.

.


El tanque se llenó de líquido verdoso y turbio. Vegeta aún respiraba al llegar y sus signos vitales se habían vuelto estables. Su batalla parecía haber sido reciente, a juzgar por el aspecto de sus heridas.

Su esposa permaneció parada frente al tanque mientras un grupo de diez esclavos de otras especies monitoreaban las lecturas que arrojaba la cabina. Ella tenía el rostro fruncido, no estaba tranquila. Tenía una sensación ahorcándola, una espina hincada sobre la piel. Estaba cruzada de brazos, mirando las burbujas que flotaban dentro del tanque. Su mirada severa no era la que acostumbraba. Ya habían pasado al menos diez minutos allí, junto con Reiss, sin decir ni una palabra. Tarble se había marchado a darle las noticias a su padre y un miembro del parlamento se había acercado a corroborar si los rumores eran ciertos para luego retirarse a comunicárselo al resto. El príncipe peleaba por su vida.

Su guardia la miró de soslayo. Hubiera esperado que después de tantas noches sin dormir preguntándose el paradero de su esposo, ahora estaría un poco más aliviada, aun considerando sus heridas. Pero Kore no se veía feliz, ni mucho menos tranquila, y ella sabía por qué.

—Lo sentiste, ¿cierto? —preguntó en voz baja—. Me di cuenta apenas lo sacaron de la nave, y por el rostro que tienes tú también lo notaste.

—Sí, yo también lo noté… Vegeta apesta a humano.

—Dadas las circunstancias, eso podría ser un problema… No sé si será compatible su especie con la nuestra.

—¿Qué propones?

—Creo que matarla es lo más adecuado. Aunque me pregunto por qué vino con él.

—Lo único que se me ocurre es que se haya montado en la nave de Vegeta cuando perdió el conocimiento. Aunque supongo que habrá que interrogarla.

—¿Le vas a creer a un humano? Y, sobre todo, ¿al que se está tirando tu esposo? Kore… —dijo, sujetándola para llevarla a una esquina de la habitación—. ¿Qué pasa si la hembra está embarazada? No podemos tener un niño bastardo dando vueltas por ahí… Es decir, no estamos seguras de que Vegeta sobreviva. Podemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance, pero la cámara no hace milagros. Tú viste como llegó… Tienes que estar preparada. Tarble aún está en tu camino, no podemos permitir que además haya un hijo de Vegeta interponiéndose.

—Reiss, el Rey está en camino, no puedo tomar ese tipo de decisiones por mi cuenta.

—¿Y qué crees que haría él? El Rey estará de acuerdo contigo, todo el Parlamento lo estará.

Se giró a ver el rostro de su esposo, frunció el ceño y trató de pensar.

—Supongo que tenemos que asegurarnos… Ve a buscarla, llévala al ala médica y haz que le hagan un examen. Si vamos a matarla al menos quiero estar segura al respecto. Tienes razón, el Rey no protestará… pero sí le molestará no ser el que diera la orden.

—Esa será una pelea para después. Volveré en un momento.

Luego de una reverencia protocolar, Reiss salió de la habitación a paso seguro. Llamó a dos guardias que esperaban del otro lado de la puerta a que la siguieran y con ellos se dirigió a las celdas de palacio. El camino era largo, y mientras se dirigía allí se sonrió. Por primera vez sentía que estaba encargándose verdaderamente de los asuntos de su Señora, su reina. Desde que se había casado, ingresando en la familia real, no había recibido más que un par de órdenes simples, de rutina. Y ella no había nacido para ser sólo una guardia glorificada, con mejor sueldo.

Desde lejos vio a Raditz, parado sobre la puerta e hizo un gesto de desagrado. Él la miró, obligado a agachar el rostro.

—¿Ahora cumples tareas aquí? —le preguntó en un tono burlón.

—Sigo órdenes de la princesa Kore, igual que tú.

—Está bien, puedes tomarte un descanso soldado. Vamos a llevarnos a la hembra.

—¿V-van a llevársela? ¿A dónde?

El rostro altanero de Reiss se contrajo, se detuvo enfrentando a Raditz por un instante y le observó con el entrecejo notablemente fruncido.

—Soldado, no está aquí para hacer preguntas —contestó alzando el tono—. Guardias, tomen a la mujer y síganme.

Cuando la compuerta se abrió y Reiss vio a Bulma por primera vez a los ojos, la encontró haciendo lo posible por ponerse de pie. Sus ojos se abrieron de par en par cuando dos saiyajin entraron a su celda y la tomaron de ambos brazos. Cuando alzó el rostro pudo ver a Raditz, detrás de la mujer vestida de armadura negra. La mirada oscura de Raditz trasmitió algo semejante a una advertencia, pero se volteó sobre la puerta cerró la boca mientras se la llevaban.

—¡Suéltenme! ¿¡A dónde me llevan!? —gritó Bulma, sacudiéndose entre los saiyajin.

Antes de salir de la pequeña celda, tomó la mochila que yacía tirada en el suelo y por curiosidad se la cargó al hombro. Se adelantó, sonriente, mientras escuchaba los reclamos de la mujer resonando detrás de su espalda. Alzó el mentón y se dirigió al ala médica tal y como Kore le había ordenado. Atravesó una puerta blanca de hoja doble y se dirigió a una mujer robusta de bata blanca y un par de anteojos.

El corazón de Bulma se aceleró, la sala era terriblemente similar a la nave en la que la habían analizado luego de que la Tierra fuera conquistada.

—Quiero un estudio completo —escuchó decir a Reiss.

—¿De qué estudio estás hablando? ¿Qué piensas hacerme? ¡Te lo advierto! ¡Contéstame! ¡Vegeta no estará feliz! ¡Tu príncipe me debe la vida!

La guardia real se giró al escuchar aquellas palabras tan atrevidas saliendo de su boca. Sorprendida, le observó con atención. Tenía el rostro tan congestionado que se había vuelto rosa, la quijada apretada y todos sus insignificantes músculos contraídos. Era fácil ver lo exacerbada que estaba, pero a pesar de la convicción que parecía haber en su discurso, ella no le creyó.

—Dirías cualquier cosa por salvar tu pellejo, ¿verdad? No te culpo, yo haría lo mismo —Pasó junto a los guardias hacia la puerta—. Encárguense del resto.

La vulnerabilidad que le invadió cuando la puerta se cerró y los guardias le retiraron la ropa a la fuerza para ponerle un escueto camisón, no tenía comparación. Escuchó la tela rasgarse sobre su pecho y el aire frío y estéril abrazando su piel desnuda. Los gritos que no lograron salir de su garganta, quedaron atrapados bajo la mano de aquel sujeto que la sujetaba mientras se reía. Bulma escuchaba la risa retumbando bajo aquel pecho sobre el que se apoyaba, cuando el otro le quitaba los pantalones.

—Será más fácil si cooperas —dijo repentinamente la voz de la esclava.

Su mirada apenada no encontró los ojos celestes de Bulma, no podía mirar tal abuso. Tenía los ojos clavados en el suelo y en el traje que disponía entre sus manos para ella. Y antes de dejar caer una sola lágrima, Bulma dejó de pelear y permaneció quieta. Muy a pesar de que deseaba tener la fuerza suficiente como para defenderse, desistió de sus débiles ataques. La risa se apagó, al parecer que no era tan divertido sostenerla contra su voluntad y, para su sorpresa, la soltó. A regañadientes se colocó aquel traje que parecía el de un hospital y se volteó a ver los rostros de los hombres que se habían burlado de ella. Sumándolos a la larga lista de todos los que le habían dañado alguna vez.

—¿Qué tanto me ves, mujer? —le preguntó el más alto, el que tenía el cabello hasta los hombros y el puente de la nariz levantado.

—Estoy tratando de memorizarme su rostro para cobrarme esto cuando tenga oportunidad.

—Hmph!

Antes de que aquel soldado tomara represalias contra ella, la esclava intervino. Le tocó el hombro y Bulma la observó sobresaltada, preguntándose si estaría viendo a los ojos a otro enemigo. Pero ella le sonrió con timidez.

—No tardaremos mucho, los exámenes no son invasivos, tranquila.

Se relajó un poco, aunque seguía desconfiada. Echó un último vistazo al par de sinvergüenzas que la esperaban junto a la puerta y supo que no tenía escapatoria, al menos no por el momento. Siguió a la mujer de piel azulada y cabello blanco hasta una camilla sobre la cual se recostó. Y mientras esperaba que tomara una muestra de su sangre se preguntó en dónde estaría Vegeta en ese momento.


.

.

.


El sonido del agua, moviéndose lentamente dentro de la tina le llenó los oídos. Estaba tibia, la temperatura era perfecta. Por alguna razón a Bulma le gustaba bañarse con el agua a un grado del hervor y, si era sincero, no le agradaba mucho. El aire estaba colmado de su olor, del olor a Bulma. Inspiró intencionalmente, no sabía por qué, pero respiró el aroma como si fuera la última vez que lo pudiera disfrutar. Él nunca le diría lo mucho que disfrutaba de su aroma, jamás podría. No podía darle tanto poder a una simple humana. Aunque Bulma no tuviera nada de ordinario.

—Podría quedarme aquí todo el día —le dijo, sacándolo de aquel estado en el que estaba, entre despierto y dormido.

Ella se giró, apretando su mentón contra el hombro y lo miró a los ojos. Tenía una sonrisa pícara y el rostro ruborizado. Se había recogido su largo cabello con una hebilla, aunque se le habían escapado unos cuantos mechones.

—Deja de moverte así —dijo él. Bulma se había acomodado en su regazo y él estaba, como siempre, extremadamente consciente de cada centímetro de su piel. Aunque no la podía ver, ya que estaba casi completamente sumergida dentro de la tina, podía sentirla.

Ella se sonrió más ampliamente, sabía perfectamente lo que hacía, como todo, siempre tan elocuentemente planificado.

—¿Por qué? —preguntó, apoyándose sobre su pecho.

Vegeta miró el camino de su cuello blanco hasta la curva de su hombro, miró de reojo su pecho desnudo y se dio cuenta de que no podía hacer nada. Estaba tan cansado que no podía levantar las manos que tenía pendiendo en los bordes de la tina.

—Estoy exhausto… —contestó.

—Por supuesto que lo estás, soy una mujer difícil de satisfacer. ¿O acaso creíste que por ser humana sería inferior a las mujeres de tu raza? Incluso podría decir que soy mucho mejor.

—Fanfarrona…

—Sólo digo la verdad, aunque tu tampoco estás tan mal.

Él se rio, le había dicho lo mismo a ella hacía poco tiempo y le había ofendido mucho. Pero le gustaba ofenderla, le gustaba decirle cosas que sabía bien que no eran ciertas. Le gustaba porque sabía perfectamente que ella tenía el ego tan inflado que sería incapaz de creerle. El fervor de su mirada en cada una de sus discusiones le agradaba, le hacía sonreír.

—En comparación con los otros, no estás tan mal —terminó Bulma y la sonrisa en el rostro de Vegeta se borró por completo.

—¿Los otros saiyajin?

—Claro, los saiyajin son excelentes amantes.

—Tal vez debería probar con más humanas.

—¿Qué pasa, Vegeta? ¿Estás celoso?


.

.

.


Tal y como había prometido, ella seguía esperando a que su esposo finalmente despertara, plantada en aquella sala, observándolo atentamente. Reiss le había informado que dentro de un par de horas tendrían toda la información que necesitaban y esperaba que Vegeta no hubiera sido tan estúpido como para involucrarse con esa humana. Guardaba la esperanza de que todo hubiera sido un error.

—Podría jurar que lo vi sonriendo —dijo Tarble, mientras observaba a su hermano dentro de aquella cápsula colmada de líquido reconstructivo.

Kore alzó la mirada hacia él, pero la sonrisa se había esfumado. Tenía el entrecejo más fruncido de lo habitual y se preguntó si estaría experimentando algún tipo de dolor.

—El príncipe está soñando, mi Señor —agregó un esclavo—. Estimulamos su cerebro con pequeños impulsos eléctricos distribuidos en diferentes partes de su cerebro. Supongo que en este momento estará soñando algo desagradable. Intentamos sacarlo del estado comatoso. Sus heridas ya han comenzado a sanar favorablemente, sin embargo, le tomará un tiempo despertar.

—Mi hermano es fuerte —dijo Tarble.

Kore lo conocía bien, y lo que carecía en poder lo tenía en optimismo. Por lo que aquella expresión que tenía en ese momento se le hizo sumamente extraña. Tarble no estaba sonriendo, a pesar de estar alabando el inmenso poder de su hermano mayor. No parecía feliz, ni parecía estar agradecido de que hubiera regresado. Las palabras que acababa de pronunciar parecían dichas por un autómata, programado para pensar de esa manera.

—Debes estar muy feliz con su regreso —continuó el joven, esforzando una sonrisa.

—Tu no te ves tan feliz de verlo —le contestó Kore.

—No es eso, no es que estás pensando… Es sólo que... comenzaba a acostumbrarme a dejar de ser inservible.


N/A: ¡Hola de nuevo! Bueno, muchas personas supusieron cuál sería el destino de los dos. A partir de ahora Bulma se las verá bastante negras, pero como vieron al menos tiene un "aliado" en Vegetasei. Nadie adivinó que él era el saiyajin que Bulma conocía, con lo que me gusta Raditz. Por cierto, ¿qué les pareció la vida hogareña de Raditz y Kakarotto? Voy a tratar de representar la cultura saiyajin de alguna forma que sea lo más "realista" posible, teniendo en cuenta toda la información que tenemos sobre ellos. Y AHORA SE VIENE EL RADITZ VS VEGETA. Raditz tipo: la llevaré a casa con mamá y Vegeta muy: AH NO HERMANO BUSCATE LA TUYA. JAJAJA Perdón. Además muchos lectores están seguros de que a Bulma se le llenó la cocina de humo, que tiene un bollo en el horno, voy a tener que abrir las apuestas.

Como siempre paso a saludar a todas las personas que se quedaron en el capítulo anterior para dejar un review: ¡Gracias arag7 (el fic no se va a desaparecer así te lo lees con calma jaajaja pero gracias por desvelarte leyendo), Flopo89 (de hecho, sí es muy complicado lo que se viene con respecto al trono y quién tiene que heredarlo jajaja creo que es de lo más disparatado que he pensado pero extrañamente canon, quizás les adelante un poco de eso en el próximo capítulo. Por cierto, la Tierra fue conquistada por la Armada hace 5 años. Recuerdenlo porque volverá a tener relevancia más adelante), Mari (Entendí la broma pero igual me pongo pudorosa *escribe un lemon con la palabra VERGA* jajajaja Sobre lo del combate, no me juzguen, pero son las escenas que más disfruto describir, no por la parte de patada vs puño jajaja sino por los otros detalles, como cuando en otro fic le saqué un ojo a Vegeta, fue de mis cosas favoritas. Sobre el abrazo del último capítulo, entiendo perfectamente tu punto. De haber estado ambientado en el universo de la serie sería algo totalmente out of character de parte de Vegeta, pero me tomé esta libertad porque en mi mente lo justifiqué con que Vegeta realmente pensó que era su ultimo momento con vida y dijo QUÉ MÁS DA. Pero igual, si sentiste que no estaba suficientemente justificado o no era el momento de que se diera algo así, lo entiendo y lo tomo como una crítica constructiva, veré de tratar de hacer más creíbles las próximas interacciones. Y, por último, lo del hijo bueno, ya sabremos en el próximo capítulo), desibe (te agradezco mucho tus comentario pero no leas mis fics viejos por fa jajajaja lo digo ya que sos una lectora mía nueva), Toepiek (*lee que le sacó una lagrimita con esa escena y piensa en las escenas futuras* Oh no, Oh no, oh nonononono), Jime Maty Olguin (era una buena opción volver al planeta donde buscaron provisiones pero Vegetasei estaba más cerca y en el capítulo anterior lo mencionan un par de veces, pero Namek también sonaba bien), Nuria-db (adivinaste!), belen.b189 (otra lectora que adivinó a dónde iban y la mitad de las cosas que dijiste en el review pasaron en este capítulo jajaja), Strava (creo que alguien más sabía el destino de esa nave jajaja), soandrea (¡me alegra que te haya gustado!), dekillerraven (Bueno, la respuesta viene en el proximo capítulo a ver si viene Trunks en camino o no, en cuanto a la paz... COMPLICADO), DesertRose y los Guest! Además un saludito a que se me borró su nombre de los saludos del capítulo anterior. Si se me pasó alguien lo siento mucho! Trato de ponerlos a todos. Les agradezco muchisimo sus comentarios y espero que hayan disfrutado de este capítulo. ¡Nos leemos en el próximo!