—Harry.

—¿Sí, Neville?

—¿Tienes instinto de preservación?

Me reí a carcajada limpia.

Las semanas habían transcurrido en Hogwarts y mi actitud al castillo mejoró, los entrenamientos en quidditch me permitieron hacer amigos -descubrí que no estaba mal visto entre jugadores saludarse por los corredores o juntarse a hacer los deberes en la biblioteca o en la sala común, ni era inusual que los chicos mayores del equipo me colaboraran en mi tarea-. Escribir ensayos se convirtió en mi nueva pasión, la satisfacción y placer de sacar una nota perfecta tras trabajo duro eran incomparables (al comentárselo a papá, enviándole una nota perfecta en un ensayo, él gozó tanto del hecho que me envió una canasta de golosinas), así que me dediqué de lleno en el trabajo teórico de la escuela, alcanzando a mis compañeros.

Conforme me relajé en el castillo mi estómago también se tranquilizó, pude comer y usar el inodoro con soltura y, según Alec, que acampaba en mi habitación para devolverme a la cama al presentarse mi sonambulismo, los intentos de mi subconsciente de irse de paseo a media noche se esfumaron.

La vida se tornaba dulce y pacífica, los alumnos dejaron de tenerme miedo, pasé de ser el hijo de ustedes-saben-quien al pequeño Slytherin que leía historietas para infantes, dormía abrazado a un peluche y saltaba al lazo en el patio usando ropa colorida. Los Gryffindor jamás serían mis mejores amigos, pero su actitud agresiva mermó lo suficiente para que yo me atreviera a sentarme en su mesa la mañana del 31 de octubre.

—Un par de gotas apenas —respondí a Neville. Seamus y Ron me ignoraron a favor de sus desayunos —. ¿Ustedes no tienen té? —pedí rebuscando entre los alimentos de la mesa.

—Jugo de naranja y de calabaza, ¿a los Slytherin les sirven té?

—Sí, yo no bebo jugo de calabaza —alargué la mano y tomé la jarra con jugo de naranja, sirviendo en mi copa.

—¿Por qué? —Ron frunció el ceño —. ¿Es muy poca cosa para los mocosos ricachones?

—No, es empalagoso —me encogí de hombros. Puse en mi plato dos salchichas, varias tostadas y un huevo frito —. Espero que hoy llegue el nuevo número de Stud.

Seamus me miró.

—¿Qué es Stud?

—Una historieta para bebés —respondió Ron masticando su salchicha. La visión fue nauseabunda.

—¡Cielos Ron! Traga y después habla —le dijo Granger; la chica de pelo tupido estaba a un metro de nosotros desayunando con un libro abierto en su regazo.

—¿Cómo lee y come? —pregunté al aire. Mi duda fue olvidada.

—No te metas en esto, dientes de rata.

Neville suspiró, las peleas entre ese par eran día sí y día también. A Granger no le importó que la aparición del correo opacara su voz, ella gritó:

—Eres un grosero Ronald Weasley, lo siento mucho por tu madre.

El chico la desairó con la quijada. Villin aterrizó elegantemente frente a mi plato, el búho de la abuela de Neville fue un tanto simplón, pero no tumbó ningún plato. Otro búho se posó delante de mío.

Carta de papá y una caja de chocolates con un sobre traídos por el búho desconocido. Lo abrí, ¿de quién sería? La letra era redondeada, de mujer.

Hola Harry

Te he escrito en el pasado, pero el búho se devolvía con mis cartas. Quise intentarlo una vez más. Sé que tu padre te prohibió el contacto conmigo y que no tienes idea de mi apariencia, aunque conoces mi nombre (Severus me lo contó). Este no es un intento para sabotear la orden de tu papá, quiero únicamente decirte que te amo y que sigo velando por ti.

Si necesitas un refugio, ayuda o asilo, acude a mí a través del profesor Dumbledore. Él no te lastimará nunca, puedes confiar en el director.

No espero que me respondas, pero, si quieres hacerlo, que sea tu decisión.

Te amo.

Lily Potter, tu madre.

—Oye, ojos verdes, ¿quién te escribió? —curioseó Seamus empleando el apodo que me colocó días atrás —. Dime, ¿un mortífago jurando lealtad o un dementor declarándote amor eterno?

A mi alrededor rieron, mi ascendencia se tomaba en burla en ocasiones, lo que estaba bien.

—Mi madre —respondí en estado de shock.

—¿La señora Potter? —pidió Neville inclinándose a leer. Le tapé la carta, era privado.

—Sí.

Devolví el papel a su sobre y le tendí tocino a los búhos buscando algo por hacer. Ron se aclaró la garganta.

—La señora Potter es genial, trabaja con…

—No me hables de ella —lo corté guardando la carta de mi papá y retomando mi desayuno intentando suprimir mi desagrado con ser el blanco de tantas miradas.

—Su sangre no importa —me dijo Granger con pena en la voz.

—No es por la sangre —respondí —. Yo tengo prohibido contactarla, es la regla de papá.

—¿Por qué?

—No lo sé. Supongo que para hacerla sufrir.

Granger no se contentó con mi respuesta.

—Harry, es tu madre, habla con ella, seguro que quieres hacerlo.

Me encogí de hombros.

—De hecho, no, nunca me ha interesado su paradero.

—¿Cómo no va a interesarte viejo? —pidió Seamus.

—Es que… mi mamá siempre fue mi elfo Pimpón, él me dio de comer, me cambió los pañales, me arrullaba cada noche y me cuidaba enfermo, yo no eché de menos a la señora Potter.

—¡Joven señor!

Alec gritó a mis espaldas, traía en sus manos una pila de historietas.

—¡Llegaron! —grité recibiendo el paquete en mis manos. Grandioso, no solo me enviaron Stud sino los otros números que pedí por capricho, por lo que veía.

—Si, el búho aterrizó frente a mí, se debió confundir porque Hedwig venía hacia mí con una carta de mi familia —explicó Alec sentándose junto a mí.

Hedwig fue quien entregó mi catálogo con los pedidos escritos a la tienda de historietas. Puse la alta pila de tomos junto a mi plato.

—¿Cuánto costaron? —le pedí. Alec estaba a mi izquierda, donde no compartía espacio con ninguno. Él no había querido originalmente sentarse en la mesa de los leones, por lo que le concedí que tomara su desayuno en Slytherin y luego viniera a acompañarme a clases.

—No se preocupe, joven señor —dijo estirando la mano y tomando un pastelillo de una fuente, dando el pago por saldado.

La distracción no bastó para Granger, quién sí carecía de instinto de preservación.

—No puedes darle la espalda a tu mamá, Harry.

—¿De qué está hablando? —pidió Alec tapando con su mano el mordisco de pastelillo en su boca.

—Mi madre me escribió una carta Alec. Ah, y me regaló chocolates —tomé la caja metálica y se la enseñé.

El chico mayor frunció el ceño pensativamente.

—Todas sus cartas pasan por filtros de hechizos, joven señor —murmuró —. Debería ser segura, ¿quiere que la revise?

—Ella no haría algo así —se erizó Ron —. Lo ama, no ha hecho más que llorarlo estos años.

—Hay algo que no comprendo —dijo Neville revolviendo con su tenedor los restos de huevos en su plato —. ¿Por qué ella te escribió hasta ahora?

—Me ha escrito antes, pero papá le devuelve las cartas.

—Sí, sabemos, me refiero a que llevamos dos meses en Hogwarts.

—Oh —me sorprendí, no lo había analizado —. Ni idea.

—Es porque hoy se cumplen diez años, joven señor.

—¿Diez años de qué?

—De su recuperación a manos de su padre.

—Querrás decir secuestro —debatió Granger —. Él la violo y raptó a su hijo.

—Legalmente no —dije —. El señor Potter retó a mi padre a duelo y perdió, automáticamente papá tuvo acceso a su vida, a su fortuna, a sus pertenencias y a su mujer. Papá tomó a su esposa, por ley la señora Potter es una pertenencia de mi papá, y yo, fruto de la unión, soy suyo. Ni que me alejara de ella ni que la volviera a violar es ilegal.

—Las leyes del mundo mágico son arcaicas.

—Vete a tu mundo entonces, sangre sucia —gruñó Alec —. Aquí hay una forma de hacer las cosas, o te adaptas o te largas.

Granger se marchó de la mesa con su libro, furiosa e incapaz de aguantarle una discusión a Alec; la sangre Lestrange y el miedo que infundía el apellido eran factores intimidantes.

—Indiferente de la ley o no —retomó Seamus —, ella es tu mamá, te dio la vida, no pueden prohibirte hablar con ella.

—¿Y de qué le voy a hablar?

—Además desobedecería una orden directa del Señor Tenebroso —agregó Alec.

—Cierto —concordé cortando con mi cuchillo y tenedor un trozo de salchicha, presintiendo que no podría comerlo si los demás continuaban haciéndome charlar.

Los Gryffindor compartieron una mirada.

—¿Qué pasa si desobedeces?

Alcé una ceja imaginariamente, aun no aprendía a hacerlo.

—Chicos —dije lentamente —. Mi padre, en sus ratos libres y por mera diversión, lanza cruciatus a muggles. ¿Y ustedes me piden que rompa la única norma inquebrantable que me ha puesto?

—Supongo que tienes un punto —murmuró Seamus.

—Cambiemos de tema —dijo Alec dejando su periódico en la mesa—. Miren la primera plana del Profeta.

Tuvimos que extenderlo entre los platos para leerlo todos. Habían robado Gringotts.

—Wow, ¿qué no es imposible robar Gringotts? —exclamó Neville.

—Lo era —respondí. El robo ocurrió el 31 de julio, el día de mi cumpleaños.

—¿Quién puede robar Gringotts?

—Se requiere de dinero, poder, gente… alguien como mi padre —medité.

—Talvez lo hizo él —señaló Seamus.

—No, respeta mucho a los duendes para robarlos. Y el día del robo, papá estuvo conmigo comprando mis útiles.

Neville abrió mucho los ojos, pero se calló. Lo interrogué al respecto acostados en la hierba en la parte posterior del castillo después de clases, Alec leía su libro de defensa sobre las inmensas rocas abandonadas, Neville y yo nos recostábamos en el prado seco a adelantar nuestra lectura de historietas. En un par de semanas empezaría a nevar.

—¿Qué recordaste en el gran comedor?

—Pues… creo que estuve en Gringotts en el momento del robo —declaró.

Alec soltó ruidosamente su libro.

—¡Habla, Longbottom!

—Eh, bueno, yo… ese día fui a Gringotts con mi abuela y nos encontramos con Hagrid, él estaba muy misterioso, hablando sobre sacar el paquete de la cámara 713, la cámara robada.

—Pero si él tenía la llave no fue un robo —señaló Alec retornando a su libro con el aburrimiento y la decepción escrita en el rostro.

—Sí, pero en el artículo decían que la cámara había sido previamente vaciada antes de la llegada del ladrón, o sea que Hagrid sacó lo que sea que hubiese en la cámara.

Silbé por lo bajo emocionado.

—O he leído mucho a Stud o soy un aventurero, pero…

—La opción 1 —rió Neville —. Los Slytherin no son aventureros.

Moví la cabeza regodeándome.

—El sombrero consideró Gryffindor, para tu información. Bueno, como sea, ¿no sería genial buscar ese objeto?

—Puede estar en cualquier parte del mundo, joven señor.

—Nop —chasqueé con la lengua —. Está en Hogwarts, Hagrid trabaja para Dumbledore desde hace más de 50 años, es un miembro de la Orden del Fénix y un objeto raro y codiciado encaja con lo que sea que ocurre en el pasillo del tercer piso.

—Sí —dijo admirado Alec tras pensarlo —. Tiene sentido, joven señor. ¿Qué podrá ser? Longbottom, ¿viste el paquete?

—No nos topamos a Hagrid al irnos. Puede ser algo grande y que Hagrid hizo pequeño, en esas cámaras cabe cualquier cosa.

—No, Hagrid no tiene varita, se la rompieron al ser expulsado de Hogwarts.

Los dos parpadearon con la boca abierta.

—¿Cómo sabes eso?

—Los mortífagos hablan mucho de la orden y yo oigo cosas… no importa, Neville, ¿crees que Hagrid te cuente?

—Tendría que intentar. Él me invita cada rato a beber té en su choza, vamos.

—Ah-ah —negó Alec sacudiendo su dedo —. Soy un Lestrange y él el hijo del Señor Oscuro; si nos aparecemos preguntando por lo que se oculta en Hogwarts, para la cena los aurores estarán esculcando nuestros baúles y el director nos dará uno de sus dulces ácidos empapados en veritaserum.

Asentí.

—Te corresponde esta parte la misión, Neville —le palmeé el hombro a mi amigo.

El chico arrugó la nariz levantándose.

—Tienes razón Harry, lees muchas historietas. Les diré mañana, hoy es Halloween y hay fiesta. No podremos cenar juntos.

Neville se retiró y Alec y yo continuamos leyendo hasta la hora de la cena, debatiendo entre nosotros las posibilidades de lo que se ocultaba en el pasillo del tercer piso. En el camino al gran comedor, mi vejiga pujó más que mi estómago.

—Adelántate, voy al baño.

—Le guardaré un asiento.

—Gracias, Alec.

De haber estado ahí Neville, me habría reído de su cara, él aún no se acostumbraba a que de despedida o en lugar del «de nada», Alec me hiciera una reverencia; Neville solía hacer muecas al verlo inclinarse ante mí.

Los inodoros fueron agradables. Listo y con las manos lavadas, pude dar mis pasos al gran comedor, mas un sonido entrecortado filtrándose del baño de niñas me detuvo. Una estudiante estaba llorando.

En mi vida oí mil veces llorar a las mujeres, las vi golpeadas, azotadas, violadas y ultrajadas, los mortífagos se casaban con la tortura física, pero tomaban de amante a la tortura psicológica. Era sumamente mortificante sentarse a observar aquello, pero me sucedía que, por ejemplo, mientras trepaba árboles en los jardines del castillo de mi padre, los mortífagos desfilaban a mujeres desnudas y raquíticas para su entretención; ellas intentaban taparse sus zonas privadas llorando desconsoladas en lo que los mortífagos me paraban delante de ellas y me pedían entre carcajadas que eligiera a la ganadora.

—La más bonita de todas, joven señor. Ahora la más gorda. ¿Y la más peluda allá abajo?

Yo señalaba al azar con una bola en la garganta. En Hogwarts ya no había mortífagos incitándome a hacer daño, tenía ante mí la oportunidad de calmar el llanto de alguien, aunque fuese el de un único ser humano. Entré al baño de niñas, uno de los cubículos estaba cerrado.

—¿Está usted bien?

Ella sorbió su nariz.

—Vete Harry.

Era Granger.

—Granger, ¿qué ocurre? —me adentré, el baño de las chicas era diferente al de los muchachos, no tenía orinales y sí más espejos.

—Lárgate, niño sangre pura.

—Soy el bastardo sangre sucia de un purista de sangre —le recordé —, no hay nada más bajo que yo, Granger, así que sal.

Increíblemente, lo hizo. La castaña estaba deshecha, con la nariz roja y el rostro hinchado.

—Serás un bastardo sangre sucia, pero tienes un padre que te compra respeto.

—El respeto no se compra —esa era una verdad eterna —. ¿Qué te sucedió?

—Ron Weasley me sucedió. No hace más que insultarme.

Ron era un pesado, cierto.

—Pero Granger, tú siempre lo buscas —me encogí de hombros y alcé las manos en rendición —. No lo ayudes en clase, él no te lo va a agradecer.

—Creí que si era inteligente en las materias las personas se olvidarían de que soy nacida de muggles y me tratarían como una igual, pero sigo siendo tan rechazada como en la escuela muggle a la que iba antes.

Apreté los labios, ser un paria no era muy entretenido.

—Yo tampoco tengo muchos amigos, solo Neville y Alec; y él tan solo me tiene a mí. No hay manera que hagamos amigos, incluso Neville al crecer podría irse contra nosotros debido a la guerra. Tú, por otra parte, tienes la posibilidad de hacer amistades, pero tus métodos son…

—¡¿Qué tienen?!

Tragué. Papá y los varones entre los mortífagos acostumbraban a quejarse de las mujeres en sus secciones de juego de cartas, alegando que eran engreídas, celosas y controladoras. Yo no conocía muchas mujeres, pero Granger si me parecía controladora y un tanto engreída.

—Te oigo en clases, eres una sabelotodo y la soplona de los maestros, llamas la atención y no dejas que nadie más participe.

Ella se abrazó a sí misma. Fruncí el ceño, decidiendo que no me agradaba su actitud. Ver a alguien ser débil era incómodo.

—Creí que, si mostraba que yo sabía, sería aceptada y los sangre pura dejarían de tratarme como a inmundicia.

—El problema es que tú no sabes, ya te lo dijo Alec esta mañana, el mundo mágico no es tu cultura, es distinta. Tú eres el prototipo de sangre sucia que los mortífagos enseñan a sus hijos: personas que vienen a cambiar nuestras normas sin consideración por nuestra cultura en base al argumento de que ustedes son más civilizados que nosotros, ¿qué tan justo te parece eso? —Granger no tuvo respuesta —. Si vas a entrar al mundo mágico olvídate de tu mundo y de tu gente. Y, enserio, no molestes más en clase, nosotros sabemos que eres inteligente, no necesitas restregárnoslo en la cara.

—Quería demostrar que era capaz, igual que tú, no has fallado hechizo o poción en estos dos meses.

—Es diferente, tuve tutores desde niño, sería un descaro si yo no… ¿qué es ese olor?

—Viene de afuera —indicó tapándose la nariz.

—Será una bomba fétida de Peeves —me alteré menos que ella, yo había olido cosas peores, lo que no hacía el momento más agradable.

Ambos nos asomamos a ver al pasillo.

Oh, ni punto de comparación con una bomba fétida. Un troll de montaña de tamaño completo caminaba por el pasillo.

—¡Un troll!

—Shh.

Muy tarde, la cosa esa nos había notado.

—Grandioso —gruñí sacando mi varita. El troll se dirigía en nuestra dirección arrastrando su garrote, estaba a unos seis metros —. Flipendo maxima.

Mi hechizo cayó en la piel del troll y no le causó un solo efecto.

—Otro —gritó Granger. Lancé el conjuro de rodillas al revés, no hubo éxito —. Es un troll, su piel es dura. Un hechizo mortal.

Tres metros de distancia. Mis manos temblaron.

—Sectumsempra.

Dos gotas de sangre con el más brutal hechizo de corte que yo conocía. Estábamos en problemas.

—Otro.

Solo tenía un maleficio en la mente y lo lancé sin pensar.

—¡Crucio!

Naturalmente, funcionó: era una imperdonable. El troll sucumbió ante los dolorosos efectos del maleficio, gritando con una voz ronca y convulsionando sus extremidades. Odiaba ver los efectos del cruciatus, no pude sostenerlo sino diez segundos.

—Desmaius duo.

Debilitado, el troll se desmayó y yo me derrumbé en el suelo. El cruciatus era tan duro para el que lo recibía como para el lanzador, pero en efecto contrario; los maleficios imperdonables eran equiparables con alucinógenos. Jadeé, la adrenalina y la magia oscura se arremolinaba en mi cerebro, causándome risa y ganas de saltar por un risco para obtener más de la exquisita adrenalina. Respiré intentando calmarme, pasos rápidos se oían en el corredor.

Tranquilo, no enloquezcas Harry.

—¡Un Troll! ¡¿Qué sucedió?!

Eran Mcgonagall, Snape y Flitwick. Snape corrió directo a mí, sosteniéndome dentro de sus brazos. Estallé en carcajadas, aferrándome al traje negro del mortífago.

Cálmate, no caigas en la locura. Recuerda cómo se pone papá, no vayas a ser igual.

—¿Qué le sucede al señor Riddle? —preguntó el profesor Flitwick.

—Señor Riddle, ¿me escucha? —pidió Snape.

—Sí… cruciatus —me recosté en los brazos de Severus, arrodillado a mi lado, respirando desigualmente sin detener mi risa, era incontrolable.

Granger tomó el control de la situación.

—El troll nos atacó, Harry le lanzó de todo sin éxito hasta que dijo ese hechizo, Crucio, creo. Sometió al troll, no vi que la criatura le dispara a Harry, pero parece que lo atacó con un hechizo de cosquillas. ¿Los trolls pueden lanzar hechizos?

—No es un hechizo de cosquillas, son los resultados de la magia oscura —determinó con furia Mcgonagall —. Hay que llamar al director Dumbledore y al ministro.

¿Qué? Ay no, estaba metido en un lío que olía a Azkaban.

—No hay razón, es un niño apenas —dijo Snape a la defensiva, apretándome contra él de forma protectora —. Y es un troll, es legal lanzarle un cruciatus, además la piel de un troll no permite que la mayoría de los hechizos lo afecten, el cruciatus en este caso…

—Para el discurso —lo interrumpió Mcgonagall con hastío —. Es el hijo de tu señor, lo entendemos. Igual avisaré al director. ¿Cómo se le frena la risa?

—Hay que dejar que fluya, le tomará unos minutos.

—Ya estoy mejor —dije, respirando profundamente por fin, empezaba a asfixiarme —, pero me siento listo para una maratón.

Snape sonrió.

—Sí, lo sé. Trate de controlarse, joven señor.

Granger jadeó, los maestros y yo nos habíamos olvidado de ella.

—¿Y ustedes que estaban haciendo aquí? —preguntó la escocesa —. ¿Por qué no están en el banquete?

—Am, pues, verá usted, er… —Granger no encontraba las palabras.

—Estábamos en el baño de las niñas —dije apoyándome en Severus para ponerme de pie —. Em, el troll nos sorprendió con su olor.

—¿Qué hacía usted, señor Riddle, en el baño de las niñas?

—Am, pues… —miré a Granger que negaba con la cabeza. En mi experiencia, llorar era vergonzoso, no un hecho que fuera agradable de contar a los maestros, pero si yo no decía la verdad… yo era mal mentiroso —. Nosotros, am… —Severus bufó —. ¡No, eso no!

—Explíquense entonces —el profesor con sangre enana se cruzó de brazos.

—Yo estaba… atorada y Harry me ayudó.

—¿Atorada?

—S-sí.

Los profesores nos examinaron.

—Ustedes no saben mentir —suspiró Mcgonagall —. Una detención, señor Riddle, por…

—Profesora —la interrumpió de nuevo Severus —. Si me disculpa, el señor Riddle detuvo a un troll de montaña al máximo de su crecimiento, ¿usted lo va a sancionar?

La mujer se sonrojó con ira.

—Lo hizo con una maldición imperdonable.

—Que no es penada por la ley al usarse en una creatura.

Antes de que los dos maestros estallaran en una batalla verbal, Flitwick gritó:

—30 puntos al señor Riddle por proteger a una estudiante y una detención conmigo por internarse en el baño de las niñas. ¿Felices?

—Puedo vivir con esa decisión —dije. Severus y la profesora Mcgonagall asintieron —. ¿Podemos ir a cenar?

—La cena se suspendió, el banquete se realizará en sus salas comunes.

—Oh, bueno, me retiro. Gracias por la atrapada, Sev.

En respuesta, el maestro me hizo una pequeña inclinación.

—Lo acompañaré, señor Riddle.

Y en todo el trayecto, él no me habló. Fue curioso, porque la manera en que me defendió Severus me recordó a Bella. Los mortífagos no me tocaban, era casi una ley para ellos, pero él me había abrazado. Aunque fuera para estabilizarme, era una acción inusual.

Curioso.