Un objeto extraño oculto en Hogwarts cuya procedencia incitó a magos poderosos a ir en su búsqueda, indiferentes de la mortalidad de enfrentarse a los duendes de Gringotts… wow. Mi cuerpo de niño de once años subsistía con la emoción y la aventura, no se me podría culpar por querer investigar y esclarecer el misterio para dormir en paz.

—Alec —susurré.

El hijo de Bella no abandonaba mi habitación en Hogwarts aún. Conociéndolo, él acamparía con sus mantas el resto del año debajo de mi cama, escondido para sorprender a los posibles asesinos locos que juraron venganza o algo así. ¿El comportamiento de Alec era inusual? Sí, seguro, pero hasta los elfos domésticos se adaptaron al cambio, limpiando debajo de la cama y acolchonándole su almohada.

—¿Sí, joven señor?

Me incliné para ver al suelo, Alec sacaba su cabeza de debajo de la cama. Toda intensión de arrepentirme por despertarlo a una hora impía se esfumó, Alec me recibió con una sonrisa perezosa y rascándose un ojo, preparado para lo que fuese.

—Yo no voy a aguantar hasta el desayuno para averiguar el dato de Neville —confesé.

—No sé el paradero de la entrada a la guarida de los leones.

—No es necesario, vayamos directamente a la fuente.

—¿Hmp?

—Al corredor del tercer piso.

Alec sacó el torso de debajo de la cama y se sentó en esta. Yo me quedé recostado en el colchón, él se erguía sobre mí, cubriéndome con su sombra, la opaca luz verdosa de la ventana era constate, agradable y adormecedora.

—Joven señor, me temo que tendré que negarme, es riesgoso al extremo. Si Dumbledore nos descubre…

—No lo hará —sonreí con locura. Yo culpaba a los efectos secundarios del cruciatus de mi repentino y súbito coraje temerario —. Tengo una capa de invisibilidad que nos cubre a los dos. Iremos, veremos qué es lo que hay y regresaremos sin que nos noten.

—¿Una capa de invisibilidad? Cool, pero… —le hice un rostro de cachorro, mi tontería le sacó una sonrisa a Alec —. Está bien, joven señor, pero un vistazo y ya, no nos arriesguemos a los hechizos sensores.

—¡Eres el mejor, Alec!

El chico puso su mano sobre mi boca; juntos miramos a Draco, este no dejó de dormir con su antifaz.

—Más bajo, joven señor.

—Sí, lo siento.

Salí de mi cama con cuidado, dejando a Ismael sobre mi almohada. La capa de invisibilidad no abandonó mi baúl en esos meses, yo no le había dado ningún uso, no se me ocurría una actividad lo suficientemente interesante para arriesgarme a vagar por mi cuenta en los vacíos corredores de Hogwarts a expensas de la alta posibilidad de toparme con un docente o el señor Filch y su gata, la señora Norris. Por supuesto, en esta ocasión iba con Alec, no a solas, por lo que no estaba rompiendo, técnicamente, ninguna norma de papá, el mismo hombre que me instó a salir con la capa en busca del espejo no-se-qué.

Yo esperaba que papá le diera ordenes menos contradictorias a sus mortífagos o él tendría muchos problemas para ganar la guerra.

Alec y yo cupimos bajo la capa y aun sobraba tela. Caminar tan pegados era extraño, pero Alec se mantuvo detrás de mí andando a mi paso. No imaginaba a nadie más siendo mi sombra que Alec.

—Cuando yo crezca y papá ya no deba vigilarme con lupa me va a asignar un guardia permanente. Si te agrada la idea, me gustaría que fueras tú.

—¿Y-yo?

Alec permaneció impactado en lo que salíamos por el retrato. La amable serpiente del cuadro siseó dormida.

—Sí, has sido muy gentil conmigo, eres digno de confianza.

—Joven señor, para mí sería un honor servirle con mi vida.

No hablamos más; los corredores de noche eran demasiado similares a los de casa para que el recuerdo no me atacara. Con cada respiración el pecho se me llenaba de adrenalina, realmente debería de dejar de leer tanto a Stud, porque no lograba evitar que una banda sonora tocara dentro de mi cabeza y, por las risitas de Alec, no era el único. Saltarse las reglas era divertido.

El corredor del tercer piso se hallaba desierto. Aunque ahí era el lugar, no teníamos una idea de donde buscar, así que fuimos puerta por puerta, usando magia sin varita para abrir las cerraduras. Salones, salones y salones, nada remotamente interesante.

—No lo entiendo, debería estar aquí —murmuró Alec.

—¿Y si es una trampa? —traté de razonar.

—¿Disculpe?

—En la visita de mi padre, él y Dumbledore hablaron de un objeto oculto en un salón del séptimo piso, un objeto sumamente oscuro, el director le susurró el nombre a papá al oído.

—Lo recuerdo, mas no tiene lógica, ¿usar al corredor de distracción y luego dejar el objeto secreto en un salón a plena vista? Cualquier podría tropezar con él.

—Bueno, dicen que el director está loco —musité, no agradándome hablar mal del hombre -de nadie realmente-.

—Él no está loco, joven señor, no se trague su historia de portada. Es un viejo astuto —me recomendó Alec —. Hagamos lo siguiente, si está usted de acuerdo: terminemos de revisar las puertas, si no hallamos nada subiremos hasta el séptimo piso.

—Hagámoslo.

Tuvimos que abrir dos puetas más antes de lograr toparnos con algo, ¿cómo decirlo?, comprometedor.

Un perro de tres cabezas del tamaño de una casa.

Alec se aferró a mis brazos, nos quedamos estáticos; el animal reaccionó olisqueando el aire. La invisibilidad nos otorgaría una ventaja invaluable si se tratase de un perro considerado y vago, que no atacaría con sus colmillos gigantes al aire por una mera suposición. Igual que con mis historietas, la vida no era tan linda: la bestia se lanzó tras nosotros y fue lo último que supe en lo que respecta a mi visión, porque mis oídos solo captaron chillidos muy agudos y muy peligrosamente similares a los de Alec y míos en lo que huíamos enredándonos en la capa. Tal era mi urgencia qué tras pisar la capa, tropezar con esta y caer, me lancé en carrera arrastrando la tela, indiferente de lo que me hubiera ocurrido.

Bueno, la lealtad de Alec quedó probada, aterrado como estaba me abrió puertas y me dio paso echando miradas a nuestras espaldas, esperando la figura del perro en los cruces de pasillos. Pero por más de confianza que fuese Alec, yo cometí una imprudencia esa noche en medio de mi nube de terror: lo conduje a la Cámara de los Secretos. Papá me había concedido conocer la ubicación del lugar por si yo necesitaba ocultarme definitivamente, pues la cámara contaba con rutas de escape al exterior. Aquella fue mi primera opción de escondite.

Ábrete, siseé a la llave en el baño de chicas del segundo piso con forma de serpiente; esta respondió abriendo el ducto del que papá contó. La bajada en tobogán ocurrió estando nosotros bajo los efectos del pánico absoluto, Alec y yo sostuvimos nuestras manos y brazos en el trayecto, entre nosotros se apiñaba la capa de invisibilidad. Al caer, él reaccionó.

—¿Qué mierda hace eso en un colegio? —gritó.

Palabrotas, vaya. Hice un esfuerzo por levantarme, caímos sobre esqueletos de ratas y otros animales pequeños. Ugh.

—Retomo mi argumento, el director es un loco —la pierna derecha me palpitaba, me debí raspar la piel al caerme en el pasillo.

—¿Dónde estamos? —Alec miró alrededor con la varita en la mano, iluminando el suelo. La luz, naturalmente, brotaba de la nada, siendo suficiente para ver a nuestro alrededor, pero no lo bastante como para hacernos fácil la tarea de ubicarnos.

—En la Cámara de los Secretos —mi amigo descolgó la mandíbula —. Tienes que jurarme no contar sobre esto, papá me molería a correazos.

—Se lo juro, joven señor —Alec levantó su varita para hacer formal su declaración —. ¿La Cámara de los Secretos se mantiene en los terrenos de Hogwarts?

—Sí, pero el director no tiene acceso, cada fundador creó su propio espacio privado para sus descendencias y pusieron seguridad que… ahg, a veces me gustaría ser capaz de decir las malas palabras de papá —gemí.

—¿A qué se refiere?

—Papi suele maldecir a nombre de los pechos de Morgana.

Alec alzó una ceja.

—¿Y qué lo detiene a usted?

—Me da vergüenza —respondí con un rubor. Alec contuvo una risa y continuó.

—¿Por qué se le antoja decir una mala palabra?

—La seguridad de la Cámara de los Secretos es un basilisco.

—¡Coño! —exclamó. Resoplé —. No es gracioso, joven señor. Sáquenos de aquí, por favor.

—Espera, intento recordar… la salida está detrás del ducto de entrada.

La salida directa y que nos dejaba dentro de Hogwarts eran unas escaleras de piedra interminables a la vuelta del tobogán. Las antorchas colgando en las estrechas paredes nos iluminaban el camino, apagándose al abandonar las anteriores salas, de manera que no supimos exactamente cuánto subimos, pero se sintieron como horas. Misteriosamente no sentíamos ardor en las piernas, cansancio, sed o hambre.

—Yo tenía ganas de orinas, también se fueron —comentó Alec. Nos detuvimos un instante a tocar los muros, buscando la trampa —. Debe ser un hechizo de este lugar.

—No entiendo, esta ruta no es práctica ni… soy un tonto.

—¿Qué recordó? —mi amigo rodó los ojos antes de caer en cuenta de su acción —. Discúlpeme.

Desestimé su ofensa.

—Esta sala es de Slytherin, funciona con pársel. Salida.

Hubo un cambio abrupto de decoración, las escaleras se convirtieron en un liso piso de piedra, la senda que nos abría paso se remplazó con una puerta metálica. Giré el pomo y asomé la cabeza, Hogwarts.

—Cubrámonos de nuevo con la capa, por si acaso.

No estuvo de más la advertencia, la puerta nos dejó varados a las afueras del gran comedor y era un largo camino hasta la sala común se Slytherin. El cielo, al menos, estaba oscuro, las horas y horas caminando fuero una ilusión. No nos topamos con vivos en el trayecto, pero sí con el fantasma de Ravenclaw, una bella y melancólica dama. Y con las imaginarias horas dando vueltas, el amor a la aventura se esfumó de mis sentidos, siendo remplazado por un sueño pesado.

—Voy a dormir hasta que sea la hora del almuerzo.

—Tenemos clase.

Me quejé en voz alta.

Ingresamos con cuidado en la sala común, continuaba vacía. En mi habitación, Draco no detenía sus ronquidos. Alec era muy amable y le ponía un hechizo de silencio cada noche, de manera que veíamos mover su boca y nariz, pero no lo oíamos.

—Si, me raspé.

A la luz recordé mi pierna, en el camino ya había sentido la humedad de la sangre. No era una herida grave, pero yo no era bueno curando cortes.

—Mis hechizos de primeros auxilios son básicos —se excusó Alec levantándome el pijama de la pantorrilla para ver el corte; él acababa de volver de una visita veloz al inodoro —. No es tan grande, puede ir a la enfermería en la mañana.

—Tocará. ¿No tienes frío en el suelo? —le pedí al verlo que se iba de nuevo debajo de la cama.

Alec detuvo sus movimientos.

—Un poco, lancé el hechizo de calentamiento, pero se deshace a las horas y el piso retoma a su temperatura habitual. Los encantamientos de los elfos ayudan.

—Duerme conmigo acá arriba —ofrecí. La cama ya era lo bastante pequeña, mas no me sentía bien conmigo mismo si permitía que Alec pasara por el frío y la dureza del suelo; se acercaba el invierno, después de todo.

—No es correcto, joven señor.

—¿Quién lo dice?

Alec sonrió a mi tono malgeniado, lo más amenazante que lograba sonar.

—La lógica. Usted es el señor, yo el perro.

—Yo soy un bastardo sangre sucia, tú el hijo de dos magos nobles sangre limpia —le debatí.

—Da igual, sigue teniendo la misma sangre del señor tenebroso, usted es un príncipe sin importar el vientre que lo engendró.

Fruncí el ceño, Alec me recordó a Granger: tienes un padre que te compra respeto. Me encantaría asegurar que Alec sería el mismo si yo de repente dejara de ser el hijo de Lord Voldemort, pero era una estupidez siquiera considerarlo. Las cosas eran como eran, no existía lugar al tal vez, mi linaje no se despegaría de mí, tendría que aprender a vivir con ello.

—Como prefieras, pero si tienes frío sube.

Caí rendido en mi almohada y no supe más del mundo. Alec me despertó ya vestido con su uniforme, Draco no estaba a la vista.

—Malfoy acaparó el baño de nuevo, le voy a dar una lección a ese niño —gruñó mirando a la puerta.

—Déjalo —pedí, no me gustaban las peleas —. Con un par de hechizos estaré listo.

Tendría que volver a agradecerle a papá por su libro de hechizos caseros, mi boca estuvo limpia, mi cabello peinado y yo oliendo a jabón en un minuto, Alec me dio mi espacio para cambiarme el pijama y la ropa interior por una muda limpia de lo último y de mi uniforme. La sangre se había secado alrededor del corte, tendría que acudir a la enfermería antes del desayuno.

Mi mochila estaba empacada desde la noche anterior, así que la tomé a gancho ciego. Mi capa de invisibilidad se agolpada entre las sábanas de mi cama, la metí en mi baúl y cerré este activando la seguridad con pársel. Descubrí que debía pedirles directamente a los elfos que tendieran mi cama, ellos no lo hacían por los alumnos normalmente; no compartí mi dato con Malfoy, era divertido observarlo renegar en las mañanas acomodando el cubrelecho.

—Listo para la acción —dije a Alec en el pasillo —. Parada uno: la enfermería.

Con los corredores medianamente desiertos pude mantener una agradable charla con Alec sobre las probabilidades de los equipos nacionales de quidditch ese año. Si bien a mí no me decían nada los alumnos, a Alec aun lo insultaban cada dos por tres. Yo no dejaría jamás de admirar la frente en alto del moreno, el cual se mantenía firme ante lo que fuese.

Alec tocó por mí la puerta. Él me tenía echado a perder con sus atenciones, actuaba como un sirviente, lo que por lo visto era la forma en que mi amigo se veía. ¿De qué me sorprendía yo? Después de todo era el hijo de Bellatrix y Rodolphus.

—¿Señor Riddle? ¿Señor Lestrange? ¿Algún inconveniente? —nos dijo la enfermera al abrir la puerta.

—El joven señor se cayó anoche mientras iba al baño —habló Alec —. Era pasado el toque de queda y no pudimos venir.

La mujer se reacomodó las gafas.

—Oh bueno, entren y muéstreme la herida, señor Riddle —ingresamos y yo me levanté la bota del pantalón, mi media estaba doblada en mi talón. Yo me lastimé alguna vez en mi niñez jugando, pero de inmediato era atendido por Pimpón, papá o un mortífago. Aprendí a no llorar por los cortes cuando uno de los mortífagos -un señor extranjero con barba de chivo- se burló de mí: el pequeño bastardo es un llorón de primera, el señor oscuro debería arrojarlo a un cocodrilo y buscarse una mujer sangre pura. A los seis años, las palabras de él me aterrorizaron, hui de su presencia sin dejarle sanar mi corte y me encerré en mi habitación. Papá se enteró por la tarde, para ese punto Bellatrix, informada por Barty -quien me vio correr y me preguntó por lo sucedido-, ya llevaba unas cuatro horas torturando al sujeto acompañada de su esposo y cuñado. Supe que papá les permitió jugar con el mortífago dos días más —. Listo, señor Riddle. Hubo una infección menor, pero sanó también.

Miré mi pierna lisa y sin costras o sangre.

—Gracias.

Ella no me sonrió o se inmutó. Reconocí su mirada en blanco, ella me trató por su deber, pero no le habría importado dejarme desangrar.

—Vamos joven señor, el desayuno acabará —agregó Alec, tomándome del hombro con su brazo interpuesto entre ella y yo. Papi y Alec tenían razón, los Lestrange eran como perros. Afuera, él me dijo —: Esperemos que Longbottom haya conseguido algo jugoso.

Asentí, aceptando la distracción del tenebroso conocimiento que la enfermera de la escuela estaba en la lista de personas que me odiaban.

Neville nos recibió con una cara larga y el correo, doblando su copia del periódico. No hubo mensajes para mí, pero sí una carta para Alec que la lechuza no se permitía retirar de extraños. Nos juntamos los tres ignorando al resto de estudiantes de Gryffindor. Lo sucedido con el troll se había filtrado parcialmente, para el populacho vencí a la creatura con magia oscura, nadie sabía exactamente qué tipo de hechizo.

—Hagrid se negó a soltar prenda —inició Neville; Alec metió la correspondencia en el bolsillo interno de su capa —, pero él es malo guardando secretos, logré enterarme del nombre del dueño del objeto. Es un sujeto llamado Nicolas Flamel.

—¿Flamel?

—Sí, Harry.

—No me suena —dijo Alec.

—A mí sí, papá lo ha nombrado antes —en la privacidad de su oficina y exclusivamente con su verdadero círculo interno y de confianza, no el círculo en el que estaban Lucius o Severus.

—¿De la Luz?

—No.

—¿Mortífago?

—No, es un… inventor, creo.

«La creación del puto Flamel», eran las palabras de papi al mencionar al hombre.

—Puede ser cualquier cosa —se quejó Neville.

—Bueno, ya tenemos un inicio, Flamel —susurré el apellido evitando ver a la mesa de profesores. Nunca pasé por alto que Dumbledore no dejaba de observarme en las comidas, expectante a que hiciera... ¿qué? ¿Un acto terrible? —. Hay un objeto en el séptimo piso que deberíamos buscar, es oscuro, papá habló con el director de eso, puede que se relacione —dije sirviendo mi desayuno. No mencioné la capa ni nuestro paseo nocturno, con Dumbledore pendiente y Neville sin noción de oclumancia, dar la información completa era una receta para el desastre.

—¿Hoy?

—Iremos de noche —le respondió Alec.

Neville arrugó el rostro en preocupación.

—¿Y si nos pillan?

—¿Dónde está tu valor Gryffindor? —se mofó Alec —. No irás, tú no sabes camuflarte entre los muros, nos delatarías antes de asomar las narices por el séptimo piso.

Nuestra conversación se vio interrumpida por el periódico que nos lanzó Ron. Seamus estaba a su lado y parecía que intentaba retenerlo del brazo, mas Ron se le zafó.

—Muy bonito lo que hizo tu padre —me gritó deteniendo las conversaciones del gran comedor.

—¿Eh? —tomé la copia del Profeta, la portada era un montón de casas quemadas con el símbolo de los mortífagos flotando sobre ella —. «Mortífagos atacan pueblo muggle» —leí y miré a Alec con risa —. Papá siempre haciendo nuevos amigos.

—¡¿Te parece muy gracioso?! —me gritó un chico de Hufflepuf levantándose. Los maestros tuvieron la decencia de ponerse alerta, pero mi resiente descubrimiento con la enfermera me hacía desconfiar de ellos —. Mis tíos muggles están desaparecidos. ¡Dime donde están!

—¡¿Crees que tengo alguna idea?! —le gruñí —. ¿O qué tengo algo que ver con esto?

—Tu padre sí. Es un desgraciado.

—¡Pues búscalo y díselo a la cara! —me puse en pie. Alec me imitó, la cosa se pondría fea.

El chico sacó su varita, yo la mía, Alec la suya y Neville gimoteó encogiéndose en su asiento. Los docentes intervinieron antes de que la discusión trascendiera.

—Señor Smith, baje esa varita o serán diez puntos para usted.

—¡Se está burlando! —me señaló Smith; entre él y yo estaba de por medio la mesa de Gryffindor —. Mis tíos están desaparecidos junto a quince muggles ¡y él se ríe!

—Me burlaba de mi papá —agregué ante la mirada dura de Mcgonagall —. Era sarcasmo.

—¡Señor Riddle! Muestre empatía con lo sucedido y discúlpese con su compañero.

—¿Por qué? ¿Acaso estuve en la redada? Le diré a usted lo mismo que le dije a este: sí tiene un problema con lo ocurrido, profesora, ¡busque a mi padre y dígaselo a la cara!

—Señor Riddle —me regañó el director —. No le alce la voz a una docente.

—Ella me la alzó a mí —me defendí. Nunca antes había tenido una discusión, a papá se le decía «sí, señor» y los mortífagos me decían a mí «si, joven señor». La única persona que me llevaba la contra era mi padre, pero -como dije-, con él todo era «sí, señor».

—Porque usted está disgustando a un alumno.

—¿Disgustando? —dije lentamente anonadado con la parcialidad que se alzaba ante mí —. ¿Y él me puede culpar de un crimen? —antes de que Dumbledore pudiera hablar voltee a ver a Smith —. ¿Quiere que lo disguste, director? Te diré lo que les hicieron a tus tíos: los picaron en cinco partes aun estando vivos. Piernas y brazos se las tiraron a los perros, el torso con su cabeza, vivos, fue arrojado a Nagini, la serpiente mascota de papá. Y si hay una tía, la están violando y empalando para diversión publica de esos degenerados.

Un brillo en la varita de Smith me detuvo, lancé mi propio hechizo y el director otro. Se iba a armar una buena.