Capítulo 3
Desperté solo y abrazado fuertemente a la almohada de Rose, envuelto en su dulce perfume. Pensé que pasaría mala noche debido a los acontecimientos del día anterior, en cambio dormí como un bebé. Me estiré en la cama y chequé la hora – ¡Las diez! –Rápidamente me levanté, entré al baño y ordené un poco la habitación. Nunca antes me había levantado tan tarde como hoy, seguramente ya habrían desayunado todos. Dejé la ropa sucia en el cesto y bajé en busca de la morena ¿En dónde se habrá metido? Sin embargo a la primera que vi fue a mi madre, sentada en el comedor endulzando una infusión – ¡Buenos días! – Me acerqué y deposité un beso en su frente.
– Buen día, hijo – Cariñosamente palmeó mi mejilla – ¿Dormiste bien? – Asentí dirigiendo la mirada hacia la mesa, había solo un lugar dispuesto con humeante café, pan integral y una tortilla de huevo con vegetales.
– No era necesario que me prepararas el desayuno – Abrí la silla para sentarme y di un sorbo a la bebida caliente. Mmm... justo como me gusta.
– No he sido yo – Comentó con una sonrisa de oreja a oreja.
La miré contrariado – Entonces qui...
No terminé la pregunta cuando Rose salió de la cocina. Llevaba el cabello suelto, vestía un short corto y una de mis camisas favoritas de franela, la cual definitivamente no volvería a ver con los mismos ojos.
Lo que ocurrió después pasó tan rápido que ni tiempo me dio a reaccionar. Caminó directamente hacia mí, colocó un tazón con fruta picada en la charola y sin más se sentó en mi regazo plantándome tremendo beso.
Instintivamente posé las manos en sus caderas – ¡Despertaste! – Se quejó haciendo un mohín – Camarada, acabas de echar a perder mi sorpresa para ti – Jugaba con las puntas de mi cabello consiguiendo erizarme por completo.
Mi respuesta fue contemplarla hipnotizado. Sus largas pestañas, mejillas sonrosadas, las pecas casi imperceptibles de su nariz y sus rizos desordenados la hacían lucir bellísima.
– ¿Ah s... si? – Balbuceé.
– Sí – Melosa acarició su nariz con la mía – Pensaba llevarte el desayuno a la cama – Pinchó un trozo de fresa con el tenedor y me la dio a comer en la boca, gesto al cual no pude negarme y tampoco es como si hubiera puesto mucha resistencia.
Entonces recordé que no estábamos solos, tragué la dulce fruta y hablé aparentando la serenidad que no sentía – Roza... – Le advertí, aunque no sabía exactamente qué – Qué va a decir mi madre, no podemos estar dando estos espectáculos en su casa.
– ¿Qué, qué voy a decir? – Soltó la aludida – ¡Qué me encanta verlos así de contentos y enamorados, me hacen tan feliz! – Sus ojos se cristalizaron – Y yo pensando que estabas solo en una ciudad tan grande, absorbido por la Empresa y dejando tu vida pasar. Me alegra tanto haber estado equivocada – Enjugó sus lágrimas – Bueno, los dejo solos, le llevaré el té a la abuela.
En cuanto desapareció por el pasillo enfrenté a la exótica mujer en mis piernas.
– ¿Qué crees que estás haciendo? – Se apartó un poco y yo la sujeté por los codos. No sabía si para alejarla más o para evitar que lo hiciera.
Resopló – Le doy realismo a nuestro compromiso, o cuándo has visto a una pareja de enamorados que no se besen.
Era obvio que tenía que pasar en algún momento, lo pensé un par de veces durante el vuelo. Lo que no esperaba era sentirme tan afectado.
– Tienes razón, pero al menos avísame, así sabré cómo actuar.
– Eso no va a suceder – La miré enarcando una ceja – Si te lo hubiera dicho habrías estado nervioso y Olena lo hubiera notado al instante. En cambio ella está encantada con nuestro "amor" – Hizo comillas al aire.
Cambié el semblante cuando sus reclamos de anoche volvieron a hacer eco en mi cabeza. Suspiré e inconscientemente levanté las manos para de un solo movimiento echar su cabello hacia atrás, pasando mis dedos entre sus rizos, deteniéndome a la altura de su espalda baja.
– Respecto a lo de ayer, quiero pedirte una disculpa. Yo... – Me hizo callar al colocar un dedo sobre mis labios.
– No es necesario que lo hagas, sé que no lo hiciste de manera intencionada – Quitó su mano para juntarla con la otra detrás de mi cuello – Pero agradezco y acepto tus disculpas – Sonrió ampliamente – Espero que la próxima vez que te haga una invitación, la aceptes.
Conforme avanzaban los minutos cada vez me era más difícil apartar la mirada de sus rasgos o de sus labios para el caso. Era como si no la conociera, como estarla viendo por primera vez en mi vida. Y francamente eso me asustó.
– T... tú, ¿lo preparaste para mí? – Señalé la comida desviando la conversación.
– Sí y será mejor que te la termines – Se cruzó de brazos – Tuve que levantarme muy temprano para hacerlo y fue muy incómodo tener a Yeva encima de mí supervisándolo todo – Frunció la nariz – Fue como una especie de prueba que pasé utilizando los ingredientes correctos.
Reí ante la imagen – Gracias Roza, se ve delicioso – Caímos en un silencio cómodo, perdidos en los ojos del otro. Aquello era magnético.
– ¡Hey tortolitos, vayan a un hotel! – Mis hermanas llegaron de la calle cargando varias cajas y bolsas, Rose se rió con ellas de la broma de mal gusto para luego levantarse y quitarle a Sonya algo de peso, dejándome a mí con una sensación de vacío en las entrañas.
– ¿Qué no tienen casas propias? – ¿Por qué tienen que ser tan inoportunas? – ¿Qué hacen molestando tan temprano? – Evité que Vika robara de mis fresas dándole un leve manotazo – Consigue tu propia comida, niña.
Me sacó la lengua y tomó una manzana verde del frutero – ¿Cómo lo soportas, Rose? – La morena se encogió de hombros y ellas volvieron a reír ¡Mujeres!
– Fuimos de compras – Comentó Sonya – Hoy tiene que quedar todo listo para la fiesta de la abuela.
– Podemos ayudar – Ofreció Rose, acercándose a Karolina que vaciaba con cuidado el contenido de las bolsas.
Disfruté de mi desayuno mientras ellas se ponían de acuerdo sobre la comida, bebidas, bocadillos y decoraciones para el festejo. Y como si de un imán se tratara nuestras miradas seguían encontrándose constantemente, descolocándome más cada vez.
¿Qué diablos me está pasando contigo, Roza?
– ¿Dimka? – Regresé a la realidad cuando Vika abanicó su mano frente a mí – En dónde tienes la cabeza, es la tercera vez que te llamo ¿Compraste un obsequio para Yeva, verdad?
– Emm... yo... verán... – Rasqué mi nuca.
– ¿¡Lo olvidaste!? – Reclamaron las tres en distintos tonos.
– ¡Oigan, dejen a mi novio en paz! – Rose quiso mediar la situación – Él y yo acordamos ir al centro comercial y elegir algo juntos – ¡Ay, no!
– ¿Dimitri de compras? ¡Ja! ¡Pagaría por ver eso!
Entre los preparativos y las mil actividades que tenían programadas las mujeres de mi casa, el tiempo voló y pronto nos vimos camino al centro comercial. En un principio me disgustaba la idea, pero luego pensé que no sería tan malo salir con Rose y escapar un rato del ajetreo en el que nos habíamos metido. No obstante, lo que pudo ser una tarde tranquila en donde tendríamos la oportunidad de descansar de nosotros mismos separándonos para realizar nuestras propias compras, se convirtió en una tarde en la que haríamos de niñeros. Y todo gracias a que a la abuela se le ocurrió la grandiosa idea de que lleváramos a mis sobrinos, alegando que nos serviría como entrenamiento para cuando tuviéramos hijos.
Paul caminaba tomado de la mano de Rose mientras que yo llevaba a Zoya en brazos. Lo primero que hicimos al llegar fue visitar una tienda de antigüedades para buscar ahí el regalo de la abuela. Nos decidimos por un camafeo estilo victoriano y un chal bordado a mano. Cuando salimos y como recompensa por portarse bien y ser pacientes, Rose propuso un plan para pasar una tarde divertida. Sugirió recorrer el lugar y entrar a las tiendas más llamativas para los niños y para ella misma, idea que en cuanto escucharon mis sobrinos estuvieron totalmente de acuerdo.
Iniciamos en los almacenes de juguetes, ahí supe que a Paul le gustaba coleccionar LEGO. Rose le dijo que era libre de elegir cualquiera y se lo compraría, el niño sonrió feliz optando por la edición especial de Star Wars. También descubrí que Zoya amaba los Reborn, una especie de muñecos bebés realistas que a mi parecer dan más miedo que ternura. Su hermano mayor explicó que la niña no tenía ninguno debido a lo caros que eran y yo viendo su carita ilusionada no pude salir de ahí sin comprarle un ejemplar, el cual prácticamente no dejó de abrazar durante todo el recorrido. Por increíble que parezca Roza también compró algo para ella, un juego de mesa, pues desde siempre ha sido aficionada a ellos.
La siguiente parada la hicimos en el área de juegos, esas en donde hay una gran variedad de máquinas para jugar... obviamente. Verla juguetear con los niños, comer golosinas con ellos, reír abierta y genuinamente me hizo dar cuenta lo mucho que estaba perdiendo. Y como si se tratara de un contagio terminé jugando con Paul en los carros chocones, disparándole a los indios y ganando un unicornio para Zoya y un koala para Rose.
Lo que creí que sería una tarde espantosa se convirtió en una de las mejores de mi vida. Pese a ello, no dejaba de sentir cierto conflicto conmigo mismo.
Luego de tanto reír y jugar los tres Mosqueteros morían de hambre, así que con la intención de "merendar" fuimos a McDonald's, lo que para Rose era el paraíso. Pidió dos hamburguesas, papas y una Coca Cola, para los niños ordenamos nuggets de pollo, papas fritas y jugo de naranja, yo preferí una hamburguesa acompañada de bastante ensalada y una botella de agua. Cuando el camarero llevó la orden, equivocadamente puso mi ensalada frente a Rose, quien se indignó fuertemente tomando de la charola sus hamburguesas con doble queso, dejando más que sorprendido al chico.
– ¿Tío Dimka, antes de irnos podemos comprar un helado? – Preguntó Paul.
– Siiiii, de fesa – Aplaudió Zoya.
Rose me sonrió encogiéndose de hombros – Está bien, pero si pierden el apetito para la cena yo lo negaré todo – Ambos asintieron sonrientes.
– ¿Dimka, eres tú? – Me volví para encontrarme con...
– Tasha – Me saludó con un beso en la mejilla que prolongó más de lo necesario.
Natasha Ozera había sido la capitana del equipo de porristas de mi generación, con todo lo que eso implica ser: guapa, sofisticada y popular. Y la chica por la que estuve muy colado en el pasado, como muchos otros. Desgraciadamente nunca me notó... como a muchos otros.
– ¡No puedo creerlo! ¿Cuánto tiempo? Y tú estás... muy bien – Dijo seductoramente, colocando su mano sobre mi pectoral derecho.
– ¡Tía Roza, el helado! – Pidió Paul, tirando de su falda corta.
Entonces Tasha notó a la morena – ¡Ah, Rosemarie! No te vi – Rose rodó los ojos.
– Natasha, tú siempre taaan agradable – La saludó con evidente sarcasmo sin apartar la mirada de su mano, parecía que la recién llegada no tenía ninguna intención de perder ese contacto conmigo y yo por alguna razón tampoco se lo pedí – Llevaré a los niños por la nieve – Me quitó a Zoya de los brazos y sin siquiera mirarme se alejó.
Tasha reclamó mi atención nuevamente tomándome de la barbilla para que la mirara – Escuché que te ha ido excelentemente bien en Boston. Montaste tu propio Emporio, felicidades – Siguió con el coqueteo – Mira, ahora llevo prisa, pero si te apetece más tarde te invito a cenar y así nos ponemos al día.
Era evidente su propuesta y en el pasado no hubiera dudado en aceptarla. De reojo vi a Rose con la mirada perdida, esperándome sentada mientras los niños comían sus cucuruchos. Algo me estaba pasando con ella y cada vez me era más difícil ocultarlo.
Se suponía que esto era una mentira y yo no tenía por qué complicarlo más.
– Me encantaría.
Terminé aceptando, pensando estúpidamente que tener una cita con otra mujer me ayudaría a despejar la mente y aclarar mis dudas.
Durante el viaje de regreso mis sobrinos cayeron rendidos. Rose iba en perfecto silencio atenta a la ventanilla, ni siquiera había hecho un comentario sarcástico sobre la música que sonaba. Toda la alegría del día se había esfumado.
Llegando a casa los niños despertaron y corrieron a contarle a su madre y abuelas lo bien que la pasaron con la tía Roza, la cual volvió a sonreír y aparentar como lo había estado haciendo desde que llegamos.
Papá y los chicos decidieron hacer la cena en el jardín, una pequeña parrillada. Les ayudé con algunas cosas y luego subí a mi habitación a prepararme para la cita. No estaba convencido, pero la escena con la que me topé me hizo decidirme debido a las vertiginosas sensaciones que experimenté.
Con la garganta seca, las rodillas debilitadas y las manos hormigueándome, la contemplé envuelta en una toalla que apenas cubría lo necesario. Tragué, por sus piernas y brazos corrían algunas gotas que hacían brillar su piel tersa.
Estaba de espaldas terminando una llamada – Adiós Liss – Al oír la puerta cerrarse se giró tan rápido que la toalla que envolvía su cabello cayó al piso – Dimitri... – Pronunció con los ojos muy abiertos y el rostro enmarcado por sus rizos húmedos.
Y pese a que también la había tomado por sorpresa no reparé en ello, ya que lo único en que podía pensar era en que jamás mi nombre se había escuchado mejor de sus labios.
– Perdón, no sabía que estabas... este... yo... – Señalé detrás de mí, parecía un idiota – Volveré después.
– No es necesario – Se apresuró a decir – Puedo terminar de arreglarme en el baño... ¿o es que pensabas ducharte?
Me obligué a caminar hacia el armario, necesitaba tener las manos ocupadas o de lo contrario cometería una locura – Sí, es que tengo una cita.
– Hmm... – Arrugó su ceño – Con Natasha, supongo.
– Sí – Revolví mi ropa sin siquiera mirar. La tensión en los músculos de mi espalda me estaba matando – Quedamos para... ya sabes, ponernos al día.
– Por supuesto – Por el tono de sarcasmo supe que no me creía, lo que me empujó a preguntar.
– ¿Eso está bien contigo, no? Digo, solo vamos a cenar.
Me dio la espalda y respondió con significante indiferencia – No tienes por qué darme explicaciones. Esto es una farsa, ¿recuerdas? Siempre y cuando seamos cuidadosos eres libre de salir con quien quieras al igual que yo – Pensamiento que no me gustó en lo más mínimo – Descuida, algo se me ocurrirá para excusarte en la cena – Dando por terminada la conversación comenzó a aplicarse crema humectante en las piernas como si yo no estuviera presente.
Cuando salí del cuarto de baño ella ya no estaba ahí y con todos reunidos en la parte trasera de la casa me fue fácil salir sin dar explicaciones. Llegando al lugar indicado aparqué el auto, pero me fue imposible salir de él.
¿Qué estás haciendo? ¡Esto no está bien!
Roza... farsa o no, ella no se lo merece.
Y con todo lo que me ha ayudado... no, si lo hago sé que no me lo perdonaré jamás.
Apreté la mandíbula y liberé mi coraje golpeando el volante – ¡Dame una señal! – Dije sin saber a qué o a quién, fue entonces que cerrando los ojos el beso de esta mañana apareció en mi mente.
Estuve fuera aproximadamente hora y cuarto. Cuando salí al patio trasero todos estaban reunidos alrededor de una fogata que atizaba Abe mientras los niños tostaban malvaviscos. Busqué a Roza casi de manera desesperada y la encontré sentada en la hamaca de mimbre que cuelga del árbol. Tenía el ceño fruncido y parecía no estar prestando mucha atención a lo que Janine le decía.
Sin perder más tiempo me acerqué – ¿Aún hay lugar para mí?
Sorprendida volteó a verme. Delicadamente la tomé de la mano, la levanté para sentarme en su lugar y luego llevarla a mi regazo. Janine sonrió complacida y pronto nos dejó a solas.
– Regresaste muy rápido – Murmuró.
– No quise hacerlo – Acaricié su mejilla.
– Por qué no, yo vi a Natasha muy dispuesta – Arrugó su nariz, gesto que descubrí me encantaba que hiciera.
– No era justo para ti – Ni para mí – Decidiste ayudarme desinteresadamente cuando otra en tu lugar me habría abofeteado o buscado la forma de ganar algo a cambio – Susurré evitando que alguien pudiera escucharnos – Te has portado tan bien conmigo y me muestras constantemente tu apoyo incondicional, que simplemente no quise decepcionarte – Mordió su labio inferior con nerviosismo – Te mereces todo mi respeto y mi agradecimiento Roza, nunca voy a olvidar esto que haces por mi abuela.
Rocé su nariz con la mía antes de llevar un dedo a su labio para liberarlo y darle el más suave de los besos – ¿Qué haces? – Preguntó escondiendo su rostro en mi cuello, apoyándose por completo en mí.
– Le doy realismo a nuestro compromiso, o cuándo has visto a una pareja de enamorados que no se besen – Cité, atrayendo toda la atención cuando nos reímos.
Una vez se fueron a descansar nuestros padres y la abuela, nos quedamos un rato más disfrutando de la calidez del fuego.
– Es que los veo y no lo creo – Tomando como excusa el sereno de la noche y que teníamos que seguir aparentando frente a la familia, nos mantuvimos acurrucados – Tu sueño se hizo realidad, amiga – Dijo una Vika soñadora.
Sentí a Roza tensarse entre mis brazos, lo cual me dio curiosidad – ¿Qué sueño?
– ¡Ay, Dimitri! – Comentó Sonya – Me vas a decir que no sabías que Rose siempre estuvo enamorada de ti.
Mi atención se volcó completamente en la mujer entre mis brazos, quien se incorporó un poco alejándose de mí – La verdad es que no sé de qué me hablan... ¿Roza?
Karolina sonrió – ¡Era obvio, todos en esta casa lo sabían! – Mis cuñados afirmaron.
– ¿No se lo habías confesado? – Viktoria parecía estar viendo uno de sus doramas favoritos.
Entonces Rose suspiró derrotada – Pues no, pensé que ya no era importante decírselo – Se encogió de hombros restándole importancia.
¿Creyó que no era importante?
¿Por qué pensó eso?
¿Eso marca alguna diferencia?
Ella cambió el rumbo de la charla al preguntarle a Mikhail por el parto de Sonya, pues él siendo su esposo y además su obstetra, sería el encargado de traer a su propia hija al mundo en el hospital donde ambos trabajaban. Cuando los niños pidieron irse a dormir la reunión terminó, mis hermanas se retiraron a sus respectivas casas y Rose se adelantó a la habitación en lo que yo apagaba las brasas y aseguraba las puertas.
– Pensé que te apetecería un poco de chocolate caliente – Cerré la puerta y en seguida me aproximé a entregarle la taza.
– Gracias camarada – La recibió con ambas manos aspirando el dulce aroma antes de sentarse a la cabecera y comenzar a beber.
Envueltos en un ambiente que al menos yo percibí cargado de cierta tensión, me senté frente a ella. Se había desmaquillado, se hizo un moño desordenado en el cabello y ya vestía su sexy pijama.
– Hoy pasé una tarde increíble con los niños y contigo – Sonrió jugando distraídamente con su taza – Lamento mucho haberla echado a perder.
Hizo un mohín – Olvidemos esa parte, quieres. Al final de cuentas regresaste – Nuestras miradas se cruzaron, una especie de electricidad me recorrió el cuerpo completo, aquello era tan poderoso que me impulsaba hacia ella. Sin embargo yo necesitaba saber, no podía quedarme con la duda.
– Roza – Le quité la taza dejándolas sobre la mesilla de noche, me acerqué un poco más y le tomé la mano – ¿Es cierto lo que dijo Vika?
Soltó un gran suspiro – Sí, es cierto.
– ¿Por qué nunca me lo dijiste? – Hablé atento a sus reacciones.
– Porque el día que reuní el valor suficiente para hacerlo me dejaste muy claro lo distintos que somos – Me regaló una pequeña sonrisa – Además te la vivías babeando por Natasha, era obvio que yo no era tu tipo en lo absoluto.
¡Qué tonto!
– Lo siento – Le escondí un mechón detrás de la oreja – Te juro que nunca me di cuenta.
– Eso me quedó claro al ver tu reacción – Rió – Seguramente no es fácil enterarse quince años después que la mejor amiga de tu hermana estuvo enamorada de ti – Bromeó ¿Estuvo enamorada? O sea que ya no... – Pero ya, no hay que darle tanta importancia a un simple flechazo.
– ¿Estás segura que solo fue eso? – Enarqué una ceja.
Me soltó para meterse debajo de las sábanas – Camarada fue una tontera adolescente, no es como si ese enamoramiento me hubiera llevado a aceptar una oferta de trabajo en Boston solo para seguirte en busca de una oportunidad. Sería absurdo no crees.
– Sí... muy absurdo – Murmuré.
Apagué el resto de las luces quedando en total penumbra y me fui a la cama sin una pizca de sueño ¿Qué voy a hacer ahora con esto que siento?
Me acosté de lado para admirarla ¿Por qué tiene que ser tan complicado ahora...?
Ahora que ella ya no parece estar interesada.
