Hoy tuve un día malditamente aburrido. Todo era seguir estas malditas reglas impuestas por mi "familia", cosa que simplemente detestaba y muchas veces trataba de ignorar. Odio a toda la gente que me rodea, pues no hay seres más falsos y traicioneros que todos aquellos que se encuentran a mi alrededor. La familia Takareda. Detesto este apellido. Recuerdo que cuando era pequeña, mi apellido era Higurashi, y es el que me gustaría mantener hasta el día que me muera, pero no es así.

He estado siendo adiestrada desde que era pequeña por mi familia, para ser la sucesora. En esa época lo tomaba con alegría, pues no sabía nada de lo que todo esto conllevaba; pero era feliz, pues mi familia estaba conmigo. Sin embargo todo eso desapareció un día de buenas a primeras, y ahora vivo con gente que no tiene mi misma sangre, ya que ni siquiera son parientes. Mis recuerdos están llenos de desesperación. Y esta pequeña caja de pandora estaba cerrada, hasta que apareció en causante de que esta se abriera nuevamente.

Odio esta vida. Siempre tengo que estar pendiente de todo, de las personas que entran y salen de mi casa. Pendiente de que ningún subordinado se revele, o que no atrapen a los matones de mi padrastro.

Tenía la suerte de que ellos ya no me siguieran de ninguna manera. Este hombre había obligado a que una panda de sus mejores hombres me siguieran a todas partes para vigilar mis movimientos, pero lo único que logró es que yo les diera miles de palizas, y acordé con ellos que cuando yo desaparecía, podían hacer lo que les diera la gana. Y así fue desde entonces.

Recuerdo con claridad cómo es que mi odioso padrastro, me había pedido (Más bien exigido) que siguiera a un joven; que era nuevo en la ciudad. Inuyasha Taisho. No sabía para nada quién era él, ni tampoco la finalidad de tanto seguimiento. Sin embargo, asentí sin dar respuesta alguna.

Un día me encontré con el jovencito que había mencionado mi padre, y no pude evitar rodar los ojos al ver lo patético que se veía. Escapó de casa, sin nadie siguiéndolo. Esto era el colmo. Este lugar está plagado de asesinos, y él no parecía estar al tanto. Gruñí con impaciencia. Lo seguí sin que él se diera cuenta, y vaya que era idiota.

Después comenzó a llover. Rodé los ojos con exasperación. Noté que se escondió entre los árboles de un parque y se quedó allí, compadeciendo su miserable existencia. Me dieron ganas de gritar. ¿De verdad tenía que seguir a un maniático depresivo? No me interesó, y me acerqué a él, trepé a un árbol cercano desde donde podía ver su figura claramente.

Noté que en un momento se quedó calmado, y pude notar algo. Este idiota miraba la pista con gran afán. Mierda. A mí me dijeron que lo siguiera, no que dejara que muriera. Cuando me di cuenta que estaba entrando a la pista, habiendo un tremendo tráiler acercándose, no lo dudé dos veces.

Me acerqué, lo abracé e hice que cayéramos al otro lado de la pista. Odiaba las tonterías de personas como él que no saben cómo enfrentar la vida, porque me hacían recordar que yo no había podido rendirme, no me lo habían permitido. A mí me obligaron a seguir adelante, pese a tener una vida miserable. Pero eso jamás lo diría. Ese día le di una gran lección, y milagrosamente fue sin golpes. Me enorgullezco de mí misma.

De este suceso pasaron días aburridos, en que no salió de su casa ni una sola vez, así que dejé de rondar el lugar; y decidí quedarme en casa. Allí dentro me encontré a uno de mis guardias, que era el dulce Shippo. Era bastante joven, y yo había discutido con mi padrastro sobre tenerlo aquí, y a él no le interesaba con tal que cumpliera con su deber. Por Dios, ¡solo tenía 14 años!

Pero a ese hombre nada le importaba. Por eso lo odiaba. Algún día lograría irme de aquí, cuando al fin lograra meterlo a él y a su esposa en la cárcel. Dejé de pensar en tantos inconvenientes, y esperé pacientemente que estos días terminaran y llegara el comienzo de clase. Otra cosa que odiaba.

Yo era la encargada de la seguridad del colegio, pues los directores eran amigos íntimos de mis padrastros, y sabían de buena mano que yo lograría parar cualquier tipo de pelea, entre esta clase de problemáticos. Los alumnos del lugar eran sumamente agresivos, y debía velar por la seguridad de los que no lo eran.

El día del comienzo de clases, me vestí con la ropa más holgada que tenía, con short por debajo (por si tenía que pelear con alguien) y una ancha casaca. El director del colegio odiaba que anduviera con esta clase de vestimenta en la escuela, pero a mí no me interesaba. Le di un ultimátum, y si no me dejaba vestir así, pues no ayudaría a hacer segura su escuela. Aún recuerdo su rostro deformado por una gran mueca de ira. Así logré mi cometido. Odiaba que vieran mi rostro.

Decidí ir temprano, pues tendría que ver y revisar listas a ver si había personas nuevas, y pude comprobar que justamente la persona que se me había mandado vigilar, estaba en este colegio. Mi vida sería más complicada teniendo que vigilar a alguien en mi centro de estudios.

Las primeras horas las pasé desinteresadamente, y cada pregunta que la maestra me hacía la respondía excelente y sólo me miraba enfurecida. Nunca podían hacerme caer, pues yo estudiaba los temas antes de cada clase, pues sabía del odio de los docentes hacia mí, pero no los culpaba.

En una de esas, tocó con la profesora Sango, la cual era una de las mejores. Me alegró en algo el mal día saber que ella sería una de mis docentes este año. Cuando llegó la hora de receso, los chicos comenzaron a seguirme como perros en luna. Con la mirada de hielo, logré hacerlos irse. Sabía perfectamente que ellos estaban interesados en mí, y era precisamente por eso que los alejaba; no soportaba la idea de tener a idiotas pegados a mi persona.

Revisé los alrededores en busca de mi persona investigada, pero sólo pude ver cómo Naraku lo intimidaba. Era un asco ese chico, pero no le bajó la mirada a Naraku. Era un gran comienzo. Los vigilé un momento más, y Naraku se dio cuenta de mi presencia. Luego lo dejaron en paz. Sabía que no le convenía armar una pelea el primer día de clases.

Regresé a mi aula con mucha calma, a escuchar más lecciones aburridas, y luego vi cómo la secretaria del director me llamaba a su despacho. Lo suponía. Salí del aula con paso ligero y llegué a dirección. Allí el director me dijo.

- Señorita Takareda, aquí están todas las listas de alumnos de este año – Dijo como si nada – encárguese que la seguridad sea la mejor, sólo usted sabe hacerlo. Ahora, retírese – Dijo el viejo director.

Odiaba, incluso, al director. A los alumnos. No tenía por qué importarme la vida de los demás dentro de la escuela, si ya tenía que velar por la seguridad fuera de ella. Ese era mi deber autoimpuesto, para que se me sumara este, que era más aburrido.

Decidí no retornar a clases, e ir a la caseta que tenía para mi disposición en el lugar. Entré y me senté en la mesa medio apolillada que allí tenía. Suspiré con aburrimiento. Revisé todos los papeles y vi que con las justas había pocos alumnos ingresados en los diversos grados.

Decidí dejar eso de lado, y ponerme a pensar. ¿Qué buscaban con que hiciera estas cosas? Yo sabía muchos secretos de la ficticia familia que tengo. Sé más de lo que debería saber, y es por ello que sigo metida en esa casa. Si yo hubiera querido, hubiera denunciado que mis padres fueron asesinados en aquella época, pero no lo sabía. Lo supe mucho tiempo después, cuando ya las pruebas habían sido casi totalmente eliminadas. Lo peor de todo es que habían sido mis padrastros, de eso no había ninguna duda, tenían que ser ellos.

Me recosté sobre la mesa y me dormí. Como siempre las pesadillas me asaltaron, y desperté sólo unos minutos después. Había aprendido a lidiar con mis fantasmas, y era demasiado evidente. Escuché sonar la campana que anunciaba el fin de las clases de hoy. Al final me había saltado toda la segunda etapa. Quise quedarme en este lugar un rato más, sin embargo algunos sonidos inquietantes me causaron mucha curiosidad.

Salí buscando el origen de este sonido que rompía mi silencio, y lo que vi me dejó furibunda. El grupo de Naraku estaba golpeando a un alumno, pero no cualquiera. Al que golpeaban, era el Taisho que se me había encargado seguir. Aparte de ello, hacer estas cosas en la escuela estaba prohibido.

Me acerqué al lugar dando pequeños aplausos, y vi como ellos me miraban con terror. Menos Naraku, que sólo me observaba con deseo. Les dediqué una mirada envenenada y les dije:

- Qué bonito espectáculo – Siseé amenazante - ¿Así que dando la bienvenida al nuevo, no? Pues yo les daré su lección, aquí saben quién manda – y me acerqué, dispuesta a golpear a todos ellos. Comencé con uno al cual le di un rodillazo en el estómago. A otro un gran puñete en la cara. Los demás quisieron golpearme, pero no podían. Yo no había pasado años entrenando para que unos inexpertos quisieran ganarme en una pelea. A Naraku no lo toqué, pues este imbécil era lo que más deseaba, que yo lo tocara.

Se fueron todos con el rabo entre las piernas, cual perros asustados; dejando la presa abandonada. Me arrodillé dejante de él y pude escuchar un suave murmullo de su boca. "Kikyo", pude captar antes de que él cayera en la inconsciencia. Rodé los ojos. Quise llevarlo a la enfermería, pero sería muy problemático; ya que tendría que quedarme para las averiguaciones respectivas. Así que decidí llevarlo a la caseta donde yo solía estar cuando tenía que organizar varias cosas aquí. Lo metí allí, y este chico pesaba bastante. Lo acomodé en una de las colchonetas disponibles y procedí a curar sus heridas. Lo toqué por encima de la ropa, y pude notar que no tenía costillas rotas. Una suerte.

Una vez curé sus heridas, esperé que despertara. Por mientras, aproveché a leer un libro de thriller psicológico: El psicoanalista. Estuve casi una hora prendida a él, hasta que escuché los gemidos lastimeros del idiota. No me acerqué, pues dejaría que él solo se diera cuenta de dónde se encontraba. Fue algo difícil para él, y además parecía alarmado. Me compadecí, sin embargo no dejaría que viera la pena que me causaba.

Me acerqué a él y le pregunté seriamente:

- ¿Cómo están tus heridas, Taisho? – Y li miré con frialdad. Noté que levantaba la mirada en mi dirección, y me miraba plenamente sorprendido.

- ¿Tú? – Me dijo sin pensar - ¿Eres la del parque, verdad? – Expresó con duda. Yo solo lo miré con indiferencia – Dime ¿lo eres? – Me comencé a hartar. Era un hecho que me había reconocido, y ¿aun así preguntaba? Me contuve y asentí con la cabeza.

- Te tengo que acompañar a casa – Le dije con fiereza – Te has metido en un buen lío, y ese grupo probablemente te espere afuera – acoté. Me miró desconfiado y luego asintió. Recogió sus cosas y salió detrás de mí en completo silencio. Pude notar que me observaba, y no tenía intención de dejar de hacerlo. Me incomodé aun más (si era posible).

- ¿Qué tanto me miras? – Espeté con ira – A mí no me gusta que se me queden mirando ¿quedó claro? – Le dije seria, demasiado seria.

- Te pareces demasiado a alguien – Espetó calmadamente, luego suspiró – ¿Conoces a Kikyo?

Me sorprendí que me preguntara por alguien, con mucha confianza. ¿Sería esa la razón de su llanto el otro día? No me interesaba. Paró en su andar. Giré hacia él y negué firmemente con la cabeza. En absoluto silencio, anduvimos hasta llegar a la casa de él y quise seguir de largo. Sabía que había bastante seguridad en esa casa, y ahora que había estado más cerca, me di cuenta que era muy buena, pero no perfecta.

Deseé irme en ese mismo momento, pero no conté con el grito asustado de una mujer y los innumerables abrazos y besos que le dio a su hijo. Bufé. Al ver la escena, decidí marcharme más rápidamente, pues no pintaba nada ahí. Sin embargo, la mujer me llamó.

- ¿Vienes acompañando a mi hijo, verdad? – Preguntó – Síguenos y te invito algo de comer – terminó sin lugar a réplica. Iba a negarme, pero no lo hice. Tenía que saber qué clase de familia era esa. Al ingresar el arrepentimiento pasó por mi rostro. Esta familia era como la que yo tenía, no había duda. También eran de la mafia. Me puse totalmente rígida y alerta a los movimientos externos, aún cuando la mujer fue por demás amable conmigo. No podía confiarme.

- ¿Cuál es tu nombre? – Preguntó la mujer con bastante amabilidad.

- Kagome – Respondí tranquilamente. Pudo notar como, por un segundo, la sorpresa atravesaba los ojos de la mujer.

- Ya veo – Dijo con una sonrisa - ¿Tú ayudaste a mi hijo, verdad? – Preguntó con bastante simpleza. Solo asentí. Noté al joven Taisho bufar e irse inmediatamente de la mesa murmurando cosas entre dientes.

La mujer lo siguió con la mirada hasta que se perdió por las escaleras.

- Te agradezco tu ayuda. Inuyasha no es muy bueno en peleas, me parece que tú sí ¿verdad? – Preguntó con una falsa curiosidad.

Se dio cuenta inmediatamente que no eran preguntas de una persona curiosa. Yo sabía diferenciar eso inmediatamente. Decidí darle respuestas evasivas, cosa que ella notó de inmediato. Me sonreí mentalmente. Al cabo de unos 10 minutos me fui. Cuando salí de esa casa, tuve la certeza de algo. Esa familia tenía cariño. Algo que en su vida, había faltado y sintió envidia. Una envidia y cólera por la vida. Me alejé caminando en silencio, y la lluvia nuevamente atacó mi camino. Maldita lluvia, murmuré entre dientes. Pero esta vez no interesaba. Ella algún día se desharía de la familia que tenía y se haría de una propia, y de eso no había duda alguna.

Inuyasha pov

Me sentía frustrado, furioso. ¿Cómo pudo mi madre hacer esa pregunta delante de mí? Preguntarle si me había ayudado. Estaba molesto, y no dije nada en el momento que me retiré de la mesa. ¿Cómo quedarme allí? Si mi madre se atrevía a decirme algo, le diría que todo era su culpa.

Esta chica me iba a matar de un susto. Me había hecho sentir como un idiota hoy, y encima quedado como una heroína delante de mi madre. No había nada peor que eso. Otra cosa que me tenía así, era su parecido con Kikyo, era obvio que la confundiera y preguntara por ella. Su parecido era muy alto. Y eso era desconcertante.

Se fue a la ducha, y se desvistió. Cuando se observó en el espejo, notó algo. Sus múltiples heridas habían sido tratadas, y para curarlas así de bien, debía ser alguien que quisiera estudiar medicina, o sabía mucho de peleas. Escogió la segunda. Kagome, dijo que se llamaba. Tendría ese nombre en cuenta.

Una vez bañado, cambiado y más tranquilo; decidió bajar a la primera planta. Más sin embargo, antes de hacerlo, escuchó los gritos de su madre al teléfono.

-¡La encontré! . Escuchó la voz ilusionada de su madre – Fue más fácil de lo que creí – En algún momento hablaremos con ella y le haremos saber todo. Absolutamente todo – Cuando su madre terminó de hablar, pudo notar claramente que estaba llorando – Ya lo sé, pero ella entenderá – Y cortó la llamada.

Decidió terminar de bajar las escaleras con cautela, como si no hubiera escuchado nada. Cuando su madre enfocó la vista en él, puso una falsa cara de molestia.

- Te pasaste, Inuyasha – Dijo con falsa severidad – Dejaste a tu compañera conmigo, sola, por tu orgullo masculino – Siguió – Esa chica es fuerte, deberías hacerte su amigo – Culminó guiñándole el ojo. Él solo bufó.

Se encaminó al patio, donde se encontró a Mioga. Pese a ser anciano, sabía mucho sobre peleas. Debía admitir su derrota, y pedirle que lo entrene con más fuerza.

- Viejo Mioga, ¿puedes ayudarme a entrenar para peleas con grupos? – Terminó con seriedad. El viejo lo miró.

- Saldremos a correr, si logro alcanzarte, te daré la mayor paliza de tu vida – Terminó tétricamente.

Inuyasha asintió y fue corriendo dentro a cambiarse, nuevamente. Se puso ropa de prácticas y salió nuevamente al patio. Cuando fueron a la calle, sintió el espeso frío colarle los huesos. No le importó. Comenzaron a trotar al mismo tiempo, y cuando sintió que su cuerpo entró en calor, Mioga le dijo – Ve Inuyasha, ya sabes, si te alcanzo date por muerto.

Sólo atinó a correr. Mientras lo hacía, notó algo extraño en un callejón. Sabía que había dejado a Mioga muy atrás, así que se detuvo un poco para observar la escena. Había una chica, estaba seguro. Y era precisamente ella quién estaba golpeando a los hombres de allí. Buscó acercarse para escuchar, así que se escondió tras un depósito de basura.

- ¿Qué mierda les pasa? – La escuchó decir colérica – Les dije que si llegaban a verlo, ¡no lo dejaran entrar en este lugar! – Añadió con mucha ira – La vio agarrar y tirar de los cabellos a los hombres, para bajarlos a su altura – Si algo malo llega a pasar estando él rondando este lugar, todo será culpa de ustedes, y tendrán que responder frente a mi padre ¿Es eso lo que quieren? – Añadió con voz amenazadora. Se hizo el silencio. Supo en ese momento, que ellos tenían terror a la persona que ella había mencionado.

Inuyasha decidió salir del callejón, pero fue mala su suerte, que tropezó con una lata; haciéndola sonar. Maldijo por lo bajo. Lo malo, fue notar que todos ellos posaban su mirada en él. También notó que la chica era ella, Kagome.

- ¿Qué haces en este lugar? – Preguntó con mucha firmeza. No respondió, pues se había quedado totalmente mudo. Asustado – Lárgate – Escuchó la orden de ella. Quiso quedarse y enfrentarla en una batalla verbal, pues ella no era nadie para darle alguna clase de orden. Sin embargo, decidió desistir. La mirada que ella tenía en esos momentos no daba lugar a bajar la guardia por ningún motivo. Asintió y salió de allí, para seguir su trayectoria.

No intentaría averiguar qué hacía ella ahí, y cómo era posible que dominara a un grupo de hombres de esa manera. No era su asunto, pero no podía evitar que la curiosidad se arremolinara en el pecho.

- Inuyasha – Escuchó una voz a sus espaldas. Salió de su ensoñación y vio a su "querido entrenador" junto a él – hoy recibirás tu merecida paliza – comentó burlona y amenazadoramente. E Inuyasha corrió lo más rápido que pudo, para llegar a su casa.


REVIEWS?

Espero les guste esta historia :3 La he tenido mucho tiempo rondando por la cabeza, hasta que por fin decidí escribirla. Nos vemos a la próxima!