Capítulo 1
Londres, septiembre de 1833.
—Shizune, por favor, date prisa.
Sakura Haruno estaba sentada frente al espejo, mientras su doncella le terminaba el peinado, un recogido propio de una princesa, con unos rizos sueltos que enmarcaban su cara y acentuaban, aún más, sus hermosos y grandes ojos verdes.
—Muchacha ingrata, si no fuera porque te conozco desde que llevabas pañal y que te quiero como a una hija, te pondría sobre mis rodillas.
Sakura sonrió ante la regañina de Shizune. La verdad era que la quería como si fuera su segunda madre. Había estado a su lado desde que tenía uso de razón. Su madre, con frecuencia, la había censurado por la libertad y la abierta confianza con que dejaba que la tratase; pero ella no podía imaginar su relación con Shizune de otra manera. La anciana doncella la quería como a una hija; así se lo había dicho más de una vez y se lo había demostrado cuando más la había necesitado.
Podía recordar cuando el médico les había comunicado a sus padres que su hermano sería uno de esos niños especiales que nunca dejaban de serlo. Si cerraba los ojos, aún podía ver la cara de tristeza de su padre, un hombre siempre alegre y jovial, y la desolación que empañó el semblante de su madre, mientras intentaba, a duras penas, contener las lágrimas. Aquello, sin duda, afectó a sus padres como nunca antes nada lo había hecho. Se volcaron a Shii por completo, en un intento desesperado por demostrar que el médico se equivocaba. Y, en aquellos momentos, siempre estaba Shizune, con una sonrisa a medio esbozar que la hacía sentir tan especial, que le transmitía la sensación de que todo iría bien. Si su madre hubiese sabido el tiempo que había pasado en la cocina ayudando a la doncella a hacer deliciosos pastelillos, y las veces que habían quedado totalmente embadurnadas de harina, habría puesto el grito en el cielo.
Al mirar al espejo y ver su reflejo, no pudo evitar recordar a su padre. Cuando era pequeña, todo el mundo le decía que se parecía a él; y no sólo en el físico, sino también en el pelo rosáceo y con esos ojos de color esmeralda de su madre, sino también en el carácter apacible y tranquilo. Su muerte tan inesperada, en un accidente mientras montaba a caballo, había significado un antes y un después en la vida de toda la familia. Su madre se había encerrado en sí misma, consumida por la pena, alejada de la vida real, encerrada entre las cuatro paredes de su cuarto, sin querer saber más de lo que los recuerdos le aportaban.
Así, de esa forma, Sakura, con tan sólo dieciséis años y después de haber perdido a su padre para siempre, debió hacerse cargo de la casa. Tuvo que mostrar la serenidad y madurez que ni siquiera sabía que tenía.
Tomó las riendas del hogar, puso al día la contabilidad, realizó los pagos pendientes, se hizo cargo de su hermano y más: un sinfín de tareas que la hacían caer rendida al final del día. Sólo en la intimidad de su habitación, se permitía volver a tener dieciséis años y poder expresar su pena cuando encontraba a su lado de nuevo a Shizune, con sus dulces palabras y sus brazos, entre los que se permitía llorar en busca de consuelo y solaz.
De eso, ya hacía tres años y, en todo ese tiempo, la dinámica de sus vidas había cambiado.
—Shizune, no puedes amenazarme así, ya no soy ninguna niña —le dijo Saku con una sonrisa en los labios.
Saku era el diminutivo por el que solía llamarla su padre, y Shizune era una de las dos personas que seguían utilizando ese apodo cariñoso.
—Como sigas moviéndote así, sin dejarme terminar este maldito peinado, verás si cumplo mi amenaza o no.
—No hace falta que te esmeres, Shizune; ya sabes que no quiero llamar la atención de ningún caballero. Todavía no.
Sakura quería disfrutar un poco de todo aquello; bailes, amigas y, lo más importante, una mayor libertad. Durante tres años había sido la madre de Shii, la señora de la casa, y en ese momento, no quería tan pronto pasar a ser ʺla esposa deʺ.
—¡Pero qué dices, niña! Ya tienes diecinueve años, y dentro de nada, serás una solterona; te saldrán canas en el pelo y tendrás que comprarte un gato para que te haga compañía. Ya lo estoy viendo: gruñendo todo el día como una vieja bruja. Qué pena, de verdad, yo ya estoy demasiado mayor para escuchar estas cosas. Mi pobre corazón no está para estos disgustos.
Sakura soltó una carcajada. Shizune siempre había sido proclive a la exageración; eso había estado bien cuando, de pequeña, Sakura se quedaba absorta escuchando las historias que le contaba. Sangrientos piratas que raptaban a hermosas damas y escondían grandes tesoros. Lugares exóticos donde nunca hacía frío y las mujeres casi no llevaban ropa. Escalofriantes relatos de buques fantasma, que aparecían en noches con densa niebla y excitantes duelos con espada.
A veces, había llegado a pensar que, en verdad, Shizune había sido la hija o la nieta de algún famoso pirata; mientras que otras, simplemente, se dormía soñando con esos exóticos y extraordinarios lugares que, en secreto, visitaba en sus sueños.
Sin embargo, en la vida real, la tendencia de Shizune a la exageración era excesiva a veces.
—Bueno, Shizune; no creo que vaya a pasar todo eso que has dicho por esperar un año más.
—Quién sabe lo que puede pasar en un año, mi niña.
Sakura jamás podía haber imaginado cuánta verdad había detrás de esas palabras.
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Sasuke maldijo por vigésima vez esa noche. Aún no sabía cómo se había dejado convencer para ir, un rato, al baile de los condes de Norfolk.
Llevaba nueve años fuera de Inglaterra, su tierra natal, a la que había vuelto sólo porque su padre había muerto. Y el título, que nunca había querido para él, lo reclamaba, como si el destino le hubiese estado reservando una broma de mal gusto.
Había dejado su trabajo en el Departamento de Inteligencia de Su Majestad para volver a la tierra que lo había visto nacer, y para asumir su responsabilidad como noveno conde de Wiltshire.
Su hermano mayor, Naka, era quien debería haber ostentado ese privilegio. El perfecto hijo, el perfecto caballero, el perfecto amigo. Eso era lo que había pensado su padre, y la mitad de la aristocracia en Londres. Quizás, ese había sido el motivo por el que su padre no le había perdonado que fuera él, y no su primogénito, el que siguiera con vida.
Sasuke sacudió la cabeza a ambos lados como si, de esa manera, pudiera alejar de sí esos pensamientos.
—Vamos, Sasuke, no seas tan gruñón —le dijo Naruto, mientras lo obligaba a cruzar las puertas del salón de baile.
—Dime otra vez, Naruto, ¿por qué estoy aquí contigo y no en mi casa descansando, como sería mi mayor deseo?
—Porque me debes una, por aquella vez que te salvé la vida en España; y además, si crees que yo voy a tragarme la fiesta de mis tíos solo y aguantar que mi madre intente vincularme con todas las jovencitas en edad casadera, estás loco.
Sasuke sabía que su amigo tenía buena intención, aunque tuviera tan mala memoria como para no recordar que había sido él, y no al revés, el que le había salvado la vida en España, y había terminado con un tiro en el trasero como prueba de ello. Las bromas sobre la puntería de los espías enemigos fueron la comidilla del Departamento de Inteligencia durante un largo tiempo.
Naruto miró de reojo a su amigo. Con sinceridad, le había costado un mundo que Sasuke lo acompañara esa noche; pero, al fin, había logrado arrancar a su amigo de las cuatro paredes de su despacho.
Cuando se conocieron en Eton, ambos tenían diez años y, aunque eran muy diferentes, al final terminaron por hacerse amigos inseparables. Naruto no pudo evitar sonreír al recordarlo. Cuatro chicos de dos cursos más avanzados lo habían acorralado con el propósito de quitarle el reloj de oro regalado por su padre con motivo de su ingreso a la escuela; toda una tradición en su familia.
Los cuatro eran más grandes y más fuertes que él, por lo que dedujo, desde un principio, cuál sería el resultado de ese enfrentamiento. Sin embargo, quizás esa obstinación suya, que tantas veces otros le habían señalado como su peor defecto, le hizo apretar los dientes y los puños, y jurar que tendrían que quitárselo a la fuerza, antes que dejarse intimidar por un puñado de bravucones cobardes incapaces de enfrentarse a alguien de su tamaño. De pronto, sin saber de dónde había salido, se encontró con un muchacho que peleaba con él, y juntos intentaron defenderse de los delincuentes. Para ser sinceros, ambos acabaron en un estado lamentable, pero, cuando todo había terminado, él seguía teniendo consigo el reloj de su padre. Aquel muchacho desconocido, que lo había ayudado, sólo lo miró y asintió con la cabeza; luego, desapareció, como si de un espejismo se tratara, como si, con aquel gesto, estuviese todo dicho.
Después de eso, Naruto no paró hasta averiguar quién era y, una vez que lo logró, lo persiguió por todo Eton hasta que se hicieron amigos. Más de una vez, Sasuke le había dicho que su amistad se debía a la tozudez de Naruto, que era como un perro de caza, incansable hasta el final.
Él había podido ver, desde el principio, que bajo aquella fachada de duro que su amigo se esforzaba por representar, había un corazón noble y generoso; como le había demostrado aquel día, al ponerse a su lado en una lucha que no era la suya, sólo porque no le parecía justo que aquellos bravucones abusaran de su ventaja para amedrentar a un muchacho recién llegado.
Con los años, se había dado cuenta por qué su amigo aparentaba que nada lo afectaba, por qué cuando habían estado juntos en el Ejército, y después en el Departamento de Inteligencia, Sasuke había resultado ser tan buen espía: su amigo era un experto en disfrazar sus sentimientos; no se permitía bajar la guardia ni siquiera un segundo. Aquello había empeorado ocho años atrás, cuando un acontecimiento en la vida de Sasuke lo había hecho volcarse a su trabajo por completo; como si, de esa manera, pudiese olvidar o cambiar algo de lo sucedido. Decidió presentarse como voluntario en las misiones más arriesgadas; parecía que estaba buscando que, en una de ellas, lo mataran.
En ese momento, después de la muerte del padre de su amigo, Naruto quería que Sasuke disfrutara de la vida a la que durante muchos años había dado la espalda.
Naruto dejó a un lado sus pensamientos cuando vio a sus tíos que, poco a poco, iban dando la bienvenida a todos los invitados.
—Ven, Sasuke, quiero presentarte a mis tíos, los condes de Norfolk.
—De acuerdo, pero no olvides que hemos acordado que nos quedaríamos sólo una hora. Después de eso, me iré del baile contigo o sin ti —dijo Sasuke entre dientes, mientras sonreía a una vieja matrona que miraba, con atención, si estaban seguras todas sus polluelas.
Se acercaron a los condes de Norfolk; una pareja singular, pensó Sasuke.
Los tíos de Naruto se habían casado por amor, algo bastante excepcional entre la alta sociedad inglesa. Hacían buena pareja, de eso no cabía duda, y se notaba que aún estaban enamorados después de tantos años juntos.
Sasuke reconoció que experimentaba cierta envidia ante eso. Su cinismo había borrado todo tipo de ilusión acerca del amor: ya ni siquiera creía en él, pero no podía sino sentirse incómodo en presencia de esa complicidad existente entre dos personas, algo que él nunca tendría.
—Os presento a mi buen amigo, el conde de Wiltshire. Lord Uchiha, le presento a mis tíos, los condes de Norfolk.
—Lord y lady Sabaku, es un placer para mí el que me hayan invitado al baile de esta noche —dijo Sasuke, aun sabiendo, a ciencia cierta, que los tíos de Naruto lo habían invitado sólo porque su sobrino se lo había pedido. Suponía que ellos habían hecho oídos sordos a aquellas habladurías que, durante años, habían circulado en torno a él.
Era bien sabido, por la sociedad, que el padre de Sasuke había amado y respetado a su hijo mayor con la misma intensidad con la que había detestado al menor. Su hermano mayor, Naka, había sido una figura ejemplar de conducta y madurez, mientras que él había sido una decepción, un vividor, un jugador y un libertino. Sólo él y Naruto sabían que aquello no era cierto.
Quizás, pensó con un brillo irónico en los ojos, había sido una empresa imposible desde el principio la de intentar ser un hijo aceptable para su padre. Naka había sido el hijo fruto del amor, si es que su padre alguna vez había sido capaz de amar, mientras que él había sido el resultado de su unión, en segundas nupcias, con lady Mikoto Ōtsutsuki, hija de un duque escocés. Había sido un hijo de lo práctico, de lo necesario, de lo que un hombre hacía cuando se encontraba viudo con una criatura de un año y necesitaba volver a casarse.
Todavía se acordaba del día en que su madre había muerto. Él tenía tan sólo nueve años, pero eran los suficientes para darse cuenta de la clase de padre que tenía y de la vida que le había dado a su madre, llena de sinsabores y malos tratos.
Ella siempre había amado a otro hombre; pero, en aquella época, cuando un conde presentaba una propuesta de matrimonio al padre de la elegida, ella poco podía decir, salvo el ʺsí, quieroʺ en la iglesia, para seguir los dictados de su padre.
Los nueve años de matrimonio fueron un infierno para su madre, que sólo descansaba cuando el padre de Sasuke se encontraba fuera de casa, bien para atender sus otras propiedades, o bien a sus amantes. Cuando llegaba a su casa, después de una larga ausencia, se dedicaba por completo a Naka, y relegaba a ellos a la condición de meros desconocidos. Sólo fijaba su atención en su esposa cuando tenía que descargar su ira.
De aquellos sucesos, Sasuke recordaba más de lo que hubiese deseado. Si cerraba los ojos, podía escuchar con toda claridad los gritos de su padre y ver los moretones que su madre, cada vez menos, podía ocultar. Tenía grabados, en su memoria, sus ojos ausentes, como si la hubiese visto ayer.
Cuando ella murió de unas fiebres y él se fue a Eton, se alegró de alejarse de allí, porque, por primera vez, se sintió libre.
Las pocas veces en que regresaba a su casa, deseaba volver a partir lo antes posible. La casi inexistente relación con su padre se volvió inaguantable, y la única excepción era, por raro que pareciera, su hermano Naka. Sin él no habría podido soportar.
Su hermano era el único que le dirigía una palabra amable y, cuando su padre descargaba su furia con él, siempre estaba ahí para hacerlo sonreír. Fue por él, y no por su padre que, años después, había encubierto las juergas de Naka, su desenfreno con el juego, la bebida y las mujeres, y sus continuos coqueteos con la muerte en varios duelos.
Porque amaba a su hermano, lo amparó y asumió sus excesos. Quizás, también por eso se sentía culpable, porque podría haber hecho algo más para frenar todo aquello y no sólo haber sido testigo de su muerte en uno de esos inútiles duelos. Duelo al que llegó demasiado tarde, y en el que sólo pudo sostener a su hermano en brazos, mientras exhalaba su último aliento.
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Sakura se alegraba de haber encontrado a su amiga, Temari Sabaku, que había adelantado su regreso de su finca en la campiña, en la fiesta. Gran parte de la sociedad londinense estaba presente en el baile que, esa noche, celebraban los padres de Temari.
El olor que desprendían las innumerables velas que iluminaban el salón se mezclaba con los perfumes de las damas presentes y con el aroma de las gardenias que, de forma sinuosa, se deslizaba a través de las puertas que invitaban al jardín.
Se disculpó con su madre y su acompañante, y se dirigió al lugar en el que estaba su amiga. A decir verdad, no quería estar mucho más tiempo con Gengetsu Hōzuki, el prometido de su madre. Era un marqués francés que, un año atrás, había irrumpido en la sociedad y que había cortejado a su madre de manera insistente desde el primer momento. Después de varias propuestas, había conseguido que ésta aceptara casarse con él.
La mayoría lo consideraba un hombre distinguido y apuesto. A sus cuarenta y dos años se mantenía en forma, y sólo su pelo, parcialmente plateado, delataba su verdadera edad.
Sakura sintió, desde el principio, un recelo hacia ese hombre; aunque intentaba suprimirlo por el bien de su madre que había vuelto a sonreír gracias a él.
—Sakura, estás guapísima —dijo Temari con la espontaneidad que la caracterizaba.
—Gracias, Temari, tú también lo estás.
Hacía años que eran amigas, pero, en los últimos tiempos, Temari había sido un gran apoyo para Sakura. A menudo la hacía sonreír con sus disparatadas ideas y su carácter impulsivo que, de pequeñas, las había metido en más de un lío.
Siempre había visto a Temari como la quintaesencia de la elegancia. Alta, esbelta, rubia y con grandes ojos verdes azulados era el prototipo de belleza que marcaba la sociedad. Ella, por el contrario, aunque de formas bien definidas, era más bien baja, cosa que a veces la hacía desear tener unos centímetros más, con el pelo rosáceo y grandes ojos verdes. Cuando estaban juntas, mucha gente las miraba, sobre todo por el contraste de ambas; eran como el día y la noche. También lo eran en el carácter, porque mientras Temari era extrovertida, alegre e impulsiva, Sakura era calmada, dulce, serena, y madura. Demasiado madura, pensó Temari para sí.
—Saku, esta noche mis padres han invitado a la flor y nata de la sociedad, y entre los asistentes, habrá un montón de caballeros con quienes poder bailar y coquetear un rato.
—Oh, Temari, eres incorregible —dijo Saku mientras reía—. Un día, con tanto coqueteo, te vas a meter en un buen lío.
—Pero Saku, el coquetear un poco no hace daño a nadie; es más, es bastante divertido, y tú deberías probarlo. Llevas tanto tiempo asumiendo el papel de madre y señora de la casa que se te ha olvidado que sólo tienes diecinueve años.
Saku sabía que Temari tenía razón; cuando estaba con ella, tenía la sensación de ser una anciana.
—Lo siento, Saku —se disculpó Temari al ver que Sakura hacía una mueca—. No sé mantener esta boca cerrada. La verdad es que me duele que no disfrutes totalmente de todo esto; me dijiste que no querías pensar en el matrimonio hasta la próxima temporada para poder vivir todo aquello que, por tus circunstancias familiares, habías tenido que posponer. Yo sólo deseo que disfrutes lo máximo posible, que hagas las cosas propias de la edad que tienes y, sobre todo, que sonrías.
—Lo sé, Temari. Es que a veces me cuesta creer que todo vaya bien y que las cosas estén volviendo de nuevo a su lugar. Pero no te preocupes, porque tengo la intención de llenar por completo mi carné de baile y probar eso del coqueteo.
—Oh, muy bien. Te daré unos consejos. Primero, mueve las pestañas todo el tiempo —le dijo su amiga, mientras hacía aspavientos con los ojos de forma tan exagerada que Sakura no pudo más que soltar una carcajada.
—¿Te estás riendo de mí?
—¡Desde luego!
—Yo, aquí, haciendo esfuerzos denodados por darte unas lecciones básicas, y tú me lo pagas así —exageró e intentó evitar, aunque sin éxito, que sus labios esbozaran una auténtica sonrisa—. Sin embargo, como te quiero, voy a hacer como si no hubiese escuchado nada y voy a darte otro consejo. Saca pecho y sonríe todo el rato.
—¡Por Dios, Temari! No sé cómo lo consigues sin que se te desencaje la mandíbula.
Temari hizo un gesto negativo con la cabeza; su amiga era un caso perdido. Al levantar la mirada y posarla a lo lejos, sus ojos se iluminaron.
—¡Mira, Saku, es mi primo Naruto! No sé si te acordarás de él, pero pasó mucho tiempo con nosotros cuando yo era una niña. Mis tíos viajaban muy a menudo, y él pasaba temporadas en casa; hace bastante que no lo veía, y ahora está aquí. Ven, voy a presentártelo.
Sakura siguió la dirección de la mirada de su amiga y, sin lugar a dudas, reconoció quién era su primo. Los mismos ojos color mar, el mismo tono de cabello, su misma expresión relajada y la misma sonrisa; más que primos parecían hermanos. Realmente era apuesto, como un ángel.
Sin embargo, el hombre que estaba a su lado era... Sakura se quedó, momentáneamente, sin respiración cuando se vio atrapada por la mirada de ese caballero. Si Naruto era apuesto con sus rasgos angelicales, su amigo parecía el mismísimo Lucifer. Sus facciones eran tan bellas y duras que resultaban pecaminosas, y su mirada era helada y posesiva.
Sakura sintió un escalofrío y las manos húmedas por el sudor. Seguramente, acostumbrada a no beber, el vaso de ponche que había tomado esa noche se le había subido a la cabeza y había hecho que la realidad se distorsionara, en cierta medida, y provocara reacciones en su cuerpo que nunca antes había sentido.
Cuando Temari se encaminó hacia aquellos hombres, ella la siguió por inercia; pero, a medida que se hallaban más cerca de ellos, comenzó a arrepentirse de secundar a su amiga en semejante actitud atrevida. Los ojos de aquel hombre, de aquel ángel caído, eran tan negros como el carbón, y sus cabellos, más largos de lo que dictaba la moda, parecían una noche sin luna, como el azabache. Su nariz recta y su mandíbula cuadrada terminaban el cuadro que, a cada paso, hacía arder con más intensidad sus mejillas. ¡Y cómo le sentaba el traje! Vestido de negro, los músculos de las piernas se le insinuaban a través de los ceñidos pantalones, y sus hombros, que no necesitaban relleno, parecían poder sostener el peso del mundo.
No volvería a tomar ponche en su vida, se dijo mentalmente, y se enfadó consigo misma al ser consciente de que, quizás, esa reacción que su cuerpo no intentaba mitigar no era fruto de la embriaguez, sino de la presencia y de la mirada de aquel desconocido. Era como un depredador.
Con la fuerza de voluntad que pensaba que la caracterizaba, se recriminó su escaso control y se prometió no dejar que ese adonis la intimidara. Con todo el ímpetu que pudo reunir, lo miró fijo a los ojos y, sin saberlo, aquello fue el principio de su perdición.
Esta es una adaptación sin fines de lucro, los créditos correspondientes de esta historia pertenecen a Josefina lis. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto.
Recuerden no pretendo obtener ningún crédito de esta historia es una adaptación simplemente para disfrute de las personas que les gusta el Sasusaku igual que a mí, por favor no reporten esta adaptación y permitan que otras personas tengan la oportunidad de leerla. Promovámoos el hábito de la lectura no lo saboteemos. ¡Gracias!
Agradecimientos a La Gran Maestra y Mi Bella Genio.
