Capítulo 3
Sakura miraba por la ventanilla del carruaje que la llevaba camino a Crossover Manor, la mansión de lady Katō.
Había conocido a la tía de Temari en una de las veladas en casa de los padres de su amiga y, desde el primer momento, le había caído bien. De una belleza clásica y serena, era el tipo de mujer que, sin proponérselo, se convertía en el centro de atención.
De aguda inteligencia y refrescante sentido del humor, era capaz de encandilar a todo ser vivo, incluso a aquellos que, por naturaleza, hacían de las críticas su pasatiempo preferido.
Pero de todo ello, lo que más fascinaba a Sakura era que esa mujer parecía ver la vida a través de unas lentes diferentes a las del resto; la encaraba con un entusiasmo contagioso. En los breves instantes que había estado en su compañía, se había sentido partícipe de ese prisma de color.
Temari le había contado que, a los diecisiete años y dotada de una increíble vitalidad, su tía había causado furor en Londres. Toda una legión de admiradores la había perseguido, pero que ella había desoído los consejos de su familia y se había casado con lord Dan Katō, marqués de Douro. El título era inmejorable, pero su fortuna prácticamente inexistente.
Según Temari, su tía se había casado muy enamorada, y no le había interesado la falta de fortuna de lord Katō, para horror de su familia y de toda la sociedad. Con el tiempo, terminaron por aceptarlo, aunque su huida a Gretna Green para casarse había resultado un verdadero escándalo.
Varios años más tarde, una afortunada inversión de lord Katō los había hecho inmensamente ricos, lo que hizo pensar, a más de uno, que quizás esa hubiese sido la razón principal de que la familia decidiera aceptar, por fin, la locura de juventud de su hija.
Durante quince años y, sin prestar atención a lo que los demás pensaran de ellos, habían sido una pareja feliz, a la que no le había importado mostrar, al mundo entero, lo enamorados que estaban; por ello fueron muy criticados, a todas luces, por la envidia que despertaba la felicidad de ambos.
Sin embargo, lord Dan cayó enfermo, y lo que, al principio, pareció una dolencia sin trascendencia terminó por agravar en demasía su estado de salud, hasta que nada pudo hacerse por él. Aquello golpeó terriblemente a lady Tsunade y le costó casi una eternidad aceptar que su marido ya no estaba con ella. La idea de volver a entregar su corazón le pareció impensable en aquel momento.
Sakura empezaba a comprender que, en la familia de Temari, el matrimonio sólo tenía que ver con el amor, y eso era algo que sencillamente admiraba. En una sociedad en la que el matrimonio era considerado un contrato dirigido a incrementar los bienes y conseguir una mejor posición social a través de un título de mayor rango, el hecho de que las mujeres y hombres de una familia hubieran cruzado la línea de lo ʺbien vistoʺ para hacer lo que todos llamarían una transgresión, hacía que se sintiera pequeña. Ella siempre había estado al servicio de su familia y no sabía si tendría el valor de rebelarse ante su decisión.
No conocía la razón, pero empezó a inquietarse; al pensar en todo aquello, acudió la imagen de lord Sasuke Uchiha a su mente, se coló en su subconsciente como un ladrón sin escrúpulo alguno y no la dejó ya sola durante todo el trayecto.
—Ya estamos llegando, Sakura. ¡Mira!, ¿no es fantástico? —le preguntó Temari y señaló la mansión que se veía a lo lejos.
—Sí, es maravillosa —respondió Sakura llena de entusiasmo.
La verdad era que no encontraba palabras para describir la belleza arquitectónica que tenía ante sus ojos. Eran tres plantas con grandes ventanales y parecía un castillo de la Edad Media. Precisamente, el torreón, en el ala este, daba esa idea. La entrada, precedida por una larga escalera que le otorgaba un aire majestuoso, terminaba en varias columnas. El camino que conducía hasta allí estaba escoltado, a ambos lados, por grandes y frondosos árboles, que hacían presagiar lo que tan celosamente custodiaban: un raro tesoro. El sol, que iniciaba su descenso con timidez, reflejaba sus rayos de luz en los cristales y engalanaba la fachada como si de un gran festejo se tratara, al tiempo que el lago más hermoso que había visto en su vida posaba su velo transparente a los pies de la colina.
Todo ello confería a la mansión un halo dorado de una elegancia sublime, como si los ladrillos que la vestían estuvieran bordados en oro. Dejó volar su imaginación y pensó que aquel era un lugar para forjar leyendas.
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Sakura miró por la ventana de la habitación en la que pasaría los siguientes dos días y contempló los últimos rayos de sol que arañaban el horizonte y se escondían velozmente. Una sonrisa se estremeció en sus labios al recordar cómo la tía de Temari había salido a recibirlas. Con su maravillosa espontaneidad, les había dado un cariñoso abrazo a cada una y les había hecho un montón de preguntas acerca de la familia y del viaje.
Después, la señora Pakura, una mujer de avanzada edad y aguda mirada, que ostentaba el cargo de ama de llaves, las acompañó hasta sus habitaciones para que descansaran un rato antes de la cena.
Sakura lo agradeció sobremanera, y no porque el viaje hubiera sido fatigoso, pues sólo habían sido unas horas, sino porque la inquietud había encontrado en ella presa fácil, al dejar que sus pensamientos volvieran, una y otra vez, a la idea de que lord Uchiha estaría allí también.
Más de mil veces se había dicho a sí misma que no tenía que comportarse como una niña. Que, seguramente, lord Uchiha había estado divirtiéndose con sus inocentes reacciones, y que por eso la provocaba. Sospechaba que él no tendría problema en trasladar sus atenciones a otra dama. En la velada de los condes de Norfolk, pudo comprobar cómo lo miraban las demás mujeres: una mezcla de temor y fascinación.
Ya no se acordaría de ella, pensó para su tranquilidad; y con las invitadas que ese fin de semana permanecerían en casa de lady Tsunade ni siquiera notaría su presencia. Aunque ese no sería el problema principal, porque sospechaba que Sasuke había abierto la caja de Pandora y, en consecuencia, ya no sabría cómo sujetar todo aquello que ese hombre le hacía sentir.
Después de sus inútiles esfuerzos por descansar, decidió levantarse y refrescarse un poco, antes de preparase para la cena. Estaba insegura; no sabía qué vestido lucir esa noche, cuando llamaron a la puerta. Sakura se puso la bata, que cubría su cuerpo, a la vez que daba permiso para entrar en la habitación. Se abrió la puerta y se asomó una doncella de regordetas mejillas y ojos chispeantes que le conferían un aspecto muy agradable.
—Buenas noches, señorita Haruno. Me llamo Natsu, y me envía lady Tsunade por si me necesita para lo que se le ofrezca —dijo la muchacha y cerró la puerta tras de sí.
—Pues —Sakura sonrió un poco— la verdad es que me vendría bien que alguien me ayudara a cerrar el vestido.
—Eso está hecho, señorita —le respondió la doncella, mientras dos grandes hoyuelos marcaban sus regordetas mejillas—. Y si quiere, también puedo peinarla; lady Tsunade dice que tengo manos de artista —le dijo animada.
—De acuerdo, Natsu, me pongo en tus manos de artista —se contagió del entusiasmo de la muchacha.
Sakura eligió el vestido de raso azul turquesa que realzaba sus ojos, con una cinta de un tono más oscuro que la ceñía por debajo de los pechos. Las mangas dejaban entrever sus hombros color crema. El corte del vestido acentuaba su bien esculpido busto, presionaba sus senos y mostraba justo su nacimiento. Las chinelas que, tímidamente, asomaban por debajo del vestido eran del mismo color que la cinta.
Al final, las palabras de la doncella resultaron ser ciertas. Resaltó sus atractivos naturales con un peinado sencillo, que consistía en un recogido en lo alto de la cabeza del que caían, libremente, unos bucles hasta el cuello y algunos rizos sueltos, todo gracias a unas tenacillas maravillosas.
—Te agradezco, Natsu —le dijo cuando la doncella hubo terminado —. En verdad, eres toda una artista.
La doncella aspiró hondo mientras una enorme sonrisa se instaló en sus labios.
—Gracias a usted, señorita Haruno. Se le ve encantadora. Cualquier cosa que necesite, no tiene más que decírmelo. —Tras lo cual, se despidió y dejó a Sakura unos minutos para que pudiera hacer los últimos retoques.
Al haber estado hablando con Natsu, no pudo menos que acordarse de Matsuri, su doncella, que era una coqueta empedernida y que siempre tenía un rumor que contar. Y cómo no de Shizune, de la que nunca se había separado. Shizune, que siempre cuidaba de ella como una segunda madre.
La verdad era que ambas, Shizune y Matsuri eran el motor y alma de su hogar. Por eso había preferido que se quedaran en Londres, donde su madre y, sobre todo Shii, tanto las necesitaban.
Después de mirarse por última vez en el espejo, salió de la habitación y cruzó el ancho pasillo. A ambos lados, estaban las habitaciones que albergarían a parte de los invitados de lady Tsunade. Bajó por las escaleras cubiertas por una alfombra roja que destilaba solemnidad hasta que alcanzó el vestíbulo. Saku contempló, esa vez sin ningún recato, la maravillosa entrada. Por lo que había visto, era una casa preciosa. El suelo de mármol parecía de cristal y las velas sobre él creaban una inmensa acuarela, donde destellos de distintos blancos se entrelazaban como amantes nocturnos.
Se fijó en las hermosas esculturas que permanecían a los lados, las cuales parecían susurrarle los secretos ocultos entre aquellas paredes; la guiaron hasta el salón donde una enorme puerta blanca, con adornos dorados le dieron la bienvenida y la invitaron a pasar sin más tardanza.
Ya había invitados en el salón, la mayoría de ellos hablaban entre sí, mientras tomaban algún refrigerio previo a la cena.
Los grandes espejos que revestían dos de sus paredes conferían amplitud a la estancia, y las rosas rojas y blancas, dispuestas en torno a ella en hermosos jarrones pintados, impregnaban el aire como si fuera de nuevo primavera.
—Sakura, estás adorable —le dijo lady Tsunade con una sonrisa en los labios, mientras posaba la mano en su brazo en un gesto cariñoso.
—Gracias, lady Katō, es usted muy amable. Quería agradecerle de nuevo que me invitara este fin de semana.
—Al contrario, la verdad es que es un placer teneros a Temari y a ti aquí. Lo que espero es que disfrutéis de estos dos días. Desde este momento, puedo decirte, sin lugar a equivocación, que vais a causar sensación. Ven, voy a presentarte a alguno de los invitados.
Sakura pasó los siguientes minutos entre presentaciones. Algunos de los invitados procedían de Londres, pero la mayoría de ellos vivían en las cercanías, como el coronel Akasuna, retirado del ejército, que había ido acompañado por su esposa, una mujer algo seria y mohína, y sus dos hijos, Sasori y Tayuya, con los que congenió de inmediato.
Tayuya era casi de su edad, mientras que su hermano había traspasado la treintena. Eran personas sencillas, cuya falta de superficialidad agradó a Sakura.
Después, le presentaron a la señora Mitarashi, una dama viuda con una nariz de gancho y una voz que envidiaría cualquier tenor, y a sus tres hijas; todas, como no tardó en comentarle su bienamada madre, en edad casadera y con unas perspectivas inmejorables de hacer un buen matrimonio.
Así, se fueron sucediendo una serie de presentaciones en las que, en ningún momento, pudo quitarse de encima la sensación de que estaba siendo observada.
Sentía como si un par de ojos estuvieran clavados en su nuca, lo que la hacía estar incómoda y algo vulnerable. Y cuando la sensación fue tan intensa como para no poder permanecer indiferente a ella, no quiso siquiera pasear la vista por el salón, temerosa de lo que pudiera encontrar. Sin embargo, una fuerza mayor a esa inquietud, la curiosidad, tomó la decisión por ella y la conminó a mirar a su alrededor en busca del objeto de su desazón.
En una esquina del salón, estaba lord Sasuke Uchiha; la miraba fijamente, como si quisiera con ello llamar su atención. Sakura no pudo evitar hacer un mohín nada elegante con la boca, para darle a entender que le fastidiaba su asedio. En verdad, lord Sasuke, aunque en todo momento caballeroso, era una persona a todas luces insistente. Cuando él notó que ella lo miraba, sonrió de manera descarada, mientras inclinaba la cabeza a modo de saludo.
En ese momento, Saku supo que sería una cena muy, muy larga.
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Sasuke sonreía sin poder evitarlo. Desde que había conocido a la señorita Haruno, lo había hecho más que en los últimos diez años.
La había visto entrar momentos antes y, luego, aguantar de forma estoica la serie de presentaciones a las que la había arrastrado lady Tsunade ; el mismo ritual irritante que había ejecutado la tía de Naruto con ellos, al inicio de la velada.
Había disfrutado mientras la observaba. En su cara, se podían leer hasta las últimas de sus emociones, y lo que despuntaba como una velada anodina se había convertido en toda una promesa.
No le hizo para nada gracia ver cómo la habían mirado el resto de los hombres presentes; eso había hecho que sintiese la necesidad de ponerle el ojo morado a más de uno. En ese momento ya no sonreía, se dijo mentalmente y frunció el ceño.
Naruto y él llegaron a la mansión después de que la señorita Haruno y Temari habían arribado; sin embargo, se había asegurado de bajar al salón antes de que ellas lo hicieran.
La espera había merecido la pena. Estaba realmente hermosa esa noche. Aquella mujer hacía que su deseo se desbocara como si fuera un jovenzuelo sin experiencia, y estaba provocando estragos en su, cada vez más debilitado, autocontrol. La verdad: lo estaba volviendo loco y habría apostado todo lo que tenía a que ella ni siquiera se daba cuenta de ello.
—Vosotros dos, granujas, ¿lo estáis pasando bien? —preguntó lady Tsunade mientras seguía la mirada de Sasuke.
—Sí, tía Tsunade, aunque algunos más que otros —contestó divertido Naruto.
Sasuke lo miró con cara de pocos amigos. Sin duda, tendría que hablar después con él acerca de lo que la gente solía llamar ʺdiscreciónʺ.
—Ya veo —asintió lady Tsunade—, esto es una revelación interesante —comentó mientras una extraña expresión cruzaba su rostro.
—No sé a qué se refiere —sentenció Sasuke—, pero si tiene que ver con el entrometido de su sobrino, he de decir que no debe preocuparse por nada.
—Me alegra saberlo, porque os quiero mucho a los dos, sin embargo, un escándalo amoroso para este fin de semana no estaba en mi agenda. Aunque creáis que sois hombres hechos y derechos, no vayáis a pensar, por un sólo momento, que eso me va a impedir que os pegue un buen tirón de orejas. Ahora bien, si fuera algo serio, tendría que admitir que es una fabulosa elección; yo diría que la mejor.
Lady Tsunade dejó en el aire las últimas palabras mientras miraba directamente a los ojos de Sasuke. Después, dio media vuelta y se alejó para seguir atendiendo al resto de los invitados.
—Juro que tu familia está cada vez peor de la cabeza —dijo Sasuke con los dientes apretados mientras veía alejarse a la tía de Naruto.
—No, amigo, lo que pasa es que mi tía te conoce desde que tenías la tierna edad de diez años, y la verdad, no se le escapa ni una. Sólo le ha hecho falta ver cómo mirabas a Sakura Haruno para saber lo que sucede en tu cabeza.
A Sasuke no se le pasó por alto la mirada chispeante de humor de Naruto, que parecía hacer esfuerzos por no reírse de él en ese mismo instante.
—Por lo que tú me dijiste una vez, creía que era un experto ocultando lo que pensaba —dijo Sasuke, a medida que se iba enfureciendo.
Naruto apenas podía contener la carcajada al ver cómo se había instalado un sospechoso temblor en el ojo izquierdo de su amigo.
—Exactamente, dije que eras un genio para enmascarar tus sentimientos, y aún lo sigo creyendo, pero, estamos hablando de lady Tsunade y de mí. Hemos estado contigo mucho tiempo y te conocemos demasiado bien, aunque para tu tranquilidad, todavía hay cosas de ti que se me escapan —le contestó Naruto, con una sonrisita irónica que hizo que a Sasuke le dieran ganas de borrársela de un plumazo.
—¿Naruto?
—¿Sí?
—¡Cállate!
Naruto soltó una carcajada que hizo que varios de los invitados miraran curiosos en su dirección, mientras Sasuke estaba furioso porque, al parecer, a la señorita Sakura Haruno le habían salido ángeles de la guarda hasta en la sopa. Iba a ser difícil pasar un rato a solas con la mujer que parecía amenazar su autocontrol, conseguido a base de disciplina a lo largo de los años. Asombrado de sí mismo, tuvo que admitir que, por primera vez en su vida, estaba planteándose seducir a una dama inocente. Quizás, después de todo, había sido un error haber aceptado la invitación para ese fin de semana, aun a sabiendas de que no se habría perdonado no haberlo hecho.
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La cena transcurrió entre los comentarios sobre las nuevas formas de cultivo que, con exactitud, describió el coronel Akasuna y las descripciones de las técnicas de caza, de la que muchos de los invitados parecían estar enamorados; sin olvidar, por supuesto, dentro del ámbito femenino, lo último en moda que hacía estragos en Londres.
Puesto que muchas de las damas allí presentes vivían a kilómetros de la ciudad y sus visitas a Londres eran escasas, estaban deseosas por saber qué era lo que más furor causaba entre las damas de la alta sociedad. Así que, tanto Temari como ella fueron sepultadas bajo un millón de preguntas. Aún no habían servido el postre, y Sakura tenía la cabeza como una caja de grillos y el estómago revuelto.
Esto último se lo debía a lord Uchiha, que la acechaba desde el otro lado de la mesa. Para ser más exactos, desde el asiento ubicado frente a ella.
Nada al principio de la noche le habría hecho suponer que acabaría de esa manera. Después de que terminaron de bajar los invitados, entre ellos Temari, todos habían sido conducidos al comedor; Sakura había hecho todo lo posible por intentar sentarse lejos de lord Uchiha, pero aquel presuntuoso se las había ingeniado para estar cerca suyo.
A causa de la desatinada disposición de los comensales, toda la noche había estado contemplando la cara del pescado que tenía en el plato y se había limitado a contestar las preguntas sobre moda, que las hijas de la señora Mitarashi y la señora Inuzuka le hacían sin darle respiro.
Se dijo a sí misma que, si hubiera tenido una botella de coñac a mano, se habría emborrachado; pero luego se censuró de sólo pensarlo: no era una idea digna de una dama.
Mientras tanto, la mirada de Sasuke seguía fija en ella. Habría hecho cualquier cosa por quitarle del rostro esa sonrisa maliciosa. Desde luego, era el diablo en persona; ni siquiera habían hablado desde su llegada a la casa, sólo un breve y cortés saludo, y ella ya estaba suspirando por él. Tendría que poner remedio a eso, pensó mientras le daba vueltas al postre; y debería hacerlo cuanto antes.
Sí, eso haría. Hablaría con él y le dejaría bien en claro que no tenía nada que hacer con ella, ni en ese momento, ni nunca. Sólo le faltaba encontrar el momento oportuno.
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Al día siguiente, Sakura pensaba que, a ese paso, el momento oportuno sería el día del juicio final.
La noche anterior, poco después de la cena, varios de los invitados, entre ellos Sakura, se habían excusado pronto. Estaba rendida sólo por la tensión que había estado aguantando. No había podido descansar luego del viaje, expectante por lo que sucedería, y en aquel momento, toda esa agitación le estaba pasando factura.
Esa noche, durmió acosada por inquietantes sueños: un hombre la hacía arder de calor con sólo mirarla, la fundía por dentro y le provocaba una fiebre nunca conocida por su cuerpo. Ella sabía, con toda certeza, que la cura para esa enfermedad que la consumía estaba en manos de ese hombre, de un hombre al que no podía ver, aunque sí sentir. Su aliento, su aroma, su voz. Entonces, supo de quién se trataba y, en contra de su voluntad, susurró su nombre sedienta de él: Sasuke.
La mañana llegó demasiado pronto y, sin ningún tipo de piedad, la despertó de su letargo. Estaba más cansada que cuando se había acostado. Sin duda, el sueño le había perturbado los sentidos, porque su ropa había quedado empapada de sudor.
Los primeros rayos de luz hacía rato que habían expirado, por lo que deberían de ser al menos las diez. ¡Maldita sea! Seguramente pensarían que era una perezosa, cuando la verdad era que estaba más que acostumbrada a madrugar.
En su casa, era la primera en estar en pie y, a las siete, ya tenía dispuestos con Shizune los quehaceres del día.
Salió de un salto de la cama y, después de asearse y ponerse un sencillo vestido de muselina, bajó a desayunar.
El comedor era una habitación exquisitamente decorada con grandes cortinas de seda de damasco color beige con motivos florales verdes; allí aún quedaban algunos invitados que no habían terminado de desayunar.
Se alegró de no ser la única rezagada, aunque la alegría le duró sólo el instante que tardó en reconocer a las personas sentadas en torno a la mesa: la señora Mitarashi y sus hijas que no paraban de hablar ni siquiera para probar bocado. Y lo peor era que Temari no estaba para ayudar. La doncella le había dicho que hacía rato que había terminado de desayunar. También le había comentado que algunos de los invitados habían salido a caballo a disfrutar de los alrededores y, conociendo a Temari y cómo le gustaba montar, seguro que no había perdido la oportunidad de sumarse a la comitiva.
Después de todo, pensó, no tenía tanta hambre, pero ya era demasiado tarde: la señora Mitarashi estaba haciéndole señas con la servilleta en la mano para que se sentara a su lado. Podía fingir que se había quedado muda y sorda durante la noche, pero, francamente, no esperaba que le creyeran, aunque el coeficiente intelectual de esas señoritas fuera digno de estudio.
No hacía falta ser muy perspicaz para adivinar que estaba de mal humor. Le habría gustado pasear con Temari y hablar de todo lo que había pasado la noche anterior mientras disfrutaban de los hermosos alrededores; pero no, no podían salir las cosas bien. Temari se había ido a montar con parte de los invitados, mientras ella se hundía por centésima vez, en menos de doce horas, en el maravilloso mundo de la moda londinense y los matrimonios a la vista. Por lo menos, había que reconocer que, tanto la madre como las hijas, eran persistentes. ¡Pobre hombre el que acabara siendo el blanco de sus enredos!
Después de tomar un té con una tostada, se escabulló para dar un paseo. Si la señora Mitarashi la hubiese seguido, seguramente se habría inventado cualquier excusa para hacerla regresar con sus hijas y sus conversaciones anodinas.
Necesitaba caminar, estirar las piernas y estar en contacto con la naturaleza. En Londres, las oportunidades de disfrutar del aire puro y de la magnificencia de todo aquel follaje eran casi nulas. En realidad, el paisaje de Crossover Manor era precioso.
Siguió con sus pensamientos, rodeó el lago y subió hasta una colina cercana.
El aire todavía no era frío, pero lo suficiente como para que sus mejillas reflejaran el cambio de temperatura. En ese momento, se alegró de haber subido a su habitación, antes de salir, para ponerse el chal color beige en el que se acurrucó un poco más en ese momento. No había podido resistir la tentación de correr el último tramo en su ascenso, por las ganas de sentirse totalmente libre; y cuando se detuvo, sintió un escalofrío.
El nudo que, en los últimos años, le presionaba el pecho en forma constante, se desvanecía. Era como si no hubiera nada por lo que preocuparse y, sin saber por qué, se sintió algo culpable, aunque extrañamente liberada. Movió la cabeza a ambos lados como si así pudiera desechar sus últimos pensamientos; se dijo para sí que no había nada de malo en disfrutar unos momentos de esa quimera. Ya habría tiempo, a la vuelta, de retomar sus responsabilidades.
Respiró hondo y contempló todo lo que alcanzaba su vista con una satisfacción pecaminosa. Si entrecerraba los ojos, podía imaginarse que esa enorme extensión verde era una enorme alfombra persa, igual que aquellas que adornaban los salones de la casa de su abuela Chiyo.
