Capítulo 4

Sasuke sujetó las riendas de su caballo. Aquella mañana había salido a cabalgar como parte de la comitiva de invitados. Necesitaba hacer algo de ejercicio después de la noche anterior, después de que sus hormonas fueran zarandeadas de manera tan contundente. Algo en su interior, la esencia del cazador siempre alerta, le había hecho recorrer los alrededores con un ansia insultante, pero no había encontrado a Sakura por ningún lado. El notar que, mentalmente, la llamaba por su nombre de pila le hizo esbozar una mueca de disgusto.

Ahora que lo pensaba, quizás el hecho de que esa mañana no se hubiese reunido con ellos suponía que la dama lo estaba rehuyendo. Si era así, no iba a conseguirlo por mucho tiempo, a no ser que pasara el fin de semana encerrada en la habitación y, por lo poco que la conocía, no creía que fuera cobarde. Quizás tímida, pero no cobarde.

Desde la velada en casa de los Norfolk, en la que bailó con ella el vals, no había podido quitarse de la cabeza la idea de que, con el estímulo debido, esa timidez, que era pura fachada, caería como un castillo de naipes y daría paso a una faceta nueva en ella; algo que había podido atisbar en su persona y que le fascinaba mucho más: ese fuego que tanto se esforzaba por esconder.

Sin duda, era una mujer apasionada, y Sasuke no podía dejar de pensar cómo sería embriagarse con su cuerpo aterciopelado y beber de sus labios carnosos. Estaba hambriento de ella de una manera que nunca habría imaginado. Su autocontrol se desmoronaba a pasos agigantados por una jovencita inexperta, y él apenas podía creerlo.

Tomó de nuevo las riendas con más fuerza y se propuso seguir al resto que ya se alejaba cuando divisó, a lo lejos, la figura de una mujer. Aunque pensó que no sería tan fácil tener tanta suerte, el destino estuvo, ese día, de su parte. No había duda: su figura, su andar, la forma de ladear la cabeza, el color del pelo; todo le indicaba que no se equivocaba, y que la mujer que veía no era otra que la mismísima señorita Sakura Haruno.

Sakura sabía que tenía que volver. Ya llevaba varias horas fuera, y el momento del almuerzo debía de estar cercano. Se había sentado debajo de un maravilloso árbol que le daba la quietud suficiente para no reparar en el paso del tiempo y al poco rato se levantó con ímpetu renovado dispuesta a regresar a la casa cuando, surgido de la nada, apareció un gran semental negro, tan hermoso como amenazante, cuyas riendas eran sujetadas por Sasuke Uchiha en una bravuconada de poder.

Estaba observándola con una sonrisa en los labios. Ella se puso nerviosa; estaba segura de que él sabía que, cuando le sonreía de esa manera, le ponía la piel de gallina.

—Buenos días, señorita Haruno. Es un verdadero placer volver a verla.

Sakura sintió que se le contraía el estómago y no sabía si era porque había abusado de la mermelada en el desayuno o si era la voz de aquel hombre, ronca y sensual, que parecía acariciarla.

Apretó los puños en un intento por reprocharse su falta de control ante ese presumido, pero se recordó mentalmente que se había propuesto hablar con él en la primera ocasión que se le presentara. Pues bien, ese era un momento tan bueno como cualquier otro.

—Buenos días, lord Uchiha —le dijo mientras pensaba cómo encauzar la conversación.

—¿Se dirige a la casa? Porque en ese caso, puede montar conmigo. De esa forma, llegará antes.

Sakura sintió cómo el miedo se instalaba en su interior. Hacía tiempo que no se sentía así.

—No, gracias; prefiero volver a pie —le dijo, como si esa fuera la idea más tonta que le hubiesen propuesto en su vida.

Sasuke enarcó una ceja.

Ella sabía que si montaba en esa cosa enorme, devolvería hasta la cena del día anterior.

No podía evitarlo, pero, aunque le daba una rabia inmensa tener tan poco control sobre sí misma, no podía hacer otra cosa. A los siete años, mientras daba un paseo con su padre, se había caído de Andrómeda, la yegua que le habían regalado por su cumpleaños y se había roto dos costillas y un brazo.

Todavía podía recordar la cara de su padre. Aquella había sido la única vez que lo había visto verdaderamente asustado.

Le llevó un tiempo recuperarse, pero cuando estuvo completamente repuesta, su padre la animó a intentarlo otra vez; le dijo que había que enfrentarse a los miedos, porque, si no, al final, ellos terminaban venciendo. Sin embargo, no tuvo éxito, porque ella ya había decidido que los caballos no eran su compañía preferida.

Con el tiempo y debido a su insistencia, cedió; pero la muerte inesperada de su padre, a lomos de uno de esos sementales, sentenció su suerte, y no volvió a montar desde aquel momento. Así que, por mucho que le dijera aquel bruto, no se subiría, y no había nada más que hablar.

—Vamos, señorita Haruno, hay un buen trecho hasta la casa y, dentro de poco, será la hora de la comida; no sea terca y deme la mano —le dijo como si estuviera tratando de razonar con un niño.

Eso hizo que el enfado que sentía Sakura hacia él subiera varios puntos. Estaba haciendo méritos el caballero.

—No me voy a subir con usted a ese caballo —dijo mientras señalaba al animal—, si quiere, siga y no se preocupe por mí; ya llegaré.

Sakura no pudo terminar la frase. Mientras le estaba diciendo lo que pensaba, se vio en el aire como si fuera un saco de zanahorias. Antes de poder reaccionar, se encontraba sobre el semental, sentada delante de Sasuke con los ojos cerrados y el corazón atronándole en el pecho.

Poco a poco, empezó a sentir cómo el pánico se extendía por todo su cuerpo. Le faltaba el aire, le temblaban las piernas y sentía como si por sus extremidades estuviese corriendo todo un regimiento de hormigas.

—Por la expresión de su cara y su tez pálida, yo diría que teme a los caballos, ¿no es así?

¡Dios! A ese hombre habría que darle un premio por su perspicacia, pensó para sus adentros.

—Vaya, y yo que creía que a usted no la asustaba nada —le dijo con un leve aire de burla.

Sasuke sabía que no era justo lo que estaba diciendo, pero quería sacarla de ese estado. Sabía que, al hacerla enfadar, muy probablemente olvidaría su miedo.

Sakura no podía dejar de temblar como una hoja en medio de una tormenta. ¿Cómo se atrevía a ridiculizarla cuando estaba de verdad tan asustada? Aquello ya era suficiente humillación. Por nada en el mundo, quería que alguien la viera así, y menos aún, él. No se consideraba una cobarde, pero en ese asunto era como si su mente no atendiera razones.

Casi sin saber cómo, abrió los ojos y giró para poder hablarle.

—Es usted un pedazo de patán y, para su información, a lo único que le temo es a los caballos. Si eso no me hace perfecta a sus ojos, me importa un rábano.

Sasuke intentó, sin éxito, reprimir una sonrisa.

—ʺPedazo de patánʺ y ʺrábanoʺ en una misma frase. Señorita Haruno, me deja usted anonadado. Su vocabulario es de lo más colorido —le dijo mientras la observaba reaccionar, ya no acuciada por el miedo, sino por el enfado. Así le gustaba más, echando chispas por esos fascinantes ojos verdes. Qué fácil era provocarla, pensó, y qué excitante el resultado. A decir verdad, le encantaba esa transformación.

Sakura sentía algo de remordimiento. No por lo que le había dicho, sino por cómo se lo había dicho. Se había extralimitado, ese carácter y esa lengua suya la habían traicionado otra vez.

—Bueno, quizás en lo de patán...

—Para ser más correcto, pedazo de patán, señorita Haruno.

Sakura se irguió aún más entre las piernas de Sasuke, lo que hizo que él maldijera por lo bajo y la sujetara para que se mantuviera quieta.

—Si no deja de moverse —dijo, mientras miraba a una parte concreta de su propia anatomía—, no soy responsable de mis actos.

Sakura entendió, al instante, a qué se refería. La dureza que sentía en su pierna no dejaba lugar a duda alguna. Se sonrojó hasta las cejas y se acordó de lo que Shizune le había explicado acerca de la excitación en los hombres. Quiso que la tierra se la tragara en esos momentos e intentó seguir con lo que estaba diciendo.

—Sí, eh, quizás con lo de ʺpedazo de patánʺ y ʺrábanoʺ me excedí —se le atragantaron las disculpas en la garganta.

Sasuke vio cómo bajaba la cabeza mientras pronunciaba esas palabras y no pudo evitar sonreír. Seguro que le había costado un gran esfuerzo pedir disculpas, pero, al final, lo había logrado hacer. Esa mujer no dejaba nunca de sorprenderlo.

—¿Qué hacía tan lejos de la casa? —preguntó por el bien de los dos. Esperaba que, al hablar de otra cosa, la erección que le habían provocado sus constantes movimientos empezara a ceder. ¡Dios! Cada vez la deseaba más, y lo que le había pasado era prueba de ello.

Comprobó cómo Sakura se había ruborizado al darse cuenta de lo excitado que estaba, pero no vio miedo en sus ojos. Eso significaba muchas cosas, y una de ellas era que parecía confiar en él. Eso hizo que algo dentro de él se tornara cálido, suave como una caricia.

—Me apetecía pasear, y todo es tan bonito por aquí que no me di cuenta de cuánto me alejaba —dijo Sakura, con la misma emoción de una niña que ve por primera vez algo hermoso. Toda la pasión que había sentido momentos antes se tornó en un sentimiento distinto, que lo tomó desprevenido y lo hizo pensar, un extraño sentimiento de protección que lo asombró.

Era encantadora, pensó para sí Sasuke. Tan dulce y a la vez tan rebelde, que lo confundía. Una confusión de la que, por el momento, no quería salir.

—Lord Uchiha, ahora que estamos solos, quería comentarle algo.

—¿De qué se trata? —le preguntó al ver que Sakura dudaba.

Estaba intrigado. Sakura intentaba mirar a todos lados menos a su cara. ¿Qué era lo que estaría tramando esa cabecita? Pensarlo le dio escalofríos.

—Verá, quería decirle —empezó Sakura algo dudosa— que he oído rumores acerca de usted y su relación con las mujeres y...

—¿Qué? —preguntó Sasuke y enarcó una ceja—. Esto sí que es interesante —continuó, mientras acercaba su cara un poco más a la de Sakura y fijaba su enigmática mirada en sus ojos.

Sakura observó que a Sasuke no parecía hacerle gracia lo de los rumores; pero ya que había empezado, tenía que decirlo todo.

—Sí —dijo con voz firme, resuelta a soltarlo todo antes de que se arrepintiera—. Quiero decirle que yo no soy susceptible a esa clase de cosas.

—¿Qué cosas son esas, si puede saberse?

Sasuke se estaba divirtiendo de lo lindo al ver lo nerviosa que se ponía. Sakura había empezado a sudar; a ese paso, se iba a evaporar delante de sus narices.

Su inocencia lo dejó pasmado.

—Pues las cosas que pasan entre hombres y mujeres —le dijo y volvió a irritarse.

—¿Y qué es lo que pasa entre ellos, señorita Haruno? Porque verá, estoy siendo paciente, pero ese acertijo suyo me está cansando.

—¡Pues debe de ser usted estúpido! —alzó la voz Sakura.

Otra vez su lengua había vuelto a soltarse. Y lo peor, ¡ahora tenía las dos cejas levantadas!

Desde luego, él sabía cómo poner una expresión intimidatoria. Detuvo un momento la marcha del caballo.

—Señorita Haruno, si sigue así, tendré que llegar a la conclusión de que está perdidamente enamorada de mí.

—Es usted un arrogante, presumido y...

Sasuke no la dejó continuar, no pudo. Sólo sabía que necesitaba probar esos labios rojos y carnosos que lo llamaban. Siguió su impulso y, con un sólo movimiento, la tomó por la cintura y rozó sus labios con los de ella en una suave caricia. Con un gemido ahogado, ahondó el beso.

Era néctar puro, la más deliciosa de las ambrosías. La sintió debatirse, durante unos breves segundos, antes de acariciarle el cuello y enredarle los dedos en su pelo.

Esa inocente entrega, esa respuesta con una pasión similar a la suya, hacía insignificante cualquier experiencia previa que pudiera haber tenido. Sin poder evitarlo, lo acometió una oleada de posesión que amenazó con derribarlo.

Sakura pensó que estaba soñando. Jamás imaginó que podría sentir todo lo que estaba experimentando: una necesidad cada vez más grande, más acuciante, que se extendía por todo su cuerpo y que no sabía cómo saciar. Al principio, quiso detenerlo, pero en ese momento, si tenía que ser fiel a sí misma, mataría a quien pusiese fin a aquello.

El beso se estaba volviendo cada vez más íntimo.

Sasuke, con los dedos, instó a que Sakura abriera más la boca, para tomar completa posesión de su lengua. Al principio, sintió cómo la inexperiencia de Sakura la hizo dudar, para después imitar sus movimientos y hacerle perder, prácticamente, la razón.

¡Dios! Si aquello no paraba en ese mismo instante, sin dudar, la tumbaría en el suelo y le haría el amor. La penetraría tan profundamente que no cabría duda de que era suya, se perdería en esa húmeda cueva de placer hasta que volviera a recobrar la razón.

Así que, recurriendo a toda su voluntad, Sasuke la separó poco a poco de él.

—Imagino que se estaba refiriendo a esto cuando dijo lo que pasa entre hombres y mujeres —le dijo Sasuke, como si el beso no lo hubiera afectado en nada.

Sakura todavía estaba aturdida por lo que había pasado. Se llevó los dedos a los labios como si así pudiese borrar lo que había hecho. La furia se abrió paso en su interior.

—Sí, me refería exactamente a esto, y quiero que sepa que no estoy dispuesta a dejar que juegue conmigo, y que jamás permitiré que vuelva a besarme. Hay muchas damas invitadas este fin de semana que verían con buenos ojos que usted le brindase sus atenciones —dijo, como si le asquearan—, pero yo, desde luego, no soy una de ellas. ¿Me ha entendido, lord Uchiha?

Sasuke pensó que la habrían oído hasta los guardias que custodiaban la Muralla China. Un mechón de pelo se le había soltado del recogido y caía, seductoramente, encima de su pecho. En ese momento, tuvo que contenerse para no tomarlo entre sus dedos. Los mechones parecían de seda pura, y su aroma, una mezcla de flores silvestres y un toque de canela, que hacía casi irresistible la tentación de perderse en ellos.

Ahora comprendía cómo los marineros eran capaces de ir gustosos a su fin, seducidos por el canto de las sirenas, porque él estaba contemplando a la más hermosa de ellas.

—Sí, señorita Haruno, la he entendido de maravilla y, no se preocupe, que no la importunaré más; por lo menos, hasta esta noche en la cena, así tendrá tiempo para aceptar que, aunque no quiera, se siente sumamente atraída por mí. Bueno, casi tanto como yo la deseo a usted, pequeña.

Sakura iba a replicarle cuando Sasuke puso al trote al semental negro. Después de eso, toda idea de decirle lo que podía hacer con su deseo se esfumó, diluida en una marea de pánico que no la dejaba pensar. Sólo pudo volverse hacia adelante y apretarse bien contra su pecho para no caer. Presentía con absoluta certeza, aun sin saber cómo, que él no la dejaría sufrir ningún daño; pero el miedo, después de tantos años instalado en su mente, atenazaba todos sus sentidos y hacía que la razón quedara relegada a un segundo plano.

Cuando, por fin, llegaron a las caballerizas de la casa, Sasuke la ayudó a desmontar. Sus piernas parecían de gelatina y se negaban rotundamente a responder. Todo su cuerpo temblaba de forma incontrolable. Si no hubiese sido por él, de seguro se habría caído al suelo.

Sasuke la tomó entre sus brazos, preocupado. Sabía que Sakura tenía miedo a los caballos; eso había quedado patente en su rostro cuando la había subido a él; pero no imaginó que ese miedo estaba tan arraigado como para afectarla de esa manera. Se sentía culpable por no haber dado la suficiente importancia a sus protestas. Había sido un presuntuoso por no haber estado atento a todas las señales. El precio era la tristeza que sus ojos no podían disimular. El ser el principal causante de ese estado le desagradó en demasía.

Sintió ganas de abrazarla más fuerte y alejar de su mente el recuerdo que le había producido aquella reacción.

—¿Está bien? —le preguntó sin soltarla.

—Podía haber preguntado eso antes —exclamó Sakura.

Sasuke asintió y le dio toda la razón.

—¿De dónde viene ese miedo a los caballos? —le preguntó mientras le acariciaba el mentón con la mano y la obligaba a levantar la cabeza para mirarlo.

Era la primera vez que la veía vulnerable, y el hecho de ver así a una mujer como ella, fuerte y con carácter, lo afectaba aún más.

Observó cómo se mordió el labio inferior, como si estuviera tomando una importante decisión. Cuando creyó que ya no respondería a su pregunta, Sakura volvió a sorprenderlo.

—Me caí de un caballo cuando era pequeña. ¿Está contento ya?

—¿Y no volvió a montar?

Sakura lo miró molesta.

—Mi padre lo intentó pasado un tiempo; pero cuando uno se rompe varias costillas y un brazo, además de tener una contusión, se vuelve algo testarudo.

—Ya veo —dijo Sasuke—. De todas maneras, debería volver a intentarlo. Mucha gente tiene accidentes, y no por eso tiene que dejar de disfrutar. Su padre debería haberle insistido con más vehemencia.

Sakura se separó de él para mirarlo bien a los ojos.

—No tuvo tiempo, milord, porque él mismo murió a lomos de su semental.

Dicho esto, se alejó en dirección a la casa, y lord Uchiha quedó sin saber qué decir, por primera vez desde que la había conocido.

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Sasuke no pudo dejar de darle vueltas a las palabras de Sakura durante toda la tarde. Le debía una disculpa y lo sabía. Se había tomado su miedo a la ligera, y eso no era propio de él. Tenía que haberse dado cuenta de que aquella reacción se debía a algo más profundo que un temor sin fundamento.

Cuando la tomó de la cintura para ayudarla a desmontar, fue consciente de la verdadera magnitud de la situación. La sintió temblar entre sus manos, como si fuera una niña asustada. Se maldijo mentalmente, una y otra vez, por no haberlo comprendido antes. Ella no era como esas tontas damiselas que se desmayaban por cualquier nimiedad. Por el contrario, era una mujer fuerte, con carácter, dulce, quizás demasiado para su propio bien, y sincera, como tantas veces había demostrado.

Sólo se mentía en su deseo hacia él. Lo había visto en sus ojos, los mismos que no podían esconder nada debido a su inocencia. También lo había sentido en el cuerpo de Sakura: el deseo, la pasión, la entrega con la que le había devuelto los besos no se podían fingir.

Debería haberlo notado, se reprendió de nuevo; sobre todo, después de conocer sus circunstancias, historia que lady Tsunade le contó después de que él insistiera en que le comentara algo acerca de ella.

Una chiquilla que, tres años atrás, con sólo dieciséis años, asume la responsabilidad de la cabeza de la familia y tiene que vivir con la pena de su pérdida, y a la vez, proteger celosamente a su hermano y ayudar a una madre afectada por su viudez, no puede tener miedos por capricho.

Al pensar en ello, un atisbo de admiración se instaló en su interior. Tenía que reconocer su valía porque, a pesar del pánico, en ningún momento le había pedido que la dejara bajar; por el contrario, se aferró a él con todas sus fuerzas y depositó en sus manos una confianza desmerecida.

Había estado tan absorto en su deseo que recién al volver sobre sus pasos, se daba cuenta del miedo que debió de haber pasado. En verdad, la confianza que había pretendido obtener de ella ya estaba hecha trizas por su falta de autocontrol. Le pediría perdón, aunque eso fuera una insignificante compensación por el desasosiego que le había provocado. Su comportamiento había sido inexcusable, a pesar de no haber sido intencionado.

Durante la comida, no pudo hacerlo. Sakura se sentó junto a Temari y los hijos del coronel Sabaku, por lo que no pudo dejar de observar que ese mequetrefe de Sasori no dejaba de devorarla con la mirada.

—¿Te ocurre algo? —le preguntó lady Tsunade, que estaba sentada a su lado.

—Tía Tsunade —contestó Naruto antes de que Sasuke pudiera abrir la boca—, está claro que Sasuke sufre de indigestión amorosa.

Sasuke miró a su amigo con cara de ʺo te callas o te calloʺ, situación que no pasó desapercibida para lady Tsunade.

—Así que, por lo que veo, el tema no es algo pasajero —afirmó lady Tsunade mientras lo miraba con aire de madre que pone en su lugar a un hijo descarnado.

—No debe preocuparse —le contestó Sasuke mientras se alisaba el cabello con sus largos dedos—. Su sobrino hace conjeturas sin saber y, si él sigue por ese camino, puede que usted se encuentre con un sobrino que se quede lelo de golpe —amenazó Sasuke mientras sonreía entre dientes a Naruto.

—Pues vaya, como sigáis así, espero que no sea antes de que yo os deje tontos a los dos —replicó algo contrariada lady Tsunade, mientras unía sus cejas con enfado. Así que ten mucho cuidado, Sasuke Uchiha. Y tú —dijo y señaló a su sobrino— deja de incordiarlo, ¿me has entendido?

Cuando lady Tsunade dejó de prestarles atención para hablar con la señora Mitarashi, que estaba a su izquierda, Sasuke no pudo aguantar más.

—Naruto, me estás irritando sobremanera con tus inapropiados comentarios. Francamente, estás sacando a tu tía de sus casillas, y no quiero que, a mis treinta años, me dé un tirón de orejas. No me gustaría herir sus sentimientos.

Naruto intentó disimular una sonrisa de oreja a oreja.

—Amigo, estás exagerando. Sólo lo dice porque está preocupada por Sakura, pero sabe que no somos unos niños.

—Pues yo no estaría tan seguro. Tu tía es una mujer de armas tomar y, a pesar de nuestra edad y posición, no te quepa duda de que es capaz de hacérnosla pagar.

—Parece como si le tuvieras miedo.

—Sin duda alguna. Sarutobi hizo un cursillo acelerado a su lado. Prefiero, mil veces, el frente a una ceja arqueada de tu tía.

Sasuke pensó en lo mucho que la tía de Naruto había hecho por él, y una sonrisa asomó a sus labios. Le encantaba que aún intentara ponerlo en su sitio cada vez que hacía una trastada, como si fuese todavía un muchacho. Era una de las pocas personas que se preocupaban por él y lo querían. Por eso, no podía herir sus sentimientos y decirle que ya no era un niño para darle los sermones que le prodigaba. A cualquier otra persona, no se lo habría permitido; pero a ella sí. No quería que cambiara, porque la adoraba tal cual era; en su corazón, ocupaba el lugar más parecido al de una madre.