Capítulo 5

Sakura estaba preparándose para la cena. Llevaba todo el día sin poder dejar de pensar en lo que había pasado esa mañana.

No había sido justa con Sasuke, y eso le pesaba un poco en la conciencia. Era verdad que él había desoído su negativa de volver a caballo, pero ella tampoco le había comentado nada acerca de sus temores. En parte por orgullo, porque no quería que pensara que era una cobarde, y en parte por vergüenza de sentirse dominada por sus miedos.

Últimamente, no sabía el por qué, pero parecía resultarle importante la concepción que él tuviera de ella. No sabía desde cuándo ese hecho había adquirido tanta relevancia, pero no quería que la viera como a una de esas tontas mujeres que iban detrás de él y languidecían a cada paso suyo. Pese a todo, tenía que reconocer que, cuando estuvo entre sus brazos, se sintió a salvo. Su cuerpo inexperto había reaccionado como si reconociese, en el de él, un puerto seguro. A pesar del pánico, sintió que nada malo podría pasarle. Esa confianza había calado en su mente y había menguado los antiguos temores.

Tenía que reconocer que parte de su enfado, sino su totalidad, se debía al despertar de otros sentimientos, cuyo único culpable era Sasuke. Había sido como mantequilla entre sus brazos. Ella no habría sido capaz de detenerse, si él no lo hubiese hecho.

Sin duda, era más peligroso de lo que había pensado en un principio. Después de aquello, sabía, a ciencia cierta y con todos sus sentidos, que podría volverse adicta a sus besos.

Su fama de seductor no era un gran secreto, pero nunca habría imaginado que podría sentirse así con alguien. Una persona capaz de inflamar sus sentidos de esa manera acabaría con su voluntad; y si había algo que no soportaba, era perder el control de sus emociones. Quizás se debía a todos los años que había tenido que mantenerlas sujetas con mano fuerte; pero, la verdad, odiaba sentirse vulnerable; los sentimientos que le provocaba eran nuevos, excitantes, aunque a la vez, la perturbaban; y eso no le gustaba.

Cuando llegó a su habitación después de dejarlo en las caballerizas, sintió como si una extraña fiebre se hubiera adueñado de ella. Jamás se había sentido tan viva y tan desesperada.

Contra toda lógica y, a pesar de su férrea voluntad, no era inmune a sus caricias ni a sus palabras. Y, ¡por Dios!, tampoco lo era a sus tiernos y exigentes besos. Sabía que se estaba enamorando de un libertino.

La situación era peor de lo que había creído en un principio. Sólo significaba una cosa: sufriría sin remedio. Por el contrario, para él, sería una más que añadir a su larga nómina de conquistas.

Tendría que evitarlo como fuera; nunca compartiría con él un amor sincero. Aunque de sólo pensarlo, ya sentía una extraña sensación de vacío en su interior. Por esa razón, el resto del día lo había pasado de un lugar a otro, en un intento por estar ocupada y evitar aquellos sitios donde pensaba que él estaría.

Sí, era cierto; lo había estado esquivando, aunque con hombres como él, era la mejor medicina.

En su intento por escapar de su presencia, había aceptado acompañar a las hijas de lady Mitarashi y a lady Inuzuka al pueblo. Se les había antojado comprar unas cintas de colores para el pelo que hicieran juego con el vestido que lucirían esa noche. A último momento, convenció a Temari para que las acompañara en la excursión, porque ir al pueblo, sin dudas, lo era.

Ya había anochecido y estaba frente al espejo, preparándose para la cena y para encontrarse con lord Uchiha. Esas horas transcurridas, desde que se había visto por última vez, no le sirvieron para acallar sus deseos.

Gracias a Dios, Temari no se había dado cuenta de nada, pese a que la miraba con cara de ʺ¿qué te pasa a ti?ʺ. Estaba muy atareada ayudando a su tía con los invitados y coqueteando con los caballeros que revoloteaban en torno a ella.

Esa noche, Natsu volvió a peinarla con esa magia que tenía en las manos, que hacía que cada pequeño bucle pareciese destinado a estar exactamente ahí.

En esa ocasión, le hizo un recogido bajo y, con unas tenacillas, había dado forma a varios mechones que resaltaban las facciones ovaladas de su cara y atraían la mirada hacia allí de quienes habitualmente observaban sus senos, donde un furtivo rizo se había acomodado de manera natural. Se miró de cuerpo entero en el espejo y contempló su imagen. El vestido de seda color azul con lazos más oscuros en las mangas, que había elegido esa noche, le quedaba bien, a su modesto entender.

Durante todo el rato que la estuvo peinando, Natsu, con su entusiasmo natural, la llenó de piropos y hasta aplaudió el resultado final. Sakura soltó una carcajada que contagió a la doncella. Ambas rieron amigablemente.

Demoró todo lo que pudo en bajar y, cuando lo hizo, los invitados ya estaban pasando al comedor.

Por suerte, esa noche lord Uchiha no quedó situado cerca de ella a la mesa, cosa que la tranquilizó de manera momentánea.

A su lado, se sentó Sasori Akasuna. La verdad era que se trataba de un caballero muy amable y simpático, y ella agradeció entregarse a la animada charla que, compartieron.

La cena estaba exquisita. Entre el faisán, las verduras estofadas con mantequilla, los distintos pescados y los deliciosos postres, así también como la tarta de nueces, Sakura acabó completamente satisfecha.

Se sabía que una dama nunca debía comer demasiado, pero esa noche, no estaba para normas sociales. Además, era más seguro atender a la comida que mirar el rostro enjuto de lord Uchiha.

De todas formas, tenía que reconocer que, a pesar de todos sus esfuerzos y promesas, no había podido evitar mirar, de manera furtiva, en su dirección más de una vez. En una de esas ocasiones, lo vio reírse, de manera efusiva, con la señora Oakham, una viuda de muy buen aspecto que, constantemente, le hacía ojitos de forma descarada. Era evidente el mensaje. Se le estaba insinuando, y lord Uchiha no parecía hacerle asco a sus esfuerzos. Era, sin duda, un donjuán de pacotilla.

Dejo el tenedor encima del plato, respiró hondo y se pidió a sí misma algo de calma. Observó su mano, la misma que antes había sostenido el cubierto, y se dio cuenta de que había estado sujetándolo con demasiada fuerza, ya que tenía la palma roja y con unas leves marcas; lo peor era reconocer que podía ser a causa de un ligero ataque de celos. ¡Ligero! ¿A quién quería engañar? Eso era la humillación final.

Le habría retorcido el cuello a aquella viuda. ¿Y él? ¿Tan poco habían significado sus besos, que ya se lanzaba en busca de una nueva presa?

Si él se diera cuenta, en ese instante, de todo lo que ella sentía, no podría volver a mirarlo. Se reiría de ella y diría que era una chiquilla inocente, que todo lo magnificaba; y habría que darle la razón, porque, si era sincera consigo misma, se estaba comportando como una niñita.

Cuando finalizó la cena, los hombres se retiraron a tomar una copa, mientras las damas se quedaron charlando un rato en el salón, a la espera de que los caballeros se unieran de nuevo a ellas.

Antes de que pudiera seguir atormentándose más con el único tema del día, Temari se sentó junto a ella.

—Me dijeron que te vieron llegar a caballo, esta mañana, con lord Uchiha, y por poco le pego a la que me lo ha dicho, por ser una mentirosa amante de los chismes —le dijo Temari con aire interrogativo.

Sakura tuvo que reprimir una sonrisa. Su amiga era tan impulsiva que bien podía ser cierto lo que le había dicho, y haberse ido a las manos con la chismosa.

—Sí, bueno, salí a dar un paseo y me encontré con él y, como se hacía tarde, y los dos veníamos hacia acá, se ofreció a traerme.

—Ya —dijo Temari—, y diciéndome eso te quedas tan tranquila, ¿verdad? Pero, verás, eso sonaría convincente si no fuera porque te da pánico montar, Sakura.

Sabía que su amiga no pararía hasta sonsacarle la verdad. Temari era peor que un detective de Scotland Yard. Ni por un momento, conociéndola como la conocía, iba a creer la estúpida explicación que acababa de darle. Peor aún, en esos momentos, estaría pensando qué la habría llevado a contarle tan absurda excusa. Sumaría dos y dos, y sabría que algo había pasado.

—Oh, está bien, Temari; me obligó a subir con él y me puso furiosa. Había estado coqueteando conmigo desde el baile que ofrecieron tus padres; así que le dije que, si pensaba sumarme a la lista de tantas jovencitas que caían rendidas a sus pies, no perdiera su tiempo.

Sakura se dio cuenta de que Temari la miraba atónita.

—Y ¿puede saberse por qué no me dijiste que lord Uchiha estaba interesado en ti? —preguntó Temari cuando por fin reaccionó.

—Oh, Temari, ¡no me mires con esa cara! Si no te dije nada, fue porque creí que se le pasaría y se fijaría en otra; pero hoy me ha dejado claro que soy un posible objetivo.

—Sakura, no estás hablando de tácticas militares —le dijo mientras movía la cabeza en señal de desaprobación—. Sin embargo, todo lo que me has contado es maravilloso. —Una gran sonrisa se instaló, de repente, en sus labios.

Sakura estaba atontada, porque ¿estaban hablando las dos de lo mismo, o su amiga estaba en otro planeta?

—¡Maravilloso, Temari, maravilloso! ¿Estás loca? ¿O te has dado un golpe en la cabeza? Tú sabes, tan bien como yo, lo que se dice de él. Tiene más amigas que pelos tenemos nosotras en la cabeza. Y cuando hablo de amigas, no lo digo en el sentido fraternal de la palabra.

—¿Y qué? —dijo con entusiasmo desbordante—. Además, según mi primo, tiene una regla en cuanto a las damas sin experiencia. Parece ser que nunca se acerca a ellas. Así que, si va detrás de ti y rompe, por primera vez, una de sus normas, significará algo, ¿no crees?

—Sí, significa que es un mujeriego sin escrúpulos.

Sakura estaba que echaba chispas. No podía creer que su amiga estuviera contra ella y defendiéndolo a él. Decididamente, el mundo se había vuelto del revés.

—Pues ese libertino viene hacia aquí en este instante, y yo debo ir a ver si mi tía necesita que la ayude con la señora Akasuna y su marido; ya sabes que hablan por los codos.

—Ni se te ocurra, Temari. ¡Temari! —susurró y apretó los dientes, mientras su amiga ya se alejaba y le guiñaba un ojo.

Cuando quiso darse cuenta, y antes de que pudiera reaccionar, lord Uchiha estaba casi a su lado.

Había que reconocer que esa noche estaba guapísimo. Vestido de negro, con una camisa blanca y un nudo sencillo y a la vez elegante, era, sin duda, el hombre más atractivo del salón.

—Buenas noches, señorita Haruno. Veo que la han dejado sola.

—Si ha venido...

Sakura no pudo seguir, porque Sasuke levantó una mano en son de paz para detener la diatriba de ella.

—Por favor, Sakura, déjeme terminar.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre, y en sus labios, le sonó hermoso. Era como si lo hubiera escuchado por primera vez, y actuó como un bálsamo para sus nervios.

—Le pido mis más sinceras disculpas. Jamás pensé que su miedo proviniera de tan desgraciadas circunstancias, y fui un estúpido al no darme cuenta de la profundidad de su desasosiego. Debe creerme cuando le digo que me cortaría un brazo antes que hacerla sufrir de nuevo.

Sakura comprobó que había pesar en sus ojos, y también ternura, la misma que había creído ver esa misma mañana. Sintió que se le aflojaba el nudo que tenía formado en el estómago, mientras se le hacía otro en la garganta. Como pudo, le dio las gracias.

Se quedaron allí, mirándose el uno al otro, en un momento mágico, sin atreverse a efectuar ningún movimiento por temor a que se pudiese romper el hechizo.

Esa fue la ocasión elegida por lord Suikazan para hacer notar su presencia.

—Vaya, señorita Haruno; si me permite decirlo, esta noche está encantadora. Me recuerda usted mucho a su madre. No sé si sabrá que fui uno de sus admiradores, antes de conocer a mi esposa, claro está.

—Es usted muy amable, lord Suikazan —le respondió Sakura mientras, en su interior, deseaba que no hubiese aparecido. Habría querido un poco más de tiempo para seguir experimentando esa sensación casi mágica que se había creado, momentos antes, entre ella y lord Uchiha y que, todavía, la tenía en una nube.

—Lord Uchiha —dijo lord Suikazan y dirigió su atención a Sasuke, mientras fruncía la nariz como si hubiese olido algo en mal estado. Saltaba a la vista que le disgustaba su presencia.

—Lord Suikazan —respondió Sasuke y usó el mismo tono que había utilizado con él. Su semblante carecía de emociones, como si nada de aquello, la velada, los invitados y la actitud de lord Suikazan, que rayaba en el insulto, le importara en absoluto. Sin embargo, para alguien observador, no pasaría inadvertida la repentina rigidez que parecía haberse apoderado de su cuerpo, y la fuerza con que apretaba su puño izquierdo, que desmentía esa pose de indiferencia.

El muro, que hacía unos segundos se había derribado, había vuelto a levantarse. Por lo menos, no había sido ella la responsable, sino ese hombre con mirada penetrante, que a Sakura le recordaba a un ave de rapiña.

Aunque no hubiese sido un prepotente pomposo, le habría caído mal sólo por haber interrumpido ese momento mágico. Las dos papadas, que pretendía disimular con el lazo, le caían de manera uniforme sobre el nudo, que resaltaba, aún más, su flácida barbilla. El traje, a la última moda, no hacía nada por estilizar su figura y le restaba elegancia a la alta confección.

—¿Sabe, lord Uchiha? Yo conocí a su padre; éramos socios del mismo club. Un gran hombre, sin duda —dijo lord Suikazan, mientras se llevaba un pañuelo a la comisura del labio.

—Sí, sin duda —afirmó Sasuke con frialdad en los ojos.

—Su padre me habló de usted, y me alegra comprobar que se ha enderezado, muchacho. Verdaderamente, fue una lástima lo de su hermano. Todos teníamos muchas esperanzas depositadas en él. Habría sido un hombre de categoría. De todas formas, reconforta saber que la decepción que usted reportó a su padre durante todos estos años, al final, ha terminado; aunque claro, era lo menos que cabía esperar, después de todo el sufrimiento y la humillación que le hizo soportar.

Sakura observó cómo la mandíbula de Sasuke se endurecía. Estaba claro que Suikazan se estaba jugando su seguridad física.

—Mi padre estaba equivocado en muchos aspectos, y yo era el mayor de sus errores. De todos modos, él ya está muerto, y le aconsejaría que, de ahora en adelante, se abstuviera de dirigirme la palabra. Y, ahora, si me disculpan.

Sakura lo siguió con la mirada mientras Sasuke se dirigía a la terraza, atravesaba las puertas y desaparecía en el jardín. Jamás lo había visto así. Aun cuando ella lo había insultado, se había comportado con un control inusitado. En sus ojos, en los que alguna vez había encontrado emociones, pese a que él trataba de disfrazarlas con indiferencia, había podido ver, en ese instante, un profundo dolor que ensombrecía su mirada.

De una cosa estaba segura, y era que lo que hubiese pasado entre Sasuke y su padre había sido importante y doloroso, hasta tal punto de no poder dominar la furia que lo consumía. Sin duda, Suikazan había tenido suerte de no terminar con los dientes en el suelo.

—¡Vaya grosería la de ese muchacho! —exclamó lord Suikazan—. Cuando su padre decía que era una maldición que hubiera nacido, tenía razón.

Sakura ya no podía contener por más tiempo el enfado que había ido creciendo en su interior, por la desfachatez de ese insolente con aires de superioridad al denigrar a Sasuke. El que alguien intentara hacerle daño, la ponía furiosa. De buen grado habría rodeado las dos barbillas de ese hombre y lo hubiera estrangulado.

—Grosería la de usted, lord Suikazan. Debería pensar antes de hablar; aunque, claro, eso requeriría un gran esfuerzo de su parte además de necesitar una pequeña porción de inteligencia de la que carece por completo. Y, ahora, si me disculpa a mí también —le dijo mientras se daba vuelta para irse, no sin antes ver cómo los ojos saltones del caballero se abrían de par en par.

Sin pensarlo y por instinto, se encaminó a la terraza. No sabía qué iba a decirle, pero sentía una necesidad imperiosa de estar junto a él.

Cuando salió fuera, no lo vio de inmediato. Pero cuando se acercó a la barandilla, desde donde se podía observar la magnitud de los jardines, lo distinguió abajo, junto a un árbol, apoyado de espaldas a ella.

Bajó por las escaleras y pisó el césped; podía sentir su frescor a través de sus zapatillas de satén. Se acercó silenciosamente, aunque no lo suficiente, porque Sasuke notó su presencia. Cuando estaba a escasos pasos de él, giró y le ofreció su mirada más gélida.

Sasuke no sabía todavía cómo no había podido controlar sus impulsos. Cuando Suikazan le había hablado, con tanta familiaridad, de un tema que ni siquiera Naruto se atrevía a insinuar, algo en su interior se había removido. Todos los recuerdos, los cuchicheos de la sociedad que lo consideraba de la peor calaña, la mirada de los contemporáneos de su padre que lo juzgaban y le daban la espalda con desprecio, la muerte de su hermano y cuánto le había costado armar una coraza que lo protegiera de todo aquello. Todo ello ante lo que se creía ya indiferente, lo había golpeado con fuerza en un sólo instante.

Después de tanto tiempo, no pensaba que unas pocas palabras pudieran hacerlo sentir, otra vez, como un muchacho. Hacía mucho tiempo, se había jurado que jamás bajaría la guardia, que nadie provocaría ni la más mínima reacción en él; todo lo que se había propuesto y conseguido hasta ese momento se había desplomado en dos segundos.

Había estado tan concentrado en su deseo por Sakura que había bajado de una manera infantil sus defensas, y Suikazan lo había tomado por sorpresa, algo a lo que, hacía mucho tiempo, no estaba acostumbrado.

Maldecía ese momento. Todo aquello había quedado atrás, enterrado en lo más profundo de su ser. Desde que era un adolescente, no volvía sobre esos recuerdos; sin embargo, esa noche, lo habían impactado de una manera inaudita, sin darle tiempo a evitar que Sakura fuera testigo de ello.

La brisa de la noche removió sus cabellos con timidez, y le dio una sensación de paz que no sentía realmente. Había salido del salón en busca de un momento de soledad, de intimidad para calmarse y volver a sujetar las riendas de su carácter. No esperaba que ella lo siguiera después de lo que había pasado, pero el dulce aroma a flores silvestres y canela que llegaba desde su espalda le era inconfundible.

Le pediría que volviese al salón, le diría que allí no tenía nada que hacer. Cuanto antes se deshiciera de ella, antes podría volver a sus pensamientos.

Con la rabia que aún quedaba en su interior, giró para mirarla.

—Señorita Haruno, debería volver ahí dentro —le dijo y señaló, con un leve movimiento de cabeza, la puerta que daba al salón, por las que momentos antes había salido—. No estoy ahora para juegos verbales, de esos con los que usted tanto disfruta.

Sakura sabía que Sasuke quería estar solo, pero se resistía a marcharse.

—Le aseguro que no vengo con esa intención, sólo quiero saber cómo está —le respondió Sakura, y dio un paso más hacia él.

—¿Y ese interés repentino por mi salud, señorita Haruno?

Para malestar de Sakura, volvía a ser de nuevo "señorita Haruno".

—Sabe de qué estoy hablando. —Lo miró fijo.

—Si se refiere a Suikazan, debo desilusionarla; no tiene la mayor importancia —le respondió Sasuke, aunque su semblante reflejara todo lo contrario.

—Eso no se lo cree ni usted, lord Uchiha. Además, imagino que usted no le retira la palabra a ningún caballero por una simple nimiedad. ¿Sabe lo que creo?

—No, pero no sé por qué me parece que va a decírmelo de todas formas —le contestó Sasuke, con un tono de voz que no dejaba duda alguna de lo irritante que le estaba resultando la conversación.

—Pues creo —siguió Sakura, como si las reservas de Sasuke y su mal genio no fueran más que un capricho de niño malcriado— que Suikazan ha mandado todo su autocontrol, del que he de decir que merece toda mi admiración, al mismísimo demonio; y para hacer eso, sin duda, debe de haberlo afectado profundamente, y no porque las haya dicho un estúpido pomposo, que sin duda lo es, sino porque le ha hecho recordar algo amargo. No pretendo inmiscuirme, pero no me haga creer que lo que ha pasado no tiene importancia, porque he visto su cara, y le aseguro que lo delataba —dijo Sakura con un gesto teatral—. Sé que, de haber podido, habría golpeado a Suikazan allí mismo.

—¡Qué perspicaz! Me ha dejado anonadado, pero, a pesar de ello, debo aconsejarle que se vaya a hacer conjeturas a otro lado —sentenció Sasuke, con un susurro que erizaba los cabellos.

—No —dijo con obstinación Sakura.

—¿No?

—No —volvió a contestar e intentó dar más seguridad a sus palabras de la que verdaderamente sentía por dentro. Era como si sus pies hubiesen echado raíces en el suelo e impidieran su retirada.

—Está jugando con fuego, Sakura. Se lo diré por última vez: márchese de aquí, porque si se queda, créame, no será para hablar.

Sakura sintió deseos de huir, pero no podía dejarlo solo; algo dentro de ella le gritaba que se quedara; que, a pesar de su obstinación, era un hombre que sufría.

—No —volvió a decir a Sakura—. No pienso moverme de aquí.

—¡Mujer entrometida, insensata, cabeza dura!

Sasuke pensó que esa muchacha se lo había buscado. Se lo había advertido y había hecho caso omiso de sus palabras. Se había metido en sus asuntos como si hubiera tenido algún derecho a ello.

Salvando, de dos zancadas, la distancia que los separaba, la tomó con algo de brusquedad entre sus brazos y la besó. No con un beso tierno, sino con uno exigente que pedía una total rendición.

Devoró su boca con el ansia del sediento que busca agua después de cruzar el desierto.

Con el dedo la obligó a separar sus labios para poder penetrar en su boca y hacerla totalmente suya. Exploró con su lengua cada rincón de su exquisita oquedad.

Lo quería todo y no se conformaría con menos, pensó, mientras su necesidad de ella, lejos de saciarse, era cada vez mayor y le producía una dolorosa erección que anunciaba sus más oscuros deseos.

Entre la confusión de su ardor, sintió los gemidos de Sakura que, lejos de estar luchando o parecer asustada, se hallaba totalmente entregada a él, a cada sensación, a cada acometida de su lengua. Sus delicados brazos le rodeaban el cuello, mientras se apretaba sensual e inocente contra él. Le devoraba la boca con un ansia que igualaba la suya, y cuando Sasuke tomó conciencia de ello, también gimió entre sus labios.

Sabía que, con poco esfuerzo, podía hacerla suya allí mismo; pero debía parar, porque Sakura no se merecía aquello. No allí y de esa forma. Ella se merecía toda la ternura del mundo y no el deseo salvaje, producto de su rabia.

—Sakura, váyase —le dijo, mientras intentaba separarse de ella—. Por favor, váyase. —Ya no fue una orden, sino una súplica.

Sakura lo miraba fijo a los ojos y leyó, por primera vez, lo que le decían: claramente, contradecían sus palabras.

—No —dijo Sakura mientras le tocaba con suavidad la mejilla con sus dedos—. No lo dejaré solo, porque sé, en mi interior, que está sufriendo.

Sasuke sintió como si lo hubieran abofeteado. Nadie, jamás en su vida, había sido capaz de ver en él lo que Sakura había descubierto. Naruto y lady Tsunade habían atisbado algo, pero siempre había sabido mantenerlos a distancia.

Sin embargo, allí estaba una muchacha, a la que apenas conocía, pero capaz de entrar en su interior para mostrarle sus sentimientos con ingenua claridad, para dejarlo completamente desnudo; y él no podía permitirse eso.

—No sé de qué habla.

Sakura hizo un gesto con la cara en señal de que esa respuesta la había decepcionado. Sin embargo, sus ojos estaban llenos de obstinación, y le decían, a las claras, que no podía engañarla y que no se daría por vencida tan fácilmente.

—No hace falta que me lo cuente, pero ¿sabe? Yo sé algo acerca del dolor y sé que es traicionero. Aprendí que cuando cree que se ha ido para siempre de su vida, lo ataca por sorpresa y vuelve a golpearlo sin ningún tipo de escrúpulo. No puedo hacer que desaparezca, pero sí puedo permanecer con usted un rato, quizás el suficiente para que esconda su compungida expresión. Déjeme, aunque sea en silencio, que comparta su pena.

Sakura no había apartado la mano de su mejilla, y sus ojos estaban cargados de lágrimas sin derramar.

Algo se rompió dentro de Sasuke, algo que ni siquiera podía identificar, pero que hizo que sintiera la necesidad imperiosa de abrazarla fuertemente contra él, como si fuera su salvación.

No era justo cargarla con todo eso, pero él tampoco lo había elegido; no había querido mostrar sus sentimientos, su rabia; y menos aún, habría querido experimentar que necesitaba a alguien de la manera que la necesitaba a ella en ese momento.

Sin saber cómo ni por qué, como un espectador más, empezó a escuchar sus propias palabras que brotaron. Al principio, titubeantes, escasas, tímidas; pero luego, como un torrente, comenzaron a contarle, a grandes rasgos, la razón de su pesar. Le habló de su niñez, de cómo su madre había sufrido a manos de su padre, sin que él pudiese hacer nada por detenerlo. Le contó que había perdido a su hermano en un estúpido duelo y cómo había dejado atrás a su padre por todo lo que le había hecho sentir.

Mientras él hablaba, Sakura intuyó que, detrás de sus palabras, aún se ocultaban muchas más que él callaba, y que debían de ser sumamente dolorosas. Podía imaginarse a un dulce niño de cabellos negros y ojos brillantes, expectante a lo que su padre dijera, mendigando un poco de su cariño. Sólo podía sentir indiferencia por aquel hombre orgulloso y pagado de sí mismo, que no se había dado cuenta de la clase de hijo que había tenido.

También sentía rabia en su interior. Sasuke había defendido a su hermano con vehemencia; y sin embargo, su padre afirmaba que el único que habría merecido la muerte era Sasuke. Pero la realidad era que el hermano lo había utilizado. Se había resguardado detrás de él para seguir con su vida disoluta, mientras Sasuke sufría las humillaciones públicas y el desprecio de su padre. Pese a todo, jamás lo había delatado.

Sasuke miró a Sakura, por primera vez desde que había comenzado a hablar. Pensó que ella confirmaría su sensación de culpabilidad, que sus ojos expresarían lo que él ya sabía: cuan lamentables habían sido sus esfuerzos por salvar a las personas a las que había amado. Sin embargo, y para su asombro, fue todo lo contrario.

En sus ojos, sólo encontró calor. Sus mejillas estaban mojadas por las lágrimas derramadas, y su mano estaba fuertemente enlazada a la suya. En ese momento, tomó conciencia de que, durante todo ese tiempo, ella no lo había soltado.

Sakura lo comprendía sin que hicieran falta palabras, y eso no le había ocurrido nunca. Era algo nuevo para él, que lo hacía sentirse diferente, como si un gran peso hubiera dejado de aprisionarlo.

Sakura se acercó lentamente a él y, con una dulzura casi hiriente, lo besó. Ella no lo sabía; pero con ese pequeño gesto, con ese acto, había sellado el destino de ambos. Porque tarde o temprano sería suya.

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En la intimidad de la habitación, Sakura pensaba cómo había cambiado todo, en unos pocos días.

Se había retirado sólo unos minutos antes y en ese momento, tumbada en la gran cama con dosel, miraba fijamente las figuras que tejía, en los rincones, la luz de la luna llena que coronaba el cielo esa noche con su hermosura etérea.

No podía cerrar los ojos; el recuerdo de sus besos y el tacto de sus manos sobre su piel eran tan intensos que le faltaba el aire. Jamás pensó que lord Sasuke Uchiha sería el hombre que le robaría el corazón. Ya no podía seguir negándolo por más tiempo. Estaba enamorada de él.

Todavía resonaba, en sus oídos, todo lo que él le había contado esa noche; y no podía dejar de sentir una opresión en el pecho. Era incapaz de dejar de llorar por su niñez; realmente amaba al hombre en que se había convertido, sin poder precisar cuándo sus sentimientos habían alcanzado tal magnitud.

Era una tonta por dejarse llevar así, pero no podía evitarlo. Sin saberlo, se había sentido unida a ese hombre desde la primera vez. Desde que lo conoció, mucho antes de saber su historia, había algo dentro de ella que le decía que no era la clase de hombre que se rumoreaba. Aunque, de igual manera, había sabido con certeza que tampoco era de los que se comprometían. Eso la llevó a deducir que era sumamente difícil que albergara algún sentimiento serio hacia ella.

Además, si debía ser sincera consigo misma, ella no era una mujer sofisticada ni deslumbrante, y menos aún, divertida. Ese hombre había visto el mundo, y ella, en cambio, no había salido de su hogar y su rutina. Estaba claro que para él sería una aventura más y, por muy tentador que resultara dejarse llevar por todo lo que le hacía sentir, no podía olvidar adonde la conduciría aquella lujuria.

Perdería su virginidad, algo en lo que venía pensando desde el momento en que lo había conocido. Y ese sería el menor de los problemas; porque lo peor vendría después, cuando todo acabara. Ella no era libre para decidir, también debía pensar en su familia.

No, decididamente debía acallar todo lo que su mente y su cuerpo le repetían, a viva voz, a cada instante. Tendría que disfrazarlo y debería comportarse, desde ese momento, con la normalidad exigida. Sería muy difícil, lo reconocía, pero también necesario.

Juró en silencio que siempre estaría cerca por si la necesitaba, como amiga. Arriesgarse más de lo que ya lo había hecho, y exponerse a un sufrimiento que, con seguridad, sería inevitable, era una auténtica locura.

Había tomado una decisión y sólo esperaba ser lo suficientemente fuerte como para ser fiel a ella.

A pesar de eso, no sintió el alivio que había imaginado y le quedó un regusto amargo, con la convicción de que tendría una noche muy larga por delante.

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Sasuke estaba sentado en su despacho y repasaba las cifras que arrojaba la contabilidad de sus propiedades. Los cambios a efectuar eran mínimos.

Su padre podría haber sido un necio, además de un dictador, pero nunca un estúpido. Había que reconocer que había protegido con mano férrea el patrimonio familiar.

—¡Mierda! —gritó. Había manchado con tinta una columna que acababa de repasar. Tenía que dejar de pensar en Sakura de una vez por todas.

Después de aquella noche, que ni siquiera él podía aún explicar, no había vuelto a verla.

A la mañana siguiente de su encuentro en el jardín, los invitados empezaron a dejar Crossover Manor. Sakura había partido al alba con la señorita Sabaku, para poder llegar pronto a Londres, según le comentó lady Tsunade.

Tenía que reconocer que, por un lado, aquella información le quitó un peso de encima; la noche anterior, se había sentido vulnerable a su lado, y odiaba esa sensación. Sin embargo, no podía de dejar de recrear en su mente, una y otra vez, a Sakura frente a él, con su pequeña mano enlazada a la suya, mientras le daba consuelo y lo escuchaba sin reservas.

Tampoco podía olvidar su boca, tan dulce como la miel; ni su cuerpo apretado contra el suyo, que le ofrecía el momento de calma que, durante tantos años, de forma infructuosa, había buscado.

Sabía que debía volver a verla, y pronto, porque necesitaba estar con ella. No entendía qué le había hecho, pero estaba convencido de que sólo ella tenía el remedio para cicatrizar sus heridas y calmar su deseo.