Capítulo 6

Había transcurrido sólo un día desde que había vuelto a su casa, y aún no podía creer los cambios que se habían producido en ella.

Después de dejar Crossover Manor y haber tomado su decisión con respecto a Sasuke, sólo había pensado en llegar a su casa y retomar su rutina.

Esperaba que sus obligaciones le devolvieran la tan ansiada tranquilidad que buscaba; de forma inesperada, Uchiha había trastocado toda su vida. Sin embargo, al llegar a su casa, esa calma le fue negada y fue sustituida por el más absoluto desasosiego.

Recordaba cómo su madre y su prometido la habían recibido en la biblioteca a su llegada. Apenas había entrado, supo que algo pasaba.

Su madre había tratado de disimular la ansiedad que, tanto sus ojos como sus manos, que no dejaban de retorcer un pequeño pañuelo, delataban. Gengetsu Hōzuki, marqués de Lavillée, había, sin embargo, esbozado una de esas sonrisas que a Sakura siempre le habían parecido falsas hasta la saciedad. Recordaba con nitidez cómo se había levantado hacia ella y, con fingido entusiasmo, la había besado en la mejilla; eso le había provocado escalofríos que aún la recorrían cuando pensaba en ello.

Si cerraba los ojos podía reproducir cada paso de lo acontecido el día anterior, y resonaban aún en su cabeza, las palabras que parecían haberse grabado a fuego en su mente.

—Querida Sakura, ¿qué tal tu fin de semana con Temari en Crossover Manor?

—Muy bien, lord Lavillée —contestó Sakura mientras intentaba poner un gesto agradable en el rostro.

—Sakura, ¿cuántas veces tengo que decirte que me llames Gengetsu? Al fin y al cabo, dentro de unos días, voy a pasar a ser parte de la familia.

Aquello disgustaba sobremanera a Sakura; pero, al ver el rostro de su madre, aún más congestionado, intentó pensar que debía hacer un esfuerzo, ya que ese hombre suponía la felicidad para ella.

—Si ese es su deseo, que así sea, Gengetsu.

—Así está mejor —contestó Lavillée, como un sabueso que por fin consigue a su presa.

Su madre suspiró largamente, lo que hizo que Sakura recelase sobre su estado de salud.

—Madre, ¿qué tal estás? —le preguntó mientras se acercaba a ella para besarla y darle un pequeño abrazo.

—Muy bien, hija —le contestó y, aunque trató de sonreír, la voz le había sonado tensa como las cuerdas de un arpa.

Sakura estaba ya más que nerviosa. Sabía que algo pasaba y, cada minuto que se prolongaba la conversación sin que le dijeran el motivo del evidente desasosiego de su madre, más se crispaban sus nervios. Quizás, pensó para tranquilizarse, fuera por algún preparativo de la boda, o por una riña de enamorados. Quizás no debía darle tanta importancia; debía intentar no ver fantasmas donde no los había.

—Pues pareces preocupada, madre —le confirmó más que preguntó.

De pronto, una súbita inquietud, la misma que había desechado segundos antes, la inundó. En ese mismo instante, se dio cuenta de que alguien faltaba en aquel cuadro familiar. Había estado tan absorta observando a su madre que no había preguntado por su hermano; en realidad, era muy extraño que no hubiese entrado corriendo a abrazarla, como solía hacer siempre que llegaba luego de estar ausente, aunque fuese apenas por un par de horas.

Eso era algo que nunca faltaba. Su madre le había recriminado, una y otra vez, que no alentara a Shii en ese comportamiento nada decoroso; pero a ella le encantaba y, aunque parecía increpar a su hermano, siempre le guiñaba un ojo mientras lo hacía, lo que provocaba su sonrisa. Quizás lo que pasaba era que Shii estaba enfermo, y por eso su madre estaba preocupada.

—¿Ha pasado algo con Shii? —preguntó cada vez más intranquila.

Su madre bajó la mirada a sus manos, que otra vez se retorcían ansiosas, a la vez que miraba al Marqués como pidiendo ayuda.

—Verás, querida —dijo el Marqués, con una calma que no le hacía presagiar nada bueno—. Tu madre y yo hemos pensado mucho estos meses sobre la situación de Shii y hemos llegado a la conclusión de que lo mejor para él, hoy en día, es un internado.

—¡¿Un internado?! Eso es imposible —afirmó Sakura y miró a su madre que parecía evitar su mirada—. Shii es un niño muy especial que necesita mucho cariño, y no un internado lejos de su familia.

—Sé que esto es difícil, tanto para ti como para tu madre, pues os habéis dedicado a tu hermano con una actitud encomiable; pero habéis tenido que pagar un alto precio por ello. Mi dulce Mebuki, el precio de aceptar que su hijo nunca llegará a ser normal; y tú, querida, el de renunciar a la vida habitual de una joven de tu edad y posición social. Shii necesita muchos cuidados y, aunque vosotras os habéis dedicado en cuerpo y alma a él, no creo que haya sido de la forma adecuada. Considero que lo habéis mimado en exceso y, en vuestro celo por protegerlo, lo habéis condenado a ser una persona aún más indefensa de lo que ya es por su enfermedad. Así que, tanto tu madre como yo hemos llegado a la conclusión de que en un internado para jóvenes especiales, no sólo le dispensarán los cuidados necesarios, sino que también lo ayudarán a que se forme como persona y aprenda a defenderse por sí mismo.

Sakura no podía creer lo que estaba escuchando. Sentía que la rabia y la impotencia la carcomían por dentro.

—Señor Lavillée, no sé qué puede usted haber hablado con mi madre, pero lo que es cierto es que he sido yo la que he estado cuidando de Shii estos tres últimos años, y en ningún caso, ha sido una carga para mí. Desde pequeño ha sido un ser especial, lleno de amor y de inocencia, y necesita de todo nuestro cariño. El cariño que su familia puede ofrecerle y no el de un grupo de extraños. Jamás se podrá defender por sí mismo, porque carece de la maldad de la que muchos otros rebosan. Quiero que quede claro que, para mí, no es una obligación, sino un placer cuidar de él, y el hecho de que estuviera con nosotras, de ningún modo ha entorpecido nuestra vida, la misma que tan encarnizadamente usted está intentando destruir.

—¡Sakura! —exclamó su madre con seriedad, y la miró por primera vez desde que comenzó la conversación.

—No puedo creer que tú estés de acuerdo con esto, madre. Sé que ha sido idea del señor Lavillée.

Miró a su madre desesperada; quería confirmar en su rostro sus sospechas; en el fondo, se negaba a creer que ella hubiese tomado parte de aquella decisión.

Pero para su decepción, Mebuki Haruno no dijo nada. Siguió callada, mirando fijamente a su hija, con una determinación que no recordaba haber visto nunca en ella. El Marqués escogió ese momento para tomar la mano de su madre entre las suyas con un gesto de asentimiento. A Sakura se le revolvió el estómago y, sin poder contenerse, hizo salir toda su frustración.

—¿Qué pasa? ¿Es que en vuestra vida juntos Shii no encaja? ¡¿O es que os avergonzáis de él?! —gritó sin control.

—Es una decisión de los dos, y no está abierta a discusión —sentenció su madre mientras miraba duramente a Sakura.

—Pues no pienso dejar que os lo llevéis. Yo puedo seguir cuidando de él. Os aseguro que, de ningún modo, interferirá en vuestros planes —replicó, entre la obstinación y la desesperación.

Su madre volvió a mirar al Marqués; pero esta vez, para que Lavillée diera el golpe de gracia.

—Hicimos las gestiones necesarias para que tu hermano ingresara en el internado hace tiempo, pero quisimos ahorrarte el disgusto de la despedida; salió después de que te fueras a Crossover Manor.

Sakura sintió que el mundo se desmoronaba, de a poco, a su alrededor. Tuvo que inspirar varias veces, lentamente, para que la creciente angustia que estaba experimentando disminuyera lo suficiente como para evitar un desmayo.

Las palabras del que pronto sería su padrastro le hacían eco en la cabeza sin parar: ʺPara evitarte el dolor de la despedidaʺ. Lo habían hecho todo a sus espaldas para que no pudiera poner objeción alguna, y la privaron de la oportunidad de hacerlos cambiar de opinión y, en última instancia, de despedirse de su hermano antes de que se fuera.

Era increíble, pero tenían la desfachatez de insinuar que lo único que les había preocupado eran los sentimientos de Shii y los suyos propios. De todos modos, al final de cuentas, sabía que no habría tenido ni voz, ni voto en la decisión. La tutela de su hermano, que ahora recaía en su madre, pronto la ostentaría Lavillée; y con ello, se ponía fin a toda posible discusión para hacerles comprender el error que habían cometido.

Estaba claro que el Marqués era un factor más que determinante en las decisiones que tomaba su madre, pues nunca antes le había comentado la posibilidad de hacer algo parecido.

Si hubiera seguido con vida su padre, habría desatado la furia del infierno ante tal injusticia.

Como se había demostrado con creces, Lavillée tenía el don de influir sobre su madre, aunque, hasta ese momento, Sakura no había sospechado hasta qué extremo.

Inspiró hondo y, poco a poco, fue recuperando la compostura que, durante tantos años de continuo ejercicio, había aprendido a exhibir, aunque a una persona observadora no se le podía escapar la expresión de dolor y traición que contenían sus ojos y cómo luchaba por no derramar las lágrimas que pugnaban por abrirse paso sobre sus mejillas.

—Si esa es vuestra decisión —dijo, lo más serena posible—, yo no puedo hacer nada, pero iré a verlo en cuanto tenga ocasión, y si por alguna razón sospecho que no es feliz o que no lo tratan como es debido, haré todo lo que esté en mi mano para traerlo de vuelta. Espero, madre, que tu boda bien merezca el sacrificio de tu hijo.

—¡No hables así a tu madre! —bramó Lavillée —. Esperamos que te comportes como una buena hija y que asumas nuestras decisiones como las correctas para el beneficio de todos, así como tu deber de encontrar esta temporada un marido adecuado —dijo ya más calmado.

Sakura lo fulminó con la mirada.

—Sí, señor Lavillée, asumiré mi deber a su debido tiempo, y no en su propio provecho, que es el de echar de esta casa a todos aquellos que puedan representar un estorbo para usted.

Dicho eso, reunió las fuerzas que le quedaban, se puso en pie y se dirigió a la puerta, sin siquiera mirar hacia atrás, con la cabeza bien alta y el corazón roto.

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Los sollozos que intentaba ahogar contra la almohada evitaron que escuchara entrar a Shizune en la habitación. Sólo cuando ella la instó a echarse en su regazo para poder consolarla fue consciente de su presencia.

Sin pensar, se arrojó a sus brazos y buscó aliviar el sentimiento de pérdida que le era imposible menguar. El cariño que su queridísima ama de llaves le prodigaba era siempre un regalo y un consuelo para ella, sobre todo, cuando su corazón sangraba como en ese momento.

Shizune le acariciaba el pelo y la estrechaba fuertemente como tantas otras veces; algo que su madre nunca había hecho, y que ella siempre había deseado que hiciera.

—Mi niña, tranquilízate, por favor; si continúas así caerás enferma —le dijo, a la vez que se apartaba de ella para poder enjugar las lágrimas de la hermosa joven que había llegado a querer como si fuese su propia hija.

—Shizune, se han llevado a Shii a un internado —sollozó Sakura—. Tú sabes que necesita muchos cuidados y especial cariño. Dime, Shizune, ¿cómo van a saber un puñado de extraños lo que él precisa? ¿Cómo se sentirá entre tantos desconocidos?

Shizune sabía lo que estaba sufriendo, porque ella misma se había sentido morir por dentro cuando se lo llevaron. Sin embargo, ese no era el momento de lamentarse; tenía que ayudar a su pequeña.

—Saku, mírame.

Sakura levantó la vista y fijó sus hermosos ojos verdes en ella. Shizune pudo ver la desolación en ellos, además de una herida que, sin duda, tardaría en cicatrizar.

—Pequeña, sabes que Shii es más fuerte de lo que parece y, gracias a tus cuidados y atenciones, es todo un hombrecito ahora. Quizás un internado no sea tan malo, piénsalo; aquí estaba muy bien, pero privado de las experiencias propias que debe vivir un chico de su edad, como es el simple hecho de estar con otros compañeros con los que pueda entablar una amistad. Le vendrá bien valerse por sí mismo, ya verás.

—¿Tú también, Shizune? —la censuró Sakura.

—No es justo, Saku. Ya sé que no es perfecto, pero siempre he creído con firmeza que hay que ver el lado positivo de las cosas. En esto no puedes hacer nada. No contaron contigo, porque era una decisión que ya habían tomado. Sólo te queda aceptarlo y esperar que de ello salgan cosas buenas.

Sakura sabía que Shizune tenía razón. Aunque ella hubiese estado allí, nada habría podido hacer. Pero en su interior, le pesaba el no haberse despedido de él; aparte de considerar despreciable que su madre y el Marqués hubieran actuado a sus espaldas, sin consultarla. Se sentía traicionada.

—Ha sido él, Shizune, lo sé. Antes de que entrara en nuestras vidas, mi madre nunca se había planteado enviar lejos a Shii.

La anciana hizo una mueca con la cara, en señal de que no estaba totalmente de acuerdo con lo que estaba diciendo.

—Sakura, tu madre ni siquiera quería ver a tu hermano. No digo que no lo quiera, porque es su hijo, pero nunca lo ha aceptado. Hace mucho tiempo que se dio cuenta de que no sería un hombre normal, y el verlo era un recuerdo constante de su fracaso en el intento de darle un heredero a tu padre. Creo que, para ella, ha sido un alivio que se fuera a ese internado, mal que nos pese. Aunque no te voy a negar que ese hombre debe de haber contribuido a que la idea germinara en la mente de tu madre.

Sakura ya no podía negar más la verdad que se escondía detrás de las palabras de Shizune. Durante mucho tiempo, no había aceptado ese hecho, pero en el fondo, siempre había sabido que su madre rechazaba a su hermano.

—Sé que tienes razón; mi madre cambió con la muerte de mi padre y, aunque por años no he querido reconocerlo, también sé lo que ella siente respecto de mi hermano. No estoy ciega, Shizune, aunque a veces hubiese preferido estarlo. Por eso —dijo y tomó aire—, hacía todo lo que estaba en mi mano para que ella no tuviese que hacerse cargo de él. Intentaba cuidarlo y podía haber seguido haciéndolo, de veras. Él no habría sido un estorbo para ellos. Sin embargo —dijo mientras la miraba fijo a los ojos—, sigo pensando que es él el que ha metido esa idea en la cabeza de mi madre. Sé que, por sí sola, nunca habría tenido el valor de hacerlo —continuó Sakura más calmada.

—Querida, para ellos, este es el momento más inconveniente, ¿no te das cuenta? —le preguntó Shizune.

—Sé a qué te refieres. El Marqués me dejó claro cuál era mi deber. Imagino que habrán pensado que, difícilmente, podría encontrar un marido aceptable si me quedaba aquí en casa y me hacía cargo de mi hermano.

—Exacto. El otro día, los escuché discutiendo acerca de ti. Parece ser que ya han pensado en un candidato.

Sakura sintió que se le congelaba la sangre en las venas.

—¡Pues no me impondrán un marido! ¡No pueden obligarme! No pienso ir como un cordero al matadero, no voy a ser moneda de cambio en los planes financieros de nadie. Lo siento, pero sólo me casaré con alguien a quien pueda respetar y llegar a querer y, desde luego, seré yo quien elija a esa persona.

—Bueno, bueno, no te preocupes ahora. Intenta dormir un poco. Esta semana será muy larga con eso de la boda —le dijo Shizune mientras se levantaba para dejar descansar a Sakura.

—¿Qué boda? —preguntó Sakura y pensó que, quizás, con todo lo que había pasado se le había olvidado algún compromiso.

—No te lo han dicho, ¿verdad? No, claro que no. Me imagino que, con lo de tu hermano, no te han comentado nada acerca del cambio de planes.

Sakura se puso alerta de nuevo.

—¿Qué cambio de planes? —preguntó recelosa.

—Verás —empezó Shizune e intentó matizar la situación de tal manera que Saku no se alterara de nuevo—. El Marqués y tu madre han adelantado la boda para este sábado. Ya está todo dispuesto. Incluso, estamos esperando la llegada de un sobrino de Lavillée que viene desde Francia expresamente al evento. Recibimos un telegrama suyo en el que avisaba su llegada. Pasado mañana, si no me equivoco.

—Ya veo —atinó a decir—. Entonces, entiendo la premura por la partida de mi hermano. Parece ser que no les convenía su presencia en un acontecimiento de esa magnitud, con la sociedad en pleno presente.

Sakura se dijo que ya no podía seguir disculpando a su madre por más tiempo. Abajo le había dicho algo horrible, fruto de la conmoción que le supuso saber lo que habían tramado a sus espaldas; pero ahora sabía que sus palabras habían sido acertadas. La madre había sacrificado a su hijo por su boda y por su nueva vida. Esperaba que mereciera la pena, porque con ello, no sólo había perdido a Shii, sino también a ella. Tendría que continuar con la farsa de una familia bien avenida, por el bien de todos; pero no podría olvidar lo que había hecho.

Sintió que sus ojos volvían a humedecerse, otra vez, por lágrimas que no querían ser derramadas. No, no lloraría más, no se lo merecían. A pesar de su determinación, cuando, sin querer, se tocó las mejillas con los dedos, notó que estaban húmedas.