Capítulo 7

La boda se celebró en una vorágine de preparativos. La semana había pasado volando y Sakura, tras su vuelta de Crossover Manor, había retomado su vida normal.

Su hermano ya no estaba allí con ellos, y su madre, que parecía permanentemente perdida en una nube, se había alejado de todos, salvo de su futuro prometido, que nunca la dejaba sola. Su madre estaba tan pendiente de que todo fuera perfecto el sábado que sólo cruzaba palabra cuando la conversación estaba relacionada, en forma directa, con los preparativos.

El sobrino del Marqués, que llegó según lo anunciado, es decir, un día antes de la boda, se sentó a su lado en la iglesia. De pelo grisáceo, rasgos afilados y cuerpo esbelto, las había visitado en dos ocasiones junto a su tío antes de la celebración. Al parecer, después del evento, se quedaría unos días con ellos.

A ella le asqueaba la idea de estar bajo el mismo techo que ese hombre, porque Muzuki, así era como se llamaba, le producía escalofríos. Su mirada, que se había posado con demasiada frecuencia en ella durante sus visitas, estaba cargada de claras insinuaciones. Más allá de contener deseo o admiración era, abiertamente, lasciva.

Más de una vez, había pasado su lengua por los labios mientras demoraba la mirada en sus pechos, y había retenido su mano más tiempo de lo adecuado cuando presentaba sus respetos; incluso,,había dejado un rastro de saliva en ella, hecho que a Sakura había asqueado sobremanera.

Siempre hacía ese tipo de acciones con el mayor de los disimulos. Parecía que sabía cómo estirar el juego sin llegar a sobrepasar el límite, sin permitir que fuera visible para el resto.

El saber que tendría que tolerarlo durante unos días más la enfurecía. Y a pesar de que había hecho todo lo que estaba a su mano para desalentarlo en sus atenciones y dejar en claro su desinterés, él parecía que ignoraba esa desaprobación de manera consciente.

Sakura había hecho lo que se esperaba de ella. Había ayudado con los preparativos y se había comportado como la hija perfecta el día de la boda.

Una vez terminada la ceremonia, debía arreglarse para la fiesta que, esa misma noche, ofrecía lady Shijimi, una vieja amiga de su madre, en honor a los recién casados. A esa reunión acudiría la flor y nata de la sociedad, por lo que, sólo por unos momentos, en la intimidad de su habitación, se permitió revelar ante el espejo su verdadero estado de ánimo.

Había sido una semana muy difícil. Ni siquiera había vuelto a ver a Sasuke desde aquella noche en los jardines de Crossover Manor ¡Cómo anhelaba sus besos, sus caricias! Entre sus brazos, había sentido una seguridad y una alegría que, en aquel momento, necesitaba más que nunca.

Sabía que esa misma noche lo vería. Temari se lo había dicho al salir de la iglesia. Al parecer, los condes de Norfolk, junto con sus hijos, su sobrino Naruto y lord Sasuke Uchiha habían confirmado su presencia.

La posibilidad de tenerlo cerca, tan sólo unas horas después, le daba las fuerzas necesarias para no derrumbarse y ponerse a llorar como una niña pequeña. No podía esperar nada de él y tampoco lo pedía; pero quería verlo, experimentar que algo en su vida tenía sentido, como el amor y la pasión que ardían en su interior.

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Sasuke había acudido a varias fiestas durante la semana anterior con la esperanza de volver a verla. Quería comprobar su reacción al tenerla delante. Saber si ella estaba tan afectada como él porque, a pesar de repetirse mentalmente que todo había sido un espejismo, lo que había pasado entre ellos la última vez lo había dejado, para su asombro, aturdido.

Había llegado a la conclusión de que todo había sido producto de su deseo y de su enojo por el cruce de palabras con lord Suikazan, que le habían provocado sentimientos que creía enterrados para siempre.

A pesar de ello, quería comprobar su teoría. Después de una semana desde que la había visto por última vez, estaba seguro de que al estar en su presencia nuevamente, se daría cuenta de que lo sucedido había sido producto de sus instintos más básicos, y que ya, por fortuna, todo había vuelto a su cauce y no se sentiría como un tonto enamorado frente a ella.

Para ser sinceros, el hecho de que asistiera a la boda no había sido casual. Se había enterado por Naruto del inminente enlace de lady Haruno con un marqués francés; enlace esperado por todos, al parecer, para dos meses después. Sin embargo, la premura de la celebración, en vez de suscitar comentarios maliciosos por el cambio apresurado de fecha, había producido expectación, por entenderla como una maravillosa excentricidad provocada, sin duda, por su intenso amor.

En ese momento, comprendió la ausencia de Sakura en las veladas previas a la boda. Hizo todo lo posible y se aseguró una invitación a la fiesta que daría lady Shijimi en honor a los recién casados. Notificó su presencia a la fiesta decidido a sacar de sus pensamientos, de una vez, a esa pequeña de ojos verdes. Esa mujer lo hacía sentir, y eso era demasiado peligroso.

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El salón estaba lleno de gente, todos pendientes de la pareja de recién casados. Agobiada por la vorágine de invitados que querían ofrecer su felicitación a la feliz pareja, Sakura se escabulló como pudo y escapó de toda la atención acaparada por los homenajeados.

Buscó a Temari por toda la sala sin resultado. Debía de estar en el otro extremo del salón, pensó, o quizás, todavía no había llegado.

Ansiando un poco de aire fresco, rodeó a las parejas y demás invitados que colmaban el salón y salió a la terraza. Aún era temprano, pero se sentía cansada, quizás por el personaje que había tenido que interpretar esa semana, muy a pesar suyo. Aunque no quería ni pensarlo: todavía le quedaba una larga velada antes de poder meterse entre las suaves y níveas sábanas de su cama.

—¿Te he dicho ya lo hermosa que estás hoy? —le dijo Mizuki mientras salía furtivamente de entre las sombras con un cigarrillo entre sus delgados dedos.

Sakura se sobresaltó. Había ido hacia allí, porque deseaba estar a solas un rato. Sin Temari con la que poder hablar, y sin rastros de Sasuke, su necesidad de intimidad se había incrementado. Al pensarlo en ese instante, llegó a la conclusión de que, sin duda, habría sido mejor haber permanecido en el salón. No podía imaginar algo que deseara menos que encontrarse a solas con el sobrino de su padrastro.

—Sí, monsieur Hōzuki, me lo ha dicho repetidas veces. De todas formas, le agradezco el cumplido, aunque no lo merezca.

Sakura intentó ser amable, aun cuando eso requería de todo su esfuerzo.

—Por favor, Sakura —dijo Hōzuki en un murmullo meloso—, usted me decepciona. Sabe muy bien que es hermosa. Muchos hombres desearían su compañía, no lo dude; pero he de reconocer que usted es de las que saben jugar muy bien sus cartas. La inocencia es un afrodisíaco para los sentidos de un hombre y lo inducen a tener todo tipo de ideas acerca de las formas en que podría introducirla en el mundo de la seducción —terminó Mizuki, mientras se humedecía los labios con la lengua como si se estuviera preparado para devorar un manjar y saboreara, con antelación, el momento en que lo haría suyo.

—Yo no juego, monsieur y, menos, a seducir a nadie. Si doy esa sensación, crea que es totalmente fortuita y de manera inconsciente, y el hecho de que usted me refiera tales observaciones es del todo inapropiado en un caballero —contestó Sakura que estaba harta de sus insinuaciones y sólo esperaba que lo dicho sirviera para frenar sus indeseados avances.

Hōzuki dio un paso más hacia ella con un peligroso brillo en los ojos.

—No hace usted más que darme la razón, petit. ¡Mon Dieu! Ese carácter suyo. Finge muy bien estar ofendida, porque, sin duda, sabe que con ello acrecienta aún más el deseo en el hombre.

Ya estaba a un sólo paso de ella. Sakura sabía que las pretensiones de Mizuki iban más allá de una mera conversación. Sus ojos se lo decían y también su instinto que, desde el principio, le había dicho que ese hombre era peligroso.

Si llegaba a besarla, no creía que fuera capaz de soportarlo. Intentó volver al salón, pero él no se lo permitió. Con su brazo, hizo imposible su retirada y cubrió el frente con su cuerpo.

—Monsieur Hōzuki, déjeme pasar —le dijo con tono autoritario e intentó parecer más segura y calmada de lo que realmente estaba.

—La dejaré pasar cuando obtenga lo que he venido a buscar. — Mientras ya descendía sobre ella para besarla.

Sakura lo evitó como pudo y le dio un fuerte pisotón. Él ni siquiera se inmutó.

Luego, intentó empujarlo y consiguió que quitara el brazo que la tomaba de la cabeza. Pero no fue lo suficientemente rápida, y Hōzuki la tomó de los brazos con firmeza y la hizo estremecer de dolor por la cruel presión que ejercía sobre ellos.

Cuando creía que ya no tendría escapatoria, una voz profunda y conocida llegó desde la puerta de la terraza.

—Suéltela, si no quiere acabar con todos los huesos rotos —dijo Sasuke con una calma alarmante, mientras se acercaba, muy despacio, hacia ellos.

Sasuke la había visto deambular por el salón sin rumbo fijo. Había estado un buen rato esperando a que llegara, y cuando por fin lo hizo, el deseo de los invitados por felicitar a los recién casados, le impidió acercarse hasta ella rápidamente, y la perdió por unos minutos entre la multitud que se agolpaba alrededor de los flamantes esposos.

No tardó mucho en localizarla de nuevo, y tampoco en comprobar que lo que sentía por ella era aún más intenso de lo que recordaba. Le costaba respirar, como un adolescente cuando le pide un baile a la mujer que es objeto de su devoción.

Esa noche estaba bellísima. Ese vestido verde esmeralda realzaba sus dones naturales y hacía que su piel pareciera de seda. Se maldijo en silencio por estar recitando como uno de esos cursis poetas, que tan de moda estaban entre las damas de la sociedad; sin duda estaba peor de lo que creía.

Habría seguido maldiciendo si en ese momento esos ojos verdes no hubiesen llamado su atención. Su mirada parecía perdida y desprovista de toda viveza. Se la veía abatida.

Todo su fastidio por considerarse tan débil frente a sus encantos dejó de tener importancia y pasó a un segundo plano. Se sentía extrañamente irritado por el estado en el que parecía encontrarse Sakura y, en ese mismo momento, tomó la determinación de averiguar qué le había causado esa aparente amargura; fuera lo que fuese, él aliviaría esa pena.

Con un impulso casi primitivo, se juró no dejar que nada ni nadie le hiciera daño. Él encontraría la solución al problema que le estaba causando esa tristeza; y si era una persona, que Dios se apiadara de ella, porque él no tendría compasión.

Con esos pensamientos en su cabeza, la siguió con la mirada, hasta que la perdió de vista cuando Sakura salió por las puertas que daban a la terraza.

Tuvo que atravesar parte del salón para seguirla hasta allí, y fue varias veces interceptado por viejos conocidos que querían saludarlo y hablar con él. Se deshizo de ellos de la manera más rápida y educada que pudo.

Al llegar a la puerta de la terraza, vio que no estaba sola como esperaba, y un ramalazo de celos le hizo apretar la mandíbula. Se sintió un estúpido. ¿Qué esperaba? ¿Que Sakura también anhelara verlo? ¿Que ella tampoco pudiera borrar el sabor de su boca, como él no había podido hacerlo?

Estaba obsesionado con aquella mujer, la que, por lo visto, estaba teniendo un encuentro con otro hombre; y él no se quedaría allí para verlo.

Ya estaba dispuesto a volver sobre sus pasos cuando algo llamó su atención. Si no hubiera estado tan obnubilado por los celos, se habría percatado antes de que allí algo andaba mal. Sakura no estaba alentando a ese malnacido; por el contrario, estaba forcejeando con él.

Su primer impulso fue abalanzarse sobre aquel tipo y darle su merecido con sus propias manos. Pero se detuvo, aunque le costó mucho controlarse. Consideró la cantidad de gente reunida en el salón, a tan sólo unos metros de ellos, y desistió. Habría sido un verdadero escándalo para Sakura.

Con la mayor frialdad posible, se encaminó hacia ellos. A medida que avanzaba y veía que ese bastardo la tenía atrapada fuertemente del brazo hasta lastimarla, su autocontrol se iba desvaneciendo. De todos modos, su voz salió demasiado suave en comparación con la furia que hervía en su interior.

El alivio que detectó en los ojos de Sakura cuando lo vio fue tan evidente que, por un momento, estuvo a punto de perder su compostura.

El hombre que estaba junto a ella se apresuró a soltarla. Sakura aprovechó la ocasión, se alejó de él de inmediato y se acercó a Sasuke hasta colocarse a su lado.

—Lord Uchiha, qué placer volver a verlo —le dijo mientras intentaba sonreírle sin conseguirlo. Sentía que sus piernas casi no la sostenían, como si fuesen de mantequilla.

Tan sólo unos segundos antes había estado aterrada, pero en ese momento, con Sasuke a su lado, se sentía segura.

Había pasado todo tan rápido que ni siquiera se había detenido a pensar. Miró a Sasuke y se dio cuenta de que el peligro no había desaparecido por completo. Tenía una mirada asesina que iba dirigida, exclusivamente, a monsieur Hōzuki. Parecía querer matarlo, y su expresión no dejaba lugar a dudas.

Sakura no quería ser la causa de una desgracia, que alguien sufriera algún daño por su culpa; así que intentó parecer lo más tranquila posible, como si lo que acababa de ocurrir no hubiese tenido la mayor importancia.

—Lord Uchiha, permítame que le presente al sobrino de mi padrastro, monsieur Mizuki Hōzuki.

Sasuke seguía sin reaccionar, con la mandíbula tensa. Sakura, ya más nerviosa, intentó de nuevo imprimir algo de normalidad a la escena que estaban protagonizando.

—El señor Hōzuki y yo estábamos discutiendo un tema en el que tenemos distintos puntos de vista; pero ya volvía al salón, ¿verdad, Hōzuki?

Sakura sólo esperaba que el hombre fuera lo suficientemente inteligente como para aprovechar la salida que le estaba proporcionando.

—Sí, claro —contestó Hōzuki, con voz apenas audible.

Ya no se lo veía tan seguro con Sasuke delante de él. Más bien parecía aterrado; su frente se había perlado de sudor en sólo unos instantes, a pesar de que la noche estaba fresca.

Sasuke tardó dos segundos en catalogar a aquel bastardo. Había conocido a hombres como él, hombres que disfrutaban ejerciendo su fuerza contra una mujer; pero que, a la primera señal de una confrontación igualada, echaban a correr como cobardes. Sasuke odiaba a esa clase de hombre. Su padre había sido uno de ellos.

De repente sintió cómo Sakura deslizaba su pequeña mano en la suya. Estaba seguro de que ella ni siquiera se había dado cuenta del gesto que había realizado. Esa espontánea reacción tuvo el efecto de aplacar parte de su rabia; porque sólo significaba una cosa, y era que ella confiaba en él, se sentía segura a su lado.

Sabía, con certeza, que, con esa absurda explicación de antes, ella había intentado evitar un enfrentamiento; pero el temblor que sentía en sus dedos y el titubeo en su voz al hablar eran pruebas suficientes del esfuerzo que aquello le estaba suponiendo.

Y esto sólo hizo que deseara, con más ahínco, aplastar a esa rata.

—Si vuelve a acercarse a Sakura, se atreve a tocarla o tan siquiera a mirarla con algún tipo de intención que no sea puramente fraternal, juro que no vivirá otro día para contarlo.

Sakura jamás comprendió cómo el hombre pudo desaparecer tan rápido.