Capítulo 8
Sasuke tenía puesta toda su atención en ella. La escudriñaba con la mirada como si quisiera leerle el pensamiento.
Cuando Sakura se dio cuenta de que su mano estaba aferrada a la de Sasuke intentó retirarla, pero él se lo impidió, la apretó aún más fuerte e hizo imposible que la soltara.
—¿Está bien? —le preguntó, a las claras contrariado.
Sakura no quería que se preocupara por ella más de lo que ya lo había hecho. El enfrentamiento de Sasuke con Hōzuki podía haber sido peor, y temía que, si le contaba todo lo que había pasado, el francés no tuviera tanta buena suerte la próxima vez. En verdad, no sentía la más mínima inclinación a hacerle un favor a Hōzuki, pero tampoco quería involucrar en sus problemas a Sasuke. Él ya había hecho más que suficiente.
—Sí, estoy bien, no debe preocuparse. No ha pasado nada.
—Eso no se lo cree ni usted, señorita Haruno —le dijo Sasuke mientras daba un paso hacia ella.
Sakura tuvo que sonreír al escuchar lo que decía. Aquel bribón le había devuelto sus propias palabras. Las mismas que ella había usado aquella noche, en el jardín de Crossover Manor, cuando estaba preocupada por él.
—En realidad, lord Uchiha, no hace falta ser tan impertinente —contestó con aire burlón.
—Bien —respondió Sasuke con una sonora carcajada—. Es exactamente lo que pienso yo de usted.
Sakura también rió, y Sasuke pensó que era un auténtico placer oírla. Sin embargo, a pesar de esa momentánea alegría, persistía en su mirada una tristeza que no podía definir, y que él quería conocer. Se acercó un paso más y quedó sólo a unos centímetros de ella; le levantó apenas la barbilla con sus dedos para que lo mirara directamente a los ojos.
—¿Es por ese hombre que está tan abatida?
Sakura sintió que un cosquilleo cruzaba su cuerpo de punta a punta cuando él la tocó y la obligó a que lo mirara a los ojos. Sasuke tenía el don de hacer que quisiera contarle todos sus secretos y compartir con él todas sus dudas. Tenía la facultad de provocar todos sus sentidos y hacer que lo que parecía a todas luces una locura, junto a él, fuese una necesidad. La hacía sentirse mujer, deseable, hermosa y, lo más peligroso, importante para él.
Sin embargo, por más que lo pensaba, no podía dejarse llevar por ese mar de sentimientos que la hacían vulnerable y la convertían en un ser irracional.
Al mirarlo a los ojos, veía cómo él la observaba con los suyos, como si ya conociera cada fibra de su ser, cada recodo de su mente.
—No, no es por eso. A decir verdad, no sé de dónde saca usted esa idea de que estoy triste. Es absurdo, lord Uchiha. No me pasa nada.
—¿Sabe, Sakura? Miente usted muy mal —le dijo con suavidad, mientras no dejaba de acariciarle la mejilla con la otra mano.
Aquellas palabras, dichas con tanta ternura y embargadas de tanta preocupación, fueron la punta de la lanza que terminó por atravesar su fachada. Esa que tanto esfuerzo le había costado construir los días previos al enlace y que, en ese instante, con unas simples palabras, la sentía derrumbarse a sus pies. Notó cómo se le humedecían los ojos, los mismos que habían parpadeado varias veces, en un intento desesperado por ocultarle la magnitud de sus preocupaciones.
—No estoy abatida —repitió, en un intento por acallar las preguntas de él. Pero Sasuke, paciente e inamovible, siguió allí, mirándola fijo, mientras veía cómo, poco a poco, se derrumbaba.
No dispuesta a dejar que aquello continuara, se recogió el vestido con una mano para retirarse de allí, para alejarse de él. Sasuke no se lo permitió. La tomó suavemente de la cintura y apoyó su mejilla en la de ella para susurrarle al oído.
—Dígame qué le pasa, Sakura; por favor. Le advierto que soy aún más tenaz que usted en lo que me propongo, y no me marcharé hasta saber qué la tiene mal.
Sakura ya no pudo aguantar más. Quizás, la tensión de los últimos días, o las tiernas atenciones y caricias de Sasuke eran las causantes de ello; pero la única realidad era que deseaba arrojarse en sus brazos y contarle todo lo que había ocurrido desde la última vez que se habían visto; necesitaba decirle todo lo que sentía y confesarle sus preocupaciones.
Sin más impedimentos que su propia voz, de la que no parecía ser dueña por su ligero temblor, no calló por más tiempo.
—Es... es mi hermano Shii —le dijo y lo miró a los ojos, sin importarle ya que las lágrimas, que había atado con mano férrea la semana atrás, hubieran tomado el control de sus emociones.
—¿Le ha pasado algo a su hermano?
Sasuke intentaba ser paciente, pero verla llorar lo conmovía. Estaba claro que, para ella, la situación no era fácil; así que se obligó a esperar el tiempo que hiciera falta.
—Bueno —dijo Sakura con un suspiro—, no es que le haya pasado nada malo, si es a eso a lo que se refiere; pero cuando llegué de pasar el fin de semana en Crossover Manor, me enteré de que lo habían enviado a un internado durante mi ausencia. Eso significa que, durante estos últimos meses, me estuvieron ocultando sus intenciones, porque sabían que yo no estaría de acuerdo. No querían objeciones de ningún tipo y, por esa razón, eligieron ese fin de semana que yo no estaba para que se fuera; y cuando llegué, ya se había ido. ¡Oh, Sasuke! —siguió Sakura con voz temblorosa—, es sólo un niño. Tiene catorce años, pero es como si tuviese ocho. No puedo dejar de pensar en cómo se sentirá allí que no conoce a nadie; si alguien hablará con él de las cosas que lo inquieten, y si alguien lo abrazará cuando algo lo asuste.
Sakura ya estaba llorando con sollozos incontrolables. Sasuke la estrechó entre sus brazos y la apretó fuerte contra su pecho, como si pudiera, así, aliviar su pena.
Saku se aferró a él y hundió la cara en su chaqueta sin poder dejar de llorar. Sabía que se estaba comportando como una niña, pero no podía dejar de abrazarlo mientras daba rienda suelta a todo lo que la oprimía en su interior. Escuchaba cómo Sasuke le susurraba palabras de consuelo mientras le acariciaba la espalda y el pelo, y la estrechaba contra su pecho.
—Está bien, amor, llora tranquila —le dijo mientras la besaba en el pelo y la reconfortaba de una manera que, con seguridad, nadie más podría hacer.
Cuando pasados unos minutos se calmó lo suficiente como para hablar, Sasuke aflojó el abrazo para poder mirarla a los ojos.
—Creerás que soy una tonta —le dijo Sakura en medio de unos tenues hipidos.
—De eso, nada —le aseguró—. Sé lo que es estar lejos de alguien a quien se ama, y puedo decirte que no es ninguna tontería.
Sakura se estremeció cuando Sasuke le colocó, detrás de la oreja, uno de sus rizos que, furtivamente, parecía rebelarse contra la masa de pelo que formaba su peinado, y lo retuvo en la mano más tiempo del necesario.
Él sentía la imperiosa necesidad de abrazarla, de besarla, de mimarla hasta hacerla sonreír de nuevo. No quería verla llorar jamás y, si estaba en sus manos, sería la última vez que lo haría.
La promesa que le hizo a continuación lo dejó sorprendido incluso a él.
—Averiguaré qué clase de sitio es ese internado y, si sospechamos que no es adecuado, te prometo que hablaré con quien haga falta para sacarlo de allí.
—¿Harías eso por mí? —le preguntó asombrada.
—Sí, pequeña; lo haría una y mil veces si con eso consigo que esa tristeza abandone esos hermosos ojos.
—Gracias —le dijo, ya más calmada.
—De todas formas —reflexionó Sasuke—, si el sitio es bueno, quizás el cambio no sea tan negativo. Después de todo, tus cuidados y la forma en que te has ocupado de él han debido de hacerlo un chico fuerte y, si lo piensas bien, tarde o temprano tenía que llegar el día en que empezara a valerse por sí mismo.
Sakura asintió a su pesar. Era lo mismo que le había dicho Shizune.
—Sé que tienes razón, pero no puedo dejar de pensar que, aún así, era demasiado pronto.
—¿Pronto para él o para ti? —preguntó Sasuke, como si de pronto comprendiera algo.
Sakura pensó que ese hombre tenía dotes adivinatorias. Lo que a ella le había costado admitir para sí misma, él lo había puesto en evidencia con una simple pregunta.
—Tienes razón —le contestó—, pero ¿qué voy a hacer ahora? He sido hermana y he hecho de madre estos últimos años; de repente, Shii no está, ya no me necesita. He llevado la casa mientras mi madre estaba desolada por la muerte de mi padre, y ahora, va a comenzar una nueva vida, y tampoco me necesita. Me siento totalmente inútil —dijo, mientras dejaba escapar un pequeño sollozo.
—Sakura, mírame y escúchame bien. Tú eres una mujer maravillosa, no por lo útil o necesaria que puedas llegar a ser, sino porque eres la persona más dulce, íntegra, leal y fuerte que he conocido en mi vida; y créeme cuando te digo que mi fe en la humanidad resucitó cuando te encontré. Das tanto amor sin pedir nada a cambio que es difícil de aceptar. A mí me costó creer que hubiera alguien capaz de tal hazaña en un mundo donde casi todo tiene un precio. Te preocupas por todos y dejas la piel intentando ayudarlos. Eso, Sakura, te hace especial. Si ellos no son capaces de darse cuenta sin que tengas que nacer algo, como encargarte de todas sus necesidades, entonces, no merecen ni besar el dobladillo de tu vestido.
Sakura seguía llorando emocionada. Lo que Sasuke le había dicho era lo más hermoso que había escuchado jamás. Se sintió conmovida hasta el último resquicio de su ser. Pensaba que eran tan inmerecidas sus palabras, pero sin embargo, la habían hecho la mujer más feliz del mundo; única, especial, valorada por lo que era. Nunca sabría él lo importante que había sido para ella todo lo dicho: el regalo más hermoso que le habían hecho en la vida.
Sin ninguna clase de timidez o pudor se arrojó a sus brazos para besarlo. Sasuke la apretó contra su pecho con ternura, como si estuviera acunando a un niño.
Cómo un hombre tan fuerte e inteligente, y a la vez arrogante y gruñón, podía ser la fuente de tanta ternura y comprensión. Era algo que la sorprendía y la fascinaba por igual.
A medida que lo conocía, se iba dando cuenta de que una parte de él era pura fachada. Había vislumbrado al hombre que llevaba en su interior, por mucho que él había intentado ocultarlo; y ese hombre la había atrapado, se había enamorado de él, no como una colegiala, sino como una mujer que siente, en su interior, que su vida ya no volverá a ser la misma.
Le gustaba todo de él; desde la manera en que enarcaba una ceja hasta su sonrisa de medio lado, que hacía que sus ojos brillaran con una luz pícara. La forma en que la miraba y los sentimientos que despertaba en ella cuando lo hacía. Estaba fascinada por lo que le producía cuando sus manos rozaban su piel y quemaban cada centímetro de su cuerpo; y cómo sus labios, de los que bebía ávida, le hacían desear algo más que no podía entender, pero de lo que necesitaba saciarse.
Los labios de Sasuke volvieron a posarse en los suyos y devoraron con ferocidad su boca: hicieron que olvidara todo pensamiento coherente y que soñara, aunque sólo fuera por ese breve instante, que él también la amaba.
.
.
.
Hacía varias horas que Sakura había vuelto de la fiesta de lady Shijimi.
Se había ido directamente a la cama, extenuada y extraordinariamente feliz. Y todo eso, porque había dado rienda suelta a sus sentimientos, había encontrado a alguien en quien poder depositar todo lo que llevaba dentro, alguien que se había despedido de ella, tan sólo unas horas antes, con un beso abrasador, causa de que perdiera la cabeza, de que sus rodillas fallaran y de que el mundo le pareciera diferente.
No podía olvidar cuando la había llamado "amor" al intentar consolarla; esa palabra resonaba una y otra vez en sus oídos. De seguro, lo había dicho en un intento por mitigar su tremenda zozobra, pero, ¡Dios mío!, ¡qué bien había sonado! Más dulce y embriagadora que cualquier tipo de música.
A pesar de su cansancio, la euforia le impedía dormir y, después de dar varias vueltas en la cama en un intento por encontrar la postura adecuada para conciliar el sueño, decidió bajar a la biblioteca a tomar un libro. Si leía un rato, quizás acallaría los latidos de su corazón que, como un caballo de carreras, se desbocaba cada vez que pensaba en Sasuke.
Se puso la bata y las zapatillas y bajó, con sumo cuidado, para no hacer ruidos que pudieran despertar a alguien. Sobre todo, no tenía ningún deseo de encontrarse con el sobrino del Marqués, que ese mismo día, antes de la boda, había trasladado sus cosas allí, donde disfrutarían de su compañía durante una semana.
Se dirigió con paso lento a la biblioteca, perdida en sus pensamientos y, cuando estaba a punto de tomar el picaporte de la puerta para abrirla, unas voces procedentes del interior llamaron su atención.
La puerta no estaba cerrada como en un principio creyó ver, sino ligeramente entreabierta, y por ella se colaba, furtivamente, un haz de luz que procedía del interior de la habitación. Esa pequeña abertura había sido la causa de que pudiera oír las voces de las personas que estaban dentro, y a las que, una vez que estuvo cerca, identificó con claridad como las de su padrastro y su sobrino.
¿Qué hacían levantados a esa hora de la madrugada? Aunque, si lo pensaba bien, si la descubrían a ella, también podrían hacerle la misma pregunta.
Iba a dar media vuelta, resuelta a dejarlos solos con sus asuntos, cuando el nombre de su madre en la conversación le llamó la atención.
Su abuela Chiyo siempre decía que una mujer precavida valía por dos; y ella, que siempre hacía caso de los consejos de sus mayores, pensó que no podía haber nada de malo en saber qué decían de ella.
—¿No crees que deberías, al menos, subir en tu noche de bodas, tío?
—No te preocupes. Mi querida esposa ha tomado tanto láudano, que dormirá profundamente hasta mañana.
A Sakura no se le escapó el tono irónico con el que el Marqués había dicho "mi querida esposa". Presa de curiosidad por saber qué tramaban, se acercó aún más a la puerta.
—Podría decirle que pasamos una noche inolvidable, y no podría negarlo, porque no se acordará de nada. Es uno de los maravillosos efectos del láudano.
Mizuki soltó una carcajada que resonó en toda la habitación.
—Eres un maldito genio, tío. Así que tu plan es mantenerla drogada todo el tiempo —dijo Mizuki y fue más una afirmación que una suposición.
—Es una mala costumbre que ya tenía —informó Lavillée—. Lo único que he hecho ha sido utilizar la oportunidad que tan gentilmente se me presenta. Si está ida, me será más fácil manejarla.
—Es un escollo que tengas que cargar con ella, ahora que tienes parte de la fortuna —sentenció Mizuki con aire despectivo.
—Sí, es una lástima; pero no sería prudente que mi esposa sufriera un accidente tan pronto después de la boda.
—Pues es lo que se merece. Esa pérfida te engañó. No te dijo que la otra mitad de la fortuna estaba en fideicomiso a nombre de su hija.
—Sí, un inconveniente en el plan inicial, pero nada que no pueda solucionarse. Al casarme con Mebuki, he pasado a controlar la herencia de Shii; lo malo es que esa herencia conforma sólo la mitad de la fortuna. Lord Haruno, en su día, hizo gala de una idea por demás extravagante, que nos perjudica sobremanera, al dejarle la otra mitad a su hija. De todas formas, como te he dicho antes, es sólo un inconveniente en el plan inicial, pero totalmente salvable —dijo con una sonrisa especulativa. En sus ojos había el brillo malicioso de aquellos que ven su victoria segura.
—¿Y cómo piensas hacerlo? —preguntó Hōzuki muy interesado, mientras se inclinaba hacia adelante para dejar la copa de coñac con la que se había estado deleitando, encima de la mesa.
Mizuki era como un buitre. Cuando olía a carroña era el primero en querer su parte.
—Verás, el padre de nuestra queridísima Sakura era un hombre inteligente, pero no lo suficiente. En el testamento de lord Haruno se estipula que su hija podrá acceder a su parte de la fortuna al cumplir los veinticinco años, a no ser que se case antes con alguien elegido por ella, en cuyo caso, también accedería al dinero. El único problema es que para que pueda llevarse a cabo esta segunda opción, Sakura tiene que tener cumplidos los veintiún años. Ahora mi adorada hijastra tiene diecinueve, pero cumplirá los veinte dentro de poco, por lo que, como ves, el tiempo que nos separa de todo ese dinero es poco más de un año. Esa será nuestra opción.
—¿Pero cómo?
—Muy fácil —contestó Lavillée y estiró, con cuidado, la punta de sus mangas—. Tú, mi único sobrino, te casarás con ella.
Una desdeñosa sonrisa fue extendiéndose por la cara de Mizuki hasta convertirse en una escalofriante carcajada.
—Es magnífico, pero esa perra me rehúye, y esta noche la vi con un tal Uchiha. Estoy casi seguro de que ya la ha desflorado. Tenías que ver la forma en que me miró ese malnacido, como si quisiera matarme, como si esa zorra fuera posesión suya.
—No te preocupes por eso, lo tengo todo pensado.
Sakura se mordía el labio inferior para no proferir el grito que pugnaba por salir de su garganta. Había oído cada una de las escalofriantes y horrorosas palabras que se habían dicho en esa habitación, y sólo quería despertar de aquella pesadilla. Ahora debía ordenar a sus pies, que parecían haber quedado anclados al suelo, que empezaran a moverse para desaparecer cuanto antes de allí. Se encerraría en su cuarto y pensaría qué hacer hasta que se le ocurriera alguna solución, porque lo que no podía consentir era que aquellos dos malhechores destrozaran a su familia. ¡Dios! Si incluso habían hablado de asesinato. Sintió que una bocanada de bilis le subía desde el estómago y le producía violentas arcadas.
Respiró hondo y, sin perder más tiempo, dio media vuelta, pero, cuando aún no había dado el primer paso, alguien la tomó del brazo y la obligó a entrar a la biblioteca, sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
.
.
.
Sasuke estaba sentado en un sillón del club con una sonrisa en los labios y una copa de coñac entre sus dedos.
—¿Puede saberse por qué demonios sonríes de esa manera? Me estás asustando —le espetó Naruto, a las claras preocupado.
—¿Es que un hombre no puede estar contento, viejo amigo? —le preguntó Sasuke mientras ensanchaba aún más su sonrisa.
—Un hombre cualquiera, sí. Tú, decididamente, no. La última vez que sonreíste estuvimos metidos en una mina abandonada durante dos días. ¡Dos malditos días en los que creí que nunca más volvería a ver salir el sol! Así que, permíteme si, cuando te veo sonreír, siento que alguna catástrofe está a punto de suceder. Bueno —dijo, después de ver que Sasuke no hacía ningún amago de responder a su pregunta—. ¿Puede saberse cuál es el motivo que ha causado tan espectacular efecto?
—Pues... el motivo es que, por primera vez en mi vida, me he rendido.
—¿Rendido a qué? —preguntó Naruto con su curiosidad al límite.
—A lo inevitable —contestó Sasuke.
Su expresión daba a entender que no iba a hacer más comentarios para a esclarecer los interrogantes que ya se estaban formando en la cabeza de su amigo. Sin embargo, Naruto no era de la misma opinión: quería saber, y quería saberlo en ese mismo momento.
—¿Y qué es eso "inevitable"?
Sasuke hizo una pausa hasta soltar su respuesta, lo que hizo que la expectativa de su amigo por lo que iba a decir fuese extrema.
—Casarme.
Naruto maldijo en tres idiomas diferentes. ¿Cómo se atrevía a soltarle una noticia así sin preparación alguna?
—Naruto, deberías intentar respirar —le dijo Sasuke cuando vio que su amigo estaba del color de las berenjenas.
Pasada la conmoción inicial y, en vista de la expresión de Sasuke, quien parecía divertirse mucho con la expresión de tonto que de seguro tendría en su cara, Naruto preguntó con una especie de graznido.
—¡¿Casarte?!
—Sí, Naruto, has oído bien. Y, ahora, tómate el resto del coñac, anda: sólo Dios sabe las vueltas que le he estado dando a este asunto durante las últimas noches, hasta que, por fin, entendí.
—Me da miedo preguntarte, pero ¿entender que tienes que casarte, o que has perdido el juicio? Aunque me inclino más por lo segundo —dijo Naruto, mientras su pierna izquierda no dejaba de temblar.
—No, ninguna de las dos cosas. Entender que me he enamorado como un colegial de Sakura y que, cuanto más intentaba convencerme de que no era así, más desgraciado me sentía. Sólo cuando me rendí a lo inevitable de mis sentimientos, comprendí que no puedo apartarme de ella.
Naruto alucinaba por momentos. No reconocía, en la persona que estaba hablando con él, al hombre con el que había servido en el Departamento de Inteligencia, conocido por su frialdad, su control y, en ocasiones, su fiereza. Aunque sí vislumbraba al niño con el que había crecido, hambriento de curar sus heridas con el amor que encontrara. A ese niño lo había dejado de ver hacía muchos años; en ninguna otra ocasión lo había visto confiar ciegamente en alguien.
Era una verdadera sorpresa, y sólo esperaba que Sakura fuera la clase de mujer que amara y cuidara el corazón de su amigo, porque Dios sabía que se lo merecía.
—Es así que, después de aceptar que no puedo estar sin tenerla cerca, la única solución que encontré fue proponerle casamiento. Sakura no se merece menos. Es más, quizás sea ella la que tenga motivos para arrepentirse —sugirió Sasuke con una sonrisa de medio lado.
—Eso ni siquiera lo digas —dijo Naruto exasperado—. Sakura me gusta, y creo que debe de ser una mujer excepcional para que tú albergues tales sentimientos por ella; tú eres uno de los mejores hombres que conozco. Testarudo y gruñón, eso no voy a negártelo; pero el mejor amigo que jamás nadie podría tener. Ella no se arrepentirá nunca.
Sasuke agradeció más de lo que podían expresar sus palabras. Eran muchos años de leal amistad. La vehemencia con la que lo había defendido de sus propias dudas lo hizo sentir como nuevo. Desde hacía muchos años, Naruto había sido su mejor amigo y su única familia y, aunque disfrutaban lanzándose pullas con irónicas palabras, siempre sabía que podía contar con él, como en ese momento. Había expresado su temor en alto, y Naruto no lo había defraudado. Con unas pocas palabras, había menguado su preocupación y la había transformado en una mera tontería.
—¿Cuándo vas a pedírselo? —Naruto lo sacó de sus pensamientos.
—Mañana por la tarde.
—Y ¿sabes si ella te corresponde en tus afectos?
—Mi instinto me dice que sí, o eso espero, porque si no, voy a tener que ayudarla a comprender.
—¿Comprender qué?
—Que también está enamorada de mí.
Cuando Sasuke pronunció esas palabras Naruto supo que, sin duda, eran toda una promesa.
