Capítulo 11

Sasuke se dirigía al club después de haber pasado unas horas con su amante ocasional, lady Ino Shimura, una de las mujeres más hermosas de Londres. Nunca antes había estado más de dos noches seguidas con la misma mujer hasta que la conoció.

Ino había aceptado todas sus condiciones, hasta ese momento. Por eso él hizo una excepción con ella, y no se arrepentía. Sin embargo, la aventura estaba llegando a su fin. Cada vez era más posesiva y, aunque era una compañera de cama excelente, complaciente e imaginativa, tenía que dejarla. A pesar de que Sasuke había dejado bien en claro la naturaleza de su relación desde un principio: ʺplacer sin compromisos y sin reprochesʺ, Ino parecía haber cambiado de opinión.

De todas maneras, esa noche su humor era sombrío, más que de costumbre. Además de las maquinaciones de Ino, con la que ni siquiera se había acostado desde hacía una semana, estaba esa bruja de ojos verdes que había vuelto a Londres.

Sabía que no se había casado. Al parecer, su prometido había muerto en un naufragio, lo que era realmente una pena, porque pensaba que esos dos se merecían el uno al otro.
En ese momento, Sakura era extremadamente rica, y eso significaba que acudirían a ella tantos pretendientes como moscas a un tarro de miel. ¡Que Dios se apiadara del imbécil que se cruzara en su camino!

Naruto le había dicho que Sakura se iría a Escocia en unas cuantas semanas, así que sólo esperaba que esas semanas pasaran pronto, ya que, sin saber por qué, su vida amorosa, desde su vuelta, había sido prácticamente nula. No podía sacársela de la cabeza. Había pasado un año y medio sin permitirse tener ni un sólo pensamiento acerca de ella. Más de media docena de mujeres tenía en su haber; entre ellas, Ino. Y cuando creyó que lo había conseguido, aparecía otra vez. ¡Maldita fuera esa mujer!

Entró al club, se acercó al sillón en el que se encontraba Naruto y dejó sus pensamientos a un lado.

—¿Sasuke? No esperaba verte tan pronto esta noche. ¡Qué diablos! Ni siquiera te esperaba. Creía que me habías dicho que hoy pasarías la velada con lady Shimura. —le dijo Naruto mientras movía suavemente el coñac de su copa.

—Sí, es cierto. Yo tampoco esperaba encontrarme aquí, pero ya ves.

—¿La noche no ha sido como tú esperabas?

—No, digamos más bien que la compañía empieza a ser demasiado exigente.

—¡Vaya! Eso puede ser un problema. ¿Qué vas a hacer?

—Terminar con ella.

Naruto sonrió, lo que hizo que Sasuke alzara una ceja.

—Sí, decididamente creo que eso terminará con tus problemas.

—¿Qué quieres decir con eso? —le preguntó Sasuke con evidente exasperación.

—Pues que llevas gruñendo desde que te enteraste..., desde que te dije que Sakura estaba en la ciudad.

Sasuke tomó la copa que le había traído el camarero, dio un trago generoso al brandy de quince años y se atragantó cuando escuchó el nombre de aquella bruja.

—¡Maldita sea! Te dije que no quería volver a hablar de ella.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Naruto y levantó las manos en señal de rendición—. Sólo quería comentarte que firmé los papeles de la compraventa de la propiedad que me interesaba. No la vi, nuestros abogados arreglaron todo.

—¡Enhorabuena! —le contestó Sasuke con un matiz sarcástico, que provocó que Naruto sonriera de medio lado.

—Bueno, cambiando de tema; mi tía, la madre de Temari, nos espera a los dos, pasado mañana, en la presentación de mi prima Hotaru.

—De acuerdo, allí estaré —contestó Sasuke.

—¿No vas a discutir?

—No, tu tía es una de las pocas personas que me gustan, aparte de lady Tsunade; así que iré.

—¿Irás con lady Shimura?

Sasuke lo miró como si fuera a fulminarlo. Sin duda, la presentación de Hotaru iba a ser muy interesante.

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Temari pasó a buscarla a las nueve, tal y como había prometido. Tenía los pies como si hubieran caminado sobre brasas ardientes, debido al trajín de haber visitado todas las tiendas de Bond Street para realizar un sinfín de compras. Luego de esa hazaña, llegaron a la boutique de madame Lorraine.

La tienda era exquisita. Decorada con evidente toque francés, seguía siendo la más visitada por las damas que deseaban renovar su vestuario.

—¡Hola, lady Sabaku! ¿Lady Haruno? —dijo madame Lorraine con absoluta sorpresa cuando posó sus ojos en ella—. ¡Qué placer volver a verla!

—Gracias, madame.

—Colette, querida, llámeme Colette.

Madame Lorraine era una mujer de edad indeterminada. Nadie podía decir si tenía veinticinco o cuarenta y cinco años. Las arruguitas que se formaban en el contorno de los ojos delataban su madurez, pero su cara siempre juvenil y su impresionante figura lo desmentían. La expresión de madame Lorraine se tornó más seria.

—Me enteré de la muerte de su madre y su hermano. No sabe cuánto lo siento, querida.

Sakura asintió en señal de agradecimiento.

—Bueno —dijo madame Lorraine y dejó entrever una leve sonrisa—. Espero que lo que las traiga por aquí sea la adquisición de un vestuario nuevo.

—Sí, queremos que Sakura vaya a la última moda, aunque me temo que la gama de colores se verá reducida a unos pocos. Todavía no se atreve a utilizar tonos más claros —explicó Temari.

—No importa, chérie, la señorita Haruno quedará preciosa con los vestidos que le confeccione. Con esa figura, ¡mon Dieu!, será una sirena. Ahora, si no les importa esperar unos minutos, termino con una clienta a la que le estoy haciendo una prueba, y enseguida estoy con vosotras.

—De acuerdo, madame. No se preocupe, mientras tanto, miraremos unos cuantos accesorios —dijo Sakura.

—Perfecto —sonrió Colette—. En un instante, vuelvo. Y con un andar enérgico, desapareció hacia el interior de la tienda.

Sakura y Temari se dedicaron a mirar algunos preciosos sombreros que adornaban la estantería mientras que, en la parte trasera de la tienda, madame Lorraine hablaba animadamente con su clienta. A pesar de no querer prestar atención a la conversación, las voces se oían con claridad y, a su pesar, la invitaba a aguzar sus sentidos para tratar de escuchar algo. Esto hizo que Sakura aferrara el sombrero que estaba admirando en ese momento con más fuerza de la necesaria cuando ciertas palabras retumbaron en sus oídos.

—Oh, chérie, lord Uchiha estará encantado con este vestido. Estás maravillosa.

—¿Verdad que sí? —dijo una voz aterciopelada—. Últimamente, está muy atento conmigo. Creo, Colette, que no falta mucho para que me haga la proposición.

—¿De matrimonio?

—De qué si no. Ya han pasado tres años desde que murió mi marido y, desde hace seis meses, Sasuke y yo estamos más unidos que nunca. Vamos juntos a todas las reuniones, a los bailes y a los eventos relevantes en Londres. Antes, me conformaba con ser amigos íntimos; ya sabes por qué. Ese hombre es un volcán y, además, rico. Pero ahora, creo que sería, sin duda, una condesa perfecta para él.

—Sin duda —escuchó decir a madame Lorraine.

—¿Te pasa algo, Sakura? Estás blanca, y parece que fueras a desmayarte.

Las palabras de Temari y su expresión preocupada la hicieron volver a la realidad y dejó a un lado la conversación que acababa de escuchar.

—No, no, estoy bien. ¿Qué te hace pensar lo contrario? —le contestó Sakura e intentó parecer despreocupada.

—¿Pues el hecho de que estás temblando, por ejemplo? Ven, siéntate. Ya no estás acostumbrada a todo este ajetreo. Soy una desconsiderada, porque debí haber pensado en ti; pero es que estoy tan entusiasmada con esto de estar otra vez juntas, que he sido una bruta. Y para completar la mañana, tenemos que estar aquí escuchando a esa viuda prepotente de lady Shimura, que alardea ser la amante de lord Uchiha. ¡Como si todo el mundo no lo supiera! Y además, tiene la desfachatez de asegurar que se casará con él. Es increíble.

Sakura había vuelto a palidecer. Desde aquella fatídica noche en la que le había arrojado a Sasuke aquellas horribles palabras a la cara, había sabido, con certeza, que lo había perdido para siempre. Se había autoconvencido de que lo más importante era que, de aquella manera, Sasuke estaría a salvo y que, con el tiempo, llegaría a conocer a alguien que lo haría sonreír de nuevo y de quien se enamoraría. Aquella certeza se le había clavado en el corazón como un puñal. No había imaginado, hasta ese momento, que dolería tanto.

—Sakura, realmente no estás bien. Creo que es mejor que nos vayamos y volvamos en otro momento.

—No, no seas tonta. Ya que estamos aquí, veremos esos vestidos.

Temari tenía una ceja levantada, y Sakura sabía que, cuando hacía eso, era porque estaba atando cabos.

—¿Es por lord Uchiha, verdad?

Su amiga era demasiado observadora.

—No digas tonterías, Temari —le dijo Sakura, aunque sus palabras sonaran faltas de convicción hasta para ella misma.

—¡Sakura Haruno, sé cuando mientes! —le dijo Temari mientras la amenazaba con un dedo.

—¡Temari Sabaku, no me señales con ese dedo, si no quieres que te lo rompa!

—Ahora sí estoy segura de que tiene que ver con lord Uchiha. Esa vena agresiva te delata, así que, dime: es por lo que ha dicho esa víbora de Ino Shimura, ¿verdad?

Sakura suspiró. Su amiga era peor que un perro de caza.

—¡Vamos, Sakura! Sé que algo pasó entre vosotros dos. Desde que te fuiste, mi primo te tomó aversión; y eso sólo puede significar una cosa, y es que Naruto piensa que le hiciste algo a su amigo.

—De acuerdo, señorita Radcliffe. Antes de irme me... me enamoré de él. Y creo que Sasuke también de mí —dijo mientras movía la mano en un gesto que daba a entender que era obvio lo que estaba diciendo.

Temari la miraba sin pestañear, ansiosa por conocer el resto de la historia.

—¿Y qué pasó?

Sakura rehuyó su mirada, consciente de que lo que iba a contarle, no iba a hacerla sentir orgullosa, precisamente.

—Pues lo que pasó es que vino a verme al día siguiente de que el Marqués y Mizuki me sorprendieron. Me habían visto con él en varias ocasiones y, alertados sobre el hecho de que Sasuke pudiera tener algún interés en mí que, tal vez, interferiría con sus planes, me ordenaron que lo desalentara, que hiciera que no quisiera volver a verme. Me dijeron que podían hacerlo asesinar, incluso, si yo no colaboraba. Y créeme, Temari, que representé bien mi papel de pérfida. Le dije unas cosas tan horribles que sé, con seguridad, que nunca me perdonará.

—Sí, lo hará. Lo hará si se lo cuentas.

—¡No! Prefiero su odio a su lástima. Prométeme que nunca le dirás a nadie todo lo que te he contado. ¡Prométemelo!

Temari cedió a su ruego al ver la angustia que marcaban las facciones de Sakura.

—De acuerdo, te lo prometo.

—Ahora entiendo por qué mi abogado me comentó que tu primo había estado excesivamente frío cuando realizó la oferta para la compraventa de la propiedad de Bath. Debe de odiarme también.

—Esto no es justo, y si piensas que puedo quedarme cruzada de brazos mientras ellos creen que tú eres...

—Me lo prometiste, Temari —la cortó Sakura—. Además, así es mejor. Dentro de poco me iré, y todo esto ya no tendrá importancia.

Temari no pudo evitar pensar que su amiga estaba completamente equivocada. Le había prometido que no ʺdiríaʺ nada, pero no que no ʺharíaʺ nada. Con esa idea rondando sus pensamientos, sus labios se curvaron en una leve sonrisa.

—Temari, ¿en qué estás pensando? —le preguntó Sakura con recelo—. Estás sonriendo, y eso significa sólo una cosa, y yo te digo que, sea lo que sea lo que tengas en mente, ¡olvídalo!

En ese mismo instante, una hermosa mujer de largos cabellos rubios y enormes ojos azules salió del vestidor. Pasó por delante de ellas y les deseó buenos días antes de abrir la puerta y salir por ella con una gracia natural.

Sakura sabía que acababa de conocer a la amante de Sasuke, lady Shimura.

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—Shizune, date prisa.

—Ya voy, ya voy. ¡Dios mío! Nadie tiene consideración hacia una pobre anciana.

—¿Anciana? Shizune, tienes cuarenta y ocho años —sonrió Sakura.

—¿Y qué? Podré tener esa edad, pero con los disgustos, es como si tuviera ochenta.

—¿Has encontrado el adorno?

—Sí, aquí está, muchacha inquieta —le contestó mientras se lo mostraba.

—Es que estoy nerviosa.

Shizune alzó una ceja como si lo que le había dicho hubiese sido una sorpresa. Sakura pensó que, sin duda, era una exagerada.

—¿De veras? No me había dado cuenta —le dijo Shizune con un toque irónico en su voz.

Shizune vio por el espejo frente al que estaba sentada Sakura cómo hacía una mueca, en protesta por su evidente sarcasmo.

—Hace mucho tiempo que no voy a un evento, y menos a un baile.

—Lo sé, Saku —le dijo Shizune mientras entrelazaba las perlas que había estado buscando, momentos antes, en el pelo de Sakura—. Sin embargo, creo que te hará muy bien. Este último año y medio ya ha quedado atrás, para siempre, y tienes que continuar con tu vida. Esta es la forma de hacerlo. Cuando vuelvas, tendré preparadas unas rosquillas de chocolate y un pastel de ciruelas: daremos cuenta de ellos mientras tú me relatas qué tal ha ido todo.

Mientras Shizune acababa con el tocado, Sakura sólo podía pensar en cómo se había podido dejar enredar por el diablillo de Temari. El motivo de su llegada a Londres había sido sólo para arreglar los papeles de la herencia. Su idea era irse, cuanto antes, a Escocia, donde podría descansar y olvidar. Sin embargo, estaba arreglándose para ir a una fiesta, en donde se cruzaría con un montón de conocidos que preguntarían sobre los últimos acontecimientos de su vida y a los que no sabría cómo contestarles. Su abuela le había dicho una vez: ʺSi tiene solución, dásela; sino, ¿para qué te vas a preocupar?ʺ. Guardó ese consejo en un bolsillo de su memoria, reunió toda la determinación con la que podía contar, se miró al espejo y se juró que ya no volvería a quitarle el sueño. Lo que no sabía era cuan equivocada estaba al afirmar eso.

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La calle estaba atestada de carruajes que esperaban su turno para detenerse delante de la puerta de Norfolk House.

Sakura estaba a escasos metros de la fastuosa casa en la que, esa noche, se reencontraría con la sociedad londinense. Algunos serían viejos conocidos, y otros representarían las caras nuevas de la temporada, cuya aparición en la escena social sería el comentario de todos los invitados.

Le sudaban las manos dentro de sus elegantes guantes de raso. Se alisó, por décima vez, los pliegues del vestido azul zafiro elegido para esa noche. Unas cuantas perlas adornaban su grácil cuello y sus pequeñas orejas, y hacían juego con las que Shizune había entrelazado en su cabello; producían el mismo efecto que las estrellas sobre el firmamento.

Cuando llegó, por fin, a la entrada, el lacayo abrió la puerta de su carruaje y le ofreció la mano para ayudarla a bajar. Sin más dilación, se unió a la cola de invitados que esperaban su turno para ofrecer sus respetos a los anfitriones, quienes, con una sonrisa en los labios, soportaban estoicamente los comentarios y agradecimientos sin fin que les prodigaban.

Por cómo había sido la última vez que había asistido a una fiesta de los Condes, sabía que estos no hacían nada a medias. No recordaba la cantidad de gente que acudía a sus invitaciones, siempre deseosas de congraciarse con alguien de la nobleza con claras influencias sobre el Rey. Por lo visto, pensó Sakura, no todo había cambiado.

—Buenas noches, lord y lady Norfolk.

Ambos sonrieron abiertamente cuando la tuvieron frente a sí.

—Hola, Sakura, ¡qué alegría para nosotros volver a verte! —le dijo la madre de Temari, mientras tomaba su mano entre las suyas. Un gesto cariñoso y poco usual, que la emocionó.

—Estoy muy contento de que estés de nuevo entre nosotros. Sentimos mucho lo de tu hermano y lo de tu querida madre. Sé que ha debido de ser muy difícil para ti. Han sido demasiadas tragedias en tan poco tiempo. Sólo puedo decirte que aquí nos tienes a los dos, a tu disposición para lo que te haga falta —le dijo el conde de Norfolk, algo emocionado también.

—Gracias, milord, sus palabras significan mucho para mí —le contestó Sakura con un brillo acuoso en la mirada.

—Lo sé —dijo el Conde—. Y ahora, pequeña, ve y diviértete. Temari no hace más que venir a cada rato para ver si has llegado. La verdad —le dijo y se acercó a ella como si la fuera a hacer confidente de un gran secreto— es que me está sacando de quicio, más de lo normal. Te aseguro que es más de lo que un padre puede soportar —dijo con una sonrisa en sus labios, que desmentía por completo su anterior reproche.

Sakura sonrió mientras pasaba al interior del salón. Era muy amplio, tal y como lo recordaba, con grandes cortinas de brocado azul, elegantemente recogidas en los extremos para permitir que los invitados pudieran ver el jardín que, a través de las majestuosas puertas de cristal, evocaba el Edén. Un parque que tentaba con las suaves fragancias que la brisa nocturna deslizaba hacia el interior del salón: gardenias, rosas silvestres, y una planta exótica y rara que le había regalado el embajador de España, el jazmín, cuyo perfume hacía soñar con las estrechas calles de ventanales enrejados y noches embrujadas de Andalucía.

El salón estaba iluminado por la araña más majestuosa que había visto jamás y, en los extremos de la estancia, había bancos de seda azul con motivos florales, donde las viejas matronas buscaban un hueco desde donde poder contemplar a sus pupilas.

Cerca de las puertas que daban al balcón, había dispuesta una larga mesa con un mantel de bordado blanco que contenía la ponchera y una gran variedad de refrescos.

Se sentía pequeña ante tal esplendor. Haber estado encerrada durante tanto tiempo tenía sus consecuencias, como el hecho de que, todavía, le costaba estar en sitios con tanta gente alrededor.

—¡Dios mío, Sakura, estás preciosa! —le dijo Temari y la sorprendió por la espalda.

—¡Qué susto me has dado!

—Ya veo. ¿En qué estabas pensando? Llevo un rato haciéndote señas desde el otro lado del salón.

Sakura sonrió a su amiga que tenía el entrecejo fruncido.

—No estaba pensando en nada en especial, sólo estaba intentando acostumbrarme a toda esta multitud. Estoy un poco nerviosa.

—Sakura, no tienes nada que temer. Después de tus últimas experiencias, te mereces disfrutar; relájate y déjate llevar por la noche —le dijo mientras le guiñaba un ojo.

—¿Dónde está Hotaru? —preguntó Sakura para cambiar de tema.

—Allí la tienes —dijo Temari, a la vez que señalaba con la cabeza un grupo de jóvenes reunidos en torno a alguien—. Luego nos acercamos a saludarla, porque ahora me temo que no podríamos, con todos esos pretendientes pululando a su alrededor. Comprobarás que mi pequeña hermana ha cambiado un poco. Es una hermosa muchacha que, como puedes ver, ha levantado pasiones.

—Ya veo —dijo Sakura y se puso de puntillas para intentar ver a Hotaru entre ese enjambre de jóvenes enfervorizados.

Temari entrecruzó su brazo con el de ella y la obligó a mezclarse entre los invitados. No habían dado ni dos pasos cuando un hombre, increíblemente apuesto, apareció frente a ellas.

—Buenas noches, señorita Sabaku.

—Buenas noches, lord Nara —dijo Temari, demasiado deprisa según el parecer de Sakura.

—Se la ve preciosa esta noche, si me permite decírselo.

Sakura notó cómo Temari le apretaba el brazo en demasía y, al parecer, sin darse cuenta.

—Gracias, es usted muy amable; aunque en todos estos meses, apenas me ha dirigido una mirada; así que, discúlpeme si pienso que realmente no se ha acercado con el ánimo de halagarme, sino con alguna oculta intención.

—Vaya, señorita Sabaku, eso ha dolido —dijo lord Nara y puso una mano en el corazón simulando haber recibido una herida mortal.

—No creo, y si es así —dijo Temari mientras empezaba a esgrimir una irónica sonrisa— sé que usted lo superará con rapidez.

Lord Nara no se quedó atrás y, exhibiendo parte de sus dientes, las deleitó con una sonrisa que hubiese hecho temblar a más de una fémina presente.

—¿Sabe? Es usted tremendamente perspicaz, pero, a riesgo de que no me crea, también es en extremo hermosa.

—De acuerdo, lo perdono —dijo Temari con un tono más displicente—. Y, ahora, si me lo permite, quisiera presentarle a mi mejor amiga, lady Sakura Haruno, que, sospecho, es el motivo secreto por el que usted se ha acercado a nosotras.

En ese momento, Sakura estaba alucinando con los dos, pero ¿dónde había quedado la sutileza?

—Encantado de conocerla, milady —le dijo lord Nara mientras le besaba la mano con un gesto muy caballeroso.

De un metro noventa, por lo menos, ancho de hombros y ojos marrones, aquel adonis de cabellos negros tenía un aire de pilluelo por demás encantador y también, en exceso peligroso.

Lord Nara le ofreció su mano y sacó a Sakura de sus pensamientos.

—¿Me concedería este baile? Por favor —dijo al ver que Sakura dudaba—. No creo que pueda soportar que otra hermosa dama me infrinja otra herida esta noche. Tenga piedad de este humilde servidor y acepte.

—¿A este punto hemos llegado, lord Nara? —preguntó Temari con una sonrisa irónica—. ¿Debe recurrir a la piedad de una dama para conseguir un baile?

Lord Nara miró a Temari con una ceja apenas enarcada, visiblemente divertido.

—Sí; como ve, usted me ha reducido, con su indiferencia, a este lamentable estado. Su efecto sobre mí no tiene límites.

—Será adulador —dijo Temari, y convirtió, con su gracia natural, las irónicas palabras de lord Nara en todo un cumplido.

Lord Nara volvió a posar de nuevo sus ojos en Sakura.

—¿Vamos?

—Será un placer, milord.

Sakura colocó su mano en el brazo de Nara mientras se encaminaban al centro del salón, donde parejas llenas de vitalidad giraban al son de las notas de un vals. Sin perder ni un instante más, se unieron a ese torbellino de color producido por los majestuosos vestidos de las damas que, al girar, formaban un hermoso caleidoscopio.

Al encontrarse entre los brazos de lord Nara, se acordó de otro baile y de otros brazos, aquellos que la habían hecho despertar a sensaciones que, por aquel entonces, ni siquiera había sabido que existiesen.

—Baila usted maravillosamente bien —le dijo Nara y la rescató de sus recuerdos.

—Gracias. En este caso, es fácil, porque sólo tengo que dejarme llevar por todo un maestro.

Shikamaru sonrió con franqueza, y esto le confirió un aspecto casi infantil.

—Y la señorita Sabaku dice que soy yo quien adula; sin embargo, tengo que reconocer que estoy encantado de oírla decir eso.

—Los que me conocen, saben bien que no soy dada a conceder elogios. Está claro que es usted un gran bailarín, y lo sabe. No he hecho más que subrayar una evidencia.

La cara de lord Nara denotaba asombro.

—Es usted muy directa, señorita Haruno.

Sakura reconoció para sí que se había excedido, pero no quería que pensara que lo había elogiado con el fin de coquetear con él. Después de ese último año, lo último que quería eran juegos de esa índole.

—Lamento que eso lo incomode, y siento si mis palabras han sido demasiado bruscas.

—El que lo lamenta soy yo —le dijo Shikamaru mientras la hacía dar una vuelta con gran energía. Si seguía así, pensaba Sakura, cuando acabara, tendría que sentarse. Se sentía como si tuviera noventa años, totalmente oxidada. ¿Se estaría pareciendo a Shizune acaso?

—Verá —continuó su compañero de baile—, temo que mi sangre italiana me traiciona muy a menudo; a veces soy demasiado impulsivo. A la señorita Sabaku le encanta ponerme en mi sitio cuando cree que he cruzado los límites de la caballerosidad; así que, si me perdona por mi estupidez, le estaré eternamente agradecido.

Sakura no tuvo otro remedio que sonreír. Ese hombre habría sido capaz de engatusar hasta a una babosa.

—¿Así que es italiano? —le preguntó cuando terminó el vals y se dirigieron a la mesa para tomar un ponche.

—La mitad. Mi madre era italiana, y mi padre, el hijo de un marqués inglés. Se enamoraron perdidamente y, cuando mi abuelo materno le dio la posibilidad a mi padre de manejar su compañía naviera, no lo pensó. Se fue a Génova donde se casaron y vivieron felices durante más de veinte años.

—Eso suena muy bien. Tuvo que tener una infancia llena de felicidad.

—En eso acierta. He sido sumamente afortunado. Por desgracia mis padres murieron hace poco tiempo, y con pocos días de diferencia; mi madre no pudo soportar la ausencia de mi padre.

—Lo lamento mucho —le dijo Sakura que sentía cómo su corazón reconocía la pena de él.

—Sí, bueno —dijo mientras la miraba fijo—, ellos siempre decían que cuando se fueran de este mundo, querían hacerlo juntos. Creo que fue mejor así. Ninguno de ellos habría sabido vivir sin el otro.

Sakura pensó que eso era muy hermoso. Que dos personas pudiesen amarse hasta tal punto, de no concebir su existencia sin la compañía del otro. Una punzada la recorrió en su interior. Ella sabía que eso nunca le pasaría, porque su corazón ya tenía dueño; un hombre que, sin duda, no querría volver a verla jamás.

—Espero no haberla perturbado con mis recuerdos, signorina. Se la ve algo pálida.

—No, no es nada, no se preocupe. La verdad es que no estoy acostumbrada a bailar el vals con tanto ímpetu. Estoy un poco acalorada, eso es todo.

—¡Señor Nara! ¡Qué placer volver a verlo! —exclamó un caballero de cara rubicunda mientras se acercaba a ellos.

—Yo también me alegro. Hace mucho tiempo de la última vez; Roma, ¿verdad?

Sakura se disculpó y se encaminó a la terraza mientras lord Nara seguía hablando con el que parecía un antiguo conocido. Quería tomar un poco de aire fresco para contrarrestar el aire viciado y cargado que se respiraba en el salón.

Cuando salió fuera, anduvo los pocos pasos que la separaban de la balaustrada, se apoyó en ella y sintió la frialdad del mármol bajo sus dedos. Había luna llena que, con su pálido resplandor, creaba misteriosas sombras sobre la hierba del jardín.

Quizás fuera por la conversación que había mantenido con lord Nara, pero estaba inquieta. Sus sentimientos le estaban jugando malas pasadas; como en ese momento, en el que, en la intimidad de la noche, sin más compañía que sus pensamientos, un escalofrío jugueteaba con sus emociones y hacía que se abrazara a sí misma en un acto reflejo de protegerse de un frío que no existía. No sabía si era producto de su imaginación o de vagar por sus pensamientos, pero tenía una extraña sensación que aumentaba a cada instante. El escalofrío se intensificó y le cruzó la nuca como un relámpago en el cielo nocturno. Un presentimiento empezó a rondarla, la sensación de que no estaba sola y de que era observada. Dispuesta a confrontar sus dudas, miró alrededor en busca de ese fantasma y lo vio. Ahí estaba. Un hombre entre las sombras, casi imperceptible al ojo humano si no hubiera sido porque un punto de luz perteneciente al extremo de un cigarrillo, delataba su presencia.

Su corazón empezó a latir desbocadamente porque, a pesar de la oscuridad, lo reconoció antes de que su voz retumbara en su cabeza.

—Buenas noches, lady Haruno.

Lord Sasuke Uchiha salió de las sombras y se acercó, con sigilo, a ella.