Capítulo 14
Misumi Tsurugi estaba sentado en una de las mesas de la taberna del Tuerto. Era una de las muchas cercanas a los muelles. La clase de individuos que albergaba iba desde los componentes más indeseables, pertenecientes a las tripulaciones de los numerosos barcos que atracaban en el puerto de Londres, hasta criminales de todo tipo. Era bien conocida la reputación del sitio, y pocos se atrevían a poner un pie allí.
Al dueño, cuyo apodo había dado nombre a la taberna, le faltaba el ojo derecho, y había pasado años en la cárcel por asesinato. Incluso, Tsurugi mismo no tenía escrúpulos en hacer cualquier tipo de trabajo. Sus orígenes humildes y su temprana orfandad lo habían obligado a buscarse la vida de una manera poco ortodoxa. Era conocido por su profesionalismo, ya que nunca había fallado en ninguno de sus encargos. Su tarifa era alta, pero su trabajo bien lo valía, y así lo entendían quienes lo contrataban.
Esa fría noche, había quedado allí con un cliente. No lo conocía. Se había puesto en contacto con él por medio de Michael el Calvo, un ratero de poca monta, que conocía de sus orígenes en la calle. Michael le había comentado que un tipo buscaba a alguien para un trabajo de envergadura. También le había dicho que, por su aspecto, aquel hombre parecía un caballero y que, por lo tanto, sería más que posible sacarle una buena tajada por sus servicios. Esa forma de que lo contactaran no era la habitual; siempre había sido mucho más precavido a la hora de escoger un trabajo, pero, en ese momento, le hacían falta fondos.
Ya pasaban quince minutos de la hora fijada para el encuentro, y no había aparecido nadie. Puede que, al final, el caballero se hubiese echado atrás. No sería el primero que había jugueteado con el lado oscuro y se había arrepentido después.
Terminó el dedo de whisky que le quedaba en el vaso, se lo llevó a sus resecos labios y, de un solo trago, lo vació. Era hora de marcharse.
—¿Es usted Tsurugi?
—¿Quién lo busca? —le dijo mientras posaba, lentamente, el vaso en la vieja mesa de madera.
—Michael el Calvo me dijo que era usted el mejor.
Tsurugi observó al hombre que tenía delante. Era un caballero, de eso no cabía duda, aunque su apariencia fuera la de alguien que había conocido tiempos mejores. Con una cicatriz en la mejilla izquierda y una mano oculta bajo un guante de piel negra, la mirada de aquel tipo no tenía nada que envidiar a la de cualquier criminal que Tsurugi hubiese conocido.
—Así es. Soy el mejor.
—Perfecto —dijo complacido—. Porque no me gusta que me defrauden.
—Tenga por seguro que, si acepto el trabajo, este se llevará a cabo.
—De acuerdo.
—Antes de nada, ¿está seguro de que puede pagar mis honorarios?
—No se preocupe —le dijo el hombre con una sonrisa que le produjo escalofríos en la columna—. Usted haga lo que yo le diga y tendrá su recompensa. Se lo aseguro.
—¿Qué tengo que hacer?
—Quiero que una persona desee no haber nacido, que sienta tanto miedo por lo que le pueda ocurrir, que ni siquiera consiga respirar. Quiero convertirla en un despojo antes de acabar con ella.
—Un poco diabólico, ¿no cree?
El caballero enarcó divertido su ceja izquierda.
—¿Escrúpulos, señor Tsurugi?
—No, sólo es que no entiendo por qué jugar con alguien antes de matarlo. Creo que el hecho de asesinarlo es ya suficientemente cruel.
—Pero es que no vamos a matar a esa persona. Primero, vamos a aterrorizarla. Luego, la llevaremos a Francia. Allí me ocuparé yo de que reciba su merecido. Y para eso, la necesito vivita y coleando.
Tsurugi conocía a individuos como aquel. Eran seres perturbados, cuyas acciones respondían a un propósito, su propia satisfacción, una enfermiza excitación que provenía del sufrimiento de otro ser humano.
Él no cometía crímenes por placer, sólo por dinero. Su conciencia había muerto hacía ya mucho tiempo, pero, de todas formas, tenía que reconocer que los tipos como aquel le repugnaban; sin embargo, él vivía de trabajos como ese y, en aquel momento, lo necesitaba.
—Bien, ¿de quién se trata?
Los ojos del hombre centellearon de odio antes de pronunciar el nombre.
—Lady Sakura Haruno.
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Dos días después, Sakura fue a ver a su abogado. Quería saber cómo avanzaban los trámites de su herencia que, no vinculada al título de su padre, le pertenecía.
Además de la pequeña fortuna que su padre había establecido para ella en su testamento, le correspondía la casa de Bath, una propiedad en Brighton, su residencia en Escocia y el lugar en donde en ese momento residía en Londres.
Las demás propiedades, inherentes al vizcondado, irían a manos de un primo segundo de Bristol. Ni siquiera lo conocía y tampoco deseaba hacerlo. Todo aquello debería de haber pertenecido a su hermano, pensó con una tristeza que no la abandonaba.
Después de permanecer no más de quince minutos en su despacho, el enjuto abogado le comunicó, satisfecho, que en unos diez días todos sus asuntos quedarían resueltos. Sakura suspiró con alivio porque, a pesar de que una parte de ella no quería alejarse de nuevo de sus amigos, otra parte sentía que Escocia sería su refugio, un lugar donde curar sus heridas. Desde su arribo desde París, se había ido fortaleciendo día a día. Su intención de no dejarse devorar por la angustia que le habían causado esos meses en el exilio se hacía más enérgica; pero, a pesar de ello, necesitaba tiempo y tranquilidad para aplacar, de una forma soportable, a los fantasmas del pasado.
Allí en Londres, su calma era perturbada con demasiada frecuencia, y se lo debía a una sola persona: a Sasuke Uchiha. Su mera presencia era capaz de hacerla estremecer de los pies a la cabeza.
La otra noche, cuando la había besado, por primera vez en mucho tiempo, había sido capaz de olvidarse de todo. Sasuke tenía el poder de hacer que se olvidara hasta de sí misma. De todas formas, no debía pensar más en ello; sus palabras teñidas de odio y su fría indiferencia habían sido lo suficientemente claras hasta para un niño de pecho. Él la creía desprovista de cualquier sentimiento noble y, con sinceridad, no podía culparlo por ello. Sin embargo, la indignación por lo injusto de la situación, a veces, calaba demasiado hondo y la incitaba a intentar cambiar las cosas, como la noche del baile, en que había sido tan tonta como para pensar que todo podía volver a ser como antes.
No, no debía pensar más en ello. Se iría en pocos días, y todo quedaría atrás; aunque tenía la certeza de que esa era una tonta excusa. Por más kilómetros de distancia que pusiera entre los dos, él siempre viajaría en su corazón; tendría que aprender a vivir con ello, como había hecho con todo lo demás.
Con determinación, caminó deprisa hasta la librería del señor Mitokado , un anciano de setenta y nueve años, cuya vida había estado signada por los libros. Era un verdadero erudito, y su tienda, la más visitada por todo tipo de lectores. En ella, se podían encontrar desde las nuevas publicaciones hasta los ejemplares más raros, dignos de excéntricos coleccionistas.
Sakura siempre había tenido un afecto especial por el señor Mitokado. Era una lectora compulsiva y, en parte, se lo debía a él. Desde la primera vez que había entrado con su padre en la librería, ya no pudo dejar de leer. Homura Mitokado le puso un cuento de origen escandinavo entre las manos, y con eso, selló su destino. Después de ese, vendrían leyendas medievales sobre caballeros que rescataban a bellas princesas, y luego los clásicos, como Homero, Platón y Virgilio.
Sentía una gratitud enorme por ese hombre que le había mostrado todo un mundo de conocimiento y ensueño. Con sus libros, podía conocer y llegar a sitios con los que sólo podía soñar.
Esa mañana, su intención era comprar un libro para Temari. Para ser más exactos, la nueva novela de la señora Ann Radcliffe. A Temari le encantaba, se volvía loca por los misterios. Si hubiese sido hombre, seguramente habría sido detective.
Su cumpleaños se acercaba y, aparte de un camafeo que había encargado en la joyería de Straton, quería comprarle aquel libro. Cuando llegó a la entrada, abrió la puerta y un tintineo resonó por encima de su cabeza. El señor Mitokado y sus adornos orientales, pensó.
La librería estaba parcialmente llena, aunque la inmensa mayoría de sus ocupantes estaban hablando y formaban pequeños grupos que cuchicheaban, sin duda, sobre las más sabrosas comidillas.
—¡Pequeña, qué placer volver a verte!
Mitokado salió, con lentitud, de detrás del mostrador y se acercó a ella. Había envejecido desde la última vez. Su andar era más lento y titubeante, como si tuviera que afianzar cada paso antes de seguir. Sus ojos, llenos de cariño, con su habitual brillo pícaro, iluminaban una cara cansada y cuarteada por arrugas que habían perdido su batalla contra el tiempo.
—Hola, señor Mitokado.
Sakura se acercó y lo besó en la mejilla.
—¡Por Dios, muchacha! Eres la única persona que me hace enrojecer a mis casi ochenta años.
—¿Ya son ochenta? Habría jurado que eran sesenta.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Homura mientras su mirada cobraba más brillo.
—Siempre supiste levantarle el ánimo a este viejo.
—Usted nunca será viejo.
—Aquí dentro, no —dijo mientras se tocaba el pecho a la altura del corazón—. Pero mi cuerpo parece pensar de forma diferente. Este granuja no me hace caso.
La sonrisa se fue extinguiendo, de a poco, en su cara.
—Siento mucho lo de tu familia, niña. ¿Cómo estás?
—Estoy bien.
El anciano arqueó una ceja, no muy seguro de la veracidad de su respuesta.
—De verdad, Mitokado —le dijo Sakura e intentó sonreír.
—Está bien, está bien; no te enfades con este pobre viejo que se preocupa por ti, aunque lo haga por puro egoísmo. Me siento rejuvenecer cada vez que me piropeas.
Sakura soltó una risita.
—Bueno, ¿qué te trae por aquí, además de verme?
—Quería comprar a Temari la nueva novela de la señora Radcliffe.
—¿Ese diablillo de muchacha todavía sigue buscando misterios?
—Sí, le siguen gustando mucho. Ya sabe lo intrépida que ha sido siempre.
—¡Qué Dios nos libre!
Mitokado todavía se acordaba de la vez que la amiga de Sakura, con apenas diez años, había puesto su librería patas arriba para encontrar unas facturas perdidas. Lo había escuchado quejarse de su desaparición y, loca por las novelas de misterio, había hecho de aquel, su primer caso como detective. El resultado fue dos meses de recolocación del material de la tienda, y una repisa hecha añicos. Por supuesto, las facturas siguieron sin aparecer. Después de aquello, le dio libros que no pudieran alentarla a cometer destrozos en su tienda.
—Bueno. ¡Qué le vamos a hacer! Dile a Hōki que te lo dé. Se han vendido como rosquillas, pero he guardado unos pocos para los clientes habituales.
—Gracias, Mitokado.
—De nada, pequeña. Vuelve a verme, ¿quieres?
—Por supuesto.
El señor Mitokado le tocó con cariño la mejilla mientras asentía con la cabeza. Lentamente, Sakura echó un vistazo por toda la tienda, que estaba tal como la recordaba. Con pequeños pasos, se dirigió al extremo del mostrador en el que Hōki, un muchacho de diecinueve años y sobrino de Homura, estaba terminando de atender a un cliente. En cuanto se marchó con un montón de libros, Hōki dirigió la mirada hacia ella.
—Lady Haruno. ¡Cuánto tiempo!
—Hola, Hōki. Has crecido desde la última vez que te vi.
—Gracias, milady. ¿Ha visto ya a mi tío? Siempre se anima cuando usted viene.
—Sí, lo he visto. No sólo él se alegra al verme, yo también le tengo un gran afecto.
—Lo sé, milady.
El joven esbozó una leve sonrisa que se extendió hasta sus ojos de color gris humo.
—Tu tío me ha dicho que podrías venderme uno de esos ejemplares del nuevo libro de la señora Radcliffe que tiene reservados.
—Enseguida, milady. Ahora mismo vuelvo.
Sakura se dispuso a hojear uno de los libros que se apilaban sobre una mesa, mientras esperaba al joven Hōki.
—Maquiavelo. Muy acertado en su caso.
Sakura dio un respingo al oír su voz. Esa voz profunda, magnética, que no la dejaba dormir. Maldijo su suerte. No quería que él se diera cuenta de cómo la afectaba su presencia; así que adoptó una pose que denotaba indiferencia y giró para mirarlo de frente.
—¿Está usted diciéndome que Maquiavelo no es adecuado para las mujeres, pero lo es para mí?
—¿Malinterpreta siempre mis palabras?
—Creo, lord Uchiha, que sus palabras dejan poco margen al error. No crea que desconozco que, según los hombres, El príncipe no se considera adecuado para el sexo femenino, dada su connotación política. A las mujeres, se nos considera incapaces de entender más allá del punto de cruz y la cría de niños.
Sasuke enarcó una ceja.
—En ese caso, mis palabras no deberían haberla enfadado, sino todo lo contrario.
—Pero es ahí donde reside el mayor insulto. Al decir que era acertado para mí no estaba, precisamente, elogiando mi inteligencia, sino que me estaba tildando de fría y calculadora. Los dos, lord Uchiha, sabemos las teorías que desarrollaba Maquiavelo y la opinión general sobre ellas.
—Touché —dijo Sasuke con una sonrisa helada en sus labios—. Pero ¿acaso no es verdad?
—Para usted parece que no hay lugar a dudas, así que no voy a perder mi tiempo intentando que vea la luz.
—Milady —dijo Hōki y se materializó a su lado con el libro que esperaba.
—Gracias.
Sakura tomó el libro envuelto de manos del muchacho.
—¿Cuánto te debo?
—El señor Mitokado me cortaría en pedazos si le cobrara. ʺEs un regalo para ese diablilloʺ, ha dicho mi tío.
—Pero... —protestó Sakura.
—Lo siento, señorita Haruno, pero es una orden de mi tío —dijo el muchacho que, en sus ojos tenía una expresión que parecía decir: ʺle suplico que no me diga que noʺ.
Sakura asintió con un gesto, giró para salir e ignoró por completo a Sasuke, quien, no dispuesto a que se saliera con la suya, le impidió la salida y la acorraló contra una estantería.
—Y ahora, ¿quién es grosera? —le preguntó con un dejo irónico.
Sakura irguió la cabeza para mirarlo directamente a los ojos.
—No pensaba que a usted le importara que no me despidiera.
—Oh, no, claro; es más correcto hacerme un desplante delante de toda la librería. Eso daría bastante de qué hablar, ¿no cree?
—Yo no quería hacer una escena —respondió Sakura y abrió más los ojos, como si se hubiese dado cuenta, en ese momento, de las consecuencias de su gesto.
Sasuke creyó detectar una nota de arrepentimiento y sinceridad en sus palabras. Verdaderamente estaba más hermosa que nunca. Sus ojos eran los de una hechicera.
Tenía que tener cuidado, ya que se había dejado atrapar una vez en su red, y no se permitiría volver a cometer ese error.
—De acuerdo, le creo —dijo con una sonrisa en los labios—. Imagino que habrá sido un lapsus —continuó con tono burlón, aun sabiendo que le estaba dando la oportunidad de escudarse en esa estúpida disculpa.
—Ningún lapsus, lord Uchiha —le dijo Sakura con un mohín que, muy a su pesar, le pareció encantador.
—Pues enhorabuena, milady. Y ahora, si no quiere que mañana los rumores alcancen límites insospechados, le sugiero que me sonría como si de verdad me apreciara, y después, me deje acompañarla hasta su coche.
—No veo la necesidad —dijo Sakura e hizo un gesto con la mano que le daba a entender que veía absurda su sugerencia.
—Considero que sí. Nos están mirando y, si usted después de ese desplante, sale de aquí sin mí, pensarán, y estarán en lo cierto, que hemos tenido una discusión; y créame que no pensarán que ha sido por Maquiavelo.
Sakura miró, con disimulo, hacia los lados y descubrió que, como Sasuke le había señalado, varios de los presentes tenían puesta toda su atención en ellos. Esbozó una sonrisa, que rezó para que fuese creíble, se tomó de su brazo y caminó hacia la puerta.
—Intente no estar tan tensa; y si no puede sonreír sin que parezca que se ha atragantado con una bola de pelo, deje la boca normal; lo prefiero, de verdad —le susurró Sasuke al oído.
Sakura apretó más la mano a su brazo, lo que provocó que Sasuke soltara una carcajada.
Ya fuera de la librería, Sakura se soltó rápidamente de su brazo y puso distancia entre ambos, como si el brazo de Sasuke quemara.
—¿Dónde está su carruaje?
—He venido a pie —le dijo Sakura sin mirarlo, ocupada en acomodar el libro que había comprado a Temari debajo de su brazo.
—¿Sola? —le preguntó Sasuke con un tono de voz censurador.
—Sí, sola. Esta parte de la ciudad es bastante segura, y el hecho de que sea mujer...
—Si vuelve a empezar con discursos sobre los derechos de las mujeres, juro que tomaré medidas al respecto.
Sakura sintió que empezaba a irritarse.
—Es usted un patán arrogante.
—Puede ser, pero este patán no va a dejar que se vaya caminando sola. Debería haber salido acompañada, aunque fuera por una doncella.
—¡Dios, lo que me faltaba: un sermón! Lo siento, lord Uchiha, pero es exactamente lo que pienso hacer —le dijo y lo dejó con la palabra en la boca, ya que, antes de que la última sílaba saliera de sus labios, ya se había dado vuelta y había comenzado a moverse a un paso más que ligero.
Sasuke casi no tuvo tiempo a reaccionar. Era el segundo desplante en menos de diez minutos. Esa mujer buscaba marcar un récord a su costa, pero, por su honor que no iba a salirse con la suya.
Ya estaba a escasos pasos de ella cuando vio cómo un hombre la empujaba y la tiraba al medio de la calle. En ese momento, la sangre se le heló en las venas. Un carruaje que había dado la vuelta a la esquina estaba casi encima de ella.
—¡Sakura! —gritó desesperado Sasuke.
Sakura estaba tan aturdida por el golpe que no sabía cómo había acabado en el suelo. Sentía que le dolía el brazo izquierdo, sobre el que se había apoyado al caer. Intentaba levantarse, el grito angustiado de Sasuke le hizo levantar la cabeza. Lo que vio la dejó sin respiración, porque pensó que, sin remedio, había llegado su hora.
Un carruaje tirado por cuatro enormes caballos iba directamente en su dirección. Sin tiempo para reaccionar, cerró los ojos y esperó el golpe final, cuando sintió que alguien la agarraba y tiraba ferozmente de ella.
—¡Maldita sea, mujer! ¡No vuelva a hacerme nunca más una cosa así! ¿Me oye? —le dijo Sasuke totalmente fuera de sí. A continuación la tomó entre sus brazos con toda la ternura del mundo.
Sakura dio un quejido de dolor al sentir cómo le rozaba el brazo.
—¿Está bien? ¿Le duele algo? —preguntó preocupado.
—Me duele el brazo —contestó Sakura todavía aturdida.
Sasuke se dijo a sí mismo que tenía que sacarla cuanto antes de allí. La gente se estaba arremolinando a su alrededor, curiosa por saber qué había ocurrido.
—Venga —le dijo y la tomó del brazo que no le molestaba—, tenemos que irnos de aquí.
—¿A dónde vamos?
—La llevaré a su casa, como había sido mi intención en un principio. Sawdon, mi cochero, me espera a la vuelta de la esquina.
Con lentitud se dirigieron al carruaje, mientras los curiosos se iban diluyendo entre la gente que caminaba por la calle. Por fin estuvieron sentados en el interior del coche, en dirección a Haruno House. Sasuke no paraba de mirar a Sakura con el ceño fruncido.
—No tiene nada roto —le dijo, mientras le inspeccionaba el brazo, suavemente, al ver la mueca de dolor en su cara.
—¡Dios! Pensé que...
—Lo sé —le dijo Sasuke, que aún intentaba suavizar el nudo que sentía en el estómago. Cuando la vio allí tirada, con el carruaje casi encima, sintió pánico. No vio bien al hombre que la había empujado, pero estaba claro que había sido adrede.
—Podría haber muerto por un desafortunado accidente.
Las palabras de Sakura lo hicieron concentrarse de nuevo en ella. Al parecer, la muchacha creía que había sido fortuito; y él no le diría lo que pensaba. No quería preocuparla sin necesidad. El motivo no estaba claro. No sabía si habían querido hacerle daño, o si sólo se había tratado de un ladrón que, queriendo hacerse del bolso de Sakura, había utilizado el truco del tropezón, y luego había huido, asustado al ver el tumulto provocado por la caída de la joven.
—Gracias —tartamudeó Sakura, que temblaba visiblemente.
Sasuke sabía que aquella imagen de niña desvalida era una cortina de humo, tras la cual se encontraba la verdadera Sakura. Pero no podía verla así, tan pequeña y vulnerable. Prefería, mil veces, a la mujer que le hacía frente, porque con ella, sabía a qué atenerse.
En unos segundos, Sakura se vio transportada de su sillón al regazo de Sasuke.
—¿Qué hace?
—Intento que deje de balancear el carruaje más de lo necesario con sus incontrolables temblores.
Sakura quiso protestar, pero después del susto que había pasado, sentirse tan cerca de él, rodeada por sus brazos, era mejor que cualquier calmante. Recostó su cara contra su pecho y acompasó su respiración a los latidos de él, que sonaban fuertes y seguros.
Llegaron a su casa demasiado pronto. Después de ayudarla a bajar, la acompañó hasta la puerta, que se abrió al instante de llamar. Judson, el mayordomo contratado por Shizune después de su llegada a Londres, los dejó pasar con cara de asombro. Sin duda, su blusa desgarrada y su falda manchada hacían de aquello una escena bastante peculiar.
