Capítulo 15
—¡Dios mío, pequeña! ¿Qué te ha pasado? —preguntó Shizune y se acercó a grandes pasos.
—¡Sakura! —exclamó Temari, que había ido a visitarla de sorpresa, y le pisó los talones a Shizune.
Al parecer, el incidente no iba a pasar tan desapercibido, como hubiese sido su deseo.
—No es nada, de verdad —intentó tranquilizarlas.
Temari y Shizune ya se habían percatado de la presencia de Sasuke, que estaba detrás de ella. Lo sabía por sus expresiones. La primera lo miraba como si quisiera gratinarlo al horno, y la segunda, como si el rey Guillermo hubiese irrumpido en su salón.
—Si me permiten —dijo Sasuke—. Lady Haruno debería sentarse antes de responder a sus preguntas. ¿Cómo se llama? —le preguntó al mayordomo.
—Judson, milord —respondió con prontitud.
—Muy bien, Judson, vaya a buscar al doctor Merrick. A esta hora, debe de estar en su consulta, en St. James.
—Inmediatamente, milord.
—No hace falta que... —Sakura no pudo terminar la frase. Sasuke le apretó más el brazo sano mientras la miraba con cara decidida. Estaba claro que no admitiría discusiones, y ella estaba demasiado cansada como para ponerse a reñir con él. De todas formas, era increíble que se permitiera dar órdenes en su propia casa, pero tampoco quería hacer una escena delante de Temari y Shizune.
Pasaron a la sala y se sentó en el sillón. Shizune fue a buscar una taza de té y algo más que Sasuke le solicitó en un susurro cuando pasó por su lado, mientras Temari se paseaba de un lado a otro con cara de pocos amigos.
En ese mismo momento, se paró delante de ella y dio pequeños golpecitos en el suelo con la puntera de su zapato, en un claro signo de impaciencia.
—Está bien, ¿qué es lo que te ha pasado? Y no me digas que nada, porque cuando llegué, Shizune me dijo que habías ido a ver a tu abogado; y, que yo sepa, uno no vuelve en ese estado cuando sale a hacer una diligencia de esa clase.
Sakura alargó una mano para alcanzar la de su amiga.
—Temari, siéntate, por favor. Verás —le explicó, mientras Temari tomaba asiento frente a ella—, cuando salí del abogado, fui a la librería del señor Mitokado. Allí me encontré con lord Uchiha —dijo e intentó no mirarlo—. Cuando salimos, me adelanté, alguien tropezó conmigo y caí en medio de la calle con tan mala fortuna que casi me atropella un carruaje. Si no hubiese sido por lord Uchiha que me sacó de allí, creo que ahora no estaría aquí.
—¡Por Dios, Sakura! ¡Podrías haber muerto!
—Sí, pero como ves, al final no ha pasado nada. Sólo me molesta el brazo. Temo que lo apoyé mal al caer.
—Gracias, milord, por salvarla —le dijo Temari a Sasuke, con una expresión ya más suavizada.
—De nada, señorita Sabaku.
—Aquí está el té con un chorrito de coñac —dijo Shizune al entrar con una taza en sus manos.
—¿Coñac? —preguntó Sakura.
—Sí, se lo indiqué yo —dijo Sasuke con un tono que no admitía discusión—. Ahora, bébaselo entero. Eso hará que deje de temblar —agregó mientras tomaba la taza y se la tendía a Sakura.
El médico llegó rápidamente junto con Judson. Saludó a Sasuke como si fueran viejos amigos y después revisó el brazo de Sakura. Le vendó la muñeca, aunque, según su opinión, sólo se había producido una pequeña lesión. En verdad había tenido suerte. Quiso recetarle un poco de láudano, pero Sakura se negó rotundamente; después de lo de su madre, no quería saber nada de esa sustancia.
—Merrick, espera, me voy contigo —acotó Sasuke cuando el médico ya se despedía—. Lady Haruno, espero que se recupere pronto —le dijo, y retomó el tono de frialdad con el que se había estado refiriendo a ella antes de que sucediera lo del accidente.
La expresión de preocupación que Sakura creyó detectar en su rostro y la cortesía, llena de ternura, con la que la había tratado después de recogerla del suelo, se habían esfumado y dejaron paso al hombre frío y altanero con el que se había encontrado desde su regreso a Londres.
—Gracias de nuevo, lord Uchiha.
—No hay de qué; pero la próxima vez, no se le ocurra volver a salir sola.
Con una inclinación de cabeza, se despidió de ellas y salió de la casa junto con el doctor Merrick.
—Bueno, Sakura, ahora ve a descansar. Ya vendré a verte más tarde, y me lo contarás todo otra vez. Tengo la sensación de que te has saltado algún que otro detalle por la presencia de lord Uchiha.
—Temari, eres una mandona.
—Lo... lo siento. Es que me preocupo por ti —le dijo Temari casi en un susurro.
Sakura no pretendía herir sus sentimientos. Sabía que su amiga era como el refrán: ʺperro ladrador, poco mordedorʺ. Parecía tener mucha determinación, pero después, tenía un corazón de oro del que muchos podrían aprovecharse. Era muy protectora con aquellos a los que quería y, en parte, eso la sacaba de quicio a la hora de defenderlos; aunque, en el fondo, saber que se preocupaba así por ella le entibiaba el corazón a Saku y la conmovía. En todos esos años en los que había sido ella la que se había preocupado por los demás, Temari había actuado como contrapunto, y le había ofrecido el consuelo de una amiga y los sermones de una madre. La volvía loca, pero también la mantenía cuerda, con los pies en la tierra y la sonrisa en los labios.
—Yo también lo siento, pero no hay mucho más que contar. —Sakura frunció el ceño—. ¿No tendrías que estar en la tienda de madame Lorraine?
El día anterior, Temari le había dicho que pasaría a verla esa mañana, porque tenía que ir a recoger unos encargos.
—Sí —dijo Temari, furiosa—. Pero el pesado de Raidō me siguió hasta allí. Así que le dije a madame Lorraine que volvería esta tarde. Me escabullí por su puerta trasera y vine a verte.
—¿Quién es Raidō?
—Es un barón del norte del país. Su madre y él llegaron hace unas semanas y, desde entonces, no hace más que perseguirme. Realmente, creo que es el hombre más exasperante que conozco.
—Bueno, y ¿por qué no te deshaces de él cortésmente?
—Lo he intentado, créeme; pero ese hombre es estúpido o demasiado testarudo. Es como un pulpo. El otro día, intentó besarme en la terraza, y tuve que ponerlo en su sitio.
—Ten cuidado, Temari.
—No te preocupes, es inofensivo. Anda, ve y descansa.
Shizune entró otra vez en la salita.
—¿Qué es eso de que un hombre te empujó?
—¿Shizune?
—Perdón, no debí haberlo hecho; pero estuve escuchando, porque no pretenderás que esta vieja, que no hace más que preocuparse por ti, espere para enterarse de lo que te ha pasado.
—Sólo ha sido un accidente y, además, estoy bien.
Shizune no estaba muy convencida de su declaración.
—Está bien. Haz lo que te dice Temari y descansa. Después, me contarás todo con más detalle.
Temari la miró con una deslumbrante sonrisa, como tratando de insinuar que ella no era la única mandona en ese lugar. Sakura lanzó un suspiro y se levantó para ir a su habitación. Habría que resignarse. Esto de tener a dos entrometidas a su lado provocaba más dolores de cabeza que todos los accidentes juntos, pero no tenía otra opción. Eran su única familia, y las quería más que a nada en el mundo.
Los dos días siguientes pasaron rápidamente, aunque no exentos de actividad. Temari la visitó la misma tarde del accidente y, a diferencia de lo que esperaba, no la interrogó más sobre el suceso. Sin embargo, la convenció, entre súplicas y amenazas, de que fuera al baile anual de su tía, lady Tsunade Katō. La tía de Temari dejaba el campo por unas semanas para poder disfrutar de la temporada y de su familia.
Su baile era uno de los más esperados, y sus invitaciones, de las más cotizadas.
Sakura no quería ir a ningún evento más, y menos a ese baile. Sin duda, Sasuke iba a estar allí. Su amistad con la familia de Temari y, en especial, con lady Tsunade, prometía su presencia.
Al final, los constantes gimoteos de Temari la convencieron de aceptar. Amenazaba con no asistir ella tampoco si, según sus propios dichos, su mejor amiga, su amiga del alma, no la acompañaba. Eso era chantaje emocional al más puro estilo, pero, cuando la miró con esos ojos implorantes y le dijo que la iba a echar mucho de menos cuando se fuera, irremediablemente, perdió la batalla.
Fue a la casa de madame Lorraine, que le hizo un vestido exquisito para la ocasión. De color verde oscuro, ribeteado en plata y con un escote pronunciado, dejaba sus hombros parcialmente desnudos. Sin lugar a dudas, haría las delicias de muchas de las damas de la sociedad. Por lo menos, eso era lo que decía madame Lorraine que, ante la negativa de Sakura a lucir colores más claros, le hizo un vestido imposible de ignorar.
Aunque reticente al principio, cuando se contempló en el espejo, tuvo que claudicar ante la evidencia de que la modista había hecho una bellísima creación. Ni siquiera se reconocía. Parecía otra mujer y, en verdad, ansiaba en su interior, quizás más que nunca, sentirse diferente, aunque sólo fuera por una noche.
Abrazó a madame Lorraine quien, con su sonrisa más radiante, le dijo que estaba magnifique y que, a más de uno, se le saldrían los ojos de las órbitas cuando la vieran.
El baile llegó antes de que pudiera pensar en ello.
Katō House era una casa majestuosa de dos plantas. De ladrillo rojo, con grandes ventanales, tenía una elegancia clásica. A través de los cristales iluminados por las lámparas que descendían de los altos techos pintados con frescos de estilo francés, se podían ver las figuras de los invitados.
La flor y nata de la aristocracia estaba allí reunida. Con los primeros acordes de la majestuosa orquesta, Sakura había hecho su entrada junto a Temari, Hotaru y los padres de ellas. Cuando pasaron a recogerla esa noche, la hicieron sentir como una princesa. Alabaron su belleza con la sinceridad que desprende una vieja amistad y un afecto mutuo.
Después de saludar a la anfitriona, que las recibió con su habitual calidez y su inagotable energía, comenzó a deambular por el salón principal a la espera de Temari, que había ido al cuarto de baño.
—Buenas noches, lady Haruno.
Sakura giró al escuchar aquella voz grave y sinuosa como el ronroneo de un gato.
—Buenas noches, lord Nara —le dijo mientras le obsequiaba una espontánea sonrisa. Ese hombre desprendía una fuerza innata que le hacía recordar a otra persona. La sutil ironía que destilaba su mirada camuflaba una dulce calidez. La había visto en sus ojos cuando se posaban en Temari, ¿sabrían esos dos lo que sucedía entre ellos?
—¿Espera a alguien? Me ha parecido que rebuscaba entre la multitud.
—Sí, estoy esperando a Temari.
—¡Ah!, lady Sabaku.
Otra vez esa mirada, se regocijó Sakura, aunque la forma en que había dicho el apellido de Temari dejaba entrever cierto aire burlón.
—¿No le cae bien mi amiga, lord Nara?
Una sonrisa traviesa brilló en la cara de Shikamaru Nara e hizo que unas tenues arruguitas se dibujaran en el extremo de sus ojos que refulgían con una viveza especial.
—¿Qué le hace pensar eso, milady?
—Quizás la forma en que ha pronunciado su nombre o, quizás, que, cuando ustedes dos están juntos, parecen llevarse como perro y gato.
Nara soltó una carcajada.
—Ya se lo dije una vez, es usted muy directa, signorina.—Hizo una pausa—. Si quiere saber la verdad, Temari Nara no me disgusta, aunque lo lamento mucho por el pobre incauto que caiga rendido a sus pies. Su amiga tiene un carácter demasiado impulsivo que, le auguro, le traerá complicaciones. Por lo demás, nada más lejos de caerme mal: me parece una mujer fascinante, aunque, en la misma medida, sumamente irritante.
—Vaya, lord Nara; veo que no soy yo sola la que habla con total franqueza.
—Usted me pidió mi opinión, y yo no soy hombre de medias tintas.
—La verdad, lord Nara, es que Temari, como usted bien ha dicho, es impulsiva, pero también tremendamente generosa y, cuando digo esto, me refiero a todos los ámbitos de la vida. Es leal al extremo, cariñosa de una manera altruista, y su corazón es igual de grande que esta isla. Si alguien fuera lo suficientemente listo como para enamorarse de ella, le aseguro que no sería ningún incauto, sino un hombre muy afortunado, quizás el que más —le espetó Sakura, ya que no le había gustado mucho la descripción que había hecho de Temari.
—Lady Haruno —le dijo Nara muy serio—, mis palabras no han sido muy acertadas, pero, en su mayoría, no iban dirigidas a usted, sino a mí mismo.
—¿Qué quiere decir?
—Verá. Una vez conocí a una mujer. Era bella como Temari, impulsiva y testaruda. Me robó el corazón antes de que pudiera darme cuenta. En una de sus alocadas ideas, le pareció muy romántico que nos encontráramos de madrugada cerca del Ponte Vecchio para, desde allí, dirigirnos a Santa María del Fiore. Lo había arreglado todo para que un cura amigo suyo nos casara. Estábamos prometidos —dijo lord Nara apenas en un susurro—, pero ella no quería esperar. Cuando recibí la nota, salí de inmediato, pero ya era demasiado tarde. En su inocente osadía, sólo se había hecho acompañar por un sirviente. Cuando llegué, ambos estaban muertos. La encontré semidesnuda, con un lazo atado a su garganta. La habían estrangulado.
Sakura sufrió cada palabra de su relato como si fuera un retazo de su propia vida. Los ojos se le humedecieron, incapaces de expresar el profundo sentir por la historia de lord Nara. De manera inconsciente, apoyó una mano en su brazo. Su mirada, obnubilada por los recuerdos, estaba cargada de rabia y dolor. Sin embargo, al sentir la mano de Sakura, sus ojos giraron hacia ella mucho más calmos.
—Lo siento mucho. No sabe cuánto lamento lo que le ocurrió —le dijo Sakura.
Nara relajó aún más sus facciones.
—Gracias, pero eso fue hace ya mucho tiempo.
—¿Cuánto?
—Siete años, dos meses y cinco días.
¡Cuánto debió de amarla!, pensó Sakura.
—¿Apresaron a los que le hicieron eso? —preguntó casi con timidez.
—Sí, los encontré —sentenció Nara, como si con esas tres palabras hubiese derribado al mismísimo diablo.
—Entiendo —le contestó Sakura, que sabía, mejor que nadie, lo que era anhelar que se hiciera justicia.
—De todas maneras, lord Nara, Temari no es su prometida.
—Es usted muy perceptiva. Ya sé que Temari no es Isaribi. Créame, lo sé demasiado bien; sin embargo, su carácter es parecido. Ya sufrí una vez, milady, y no podría soportarlo de nuevo.
Sakura abrió más los ojos. Ahora todo estaba claro: los sentimientos de Nara hacia Temari y su reticencia a admitirlos.
—Alguna vez deberá dejar entrar a alguien, ¿no cree?
—Yo podría preguntarle lo mismo —le dijo y la miró directamente a los ojos. Ese hombre era más intuitivo de lo que imaginaba—. De todas formas, lady Haruno, por ahora, prefiero que mi corazón siga intacto.
Sakura deseaba replicar, decirle que no debía cerrar las puertas al amor. Ella intuía que, lord Nara tampoco le era indiferente a Temari. La conocía demasiado bien como para dudar de su interés por aquel hombre. Sin embargo, entendía a Nara, así que dejó que sus palabras murieran, mucho antes de formarse en sus labios.
—Le agradezco la confianza que ha depositado en mí. Le aseguro que guardaré su secreto.
—Eso nunca lo he dudado —le dijo lord Nara con una firmeza que la conmovió.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó Temari, que se acercó e interrumpió la mirada de complicidad que se había forjado entre ellos dos.
—Estaba esperándote; y muy bien acompañada, por cierto.
—¡Ah! Buenas noches, milord —dijo Temari a Nara, algo contrariada por su tartamudeo. Ese hombre la afectaba más de lo que deseaba reconocer.
—Lady Sabaku —le contestó con cortesía—, debo decirle que esta noche está sumamente hermosa.
Temari entrecerró los ojos e intentó dilucidar la veracidad del cumplido.
Lord Nara se acercó a ella y le susurró algo al oído:
—No lo piense y acepte el cumplido.
La cara de sorpresa de su amiga era digna de verse, pensó Sakura, mientras sonreía para sus adentros. Quizás, Nara quisiera mantener su corazón intacto, pero algo le decía que no sería por mucho tiempo.
—Espero que me reserven un baile cada una esta noche —dijo Nara con su pícara pose ya recuperada—. Y ahora, ¿me permiten que les traiga una limonada? Creo que a la señorita Sabaku se le ha quedado la boca seca. —Guiñó un ojo a Sakura, que tuvo que morderse la lengua para no echarse a reír.
—¡Si será pomposo, arrogante y patán! —dijo Temari cuando lo vio alejarse hacia la mesa en la que se encontraba el buffet.
—Temari, controla esa lengua.
—Pero ¿has visto eso, Sakura? —le preguntó enojada—. Sakura Haruno, ¿te estás riendo?
—No, para nada —le contestó con una risilla.
—A ti te parecerá muy gracioso que ese...
—¿Hombre encantador? —sugirió Sakura.
—No, que ese casanova de pacotilla se burle de mí.
—Yo no he visto que lord Nara haya hecho tal cosa. Más bien creo que te ha hecho un hermoso cumplido.
—Sakura, parece que no has apreciado el doble sentido de sus palabras.
—Temari, creo que no eres objetiva. Estás demasiado interesada en un hombre por primera vez en tu vida, y no sabes cómo aceptarlo.
—¿Que yo qué?
—Ya me has oído.
—Sakura, el accidente del otro día te ha dejado lela.
—Ya —le contestó con una sonrisa mientras enarcaba apenas una ceja. Si su amiga no estaba preparada para aceptar que Nara significaba algo para ella, lo respetaba. Aunque, sin duda, al igual que él, se llevaría una sorpresa.
—Lo siento, Sakura, pero esta noche estoy de mal humor. El señor Raidō me ha estado persiguiendo sin cesar y, para colmo, me ha hecho llegar una nota para que me encuentre con él en la biblioteca a medianoche. Para justificar tal atrevimiento, adujo la necesidad de tratar un tema urgente, de vida o muerte.
—¿No irás, verdad? —le preguntó dudosa, porque conocía la impetuosidad de Temari.
—Sí que voy a ir. Voy a ponerlo en su sitio.
—Creí que habías hecho eso el otro día.
—También yo, pero parece que no me expresé con total claridad. Te aseguro, sin embargo, que esta noche al señor Raidō no le va a quedar ningún resquicio de duda acerca de los sentimientos que despierta en mí.
—Como sé que va a ser imposible convencerte de lo contrario, iré contigo.
—No hace falta, Saku. Sé cuidarme sola. Y el señor Raidō no es más que un arrogante pomposo. No te preocupes.
Sakura no quedó convencida de la idea de Temari pero, antes de que pudiera replicar algo, Nara estaba de nuevo junto a ellas.
