Capítulo 16

Luego de media hora de agitados valses, Saku tenía la respiración entrecortada y las piernas como gelatina. Después de tanto tiempo sin más ejercicio que deambular entre cuatro paredes y una escasa hora de paseos diarios por el jardín, su cuerpo reclamaba que se tomara las cosas con más calma.

Con ese fin, se excusó de varias invitaciones más y se sentó en una de las sillas dispuestas alrededor del salón.

Si tenía que ser sincera, su falta de aliento no se debía sólo a los valses, sino también a la presencia de Sasuke. Había notado que estaba allí antes de que hubiese posado sus ojos en él. Estaba magnífico.

Mientras bailaba con Philippe Martre, un caballero de la Borgoña, lo divisó al lado de lady Tsunade Katō y de Naruto Uzumaki.

Vestido de negro, como era habitual en él, desprendía una fuerza y una vitalidad tales que eran, a su vez, excitantes y peligrosas; por ese motivo, se obligó a no pensar más en él y a concentrarse en el baile, aunque, después de pisar dos veces seguidas al pobre Philippe, asumió la imposibilidad de realizar esa tarea.

Sentada entre matronas de la alta sociedad, intentaba respirar el suficiente aire como para controlar todas sus emociones.

—¡Qué desfachatez!

—¿De qué hablas?

—De ese hombre.

—¿Cuál, querida?

—Ese de allí, de la chaqueta azul.

—¿El señor Raidō Namiashi?

Sakura odiaba ser curiosa, pero no tuvo más remedio que prestar atención a la conversación de lady Beck con una dama que desconocía. Había escuchado el tono airado de aquella mujer, algo regordeta y con un tocado del que salía una enorme pluma azul que le hacía recordar a un pavo real, al referirse al señor Namiashi. Si pasaba algo con él, quería saber de qué se trataba. Quizás, eso pudiese ayudar a Temari.

—No sé cómo se llama, querida —siguió la mujer del pavo real—, pero estoy casi segura de que es el mismo.

—¿A qué te refieres, Clarice? —preguntó la señora Beck—. ¿A un escándalo?

—¡Peor! Si es quien yo creo, es un hombre sin escrúpulos, un cazafortunas.

—¿Qué me dices? —le dijo lady Beck y se llevó una mano a la garganta—. Cuéntamelo todo.

—Verás; hace unos meses estuve en la región de los lagos, en casa de mi prima Dotty. Allí asistimos a diversas fiestas y soirées. En una de ellas, el hombre del que te hablo, el mismo que están viendo mis ojos, preparó una trampa para cazar a una joven inocente con el fin de hacerse de su cuantiosa dote. Al parecer, es un barón venido a menos, cuyos acreedores pugnan por ser los primeros en el cobro de sus deudas. Por lo visto, su madre, una viuda amargada, participó también en el plan.

—Pero ¿qué tenían pensado?

—Muy fácil. Mi prima Dotty se enteró por lady Maxwell, una querida amiga suya e íntima de la familia de la muchacha, que ese caradura le había mandado una nota en la que la invitaba a encontrarse a solas con él. Después de eso, en un momento determinado previamente acordado, su madre llegaría con unas amigas suyas hasta ellos con la excusa de sentirse indispuesta; y así los descubriría en una situación embarazosa. La única solución para no enturbiar la reputación de la muchacha sería aceptar un compromiso acelerado.

—¿Y cómo lo descubrieron?

—Parece ser que la chica no era tan tonta. Se lo contó todo a su madre, y fue ella la que se presentó a la cita. Su hija ya había sido presa de hombres de esa calaña. No por nada tenía una dote que hasta una princesa envidiaría. No tengo que decirte que madre e hijo dejaron la región de los lagos esa misma noche.

—¿Y dices que ese es el mismo hombre?

—Yo diría que sí, aunque no puedo asegurarlo. De todos modos, si yo fuera tú, mantendría a Regina a distancia de él.

—Por supuesto, querida; ahora mismo le digo que ni se le acerque. Mi Reg tiene una dote demasiado jugosa para que pase desapercibida.

A Sakura la cabeza le daba vueltas. No sabía por qué, pero no tenía dudas de que el hombre al que se habían referido era, en verdad, el señor Namiashi. Había tenido un mal presentimiento desde que Temari le había contado lo de la nota, y, de repente, todo encajaba. Temari le había dicho que era un barón, y que había llegado a Londres junto a su madre proveniente del Norte del país. Le había mandado una nota para que se reuniera con él, al igual que lo que había escuchado, y no quería pensar en la consecuencias que esa cita podría causar.

Los condes de Norfolk tenían una gran fortuna; y Temari, una gran dote. Ese era el motivo del señor Namiashi y de su interés desmedido. Sin duda, sería su próxima presa. Eran cerca de las doce, y esa era la hora en que habían quedado. Buscó a Temari entre todos los invitados y la encontró hablando con lord Nara. Esperaba que él la entretuviera un rato, el suficiente para evitar el desastre. No podía dejar que Namiashi se saliera con la suya. Si pensaba dañar a su amiga, tendría que pasar, primero, por encima suyo. Tenía tan sólo unos minutos, y debían ser suficientes para llegar a la biblioteca, esperar que aquel bastardo estuviera allí y desenmascararlo. Con eso, sería suficiente, pensó decidida.

Cuando le dijera a la cara que sabía cuáles eran sus planes, no tendría más remedio que abandonar el baile y olvidar a Temari. Después, se encargaría de que no pudiera hacerle eso a ninguna otra mujer.

No se había dado cuenta, pero mientras todos esos pensamientos cruzaban por su cabeza, su mirada había estado clavada en Sasuke. En ese momento, al salir de su estupor y ponerse en marcha, vio que él la estaba mirando, con una clara interrogación en los ojos. Sin perder ni un segundo más, bajó la mirada y se encaminó a la biblioteca; no dejaría que utilizaran a su mejor amiga.

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—Lady Haruno, ¿qué hace aquí?

Sakura observó la cara de sorpresa del señor Raidō Namiashi. Estaba bien claro que era otra persona a la que esperaba ver entrar por la puerta.

—He venido a hablar con usted.

—¿Y de qué quiere hablar? —le preguntó ansioso—. Verá, milady, tengo que encontrarme aquí con otra persona dentro de unos minutos, y por esa razón, le pediría que dejara la conversación para otro momento. Le estaría eternamente agradecido.

Sakura se acercó un poco a él.

—Quien espera no va a venir, señor Namiashi.

—¿Cómo dice?

Sakura sabía que se estaba metiendo en problemas, pero tenía que desarmar totalmente a ese hombre. Mientras que pensara que Temari no iba a ir, la escucharía; no tendría más remedio que prestarle atención. Sin embargo, pudo ver que sus conclusiones no habían sido del todo correctas. Namiashi la estaba mirando de una forma que no le gustaba nada.

La expresión totalmente dulcificada que había exhibido Namiashi durante la velada había quedado sepultada bajo una mirada inquebrantable que reflejaba, a las claras, su creciente exasperación. Resultaba evidente que se estaba impacientando.

—Creo que me ha oído a la perfección. He dicho que la persona que usted espera no vendrá. Me he encargado de que así sea.

—¿Sabe usted lo que ha hecho? —preguntó entre dientes.

Lejos de amedrentarse, Sakura dio otro paso al frente.

—He evitado que usted se aproveche de Temari. Sé quién es y lo que pensaba hacer.

—¿De verdad?

—Sí, de veras.

—Vaya, es usted muy inteligente, lady Haruno; pero no tiene forma de demostrar lo que está diciendo.

—Señor Namiashi, para su sorpresa, hay una dama ahí fuera que lo conoce de la región de los lagos, así como los desagradables hechos que tuvieron lugar allí y de los que usted es culpable. De hecho, esa dama ya está informando a otras de su reputación como cazafortunas. Yo sólo le estoy ofreciendo la posibilidad de marcharse antes de que ese rumor se convierta en el tema principal de esta fiesta. Es mucho más de lo que usted se merece. Sin duda, una humillación pública y la retirada de la palabra de la buena sociedad estarían más a la altura de las circunstancias, pero creo que un escándalo no favorece a nadie. Esta casa es de la tía de Temari, y en ella se encuentran el padre y el primo de mi amiga. No creo necesario mencionarle lo que esos caballeros harían con usted si llegaran a enterarse de sus planes para con mi amiga.

Después de terminar el discurso con el que, creía, quedarían destruidas todas las maquinaciones del señor Namiashi, Sakura se quedó asombrada ante la reacción de él, que se rió con una fuerte carcajada y la aplaudió, como si aquello hubiese sido una representación del Teatro Real de Drury Lane, y ella, la primera actriz.

—Querida, es usted verdaderamente deliciosa. Por un momento, he de confesar, que me tenía acorralado, pero ¿sabe? No ha pensado en todo.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Sakura mientras daba un paso atrás.

La expresión de ese hombre era la de una fiera enjaulada que, de pronto, ve una salida y se relame por el placer que prevé.

—Lo que quiero decir, señorita Haruno, es que tiene usted razón; la señorita Sabaku era una presa apetecible, pero demasiado complicada y... ¿por qué hacerlo difícil cuando tengo a mi alcance algo mucho más apetitoso, si cabe, una heredera por ejemplo?

Las implicaciones de aquellas palabras estaban claras, pero se dio cuenta demasiado tarde. Antes de llegar a dar siquiera un paso, el señor Namiashi la tomó por el brazo, se lo retorció hacia atrás en la espalda y la inmovilizó contra la mesa de caoba que había en un extremo de la habitación.

—¡Suélteme!

—Todavía no, preciosa —le susurró al oído mientras trazaba con su lengua un dibujo sobre su cuello.

Los viejos temores se apoderaron de ella que, fuera de sí, luchó con todas sus fuerzas contra ese canalla. Con la mano que tenía libre, lo arañó en la cara y le dejó amplios surcos ensangrentados sobre la mejilla izquierda.

—¡Zorra! —exclamó Namiashi a la vez que le daba un bofetón que le hizo volver la cara.

Sakura se quedó atontada. Sentía que le estaba manoseando el vestido, y que el aire fresco rozaba sus pezones ya desnudos.

—¡Preciosos! Pequeña, creo que voy a disfrutar mucho más contigo de lo que creía. Cuando estemos casados, aprenderás a obedecerme. Te abrirás de piernas todas las veces que quiera disfrutar de ti y, si eres buena chica, quizás, después de eso, te deje algunas monedas para comprarte alguna chuchería.

Una fuerza interior cercana al odio se apoderó de ella. La energía que le quedaba la canalizó en luchar hasta quedar sin aliento.

—¡Maldito canalla!

De repente, Sakura sintió que el peso, que momentos antes la aplastaba contra la mesa, ya no estaba. Sasuke estaba ante sus ojos y tomaba a Namiashi por el cuello, mientras soltaba un rugido que hizo estremecer las paredes.

Claramente sorprendido, Namiashi no logró, siquiera, parpadear, antes de que Sasuke le asestara dos puñetazos que mandaron su cuerpo inconsciente al suelo, como si fuera un muñeco de trapo.

Como pudo, Sakura trató de incorporarse, mientras intentaba, con desesperación, colocarse el vestido.

—Déjeme a mí —le dijo Sasuke mientras, con manos diestras, recomponía su vestuario.

Estaba muy furioso. Habría matado a ese bastardo, pero, al ver a Sakura visiblemente perturbada, se detuvo.

Cuando la había visto esa noche, en mitad del salón, bailando en brazos de diferentes hombres, había sentido el sabor amargo de los celos. En su interior, había creído que ya no formaba parte de su vida, que se había librado de los efectos que producía en él. Sin embargo, esa noche comprendió que estaba lejos de conseguir esa meta; su odio por ella crecía en la misma medida que su deseo, porque la realidad era que la deseaba más que nunca.

Con sus hombros a la luz de las velas y su cabellera rosácea, que desafiaba a las más preciadas sedas, era, por lejos, la mujer más hermosa y sensual que había visto nunca. Estaba quebrantando su voluntad a pasos agigantados. Negándole la victoria, había intentado eludirla; había ignorado su presencia aun cuando, a cada paso que daba, creía oler su perfume. De todas formas, la decisión estaba tomada y, costase lo que costase, vencería. La desterraría de su mente, aunque fuese lo último que hiciera. Entonces, la vio sentada en un rincón; lo estaba mirando directamente a los ojos, como si estuviera hipnotizada. Era tan patente su angustia que parecía un animalillo acorralado que no sabe qué hacer. Cuando Sasuke comprobó que ella se había dado cuenta de lo que estaba haciendo, desvió su mirada rápidamente, pero, sin quererlo, ella le había revelado algo que ocultaba.

A pesar de ser una taimada mentirosa, Sasuke observó que sus reacciones, en esos momentos, habían sido espontáneas y sinceras, y por eso la siguió. Quería saber qué le había producido tal estado de agitación. Después del accidente de días atrás, tenía una mala sensación que, en esos momentos, se había incrementado. Cuando entró en la biblioteca, hasta donde la había seguido, y la vio luchando con ese canalla que intentaba aprovecharse de ella, todo pensamiento racional abandonó su mente. Lo único que quería era hacer sufrir a ese bastardo.

¡Dios! Si no la hubiese seguido, ese malnacido podría...; no, no debía pensar en ello; en ese momento, que veía a Namiashi fuera de combate en el suelo, Sakura era su mayor preocupación.

Ella parecía no escucharlo. Estaba mirando a un punto fijo y sólo intentaba ponerse, de nuevo, el destrozado corsé de su vestido. Sus manos temblaban descontroladamente y le impedían esa tarea. Sasuke se apresuró a hacerlo por ella.

—¡Sakura, míreme! ¡Sakura!, ¡maldita sea, míreme ahora mismo! —le espetó y consiguió que ella enfocara su vista en él.

—Sasuke —dijo en un susurro mientras una sola lágrima caía por su mejilla.

Sasuke hubiese preferido escucharla llorar o que se hubiese puesto histérica; al ver caer esa lágrima, quedó conmovido como nadie lo habría imaginado.

—¿Está bien? ¿La ha...?

—No, no lo ha conseguido, ha llegado a tiempo, yo... no sé qué...

En ese momento, Sasuke reparó en el moretón que se le estaba formando a Sakura en el pómulo, y las ganas de acabar con Namiashi fueron devastadoras.

—Ahora debemos irnos, después me contará.

Sasuke no pudo terminar la frase; los pasos y las voces de varios invitados que se acercaban a la puerta eran ya inminentes. Miró a Sakura y, en un segundo, tomó una decisión. Escondió el cuerpo de Namiashi detrás del escritorio, se acercó de nuevo a ella, la estrechó entre sus brazos y la besó, justo en el mismo instante en que se abría la puerta y daba paso a la señora Namiashi y lady Tsunade.

—¿Uchiha? —preguntó lady Tsunade.

—¡Dios mío! —exclamó otra mujer que había venido detrás de ellas, hasta que se puso al lado de la señora Namiashi, que parecía haber visto un fantasma.

—Lady Tsunade —dijo Sasuke y esbozó una deliciosa sonrisa mientras tomaba a Sakura por la cintura y dejaba así su maltrecha mejilla lejos de la vista de las señoras.

—¿Qué... qué está pasando aquí?

Sasuke miró, detenidamente, al grupo de mujeres que se había congregado frente a él, y posó por último su mirada en la tía de Temari.

—Antes de que me reproche nada, lady Tsunade, he de reconocer que he hecho mal en traer a lady Haruno a la biblioteca; pero tenía que hacerle una pregunta que mi impaciencia me ha impedido postergar. Estaba ansioso por saber si ella aceptaría ser mi esposa y, en mi impulsivo proceder, temo haberme saltado las convenciones sociales. De todas formas, nada de lo que me diga podrá hacerme sentir mal, porque lady Haruno me ha dado su consentimiento y ha aceptado casarse conmigo.

La expresión de las tres mujeres era idéntica: tenían la sorpresa reflejada en el rostro. La desconocida, a quien Sasuke reconoció en aquel instante como madame Vanneste, era una condesa francesa dada al melodrama y al romanticismo y, por esa razón, su cara había sido sumamente comprensible ante la explicación. La de la señora Namiashi, no tenía precio. En verdad, parecía estar al borde de una apoplejía; y lady Tsunade, que lo conocía como a la palma de su mano, arqueó una ceja en señal de escepticismo. Para completar el cuadro, Temari apareció en el vano de la puerta con lord Nara pegado a sus talones.

—Bueno, señoras, creo que será mejor que vengan conmigo hasta el saloncito verde. Allí podrá descansar tranquila, señora Namiashi.

—Enhorabuena, muchacho; ya era hora —dijo madame de Vanneste con una pícara sonrisa.

Lady Tsunade salió de la habitación y se llevó con ella a todas las damas; pero antes de irse, miró a Sasuke y dibujó, con los labios, la palabra ʺdespuésʺ, que, inconfundiblemente, se refería a que no se iría de allí sin explicarle lo que había pasado.

Temari esperó a que saliera su tía, cerró la puerta tras ella y, de paso, le dio en las narices a lord Nara quien, actuando con rapidez, entró segundos después con una mueca en la cara.

—Esto no le incumbe —le soltó Temari.

—Oh, yo creo que sí. Usted me dejó plantado en mitad del salón de baile, delante de todo el mundo. Créame, después de eso, esto es asunto mío.

Ajenos a esa discusión entre Nara y Temari, Sakura, ya recuperada, miraba con furia a Sasuke.

—Pero ¿cómo se atreve a decir que vamos a casarnos?¡Está loco por completo!

—¡Ja! —dijo exasperado Sasuke, mientras apretaba los dientes y daba un paso hacia ella—. ¿Qué pretendía que hiciera? ¿Arrojarla a los leones? Sabe, de sobra, lo que habría pasado. Aunque quizás hubiera preferido que su nombre acabara en el fango.

—Mi nombre no es de su incumbencia. Me da igual lo que piensen; de todas formas, me voy dentro de una semana.

—Creo que todavía está afectada, y por eso no piensa con claridad; no hay otra explicación razonable para su estupidez.

—¡¿Mi qué?!

—Me ha oído bien.

—¡Oiga, no insulte a Sakura! —exclamó indignada Temari, que se había vuelto hacia él al escuchar esas palabras.

Sasuke la miró como si se acabara de darse cuenta de su presencia en la habitación.

—Lady Sabaku, no dudo de que su preocupación por Sakura sea genuina, pero esto es una conversación privada, así que haga el favor de mantenerse al margen.

—Antes volarán los cerdos —dijo lord Nara por lo bajo, comentario que le valió tres miradas fulminantes. Luego, levantó las manos en señal de rendición.

Temari se acercó a Sakura. La conocía demasiado bien y percibía que estaba muy alterada. Temblaba como una hoja. No sabía cómo las cosas habían terminado con la proclamación, por parte de lord Uchiha, de un compromiso entre ambos; pero se proponía averiguarlo. Todas sus intenciones se esfumaron cuando vio la mejilla lacerada de Sakura.

—¡Dios mío! —gritó mientras corría los escasos pasos que la separaban de su amiga para poder verle la cara con mayor claridad.

—¿Cómo...? —preguntó y se quedó en silencio cuando vio un pie que sobresalía por el borde de la enorme mesa que servía de escritorio. Con rapidez la bordeó y descubrió el cuerpo del señor Namiashi, inconsciente, tirado encima de la alfombra preferida de su tía Tsunade.

—¿Sakura? —le preguntó confundida.

—Temari, después te cuento.

—No, Saku, dímelo ahora, por favor.

Resignada, Sakura la miró.

—No me preguntes cómo, pero me enteré de que el señor Namiashi quería ponerte una trampa para que os encontraran en una posición comprometida y que tuvieses, así, que casarte con él. Iba detrás de tu dinero, porque está arruinado. Por lo visto, esta no es la primera vez que intenta hacer algo así. En cuanto tuve conocimiento de su plan, como sabía que él te había citado a las doce aquí, en la biblioteca, decidí adelantarme a ti, desenmascararlo y obligarlo a que se marchara. Pero mi plan no resultó como yo esperaba. Cuando vio que no podía tenerte a ti, yo le parecí una buena opción.

—¡Por Dios, Sakura! —gimió Temari.

—Parece que empiezan a encajar todas las piezas, pero ¿se puede saber por qué se le ocurrió venir aquí sola, sabiendo las intenciones de ese tipo? —preguntó Sasuke fuera de sí.

—Ni siquiera lo pensé. Sólo quería salvar a Temari.

—Eso es evidente —le contestó entre dientes.

—¿Y fue Namiashi quien te hizo eso? —preguntó, débilmente, Temari, al señalar con su dedo la mejilla derecha de Sakura. La mirada de su amiga fue respuesta suficiente.

—¡Yo lo mato! —bramó Temari, que se abalanzó como una fiera sobre el cuerpo inerte de Namiashi para pegarle.

—¡Basta, fierecilla! —saltó Nara que, en dos zancadas, la había alcanzado y la sujetaba con fuerza por la espalda en el mismo momento en que ella levantaba el pie para patearlo en sus partes nobles.

—¡Déjeme ahora mismo! ¡Porque voy a patear a ese bastardo hasta que le salgan las tripas por las orejas!

Lord Nara no pudo evitar soltar una carcajada.

—No va a hacer nada de eso. Por esta noche, creo que ha sido más que suficiente. ¡Vamos! Salgamos a tomar un poco de aire fresco.

—¿Fresco? Como no me suelte, lo pateo también a usted. ¡Sakura! —le gritó a su amiga, mientras Nara se la llevaba a rastras hacia la puerta de la biblioteca que conectaba con la terraza.

—Lord Uchiha, si necesita mi ayuda con el señor Namiashi, será un placer para mí.

—Gracias, Nara. Lo tendré en cuenta.

—¡Sakura! —gritó otra vez Temari.

—Temari, está bien. Quiero hablar con lord Uchiha en privado. Después nos vemos.

Aunque Temari no parecía del todo convencida, acompañó a regañadientes, a Lord Nara. Cuando se marcharon, Sakura giró hacia Sasuke, más enfadada que nunca.

—Me parece increíble que se haya puesto en peligro, esta noche, de esa manera —le dijo Sasuke , otra vez furioso.

—Le he dicho que ni siquiera lo pensé. Sólo sabía que tenía que librar a Temari de ese...

—¿Bastardo?

—Sí, exacto, de ese miserable bastardo.

—¿Cómo se enteró?

—¿Y eso qué importa?

—A mí me importa —le dijo con un tono de voz tan tajante que no admitió discusión alguna.

Sakura titubeó, porque no quería dar el brazo a torcer, pero, dadas las circunstancias, daba lo mismo decírselo.

—Una mujer que estaba en el salón le comentó a lady Beck que creía conocer al señor Namiashi de la región de los lagos. Luego, le relató los hechos, que eran muy reveladores. Por lo visto, había intentado comprometer a una dama allí, a una joven con una cuantiosa dote. Todo coincidía, así que no necesité más.

—Ya veo —dijo Sasuke con aire taciturno, mientras miraba el reloj de pared que había tras ella—. Después de lo que ha pasado, lo mejor es que la lleve a su casa.

—En absoluto. No me moveré de aquí hasta que no prometa disolver este ridículo compromiso.

—¿Ridículo? Señorita —dijo con un retintín que en nada gustó a Sakura—, creo que todavía no ha entendido la magnitud de su situación.

—La he entendido perfectamente, milord; pero vuelvo a repetirle que me importa un bledo.

A Sasuke le tembló el párpado del ojo izquierdo cuando escuchó la ʺeleganteʺ palabra con la que Sakura había concluido su frase.

—Yo creo que no, que no lo ha entendido. ¿Qué piensa que va a pasar? ¿Piensa que porque pondrá tierra de por medio todos van a olvidar lo sucedido aquí hoy? No, Sakura. Sabe lo frágil que es la reputación de una mujer, y lo que la sociedad hace con las que la pierden. Les da la espalda.

—Las personas que me importan, mis amigos, no harían eso.

—Claro que no, pero ¿cuánto les costaría a ellos defenderla?

Sakura sabía que la estaba acorralando, y ni siquiera entendía por qué.

—¿Por qué hace esto?

—Llámelo caballerosidad; aunque mis motivos verdaderos sean más mundanos que todo eso. Tenía pensado buscar esposa desde hace un tiempo; y usted es perfecta.

—¡Pero si me odia!

Sasuke sonrió de medio lado, lo que hizo que a Sakura le corriera un frío por todo el cuerpo.

—Creo que se sobrevalora, pequeña. Ese es un sentimiento demasiado fuerte. La deseo, eso no puedo negarlo; y además, necesito un heredero. Esas son buenas razones para un matrimonio. Sin tonterías románticas ni expectativas sentimentales. Usted tendrá su vida, y yo, la mía. La única condición es que deberá serme fiel; en eso me temo que debo ser inflexible.

Sakura estaba ofendida. Sabía de sobra que la oferta de Sasuke no era inusual. Muchos de los matrimonios celebrados entre sus conocidos habían sido concertados bajo condiciones semejantes. No se hablaba de ese tema, pero todo el mundo lo sabía. A pesar de ello, no estaba dispuesta, no quería que el resto de su vida estuviese basado en una mentira.

—No puede pretender que acepte esa pantomima.

—No tiene otra opción, y yo no pienso retractarme. Vaya haciéndose a la idea.

La expresión de Sasuke se suavizó cuando vio la hinchazón cada vez más prominente, en la cara de Sakura.

—Vamos, la acompaño a su casa. Mañana hablaremos de esto con más calma.

Sakura asintió con la cabeza. Estaba exhausta. En ese estado no podía hacer frente a Sasuke. Debía descansar, recuperar fuerzas y pensar en cómo deshacer todo ese lío. Siguió a Sasuke hasta la entrada, donde él le dijo que lo esperara. Unos momentos después, regresó.

—Le he dicho a lady Tsunade que no se encontraba bien y que nos íbamos.

—¿Y no le ha preguntado nada?

—No, no le he dado tiempo.

—Sasuke...

—Mañana, hablaremos mañana.