Capítulo 17
Nara se paró en seco en medio del jardín. No estaba dispuesto a hacer un surco en mitad del camino que habían recorrido, cinco veces, en los últimos quince minutos.
—¿Por qué se detiene? —le preguntó Temari.
—¿No cree que ya hemos caminado suficiente? Debería de haberse calmado ya.
—¿Calmado? ¿Calmado dice? ¿Cómo voy a calmarme después de lo que ha pasado? —preguntó y agitó las manos de forma exagerada.
Nara se acercó a ella.
—Créame, no se gana nada perdiendo los nervios. Lo hecho, hecho está; y debo reconocer que las cosas se han solucionado bastante bien.
—Pero ¿qué dice? Por si no se ha dado cuenta, podrían haber sorprendido a mi amiga y, como consecuencia, habría tenido que casarse con ese Namiashi. ¡Dios, no encuentro ni calificativos! ¡Y todo por mi culpa!
—En eso, tengo que darle la razón. Si no hubiese sido tan temeraria, no habrían llegado las cosas a ese punto.
—Es usted pésimo para consolar, ¿lo sabía?
Nara sonrió ante la fierecilla de mujer que se había colado furtivamente en su vida y en su corazón.
Temari se había dado vuelta y caminaba más deprisa. Nara la seguía a escasos pasos. Había creído detectar unas lágrimas en sus hermosos ojos, pero había girado demasiado rápido como para cerciorarse de ello. En dos zancadas, la alcanzó.
—Temari —le dijo mientras ponía sus manos sobre los hombros de la hermosa dama, que temblaba un poco. Sin pensarlo más, la hizo volverse hacia él.
Temari mantenía la mirada fija en el suelo. Jamás la había visto así.
—¡Por favor, Temari, míreme!
Temari sacudió la cabeza, mientras una especie de hipo estremecía su pecho. Antes de que Nara pudiera reaccionar, ella se arrojó a sus brazos y comenzó a sollozar sin control. La abrazó y la estrechó con fuerza contra sí, en un intento por apagar su llanto. Esa escena le estaba partiendo el alma.
—Tranquila, tranquila.
—Sakura tendrá que casarse ahora, y todo por mi culpa. ¿No ha sufrido ya lo suficiente como para tener que enfrentarse a Sasuke?
—¿Y es tan malo eso? —le preguntó Nara mientras enredaba la mano en el suave cabello de la joven—. Lord Uchiha me parece...
—¡Un cerdo! —espetó Temari mientras sorbía las últimas lágrimas.
—Bueno, peor sería si tuviera que casarse con ese bastardo de Namiashi, ¿no cree?
—Sí, eso es verdad.
Nara borró las huellas de su tristeza con la yema de sus dedos. Sin poder contenerse ante la dulzura de esa mujer, se rindió a sus deseos y la besó con un hambre imposible de saciar. Un sólo beso no bastaba para menguar su anhelo; sin embargo, tendría que ser suficiente, se dijo a sí mismo.
Bebió del néctar de sus labios y saboreó cada rincón de su boca. Temari correspondió a su pasión, con un titubeo al principio, y luego, con el fervor de quien ha descubierto el placer y desea perderse en él. Pasó sus brazos alrededor del fuerte cuerpo de Nara, acomodó el suyo a cada duro músculo de él, con sus senos seductoramente aprisionados contra su pecho. Su boca, ávida de ese placer intenso al ritmo impuesto. Demasiado pronto acabó esa dulzura, y se sintió relajada y laxa entre sus brazos. Nara la miró a los ojos, oscurecidos por la pasión.
—Será mejor que entremos, o no respondo de mí —le dijo mientras le rozaba la mejilla.
Ella, muda, asintió apenas.
Ya de camino al salón, Temari se detuvo a escasos metros de la puerta. Allí todavía no estaban a la vista de los invitados.
—¿Pasa algo? —le preguntó Nara.
—Sí —dijo Temari en un susurro— ¿podría volver a besarme?
Con una sonrisa, Nara cumplió encantado su deseo.
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Estaba en el callejón oscuro, agazapado en la oscuridad, como un depredador hambriento. Necesitaba saciar su sed de venganza, pero todavía no. Era demasiado pronto. Tsurugi ya había puesto en marcha el plan, y esa estúpida ni siquiera se lo imaginaba. Creía estar segura, pero eso sería por poco tiempo. El corazón le golpeaba en el pecho como una locomotora descontrolada, cada vez que pensaba en la fortuna que obtendría si lograba sacarla del país y casarse, de una vez por todas, con ella en Francia.
Las manos le sudaban, y sentía la excitación en las venas cada vez que pensaba en el dinero y en cómo se vengaría de la afrenta a la que Sakura lo había sometido: la encerraría en la finca de Lille como a un preso común. Pero no; tenía que ser paciente, debía esperar. Deseaba hacer las cosas bien, para culminar su obra, cuyo único artista sería él; el más grande.
Un suave traqueteo reclamó su atención. Allí estaba ella, y acompañada por lord Uchiha. ʺBueno, disfrutadʺ, pensó al verlos, ʺporque dentro de poco, se desatará la ira de los infiernos; y tú, Sakura, estarás en ellosʺ.
La niebla, tan densa que se podía masticar, se tragó su figura envuelta en una larga capa, y se internó en las tortuosas calles de la ciudad.
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Sakura, incrédula, miraba el periódico que tenía entre sus manos. Allí, impreso en letras negras, estaba el anuncio de su compromiso y futuro enlace. Creía que iba a tener más tiempo para escapar de esa situación absurda. ¿Casarse con Sasuke? Eso era inconcebible.
No quizás para su corazón, ya que, desde la primera vez, había anhelado ser su mujer, su compañera, su amiga y su amante. Pero, dadas las circunstancias en las que el destino se había encargado de quebrar esas ilusiones, ya no podía casarse con él. No era la misma mujer, y él tampoco era el mismo hombre.
Podía engañarse y pensar que, con el tiempo, podría hacerlo cambiar respecto de ella; hacer que se desvaneciera como por arte de magia el rencor que le guardaba, pero no era tan ingenua, y sabía que, peor que una vida sin él, era una vida a su lado llena de resentimientos y recuerdos sombríos. Jamás volvería a ser la marioneta de nadie.
—Veo que te has quedado muda por la emoción —le dijo Sasuke con un dejo irónico. Ahora que iba a convertirse en su esposa, no había razones para mantener las formalidades.
Estaba satisfecho. Esa misma mañana, había hecho publicar en el diario la noticia de su compromiso. No podía dejarle a Sakura mucho tiempo para pensar. Había visto su reacción la noche anterior, ante la idea de casarse con él, y lo que vislumbró en sus ojos era lo mismo que reconocía en ese momento. Estaba analizando las vías de escape para eludir el compromiso. Por eso se le había adelantado. No dejaría que se escabullera de ese matrimonio. Iba a ser suya; así acabaría con su obsesión. Necesitaba librarse de esa tortura que hacía de la imagen de Sakura la más asidua en sus sueños. Incluso cuando estaba despierto, muchas veces, se sorprendía pensando en ella. Eso debía acabar, y esperaba ponerle fin, saciándose de su cuerpo.
Después de engendrar un hijo en su seno, llevarían vidas separadas. Ese hijo sería lo único que tendrían en común.
—¿Qué quieres que responda? Esto es una comedia barata —lo tuteó también Sakura y tiró el diario encima de la mesa.
—¡Vaya! Eso no es lo que yo esperaba escuchar de labios de una novia feliz.
—Pero es que yo no soy una novia feliz. Sabes que no quería esto. Te lo dije anoche.
—Creía que anoche había quedado claro por qué debíamos casarnos. Es la única solución, y lo sabes.
—No, no lo sé. Ya te dije que no me importa mi reputación.
—Pero a mí sí —dijo Sasuke de manera terminante.
—¿Por qué?
—Porque vas a ser mi mujer, y mi futura condesa debe tener una reputación intachable.
—No entiendo por qué debo ser yo. Hay muchas mujeres que estarían más que dispuestas a ocupar ese lugar.
—Seguramente, pero las cartas se han dado así. Lo de anoche cambió las cosas. Además, es un matrimonio adecuado. Existe el deseo entre los dos, puedo verlo en tus ojos, y no hay necesidad de maquillarlo bajo las dulces notas del amor. Nosotros sabemos que eso es para los tontos y los jóvenes idealistas. Después de que me des un heredero, podrás llevar la vida que te plazca; siempre con discreción, por supuesto.
—¿Y si yo te dijera que soy una tonta o una joven idealista?
—Tendría que reírme ante tu estúpida excusa. Pareces olvidar que te conozco, y no tienes tan tiernos sentimientos. Tienes alma de comerciante. No das nada si no recibes, antes, algo a cambio. Somos almas, gemelas, y por eso nos entenderemos.
—Ya veo que no hay nada que te pueda hacer cambiar de opinión.
—La decisión ya ha sido tomada.
—Tu decisión, no la mía. Lo siento Sasuke, pero...
Antes de poder pronunciar una sola palabra más, Sasuke la tomó de los brazos y la apretó contra sí.
—Mírame, Sakura.
Ella lo miró y deseó no sentirse tan vulnerable bajo el tacto de sus dedos.
—Sabes que tu nombre te importa más de lo que dices. Querías mucho a tu padre, y sé que no deseas ver su apellido mancillado por el escándalo. Te importan tus amigos, por lo menos, Temari; y no creo, tampoco, que quieras que mucha gente le vuelva la espalda cuando te defienda, como bien sabes que hará. No habrá palabras románticas entre nosotros, pero tenemos más de lo que muchos matrimonios llegarán a tener jamás. Tenemos la pasión, el deseo que arde entre los dos cada vez que nos tocamos. Es algo real, algo básico, esencial, que no está al alcance del disimulo. Te prometo que disfrutarás de ello, no habrá falsas promesas ni ilusiones rotas. Será un contrato provechoso para los dos. No puedes esconderte en Escocia para el resto de tu vida, pero, si no te casas conmigo, es exactamente lo que tendrás que hacer.
Sakura sabía que tenía razón. No quería dar el brazo a torcer, porque jamás se había imaginado casada en esas circunstancias; pero, después de pensar que había estado a punto de tener que casarse con Mizuki Hōzuki, la proposición de Sasuke casi parecía un cuento de hadas; aunque en verdad no lo era. En realidad, era una trampa, un contrato. Pero ¿un contrato en beneficio de quién? De ella desde luego que no, que lo quería más que a nada en el mundo. Sabía, a ciencia cierta, que si ese matrimonio se llevaba a cabo, sufriría; aunque quizás se lo mereciera, por no haber podido proteger a sus seres queridos. Por lo menos, de esta forma, podría salvaguardar el nombre de su padre, y a Temari; pero, a cambio de eso, ¿cómo podía protegerse ella de ese matrimonio?
Tendría que vivir con él, aun sabiendo que nunca estaría, realmente, cerca de él. Sasuke había levantado un muro imposible de escalar. Le daría su cuerpo, se prometió a sí misma, pero nunca su alma. ¿Podría vivir así? La respuesta daba lo mismo; quizás su amor fuera suficiente para los dos. ¡Qué tontería! ¿A quién quería engañar? Él sólo la quería como figura decorativa, que le diera un heredero y nada de problemas. Sería un cero a la izquierda. ¡Pues estaba muy equivocado! Quizás no pudiese hacer nada para que la amara, ni qué hablar de que la perdonara; pero, por lo más sagrado, lograría que la respetara.
Por supuesto, tendría que levantar sus defensas. No podía demostrarle cuánto anhelaba al Sasuke que una vez había conocido. Tendría que protegerse, como había hecho en Francia.
—Está bien, me casaré contigo.
Al decir esas palabras, sintió que cada una de ellas pesaba como una losa de piedra de cien toneladas. Sólo esperaba que ese sentimiento no fuera el preludio de su vida conyugal.
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Sasuke se sentía como si tuviera, otra vez, diez años. Le estaban dando un tirón de orejas al igual que, cuando pequeño, hacía alguna trastada.
Lady Tsunade siempre había sido una experta en hacerlo sentir culpable. En ese momento, lo estaba mirando con una expresión que quería decir: ʺa mí no me mientas, sé que escondes algoʺ, que tanto le recordaba sus veranos en Crossover Manor.
Esa mujer lo conocía como si fuera su propia madre. Daba miedo su grado de intuición. Parecía una pitonisa a punto de revelarle sus secretos más oscuros.
—No sé de qué habla, lady Tsunade.
—Pues yo creo que sí. Anoche me dejaste sin palabras cuando te encontré con Sakura en aquella situación; pero, esta mañana, casi me he caído de la silla cuando vi tu compromiso publicado en los diarios.
—Siempre dice que debemos sentar cabeza, lo único que he hecho ha sido seguir su sabio consejo. Pensé que se alegraría de que, por fin, dejara el estado de soltería a un lado.
—Y me alegraría si no intuyera problemas. Ha sido demasiado repentino.
—Las circunstancias en las que nos encontrasteis anoche han acelerado irremediablemente las cosas.
Lady Tsunade tenía el ceño fruncido. No creía ni una palabra de lo que Sasuke le explicaba.
—Sé que sentías algo por Sakura. Lo pude ver con mis propios ojos cuando estuvisteis en mi casa; pero después de que ella se fue a Francia, algo cambió en ti. No soy tonta, sé que algo grave pasó entre ustedes dos. Algo que te dolió. Durante este último año, has estado igual de furioso y distante que cuando vivías con tu padre. Jamás pensé que volvería a verte así, pero sucedió, y no me he inmiscuido, hasta ahora. Sakura me cae muy bien, y le tengo mucho aprecio. Se nota que ha sufrido mucho. En poco tiempo, ha perdido a toda su familia y, con sinceridad, no quiero que le hagan más daño.
—¿Y cree que yo le haría daño? —le preguntó Sasuke, enojado porque lady Tsunade pudiera, siquiera, pensar en esa posibilidad.
—Creo que quieres hacerle pagar por algo que te hizo; y no hay nada más cruel que quebrar el espíritu de una joven.
—No sabe lo que está diciendo. No tengo intención de quebrar nada, simplemente voy a casarme con ella.
—A eso me refiero, ¿por qué lo haces? Ella se merece amor y respeto y ¿tú vas a proporcionarle eso?
—No todos los matrimonios son como lo fue el suyo, lady Tsunade. Yo no busco tan tiernos sentimientos. Es mi deber asegurar el título y tener descendencia y para eso necesito casarme. Sakura será una buena condesa, por esa razón la elegí, y también, por qué no decirlo, porque existe una evidente atracción entre los dos.
—¿Crees que mi matrimonio fue un camino de rosas?
—¿No lo fue? —le preguntó Sasuke irónico.
—No, no siempre —le contestó lady Tsunade algo cohibida—. Hay algo que pasó mucho antes de conocerte, y que jamás he contado a nadie. No me enorgullezco de ello; pero, a veces, las personas hacemos cosas de las que, en circunstancias normales ni llegaríamos a imaginar ser capaces de hacer.
—Lady Tsunade, no tiene por qué contarme —le dijo Sasuke, preocupado al ver la tez pálida de lady Tsunade al pronunciar las últimas palabras.
—Sasuke, quiero hacerlo. Yo..., yo os he querido siempre a ti y a Naruto como si fuerais mis hijos. Hicisteis más por mí que lo que yo pude hacer por vosotros. Ambos trajisteis luz y energía a mi casa, y me disteis un amor que nunca pensé en recibir. Por eso, os estaré eternamente agradecida, y voy a contarte, ahora, algo que he mantenido guardado durante los últimos treinta años.
Lady Tsunade suspiró con fuerza como si, así, se diera el impulso necesario para contar su secreto.
—Cuando nos casamos Dan y yo, lo hicimos locamente enamorados. Nada parecía poder enturbiar nuestra relación. Pasábamos todo el tiempo que podíamos juntos; fantaseábamos sobre nuestro futuro, con los hijos que tendríamos, y lo que haríamos cuando estuviéramos viejos y achacosos. Las cosas no nos podían ir mejor, incluso nuestros problemas financieros se solucionaron, porque Dan hizo una inversión que nos proporcionó toda la tranquilidad que podíamos desear. En esos días, también nos enteramos de que estábamos esperando nuestro primer hijo.
Sasuke se sentó en frente de ella y tomó su mano entre las suyas. Presentía que, lo que iba a escuchar, era demasiado doloroso para lady Tsunade, a pesar del tiempo transcurrido.
—En el momento del parto, Dan estaba hecho un manojo de nervios. Yo intenté calmarlo y bromeaba acerca de sus futuras paternidades, y de las complicaciones que tendríamos si cada vez que tuviéramos un hijo él se pondría tan nervioso. Pero no pudimos reírnos más. El médico nos dijo que algo iba mal. Tras muchos dolores, nació el niño, pero estaba muerto. Fue horroroso, sobre todo cuando el médico nos comunicó que no podríamos volver a concebir. Después de aquello, fue como si todos nuestros sueños se vinieran abajo, como un castillo de naipes que se derrumba por un soplo de aire. Entonces, empezamos a distanciarnos. Yo me sentía culpable por haberle fallado, y él, por no haberme protegido lo suficiente, por no haber podido evitar todo lo que nos había pasado. A raíz de eso, Dan empezó a pasar, cada vez, más tiempo en Londres. Poco después, me empezaron a llegar rumores de gente nada bien intencionada que se hacían llamar ʺamigosʺ. Esos rumores hablaban de mujeres, de alcohol y juego. Así que, como ves, tenía donde entretenerse. Entonces, apareció Jiraiya. Había sido mi amigo desde la infancia y, distanciados por avatares de la vida, nos volvimos a encontrar y retomamos nuestra amistad al instante. Él me escuchaba y me apoyaba sin hacer preguntas ni enjuiciar la conducta de Dan. Con él me escapaba de la pesadumbre que se había adueñado de mi vida, porque podía volver a respirar. Una noche nos hicimos amantes. Si te digo la verdad, me sirvió esa única noche para comprender que había cometido un error, porque seguía enamorada de mi marido. Así que le dije a Jiraiya que no podía volver a verlo. Él hizo varios intentos para que cambiara de opinión, pero, cuando vio que no tenía nada que hacer, desapareció de mi vida. Destrozada, pero con las ideas más claras que nunca, fui a Londres. Allí me enfrenté a Dan y comprendí la magnitud de mi estupidez. No había habido ninguna mujer porque, según sus propias palabras, no había podido. Me contó que había estado emborrachándose y culpándose por no poder hacerme feliz, por no poder preservar nuestros sueños intactos. Pensó que, si se alejaba de mí, no podría volver a fallarme. Nos costó, pero volvimos a estar juntos y, con el tiempo, fuimos más felices que nunca.
—¿Y jamás le dijo lo de Jiraiya?
—Sí, se lo conté, y fue el peor momento de mi vida, pero no podía dejar que nuestro matrimonio comenzara de nuevo desde una mentira. En aquel entonces, pensé que me dejaría, que me repudiaría, pero no hizo ninguna de esas cosas. Me perdonó. Me dijo que él me había sido infiel de otra manera, porque me había dejado sola cuando más lo necesitaba. ¿Lo comprendes ahora, Sasuke?
—¿Qué quiere que comprenda?
—Que si él no me hubiese perdonado, nos habríamos perdido los años más felices de nuestra vida.
Sasuke guardó silencio ante la mirada ansiosa de lady Tsunade. Entonces, ella se levantó, le dio un beso en la mejilla y lo dejó con sus últimas palabras revoleteando en su interior, como si comprendiera que debía dejarlo solo para meditar sobre todo lo que le había contado.
La idea era perturbadora. ¿Perdonar a Sakura? ¿Sería capaz de hacerlo? Quizás, ya había empezado a perdonarla; quizás nunca había dejado de amarla, quizás...
Sasuke sacudió la cabeza a ambos lados, en un intento por deshacerse de esos pensamientos. Debía dejar las cosas como estaban, así podría controlarlas. Pero ¿controlar qué?, ¿a quién pretendía engañar? Estaba claro que a sí mismo, por supuesto.
