Capítulo 18
Se casaron. Tan sólo después de dos semanas de haber hecho público el compromiso, sellaron sus votos frente a sus amigos más íntimos. Sasuke le había dicho que era mejor así, sin dejar tiempo a las especulaciones; y, dado que ambos conocían la naturaleza de su unión, la idea de un compromiso prolongado para llevar a cabo el cortejo requerido, era francamente absurda. Cuando Sakura escuchó aquellas palabras de sus labios, deseó haber tenido las pistolas del padre de Temari a mano. ¿Cómo podía ser tan insensible? Ella sabía que no se casaban por amor, pero tampoco creía que fuese necesario recordárselo cada vez que se veían.
La verdad era que poco se habían frecuentado en esas dos semanas previas a la boda. Una salida a la ópera y un paseo por Hyde Park habían sido todo, porque Sasuke había tenido que ausentarse durante unos días por problemas en su propiedad de Surrey, que no concedían demora.
Y ya estaban casados.
Se lo repetía mentalmente muchas veces, pero todavía le costaba creer que fuese cierto. Parecía irreal, como también lo había sido la ceremonia, que la había inmerso en un mar de confusión.
Cuando había dado el ʺsíʺ al hombre de su vida, al dueño de su alma, él parecía haber estado escuchando un aburrido discurso de la Cámara de los Lores. ¡Qué conmovedor! Y para terminar la escena, ninguno de sus parientes: ni su padre, ni su madre, ni su hermano ocuparon el lugar prioritario que habrían tenido que ocupar. Ya no estaban, y nunca más volvería a verlos. Siempre había soñado con aquel día, el de su boda, como un día de absoluta felicidad, rodeada por sus seres más queridos; y, en realidad, aquello no se le había parecido en nada. Lo único que la animaba era ver a Temari y a su familia, que le sonreían con ternura. Ellos habían sido los únicos que, desde su vuelta, se habían preocupado por su bienestar.
Lord Nara también estaba allí, junto a su amiga. Se habían comprometido. Estaba enormemente feliz de poder constatar que no se había equivocado con ellos dos. Había visto que estaban hechos el uno para el otro y se alegraba de que ninguno hubiese cerrado la puerta al amor.
Temari no se había despegado de ella en la última semana. La había ayudado con los preparativos sin hacer preguntas, algo asombroso de por sí, sin hacer referencia alguna a aquella noche; aunque la tierna mirada que a veces le prodigaba decía, a las claras, que sabía cómo se sentía.
El tenerla cerca animaba a Sakura porque, con su continuo parloteo y su energía viva, la distraía de lo que tendría que afrontar después de la boda.
Temari irradiaba felicidad por todos los poros, y era evidente lo enamorada que estaba; le había contagiado su entusiasmo en esa semana en la que su ánimo llegaba al subsuelo. Entre las dos, habían escogido el atuendo que llevaría en la ceremonia. Como siempre, madame Lorraine no las decepcionó. Le hizo un vestido de color azul cielo con bordados en plata que adornaban el magnífico corsé y los bordes del vestido. Dejaba sus hombros al descubierto y se ajustaba a sus brazos, coquetamente, en una media manga. Llevaba su cabello recogido en un moño bajo, y unos pocos rizos caían, como por descuido, y enmarcaban su cara.
El único momento en el que creyó detectar algo más que indiferencia en la mirada de Sasuke fue cuando la vio llegar. Parecía que sus ojos expresaban admiración, aunque sólo hubiera sido por dos segundos.
Ella, desde luego, se había quedado sin respiración al verlo. Estaba increíblemente apuesto. Llevaba la camisa blanca ajustada con un nudo sencillo y elegante, y dejaba entrever, por las solapas de la chaqueta, un chaleco con bordados plateados. Parecía que la había elegido adrede para hacer conjunto con su vestido. El cabello, apenas despeinado, con mechones ondulados, enmarcaba sus varoniles facciones. Era el hombre más atractivo que había visto jamás.
Después de la ceremonia, se trasladarían a la casa que Sasuke tenía en Londres, que sería, desde entonces, su nuevo hogar.
Las únicas personas que seguirían con ella serían Matsuri y Shizune. El resto del servicio sería nuevo, y no estaba segura de cómo la recibirían. Estaba hecha un manojo de nervios y no podía evitarlo. Además, esa noche se acostaría con su marido. ¡Dios! ¿Por qué sentía pánico ante esa idea? Todas las mujeres, desde tiempos inmemoriales, habían cumplido con su deber conyugal y, por lo que sabía, todas habían sobrevivido para contarlo. ¿Por qué tenía tanto miedo?
Shizune le había explicado, de forma bastante gráfica, lo que ocurría entre un hombre y una mujer, y no parecía desagradable. Sin embargo, después de pensar en ello, la intimidad que debían compartir conllevaba mostrarle su pasado, una de las partes más dolorosas, que quería evitar poner en evidencia ante él. La humillación y la degradación que había sufrido en manos de Mizuki Hōzuki no sólo le habían dejado marcas en su interior. Esas, al fin y al cabo, serían fáciles de maquillar, como llevaba haciendo desde que había vuelto; pero las de su espalda, desfigurada por líneas de carne lacerada, eran imposibles de disfrazar, y no podía explicarlas sin revivir aquello, sin volver a sentir la impotencia de la que había sido presa, del recuerdo de aquellas manos manoseándola y aquellos ojos deleitándose con su miedo, un miedo que logró dominar para no satisfacer los bajos instintos de aquel monstruo. Si tenía que contarle todo eso a Sasuke, no creía que pudiera volver a mirarlo a la cara. Sabía que no podía retrasar ese momento por mucho tiempo, porque en su vida como marido y mujer ese secreto tendría una duración muy corta. Sin ir más lejos, si no pensaba en algo pronto, en pocos minutos, todo se descubriría. No podía evitar intentar buscar una salida, algo que retrasara aquel momento de confesión.
Shizune la había ayudado a desvestirse y le había preparado un baño caliente para que relajara sus entumecidos músculos. Mientras disfrutaba de la caricia del agua, recordó la llegada a su nuevo hogar. Se había llevado una grata impresión. La casa era majestuosa; por lo menos, lo que había podido ver en el corto recorrido a su habitación.
La fiesta que lady Tsunade les había preparado había terminado muy tarde y, cuando llegaron a casa de Sasuke, ya era de madrugada; a pesar de ello, todo el servicio estaba levantado, y la recibieron con cálidas sonrisas y evidentes muestras de respeto.
El agua caliente surtió el efecto calmante que pretendía y, a pesar de tener un nudo en el estómago, se sintió mucho más relajada.
Cuando salió del baño, se tomó su tiempo para secar y peinar sus largos cabellos y ponerse el hermoso camisón de seda que Temari le había regalado para su noche de bodas. Comenzó a deambular por la habitación como un gato enjaulado; se esforzaba por buscar una solución a sus problemas, pero no encontraba respuestas coherentes.
Podía decirle que se encontraba mal; ¿creería eso? Ni en mil años. Además, había habido una determinación férrea en sus palabras cuando, al acompañarla a su habitación, le había dicho al oído, con voz casi susurrante, que se reuniría más tarde con ella. ¿Más tarde, cuándo? ¿Cuánto tiempo le quedaba? Se maldijo en silencio. Parecía un condenado rumbo a su ejecución. De no haber sido por aquella situación, estaría más que ansiosa de compartir su lecho con él. Shizune le había explicado que la primera vez solía provocar dolor, pero si había alguien con quien hubiese, alguna vez, deseado dar ese paso, ese era Sasuke, su marido.
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Sasuke estaba sentado en el sillón que había junto a la ventana. Estaba tomando una copa de coñac, e intentaba relajar la tensión que mantenía en vilo sus sentidos.
Desde el momento en que la había visto entrar en la iglesia, no había podido dejar de pensar en Sakura. Estaba fascinado con su mujer. ʺSu mujerʺ, unas palabras que resonaban en su pecho con un matiz agridulce. Había intentado disimular su reacción ante su esplendorosa belleza, pero no creía haberlo logrado. Sus ojos eran tan cálidos, y parecía tan inocente que, por un momento, durante la ceremonia, había fantaseado con estar frente a la Sakura que una vez creyó conocer, la que ocupaba su corazón desde entonces, y a la que habría sido fiel hasta el final de sus días. Un libertino como él consumido por una mujer; parecía una broma, pero por Sakura habría renunciado a su libertad sin mirar atrás. Sin embargo, habían pasado demasiadas cosas.
Ella lo había engañado, y él había caído como un tonto. De todos modos, no podía negar que la Sakura que había vuelto no había dado muestras de ser la misma de aquella aciaga noche. Parecía, más bien, la muchacha dulce y valiente que había salido en su defensa cuando nadie más lo había hecho antes. Esa era la clase de mujer de la que se había enamorado. Sólo tenía que cerrar los ojos, borrar el último año y perdonarla, como le había dicho lady Tsunade, para poder ser felices. ¡Si eso fuera tan fácil! Pero no lo era. ¿Qué podía hacer? Porque ya no podía negar, por más tiempo, que estaba locamente enamorado de su esposa.
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La puerta que conectaba las dos habitaciones se abrió como en un susurro, y Sasuke cruzó el umbral. Estaba guapísimo, con esa bata de seda negra anudada a la cintura, que dejaba entrever el vello oscuro y rizado de su musculoso pecho. Sus ojos resplandecían con luz propia que se intensificó, cuando posó su mirada en ella.
—Creí que te habías acostado.
—No, yo..., bueno, tú dijiste que vendrías más tarde a verme —le dijo Sakura mientras apretaba la fina tela del camisón con sus pequeñas manos.
Estaba preciosa, pensó Sasuke. Se había quedado sin respiración al entrar y verla con ese camisón de seda que se ajustaba a sus curvas como un guante. Con su esplendorosa cabellera, que le caía hasta la cintura, parecía un ser etéreo, irreal; una ninfa. Tendría que controlarse para no abalanzarse encima suyo como un salvaje, como un muchacho inexperto y ansioso. Quería que ella gritara su nombre cuando la llevara al clímax. Deseaba que, sólo por esa noche, las emociones de ella fueran reales y auténticas, que su mente y su cuerpo quedaran tan ligados a él que tuviera que entregarse sin reservas, sin excusas.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó y se acercó un paso más a ella.
—No, no, para nada —le dijo mientras estrujaba, aún más, la suave seda que cubría sus piernas.
Sasuke enarcó una ceja.
—Bueno, sí, estoy nerviosa. ¿Tanto se me nota?
—Si tomamos en cuenta que vas a destrozarte el camisón de tanto retorcerlo, creo que sí. ¿Es la primera vez?
—Sí —le dijo Sakura con voz firme, a pesar de lo nerviosa que se sentía.
Sasuke no sabía por qué ese monosílabo lo había hecho tan feliz; pero, en verdad, en su interior, había sentido una suave calidez al oír su respuesta.
—Iremos despacio —susurró—. Tenemos todo el tiempo del mundo. Ven, acércate.
Sakura salvó la escasa distancia que había entre ambos. Temblaba un poco ante la expectativa de la noche que compartirían juntos, y de los secretos que se le revelarían en el transcurso de las horas.
—Eres la mujer más hermosa que jamás he visto —le dijo Sasuke, mientras le colocaba, lentamente, un mechón de pelo detrás de su hombro y rozaba, con la yema de los dedos, parte de su piel desnuda. Su tacto provocó a Sakura un agradable hormigueo y desbocó su corazón en dos segundos.
—Tú también eres muy hermoso, quiero decir... atractivo.
Sasuke esbozó una suave sonrisa, que hizo que cien mariposas revolotearan en el estómago de Sakura.
Muy despacio, le quitó el camisón; comenzó bajándoselo por los hombros, y luego dejó al descubierto sus preciosos pechos. Su mirada se clavó en ellos, ávido de deseo y admiración. Unos pechos plenos y firmes, cuyos pezones sonrosados eran como dos frutos maduros, se endurecieron bajo su tacto.
Sakura reprimió un gemido. La mano de Sasuke le producía un sordo placer que hacía que sintiera una desesperada necesidad. Pero ¿de qué? Debía averiguarlo, necesitaba averiguarlo.
Le bajó el camisón por completo y quedó totalmente desnuda. La tomó en brazos, la llevó hasta la cama y la depositó, con suma delicadeza, sobre las blancas y frescas sábanas.
Sakura miraba cómo su marido se desabrochaba la bata y la arrojaba al suelo. Su cuerpo parecía haber sido modelado por el más perfeccionista de los escultores. Era tan impresionante, ¡y eso tan grande! Era imposible que ellos pudieran hacer lo que Shizune le había contado. Tenía que haber algún error.
Sasuke había seguido el recorrido de los ojos de su esposa por su cuerpo, y en ellos había visto un sinfín de emociones. Sorpresa, expectación, ¿temor quizás? Eso le había parecido al descubrir una parte de su anatomía que ya estaba dura y excitada por su mirada.
¡Paciencia!, se recordó de nuevo.
Se acostó a su lado y se regocijó al contemplarla. Lo estaba volviendo loco. Su vientre plano, sus esbeltas piernas y el edén que habitaba entre ellas: una mata de rizos rosas en el que anidaba el paraíso para cualquier hombre.
—Eres perfecta —le dijo con reverencia.
—No, no lo soy; además, tengo los pies grandes.
Sakura se ruborizó hasta las cejas, y Sasuke no tuvo más remedio que soltar una carcajada por la mueca que había hecho al referirse a sus pies.
—Toda tú eres perfecta. No discutas conmigo en eso; créeme, me estás volviendo loco.
—¿Loco? —preguntó Sakura preocupada.
—Loco de deseo, Sakura, loco de deseo.
Sin poder contener más su ansia de ella, la besó con un beso cálido y suave, que se tornó rápidamente en húmedo y perturbador cuando sitió la mano de Sakura explorando su torso. Jamás imaginó que su simple contacto, el simple roce de su piel, le hiciera perder el control de sus sentidos y lo enardeciera y consumiera sin remedio.
Sakura enlazó su lengua con la de él, en una danza carente de pudor que hacía que Sasuke se alejara de su boca, sólo unos segundos, los suficientes para soltar un gemido desesperado, que hacía más difícil contener la sublime desesperación que lo impulsaba a seguir deleitándose con su hermoso cuerpo. Quería recorrerlo de principio a fin, hasta que cada poro de su piel estuviese rendido al deleite de la pasión.
Sakura sentía que la cabeza le daba vueltas. Sentía a Sasuke por todas partes. Sus manos, su pecho, su lengua, sus piernas enlazadas a las suyas. El calor que manaba de su cuerpo la estaba asfixiando con una dulce tortura. Quería algo que ni siquiera sabía qué era, pero que, con absoluta certeza, desesperaba por alcanzar.
—Por favor...
Sasuke bajó por su cuello y la besó con una lentitud enloquecedora, hasta asaltar con sus labios un pezón. Sakura gimió ante la dulce y excitante sensación que la recorrió entera, como un cosquilleo que, in crescendo, se apoderaba de su cuerpo con una furia salvaje. Sasuke le succionó el pezón: lo chupaba, lo lamía, lo mordisqueaba, hasta que ella se arqueó de placer, con un sollozo entre sus labios.
Le dedicó al otro pezón la misma atención, mientras su mano acariciaba el interior del muslo hasta encontrar la suave y aterciopelada entrada que ya se encontraba húmeda para él. La pronta respuesta de Sakura a sus caricias casi le hizo perder el juicio.
—Por favor, por favor —le suplicó Sakura, mientras sus caderas se apretaban contra su mano.
Sasuke introdujo un dedo en su interior, lo que la enardeció aún más, mientras que, con el pulgar, encontró e incitó el pequeño capullo rosado que la llevaría al borde del éxtasis.
Sakura sentía la respiración cada vez más agitada. ¡Dios mío, eso era hacer el amor!, pensó, ¡era lo más increíble y maravilloso que había experimentado jamás! ¡Y lo más desesperante! Al principio, había querido controlarse; pero, a los dos segundos, en cuanto Sasuke tomó posesión de su cuerpo con todo su ser, ya ni siquiera había sido capaz de pensar. Su cuerpo exigía, pedía a gritos que la liberara de la agonía, de esa maravillosa agonía en la que estaba sumida.
Rogó a Sasuke, una y otra vez, que acabara con su tormento, porque lo necesitaba. ¡Dios santo! ¡Cuánto lo necesitaba!
Sasuke sabía que Sakura estaba más que preparada para recibirlo. Quería alargar esos instantes para darle el mayor placer posible, pero, al sentir sus manos sobre él, sus delicados dedos que se clavaban en su carne, sus labios en su cuello, sus gemidos carentes de inhibición y su cara expresando el más puro éxtasis, perdió el poco control que le quedaba. Se acomodó entre sus piernas, la penetró lentamente, hasta que sintió la prueba de su inocencia, su virginidad. Un suspiro de placer salió de sus labios: ella no le había mentido esa vez. Rogó para que el dolor, que sabía le provocaría, fuese el más leve posible. Por nada del mundo quería que ella sufriera, pero sabía que no había otra forma.
—Sakura, rodéame con tus piernas.
Sakura así lo hizo, mientras posaba sus propios ojos iluminados por la pasión en los de su esposo. ¡Su esposo! En unos instantes lo sería totalmente.
Sasuke la penetró con una fuerte embestida y arrancó un grito de sus labios. Ni siquiera podía moverse, por temor a derramarse dentro de ella como un colegial con su primera amante. Ese estrecho pasadizo, que lo envolvía como un guante, lo había dejado temblando. Nada, en toda su vida, lo había preparado para lo que estaba sintiendo.
Levantó la cabeza y miró a Sakura a la cara. Tenía las mejillas húmedas por las lágrimas vertidas.
—Lo siento, Sakura, pero la primera vez siempre es dolorosa para una mujer. Si hubiera habido alguna forma de evitarlo, lo habría hecho.
—Shh, lo sé —le dijo Sakura, mientras con su pequeña mano le tocaba la mejilla y le acomodaba el pelo con ternura.
Sasuke pensó que nunca se había sentido tan vulnerable como en ese momento. Totalmente dentro en ella, su dulzura lo estremecía hasta la última fibra de su ser.
—Ámame, por favor, por favor —le suplicó Sakura, desesperada.
Sasuke no necesitó más. Salió de ella hasta el extremo y volvió a hundirse, con lentitud, en el suave pasadizo. Sakura abrió con exageración los ojos, al sentir el placer que ese movimiento le había provocado. Sasuke siguió embistiéndola, una y otra vez. Al principio, lentamente, y luego, cuando Sakura copió su movimiento y le arrancó gruñidos de placer, fue más deprisa, hasta casi perder la cordura.
—¿Qué me has hecho Sakura? ¡Por Dios, me estás matando!
Sakura ni siquiera podía hablar, se aferraba a Sasuke con todas sus fuerzas en un intento por salvarse de aquella vorágine. Se sentía perdida y, al mismo tiempo, en el lugar preciso. Se sentía mimada, asustada y amada, pero, por sobre todo, irremediablemente enamorada. El tumulto de emociones que la envolvían la estaba volviendo loca.
De repente, se estremeció, inmersa en un cielo de estrellas fugaces, deseosas todas de atravesar el firmamento con sus brillantes estelas. Pasaron ante sus ojos y la transportaron a un mundo irreal, donde sólo existían ellos dos. Cada poro de su piel agonizaba con un placer exquisito, que embriagó hasta el último resquicio de su existencia.
Sasuke sintió a Sakura que se estremecía, alcanzaba el clímax y gritaba su nombre entre sollozos. En ese mismo instante, se unió a ella con un rugido de increíble satisfacción. Todo había terminado y Sakura deseaba, con todas sus fuerzas, gritarle cuánto lo amaba. Sin embargo, se limitó a abrazarlo cuando Sasuke cayó, exhausto, entre sus brazos.
Cuando parecía que el tiempo se había detenido para los dos y que el silencio se había adueñado de sus sentidos, Sasuke la arrastró consigo, hasta colocarla a su lado con su cabeza apoyada bajo su barbilla.
Con un suspiro, admitió, para sí, que el sentimiento que tanto había esquivado en el pasado, se había instalado de nuevo en su interior. Le fue difícil reconocer esa euforia, esas ganas de sonreír y de ponerse a escribir sonetos como un tonto imberbe; le fue casi imposible aceptar ese sentimiento, tan antiguo como universal: la felicidad, porque no podía negar que, por primera vez durante mucho tiempo, era feliz. Eso se lo debía a su pequeña y hermosa esposa que yacía, confiada y dormida entre sus brazos. No quería cerrar los ojos, porque sabía que, a la luz del día, las dudas y los recuerdos asaltarían su interior como las raíces de un árbol, y se enredarían en su corazón para apartarlo de esa calidez y sumergirlo de nuevo en la fría y húmeda niebla que, durante un año, había habitado en su alma.
Estrechó a Sakura con más fuerza e inhaló el aroma a canela y flores silvestres que desprendían sus cabellos. Ojalá las horas se durmieran también, se dijo, para poder disfrutar de aquel momento por más tiempo. Si pudieran desaparecer las dudas con las que aquella mujer, su mujer, enredaba sus pensamientos... Si tan sólo fuera posible que el último año hubiese sido un mal sueño...
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Las luces del alba se filtraban por los cristales que sacaban de su mortecina palidez a la acogedora habitación que les daba cobijo y descanso a los esposos.
Sasuke pensó en la noche que habían compartido, y sus labios esgrimieron una amplia sonrisa. Quizás, pudiesen empezar el día de la misma forma. Se acercó a Sakura, que durante algún momento de la noche, se había vuelto de espaldas a él y estrechaba su cadera a la suya.
Estaba profundamente dormida y en extremo hermosa. Hecha un pequeño ovillo, parecía una niña. Le rozó un mechón de pelo que se deslizó como la seda entre sus dedos. Luego, le apartó el resto de la cabellera para besarla en el cuello y, de pronto, se quedó frío como el hielo.
Al levantarle el cabello, había dejado al descubierto su espalda. Un ramalazo de violencia irracional circuló por sus venas al ritmo de su corazón, desbocado como un potro salvaje. Lo que vio, le enturbió los sentidos y paralizó sus extremidades. La piel lacerada de la espalda, sin duda, debido a un maltrato inhumano, le hizo perder los estribos. Había visto en su vida, como miembro del Cuerpo de Inteligencia, suficientes hombres marcados por la mano del látigo como para dudar de lo que veía. ¡Dios mío! ¿Qué le habían hecho? Tuvo que morderse la lengua para no proferir el rugido ensordecedor que contenía en su pecho con mano férrea. Cuanto más tiempo permanecía mirándola más se resquebrajaba su autodominio. Pensar en lo que habría tenido que soportar, le produjo un dolor sordo como si le clavasen mil puñales. Su respiración se volvió trabajosa, y sus manos se cerraron en dos puños, listos para asesinar al canalla que le había hecho daño. Necesitaba pensar, tranquilizarse. Si Sakura despertaba y lo encontraba en tal estado, la asustaría, y sería incapaz de hablar con coherencia; hasta el último rincón de su ser clamaba venganza y sangre. La sangre del bastardo que había osado tocarla, maltratarla. Sin saber cómo, se levantó de la cama, se puso la bata y salió de la habitación.
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Sakura despertó, lentamente, del sueño más hermoso que jamás había tenido. Por supuesto, ese sueño tenía que ver con Sasuke, su marido. Había sido increíble la noche que habían pasado juntos. Shizune no había llegado a contarle la parte de los fuegos artificiales y el tumulto de emociones que embargaban después. Con seguridad, pensaría que eso debía descubrirlo por sí sola. Y, ¡oh, Dios! Había sido maravilloso. Nunca había pensado que podría estar tan cerca de otra persona y sentirla de aquella manera. Al mirarlo a los ojos, fue como si hubiese podido ver su alma. Fue lo más conmovedor que había experimentado nunca. Todos sus cimientos se habían bamboleado bajo sus manos, sus caricias y sus besos; pero debía tener cuidado de no confundir aquello con el amor, porque sabía que Sasuke no la amaba. ¿Quizás con el tiempo? Todo podía suceder, se dijo, y se animó un poco al pensarlo.
Se dio vuelta para contemplarlo, pero su lado estaba vacío. ¿Adonde había ido tan temprano? Las preguntas expresadas en sus ojos le fueron devueltas por su propio reflejo en el espejo que había al otro lado de la habitación. De repente, una idea lo bastante aterradora como para congelar el infierno, cruzó su mente. Volvió a darse vuelta y giró sólo la cabeza para ver su espalda en el espejo. Un pánico exacerbado corrió por sus venas. ¡Maldita sea! ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de aquella noche? Sabía que, antes o después, eso debía ocurrir; pero no estaba preparada para ello. Y Sasuke ¿cómo habría reaccionado? Quizás no la hubiese visto, quizás sólo se hubiese levantado demasiado temprano. No, ¿a quién quería engañar? Era imposible que no le hubiese visto la espalda. ¿Por eso se había ido? ¿Le había causado repulsión? ¿Asco? ¡Cómo odiaba todo aquello! Si él la miraba con lástima o rechazo, no creía poder soportarlo; pero, antes de sacar conclusiones, tenía que averiguar qué pensaba; y para ello, tenía que encontrarlo.
Se puso el camisón del que Sasuke la había despojado antes de su noche de pasión, tomó la bata y se la anudó, con firmeza, a la cintura. Descalza para no hacer ruido, entró en la habitación contigua, la del Conde, que se conectaba con la suya. Estaba vacía y fría, con la cama intacta e impoluta. No había estado allí.
Salió al pasillo y bajó por las escaleras que conducían al piso inferior. Una tenue luz procedente de la biblioteca la condujo hasta ella. La puerta estaba entreabierta y le dejaba ver, sin ser vista, y comprobar si realmente se hallaba allí. Se asomó apenas para no delatar su presencia y observó a Sasuke que se paseaba de un lado para el otro, como un gato enjaulado. El pelo revuelto de tanto mesárselo le confería un aire más fiero, y su puño apretado a un costado evidenciaba lo que el resto de su cuerpo expresaba: que estaba furioso. Sin esperarlo, levantó su mano derecha y estrelló la copa de coñac, de la que había estado bebiendo, contra el interior del hogar y maldijo a viva voz.
Sakura dio un respingo al oír que el fino cristal se hacía añicos, y sintió cómo se desvanecían sus esperanzas cuando lo oyó maldecir. Una furtiva lágrima rodó por su mejilla al comprender lo que había sucedido.
Su marido no sólo la odiaba, sino también la rechazaba. Su humillación y su impotencia le dieron fuerzas para subir, con sigilo, a su habitación. Sin poder permanecer allí por más tiempo, y ante la posibilidad de encontrarse cara a cara con él, se vistió rápidamente, recogió sus pertenencias y abandonó el que, por sólo un día, había sido su hogar. Le ahorraría a Sasuke la incómoda situación de tener que pedirle que se marchase. Con todo el dolor de su corazón, dejó atrás todo lo que más amaba, para salvarlo de sí misma.
