Capítulo 19

Sasuke subió los escalones que conducían a la planta superior de dos en dos. Después de pasar más de una hora intentando tranquilizarse para hablar con Sakura, sólo había conseguido volverse loco imaginando qué le habría pasado. Abrió despacio la puerta y entró en el dormitorio. Tenía que hablar con ella sin demora. Intentaría contener su rabia lo más posible, pero no podía dejar pasar ni un momento más sin saber.

La cama estaba vacía. Un presentimiento le asaltó los sentidos y puso en alerta hasta el último músculo de su cuerpo. Sin darse cuenta, apretó el picaporte de la puerta, que aún sujetaba en su mano, e intentó detener la sensación de que algo no iba bien. No tuvo que esperar mucho para comprobar que su instinto no lo había engañado. En el extremo de la habitación, el armario que guardaba la ropa de Sakura estaba abierto y prácticamente vacío. El pánico lo dominó y asfixió la maldición que brotaba de sus labios. Sakura se había ido.

La vena de su sien izquierda empezó a palpitarle de manera visible. ¿Cómo había podido irse? ¿Se había vuelto loca? Andar sola por las calles de la ciudad, cuando sólo acababa de despuntar el alba, era una soberbia estupidez. La posibilidad de que le hubiera pasado algo le carcomía las entrañas y lo enfurecía, mientras se vestía a toda prisa. No tenía idea por dónde empezar a buscar. Quizás se hubiese ido con Temari. ¿Quizás más lejos? Estaba muy equivocada al creer que, porque pusiera tierra de por medio, iba a alejarse de él; jamás dejaría que se fuera de su lado.

Bajó a toda prisa e intentó comprender por qué había huido. Concentrado en sus pensamientos, ni siquiera se percató de la presencia de Shizune hasta que casi la derribó en su apuro. Logró tomarla por los hombros a tiempo para evitar que cayera al suelo por el impulso del choque y la ayudó a mantener el equilibrio.

—¿Estás bien? —le preguntó al instante.

—Sí, milord, desde luego.

—Shizune, ¿sabes dónde está Sakura?

—¿En su habitación, milord?

—No, no está, se ha ido.

—¿Cómo que se ha ido? —preguntó el ama de llaves alarmada.

—Ven —le dijo a Shizune mientras la instaba a seguirlo al interior de la biblioteca.

Shizune entró en la habitación con paso seguro y cerró las puertas tras de sí.

—¿Qué le ha hecho?

—¿Qué? —preguntó Sasuke sorprendido y enojado por la acusación de Shizune.

—Me ha oído bien, milord; le he preguntado qué le ha hecho. Yo sé bien que Sakura no se habría ido, y menos sin decirme nada, a no ser que usted la forzara a ello.

Sasuke endureció la mandíbula en un intento por contenerse.

—Shizune, te juro que no estoy en condiciones de aguantar tus absurdas acusaciones. Hace apenas unos minutos, he descubierto que mi mujer se ha escapado y se ha llevado parte de sus cosas con ella, y no sé por qué lo ha hecho ni adonde ha ido. Así que, si sabes algo, este es el momento de decírmelo —le dijo, con una calma que le erizó los pelos de la nuca.

—¿Jura que no le hizo nada?

—Si vuelves a insinuar que yo le haría daño, no respondo de mí —le dijo Sasuke entre dientes.

Shizune sabía que había llevado su suerte al límite.

—Es que Sakura no se marcharía de esa manera. Ella nunca ha huido de sus problemas. Algo ha tenido que provocar esto.

Shizune tuvo una idea que, poco a poco, fue cobrando fuerza en su interior.

—Anoche fue su noche de bodas.

—Sí.

—¿Y la vio... ya sabe, como Dios la trajo al mundo?

—¿Adonde quieres llegar? —preguntó Sasuke, que de nuevo estaba perdiendo la calma.

—¿Le vio la espalda?

Al escuchar esas palabras, Sasuke levantó con brusquedad la cabeza y la miró directamente a los ojos.

—Sí, pero ella estaba dormida, no pudo saber que yo la había visto.

—Pues, milord, de alguna manera se lo imaginó.

—¿Y por qué tendría que irse por eso?

—Pues porque debió de haberse sentido avergonzada y humillada. Seguramente, tuvo miedo de que usted la rechazara por ello.

Sasuke no podía creer lo que estaba escuchando.

—¡Pero eso es absurdo!

—Créame, para ella no lo es —le dijo Shizune con total convencimiento —. Además, sabía que usted le haría preguntas que no estaba dispuesta a responder.

—¿Por qué?

—Me dijo que si lo hacía, si descubría lo que le había pasado, no sería capaz de mirarlo a la cara. Prefiere su desdén a su lástima, milord.

Sasuke ya no pudo aguantar más. Salió de detrás de su escritorio y se acercó a Shizune.

—¡Maldita sea! ¿Qué fue lo que le pasó? ¡Dímelo!

—No puedo.

—Si no lo haces...

—¿Qué hará, despedirme? ¿Echarme?

—¿Por qué crees que haría eso? Sé lo que significas para Sakura. No sería capaz de alejarte de ella.

Shizune vio la verdad en sus ojos negros.

—Usted la quiere, ¿no es cierto? ¡Dios mío! Ella cree que la odia.

—¿Odiarla?

—Sí, por lo que le dijo aquella noche.

La cara de Sasuke se endureció como el granito.

—No me contó el contenido de la conversación —se apresuró a aclararle Shizune—, pero me contó que le había dicho cosas horribles para que usted se alejara, y que por ello, nunca la perdonaría.

Sasuke le dio la espalda y se acercó a la ventana.

Shizune sabía que si no hablaba, algo importantísimo se perdería para siempre. Estaba claro que tanto el Conde como su Sakura estaban a punto de echar su vida a perder por no aclarar los malentendidos que los mantenían separados. Sabía que, quizás, Saku nunca la perdonaría por lo que estaba a punto de hacer, pero la quería como a una hija y sabía cuánto amaba ella a ese hombre; y también sabía que él la correspondía. La felicidad de Saku estaba en juego, y ella haría lo posible para que su pequeña la alcanzara, aunque eso significara perderla para siempre.

—Ella le dijo aquellas cosas para salvar a su madre y a su hermano.

Sasuke giró hacia ella.

—¿De qué hablas?

—El duque de Lavillée y su sobrino... la amenazaron —dijo al fin Shizune, le costaba un mundo pronunciar cada palabra—. Lavillée se casó con la madre de Sakura por el dinero. Lo tenían todo planeado, pero no contaban con que el padre de Saku le había dejado a ella la mitad de la fortuna como herencia en fideicomiso; cuando lo averiguaron, pensaron que la solución era que Hōzuki se casara con ella. Sabían que Sakura no accedería, así que la amenazaron.

—¿De qué manera? —preguntó Sasuke que sentía cómo su cuerpo se ponía más tenso a cada minuto.

—Le dijeron que su madre podría sufrir un accidente y que el pequeño Shii acabaría en un manicomio, con el soborno adecuado.

—¡Malditos hijos de perra! —exclamó el Conde sin poder contenerse.

—Y...

—¿Y? —preguntó Sasuke y temió la respuesta.

—También la amenazaron con hacerle daño a usted. Le explicaron lo fácil que sería que acabara muerto en algún callejón, como si lo hubiesen atacado un par de asaltantes. La obligaron a alejarlo de ella. Sabían lo que sentían el uno por el otro y tenían que deshacerse de usted, de una forma en que no hiciera preguntas.

—¿Por eso Sakura hizo aquello?

—Sí, así es. Fui yo quien la recogió del suelo. Estaba sollozando como una niña cuando usted cruzó la puerta. Aquel día murió una parte de ella. No volvió a ser la misma.

Sasuke intentó controlar la furia ciega que sentía bullir en su interior por conocer toda la historia.

—Pero si consiguieron alejarla de mí, ¿por qué esa parodia de llevarla a París?

—Porque no podía casarse hasta cumplir los veintiuno. Era lo estipulado por su padre. La llevaron a París y la encerraron entre cuatro paredes como a un animal, hasta que pasara el año que los separaba de su codicioso dinero. Así la tenían controlada, para que nadie pudiera ayudarla, para que nadie pudiera hacer preguntas molestas.

—¿Qué pasó después?

Shizune negó con la cabeza.

—Lo siento, pero ya he dicho más que suficiente.

Sasuke la tomó de los brazos.

—Shizune, por favor, necesito conocer el resto.

Shizune levantó la vista ante sus últimas palabras. Vio el dolor en sus ojos y supo que aquel hombre sufría en ese momento, como ella había sufrido por Sakura. Se merecía saber, comprender. Con un suspiro, que pareció salir de su alma, continuó la historia.

—Ellos mataron a su madre. La llevaron a Lille. Lavillée dijo que el aire del campo le haría bien. Luego, sorpresivamente la internaron en un hospital. Lo hicieron de tal manera que pareció un accidente. Láudano, ¿sabe? Tenía que haber visto a Sakura ese día; no había nada ni nadie que pudiera consolarla, porque se sentía culpable por no haber podido protegerla. Creí que se derrumbaría, pero siguió aguantando por Shii.

Sasuke bajó las manos con lentitud y se aferró al borde de la mesa con fuerza. Sentía deseos de romperles el cuello a aquellos bastardos.

—Pero lo peor fue cuando descubrí un telegrama procedente de Londres. Decía que Shii había muerto de unas fiebres. Lo mandaba el director de Bedlam.

Eso último hizo que Sasuke sintiera cómo se le contraían las entrañas con un dolor sordo y agonizante.

Shizune se acercó un poco más a él, como si fuera a susurrar sus próximas palabras.

—Pobrecita mi Sakura, ¡Dios! Cuando se lo dije, pensé que se volvería loca, pero reaccionó de una forma tan calmada que me dio miedo. Era como si, al contarle aquello, la hubiese dejado vacía. Sus ojos vidriosos me miraron y, durante unas horas, nada la hizo reaccionar. Cuando, por fin, pareció volver en sí, me dijo que no nos quedaríamos allí por más tiempo, que ya nada importaba, que no dejaría que ellos se salieran con la suya. Nos ayudó alguien de dentro y escapamos. Por desgracia, a las pocas horas de partir, nos encontraron.

—¿Qué pasó entonces, Shizune?

Esa parte era la más difícil de contar, y la doncella sabía que, después de hacerlo, no habría vuelta atrás. Sin embargo, ya había llegado demasiado lejos como para retirarse.

—Lavillée le dijo que le mostraría lo que les pasaba a quienes intentaban engañarlo. Mandó a Hōzuki al cuarto de Sakura, y le pegó una paliza brutal. Cuando me dejaron entrar, casi no la reconocía. La había golpeado con una fusta de montar, también con los puños; le había propinado patadas y fracturado varias costillas.

Sasuke pensó que se volvería loco si escuchaba una palabra más, pero tenía que saberlo todo.

—Sigue.

—Aquella primera vez, Sakura sufrió una infección por las heridas en la espalda. Yo no soy médica, pero hice lo que pude. Sin ninguna duda, fue Dios quien la salvó. Deliraba de fiebre, y yo sabía que no quería luchar. Entonces le grité y le dije que si me dejaba, jamás la perdonaría; le grité que era una egoísta. ¡Qué Dios me perdone! Y cuando creí que no había nada más que pudiera decirle, le susurré su nombre, milord.

Sasuke sintió arder la garganta, al tiempo que un leve escozor se adueñaba de sus ojos.

—Yo sabía cuánto lo amaba y..., ella abrió los ojos y me miró. Entonces supe que lucharía, ¿comprende?

—Sí —contestó Sasuke en un susurro estrangulado. Se le había roto el alma al oír las últimas palabras de Shizune y comprender que había sido el mayor estúpido del mundo. Los remordimientos por su comportamiento lo dominaron y lo hicieron sentir como una sabandija. Sakura, su esposa, era la mujer más valiente, íntegra y generosa que había conocido jamás. No se merecía una mujer como aquella, de la que había desconfiado y a quien había acusado, como un imbécil. No merecía su perdón, y mucho menos su amor, el que seguro había matado con su comportamiento.

En ese instante, se juró a sí mismo que dedicaría el resto de su vida a recobrar su afecto y a devolverle toda la felicidad que merecía, la misma que esos dos bastardos le habían arrebatado. Habría dado su brazo izquierdo por tener un momento a solas con ellos para poder matarlos con sus propias manos. Desgraciadamente, ya estaban muertos.

—Cuando Lavillée y Mizuki murieron en aquel naufragio, quedamos libres y vinimos aquí, sólo el tiempo necesario para arreglar los asuntos de Sakura. El resto ya lo sabe.

—Sí, lo sé —dijo Sasuke con un dejo de pesar—. Lo sé. Shizune , ¿sabes adonde puede haber ido?

Shizune, que conocía a Sakura desde que era una niña, tuvo un presentimiento.

—¿Adonde iría usted si se encontrase perdido?

¡Maldita sea, cómo no lo había pensado antes! Le dio un beso sonoro a Shizune en la mejilla y salió corriendo.

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Sasuke abrió la puerta del que había sido el hogar de Sakura. Rogaba que estuviese allí, que no se hubiese equivocado. ¡Por lo más sagrado que revolvería cielo y tierra hasta encontrarla!

Entró en el vestíbulo y cerró, lentamente, la puerta de entrada. Mientras subía por la escalera que conducía a las habitaciones, una tenue luz, procedente de la biblioteca, llamó su atención. Bajó los pocos escalones que había ascendido y, cuando llegó frente a la puerta color caoba, la empujó y contuvo la respiración, como si así pudiese hacer realidad su deseo. Sakura estaba acurrucada en un enorme sillón al lado de la lumbre, y estaba dormida. Con los pies recogidos debajo de su falda, como buscando un poco de calor, parecía tan vulnerable y frágil que sintió el poderoso impulso de protegerla de todo lo que pudiese lastimarla.

Jamás dejaría que le hicieran daño. Antes, tendrían que acabar con él. Las manos le temblaron cuando, al inclinarse sobre ella, le apartó unos mechones de su sedoso cabello que ocultaban parcialmente su rostro. Aún dormida, Sakura, confiada, dejó reposar la mejilla sobre su mano y se acomodó en el hueco de su palma. Sasuke sintió que se desgarraba por dentro y, sin poder contenerse más, impulsado por una fuerza interior que le exigía tocarla, protegerla y amarla, la tomó con suavidad entre sus brazos y se sentó sobre el mismo sillón, mientras la acunaba en su regazo como a una niña pequeña. Sakura suspiró a escasos centímetros de su cuello en el que había encontrado el lugar perfecto para acurrucarse. Ese aliento cálido y dulce lo estremeció. La estrechó más contra su pecho y veló el sueño de la única mujer de la que se había enamorado en su vida, la única que le había robado el corazón sin remedio, sin esfuerzo, la única que le había devuelto la luz a su sombría existencia.