Capítulo 20

Sakura despertó con una tremenda sensación de seguridad. Era como si hubiese retornado a su infancia en la que todo parecía posible, sin problemas ni preocupaciones, sin posibilidad de defraudar a nadie.

Sus entumecidos músculos se negaban a responder, cómodamente abrigados por un calor extraño, pero conocido. Abrió los ojos dispuesta a enfrentarse a lo ocurrido horas antes, cuando el mayor de sus temores se materializó ante ella. Dio un respingo, lo bastante grande como para soltarse de los brazos que la rodeaban.

Sasuke no se lo permitió.

—¿Qué... qué haces aquí?

—He venido a buscarte y a llevarte a casa. ¿Has olvidado que eres mi esposa? —le preguntó, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Pero yo creí... por la mañana... te vi en la biblioteca —dijo por fin como si eso lo explicara todo.

—¿De qué diablos estás hablando?

Sakura sabía que debía aclarar aquello por el bien de los dos.

—Cuando me desperté, no estabas; así que fui a buscarte. Pensé que te habías ido por... —Sakura cerró los ojos y tomó aire para seguir con lo que iba a decir. No quería pronunciar las palabras, no quería ver la expresión de sus ojos, pero la espera la estaba matando. Quería acabar con todo lo que sentía en ese momento porque, entre sus brazos, recordaba la noche anterior, sus caricias, sus besos, todo lo que siempre había anhelado, y la posibilidad de pérdida era mucho más dolorosa.

—Vi como maldecías y pensé que era por... por mis...

—¿Cicatrices? —preguntó Sasuke enojado.

Sakura sintió una opresión en el pecho. Desde un principio sabía lo que acabaría ocurriendo; pero, al ver la expresión de su marido, como si quisiera matar a alguien, supo que el momento había llegado. La espera había concluido, al igual que la posibilidad de una vida en común.

—¿Me... me viste? Lo siento —le dijo mientras no dejaba de mover las manos en su regazo—. No sé por qué has venido. Me fui esta mañana para evitar una desagradable escena. Sé que me odias, pero, por favor, no me lo hagas más difícil. Yo desapareceré de tu vida y...

Sasuke no pudo seguir escuchando ni un segundo más. La apretó por los brazos y la obligó a mirarlo fijo a los ojos.

—Ni una palabra más.

—¿Qué? —le preguntó Sakura desconcertada.

—Escúchame bien, Sakura. Esta mañana, cuando me viste y me oíste maldecir, era porque estaba furioso. Quería matar al maldito bastardo que te había lastimado. Me fui de tu lado porque necesitaba tranquilizarme antes de preguntar, pero eso no fue nada comparado con lo que sentí cuando subí al dormitorio y vi que te habías ido. Si vuelves a hacer algo parecido, te juro que no podrás sentarte en más de una semana.

—¿Estás enfadado?

—¿Enfadado? ¡Dios, Sakura! Casi me muero de angustia. Te veía tirada en algún callejón, herida o algo mucho peor. Si no hubiera sido por Shizune, todavía estaría buscándote como un loco.

—¿Shizune?

—Sí, Shizune. Creía que yo te había hecho algo. Estaba muy preocupada por ti. No podía entender por qué te habías ido de esa manera y, con franqueza, yo tampoco.

Sakura, que ya empezaba a asimilar las asombrosas palabras de Sasuke, intentó evitar el asunto.

—Es demasiado complicado. Por favor, deja las cosas como están, por favor.

A pesar de la súplica que Sasuke veía en sus ojos, no podía dejar las cosas así; no podía consentir que ella siguiera huyendo, escondiéndose de él.

—No puedo —le dijo y la miró directamente a los ojos.

—¿Por qué? —preguntó Sakura, cuya voz destilaba un profundo y amargo dolor.

—Porque te amo, Sakura. ¿Me oyes? Te amo.

Sakura empezó a sollozar sin control. No podía dar crédito a lo que había escuchado. Sasuke había dicho aquellas palabras sin pensar. Le habían salido de forma espontánea, impulsiva y honesta, porque la amaba, como jamás hubiese creído posible. Sin embargo, esa no era precisamente la reacción que él esperaba ante su declaración. La abrazó y la acunó, mientras intentaba apaciguar su llanto que, lejos de extinguirse, parecía crecer a pasos agigantados.

—Sakura, amor mío; por favor, no llores, me rompe el alma verte así.

—Es que... yo...

—¿Tú, qué?

—Yo no te he contado...

—Lo sé.

Sakura levantó la cabeza de su regazo, con la rapidez de un rayo, y lo miró con incredulidad.

—Sí —continuó—. Sé lo de París; sé por qué me dijiste aquello antes de irte, y lo comprendo.

Con dulzura, Sasuke secó la mejilla húmeda de su mujer con las yemas de los dedos.

—Entiendo por qué no me lo contaste antes, pero hubiera dado lo que fuera por estar a tu lado y evitarte todo el sufrimiento. Jamás, jamás vuelvas a alejarte de mí. Te necesito.

Sin dejarle tiempo a responder, Sasuke se acercó a escasos centímetros de su boca, cuando las últimas sílabas resonaban todavía en el aire. Dulcemente la besó, como una caricia, como un susurro. Se tomó todo el tiempo del mundo y se deleitó con su sabor, la más excitante de las ambrosías.

Sakura le echó los brazos al cuello y ahondó el beso; entreabrió un poco sus labios para que él pudiese saborear su boca a placer.

Sasuke sintió que le temblaban las manos. Ya había liberado sus sentimientos, aquellos que tanto le había costado ignorar, y entonces, su necesidad de ella no tenía límites. La deseaba en ese momento con desesperación, con urgencia, con la absoluta convicción de que, si no la hacía suya en ese mismo instante, su deseo lo mataría.

Ante esa urgencia extrema, comenzó a desabrocharle los botones del vestido, se lo bajó hasta la cintura y expuso sus preciosos pechos ante sí. Los acarició y los veneró hasta quedar exhausto. Bajó sus labios hasta ellos y jugueteó con su lengua, dibujó círculos alrededor de su pezón y lo mordisqueó con sus dientes en una exquisita degustación.

Sakura arqueó su cuello hacia atrás y gimió sin control, rogó para que la dulce agonía que Sasuke le estaba provocando no tuviera fin. La mano de él, que había seguido su ascensión entre sus muslos, encontró la húmeda entrada impregnada del néctar más puro, del afrodisíaco más potente. Introdujo un dedo en su interior, estimuló con su pulgar el montículo que coronaba su sexo y le impuso un ritmo enloquecedor que la hizo palpitar entre sus dedos.

Sakura no podía ni quería dejar de sentirse así. Lo que Sasuke le hacía la estaba volviendo loca. Casi no podía respirar; se apretó contra él, estrechó su cadera a su mano como si tuviera voluntad propia y sollozó de placer por alcanzar la liberación que sabía llegaría al final.

Sasuke se desabrochó el pantalón y dejó al descubierto su enorme erección. Sintió cómo Sakura la estrechaba entre sus manos y le producía instantáneas sacudidas de placer por todo el cuerpo. Demasiadas. Si no la detenía, todo aquello acabaría demasiado pronto.

—Sakura, cariño, si sigues tocándome así, terminaremos en un minuto; y quiero estar dentro de ti más que nada en este mundo.

La colocó a horcajadas sobre él, la tomó por las caderas y acomodó su erección a la entrada del estrecho pasadizo, deseoso de sentirse atrapado por él. Al comprender su intención, Sakura bajó las caderas con un movimiento lento e insinuante, que hizo que Sasuke mascullara entre dientes.

Cuando estuvo totalmente llena de él, tanto que pensó que estallaría, se inclinó hacia adelante para besarlo de manera lenta y sensual. La ola de placer que la recorrió entera al realizar ese movimiento, como si se fragmentara en mil pedazos, la hizo gemir entre sus labios, y sintió que Sasuke entrecortaba su respiración con un gruñido desesperado.

Consciente de ser ella la que había provocado esa reacción, además de la suya propia, descubrió el poder de su sensualidad, que ahora tenía a su alcance.

Comenzó a moverse copiando su anterior movimiento, hacia adelante y hacia atrás, arriba y abajo. Al principio, con timidez, después con salvaje frenesí. Su corazón latía a tal velocidad, y su respiración estaba tan agitada que pensó que se desmayaría. Se aferró a Sasuke como un ancla en mitad del océano y suplicó que terminara, por fin, con ese maravilloso tormento.

Sasuke, que había tenido que recurrir a todo su autocontrol para no derramarse dentro de ella a la primera embestida, metió la mano entre ambos cuerpos y comenzó a acariciarla y estimularla. Cuando sintió los primeros espasmos que recorrieron la vagina de Sakura, pensó que un millón de olas lo transportaban hasta el infinito; enterró la cara en su cuello, lo que le hizo perder el norte y le arrancó del pecho el más profundo rugido de satisfacción, mientras su semilla se extendía, dentro de su mujer, con urgente necesidad.

Después de eso, permanecieron fuertemente abrazados y perdieron la noción del tiempo. Intentaron calmar sus desacompasadas respiraciones hasta que los corazones volvieran a danzar con absoluta normalidad y fueran capaces de hablar.

Sasuke intentó salir de su interior, pero Sakura se lo impidió y se apretó contra él.

—¿Sakura?

Sakura lo miró a los ojos. Con algunos rizos empapados en sudor y el rubor provocado por la pasión tiñendo sus mejillas: estaba más hermosa que nunca.

—Quiero sentirte dentro de mí, mientras te digo lo que siento.

Su pequeña mano se posó en su mejilla y se deslizó por su rostro, como si lo estuviera esculpiendo, memorizándolo para no olvidarlo nunca.

—Te amo, siempre te he amado y siempre te amaré —le dijo mientras la emoción la hacía temblar—. Eres el amor de mi vida. Estuviste conmigo en París, en todo momento, aquí —le dijo Sakura, mientras señalaba el lugar que ocupaba su corazón en su pecho—. Tú me salvaste la vida y me arrancaste de las garras de la desesperación cuando creí que no me quedaba nada por qué luchar. Por las noches, cuando no conseguía dormir, cerraba los ojos y evocaba tu rostro, como en un sueño, y por esos breves instantes encontraba la paz. Sasuke, nunca dudes de mi amor, porque por ti, daría mi vida.

Sasuke sintió caer cada uno de los muros construidos a su alrededor: muros levantados ante el odio de su padre, el sufrimiento de su madre, la inútil pérdida de su hermano y la cínica actitud que lo había conducido a todo lo demás. Sintió resquebrajarse el hielo que atenazaba su alma con cada una de las palabras pronunciadas por Sakura, que actuaban como los rayos del sol en un día de verano sobre un desierto ártico. Se sintió renacer en la más pura dicha, los ojos se le humedecieron ante el regalo más preciado, que jamás hubiese imaginado recibir: el amor de aquella maravillosa, dulce e inocente mujer que, por la razón que fuera, estaba destinada a él. Ahora era suya. Su mujer, su amiga, su amante, su mundo entero.

Sakura apenas se movió en su regazo, pero fue suficiente para sentir que el deseo por su esposa volvía a correr por sus venas. Sintió que volvía a ponerse duro en su interior. Parecía que su necesidad por ella no acababa nunca. La tomó por debajo de los brazos, la levantó consigo y la llevó delante del hogar, donde una alfombra tendría que hacer de lecho.

Hizo que lo rodeara con las piernas y empezó a embestir, una y otra vez, con una danza de lujuria y pasión desenfrenada. La oía gemir mientras le clavaba las uñas en su espalda. Sus piernas, sus esbeltas y suaves piernas que actuaban como tenazas, lo abrazaban por completo; lo retenían, lo empujaban y lo conducían una y otra vez, a su interior.

Con una violenta y poderosa embestida, los llevó a ambos al cielo y gritaron en un orgasmo sin igual; él gritó su nombre, ella proclamó de nuevo su amor.

Cuando la niebla de la pasión empezó a desaparecer de su mente, la miró a la cara y vio los surcos producidos por las lágrimas que, en silencio, Sakura no paraba de derramar.

—Lo siento, Sakura, ¿estás bien? ¿Te he hecho daño?

Sakura no podía dejar de llorar por la dicha que embargaba su corazón, al que creía desahuciado para siempre, de por vida. Acarició las facciones de su esposo muy despacio, como si fuera la brisa marina en una tarde de otoño, mientras una sonrisa iba naciendo y creciendo en sus labios.

—Estoy bien.

—Entonces ¿por qué lloras?

—Porque me has hecho la mujer más feliz del mundo. Porque jamás pensé que pudiera existir algo tan hermoso. Te amo.