Capítulo 21

Habían pasado cuatro semanas desde aquel maravilloso día en que Sasuke había ido a buscarla y le había dicho que la amaba. Desde entonces, todo había ido sucediendo como en un sueño, y Sakura permanecía en una nube, de la que no deseaba bajar. Al principio, estaba totalmente asustada, porque creía que todo desaparecería en cualquier momento, como un castillo de naipes que se desploma ante la brisa; pero, poco a poco, día a día, el amor y la continua dedicación de Sasuke, quien la complacía hasta en el último de sus caprichos, hicieron menguar ese miedo; hasta que no fue más que un fantasma, una ilusión que apenas si se filtraba en sus pensamientos. Durante esas cuatro semanas, había sido más feliz que nunca. Las noches que compartían juntos, haciendo el amor, abrazándose hasta el amanecer, eran más hermosas de lo que hubiera podido imaginar. A causa de esas noches, se encontraba bastante agotada por la mañana. Llevaba varios días sintiéndose indispuesta. Los mareos eran continuos, y el estómago no parecía capaz de retener nada de lo que comía.

Al principio, pensó que estaba enferma y se lo ocultó a Sasuke. No quería preocuparlo, y menos perturbar la felicidad que se había instalado en sus vidas y que tanto deseaba conservar. Por lo tanto, sin decir nada a nadie, el día anterior había ido a ver al doctor Harper. Había sido el médico de su familia durante los últimos veinte años, y sabía que podía confiar en él. Cuando le dijo que no debía preocuparse, que no estaba enferma, fue como si le hubiesen quitado un peso de encima.

—Entonces ¿qué me pasa?

—Nada que no sea normal en una mujer casada. Está embarazada.

¡Embarazada! Desde que se había enterado de que estaba esperando un hijo, sentía un tumulto de emociones que la tenía exhausta. Sentía alegría, emoción y también miedo: ¿sería una buena madre?, ¿sabría dar a su hijo lo que necesitaba? Amor, sabía que no le faltaría.

Ella recordaba que, a veces, de niña, habría dado lo que fuera por un beso, un abrazo o una simple caricia de su madre. Había anhelado sus mimos más que cualquier otra cosa. Mientras su padre estuvo vivo, había sido él el que la había hecho vivir; la levantaba con sus brazos, la hacía dar vueltas sin parar, la sostenía sobre sus rodillas mientras le preguntaba qué había hecho durante el día. Era el que le daba un beso de buenas noches y la abrazaba cuando las pesadillas la despertaban.

Después de la muerte prematura de su padre, todo eso desapareció, como si sólo se hubiese tratado de un espejismo. Por esa razón, se había jurado, hacía ya mucho tiempo, que su hijo sentiría el amor de su madre siempre.

Con un suspiro, volvió al presente. Sabía que debía contárselo a Sasuke; sin saber por qué, todavía no había sido capaz de hacerlo. En realidad, no temía su reacción. ¿O quizás sí?

No habían hablado de tener hijos, y no sabía qué pensaría al respecto. Eso la estaba poniendo nerviosa, lo suficiente como para tener que hacer varias inspiraciones más para desterrar las arcadas que la asediaban.

Esa mañana había quedado en verse con Temari y su madre. Faltaban sólo dos días para la fiesta de compromiso de su amiga, y habían hecho planes para ir a recoger los vestidos que madame Lorraine les había hecho para tan especial ocasión. Después de eso, visitarían también algunas tiendas más elegantes de Bond Street para comprar algunos complementos.

Sakura sintió, de pronto, cómo unos brazos, fuertes y cálidos, la envolvían. Ni siquiera lo había oído entrar en el dormitorio.

—No podía esperar ni un segundo más para tenerte entre mis brazos —le dijo Sasuke mientras la besaba en el cuello.

—Pero si no han pasado quince minutos desde que me tuviste en ellos.

—¡Dios mío! ¿Tanto? Es increíble que haya podido aguantar toda esa eternidad.

Sakura soltó una carcajada mientras se daba vuelta hasta quedar frente a él. Sasuke la tomó por la cintura y la acercó, sin dejar espacios entre sus cuerpos.

—Eres un exagerado. Te estás pareciendo a Shizune.

Sasuke arqueó una ceja.

—Cuando se trata de ti, nada me parece suficiente.

—Pues entonces, milord, tenemos un grave problema, porque me temo que yo también adolezco de la misma enfermedad.

—¿Y qué me sugiere, milady, para remediarlo?

—Creo que lo mejor es que nos abandonemos a nuestros deseos.

Con una sonrisa en los labios, Sasuke bajó, lentamente, la cabeza para besarla.

—Sin duda, es la solución.

—Pero ahora, no —le dijo Sakura mientras ponía sus dedos sobre los labios de Sasuke.

—¿No?

—No; he quedado con Temari y su madre. Vamos a ir a recoger los vestidos para su fiesta de compromiso.

—Pues creo, milady, que antes de irse debería ocuparse de su marido, porque está sufriendo enormemente.

Sakura le puso la mano en la frente para saber si tenía fiebre, como si de un niño pequeño se tratase.

—Pobrecito, de verdad.

—Eres muy astuta. Sabes a la perfección a qué merefiero, y no es a esa clase de sufrimiento.

—¿Que soy astuta? ¡Mira quién va a hablar!

—¿Me estás acusando de creer saberlo todo?

Sakura hizo un mohín.

—Sí, exactamente.

La sonrisa de Sasuke se ensanchó.

—Bueno, en eso tienes toda la razón, y por eso mismo, sé que lo que debes hacer para acabar con mi agonía es quitarte el vestido y abandonarte a mis cuidados.

—Ni lo sueñes —le dijo Sakura mientras ponía distancia entre ambos—. Temari está a punto de llegar, y no puedo hacerla esperar. —Aunque sea lo que más deseo en el mundo, pensó para sí.

Sasuke sonrió aún más e hizo que sus ojos brillaran con un toque travieso. Sabía muy bien que a ella le era casi imposible resistirse a esa mirada. Como si de un felino se tratase, se acercó de manera sigilosa y provocó que Sakura echara a correr y pusiera la mesita que servía de escritorio entre ambos.

—Vamos, Sasuke, déjame bajar —le dijo y se rió ante la cara de niño compungido que su marido le prodigaba.

Sasuke se hizo a un lado y la dejó pasar. Demasiado fácil, pensó Sakura, pero no podía perder más tiempo, ya que a ese ritmo, nunca saldría de la casa.

Cuando pasó por su lado, Sasuke la tomó y la abrazó con sumo cariño.

—Ya te tengo.

—Oh, eres un tramposo. —

—Jamás dije que jugara limpio.

—¡Sasuke!

—De acuerdo, de acuerdo, esperaré; pero necesito un beso, sólo uno que me haga soportable la espera.

—Está bien, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Cierra los ojos. Si me miras así, seré incapaz de parar después del beso, y entonces, señor Uchiha, estará metido en un buen lío.

—Muy bien —dijo Sasuke y levantó las manos en señal de rendición—. Ya los cierro.

Sasuke estaba esperando que su esposa lo besara cuando sintió sus pasos, a toda prisa, por el pasillo rumbo a la escalera.

Sasuke corrió tras ella.

—¡Tramposa!

Sakura lo miró desde el final de las escaleras.

—Lo aprendí de ti, cariño —le contestó—. Volveré dentro de un rato.

—Me las vas a pagar —le dijo Sasuke con una sonrisa.

—Estaré encantada de hacerlo —se apresuró a contestar Sakura.

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—¿Me está diciendo que no va a cumplir con su parte del trato?

Tsurugi deambulaba, con lentitud, por la extraña habitación de hotel en la que se alojaba su cliente.

—Exactamente.

—Espero que esto sea una broma de mal gusto.

—No, nada de eso. Cuando acepté el trabajo, usted no me informó que sería la esposa de Sasuke Uchiha a quien tendría que sacar del país.

—Y eso ¿en qué cambia las cosas?

—Oh, las cambia, y mucho. Lord Uchiha no es alguien con quien se pueda jugar. Ese hombre es peligroso.

El hombre con la cara desfigurada hizo una mueca de asco ante aquellas palabras.

—No me diga que tiene miedo.

—No es cuestión de miedo, es sentido común. En un negocio como éste, hay que pasar desapercibido, y saber cuándo retirarse. Este es el caso. Meterse con Uchiha es firmar la sentencia de muerte.

—¡Es sólo un hombre! —le contestó entre dientes, mientras se acercaba a él.

—Sí, pero muy poderoso, y con contactos. Es de los que puede aplastarlo en un momento. Lo siento, pero lo dejo —le dijo tajante, y le devolvió el adelanto que le había dado por el trabajo.

—No puede hacer eso, hicimos un trato.

—Pues ya no existe —dijo Tsurugi y se fue hacia la puerta.

Su mano quedó suspendida en el aire, mientras sus ojos, abiertos como platos por la sorpresa, miraron, incrédulos hacia abajo. De su pecho salía el extremo de una espada. Sin poder hablar, sintió cómo todo lo que lo rodeaba se desvanecía poco a poco, y lo envolvía la más absoluta oscuridad. Había cometido el peor de los errores: uno que le costaría la vida. Había subestimado a aquel hombre.

—A mí nadie me engaña y vive para contarlo. Buen viaje, señor Tsurugi —le dijo mientras retorcía la espada en el interior de su víctima hasta acabar con ella.

El corazón empezó a latirle frenéticamente, mientras lo invadía una salvaje euforia. Mejor así, pensó. Deseaba ser él quien acabara con Sakura. Y ahora, más que nunca, ansiaba hacerlo.

Eso no había sido un obstáculo, sino más bien una liberación. Al fin y al cabo, Tsurugi había resultado ser un incompetente además de un cobarde. Si eso era lo mejor que podía encontrar, entonces tendría que ocuparse él mismo y, con sinceridad, sería un verdadero placer.

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—Estás preciosa.

—¿Debo fiarme de ti? Siempre me dices que estoy preciosa —dijo Sakura con una sonrisa.

—Para mí, siempre lo estás. Eres la mujer más hermosa del mundo, y yo soy muy afortunado de tenerte a mi lado —le dijo Sasuke mientras veía el resultado de tan larga espera.

Hacía más de media hora que debían haber salido para la fiesta de compromiso, pero en ese momento eso no importaba; al verla con ese maravilloso vestido dorado que realzaba su esbelta figura e insinuaba su sensualidad de manera provocativa, se había quedado sin aliento. Su esplendorosa cabellera caía por su espalda en perfectos tirabuzones, una cascada de sedosos rizos, que parecían atrapar la luz y tener vida propia.

Sus mejillas sonrosadas le otorgaban un aire de inocente candor sumamente atractivo, mientras sus carnosos labios parecían atrapar su mirada a cada momento, y destrozaban su autocontrol a pasos agigantados. Si no salían de allí pronto, no estaba seguro de poder tener alejadas las manos del cuerpo de su mujer.

Sakura sentía que las mejillas le ardían. Aún después de llevar casados un mes, y de haber compartido la más estrecha intimidad, seguía sin poder controlar su respuesta ante los piropos de su marido; y él lo sabía. Por eso se los decía, porque le encantaba provocarla; y a ella le encantaba escucharlos. Cuando se veía a través de sus ojos, se sentía hermosa, amada, y ese era otro de los muchos regalos que Sasuke le hacía a diario.

—Tú también estás guapísimo —le dijo mientras, con una mano, le colocaba un mechón de pelo que se había atrevido a caer sobre su frente.

Sasuke oscureció su mirada ante el roce de sus dedos.

—¿Nos vamos?

—Sí, pero antes...

Sasuke sacó una pequeña caja del interior de su chaqueta.

—¿Qué es?

—Ábrelo. Es para ti.

—Oh, Sasuke, no deberías.

—Shh, quería hacerlo.

Sakura abrió, con dedos temblorosos, la pequeña caja. Una sorpresa se dibujó en sus labios al ver la hermosa joya que contenía. El día de la boda, ya le había hecho un hermoso regalo, el anillo de su madre, algo que la había emocionado como nada antes; y todavía había más.

Entre el terciopelo negro emergía un espectacular broche. Era una rosa roja. Los pétalos formados por rubíes estaban apenas abiertos. En uno de ellos, descansaba una lágrima, un pequeño diamante que simulaba el rocío de la mañana. Del tallo, salían dos pequeñas hojas, dos esmeraldas que desafiaban a tocarlas, a comprobar su verdadera existencia.

Sasuke tomó el broche y, delicadamente, lo prendió en el vestido.

—Este broche perteneció a mi bisabuela.

—Es precioso, Sasuke. Tu bisabuelo debió de quererla mucho.

—Sí, pero no al principio.

—¿No?

—No. Mi bisabuela, que era un diablillo, se rebeló ante el matrimonio que su padre había concertado para ella. En un arrebato de furia, tiró el anillo que el padre de su futuro marido le había dado para sellar el compromiso, en mitad de los rosales; y créeme, eran muchos los rosales. Cuando el novio, que tampoco sabía nada del contrato matrimonial, se enteró de que pronto se casaría, también se negó. Así que fue a ver a mi bisabuela para poner fin a aquella locura. Ella, que creía que él había ido a hablar sobre la boda, ni siquiera lo recibió. Le mandó con la criada una nota en la que le decía que nada en el mundo la obligaría a casarse con él, y que si quería su anillo, lo encontraría entre los rosales del jardín. Mi bisabuelo soltó un insulto y fue hacia ellos a buscarlo. Después de haberlo encontrado, quedó hecho un desastre. Con todo, volvió a la casa y le dijo al ama de llaves que no se movería de allí hasta que mi bisabuela bajara.

»Cuando al fin ella se dignó a hacerlo, él le devolvió el anillo y le dijo que ninguna niña malcriada iba a romper aquel compromiso que, por cierto, él tampoco estaba dispuesto a cumplir. Le dijo que se comportara como la dama, la mujer que se suponía que era, y que disolviera aquella situación como correspondía, con la debida educación.

—¿Y qué pasó?

—Pues que mi bisabuela se enamoró de él en ese preciso momento y, seis meses después, estaban felizmente casados. El primer aniversario de su boda, mi bisabuelo le regaló este broche como recordatorio de cómo se habían conocido. Mi bisabuela solía decir, cuando contaba la historia, que había sido un rosal lo que los había unido.

—Es una historia muy romántica.

—No creo que mi bisabuelo pensara lo mismo con todas aquellas espinas clavadas.

Sakura rió al imaginarse la escena, tomó el brazo de su marido y partieron para la fiesta.