Capítulo 22

—¿Crees que podrás hacer otra cosa que no sea mirar de manera constante a tu mujer?

Sasuke sonrió ante la pregunta irónica de Naruto. Sabía que no era muy habitual que el marido dejara notar que estaba perdidamente enamorado de su esposa; pero, en su caso, era inevitable.

—No, Naruto, la verdad es que eso me sería imposible.

—¡Pues estamos bien! Espero que, por lo menos, mantengas a raya los celos, porque la mitad de los hombres presentes le han pedido que les reserve un baile, y la otra mitad, aunque lo desean, no se atreven, porque están acobardados por ti.

—¿De qué demonios hablas?

—Pues de la mirada de dragón furioso que les echas cada vez que osan acercarse a Sakura.

—¡Yo no soy celoso!

—Ya; y yo soy Julio César.

—¡Está bien! Quizás un poco, pero no con todo el mundo, sólo con aquellos que coquetean abiertamente con ella. ¿No saben que es una mujer casada?

—¿Y cuándo te ha detenido eso a ti?

—Sí, eso es verdad, y debo admitir que ahora entiendo perfectamente si alguno de aquellos maridos me hubiese pegado un tiro.

—Vivir para ver, es genial.

—¿Naruto?

—¿SÍ?

—¿Vas a cambiar de tema, o tendré que irme a otro sitio?

—No, no, ya me callo —dijo Naruto mientras se reía por lo bajo.

—¿Lo estáis pasando bien? —preguntó Nara que se había acercado a ellos.

—Hola, Nara. Le estaba diciendo a Sasuke lo que cambia a un hombre el matrimonio.

Nara subió su ceja izquierda.

—¡Ignóralo! —le dijo Sasuke—. Hoy tiene el día gracioso.

Nara esbozó una sonrisa de medio lado.

—Ah, ya veo. Bueno, dado que mi futuro primo está ingenioso, creo que iré a ver dónde está Temari. Luego os veo.

—Pobrecillo, no sabe lo que le espera —dijo Naruto irónico.

—¿Sabes, Naruto?

—¿Qué?

—Algún día quisiera verte suspirar por los rincones, agonizante de amor.

—Antes verás volar a las ranas —le dijo en un tono de voz burlón.

Sasuke sonrió al acordarse de la vez que tuvo que tragarse esas mismas palabras.

—Cosas más raras se han visto —le dijo a su amigo mientras soltaba una carcajada.

.

.

.

—Estoy nerviosa.

—¿Tú? ¿Temari Sabaku? ¡Inconcebible!

—No te burles de mí, Sakura. Soy tan feliz que me da miedo.

Sakura pensó que entendía muy bien a su amiga. Últimamente, todo era tan maravilloso que había momentos en los que el pánico la asaltaba y pensaba en la posibilidad de perder todo lo que tenía: su vida con Sasuke, su amor, su hijo, que en ese mismo momento crecía en sus entrañas. ¡Dios, debía decírselo! Había sido una tonta al preguntarse cómo reaccionaría. Ella lo conocía, y sabía el corazón tan generoso que tenía. Su naturaleza, aunque oculta a los demás, era dulce y tierna, y la cantidad de amor que era capaz de ofrecer a los que lo rodeaban era infinita y lo daba desinteresadamente, sin exigir nada a cambio.

Por todo ello sabía que sería un padre maravilloso. Se volcaría a sus hijos y los mimaría, incluso más que ella. La niñez de Sasuke, en su gran parte, había sido un infierno, y si de algo estaba segura era de que él haría todo lo que pudiese por su hijo, lo protegería para que sufriera lo menos posible y, cuando no pudiera evitarlo, estaría a su lado para ayudarlo a recorrer el camino. Le enseñaría a defenderse, a ser una persona íntegra y justa; y lo haría desde el cariño y la comprensión. No, ya no tenía ninguna duda de que sería un buen padre, así que, esa misma noche, se lo diría, pensó para sí, mientras sonreía. Ya deseaba ver la cara que pondría cuando le diera la noticia.

Temari se revolvió nerviosa a su lado.

—¿A quién le has reservado el siguiente vals?

Una sonrisa se dibujó en los labios de Sakura.

—¿Otra vez? —preguntó Temari con diversión.

—Yo no tengo la culpa de tener un marido al que le encanta bailar el vals.

—Ya. ¿Le encanta bailar o lo que le encanta es tenerte en sus brazos?

Sakura soltó una risita.

—Para ser justas, he de confesar que a mí me encanta estar entre sus brazos. Por mí, bailaría todas las piezas con él.

—Ya veo —dijo Temari con diversión.

—Pero si lo hiciera, la gente empezaría a cotillear.

—¿Y qué podrían decir? ¿Que tu marido te adora? ¿Que se ve que estáis locamente enamorados?

—Tienes razón, ¡al diablo las reglas! —dijo mientras se ponía en marcha.

—¿A dónde vas? Dijiste que era el próximo baile.

—Creo que no podré aguantar; necesito que mi marido me rodee con sus brazos ya. —Le guiñó un ojo y se dirigió hacia Sasuke con paso firme.

.

.

.

—¿Sabes lo que me gustaría hacer en este preciso instante? —le preguntó Sasuke mientras giraban por el salón al son de las notas del vals.

—¿Qué? Bueno, no... espera, no me lo digas, tus ojos hablan por sí solos —le dijo Sakura a la vez que sentía cómo empezaba a ruborizarse. La mirada de Sasuke, que la desnudaba y le hacía promesas de intenso y lujurioso placer, provocaba que sus rodillas empezaran a temblar como gelatina. Había visto con anterioridad esa mirada, y sabía que lo que ocultaba requeriría toda la noche.

—¡Vaya! ¿Tan transparente soy?

—Como el agua. —Sakura sonrió.

—Entonces, sabrás que estaba pensando en desnudarte lentamente, saborear cada centímetro de tu piel y excitarte hasta que me pidas a gritos que me hunda dentro de ti, para hacerte mía, una y otra vez.

Los rubores de Sakura habían alcanzado un nivel volcánico, lo que hizo que Sasuke soltara una carcajada.

—Se van a dar cuenta —le recriminó Sakura en un susurro.

Varias de las parejas se habían vuelto hacia ellos, sorprendidos por la espontánea prueba de buen humor de Sasuke.

—Y, qué más da, amor mío. Es de lo más normal que te desee. Me tienes totalmente loco.

Sakura lo miró a los ojos con una sonrisa. Jamás pensó que podría tener esa conexión con otra persona. Sentía que nunca más estaría sola. Cada mañana era una ilusión. Era más feliz que nunca y, como Temari bien había dicho, eso, a veces, daba un miedo atroz.

—Tú también me tienes loca.

—Tendrás que demostrármelo.

—¡Eres un granuja!

Sasuke lanzó otra carcajada que hizo que los presentes miraran hacia ellos de nuevo.

—Pero te adoro —le dijo Sakura con pasión.

Sasuke se puso serio de repente.

—Y yo te amo más que a mi propia vida —le dijo con tanto ardor que Sakura sintió que se derretía allí mismo.

El vals terminó mientras ellos se encontraban envueltos en una burbuja de complicidad; sus miradas se cruzaban llenas de ternura, deseo, anhelo, y muchos otros sentimientos que sólo ellos podían reconocer. Sin embargo, los rigores del embarazo no dejaron a Sakura tranquila y, de repente, sintió que el ambiente estaba demasiado cargado. Hacía mucho calor, y las voces de los invitados parecían retumbar en su cabeza con una nueva y espantosa intensidad. Las figuras de las damas, que en ese momento pasaban por delante de ella, empezaron a deformarse considerablemente; las siluetas se desvirtuaron y los colores se difuminaron, como si estuviera inmersa en una densa niebla. Se tomó del brazo de Sasuke con urgencia, pues el suelo, debajo de sus pies, también pareció diluirse.

—Sakura, ¿qué te ocurre?

—Nada, es sólo un pequeño mareo.

Sakura intentó dar un paso, pero las piernas parecían no obedecerle.

—¡Maldita sea! —exclamó Sasuke mientras la sostenía con fuerza.

Con el mayor cuidado posible, lentamente, la condujo hasta los asientos vacíos que había al otro extremo de la habitación, cerca de las puertas que custodiaban la salida a la terraza.

Sasuke tomó sus manos entre las suyas.

—Siéntate. Eso es, tranquila.

Sakura intentó restarle importancia a lo ocurrido.

—Ya estoy mejor, además —dijo ante el ceño fruncido de su esposo—, esta es la fiesta de compromiso de Temari, y no pienso perdérmela por un simple mareo.

—¿Un simple mareo? ¡Has estado a punto de desmayarte!

—¿Por qué estás enfadado?

—No estoy enfadado, Sakura; estoy preocupado.

Le había dado un susto de muerte. En un momento, sin previo aviso, se había quedado laxa entre sus brazos y casi había perdido el conocimiento. Sentada frente a él, parecía tan frágil como el cristal. Estaba blanca como la nieve, y sus pequeñas manos, frías como un témpano. Lo único que deseaba era sacarla de allí, llevarla a casa, meterla en la cama junto a él, adormecerla en sus brazos y velar sus sueños. El sólo pensar que pudiera pasarle algo le oprimía el corazón y le hacía doler.

—La boca se me ha quedado seca, ¿podrías traerme algo de beber? —le preguntó Sakura con una sonrisa que intentaba demostrarle que ya estaba mucho mejor.

—De acuerdo, iré por un poco de limonada; pero no te muevas de aquí, enseguida vuelvo.

Sasuke se tranquilizó al ver que Sakura recuperaba, poco a poco, el color de sus mejillas.

—Espérame aquí —le dijo mientras echaba a andar.

Sakura asintió con la cabeza mientras veía desaparecer a Sasuke entre los invitados.

Un soplo de aire entró desde los jardines y movió sutilmente el ruedo de su vestido. Era muy tentador. Estaba segura de que, si salía un momento a la terraza y se dejaba envolver por el frescor de la noche, se reanimaría antes. Sí, eso haría, sólo por unos segundos, los suficientes como para sentir que volvía a tener el control sobre su cuerpo. Y así lo hizo. Tomando los pliegues de su vestido con delicadeza entre los dedos, comenzó a andar hacia la terraza. Al salir sintió que, de nuevo, le entraba aire en los pulmones. Además, la noche era perfecta. Había luna llena, y miles de estrellas decoraban el firmamento. Hasta le parecía que alguna de ellas le guiñaba con descaro desde las alturas.

Caminó un poco para comprobar que las piernas le respondían con normalidad y no con esa espantosa debilidad que momentos antes se había apoderado de ellas.

Tenía que contarle a Sasuke lo del niño, pensó de nuevo, mientras bordeaba un poco el jardín e intentaba no alejarse demasiado de la terraza. Había visto cómo la cara de su marido se había tensado por la preocupación. No podía dejar que pensara que quizás tenía algo más serio, cuando sólo había sido un mareo, consecuencia de su futura maternidad.

Se sintió más aliviada e inspiró con fuerza para llenar sus pulmones con el aire de la noche, que estaba impregnado del perfume de las flores escondidas en el jardín.

Preparada para regresar al interior, volvió sobre sus pasos, cuando unas manos fuertes como ganchos de acero la atraparon; una la ciñó de la cintura con tal intensidad que pensó que iba a quebrarla, y la otra tapó su boca y le impidió emitir un sólo sonido.

—Hola, querida, ¿te alegras de verme? Porque yo sí que estoy contento de volver a verte, y sería una desilusión enorme el que tú no sintieras lo mismo.

Los escalofríos la recorrieron de arriba abajo. Conocía esa voz, la conocía demasiado bien. Era la voz de un asesino, de un monstruo. El mismo que aparecía, una y otra vez, en sus sueños; y ahora estaba allí, de carne y hueso, para hacer realidad su peor pesadilla.

—¿Me has echado de menos, chérie? —preguntó mientras la empezaba a arrastrar hasta los jardines.

Sakura empezó a sentir pánico. No podía dejar que ese hombre la sacara de allí. Sabía de lo que era capaz y no estaba dispuesta a pasar por ello. Sabía que si se la llevaba de allí, la encerraría. Así se lo había insinuado una vez, en una de sus palizas. ʺAlgún día, te tendré para mí solo. Te haré todo lo que mi mente pueda imaginar, todo lo que implique dolor y agonía, disfrutaré escuchándote gritar y suplicar y, al final, cuando ya no lo soportes más y me pidas que te libere con la muerte, te encerraré en un calabozo y tiraré la llave.ʺ Aquellas palabras la habían perseguido desde aquel día, y había temido que ese momento llegara. Cuando le comunicaron que Mizuki Hōzuki había muerto, pensó que, por fin, se libraría de esos recuerdos; pero allí estaban, envueltos en una realidad que no dejaba ningún resquicio a error.

La imagen de Sasuke le vino a la cabeza de forma espontánea y la exhortó a guardar la calma necesaria. Tenía que luchar como fuera.

Ya casi había perdido de vista la casa cuando Mizuki tropezó y aflojó levemente la mano que tenía sobre su boca. Sakura ni siquiera lo pensó. Abrió los labios y mordió lo más fuerte que pudo hasta sentir el sabor de la sangre en su boca.

Mizuki dio un grito de dolor y la soltó. Sakura salió corriendo en dirección a la terraza y rezó por tener el tiempo suficiente como para llegar hasta sus puertas.

Había recorrido la mitad del camino cuando Mizuki se le echó encima como un depredador furioso y la tiró al suelo.

—¡Maldita zorra! ¡Puta! —le dijo mientras la golpeaba en la cara, repetidamente, con el puño cerrado.

Sakura casi había perdido la conciencia cuando él intentó levantarla, pero el sonido de unos pasos que se acercaban lo detuvieron en seco.

—¡Sakura! ¡Sakura!

Era Sasuke. Sakura quiso gritarle, pero no tenía fuerzas.

Extendió un brazo como intentando alcanzar su voz, cuando el tacón de la bota de Mizuki la aplastó contra el suelo y sintió quebrarse cada hueso de su mano ante el golpe recibido.

—No creas que esto va a quedar aquí —le dijo pegado a su oreja—. Volveré. Te llevaré conmigo a Francia. Serás mi esposa.

Se puso de pie y le propinó varias patadas. Ella sólo podía pensar en su hijo y, como pudo, se puso en posición fetal y apretó sus rodillas al pecho, protegiendo al niño.

Los pasos ya estaban casi encima cuando escuchó irse a ese demonio de Mizuki, al mismo tiempo que la oscuridad se cernía sobre ella y la sumergía en una inconsciencia que la calmaba.