Capítulo 24

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó Naruto mientras apagaba uno de sus cigarrillos.

Cuando Sasuke bajó, Naruto y Shikamaru lo esperaban en la biblioteca. Allí les explicó lo que sabía de lo ocurrido, así como la nota que aquel desconocido le había dejado algunas horas antes.

—Naruto, no hace falta que vengas. Creo que es mejor que vaya solo.

—¡Estás loco! Por lo que sabemos, ese tipo podría haberte tendido una trampa. No tenemos ni idea de quién se trata. Podría ser un maníaco que ha atacado a Sakura al azar, o podría ser alguien de nuestro pasado que ha pensado que esta sería una buena forma de vengarse de ti. Lo siento, pero no puedo dejar que hagas esto solo.

Nara descruzó las piernas y apoyó los codos sobre sus fuertes muslos.

—Además, ese tipo, el que te escribió la nota, sabía que Sakura estaba en peligro; por lo que debe de tener contacto con el que lo hizo. Ni siquiera sabemos si está solo o si trabaja con alguien más.

Sasuke sabía que ambos tenían razón, pero estaba empezando a impacientarse.

—Naruto, tú sabes más que nadie que sé cuidarme solo.

—Sí, lo sé; pero en este caso, no piensas con claridad. La furia te ciega.

—Yo también voy —afirmó Nara con rotundidad.

—Nara, te agradezco la oferta, pero...

—Uchiha —le dijo Nara antes de que Sasuke pudiera decir algo más—, Sakura es una de las mejores personas que he conocido, además de ser la mejor amiga de mi prometida. Ella me tendió una mano y me comprendió. Le tengo una gran estima, y nada de lo que digas hará que me mantenga al margen.

Sasuke no podía estar asombrado por algo que a él también le había pasado. Era el efecto que producía Sakura en los que la conocían. Tenía el don de ganarse el corazón de aquellos que la rodeaban.

Asintió una vez más y tuvo que aceptar la ayuda de aquellos dos tozudos hombres. Algo en su interior le decía que siempre podría contar con ellos. Y rara vez su intuición le fallaba.

—Nos iremos dentro de media hora.

—¿Dónde es el encuentro? —preguntó Naruto mientras se levantaba de su silla.

—En la taberna del Tuerto.

—¿Ese no es un antro de mala muerte cercano a los muelles? —preguntó Nara.

—Sí, así es —dijo Naruto y levantó una ceja en señal de interrogación.

Le parecía raro que un hombre de la posición de Nara supiera siquiera de la existencia de esa taberna.

—Soy dueño de una flota de barcos. Los marineros tienen una lengua muy larga —le dijo Nara en respuesta.

—¿Cómo está Sakura? —preguntó Nara y cambió de tema.

—Bien —contestó Sasuke que no podía dejar de pensar en que podía haberla perdido—. Ella y el niño parecen estar a salvo.

—¿El niño? —preguntaron Shikamaru y Naruto al unísono.

—Sí; imagino que le hubiera gustado anunciarlo ella misma, pero dadas las circunstancias, sí, Sakura está embarazada.

Por primera vez durante aquella aciaga noche, un atisbo de sonrisa asomó a los labios de Sasuke.

—¡Enhorabuena! —dijo Naruto.

—¡Te felicito! —exclamó Nara.

—Gracias, pero todavía hay que esperar. El médico me ha dicho que, aunque parece estar bien, habrá que esperar unos días para estar seguros.

—Ya verás que será así. Sakura es fuerte —dijo Nara con la rotundidad que lo caracterizaba.

—Eso espero, no podría soportar verla sufrir más.

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La niebla era densa, tanto que podía masticarse. La luna llena, que se asomaba tímidamente detrás de las nubes, iluminaba, en parte, las calles de Londres y, en especial, el letrero de la taberna del Tuerto, en donde las palabras que definían a su dueño y daban nombre a la taberna, escritas en un rojo intenso, se destacaban sobre un fondo negro.

El establecimiento estaba en una esquina y quedaba a tan sólo dos manzanas de los muelles, lo que lo hacía ideal para las juergas de los marineros, cuya permanencia en la ciudad sólo se extendía por unas pocas horas.

Vestidos con ropas que acostumbraban utilizar los marineros, que habían sido proporcionadas gentilmente por Nara, los tres hombres entraron en la taberna y se sentaron a la mesa del fondo.

Tanto a Sasuke como a él les era sencillo pasar desapercibidos. Los años que habían trabajado para la inteligencia británica, en donde habían actuado, a veces, como espías, les habían proporcionado un entrenamiento de un valor incalculable.

Sorprendentemente, Nara también parecía estar como pez en el agua.

Una camarera de anchas caderas y dientes picados se acercó a la mesa.

—¿Qué les sirvo?

Sasuke adoptó el acento de los barrios menos favorecidos de la ciudad.

—Whisky.

—¿Para todos?

—Sí.

—Ahora vuelvo, guapos —dijo la camarera mientras sonreía y mostraba los huecos que sus dientes, ahora inexistentes, habían dejado.

Naruto esperó hasta que la mujer se alejó para preguntar.

—¿Cómo sabremos quién es?

—En la nota decía que me sentara a la mesa del fondo al lado de la ventana. Justo en la que nos encontramos. Sólo nos queda esperar —dijo Sasuke mientras intentaba calmarse.

—Eso es algo que siempre he odiado —dijo Nara algo taciturno.

Naruto lo miró de reojo.

—Pues ya somos dos.

La camarera volvió con paso inseguro, posiblemente debido al ron que su aliento delataba. Dejó los vasos sobre la mesa y derramó algunas gotas en el proceso. Sasuke arrojó una moneda encima de la vieja madera, que la mujer no tardó en recoger.

—Todo parece tranquilo —dijo Naruto y tomó un sorbo—. Sin embargo, hay dos en la barra que no me dan buena espina. Me recuerda a Viena.

—Los tengo controlados; y no fue Viena, sino Bruselas.

Nara esbozó una sonrisa.

—Alguna vez me tendréis que contar qué hacíais en vuestro tiempo libre.

Sasuke se tensó de pronto. Un hombre de mediana estatura algo encorvado y totalmente calvo entró en aquel preciso instante. Su nerviosismo era visible, pues sus pequeños ojos, como los de una ardilla, no paraban de mirar hacia todas partes. Cuando pareció comprobar que todo estaba bien, fijó su mirada en ellos y se dirigió con paso ligero hasta la mesa que ocupaban. Sin hablar ni media palabra, tomó una silla, se sentó junto a la mesa y cerró el pequeño círculo que formaban.

—¿Quién de ustedes es Uchiha?

Sasuke se inclinó hacia adelante y endureció su mirada al punto que pareció que podía matar a alguien con ella. El hombrecillo pareció encogerse en aquel instante.

—Yo soy Uchiha. ¿Y usted quién es?

—Me llaman Michael el Calvo. Imagino que está, preguntándose para qué quería verlo.

—Yo diría que más que eso. Esta noche han atacado a mi mujer y, al parecer, usted ya estaba enterado de ese hecho. La pregunta es: ¿cómo demonios sabía que mi mujer estaba en peligro?

—Yo...

—Antes de hablar, piense bien la respuesta, porque de ella depende el resto de su vida —le dijo Sasuke mientras se contenía por no sacarle a golpes a ese bastardo toda la información que tenía.

Michael el Calvo tragó con dificultad. Miró a los acompañantes de Uchiha y buscó la confirmación de sus amenazantes palabras.

—Yo... siento lo de su mujer.

A Sasuke se le resaltó la vena de la sien.

—Inténtelo de nuevo —dijo entre dientes— y esta vez, pruebe con la verdad.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo mientras se pasaba la mano por la calva en una clara señal de nerviosismo—. Yo no soy un ciudadano ejemplar. Sólo soy un ratero de poca monta. Hace unos dos meses, apareció un tipo que buscaba a un profesional para un trabajito. Yo creí que era una oportunidad. El tipo parecía un caballero. De esos que pagan bastante por el trabajo bien hecho. Yo lo puse en contacto con un amigo de la infancia, Tsurugi. Tsurugi se dedicaba a asuntos más serios, si sabe a lo que me refiero. La cuestión es que el tipo que lo contrató lo mató ayer cuando Tsurugi se negó a continuar.

Sasuke lo miró directamente a los ojos, lo que hizo que el sujeto desviara la mirada.

—¿Cómo sabe eso?

—Tsurugi solía quedar con sus clientes en sitios públicos, pero hace unos días vino a verme. Quería que le diera la dirección de ese tipo. Me dijo que dejaba el trabajo, que no valía la pena jugársela. Que meterse con Sakura Uchiha era buscar la jubilación anticipada. Le pregunte por qué, y él me dijo que su marido, es decir usted, era conocido como un hombre con el que no se debía jugar. Sabía algo sobre su pasado, algo que lo puso nervioso y lo hizo ser cauto. Yo traté de convencerlo, pero no quiso escucharme; así que lo acompañé hasta el viejo edificio en el que se alojaba el hombre que había encargado el trabajo. Esperé fuera durante lo que me pareció una eternidad, hasta que lo vi salir llevando un bulto sobre el hombro. Lo seguí hasta el río donde se paró y lanzó lo que cargaba. Cuando se fue, me acerqué a la orilla, y allí estaba Tsurugi muerto.

—Y... ¿usted teme ser el próximo? —preguntó Nara.

—Exacto. Si ese asesino no quiere dejar cabos sueltos, tengo las horas contadas. Necesito desaparecer por un tiempo. Si usted me da algo de dinero, yo le doy la dirección.

Sasuke sacó unas monedas y las colocó frente a Michael, quien las recogió con evidente codicia.

—La dirección y un nombre —ordenó Sasuke.

Y Michael les dio aquello que tanto esperaban.

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El viejo edificio quedaba a pocas cuadras de la taberna, un bajofondo ideal para que se escondieran los maleantes de toda clase y calaña. Se trataba de una posada muy poco recomendable, y el nombre del maldito que había golpeado a Sakura era Mizuki Hōzuki. ¿Cómo era posible si se suponía que había muerto en un naufragio?

Si realmente era él, iba a desear haber muerto en ese barco. Después de enterarse de lo que le había hecho a su mujer mientras había estado recluida en París, muchas veces había soñado con él, en la ocasión en que pudiera tenerlo a su merced, suplicando por su vida. Pero después de lo de esa noche ni siquiera le dejaría eso.

Detenido allí observaba la guarida de Mizuki y fue consciente de que sólo una carretera maltrecha lo separaba de su objetivo. Sin embargo, pareció pasar toda una vida desde que cruzó la calle hasta que subió los peldaños que daban a la entrada.

Nara había vuelto con Sakura y Temari, porque, aunque la casa estaba bien vigilada, se sentía más tranquilo sabiendo que uno de ellos estaba allí. ¡Dios sabía cuál sería el siguiente paso de ese loco!

Naruto y él subieron las escaleras que conducían a la habitación. Sasuke le hizo señas a su amigo para que esperara fuera. Naruto, aunque a disgusto, asintió en silencio. Sasuke giró el picaporte y entreabrió la puerta. La habitación estaba en penumbras, y lo único que los separaba de la oscuridad total era la luna llena que, en todo su cénit y libre de nubes, iluminaba parcialmente la habitación y dejaba ver lo que se ocultaba en ella. A pesar de ello, Sasuke la cruzó con cuidado.

—Aquí no hay nadie, sólo papeles y documentos. Me temo que están en francés, así que es mejor que los revises tú —le dijo a Naruto mientras encendía una vela que había encima de una vieja mesa, ubicada debajo de la ventana.

Una vez que la habitación se iluminó lo suficiente, giró sobre sí para tener una visión completa. Varias prendas dobladas encima de una silla, un camastro en el rincón bajo un espejo roto y una bolsa de color marrón componían todo lo que había. No era lo que se decía un lugar acogedor.

—¿Naruto? Entra.

Al ver que su amigo no contestaba se acercó a la puerta.

—¿Pero que estás...?

—Naruto no puede entrar. Digamos que se siente momentáneamente indispuesto.

Sasuke se detuvo a escasos pasos de la entrada. Allí estaba Mizuki, de carne y hueso, con una sonrisa en los labios y una pistola en la mano derecha.

—¿Qué le ha hecho?

—No se preocupe. No está muerto, por ahora.

Sasuke sopesó la situación y no era nada alentadora para él. Había guardado su arma al encontrar la habitación despejada y, en ese momento, le era imposible volver a atraparla, porque cualquier movimiento que realizara en falso sería su sentencia de muerte. Tenía que pensar en algo; y rápido. En un intento por ganar tiempo, interrogó a Mizuki.

—¿Cómo consiguió sobrevivir?

Una sonrisa maliciosa se extendió por los labios de aquella sabandija.

—Increíble, ¿verdad? Fue un infierno —le dijo entre dientes—. Se produjo un incendio cuando todos dormían. Tenía que haber visto el barco en llamas, mientras la gente gritaba de horror, corriendo para salvar la vida. Hubo una explosión de la que yo llevo visibles marcas —le dijo y señaló su cara y la mano—. Las considero una inversión. Yo desaté el incendio para deshacerme de Lavillée, pero se me fue de las manos. Quería que llegara a él primero y que me fuera fácil escapar. Sin embargo, las cosas no siempre resultan como uno las espera. El barco no tardó en hundirse en las frías aguas. Aún puedo escuchar el chapoteo de algunos que creyeron poder sobrevivir. Yo me sostuve de un trozo de madera, aunque sabía que todo lo que hiciera sería inútil. Sin embargo, intenté postergar, lo máximo que pude, la hora de mi muerte. Créame, no sabe lo testarudos que podemos llegar a ser aun sabiendo que no tenemos salida. Es el instinto animal que llevamos dentro, y nos impulsa a no rendirnos. No recuerdo nada más. Sólo sé que después, desperté en un barco pesquero. Era el único sobreviviente. Un milagro irónico, si así le parece.

—¿Y qué quiere? —preguntó Sasuke mientras, poco a poco, casi de manera imperceptible, se acercaba a la mesa.

—¿Que qué quiero? Vamos, Uchiha; creía que usted era más inteligente. ¡Quiero lo que es mío! ¿Me escucha? Sakura y todo su dinero eran míos y ¿qué descubro cuando vuelvo? Que todo ha desaparecido. Esa zorra me arrebató lo que me pertenecía. Ella debía ser mi esposa, mi esclava, y no la suya. He pasado por muchas cosas para lograr casarme con ella y apoderarme de su fortuna. Y ahora que está tan cerca, usted no podrá impedírmelo.

Mizuki apuntó directamente al corazón, dispuesto a dar el paso final.

Con un sólo movimiento, rápido como el viento, Sasuke apagó la vela y dejó la habitación prácticamente a oscuras.

Un disparo seguido de un fogonazo se escuchó en el silencio de la noche.

Sasuke se tiró a un lado y esquivó el tiro mortal y, antes de pensarlo dos veces, saltó como un rayo encima de Mizuki y le impidió que le disparara de nuevo.

El forcejeo entre ambos no duró mucho, porque Sasuke, cegado por la furia, parecía dotado de una fuerza sobrenatural. Se desató la ira que había estado conteniendo y lo golpeó sin piedad, una y otra vez, hasta que la cara de Mizuki empezó a deformarse por los golpes.

—¡Sasuke! ¡Basta! ¡Detente!

Naruto lo tomó por los hombros y lo sacó del trance en el que se había sumido. La habitación estaba iluminada otra vez. En algún momento, Naruto había vuelto a encender la vela.

—¡Naruto, suéltame! —le dijo, ya en sí.

—Tranquilo. Ya lo tenemos. Ese malnacido pagará por lo que ha hecho.

Sasuke se fue relajando mientras veía cómo su amigo se palpaba, repetidamente, la parte de atrás de la cabeza.

—Me dio un golpe que me dejó inconsciente. —Hizo una pausa—. ¡Cuidado! ¡Sasuke!

Naruto gritó su nombre en el mismo instante en que vio sacar a Mizuki un cuchillo de la manga de su chaqueta.

Sasuke lo esquivó, sacó su pistola y, con un certero disparo, atravesó el negro corazón de Mizuki Hōzuki.

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Sakura abrió, muy despacio, los ojos. Sentía los párpados pesados, como si sobre ellos le hubiesen colocado sacos de arena.

La habitación en penumbras estaba caldeada por el fuego que crepitaba en el hogar. Intentó girar la cabeza, pero un ramalazo de dolor la recorrió de arriba abajo.
Soltó un quejido, cerró los ojos y apretó los dientes, en un vano intento por calmarlo.

—Shh, tranquila.

—¿Sasuke? —preguntó ansiosa de que aquello fuera cierto y no parte de un sueño.

—Sí, mi amor. Aquí estoy.

Sintió cómo el colchón cedía ante el peso de su marido que, con mucho cuidado, se sentaba a su lado. Abrió de nuevo los ojos y pudo comprobar en ellos cierta preocupación, aunque también algo más, algo que había aprendido a reconocer: amor.

—Sasuke, fue Mizuki —le dijo al recordar que no le había dicho quién la había atacado, por temer que la vida de Sasuke también estuviera en peligro—. Debes tener cuidado —continuó no sin esfuerzo.

Tenía la boca y la garganta secas.

—Lo sé, y no debes preocuparte más por él.

Sakura sintió un escalofrío.

—¿Qué ha pasado?

—Nada que deba inquietarte. Fui a buscarlo. Se alojaba en una vieja posada junto a los muelles.

Sakura lo miró con toda su expresión y lo animó a que contara el resto.

—Fue en defensa propia, si eso es lo que te preocupa. No negaré que deseaba matarlo por lo que te había hecho, y si Naruto no me hubiese detenido, probablemente es lo que hubiese ocurrido, pero me detuve. Luego, él sacó un cuchillo, y tuve que dispararle.

—¡Oh, Sasuke, Dios mío, abrázame!

Sasuke la estrechó entre sus brazos con sumo cuidado y amortiguó, contra su pecho, los sollozos descontrolados de su mujer.

—Ya todo ha acabado, cálmate. Shh, mi amor, mi vida.

Sakura sentía que Dios la había bendecido por segunda vez. Sasuke estaba a salvo, y su hijo también. Ella sabía que así era. En ese instante, en el que tenía a su marido de nuevo a su lado, abrazándola, después todo lo que podría haber pasado, dejar de llorar le era imposible.

Podría haber muerto y, sin embargo, allí estaba con Sasuke, el hombre más maravilloso del mundo, que le había hecho el mejor de los regalos: su amor incondicional. Con él sentía que la vida tenía sentido. La había hecho olvidar los años de soledad y de dolor que la habían acompañado desde que había partido hacia París. La había hecho sentirse deseada, amada y protegida. A su lado, era como si nada malo pudiese ocurrirle.

Cuando Hōzuki la había atacado en la fiesta de compromiso de Temari, había pensado, en un primer momento, que su fin llegaba. Pero el recuerdo de Sasuke le había dado la calma y la fuerza necesarias para rebelarse ante su destino. Le había salvado la vida.

—Te amo, Sasuke, más que a nada en este mundo.

Él se acostó junto a ella, la tomó de nuevo en sus brazos y acomodó la cabeza de Sakura sobre su hombro.

—Yo también te amo, mi vida. Hasta que tú llegaste estaba a oscuras. Despertaste mi corazón y desenterraste mi alma. Eres todo para mí. Nuestro hijo será el niño más afortunado del mundo, porque te tendrá a ti como madre.

Sakura sonrió con el corazón oprimido ante la emoción que sus palabras le habían causado. Con la mano de Sasuke sobre su vientre, sintió que no podría ser más feliz.