Primera parte Chicago


1.-Espejo


Viernes, 6 de octubre

La llamada que cambió el curso de la vida de Hinata Hyuga llegó la noche de un viernes sin nada de particular, que no difería significativamente de las otras noches de viernes sin nada de particular de su excesivamente predecible existencia, que y ése era uno de los temas sobre los que Hinata prefería no hablar se caracterizaba por no tener nada de particular.

Sentada en la escalera de incendios junto a la ventana de la cocina de su apartamento, en el tercer piso del 222 de Elizabeth Street, Hinata disfrutaba de un anochecer más cálido de lo habitual en otoño.

Estiraba el cuello hacia la esquina del edificio de piedra rojiza sin molestarse en disimular que había salido a fisgar y observaba a toda la gente que, a diferencia de ella, tenía tiempo para vivir su vida hablaba y reía en la acera ante el club nocturno que había al otro de la calle.

Ya hacía unos minutos que no podía apartar la vista de una pelirroja piernilarga y su novio, un guaperas con tejanos y camiseta blanca de pelo oscuro, piel bronceada y montones de músculos. El guaperas hizo retroceder a la pelirroja hacia la pared y en cuanto la tuvo atrapada allí, le levantó las manos por encima de la cabeza y la besó como si el mundo fuera a acabarse ese día, con todo su magnífico cuerpo concentrado en la labor. (¡Y menudo ajetreo de caderas! El guaperas se restregaba contra su chica con tanto entusiasmo que era como verlos hacer el amor en plena calle.)

Hinata tragó aire.

Dios, ¿la puede besado así alguna vez a ella? ¿Como si el hombre estaba impaciente por penetrarla? ¿Como si quisiese devorarla, tan lleno de deseo que no pararía hasta habérsele metido en la piel?

La pelirroja apartó las manos de la pared para posarlas sobre el trasero del guaperas, y Hinata apretó los puños cuando la vio curvar los dedos sobre aquellas nalgas tan musculosas.

Cuando las manos del guaperas subieron hacia los pechos de la pelirroja y empezaron a apretarle los pezones con los pulgares, Hinata sintió endurecerse los suyos como dos pequeñas perlas. Casi podía imaginar que era ella quien estaba besando aquel pedazo de hombre, que era ella la que estaba a punto de ahogarse en un mar de tórrida pasión animal.

«¿Por qué no puedo tener esa clase de vida?», Pensó.

«Claro que puedes tenerla le recordó una vocecita interior, pero antes tienes que sacarte el doctorado.»

El recordatorio distó mucho de ser tan efectivo como cuando acababa de matricularse en la universidad. Hinata estaba harta de dedicar la mitad de su existencia a la facultad, de tener que hacer equilibrios para llegar a fin de mes, de correr constantemente de sus clases a su agotadora jornada laboral como ayudante del profesor Danzo y luego correr a casa para ponerse a estudiar de nuevo o, si realmente tenía uno de sus raros días de suerte, para permitir cuatro o cinco horas de sueño antes de levantarse de la cama y volver a empezar.

Su horario estaba tan rígidamente organizado y exigía tanto de ella que no le quedaba tiempo para llevar a cabo una vida social. Eso siempre había sido un problema, y Hinata lo llevaba peor que nunca. Había parejas dondequiera que eran y todas estaban muy pendientes de mostrarle al mundo que eran una pareja, y parecían pasárselo maravillosamente bien mientras lo hacían.

Pero Hinata no.

En su vida simplemente no había tiempo que dedicar a una pareja. Hinata no era una de esas afortunadas que pueden pasar por la universidad con todos los gastos pagados. Ella tenía que ahorrar, hacer toda clase de economías, y asegurar de sacar el mayor provecho a cada centavo y cada momento. No sólo tenía que hacer frente al programa académico ya una larga jornada laboral, sino que además daba clases. Eso apenas le dejaba tiempo para comer, ducharse y dormir.

En las infrecuentes ocasiones en que intentaba salir con alguien, sus hombres enseguida se hartaban de que ella pudiera verlos tan poco a menudo y eso, combinado con lo muy abajo que parecían estar en su lista de prioridades y lo poco dispuesta que se mostraba a acostarse con ellos nada más conocerlos (la mayoría de los universitarios parecían convencidos de que si a la tercera cita aún no obtuvo anotarse el tanto, debería ser porque una chica le pasaba algo raro con los hombres), hacía que no tardaran en buscar pastos más verdes.

Aun así, pronto todo habría valido la pena. Por mucho que algunas personas pensaran que llegar a ser arqueóloga y dedicar el resto de tu vida a jugar con cosas viejas, llenas de polvo oa menudo muertas, no era una perspectiva particularmente emocionante (o al menos eso pensaba su madre, quien detestaba la especialidad académica que había elegido y no entendía por qué su hija no estaba felizmente casada y traía al mundo un bebé tras otro como hacían sus hermanas), Hinata no podía imaginar una carrera más apasionante. Quizá no encabeza la lista de sueños de otras personas, pero ocupaba el primer lugar en la suya.

Doctora Hinata Hyuga. Estaba tan cerca que casi podía tocarlo con las puntas de los dedos. Otro año y medio y habría terminado de preparar el doctorado.

Entonces saldría con todos los hombres que se le pusieran a tiro, y se apresuraría a recuperar todo el tiempo perdido. Pero hasta entonces, no había trabajado tan duro y contraído tantas deudas para cepillarse a lo primero que encontrara sólo porque su sistema hormonal se emperrase en hacer horas extras.

Dentro de unos años, se consoló Hinata sin apartar la mirada de la concurrida calle, los que ahora iban a ese club probablemente seguirían yendo a él, sin que sus vidas hubieran cambiado gran cosa, mientras que ella viajaría a lugares lejanos para desenterrar restos del pasado y vivir grandes aventuras.

Y a lo mejor el Señor Apropiado la estaría esperando en alguno de esos futuros yacimientos arqueológicos. Siempre cabía la posibilidad de que le hubiese tocado en suerte la clase de vida que lleva retraso en el plan de vuelo, y ahora tendría que armarse de paciencia mientras veía despegar a los demás antes de que llegase su turno.

Madre de Dios, el guaperas acababa de meter la mano en los pantalones de la pelirroja. Y ella acababa de ponerle la mano encima de la… ¡Oh, allí donde Dios y el mundo entero podían verlos!

Más allá de la ventana, en algún lugar de aquel apartamento tan pequeño y lleno de cosas al que no le iría mal que bajaran la basura y una buena limpieza a fondo, el teléfono empezó a sonar. Hinata puso los ojos en blanco. La mundanalidad de su existencia siempre sabía elegir los momentos menos apropiados para entrometerse.

Ring. Ring.

Hinata se zampó una última ración ocular de aquella descarada exhibición de sexo en la acera, y luego se encaramó de mala gana al repecho de la ventana de la cocina para entrar en el apartamento. Sacudió la cabeza en un vano intento por despejar la mente y luego bajó la persiana. Ojos que no ven, corazón que no siente. O al menos no mucho, en todo caso.

Riiing.

¿Dónde estaría ese dichoso teléfono?

Finalmente lo localizó en el sofá, casi enterrado bajo un montón de cojines, envoltorios de caramelos y una caja de pizza que contenía –puaj— algo erizado de pelitos que relucían con un verdor fosforescente. Mientras apartaba con cautela la caja, Hinata titubeó y su mano quedó suspendida en el aire sobre el teléfono.

Por un instante, el más breve y peculiar de los interludios, Hinata experimentó la inexplicable pero muy intensa sensación de que no debería cogerlo.

Que debería dejarlo en el sofá para que sonara y sonara. Quizá durante todo el fin de semana.

Más tarde, se acordaría de aquella sensación.

El tiempo pareció detener su curso durante aquella extraña porción de segundos preñadas de significado, y Hinata sintió que el universo contenía la respiración a la espera de ver qué sería lo próximo que hiciese ella.

La idea era tan ridícula y egocéntrica que arrugó la nariz sólo de pensarlo. Como si el universo hubiese reparado alguna vez en Hinata Hyuga.

Cogió el teléfono.

Obito Trevayne iba y venía ante el fuego que ardía en la chimenea.

Cuando empleaba el sortilegio de un hechicero para ocultar su verdadera apariencia —cosa que hacia siempre que había alguien presente—, Obito era alto, apuesto, de constitución aún muy robusta a los cuarenta y pocos años que aparentaba, y su abundante cabellera negra tan sólo mostraba un poco de plata en las sienes. Era el tipo de hombre que hacia que las mujeres volvieran la cabeza para mirarlo, y los hombres retrocedieran instintivamente para cederle el paso.

Su porte decía una cosa: « ¿Poder? Yo lo tengo, y tú no. y si piensas lo contrario, ponme a prueba.» Sus rasgos eran puro Viejo Mundo, y sus ojos negros eran tan fríos como las aguas de un lago escocés bajo un cielo de tormenta. Su verdadera apariencia era mucho menos atractiva.

Obito había acumulado una tremenda cantidad de riqueza y poder en el curso de su existencia, que había sido considerablemente más larga que la de la mayoría de los humanos. Tenía participaciones mayoritarias en muchas empresas de distinta naturaleza, desde bancos hasta medios de comunicación y compañías petrolíferas.

Poseía residencias en una docena de ciudades. Tenía a su servicio a un selecto grupo de hombres que habían sido sometidos a un adiestramiento muy peculiar, así como a unas cuantas mujeres a las que recurría de vez en cuando para sus asuntos más privados.

A su izquierda, sentado en un gran sillón, uno de aquellos hombres permanecía inmóvil en una tensa espera.

—Esto es absurdo, Deidara —gruñó Obito.— ¿Por qué diablos estáis tardando tanto?

Deidara se removió en su sillón, a la defensiva. Con sus facciones tan clásicamente apuestas como las de una moneda antigua y su pelo largo y rubio, verlo era como contemplar a una estatua de la Roma clásica que hubiera cobrado vida.

—Tengo a varios hombres trabajando en ello, señor Trevayne—Dijo, con la sombra de un acento ruso.— Los mejores hombres de que disponemos. El problema es que han seguido una docena de direcciones distintas. Las vendieron en el mercado negro. Nadie tiene nombres. Hará falta tiempo...

—El tiempo es algo de lo que no dispongo —lo interrumpió Obito con aspereza—. Cada hora, cada momento que pasa, hace menos probable que se las llegue a recuperar. Esas malditas cosas deben ser encontradas.

«Esas malditas cosas» eran las Consagraciones Oscuras o «Invisibles» de los Tuatha dé danaan, artefactos dotados de un inmenso poder creados por una antigua civilización que había pasado a figurar, siglos antes y de manera completamente errónea, en los libros de historia del hombre como una raza mítica: los daoine sidhe o fae.

Obito creyó que no podía haber un sitio mejor donde guardar sus tesoros que la bien custodiada residencia privada que tenía en Londres.

Estaba equivocado. Terriblemente equivocado.

No estaba seguro de qué fue lo que sucedió exactamente hacía unos meses, mientras él estaba fuera del país siguiendo una pista que esperaba pudiera llevarlo hasta el Libro Negro, la última y más poderosa de las cuatro Consagraciones Invisibles, pero en algún lugar de Londres —y su epicentro tuvo que estar en el este de la ciudad, porque Obito aún podía sentir los últimos residuos de poder— había ocurrido algo que reverberó a través de toda Inglaterra. Un poder inmenso y muy antiguo había aflorado por un breve período de tiempo, y sus descomunales emanaciones neutralizaron todas las otras clases de magia en la Gran Bretaña.

Este hecho hubiera carecido de importancia para Obito, pues lo que quiera que fuera aquello volvió a esfumarse tan deprisa como había llegado, de no ser porque su repentina apareció había hecho añicos las formidables, supuestamente inatacable s, defendas que protegían sus posesiones más preciadas. Las protegían tan bien que la idea de complementarielas con algún sistema moderno de seguridad siempre le había parecido risible.

Ahora ya no le parecía tan risible.

Se había apresurado a hacer instalar el sistema más avanzado disponible de la actualidad, con cámaras que barrían todos los ángulos en cada una de las habitaciones, porque mientras él estaba fuera del país, un ladrón había irrumpido en el museo privado de su residencia y robado artefactos que Obito tenía en su poder desde hace siglos, entre ellos sus insustituibles Consagraciones: la caja, el amuleto y el espejo.

Por suerte unos vecinos vieron al ladrón mientras se marchaba con su botín. Desgraciadamente, cuando el personal cuidadosa mente seleccionado por Obito consiguió identificar al bastardo y seguirle el rastro, éste ya le había vendido los artefactos al primero de una larga serie de escurridizos intermediarios.

Artefactos como aquéllos, de una naturaleza tan fabulosa y cuya procedencia no podía ser localizada, inevitablemente terminaban en uno de dos lugares: en manos de las autoridades de algún país después de que se los hubiera interceptado en tránsito, o vendidos en el mercado negro por una pequeña fracción de su valor antes de desaparecer, a veces durante centenares de años, hasta que se volviese a oír hablar de ellos en algún vago rumor. Pudieron obtener unos cuantos nombres que, además, obviamente eran falsos del ladrón antes de que muriese. Los hombres de Obito llevaban meses siguiendo un rastro que había sido deliberada y astutamente enturbiado. Y el tiempo empezaba a ser vital.

- ... aunque hemos recuperado tres de los manuscritos y una de las espadas, no hemos podido averiguar nada acerca de la caja o el amuleto. Pero parece que quizá tengamos una buena pista acerca del espejo —estaba diciendo Deidara.

Obito se envaró. El espejo. El Cristal Oscuro era la única Consagración que necesita con urgencia. ¡De todos los años en que pudieron haberlo robado, había tenido que ser precisamente en éste, cuando había que pagar el diezmo! Las otras Consagraciones Oscuras podían esperar un poco más, si bien no mucho: eran demasiado peligrosas para que anduvieran sueltas por el mundo.

Cada Consagración confería a su poseedor un don a cambio de un precio, siempre que el poseedor contara con el conocimiento y el poder necesarios para utilizarla. El Don Oscuro del espejo era la inmortalidad, siempre que su poseedor cumpliera las condiciones impuestas por el espejo. Obito llevaba más de mil años cumpliéndolas. Y no tenía ninguna intención de dejar de hacerlo.

—Un envío que se rumoreó podría corresponder a lo que andamos buscando salió de Inglaterra con rumbo a Estados Unidos a través de Irlanda hace unos días. Creemos que irá a parar a alguna universidad de Chicago, a una ...

—¿Y entonces qué haces sentado aquí, joder? Oferta Obito fríamente—. Si cuentas con una pista sobre el espejo, la que sea, quiero que la sigas personalmente. Ya. Tenía que recuperar el espejo antes del Samhain. O de lo contrario ...

Ese «o de lo contrario» era una eventualidad en la que Obito se negaba a pensar. El espejo se encontró, el diezmo sería pagado: una pequeña cantidad en oro puro pasaba a través del espejo cada cien años; según la forma de medir el tiempo que usaban los Antiguos, lo que equivalía a más de un siglo de acuerdo con la cronología moderna, exactamente a medianoche de la festividad de Samhain, o Halloween, como la llamaba el siglo actual. El diezmo debe pagarse en un plazo de veintiséis días, al cabo de los cuales el espejo volvería a estar en poder de Obito ... o El Pacto que obligaba a su cautivo quedaría roto.

Mientras el hombre rubio recogía su abrigo y sus guantes, Obito reiteró su position en lo que concernía a las Consagraciones Oscuras.

—Nada de testigos, Deidara. Cualquier persona que llegue, aunque sólo sea a vislumbrar una de las Consagraciones ...

Deidara inclinó la cabeza en silenciosa aquiescencia.

Obito no dijo nada más. No hacía falta. Deidara sabía cómo le gustaba a él que llevaran sus asuntos, al igual que lo sabían todos los que trabajaban a su servicio y aún estaban vivos.

Pasado un rato, poco después de medianoche, Hinata volvía al campus por tercera vez aquel día, al ala sur del Departamento de Arqueología. Abrió la puerta del despacho del profesor Danzo con su llave.

Se preguntó irónicamente por qué se había molestado en irse de allí. Dado su horario de trabajo, más le valdría llevar a cabo un catre a ese viejo trastero, al final del pasillo, para dejar entre todas aquellas fregonas, escobas y cubos que llevaban años sin usar. Así no sólo conseguiría dormir más, sino que ahorraría en gasolina.

Cuando el profesor Danzo la llamó desde el hospital para contarle que había tenido «una colisión sin importancia» mientras volvía al campus en su coche - «unas cuantas fracturas y contusiones sin importancia, nada por lo que haya que preocuparse», se apresuró a asegurar -, lo primero que pensó Hinata fue que el profesor iba a pedirle que se hiciera cargo de sus clases durante los próximos días (lo que significaría que su ventana de sueño quedaría reducida de sólo cuatro o cinco horas a un enorme cero), pero su jefe la informó de que ya había llamado a Hidan Troudeau y acordado que él se encargaría de las clases hasta su regreso. «Pero tengo que pedirle un pequeño favor, Hinata. Estoy esperando un paquete. Tenía que recibirlo en mi despacho a primera hora de la noche », le había explicado el profesor, con aquella voz tan profunda suya, que,

Hinata adoraba esa forma de hablar tan musical. Soñaba con el día en que pudiera oírla de labios de todos los parroquianos de un pub mientras daba buena cuenta de un estofado irlandés, una gran rebanada de pan de centeno y una Guinness con la cantidad justa de espuma. Después, naturalmente, de pasar un día entero en el Museo Nacional de Irlanda contemplando con ojos llenos de deleite tesoros tan fabulosos como el broche de Tara, el cáliz de Ardagh y la colección dorada Broighter.

Con el teléfono apretado entre la oreja y el hombro, Hinata miró su reloj y el día luminoso le indicó que pasaban diez minutos de las diez.

—¿Qué clase de paquete es ése para que lo entreguen a una hora tan tardía? - se preguntó Hinata.

—Oh, tú no te preocupes por eso. Firma el acuse de recibo, cierra con llave y vete a casa. Es todo lo que necesito que hagas.

—Claro, profesor, pero ¿Qué ...?

—Tú firma, cierra con llave y olvídate del asunto. —Una pausa, un silencio muy significativo, y luego: - No hay razón para que se lo menciones a nadie. Es un asunto personal. No tiene nada que ver con la universidad.

Hinata parpadeó, un poco sorprendida; nunca había oído ese tono en la voz del profesor. Las palabras han sido articuladas con una extraña precisión, y sonaron un poco a la defensiva, casi ..., bueno, como si el profesor tuviera algo que ocultar.

—Pierda cuidado, que yo me encargaré de todo. Usted descanse, profesor. No se preocupe por nada— se apresuró a tranquilizarlo, tras llegar a la conclusión de que el pobrecito tenía que estar un poco alterado por los calmantes que le estarían dando en el hospital. Hinata aún se acordaba de la vez que tomó Tylenol con codeína, y luego tardó horas en dejar de sentirse irritable y tener picores por todo el cuerpo. Con todas esas contusiones múltiples, estaba segura de que al profesor le habrían dado algo más fuerte que un poco de Tyleno.

Se detuvo bajo los fluorescentes que zumbaban suavemente en el techo del pasillo de la universidad y se frotó los ojos al tiempo que bostezaba aparatosamente. Estaba agotada. Se había levantado a las seis y cuarto porque tenía que dar una clase a las siete y veinte y para cuando consiguiera llegar a casa esa noche —bien, esa mañana —y volver a meterse en la cama, debería que hacer frente a otra jornada de veinticuatro horas. Una más.

Hinata hizo girar la llave en la cerradura, empujó la puerta del despacho, buscó a tientas el interruptor de la luz y lo accionó. Entró en el despacho del profesor e inhaló, saboreando la mezcla de olor a libros, cuero y pulimento para madera que flotaba en el aire junto con el aroma del tabaco de pipa favorito del profesor. Algún día ella también debería su propio despacho, y se parecería mucho a ése.

La espaciosa habitación tenía estanterías que iban desde el suelo hasta el techo y unos grandes ventanales que, durante el día, bañaban de sol una antigua alfombra tejida con una intrincada urdimbre de hebras rojas, marrones y ámbar. El mobiliario de teca y caoba era ceremoniosamente masculino: un majestuoso escritorio en las patas terminaban en forma de garras; un suntuoso sofá de cuero Chesterfield en un color grano de café intensamente tostado; dos sillones a conjunto.

Había numerosos aparadores de cristal para curiosidades y unas cuantas mesas auxiliares con las réplicas más valoradas por el profesor. La reproducción de una lámpara Tiffany completaba su escritorio. El ordenador, con su pantalla plana de veintiuna pulgadas, era lo único que parecía fuera de lugar en aquel ambiente. Bastaría con quitarlo, y Hinata pudo estar en la biblioteca de una casa de campo inglesa del siglo XIX.

—Aquí dentro funciona a los repartidores por encima del hombro. El envío no resultó ser exactamente lo que ella esperaba. Por el modo en que el profesor le habló de él, Hinata se había imaginado un sobre muy grueso, quizás un pequeño paquete.

Pero en realidad se trataba de una caja de madera enorme. Era alta, ancha, aproximadamente del tamaño de un ..., bueno, de un sarcófago o algo por el estilo, y acarrear aquella mole a través de los corredores de la universidad no estaba resultando nada fácil.

—Con cuidado, hombre. ¡Inclínalo! ¡Inclínalo! ¡Sí! Que me aplastas el dedo.

—¡Retrocede un poco y ponlo en ángulo!

Una disculpa con voz ahogada. Más gruñidos.

—Esta maldita cosa se resiste horrores. El pasillo es demasiado estrecho. — Ya casi han llegado dijo Hinata a modo de ayuda—. Sólo un poquito más.

De hecho, unos instantes después los dos hombres se bajaban con cuidado de los hombros la caja oblonga y la depositaban sobre la alfombra.

—El profesor me dijo que que tendría que firmarles algo incluido Hinata, sin disimular su intento por darles prisa. Tenía por delante un día entero de trabajo y estudio mañana ..., ejem, hoy.

—Necesitamos algo más que eso, señora. Este envío no se puede dejar en destino hasta que haya sido verificado.

—¿Verificado? —Repitió Hinata—. ¿Y eso qué significa?

—Que este envío vale un montón de pasta, y la aseguradora con la que contrató su póliza el transportista necesita disponer de una verificación visual y una condonación de responsabilidades. ¿Ve? Aquí lo pone. - El repartidor más corpulento le alargó una tablilla para sujetar papeles en la que había unas cuantas hojas. A mí me da igual quién lo haga, señora, con tal de que alguien me quite de encima de los formularios.

Así era, porque en la hoja de envío estaba estampado en grandes letras rojas VERIFICACIÓN VISUAL Y REQUIERE CONDONACIÓN , Y luego había dos páginas de pedante y pomposa jerga legal con toda una serie de términos y definiciones que detallaban los derechos de la naviera y el comprador .

Hinata se pasó la mano por sus cabellos oscuros y suspiró. Al profesor no iba a gustarle nada todo aquello. Había dicho que era algo personal.

—¿Y si no dejo que abran el envío y lo inspeccionen?

—Entonces volverá al sitio del que ha venido, señora. Y le aseguro que el transportista se cabreará muchísimo.

—Sí.— dijo el otro hombre.— Asegurar esa cosa ha costado un riñón y parte del otro. Si hay que devolverla, su profesor tendrá que correr con los gastos del viaje de vuelta. Él también se cabreará muchísimo.

Los dos repartidores se quedaron mirándola con expresión desafiante, remisos a echarse al hombro por segunda vez aquella caja tan difícil de maniobrar, llevarla por el pasillo, meterla en la camioneta y devolverla al almacén, para luego volver a hacer la entrega pasado un tiempo. Ni siquiera le hablado a sus pechos, algo que los hombres solían hacer, sobre todo en primer encuentro, lo que le dejó muy claro que estaban impacientes por librarse de aquella carga y reanudar sus vidas.

Hinata miró el teléfono. Luego miró su reloj.

No sabía el número de la habitación del profesor y sospechaba que si llamaba a la centralita del hospital nunca le pasarían con él a esas horas. Aunque el profesor había insistido en que no tenía nada grave, Hinata sabía que los médicos no lo habrían ingresado si las lesiones no hubiesen sido bastante serias. Los hospitales de hoy en día daban las altas al mismo ritmo que los ingresos.

¿Se preocuparía más el profesor si ella abría la caja, o si rechazaba la entrega y luego le costaba una fortuna tener que cargar con los costes de volver a transportarla?

Hinata suspiró de nuevo, tan temerosa de open the caja como de no hacerlo.

Al final fue la universitaria que nunca tuvo un centavo la que se encargó de tomar la decisión.

—Perfecto. Pues entonces hagámoslo. Abran la caja.

Veinte minutos después, los repartidores habían puesto a buen recaudo la firma recelosamente garabateada por Hinata y se habían marchado, llevándose consigo los restos de la caja.

Y ahora Hinata, de pie ante el objeto, lo contemplaba con curiosidad. No era un sarcófago después de todo. De hecho, la mayor parte del contenido de la caja resultó ser un relleno protector acompañado de una gran cantidad de envoltorio.

Los repartidores rebuscaron entre capas y más capas de relleno mezclado hasta extraer un espejo y, después de preguntarle a Hinata dónde quería que lo pusieran, fueron hacia las estanterías y lo dejaron apoyado en ellas.

Treinta centímetros más alto que Hinata, el marco del espejo relucía con suaves destellos dorados. Formas y símbolos tallados de tal uniformidad y cohesión que parecían implicar un sistema de escritura cubrían hasta el último centímetro de aquel gran adorno. Hinata entornó los ojos y se puso a examinar las tallas, pero su especialidad no era la lingüística, y los símbolos no se correspondían con nada que, sin rebuscar en libros o anotaciones, pudiera identificar como una letra, palabra o glifo.

Dentro del aparatoso marco dorado, los bordes exteriores del cristal plateado se hallaban enturbiados por lo que parecía ser alguna clase de nebulosa mancha negra, pero aparte de eso, el espejo era asombrosamente límpido. Hinata imaginó que en algún momento de su existencia se habría roto y sido sustituido, con lo que al final resultaría ser siglos más joven que el marco. Ningún espejo de la antigüedad había logrado alcanzar semejante nivel de claridad.

Aunque los espejos artificiales más antiguos descubiertos hasta el momento por los arqueólogos se remontaban al año 6200 a.c., no estaban hechos de cristal, sino de obsidiana pulida. Los primeros espejos de cristal de un tamaño realmente significativo —paneles de metro por metro y medio— no se hicieron hasta 1680 por el cristalero italiano Bernardo Perrotto para el Salón de los Espejos del palacio de Versalles, encargados por el extravagante Rey Sol, Luis XlV. Los excepcionales espejos de cristal de las dimensiones del que Hinata tenía delante —con sus impresionantes casi dos metros de altura— generalmente resultaban tener sólo unos cuantos cientos de años, en el mejor de los casos.

Habida cuenta de lo prístino que parecía el azogue de aquél, debía de tener menos de un siglo de antigüedad, y nadie había enloquecido o muerto al envenenarse lentamente por mercurio mientras lo hacía. Muchos sombrereros y fabricantes de espejos habían pagado con la vida su manera de ganarse el sustento, pero por suerte eso ya pertenecía al pasado.

Hinata volvió a entornar los ojos, pensativa, y sometió al espejo a un minucioso escrutinio. La arqueóloga que llevaba dentro se moría de ganas de conocer la procedencia de aquella pieza, y ya empezaba a preguntarse si el marco estaría datado con exactitud.

Frunció el entrecejo. ¿Para qué podía querer el profesor un espejo, en todo caso? Esa clase de objetos no se correspondían para nada con sus gustos habituales, decantados hacia las reproducciones de armas y relojes antiguos como el astrolabio alemán del siglo XVI que adornaba su escritorio. Y ¿cómo podía permitirse el profesor adquirir con su salario académico algo que valía «un montón de pasta»?

Hinata se sacó la llave del bolsillo de los tejanos y dio media vuelta para irse.

Había hecho lo que le había pedido el profesor. Ella ya había cumplido.

Apagó la luz y en el momento en que se disponía a salir por la puerta sintió un escalofrío. El vello de la nuca se le erizó de golpe con un súbito hormigueo, como si acabara de electrizarse. El corazón empezó a palpitarle frenéticamente, y tuvo la súbita y terrible certeza de que la estaban observando.

Del modo en que se observaba a una presa.

Con un estremecimiento, Hinata se volvió nuevamente hacia el espejo.

Tenuemente iluminado por la pálida claridad azulada del salva pantallas del ordenador, el artefacto presentaba un aspecto fantasmal. El dorado se había vuelto plateado; el azogue del espejo se había oscurecido y estaba poblado de sombras.

Y entonces algo se movió dentro de aquellas sombras.

Hinata tragó aire con una inspiración tan brusca que se atragantó y empezó a toser mientras manoteaba en busca del interruptor d la luz.

Un súbito torrente de claridad cayó del techo e inundó la habitación.

Hinata clavó la mirada en el cristal oblongo y se apretó la garganta con una mano al tiempo que tragaba convulsivamente.

Su reflejo le devolvió la mirada.

Pasado un instante, Hinata cerró los ojos. Luego los abrió de golpe. Volvió a mirar en el espejo.

Sólo se vio a sí misma.

Un escalofrío tras otro le subía por la espalda. El pulso le latía frenéticamente en el hueco del cuello bajo la palma de la mano. Hinata abrió mucho los ojos y recorrió la habitación con la mirada, entre nerviosa y asustada.

El despacho del profesor estaba exactamente como debía estar. Pasado un instante que se le hizo eterno, Hinata intentó reír. Pero lo que hubiese debido ser una carcajada se convirtió en un jadeo entrecortado que resonó por todo el despacho con un sinfín de eco desagradables, como si la cantidad de metros cuadrados disponible y el espacio realmente ocupado no coincidieran del todo.

—Hinata, se te han empezado a aflojar los tornillos —susurró. Estaba en el despacho del profesor, a solas con un espejo y su imaginación hiperactiva.

Hinata sacudió la cabeza, se volvió, apagó la luz y esta vez cerró la puerta enérgicamente y sin mirar atrás.

Cruzó el pasillo con rápidas zancadas, salió al aparcamiento di la parte de atrás y se encaminó hacia su coche, tan deprisa que dejó a su paso una estela de hojas rojas y doradas.

Cuanto mayor era la distancia que interponía entre ella y el edificio, más ridícula se sentía Hinata.

¿Cómo había llegado a asustarse de esa manera sólo porque era de noche y estaba sola en el campus?

Algún día trabajaría en alguna excavación arqueológica de cualquier rincón perdido del mundo, muy probablemente a altas horas de la noche y a veces sola. No podía permitirse esa clase de fantasías.

Había momentos, sin embargo, en los que la imaginación empezaba a hacerte de las suyas, sobre todo cuando tocabas un broche druida de hacía dos mil quinientos años o examinabas una espada fabulosa del período de La Tène. Ciertas reliquias del pasado pare contener pequeñas cantidades de energía, el residuo de las vidas llenas de pasiones de quienes las he tocado.

Aunque nunca nada ni remotamente parecido a lo que ella creyó ver hacía unos instantes.

—¿Qué diablos ha sido eso? —Masculló, al tiempo que sintió un último estremecimiento — .Dios, está claro que llevo el sexo metido en el cerebro.

Ver en acción al guaperas y su pelirroja hacía un rato parecía haberla profundamente. Eso, combinado con el agotamiento y la poca luz, decidió Hinata firmemente mientras abría la puerta de su coche y se sentaba al volante, tuvo que ser demasiado para su mente y, por un instante, le había hecho tener una especie de alucinación / fantasía con los ojos abiertos.

Porque por un instante había estado convencida de ver a un hombre medio desnudo un dios del sexo hecho hombre, a decir verdad, de pie en el despacho de Danzo, que le devolvía la mirada.

Se había dejado engañar por la luz, algún extraño juego de sombras, eso debía de ser.

Un hombre imponente, oscuramente bello y musculoso, que rezumaba poder. Y avidez. Y sexo. La clase de sexo del que nunca llegan a disfrutar las chicas buenas.

«¡Oh, cariño, necesitas encontrar novio!»

Aquel hombre la miraba como si ella era Caperucita Roja y él el gran lobo malo después de una larga temporada de ayuno.

Sí, no cabía duda de que se había dejado engañar por la luz. La miraba desde dentro del espejo.

En un lugar que no era un lugar, y aun así era lo bastante lugar para utilizarlo como fortaleza prisión de la que no podías fugar un lugar tan aterrador que un hombre corriente había enloquecido sólo con verlo, casi dos metros de Highlander del siglo IX se agitaron dentro de su jaula.

Un sonido bestial vibró en las profundidades de su garganta. Tal como pensaba: había olido a una mujer.

.

.

.


Continuará...