El calor.
Amaba el sentir del sol en mi hermosa y tostada piel. Era de las mejores sensaciones que había dejado en Jakku desde me mudé de ahí. Ahora en la playa, eran placenteras las sensaciones de bellos recuerdos de mi ciudad natal, agregando un toque de esa satisfacción el estar tendida en una cómoda silla de playa, con el dulce aroma de la brisa marina y el ligero toque del embriagador olor al alcohol que se aproximaba con la simpática señorita que atendía a los hospedantes.
- Señorita Rey, aquí tiene su bebida. - Algo ebria, le di las gracias con la mejor sonrisa que podía entregar en esos momentos. Le entregué la copa vacía y le dije, intentando hacer una muy mala cara de sobria, que me trajera otra más por favor.
Ya había perdido la cuenta cuántas copas llevaba, es más, ni siquiera sabía en qué momento había llegado a esa playa, y mucho menos cuando había tomado la decisión de darme unas no merecidas vacaciones en estas caóticas fechas.
Pero mi hora feliz empezó a terminar cuando el sonido ensordecedor parecido a una sirena empezó a desvanecer la bella imagen de la arena blanca y el mar.
Era mi alarma.
Ese maldito sonido me estaba sacando de uno de los mejores sueños que había tenido en semanas.
Me di mi tiempo para abrir mis aún pegados y cansados ojos por la horrenda jornada que me tocó ayer. Estábamos en vísperas de navidad, y en la tienda que trabajaba era un caos con los olvidadizos compradores.
Estiré mi brazo para apagar la bulliciosa alarma de mi celular, despertando de paso a BB8 que dormía a mi lado. Ya con los ojos un poco más abierto pude visualizar la hora que marcaba mi teléfono y se me quitó toda la pereza que tenía encima. Mis calentitas mantas que me cubrían del nevado clima de Coruscant volaron de mi cama junto con mi pobre gato.
Solo faltaban diez minutos para comenzar mi turno. Demonios, debía correr a mi trabajo.
No era de la costumbre de darme duchas por las noches, pero en estas fechas lo ameritaba, aún con el frio clima de la ciudad, pues la tienda me hacía sudar con todas las vueltas que tenía que dar para satisfacer los deseos de los clientes. Por lo menos no molestaría con malos olores a la gente por mi atraso.
Sólo me tomó cinco minutos alistarme con lo primero que encontré en el armario. Mi departamento era un total caos, no había podido ordenar ningún día por los turnos intensivos donde Maz. Esquivé todo lo tirado en el piso mientras dejaba todo preparado para BB8, agarré mis llaves de la mesa de la cocina, mi celular y volé de ahí.
No sin antes de despedirme con una caricia a mi peludo hijo.
Bajé tan rápido por las escaleras de emergencia como me dieron las piernas con una increíble coordinación. Ni siquiera había tiempo para tropezarme ahora.
- ¡Señorita Rey!, otra vez tarde- me gritó animado el conserje esperándome con la puerta abierta para que saliera sin contratiempos.
Era un amor el Señor Lando conmigo, cuando escuchaba mi estrepitoso bajar por las escaleras el saltaba de su asiento para abrirme la puerta, para que no me detuviera en ningún momento para correr a mi trabajo. - ¡Gracias Señor Lando, se lo compensaré pronto! – le grité mientras me alejaba del edificio.
Vivía a unas siete cuadras del local de Maz, un negocio de artículos de figura de caricaturas, famosos juegos e historietas. Realmente la dueña era una verdadera aficionada, una mujer de su edad interesada en cosas como esas era como encontrar una mina de oro.
En la tienda compartía labores con otra chica, Rose Tico, llevaba algunos años más que yo ahí. Ella fue la que me dio todos los tips e indicaciones de cómo funcionaba todo, ya que la jefa solo estaba en las mañanas para verificar si llegábamos a la hora, y se quedaba algunos unos minutos extra los días que llegaba la mercadería.
Se que no era para morirse entrar un día atrasada, pero ya era la décima vez en este mes que llegaba tarde. De seguro que esta vez me despedía. Pero después de Navidad, sería muy feo de su parte correrme en una época del año donde el amor y ambiente familiar eran el pilar fundamental para estas fiestas.
Aunque Maz sabía por qué me comportaba así en este periodo del año.
Hace unos tres años, mi ocupación era un tanto distinta a la de ahora, en aquel tiempo trabajaba como ingeniera mecánica en el área de aeronáutica. Era la encargada del mantenimiento de los aviones del ejército y los aviones comerciales de la ciudad de Aldeeran. En ese entonces, me encontraba en la base revisando unos planos en mi oficina cuando uno de los oficiales de la armada entró a informarme lo que estaba sucediendo con el vuelo comercial 772 hacia la ciudad de Canto Bight al otro lado del mundo.
Aún lo recuerdo como si hubiera pasado ayer. Después de que el oficial me comunicara que el avión había perdido contacto con la torre de control, mi cuerpo se volvió de piedra, dejándome con el nudo en el estómago más espantoso que había tenido en mi vida. Mi bilis empezó a subir por mi garganta. No logré escuchar nada más después que el oficial me diera la noticia, porque el zumbido que se ancló en mis oídos hizo que me desconectara del espacio-tiempo del lugar.
Era el vuelo en donde viajaban mis padres.
De forma de agradecimiento por todo el esfuerzo y apoyo que me entregaron para lograr obtener un título profesional, les regalé un viaje con todo pagado a la ciudad de Canto Bight, porque desde pequeña me comentaron que cuando terminara mis estudios juntarían un poco de dinero para ir, y vivir su sueño veinteañero de tener unas noches alocadas en la capital de la diversión y los casinos. Y ni si quiera alcanzaron a encontrarse con el cielo de ciudad.
Mi corazón se rompió en mil pedazos.
El avión desapareció en medio del océano en el camino de ida para allá. Fue una noticia que conmocionó al mundo entero. Los medios estuvieron días mostrando en la televisión los informes de la búsqueda del vuelo 772, recordándome una y otra y otra vez que mis padres estaban desaparecidos en medio de la nada.
Fueron los peores días de mi vida, la incertidumbre no me dejó dormir ninguna noche.
Abandoné mi trabajo después que las autoridades dieran por finalizada la búsqueda sin éxito alguno. No quería saber nada que se relacionara con aviones jamás en mi vida.
Al cabo de unos pocos días después del accidente la aerolínea indemnizó a todos los familiares directos de los pasajeros desaparecidos, quebrando por la exuberante cantidad de dinero que se nos entregó.
La suma fue para vivir sin trabajar por lo menos tres vidas seguidas.
Pero, aunque tuviera en mi poder toda la riqueza del mundo, nada me regresaría el amor que sólo me podían transmitir mis padres.
Después del funeral, estuve meses en Aldeeran sin salir de mi departamento. Sólo salía de ahí cuando tenía que abastecer mi despensa y nada más. No acepté visitas de mis familiares, ni de mis compañeros de trabajo en ese entonces. Solo quería hundirme en mi miseria y salir a flote de ahí con todas las lágrimas que soltaba, repitiendo el proceso todos los días.
Hasta que tomé las riendas de mi vida de nuevo.
Decidí cambiarme de ciudad para dejar los malos aires atrás y me mudé a la ciudad capital de Curuscant, al otro lado del país.
Me pude haber tomado la libertad de regodearme con todo el dinero que contaba, pero aún así me compré algo modesto en el centro de la urbe.
Estuve algunas semanas sin trabajar, recorriendo las alborotadas y ruidosas calles de Coruscant, deleitándome de sus kilométricamente altos edificios que llegaban a tapar el observar del cielo por la cantidad exuberante que había en su centro, y sus fluorescentes señaléticas que tenían ciertos comerciales de famosas marcas.
Hasta el día de hoy me impresiono por todas esas cosas que vi por primera vez que pisé el asfalto de la capital, y todavía no me deja de sorprender todo lo que me puede llegar a entregar el solo ir a realizar unas simples compras al supermercado. Incluso, una de las bellas experiencias que me regaló en mis paseos para conocer la urbe aún la tengo hospedado en mi casa.
Mi hermoso hijo gatuno BB8.
Fue en una de mis caminatas por la mañana en busca de un rico café que me crucé con unas chicas de una fundación que estaban recaudando dinero para los animales vulnerables, y de paso regalando cachorros y gatitos. Eran unas ternuras, por mí me hubiera llevado a todos conmigo, pero mi departamento era pequeño y tener a perros encerrados así sería una tortura para ellos.
Tuve que aguantar las ganas de raptarlos, y me llevé solo un gatito anaranjado que me había agarrado cariño cuando me quedé conversando con las chicas. También tomé la oportunidad de la instancia de aportar a la fundación con algo de dinero, quería que a ninguno de los chiquitines les faltara nada antes de que consiguieran un hogar. Desde entonces que no he dejado de dar mi cuota mensual.
Estuve con BB8 en casa hasta que aprendió a quedarse solo, y cuando dio señales de querer su espacio aproveché de inmediato para salir a buscar un trabajo, y así de igual manera el volver a reconectarme un poco con el mundo real. Y conseguí el que tengo ahora, a la semana de haber empezado a empapelar con currículos en todo el comercio del centro de la capital.
Fue agradable volver a la vida laboral, mi empleo era genial. Mi compañera y mi jefa siempre fueron agradables conmigo. Es más, la jefa, aunque fuera exigente con nosotras, siempre nos daba todas las facilidades para lo que necesitáramos, sobre todo cuando pasé mi primer diciembre atendiendo con ella.
Recuerdo que estábamos con Rose y la señora Maz atendiendo a los clientes, y como siempre, era una mañana agitada por las fechas. Sin embargo, ni eso detuvo mi escuchar en la televisión de la tienda lo que estaban transmitiendo. Se cumplía un año del fatídico accidente del vuelo 772.
Pensé que lo había superado, de verdad. Incluso, había olvidado la fecha que había sucedido. Pero me quedé helada con lo que transmitían en las noticias. Volver a sentir los mismos malestares que tuve cuando me enteré del suceso fue de lo más asqueroso del mundo.
Maz no tardó mucho en hilar los cabos sueltos. Desde ahí, mi jefa de cierto modo me empezó a dar trato especial para el mes de diciembre. Pero, aun así, con lo comprensiva que es mi jefa, nunca me he aprovechado de su buena disposición, por eso el resto del año era la mujer más puntual del mundo, y cuando necesitaba ayuda extra, siempre estoy yo para cubrirlo y así compensar todas mis futuras faltas para el final de año.
De todas maneras, ni con eso me iba a salvar del regaño de la señora Maz que me iba a brindar cuando llegara a su tienda, a menos que, en dos minutos corriera las siete cuadras sin detenerme, cosa que veía imposible con toda la gente que transitaba a estas horas por la vereda.
Tampoco iba a tomar algún taxi, por estas horas iban todos llenos, y el tráfico en la mañana era terrible. Toda la gente que iba a sus trabajos a esta altura de la mañana era porque estaban igual de atrasados que yo.
Aunque pensándolo bien, quizás, hoy no iba a llegar tan tarde como lo tenía presupuestado.
Me habían tocado casi todos los semáforos peatonales en verde y por la nevada de anoche, había menos gente transitando por las calles. Fue perfecto. Sólo me faltaba cruzar la última avenida de enfrente para arribar e instalarme en mi puesto.
Pero parece que todo el tiempo que me ahorré con lo otro, se acumuló en un único semáforo, justo el que estaba en la esquina cerca del negocio.
Era desesperante ver cómo los segundos transcurrían más lentos de lo normal en el contador, estaba segura de que el maldito aparato lo hacía a propósito. Pero no tenía que dejar que mi desesperación oliera, si lo hacía, el dichoso semáforo transformaría los segundos en horas, y haría que llegara tan tarde que Maz no tendría más alternativa que correrme de mi empleo.
Tampoco tenía la posibilidad de cruzar así nada más, justo hoy en víspera de navidad había más tráfico de lo habitual en esta vía que casi siempre era poco transitada. No me quedaba de otra, tenía que quedarme en la esquina.
La espera fue eterna, pero por fin el contador llegó a cero.
Se me ocurrió la genial idea de sacar mi teléfono en pleno maratón por cruzar, para ver exactamente cuántos minutos tenía de retraso. Cuando lo saqué del bolsillo de mi chaqueta, mi mano se transformó en mantequilla y no pude mantener el aparato por más de un segundo bajo mi control, cayendo de forma escandalosa al suelo. Tuve que retroceder algunos pasos de lo que había avanzado para tomarlo de nuevo, y mientras me cercioraba que la pantalla estuviera bien, choqué con mi nariz el maldito poste del contador del semáforo, estrellando con el frío y húmedo pavimento mi trasero.
¿Había alguna forma de arruinar más este día?
Pero seis manitas fueron a mi rescate para ayudar a levantarme del suelo y ver cómo me encontraba.
- ¿Rey? - Diablos, que vergüenza, el sujeto me conocía.
Por suerte, mis manos aún se encontraban en mi nariz para tapar mi vergüenza, y mis ojos todavía estaban cerrados.
- Si – expresé con dolor.
- ¿Rey Palpatine? - ¿por qué el extraño conocía mi apellido?
Si, la mismísima-
Hola!, espero le haya gustado este fic navideño jaja.
Pensé que me saldría un one-shot, pero mis dedos tomaron el control de mis manos y no pude hacer nada para detenerlos. Pero no será muy largo, quizás conste de tres o cuatro capitulos, nada más.
Cualquier comentario, sugerencia, aporte se agradecería. Soy nueva, y quiero ponerle empeño a esto.
Eso pu :3. Cuidense y nos leemos!
Los personajes no me pertenecen.
