Ds: Sword Art Online (SAO) es propiedad de Reki Kawahara y sus asociados. Esta obra fue hecha sin fines de lucro.
Este fic pertenece al evento #HallowersarioKiriasu que organizó SAO_Fickers.
¡Gracias por hacerlo!
Tema: Prueba de valor.
Halloween.
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Osore no Yūki
1.
Un gran edificio con enredaderas surcando los gruesos ladrillos de piedra proyectaba una enorme sombra, oscureciendo la zona verde donde un pequeño riachuelo corría tranquilo lleno de pequeños peces amarillos nadando de allá para acá.
Arrodillada frente a la corriente, aprovechando la sombra fresca que la protegía del calor seco del lugar, una de las sublíderes del gremio de caballería tiraba piedritas que caían en el fondo con un característico sonido. Una pequeña brisa sopló, su pelo mandarina se agitó como llamas de fuego lamiendo el aire, en dirección a la altísima torre de vigilancia. Su cabeza giró siguiendo la dirección del viento, la visión imponente le dio un escalofrió.
Aquel gran castillo antiguo con diseño medieval que en sus años de niñez había sido su mayor anhelo, ahora le daba una sensación de vértigo.
Desde niña siempre quiso ser una guerrera, un caballero que protegería al pueblo de los males que cruzaban las llanuras. Cuando su padre le contó la historia de su mundo, aquella donde decía que había toda diversidad de seres conviviendo en armonía en una sola tierra, pero que por un infortunio las distintas razas fueron separadas en un mundo flotante donde cien anillos de piedra con dimensiones kilométricas se alzaron hacia el cielo y formaron una sola estructura similar a un castillo en forma de rombo. Entonces, tanto los humanos como las criaturas mágicas humanoides y no humanoides fueron desperdigados por los anillos que constituían pequeños biomas donde podían habitar continuando sus vidas.
Esa historia, o hechos reales, sucedieron hace centenares de siglos. Desde entonces los humanos han peleado por trazar mapas y surcar los cien anillos utilizando los grandes pilares de los cielos que les permitían viajar de pisos en pisos, ascendiendo hasta el final que se creía sería el cielo. Lugar donde todas las respuestas del antes, durante y después del mundo serian revelados, ahí los sabios del concejo humano proclamaban la apología de cuatro diosas que reinaban esta tierra, pero lo más seguro es que esos fueran cuentos inventados.
El gran "Concejo Humano" fue creado hace muchísimos años, en los principios de la gran división. Las primeras personas en comprender que había sucedido fueron los encargados de guiar a todos los demás, creando esa sociedad. Con el tiempo, las personas envejecían y para no abandonar su labor creaban libros y guías extensas que contenían datos vitales para proteger a los humanos que terminaron siendo la raza más débil.
Ese detalle obligó a los sabios a crear guerreros expertos en combate y a su vez estos formaron alianzas, grupos y gremios que peleaban por la protección y el descubrimiento de nuevas tierras.
Uno de los gremios de guerreros más grandes eran los "Caballeros de la Hermandad de Sangre" que con sus uniformes combinando el rojo bravo de la sangre y el blanco puro de la vida luchaban día con día para buscar el futuro próspero de esta tierra.
Asuna desde niña quería usar ese uniforme, una gran armadura brillando con el sol, alzar su estoque hacia el cielo con la posibilidad en sus manos de alcanzarlo y ascender más allá. Su padre, que descansaba en paz en un ataúd negro en el primer anillo del castillo, fue un subcomandante del gremio, gremio en el que ahora ella era una subcomandante.
Cuando se enlistó en las fuerzas de defensa y fue despreciada vilmente, se prometió a si misma llegar más alto que cualquiera que se hubiera burlado de ella. Valiéndose de su poder y valentía, le tomo casi tres años subir de puesto donde la consideraban una de las espadachinas más letales y rápidas de todos los tiempos.
Ahora, la oportunidad de dejar de ser sublíder a convertirse en la líder de su escuadrón junto a una silla en el concejo de sabios le había sido presentada, pero para poder tenerla en sus manos debía presentar una "prueba de valor".
A todos los grandes oficiales y a los sabios se les consideraba como guerreros de acero, personas sin miedo a nadie ni a nada capaces de matar a sangre fría si su labor lo dictaba. Asuna no se veía como un ser despiadado, consideraba que perder el miedo y la piedad la convertiría en un blanco fácil pues tales emociones eran fundamentales para la supervivencia de un humano.
Pero para pertenecer a la élite había que joderse.
Y si había algo en lo que Asuna flaqueaba era en su gran temor a fantasmas, monstruos astrales y todo lo relacionado con cosas paranormales de ultratumba. Eso y que, dentro de lo posible, acabar con la vida de una persona directamente la ponía en estado de vacilación donde su cuerpo no respondía y una vez casi le cuesta la vida.
La gran torre de vigilancia que la protegía del sol de mediodía comenzó a emitir sonidos internos de grandes piedras frotándose entre sí, como si una pesada puerta fuera movida por mecanismos. La razón, la pequeña escuadrilla de reconocimiento que había salido a investigar el pilar celestial que conectaba el sexagésimo séptimo anillo con el sexagésimo octavo regresaban cabalgando sus caballos con sus pesadas armaduras y equipo que variaban entre lanzas, mazas, alabardas, hachas y a la cabeza del grupo, un hombre con los cabellos plateados, mirada seria, con un escudo casi del tamaño de su cuerpo pintado con una cruz enorme del color de la sangre y una espada de una mano enfundada dentro.
El hombre de armadura carmesí era el primer líder de la caballería, Heathcliff, el primer guerrero en ser aceptado en el concejo de sabios y que le abrió la puerta más miembros normales de ser parte de dicha sociedad. Si Asuna superaba su prueba, sería la décima en unirse y la primera mujer.
Heathcliff era el encargado de informarle del contexto de su prueba y por eso se había levantado lo más temprano posible, arreglado su uniforme, puliendo su estoque, preparándose para la superación de la dichosa misión.
Cuando la escuadrilla cruzo el puente de madera, adentrándose en la fortaleza de piedra, Asuna subió por las escaleras de la torre cruzando los intrincados pasillos del castillo medieval con dirección a el gran salón de reuniones.
...
—Debes viajar hasta el decimoquinto piso y exterminar a las criaturas astrales que habitan en una cueva cerca del pueblo Rulid, vuelve con esta hoja firmada por un celador que se presentará en la entrada del transportador celestial cuatro horas después de tu partida, es todo.
Asuna casi abre la mandíbula, casi, pero sus nervios la tenían firmemente cerrada.
Enumerando los hechos, primero, tenía que enfrentarse con criaturas astrales, monstruos poderosos que solo eran capaces de perecer con habilidades específicas de ataque, habilidades que eran en extremo complicadas. Segundo, el pueblo Rulid era conocido por la vieja leyenda de un cedro gigante que según cuentan, es sarcófago y prisión de un humano convertido en demonio que fue vencido por un gran rey que se dice surcó los cielos infinitos con su gran poder mucho antes de la gran separación, se supone que la energía maldita del humano-demonio vaga por el pueblo atrayendo corazones débiles o consumidos en el odio haciéndoles suicidarse frente al gran árbol, derramando sangre en sus raíces otorgándole más poder. Asuna no era ninguna gallina, pero la idea de que las almas penantes de los incautos que se quitaron la vida seguían arrastrándose por las tierras humanas era totalmente aterrador.
Tercero, pero no menos importante, su líder no parpadeó y quizás ni respiró en ningún momento cuando le informaba la situación, como una maquina mensajera, por algún motivo ese hecho solo le causó un escalofrió por su espina dorsal.
—¿Asuna-san? ¿Está escuchándome? —la mano enguantada suspendida en el aire sosteniendo un pergamino la sacó de sus pensamientos.
—¡Si! —su afirmación salió como un chillido, tosió un poco para ordenar sus cuerdas. —Perdón, si señor.
Tomó el pergamino en sus pequeñas y levemente temblorosas manos, sus propios dedos se rozaron, sintiendo la helada temperatura de su piel guardó el pergamino en el bolso de cuero blanco que colgaba de su hombro.
—¿Tienes alguna duda? —el tono gélido del hombre pareció suavizarse un poco al ver el estado dudoso de la muchachita.
—No señor...—Asuna hizo puños sus manos colocándolas tras su espalda mientras torcía su rodilla y desplazaba su tobillo hacia atrás.
El hombre de gran porte se vio asimismo retratado y con una sonrisa que ni siquiera logró mover más de dos milímetros sus labios, colocó una mano en el pequeño hombro de la chica, ella respingo un poco y alzando sus ojos color caramelo, escuchó lo siguiente:
—Buena suerte.
Diciendo eso, retiró su mano y se marchó.
Asuna sintió sus ojos aguarse, el capitán creía en ella y si uno de los guerreros más fuertes creía en su poder, no había razón para tener miedo.
A no ser...
Sacudió su cabeza repetidas veces, debía mantener su mente neutra para estar lista para la batalla. Asegurando el pergamino en su bolso, el estoque en su cintura, pociones curativas y cristales de saltos celestiales automáticos en la bolsita que colgaba de su cinturón partió montada en un caballo negro en dirección al decimoquinto anillo.
...
Los transportadores celestiales eran portales del tamaño de una puerta de dos hojas altas, de color celeste y brillaba con movimientos serpenteantes como si de una masa de agua suspendida se tratara. Cuando se posicionaba en el centro y se rezaba la ubicación del lugar al que se deseaba partir, una temperatura fría cubría todo el cuerpo y una luz extremadamente brillante obligaba a cerrar los ojos con fuerza. Cuando el transporte terminaba, una sensación tibia se pegaba en las extremidades como ser tragado por un cubo enorme de gelatina, la sensación duraba pocos segundos, pero seguía siendo extraña a pesar de haberla experimentado varias veces.
El pueblo Rulid la recibió con el sol tranquilo de las dos de la tarde. Si Asuna jugaba bien sus cartas, podía terminar la misión en un máximo de tres horas, cuando la vital y calmante luz del sol no la hubiera abandonado. Si se quedaba en una cueva, de noche sin luz solar que le indicara una salida segura y con el corazón saltándole por la boca, probablemente toda la valentía que la caracterizaba saldría huyendo al escondrijo más próxima.
Los habitantes del pueblo miraban sorprendidos a la hermosa pelirroja vestida con ese llamativo traje de falda corta y medias largas. Un par de cazadores locales hicieron el intento de acercársele, pero una mirada de advertencia fue suficiente para comprender que la belleza frente a ellos sería un hueso letal de roer.
Al salir del pueblo, un camino de tierra zigzagueante se le presentó, al parecer, el único destino al oeste del pueblo era esa condenada cueva. Con determinación avanzó a paso veloz por el caminito hasta que su rabillo capto algo del lado derecho de su visión. Y como no ver semejante objeto, un árbol de casi setenta metros se alzaba a un buen par de kilómetros de ella y aun a esa distancia le parecía increíblemente monstruoso. Era el cedro maldito de la leyenda. Bien, el árbol existía, pero en el mejor de los casos no había ningún alma maldita atrapada ahí dentro y ni tampoco había muerto gente en sus raíces.
Como si el árbol no quisiera ser menospreciado, una brisa helada sacudió con fuerza las ramas y hojas negras del gran árbol, provocando que una nubosidad gris se formará tras sus copas en la lejanía.
Asuna sintió un escalofrió fuerte sacudiendo sus hombros y frotándose sus antebrazos decidió seguir su camino, apartando la vista de la perturbadora escena que se formó de repente. A una distancia de mas o menos quince metros, la entrada de la cueva comenzó a hacerse visible.
A simple vista era una cueva común y corriente que sobresalía desde el fondo del muro de roca hueco. El sublíder trotó los metros restantes, según el pequeño reloj que tenía en su bolso habían pasado diez minutos desde que apareció en el transportador.
Cuando la tierra dorada del camino se perdió dejando un suelo de roca gris oscura lleno de irregularidades, Asuna supo que no habría vuelta atrás.
—¡He! ¡Niña!
Un llamado casi le saca un grito a la pelirroja, pero afortunadamente pudo cerrar sus labios antes. Giró su cabeza hacia la derecha, de donde provenía la jocosa voz.
—¿Señor...a?
Una ancianita cubierta con una capa café larga que rozaba el piso ocultaba su espalda encorvada, usando un bastón torcido como apoyo, se paró frente a ella mirándola con sus diminutos ojos grises.
—¿Entrarás en esta cueva, niña? —señaló con la punta roma de su bastón la entrada brillante por la humedad.
—Así es, tengo un encargo que hacer.
—¿Así nada más? no tienes ni una antorcha contigo. —la mujer la ojeó de arriba hacia abajo.
Asuna se sintió incomoda por un momento, como si un sabio anciano la estuviera regañando.
—No creo que la cueva sea tan profunda, con la luz del sol bastara.
—Jo, jo, jo, jo. —la anciana rio con ironía. —Pequeña niña ingenua, no has salido del cascaron y ya quieres volar. Mira, toma esta rama. —sacó una rama de lo profundo de su pecho encorvado. —Es parte de ese maldito árbol gigante, su madera nunca se quema y por eso no podemos deshacernos de tan problemático vejestorio. Si tienes algún pañuelo puedes envolverlo en la punta para que la llama sea más fuerte. Mira, mira, ven, acércate.
Con pasos desiguales, la mujer la guio hasta unas cuencas llenas de un líquido amarillento que goteaba de una fisura de la cueva.
—¿Qué es este líquido? —el olor era tan potente que la obligó a arrugar la nariz.
—No lo sabemos, pero arde como el infierno. —la ancianita se encogió de hombros y contrayendo su esófago, escupió a un lado del charco amarillento.
—Gracias señora, aprecio mucho su ayuda. —Asuna inclinó su cuerpo en señal de agradecimiento.
La anciana sonrió con desinterés mientras se daba media vuelta y recogía una cesta llena de ramitas, musgos y hongos que Asuna nunca había visto.
—Como digas niñita, no te quedes hasta tarde en ese hoyo. Si la noche cae te puedes encontrar con ese mocoso malnacido.
La pelirroja sintió un pinchazo invisible en su cuello, la sensación enervante de ser observado y girando su cuerpo a toda velocidad en dirección a la entrada de la cueva trató de encontrar la fuente de dicha sensación, pero solo pudo ver las paredes desiguales iluminadas por una débil luz del sol.
—¿Mocoso malna...? ¿Señora?
La figura de la abuelita había desaparecido completamente, era imposible que un humano de tantos años se hubiera marchado con tanta velocidad en un prado desolado como el que tenía enfrente y que era la dirección que había tomado la señora.
—Que extraño...—Asuna frotó de nueva cuenta con su brazo izquierdo libre el antebrazo del brazo derecho que sostenía la rama oscura.
Observo la madera en su mano, a simple vista era una rama gruesa de unos ochenta y cinco centímetros de largo y siete de ancho aumentando a doce en un extremo, de color oscuro con las típicas texturas de un cedro. Uso una venda de algodón grueso y dando vueltas con la tela alrededor del extremo más ancho siguiendo el consejo de la viejita. Remojó la punta con el líquido de olor pesado y usando un pequeño cristal rojo que tenía en su bolsita, acercó la rama a una piedra y cerca de esta golpeó con fuerza el objeto que lanzó unas chispas. La tela remojada reaccionó de inmediato y ante la sorpresa de la chica comenzó a quemarse iluminando su alrededor.
Dudó por un segundo si sería necesario preparar más telas remojadas para evitar quedarse sin luz, pero calculando, si se daba prisa y si lo dicho por la anciana era cierto la rama nunca debería apagarse.
Un vacío se instaló en la boca de su estómago, un pinchazo de nervios le recorrió las extremidades haciéndola temblar. La suela de sus botas blancas de repente se sintió como dos planchas de hielo que transportó la sensación por todo su cuerpo hasta la punta de su nariz. Su coronilla mando vibraciones, erizando los vellitos de su cuello en anticipación.
Entendía las señales de su cuerpo, el miedo a lo desconocido y de la posibilidad de encontrarse con algo que la asustara solo la hacía mantenerse más alerta. Inhalando profundamente se hinchó de valor y avanzando con pasos lentos y la antorcha en alto, se adentró en la cueva oscura.
Inmediatamente que sus botas tocaron la superficie rocosa húmeda, una aire pesado y sofocante le generó malestar. En la cueva no entraba ninguna corriente del aire cálido del exterior, además de que la humedad y suciedad ambiental acumulada por probablemente siglos le daban tal sensación de abandono que solo lograban generar un aire denso difícil de respirar.
Avanzó un par de pasos dentro, la cueva no era muy grande pero fácilmente tres personas caminarían erguidas sin dificultad si formaran un triángulo. *No había esas típicas rocas con punta colgando del techo ni naciendo del suelo, más bien todo parecía ser obra de la mano humana pues la forma redonda del túnel era casi perfecta, de vez en cuando había un par de malformaciones extrañas emergiendo de las paredes, probablemente producto del tiempo.
Habiendo caminado unos siete metros más se detuvo en seco, el mutismo del ambiente le perforó los tímpanos. En un principio el goteo imparable de la cueva le hizo compañía, luego el ruido de sus botas al pisar rocas sueltas sonaba esporádicamente, pero ahora ni siquiera un zumbido de aire hueco sonaba, como si estuviera dentro de una burbuja que aislara los sonidos.
Una sensación de peligro atesto su espalda, se sintió desprotegida a pesar de llevar su mejor armadura e intentó mover sus congeladas extremidades queriendo tomar el mango de su estoque. De repente, en el silencio total que le torturaba la mente, escucho algo similar a un susurro. Como una voz grave hablando en tono bajo.
Algo parecido a una risita acompaño el susurro y su corazón que ya latía desesperado dio un potente tumbo, lo suficientemente fuerte como para que su cuerpo regresará a la vida y rápida como ninguna, desenvaino su letal espada que brillaba con la luz del fuego, apuntando hacia un objetivo incierto de la terrible oscuridad que amenazaba con tragarse su existencia.
El sonido de la hoja afilada de su estoque al ser sacado de su vaina fue la palanca que intervino para que los sonidos naturales de la cueva regresaran, el goteo de las rocas, el sonido hueco de la cueva vacía y las piedrecillas bajo sus pies. Como un calmante, su corazón disminuyó sus saltos conforme respiraba profundamente y sus parpados que se habían abierto en toda su capacidad comenzaron a recuperar su movilidad.
La sensación de peligro nunca abandono su espalda, alertándola de que no estaba sola en los siguientes metros que recorrió.
Minutos más tarde, una especie de monstruos con baba blanca y aspecto deforme aparecieron frente a ella. Parecían los típicos "slimes" que había en las praderas inexploradas, pero estos eran muy resistentes a los ataques normales y eso los terminaba categorizando en tipo astral. Duró un par de minutos más peleando que para cuando los cuerpos inertes de los bultos blancos y gelatinosos comenzaron a ponerse grises, signo de que habían muerto, el reloj en su bolsillo hizo un sonoro "click"
Tenía cuarenta y cinco minutos de haber entrado en la cueva, según lo leído en el pergamino de la misión, había un total de doce monstruos astrales. Recién había terminado con dos, restaban diez y mantenía un buen tiempo. Dando un asentimiento de confianza, continuo en línea recta el túnel oscuro de la cueva.
Antes de dar un paso, un ruido de piel contra roca la congeló. Eran pasos, pasos rápidos y pequeños... uno, dos, tres, cuatro, se detuvieron. Asuna pegó su espalda a una pared de la cueva, adaptando la posición curva del túnel. Un sonido como resoplido se dejó escuchar y el patrón de pasos se volvió a reanudar, esta vez sin detenerse.
La pelirroja que no había guardado su estoque en ningún momento, afianzó el mango en su mano y agudizando su vista se preparó para atacar, extendió la antorcha frente a ella y la luz reveló a su oponente.
Un animalejo que parecía ser un topo grande se quedó quieto, mirándola con sus ojos saltones y redondos como moras super desarrolladas*. La rata se alzó en dos patas, enseñando sus dos dientes frontales enormes. El animal era escalofriante, pero ninguna rata la iba a retrasar y cuando se preparaba para cargar una habilidad contra monstruos normales, la rata gruño de forma aguda.
Con movimientos fuera de los normales, comenzó a retorcerse hacia dentro, encorvándose mientras su pequeño cuerpo comenzaba a estirarse jalando el cuero café que lo cubría, dejando pequeños parches de gris claro con hilillos de sangre de manera grotesca. Protuberancias comenzaron a brotar de su espalda y el animal soltó otro grito, esta vez mucho más agudo, fuerte y aterrador que el anterior. Lanzó un zarpazo logrando empujar a la shockeada pelirroja que impacto contra el suelo frío de la cueva.
Su estoque salió volando sobre su cabeza y afortunadamente la antorcha no cayó en un charco de agua pues, aunque débil, seguía emitiendo luz que era capaz de iluminar al horrible monstruo que seguía mutando frente a ella. La criatura había alcanzado el techo de la cueva, por lo que debía medir dos metros y algo. Cuando todo su pelaje desapareció y todo su cuerpo era un saco palpitante de color gris con sangre, con bultos que supuraban algo purulento con un terrible mal olor y ojos enormes pintados completamente de rojos la "rata" comenzó a rascar sus enormes garras ennegrecidas contra la piedra, dejando rasguños por todas partes.
Asuna está inmóvil, paralizada por el miedo y el asco. Si eso era un monstruo de nivel inferior no quería imaginarse las atrocidades más poderosas. Las ganas de vomitar se atoraron en su garganta, pero su corazón que latía tan rápido que lo sentía en sus oídos era la única parte de su cuerpo que se movía.
Sintió una corriente fría soplar en su espalda, su flequillo se alboroto en su frente y un peso se instaló en su brazo, sintió pequeñas agujas penetrar su piel que la hicieron parpadear poniendo sus engranajes de nuevo a girar.
"Levántate"
El susurro que sonó en su oído la hizo saltar a un lado aun estando tirada. La voz parecía haber clausurado los graznidos agudos del animal y el sonido grave de la palabra se escuchó claro pero distante. Como si alguien hablará atreves de una pared de madera.
Tan pronto como la voz dejó de hablar, los chillidos perforadores de la rata continuaron, pero ahora Asuna con sus sentidos más o menos despiertos se levantó de un salto y recogiendo su estoque del suelo, cargó una habilidad que hizo resplandecer con un brillo verde la hoja de su espada.
Lanzando un grito de guerra, golpeo el piso con su pie derecho y ganando impulso se lanzó hacia la criatura generándole un aturdimiento momentáneo. La pelirroja también se quedó quieta, usar una habilidad tan pesada requería de valiosos segundos para recuperar el aliento. El ataque que había realizado provocó una herida considerable en el estómago del animal, dejando ver su interior que parecían pequeños gusanos amontonados y aguantando el asco dio un salto hacia atrás y volviendo a cargar otra habilidad, esta vez de color rosa brillante, se lanzó marcando la oscuridad con una finta de color mientras golpeaba el hocico deformado.
Ese golpe fue suficiente para lograr hacer que el animal alzara la cabeza al techo y aprovechando la abertura, Asuna retrocedió una vez más, poniendo su espalda recta mientras se ponía de cuclillas apuntando la hoja de su estoque al cuello gordo de la criatura, se concentró y cargando una habilidad de color celeste atesto ocho golpes letales contra el animal que lanzando un chillido agonizante se derrumbó como peso muerto hacia el frente.
Asuna corrió mientras el cuerpo se precipitaba, recogió la antorcha y girándose pudo ver como el cuerpo se retorcía hasta quedarse quieto y callado. Las leyes del combate dictaban que no podías dejar de vigilar el cuerpo hasta que se pusiera gris pues podía levantarse de un estado de desmayo. La pelirroja esperaba esa tonalidad que nunca llegaba, entonces, los bultos en su espalda comenzaron temblar y humo blanco salía de ellos como si estuvieran hirviendo.
Antes de siquiera pensar en correr, los bultos explotaron y con ellos la sustancia purulenta caliente salió disparada en todas direcciones. Asuna rápidamente comprendido que era veneno, pero que ya era muy tarde para evitarlo así que preparándose mentalmente alzó los brazos para protegerse.
Pero...
El veneno nunca la tocó. Las paredes a su alrededor se mancharon del líquido que siseo burbujeando al consumirse, bajó los brazos de su campo de visión y una sombra difusa de lo que parecía ser una persona trasparente estaba frente a ella, cubriéndola de las gotas venenosas.
Ella parpadeó sorprendida, una, dos, a la tercera vez, la sombra desapareció.
Y quizás fue su imaginación, pero le pareció ver una mata de pelo negra además de una figura humanoide.
¿Qué había pasado?
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Buenas tardes, días, noches, madrugadas, etc.
Aquí está mi primera parte de Halloweeeeen y ¿quién dice que en Halloween no puede haber romance?
Pues yo. Tenía planeado matar a Asuna de buenas a primeras por el salvador misterioso, pero bueno quien soy yo para juzgarme.
Por cierto, ¿quién será nuestro salvador misterioso? A lo mejor es Eiji eeeeeh
En fin, espero que les haya gustado y esto todavía no acaba, en un par de horas (creo) nos vemos con el siguiente cap.
Errores, horrores, avisarme que los corrijo rapidin.
Saludos!
Kuronojinsei.
././././
*Iba poner estalactitas y estalagmitas, pero el concejo de sabios todavía no descubría las precipitaciones químicas, ni la gasolina XD
*Los que han leído Progressive ubican al saqueador en forma de topo/rata que le roba el rapier a Asuna. Epic moment por cierto, mi reina tiene 600IQ
A ver, no recuerdo exactamente los colores de las habilidades, pero, según orden primero usó un Sonic Leap, después un Linear y al final un Star Splash. Si me memoria de topo no me falla si son de ese color.
