02 Aedan & Fergus
Elissa pasó los siguientes días en la que ahora era su habitación. Ella recordaba muchos detalles del castillo de Highever, sin embargo no era capaz de identificar aquella habitación. Decidió no darle demasiadas vueltas en la cabeza, ya que su propia presencia era de por sí anormal. Pero estaba impresionada, era todo más realista que durante Inquisition. Comenzando por los personajes. Aedan era glorioso y Fergus dejaba poco que desear. Aún no los había visto sin armadura, pero se moríiia por hacerlo.
El simple pensamiento de "son mis hermanos" no le tranquilizaba, porque no los sentía como tal. Solamente Aedan tenía una voz profunda que le daba escalofríos. Sin embargo, tenía planes para ese chico. Solo debía averiguar cuanta influencia podía ejercer sobre él. Fergus había resultado ser más bonachón de lo que recordaba. Era un hombre realmente dulce y noble. Pero quien más la sorprendió fue Bryce.
Elissa se quedó anonadad cuando el Teyrn de Highever había subido a verla. Se veía mayor, pero le recordaba muchísimo a Fergus.
Se había acercado a la cama con lentitud, se sentó en su costado y le besó la frente. El arrepentimiento reflejado en su rostro casi le dolió a la muchacha. Sabía que Bryce era un hombre firme, de principios, pero que adoraba a su familia y solo quería el bien para ellos. A diferencia de sus propios padres Elissa aceptaba que este anciano se culpaba por las desgracias de su hija.
Mi pequeña – le había dicho.
Elissa se sintió decepcionada. Pensó que aún mantendría el apodo de "pup", sin embargo, aquello debía estar reservado únicamente para Aedan.
Hizo cuanto pudo para asegurarle que estaba bien y que había sido todo un accidente. Esperaba un regaño, pues supuestamente había conspirado con Aedan para escaparse. Sin embargo no lo obtuvo. Bryce se quedó con ella hasta que se durmió y en la mañana encontró a Eleanor en la misma posición en que le había dejado el día anterior.
Su nueva "madre" venía cada día con un vestido nuevo. Vestidos a los que el gráfico del juego nunca le hubiesen echo justicia. El olor, las telas, la textura, los colores hicieron que Elissa quisiese saltar de la cama a probárselos. Siempre le había gustado la ropa de época y aquella definitivamente que la habían enloquecido. Eleanor parecía muy complacida con el comportamiento de Elissa, e incluso Nan (la antigua nana de los hijos del Teyrn) la miraba con aceptación por sus gustos "renovados", como solía decirle.
Cuando el dolor de su costado finalmente menguó Elissa comenzó a probarse aquellas prendas. La primera vez que se paró frente al espejo quedó abrumada. El vestido era precioso, sí… pero ella era muy diferente.
Sus ojos oscuros eran del azul claro de los Cousland. Su piel trigueña tenía un tono rosado angelical y su cabello… aquel cabello negro hondeado rebelde era ahora lacio y suave como la seda. El castaño claro despuntaba en rubio en los bordes y las estrías. Pero lo que más le sorprendió fue el largo. Cuando Eleanor le soltó el moño y la mata de pelo resbalo hasta el abdomen Elissa supo que este cuerpo no era el de una luchadora. Se miró fijamente por varios minutos. En ese tiempo, Eleanor pareció inquietarse. Nan despachó a la criada elfa que las acompañaba y quedaron las tres solas en el cuarto.
¿Pasa algo querida? – le había preguntado su madre con voz suave.
Elissa demoró un poco en contestarle. Pero le aseguró que estaría bien. La chica en su interior tenía que estarlo. Siempre había querido escapar de la realidad en que nació pero hasta el momento que vio su nuevo rostro y tocó sus mejillas no se dio cuenta de los riesgos que podía acontecer.
Cuando empiezas en el juego, Elissa es una mujer preparada, que podía ser guerrera o pícara. Puede usar espadas dobles y pelear con escudo o mandoble, pero ese cuerpo… esta chica Cousland no parecía haber tocado un arma en su vida.
Como tampoco ella.
Por eso la mañana siguiente Elissa se levantó antes del alba.
Apenas había podido dormir, así que pasó toda la noche husmeando por el castillo en busca de una armadura. No sabía en qué "época" estaba, de lo que sí estaba seguro era que si quería sobrevivir al juego, tenía que ser capaz de por lo menos defenderse a si misma. Se coló en la armería y robó una armadura. Nunca antes se había puesto una. Le resultó incómoda y más de una vez se le calló de las manos mientras intentaba ponérsela sobre la delgada ropa de lino. Las mallas eran un dolor, pero quería acostumbrarse al peso lo antes posible.
Le había tomado más tiempo decidir que arma usar. Había jugado como guerrera de dos armas y como pícara. No le atraían los escudos y los mandobles eran para hombres corpulentos. Sin embargo, aunque los arcos eran muy aburridos en el DA: Origins e incluso en el II, los de Inquisition eran geniales. Además debían mantenerla a distancia en las batallas.
En caso de que no funcionara había tomado además una daga. Aquello debía servir para empezar.
Pero la chica dentro de Elissa Cousland era ambiciosa y quería más. Los ojos se le habían ido cuando vio el filo de las espadas. Ella definitivamente tenía que probarlas alguna vez.
Esa noche, mientras se ponía como podía la armadura una y otra vez, Elissa comenzó a tomarse realmente en serio su situación. El rostro en el espejo parecía hablarle, decirle que aquello era real. Ella no recordaba lo que había ocurrido luego del golpe que la trajo aquí, pero de lo que estaba segura era de que no quería regresar.
En este mundo ya no existía la opción de salvar. Si moría, moriría de verdad, tenía que asumirlo para sobrevivir. Aquellos ya no eran personajes RPG que repetían diálogos, eran personas reales con libre albedrío. Sueños y ambiciones y ella era Elissa Cousland, la hija del Teyrn. Solo le preocupaba cómo utilizar lo que sabía para salir adelante.
¿Cuánto le quedaría hasta que explotara el Blight? Cuales quiera que fuesen las respuestas a sus preguntas, las pensaría cuando comenzase a dominar algo. Aunque fuese un cuchillo.
Terminó con la armadura y se enganchó la daga enguantada en el costado y el arco en la espalda. En el juego no recordaba haber visto nunca un campo de entrenamiento dentro de la mansión Cousland. Sin embargo esta mansión era más grande y más realista que la del juego y desde su ventana Elissa había visto unas caballerizas que no existían en la primera versión. Por eso cuando bajó trató de ser lo más discreta posible. Le costó un poco, considerando que dormía junto al cuarto de Aedan y frente por frente al de Fergus y Oriana. El ruido de la armadura le preocupaba, pero pasó lo más rápido que pudo entre las puertas y casi corrió escaleras abajo.
Un par de guardias la miraron sorprendidos, pero cuando ella les pidió silencio con un gesto ellos sencillamente asintieron y siguieron de largo. Se fue hasta las caballerizas, buscando un caballo que la reconociera. No iba a entrenar dentro del palacio para que pudiesen encontrarla. La chica en su interior no era un buen jinete. Solo había montado un poco cuando salía de excursión y nunca un caballo tan grande ni robusto como aquellos. Un corcel apalusa alzó la cabeza al verla. La melena plateada contrastaba hermosamente contra las manchas blancas y cafés de su piel y cuando el reconocimiento brilló en sus ojos Elissa se preguntó si sería suyo.
Se acercó apresurando un poco el paso, pero se detuvo de golpe cuando el mabari de la familia salió corriendo y ladrando hacia ella. No se sorprendió por el gesto, ni por el ladrido, sino porque si el perro estaba allí eso significaba que…
¿Qué pasa Bryce? – le preguntó Aedan al mabari saliendo de entre dos caballos. En su mano derecha traía un cepillo para los caballos y de la cintura le colgaba una espada.
"Mierda" pensó Elissa. Apretó los labios buscando una excusa. Sin embargo, el joven la recibió con una sonrisa.
Te tomó tu tiempo – dijo la dulce voz de Aedan. Tiró el cepillo a un cubo lleno de agua con jabón y caminó hacia ella. Cuando se apartó de los caballos Elissa vio las altas botas y el pantalón de montar. De la cintura le colgaba un grueso pañuelo que servía para ajustarle la ancha camisa de mangas largas. – Oye, mi cara está aquí – le dijo el chico en una carcajada.
¿Eh? – contestó Elissa choqueada. – Lo siento… yo… pues verás quería –
Eli, yo sé lo que quieres. Pero con la armadura ajustada así nunca vas a poder tensar el arco o subirte al caballo. – la picardía en la voz de Aedan le dio a entender que aquello no era algo raro.
Elissa miró el arco sobre su espalda. Era un arco largo y robusto, tendría que inclinarse mucho para poder tensarlo. Y la verdad que la armadura le pesaba horrores.
Te ayudaré, pero primero tienes que decirme qué pasa. –
La muchacha se puso más rígida de lo que estaba antes. Quería mantenerse en el papel de la chica Cousland. Lo necesitaba para encajar de alguna forma en todo aquello. Sin mencionar que era su boleto para el futuro.
¿Qué quieres decir? – contestó intentando esquivar la pregunta.
Fergus y yo creímos que estabas actuando raro. – Aedan se le acercó despacio. – No te quejas del dolor, en cuanto te levantas comienzas a probarte vestidos y a arreglarte el cabello. ¿Estás bien? –
Elissa se relajó un poco. ¿Solo eso?
Aedan, no te voy a engañar, hay cosas que se me escapan – contestó la muchacha caminado en su dirección. – Cuando desperté no sabía dónde estaba ni que pasaba. Hasta que madre y Fergus no empezaron a hablarte no pude entender nada. Incluso después estaba confundida. –
¿Por eso el grito de loca: "Soy la noble humana. WOOooooooohoooo!"? – la imitó alzando los brazos.
A ver, gracioso – Elissa sintió el impulso de reírse, pero estaba lo bastante nerviosa para aguantarse. – Ese día quedó más que claro que no me acordaba de… cosas. Pues la verdad es que todavía no lo recuerdo todo. –
¿Por todo te refieres a cómo ajustarte la armadura? Porque hasta Oren podría hacerlo mejor. – bromeó el muchacho Cousland.
Elissa cruzó los brazos sobre el pecho.
Sí – la seriedad de su tono hizo que Aedan palideciera un poco. En sus ojos Elissa vio la sorpresa, el escepticismo y ¿por qué no? La preocupación. – Mira, sé que se supone que todos los hijos de los Cousland sepan pelear, pero la verdad ¡Ni siquiera recuerdo que arma usaba antes de caerme del caballo! O si alguna vez sostuve una. No recuerdo el accidente, ni el caballo que montaba. ¡Nunca me hubiese imaginado que le pusieses el nombre de nuestro padre al mabari! – con cada palabra Aedan se veía más pasmado. – Solo sé que madre era feliz viéndome con vestidos hermosos y peinándome. Así que me quedé con ella hasta que pensé que con este cuerpo no podría defenderme a mí misma. Mírame, soy un escuincle. –
Eli… – Aedan se acercó a la muchacha. Elissa había dicho las cosas tan rápido y de carretilla que él se había puesto nervioso. – Vamos a solucionarlo. Fergus llegará en cualquier momento y hablaremos de esto los tres. –
Elissa suspiró. Al parecer estaba a salvo. No había querido usar la carta de la "pérdida de memoria" porque le resultaba patética y gastada, pero había funcionado. Sin embargo:
¿Tiene qué?– preguntó preocupada – Preferiría que nadie más lo supiera. – Aedan le acarició el hombro.
Fergus puede manejar a madre mejor que nosotros. Sin él no mantendremos la farsa mucho tiempo. No con la forma en que caminas dentro de una armadura –
Elissa sonrió. Le agradaba ese chico. Solo que no era el momento.
¿Dices que gracias a Fergus madre aún no sabe de tus preferecnias? – aventuró, rezando porque este chico realmente fuese su personaje.
Supo que había acertado cuando Aedan se sonrojó levemente.
Tenías que recordar eso. – bufó. - ¿No podías haberlo olvidado en vez de cómo usar una espada? –
¿Usaba espadas? – saltó ella.
Un poco. Un estoque mejor dicho. Mamá no nos hubiese perdonado si te lastimabas, así que a Fergus se le ocurrió que un arco podía ser lo mejor para ti. –
¿Y las dagas? ¿No puedo? – preguntó Elissa sacando la daga que traía en el costado.
Escucha Eli, no sé de dónde sacaste todas esas cosas, pero definitivamente no usas ese tipo de armadura y para nada utilizas dagas de hierro. Así que relájate. Iremos despacio. –
Demasiado despacio por lo que veo. – repitió ella.
Eso depende de ti – La voz de Fergus vino de pocos metros tras ellos. Elissa se sobresaltó.
¡Por las cenizas de Andraste! No me asustes así Fergus. – le gritó.
Tú eres la que me asusta – contestó el hombre. Venía con ropas similares a las de Aedan y a la espalda traía una bolsa grande. - ¿Quién te puso la armadura? ¿Oren?- Por la broma Elissa supuso que no había escuchado lo que habían conversado.
Aedan se adelantó. Rápidamente le explicó a Fergus lo que ella le había explicado y aunque Fergus estaba sorprendido se lo tomó mucho mejor que Aedan.
Ella tiene razón en algo, ni madre ni padre pueden saberlo. Se armaría un escándalo y nunca más podrías tocar un arma. – Fergus bajó el saco que cargaba y lo abrió. Dentro, Elissa vio un par de espadas de madera y una muda de ropa de montar. Aedan miró a Fergus sorprendido para encontrarle devolviéndole la mirada - ¿Qué? – dijo encogiéndose de hombros – Tenía un presentimiento. –
Sácate esa armadura y larguémonos antes de que vuelva la ronda. – sugirió Aedan.
Buena idea. – Elissa se volteó – Ayúdame con esto. – dijo intentando desabrochar las correas. No le pasó desapercibido las miradas atónitas de sus "hermanos".
¿Quieres que te ayudemos a desvestirte? – preguntó Fergus casi arrastrando las palabras.
¿Aquí? – terminó Aedan.
¡Ey! Tenemos prisa. –
Los hombres se miraron de nuevo, cada uno más sorprendido que el otro. Elissa pensó que tal vez la chica Cousland era muy recatada, pero de nuevo, tal vez la rara era ella que venía de la época de las minifaldas y estaba más que feliz de mostrar las piernas.
Con la ayuda de los hombres Elissa estuvo pronto fuera de la armadura, pero cuando ellos trataron de darse la vuelta para darle privacidad a la hora de cambiarse Elissa los arrastró dentro de las caballerías y los obligó a ayudarle a ponerse aquellas ropas. Ella misma falló en muchas ocasiones intentando ajustarse el pañuelo a la cintura, si Aedan no hubiese intervenido hubiese caído al suelo enredada con él.
Luego de media hora y mucho sufrimiento de los hermanos ella estuvo lista y salieron hacia las tierras de los Cousland. Elissa nunca había escuchado del bosquecito al que la llevaron. Para ella las tierras de Highever eran solamente la mansión, pero tenían algunos paisajes y animalitos adorables rondando por sus terrenos. Cabalgaron poco, pero fue suficiente para que su apalusa le dejase los muslos encendidos. Cuando se detuvieron en un claro Aedan tuvo que ayudarla a bajarse y sostenerla hasta que las piernas dejaron de temblarle. Mientras Aedan luchaba por mantenerla estable Fergus ató los caballos y levantó las dianas de tiro. Al parecer los tres venían mucho a entrenar a esta zona y los chicos escondían las cosas en agujeros en la tierra para que ningún viajero los descubriera. Aedan la sentó en un árbol caído y se acarició la nuca bajo la espesa capa de cabello. Sus profundos ojos brillaban con preocupación.
Vamos a necesitar mucho tiempo. – dijo mientras Fergus regresaba junto a ellos.
No. – dijo Elissa. No tenían tiempo. Ella no sabía cuánto tenían antes de que explotara la guerra, pero debía de estar lista. El dolor de las heridas era un constante recordatorio de que era real. Todo era real. – Padre podría mandarme a vestir armadura mañana y entonces estaría acabada. –
No sabía que fueses tan orgullosa. – dijo Fergus – Padre no te presionará si sabe lo de tu memoria. Y madre estaría más que feliz de que no peleases nunca. –
No. Tengo que pelear. Tengo que saber defenderme. –
Aedan sonrió.
Esa es mi chica. – dijo feliz extendiéndole la mano. - ¿Con qué quieres empezar? –
Elissa se levantó sin tomar su mano y aunque casi pierde el balance Aedan no hizo el ademán de cogerla. Se enderezó como pudo. Los muslos le exigían que siguiese sentada, pero el miedo y la ansiedad eran más fuertes que su dolor. Inconscientemente miró la espada en la cadera de Aedan. Gesto que no perdió de vista.
¿Espadas? – preguntó el hombre acercándole las espadas de madera. – Tú conmigo. Aedan, observará e irá corrigiéndote. – se dirigió al centro del claro donde la luz de la luna les daba más claridad. – No quiero quejas hermanita. –
No las tendrás – le aseguró Elissa.
Cuando Fergus tomó su posición Elissa trató de imitarlo, pero Aedan inmediatamente vino a corregirla. Por mucho que lo intentase, pronto les quedó claro a los chicos que en su mente Elissa no había tocado una espada en su vida. Fergus intentó contenerse, pero cada vez que la golpeaba Elissa sentía que le iban a partir un hueso. Se mordió los labios para no gritar, pero las lágrimas en los ojos le daban a su hermano mayor la clara idea de cuanto sufría.
Para la décima vez que cayó al suelo Elissa estaba sucia y despeinada. Por mucho que le gustase un nuevo cabello, comenzaba a entender por qué debía cortarlo. Era un estorbo. Y sería un estorbo siempre. La idea la encolerizó y cargó de nuevo contra Fergus. La facilidad con que el hombre la esquivó la dejaron atónita. Con la espada de madera Fergus le golpeó en las pantorrillas, haciéndola caer de bruces.
Elissa respiró agitadamente. Estaba cansada y muy adolorida. La lucha le había parecido interminable y aunque cada vez Aedan le daba consejos ella seguía cayendo.
Estaba frustrada.
Mierda – murmuró apretando los nudillos sobre la espada de madera.
No tenía dudas.
Iba a morir.
Basta de espadas por hoy – dijo Fergus e inmediatamente Aedan corrió junto a la chica. Elissa sintió como intentaba levantarla. Ella no luchó para incorporarse, pero se liberó de Aedan y encaró a Fergus.
Todavía puedo seguir. – la nerd en su interior siempre había querido decir aquella frase, solo que en condiciones más honorables.
Fergus la miró como si fuese un bicho raro. El escepticismo brillaba en su mirada cuando él y Aedan intercambiaron gestos. Aedan negó. Sabía que con un golpe más Elissa no podría ocultar los moretones. Fergus suspiró. Le agradaba que su hermana estuviese tan dispuesta, pero su entusiasmo era preocupante. Por no decir que la chica había perdido todas sus habilidades y reflejos. Enseñar a pelear a Oren sería más sencillo. Tal vez Elissa debería comenzar su educación marcial desde cero. Entonces no habría forma de ocultar su pérdida de memoria.
Si seguimos no podrás practicar con el arco. Debemos regresar antes del alba para que no noten que nos fuimos. – contestó Fergus con severidad.
Eli – le dijo Aedan a su oído – suelta la espada – con su mano aflojó los nudillos de la chica sobre la empuñadura de madera.
Elissa estaba asustada de su ineptitud. Esperaba por lo menos mantener los reflejos de la chica Cousland, pero ni siquiera eso. Con un suspiro liberó la espada en manos de Aedan. Solo entonces se dio cuenta lo fuerte que la estaba agarrando.
Fergus volvió a su lado, esta vez con el arco en mano y una cesta de flechas de madera. Una vez más Aedan ajustó su postura y la ayudó a tensar el arco y colocar la flecha. Elissa apuntó y la liberó. Suspiró aliviada cuando le dio a la diana. No fue desde muy lejos, ni dio cerca del blanco, pero por lo menos le dio.
Aedan y Fergus no compartieron su alivio, sino que se miraron nerviosos.
Aquello no tenían forma de ocultarlo.
Otra vez – ordenó Fergus y ella obedeció.
Disparó hasta que las flechas le hicieron ampollas y los hombros le dolieron. Cuando Fergus dio por terminado el entrenamiento la zona alrededor de la diana estaba llena de flechas y ninguna entraba en la zona amarilla. Elissa estaba cansada, pero todavía le quedaba el viaje de vuelta. Sin embargo, sus hermanos no iban a arriesgarse a otra caída del caballo. Por eso cuando montaron Elissa lo hizo delante de Aedan mientras Fergus jalaba su caballo mientras regresaban a casa.
Elissa consiguió que la criada elfa le dejase para bañarse. La muchacha había sido insistente y aunque Elissa sabía que no le iban a lastimar por haberse librado de sus deberes sí que Nan le regañaría y se lo diría a Eleanor. Por eso se bañó con prisas. Lavó su cabello con jabón y aceites aromáticos y lo enjuagó con abundante agua tibia.
Cuando entró en la tina se restregó las heridas con un paño y procuró no gritar de dolor con cada golpe. Tenía morados en todas las partes en que Fergus le había pegado, pero solo las laceraciones entre los muslos habían adquirido el color violeta de los moretones. El resto sencillamente estaban de un tono verdoso que para nada le gustaban.
Una vez hubo terminado Elissa abrió el armario y escogió un vestido sencillo, de mangas largas y bajo vuelo. Era muy fino y se le antojó ceremonial, pero era lo más discreto que encontró. Se ajustó las sandalias como pudo, pues, en su mundo nunca vio el dichoso diseño. Tenía un plan para ese día. Debía ubicarse en tiempo y espacio si quería tener una idea del tiempo que le quedaba para prepararse antes de que cayese sobre ellos la cuarta ruina. Planeaba entonces ir a la biblioteca y ver al hermano Aldous. No había tenido oportunidad de conocerlo, pero en el juego el anciano era bien versado en historia y filosofía, seguramente podría aportarle gran saber con solo escucharlo. De paso podría revisar los libros de historia. Se avergonzaba de admitir que nunca le dio mucha atención a los textos del juego que no fuesen diálogos o cartas. Jamás se leyó la historia de Ferelden o de la ruina, así que solo sabía del origen de los engendros tenebrosos y alguna que otra cosa más que iría recordando de seguro cuando las viese.
Se recogió el cabello con unos ganchos. El color le encantaba, sobre todo la decoloración de las puntas, tan diferente a lo que se podía hacer en el juego. Sin embargo, quería acostumbrarse a recogerlo sobre la nuca, para que cuando pelease no le resultase un estorbo y pudiese recogerlo rápidamente. En el juego Elissa siempre estaba tan perfecta que le disgustaba. ¿Cómo podría ella estar siempre impecable y limpia? ¿Realmente se mancharía de sangre hasta la nuca? Recordó los dientes de los personajes manchados de sangre y se le revolvieron las entrañas.
Alejó de su cabeza aquellas ideas y se vio por último en el espejo. El cabello estaba un poco desordenado y le caían dos mechones a los lados del rostro, pero no se veía desagradable. Tomó una peineta de perlas y oro con forma de hoja de laurel y la colocó sobre la cebolla. Le agradó el porte del vestido sobre su cuerpo. En el mundo real no era gorda, pero aquí tenía una mejor figura. Más firme. No se molestó en maquillarse, en este mundo no sabía cómo, pero en el suyo tampoco lo hacía. Complacida con su trabajo abandonó la habitación y cerró la puerta a su espalda.
Tía – gritó Oren a su espalda. Elissa se volteó, chocando con que el chico se abalanzó sobre ella, abrazándola por las piernas.
Dios – chilló de dolor. Por suerte, el chiquillo pareció no notarlo.
Oren era más pequeño que en el juego, donde todos los niños parecían tener la misma edad y el mismo peinado. Se dio cuenta de que hasta el momento nunca lo había visto. Era una versión en miniatura de Fergus. Las mismas fracciones, las mismas cejas y los mismos ojos, pero la nariz y la boca eran más finos. Debían ser como los de su madre, a quien solo había escuchado mentar. También a ella debió sacar el cabello castaño. Era un niño intranquilo, pues en los días que estuvo en cama le había escuchado gritar y reír por la sala común.
Oren, si saltas sobre mí así me vas a tirar – le dijo intentando disimular su dolor.
Puedo tumbarte aunque no salte – dijo el chico entusiasmado – soy muy fuerte. –
Ya lo sé pequeño. – su voz era la misma que en el juego. Un poco chillona, pero infantil. A ella le había parecido demasiado infantil. Ahora sabía por qué. - ¿No vas a jugar hoy?-
Sí, hoy voy con Bryce a buscar un tesoro escondido. Padre me dibujó un mapa. – el pequeño se metió la manita en el bolsillo y sacó un papel enrollado. – papá me prometió que si lo encontraba me enseñaría a usar una espada. –
A Elissa se le encogió el corazón. Sabía que el pequeño no viviría luego de ver una espada. Tristemente, un comentario que hizo su padre para animarlo resultó ser la verdad más crudo que el niño tendría que enfrentar en su corta vida. Elissa se arrodilló y lo abrazó.
Sé que lo encontrarás. – le animó.
¡Claro que sí! Bryce es mi arma secreta. ¡El puede oler el oro! – le dijo el niño con una gran sonrisa.
"Es tan delgado…" pensó ella.
Pero si eso no funciona ven a verme. Yo te enseñaré. – prometió. El niño la miró extrañado.
¿Tía sabe usar una espada? – dijo escéptico.
No. Pero aprenderemos juntos. – dijo pellizcándole la nariz. A Oren pareció gustarle el gesto porque asintió emocionado y salió corriendo llamando al perro.
Elissa le vio marchar con el pecho oprimido.
No deberías prometerle esas cosas. – dijo la voz de una mujer.
Nuevamente, Elissa se vio dándose la vuelta.
La reconocía. Cabello castaño, corto y liso. Ojos café y piel bronceada. La misma boca y nariz de Oren. Oriana.
Elissa apretó los labios.
Deberías dejar que Fergus comenzara a enseñarle. Mientras más joven aprenda mejor será cuando crezca. – contestó Elissa con suavidad. No sabía cómo era su relación con la mujer y prefería no hacerse muy amiga suya.
Suenas como Aedan. – le sonrió Oriana. – Pero creo que es muy pequeño. Le veo tan delgadito y meda miedo que lo maten a palos. - había real miedo en su voz.
Se acordó entonces de si misma tirada en el suelo del bosque.
Fergus no sabe contenerse. – murmuró.
Eso es. – Oriana estuvo de acuerdo. - Aunque sea su hijo estoy segura de que lo tratará como a un escudero. Mi Oren no podría con eso. Me encantaría que nunca aprendiera. –
No digas eso. – aconsejó Elissa. – Es hombre, debe saber para que pueda proteger a la familia. –
Sé que es el sucesor de Fergus, pero todavía no. – Le tomó del brazo con mucha familiaridad y la jaló hasta las escaleras. – Por cierto ¿cómo están esos moretones? –
Elissa se tensó. "Estúpido Fergus" gritó en su mente.
¿A qué te refieres? – trató de disimular.
Vamos Elissa, no soportas las mangas sin volantes. Es un vestido muy sencillo para ti. Además – hizo una pausa teatral – vi como Aedan te trajo cargada hasta tu alcoba. Si Fergus no me hubiese detenido hubiese corrido a golpearlo con mis zapatos. Elissa alzó una ceja sorprendida. – Tuvieron suerte de que Eleanor no los viera. Se hubiese vuelto loca. –
¿Cuánto te contó Fergus? – murmuró mirándola fijamente a los ojos.
Me dijo que el golpe hizo que olvidases algunas cosas. – hizo otra pausa – Que olvidaste como pelear. -
Prométeme que no le dirás nada a mi madre. Por favor. –
¡Claro que no! No estoy loca. –soltó Oriana con una carcajada. – Pero esto es una cosa seria Elissa. Deberíamos mandar a buscar a un curandero. O un mago del Círculo para que te examinara. –
No. No quiero llamar tanto la atención. Madre se pondría como loca. – dijo exagerando sus gestos. Lo menos que necesitaba era a un mago con ella.
Pensó entonces en Anders. Aquella podría ser una gran oportunidad para sacarlo del círculo. Pero no estaba segura si podría mantenerlo con ella hasta que terminase el Blight. También podría llamar a Wynne, pero ella debía estar cuando llegase a Ostagar y como no sabía cuánto faltaba para ello, era mejor no comenzar a alterar desde ya el flujo temporal.
Estaré bien. Me aseguraré de ser más cuidadosa la próxima vez que entrenemos. Por ahora solo usaré espadas de madera. Nada de armas reales. – se repitió para Oriana y para sí misma.
Tu madre adoraría que olvidaras esa idea. –
Ella sabe que soy una Cousland. Todos debemos saber pelear. Pero hay otros problemas. –
¿A qué te refieres? –
No se lo he dicho a Fergus – le susurró al oído a Oriana – pero pelear no es lo único que olvidé. –
¿Cómo? – Oriana parecía azorada.
No recuerdo nada de modales ni etiqueta. Ni siquiera sé que es lo que no sé o qué debería saber. Tengo miedo de enredarme con mi madre en una conversación y que lo descubra. –
Que horror – se veía auténticamente preocupada. – Pues… - dudó un poco – creo que con eso yo puedo ayudarte. –dijo como si intentase tranquilizar a Elissa. – Podemos practicar por las tardes, luego del almuerzo. Eleanor se reúne con Bryce en el salón y recorren el palacio. Ese recorrido nos da tiempo suficiente para hacer algunos arreglos. No te preocupes Eli. Estoy de tu lado. – Elissa asintió. Al final resultaría ser una chica mona. Lo cual hizo que conocer su final solo lo hiciese peor.
