05 El ataque

Los ladridos del mabari despertaron a Aedan de su sueño. Le vio allí, de pie frente a la puerta, observándola con un capricho perturbador mientras gruñía con fuerza.

Lo siento – dijo Dairren - he intentado tranquilizarlo, pero no quiere escucharme.

Aedan se levantó, colocándose su ropa interior y la armadura, que se encontraba desparramada por los costados de la cama, en señal de la pasión momentánea.

¿Oyes eso? – preguntó sintiendo un gran alboroto.

¿Qué cosa? – contestó el hijo de Lady Landra colocándose el camisón.

Ese ruido. –

Espera, iré a revisar. – Dairren caminó hacia la puerta y apenas la abrió el mabari salió corriendo.

Aedan corrió tras él, encontrándose el corredor común atestado. Oriana sostenía a Oren con la mirada horrorizada hacia la puerta del corredor que conducía a las habitaciones. Lady Landra y su criada estaban en camisón y esperaban junto a la puerta de Eleanor. La puerta se abrió y su madre apareció con la armadura colocada y un arco a la espalda. InmediatamenteAedan corrió a por su espada y escudo.

Toma una espada – le dijo a Dairren – nos atacan. –

El chico corrió a obedecer, vistiéndose con una armadura que Aedan le ofreció.

¿¡Dónde está Elissa!? – escuchó Aedan gritar a su madre y la sangre se le fue a los tobillos.

"Por favor Maker ¡No! Mi hermana no."

Salió corriendo de la habitación.

Retírense al cuarto de madre y pónganse las armaduras – ordenó a las mujeres – Esto puede ponerse feo. –

Avanzó hacia Bryce, que arañaba la puerta y ladraba con fuerza. Las mujeres obedecieron y Dairren se apresuró a cubrirlas. Aedan corrió hacia la puerta del pasillo y la abrió de un tirón.

Una vez más el animal salió disparado contra los intrusos, dispuesto a proteger a su amo y los miembros de su casa. Calló sobre el pescuezo de un soldado que portaba el escudo de Arl Howe y alzaba la espada contra la persona recostada al marco de la puerta. Aedan palideció al ver que la figura que sostenía en sus manos una espada y una daga ensangrentadas no era otra que Elissa Cousland.

¡Eli! – gritó cuando las piernas de la chica fracasaron y ella calló hacia atrás. Aedan la sujetó entre sus brazos mientras ella intentaba enderezarse.

Te dije que nos atacarían – le dijo la muchacha burlona.

El casco apenas y le había protegido su rostro, estaba lleno de moretones y arañazos. Tenía un ojo morado, la nariz rota e incluso el casco estaba abollado en un costado marcado por la sangre que corría hasta su barbilla. La armadura estaba magullada, en algunas zonas los cortes incluso habían alcanzado la piel. Elissa le echó a un lado y se levantó tambaleándose. Los ojos de Aedan se llenaron de lágrimas. Sabía que aquello era culpa suya.

Elissa se lo había advertido, pero él no le creyó. Ella no tenía pruebas, solo se le ocurrió de la nada lo que pasaría y él pensó que fue a causa del golpe en el caballo. Pero tuvo razón.

Lo siento tanto – murmuró parándose frente a ella, cubriéndola.

¿Pero qué dices? – contestó Elissa forzando una sonrisa – Esto no es nada comparado con las palizas de Fergus –

Aedan rió por lo bajo. Una lágrima le corrió por el rostro.

¡Van a pagar por esto! – dijo encolerizado.

Guarda tu ira para después. Tenemos que llegar junto a padre. –

Bryce, el mabri, regresó junto a ellos con los colmillos ensangrentados. Poniéndose en guardia frente a la muchacha. Rugiendo entre dientes.

Prepárate, ¡vienen más! – anunció Aedan.

Elissa guardó la daga y la espada y sacó el arco.

No me lo digas – contestó apuntando a la entrada del corredor – Lo sé – murmuró.

Un grupo de siete u ocho hombres apareció en el umbral. Perecían un poco fuera de sitio, pues no comprendían la demora de sus camaradas. Sin embargo, al ver a Elissa y Aedan sobre los cadáveres de los soldados que portaban su mismo escudo sacaron sus espadas. El que desenfundó un mandoble cayó al suelo con una flecha atravesándole el cuello. Muerto.

Los hombres cargaron contra ellos y el mabari se movió, pero la voz de Aedan le detuvo.

Espera. – susurró.

Y el mabari esperó, esperó hasta que Elisa descargó una flecha que se encajó en la pierna de otro soldado que no dejó de correr. Esperó a que ella volviese a disparar y el mismo soldado cayese al suelo jadeando de dolor pero vivo. Esperó hasta que estaban a la distancia de una espada y entonces…

¡Bryce! - gritó Aedan y el mabari saltó sobre el rostro de uno de los soldados.

Aedan golpeó a los que venían sobre él con el escudo. Aplicó todo su peso sobre el y los empujó hacia atrás. El corto tiempo le permitió a Elissa guardar el arco y recuperar su daga y la espada. Cortó en un costado al que peleaba con Aedan y este cayó al suelo. Aedan se enredó con otro enemigo, le golpeó en el rostro con el escudo y lo atravesó con la espada. Tiró el cadáver sobre los otros dos haciéndoles perder el balance. Bryce saltó sobre ellos y noqueó a uno mientras Aedan acababa con el otro.

Cuando la batalla terminó Elissa se recostó contra la pared y Aedan corrió a su lado.

Eli, aguanta. – le dijo, sujetándola y jalándola hacia el cuarto de su madre.

Al verla Oriana soltó un grito ahogado y Lady Landra palideció, de forma que su criada tuvo que sujetarla para que no callera desmallada.

¡Mi niña! – gritó Eleanor. - ¿Qué ha pasado? ¿Quién? –

Son los hombres de Arl Howe – dijo Aedan acomodando a la muchacha sobre las piernas de su madre. – Reconocí sus escudos. –

Oriana corrió al armario y sacó un rollo de vendas antes de regresar junto a su cuñada y su suegra, que le arrancaba la armadura a su hija. Oren estaba abrazado al mabari, llorando en voz baja.

Su hermoso rostro, o Maker. – lloraba Eleanor.

Sanaré madre. Unas cuantas cicatrices le harán bien a mi cara. – intentó tranquilizarla Elissa, pero el dolor no le estaba ayudando.

Eleanor intentó sonreír, pero cuando le vio las heridas no pudo. Lady Landra comenzó a vendarle el torso junto con Oriana y Eleanor le limpió los cortes del rostro.

Tenemos que apurarnos – dijo Aedan, vigilando junto a Dairren desde la puerta. – En cualquier momento vendrán más.

¡Ella no puede pelear en este estado! – protestó Eleanor.

¡Sí puedo! – dijo Elissa apartando a su madre. Debía pelear, o morirían todos.

Aedan corrió a sostenerla cuando Elissa se tambaleó. La muchacha respiraba pesadamente, pero intercambió una mirada cómplice con su hermano.

Padre estará en el gran salón. Tenemos que ir por él. Rápido. –

Aedan no le preguntó cómo lo sabía. Ni intentó detenerla, esta vez confiaría en ella. Esta vez no la decepcionaría.

Levántense. – ordenó – Nos vamos. –

Eleanor no protestó, tomó su arco y avanzó tras su hijo hacia los cadáveres. Dos de los hombres cargaban arcos a la espalda, así que los tomó y le dio una a Oriana y otro a la criada de Lady Landra. Oriana dudó, pero lo tomó, mientras que la elfa parecía mucho más cómoda con el arma que sin ella.

Aedan liberó a su hermana, quien finalmente consiguió estabilidad y terminó de arreglarse la armadura. Ella acomodó su arco a la espalda y sacó la espada y la daga. Darren se paró junto a ellos, con la espada y uno de los escudos de los hombres de Howe.

Vamos. – Les dijo Aedan, obteniendo una afirmación general de la cabeza y un ladrido del mabari, quien se mantenía pegado a su sobrino.

Salieron por la puerta del pasillo, atravesando el grupo de cadáveres. Aedan iba a la cabeza, con los otros dos a los costados y su madre atrás, entre ellos estaba los civiles. En aquel pequeño grupo podrían protegerlos sin problemas. Se cruzaron con un grupo pequeño de soldados y atravesaron con facilidad. Incluso encontraron algunos soldados propios que se les unieron. Entonces, para sorpresa de Elissa y Aedan Eleanor cambió de dirección guiándolos hacia la sala del tesoro.

¿Qué estás haciendo? – le gritó su hija.

El escudo de la familia. – le recordó Aedan.

No podemos permitir que caiga en manos de Howe. – dijo su madre.

Elissa se maldijo una y mil veces. Estuvo en aquella sala más temprano con Alistair. ¿Cómo demonios se le había pasado aquel detalle?

Aedan tenemos civiles. ¡No puedes ponerlos en riesgo! –

Solo será un momento. – insistió su madre, tomando la llave y ofreciéndosela a Aedan.

No sabemos cuándo puedan regresar los soldados – insistió Elissa.

Aedan fue a contestar, pero Oren le quitó la llave de las manos.

Yo iré – dijo el niño echándose a correr.

¡Oren!- gritaron Elissa y Oriana a la vez.

Oriana corrió tras su hijo, dejando el círculo protector de su familia. Elissa y Aedan corrieron tras ella, pero en cuando Oren abrió la puerta un guardia con una espada larga en mano cargó contra él.

Elissa gritó cuando la espada atravesó el pecho de Oriana, quien se interpuso entre el soldado y su hijo.

¡Noooooo! – lloró la muchacha, sin notar como su hermano pasaba junto a ella y le cortaba la cabeza de cuajo al soldado.

Oren calló llorando sobre su madre. Llamándola desesperado.

Elissa corrió hacia ellos, abrazando al niño que gemía.

Mamá – decía – Mamá, ¡mamá! –

Bryce saltó sobre los soldados que atacaban a su amo, Eleanor y Darren se unieron a la pelea, mientras Lady Landra y su criada intentaron hacer algo por Oriana. Pero Elissa sabía que estaba muerta entes de empezar. Apartó a Oren de su madre, cargándolo contra su pecho. Sintiéndole temblar.

Nada más podrían hacer por ella ahora.

Mama, mamá – lloraba Oren abrazado al cuello de su tía. Quien lloraba en silencio. La sangre manchaba las manos, el pecho y las manos del niño, pero Elissa no se movió hasta que el ruido dentro de la sala del tesoro cesó y Aedan volvió armado con las armas de la familia. Se arrodilló junto a Oriana y tomó su anillo de bodas.

Vamos – le dijo a Elissa con una terrible expresión de culpa en el rostro.

Ella asintió, siguiéndolo por el pasillo, esta vez, colocándose entre el grupo de guardias, su hermano y Darren.

Finalmente llegaron al gran salón, donde Ser Gilmore y sus hombres peleaban contra más enemigos. Aedan se unió a la pelea, acelerando la victoria. El joven se fue directo a por el mago, reduciendo sus fuerzas de ataque. Esa pelea quedó asegurada con rapidez.

Tranquen las puertas. – ordenó Aedan, observando como Elisa miraba alrededor.

My lord – se apresuró a decir Ser Gilmore – el castillo está perdido –

El golpe de los soldados contra la puerta hiso a todos creer su punto.

Me alegra que usted y mis señoras estén a salvo pero deben dejar el palacio – dijo intentando convencerles de lo que decía.

Bryce, el mabari, ladró hacia la puerta cerrada que era golpeada desde el otro lado. Sabía que había enemigos allí. Demasiados.

Quemémoslo – todas las cabeza giraron hacia Elissa. – Antes destruido que dominado por ese cerdo de Howe. –

Eli – murmuró Aedan.

¡No digas eso! – Insistió su madre acariciando la espalda de Elissa – lo recuperaremos. –

No. – Elissa observó a su hermano y los otros hombres en la sala. – Ya han quemado gran parte del palacio. Si nos quedamos moriremos todos, como pasó con Nan y los criados. La salida de los sirvientes estará sin vigilancia. Si ponemos todos los muebles en la puerta principal, trancamos las laterales e incendiamos la madera los quemaremos como a ratas en una madriguera. –

Lady Landra palideció frente a la vehemencia y el odio en la voz de Elissa. Sin embargo, la sombra de duda de Aedan desapareció de su rostro.

Guilmore - le llamó - ¿Puede hacerse? –

¡Aedan! – protestó Eleanor, pero el muchacho la ignoró.

No lo sé mi lord. Depende de cuánto resista la puerta… pero pondré a mis hombres en eso de inmediato.

Ayudaremos. – contestó Aedan, y los guardias que se le unieron en el camino se unieron a las fuerzas de Gilmore.

Unos sujetaron la puerta y otros juntando las muebles y moviendo las estatuas de piedra que adornaban las esquinas. Eleanor descolgó unos cuadros y Lady Landra y su criada trajeron unos libros. Elissa descolgó la bandera de la familia. Y frente a la mirada desaprobatoria de su madre las tiró dentro del bulto de objetos para arder. Notó entonces que Oren se había quedado dormido y se lo entregó a la criada de Lady Landra, quien lo cargó con mucha dulzura.

Elissa se acercó a Ser Gilmore.

Mi padre ha pasado por aquí ¿verdad? – le preguntó.

Sí, my lady. Pasó por aquí buscándolos a ustedes. Fue hacia la bodega. Andaba con un soldado que no conocía – dijo rápidamente el soldado.

"Alistair". Elisa sonrió. Sabía que podía confiar en él. Sin embargo su sonrisa desapareció.

¿Estaba herido? –

Una herida superficial my lady. Nada serio. – le aseguró Ser Guilomre. Permitiendo que la muchacha respirase por primera vez esa noche. – Gracias Gilmore. –

El soldado asintió, avanzando hacia el fuego del hogar y encendiendo una antorcha improvisada. Eleanor se paró frente a la barricada que a la vez serviría como fuente del fuego. Las puertas temblaban bajo su peso y el de los hombres que la golpeaban del otro lado. Elissa se paró a su lado, tomándola de la mano.

Gilmore le entregó la antorcha a Aedan y cuando sus manos se tocaron intercambiaron miradas cómplices. De pena, apoyo y compañerismo. Aedan le sonrió al hombre que palmeó su espalda cuando le entregó la antorcha. Entonces Aedan prendió el fuego sobre uno de los estandartes de su familia.

Por Highever. – dijo Aedan en voz alta mientras encendía el fuego - ¡Que el hacedor nos proteja! –

Que el hacedor nos proteja – repitieron los soldados y la familia.

Que el hacedor – murmuró Elissa – nos proteja. –

Aedan tiró la antorcha sobre la madera y se dio la vuelta. Observando a sus hombres.

Guilmore, toma un grupo de hombres, a los invitados, mi madre y a Oren y salgan por la entrada de los criados. Llévalos a Lothering. Nos encontraremos allí. –

Sí señor. – aceptó el su madre se resistió.

No. Yo voy con ustedes. –

Madre, Oren te necesita. – intervino Elissa. – ¿Vas a dejar que se lo lleven lejos de tu vista? El chico acaba de perder a su madre. –

Pero Bryce… - dudó Eleanor.

Padre está bien – la tranquilizó Elissa. – Los Gray Wardens están con él. –

Ella tiene razón madre. – la apoyó Aedan – Además, nosotros vamos a buscarlo. Estaremos bien. –

Pero – dudó - … pero Elissa está herida. –

Estoy bien madre. Ve con Ser Gilmore y protege a Oren. ¿Sí? – suplicó Elissa.

No supo si fue su tono o la mirada que le dio Aedan, pero Eleanor tomó a su nieto de manos de la criada y asintió a sus hijos, dejándose guiar por los soldados. Entonces, ser Gilmore se acercó a Aedan.

Si esta es la última vez que nos veremos – dijo el hombre un tanto temeroso – quiero que sepas que no lamento nada de lo que hicimos. –

Aedan le sonrió. Se inclinó hacia adelante y le dio un beso superficial sobre los labios.

Que el hacedor vele por ti, Gilmore. – se despidió acariciándole el rostro.

El hombre se sonrojó y asintió.

Que vea por todos nosotros. – hizo un reverencia y encabezó el grupo de soldados.

Gilmore les guió fuera, dejando solamente a Elissa y a Aedan en el salón. Las llamas se extendieron por la puerta y el techo mientras ellos les veían marchar.

Vamos. – le dijo Aedan a Elissa. Quien asintió y le siguió en dirección hacia las cocinas, donde ya sabía estaba en cuerpo de Nan y los criados elfos.

Encontraron pocos enemigos en el trayecto, pero ninguno sobrepasó la furia de Aedan. Elissa no tuvo necesidad de sacar el arco o las dagas. Sencillamente caminó tras su hermano con paso ligero. Encontraron cuatro sirvientes siendo acosados por los hombres de Howe, pero cuando Aedan despachó a los soldados les indicó el camino que siguió su familia.

Desde cualquier posición que observase se veían las llamas provenientes del gran salón y como estas se extendían por los soportes de madera del palacio de los Cousland. Aunque el pensamiento de que Oren y Eleanor estaban vivos la reconfortaba, intentaba recordarse que aún no estaba a salvo y que el pilar principal de la historia aún estaba desaparecido.

Aedan se detuvo delante de la puerta derrumbada de las cocinas y pateó el pedazo de madera que quedaba cubriendo el agujero. Pareciese que alguien lo había colocado allí para disimular, pero Aedan se coló por el marco sin preocuparse del ruido o de los enemigos que pudiese haber dentro. Elissa lo siguió, observándole desenfundar nuevamente la espada de su familia y el escudo. Aedan la observó por encima del hombro, advirtiéndole que se preparase para la pelea. Ella asintió y sacó el arco. Entonces, por segunda vez ese día, Aedan pateó la puerta.

Bryce el mabari fue el primero en entrar, ladrando estruendosamente.

Apenas pudieron esquivar la mesa que cayó sobre ellos cuando el guardia en el interior del cuarto cargó en su contra. Aedan detuvo la estocada con el escudo y respondió cargando en su contra, sin embargo el soldado era habilidoso y detuvo la espada de Aedan con la suya.

Tras ellos Elissa que observaba el espectáculo se llevó las manos a la espalda en busca de su arco, pero la reacción del mabari la detuvo. Bryce se había quedado quieto, observando al soldado que cargaba el escudo de Arl Howe. El mabari se sentó e inclinó la cabeza.

Elisa observó entonces más de cerca a los hombres que forcejeaban con las espadas y en la penumbra le reconoció.

¡Aedan para! – le gritó a su hermano.

Aedan aplicó toda su fuerza sobre la espada y empujó hacia atrás al soldado.

No es el momento – murmuró apretando los dientes.

El otro sujeto sin embargo retrocedió un poco, como si notase alguna cosa. Algo familiar en los recién llegados. Al verlo retroceder Aedan dudó, pero bajó el escudo cuando Elissa se interpuso entre ellos.

No lo entiendes – ella miró sobre su hombro al soldado. – Es Alistair. – dijo con una sonrisa.

El mabari ladró estruendosamente.

¿Quién? – preguntó el muchacho alzando una ceja.

El Gray Warden del que te hablé. – ella se volteó para encarar al soldado y se quitó el casco. – Alistair –

Eh, sí – dijo el sujeto algo confundido quitándose también el casco - ¿Y ustedes? –

Elissa vio la incertidumbre dibujada en el rostro del templario y su sonrisa desapareció. Al principió se sintió dolida y confundida, pero entonces recordó las heridas que había sufrido en batalla. ¿Tan lastimado estaba su rostro que Alistair no le reconocía? Inmediatamente volvió a colocarse el casco.

Somos los hijos del Teyrn Bryce – le anunció Aedan guardando en su funda la espada de su familia, pero mostrando orgullosamente el escudo con los laureles. – Aedan y Elissa Cousland –

Elissa retrocedió hasta quedar junto a su hermano.

Por unos momentos el sujeto les miró incrédulo… como si no entendiese como aquella chica y la "Elissa" que había conocido eran la misma persona…pero asintió al ver su armadura y sus armas.

L…lo siento – se disculpó, avergonzado por no reconocerla – pensé que eran más de esos tipos – dijo señalando hacia afuera.

Está bien – contestó Elissa intentando sonreír otra vez. El mabari ladró nuevamente, pero se levantó moviendo animadamente la cola.

¿Pup? – escucharon la voz del Tyrn. Elissa aguantó el aliento. - ¿Eli? –

Alistair se apartó, corriendo la puerta hacia un lado para mostrar a los "invitados". Entonces Elissa le vio, recostado a la mesa, con la camisa hecha girones una enorme venda alrededor del abdomen. Sin embargo, no estaba tan pálido ni sangraba y sobre todo… estaba de pie.

Elissa suspiró aliviada mientras Aedan corría en su dirección.

¡Padre! – dijo el chico llegando a su lado. - ¿Estás herido? ¿Qué ha pasado? –

Howe – contestó Elissa. Por un segundo, los tres Cousland intercambiaron miradas.

Sí – dijo Bryce – Ese traidor intentó matarme mientras estábamos solos en mi despacho. – el Tyrn miró al soldado junto a su hija. – de no ser por este joven, lo hubiese conseguido. –

Gracias – le dijo Aedan, con una sonrisa que suavizó el corazón de Elissa.

No, no fue nada – dijo Alistair, hiendo a arrodillarse junto al Teyrn tras mirar a la chica. Inseguro si debía decir que estaba advertido – le vendé lo mejor que pude – explicó.

La herida no sangra más – murmuró Teyrn Bryce observando a su hija acercarse desde atrás. – Pero me siento débil.

Elissa sacó de su armadura una poción de sanación. La más potente que había encontrado en los almacenes antes de la batalla. Elissa se la ofreció a su padre.

Bebe esto. – le dijo con voz dulce. Aedan tomó la botella en su mano, acercándosela a su padre a la boca y ayudándole a beber. – Madre y Oren están a salvo. Ser Gilmore los sacó del castillo por el pasaje de los criados. –

¿Y Oriana? – preguntó Bryce, la sombra en sus ojos le dijo a la chica que bien sabía el destino de su cuñada. Elissa negó suavemente. – Pobre Fergus. – murmuró el hombre mientras un leve brillo rojo salía por sus poros, concentrándose en la zona dañada.

¡Howe pagará por esto! – la voz de Aedan salió con vehemencia, denotando una fuerza que la chica pocas veces había visto.

Habrá tiempo para la venganza luego. – murmuró Elissa – Ahora debemos huir. –

¿Q pasó con los otros guardas? – preguntó Alistair temiendo por sus compañeros.

A su espalda escucharon unos pasos y el sonido de unas armaduras. Aedan saltó en el lugar, desenfundando su espada. Sin embargo las dos figuras que hicieron entrada le invitaron a bajar sus armas.

Nosotros estamos bien. – dijo la voz de Duncan mientras él y Stroud hacían acto de presencia.

Una vez más, Elissa se sorprendió de lo oportuno que era aquel sujeto.

¡Duncan! – dijo Alistair con una gran sonrisa pero no se apartó de Bryce – Stroud, me alegra verlos – el alivio estaba claro en su voz.

Y nosotros a ti muchacho. – contestó Stroud – aunque no se puede decir lo mismo del castillo. Todo arde en llamas. –

El fuego ha contrariado a los hombres del Arl Howe. Revolotean como moscas intentando apagarlo. Aparentemente el Arl no quiere perder el castillo. –

Bryce busco apresurado la mirada de sus hijos, solo para encontrar a Aedan observando fijamente a Elissa. El techo crujió sobre ellos.

Nos estamos quedando sin tiempo. – repitió Elissa.

Duncan y Stroud intercambiaron miradas, entonces Stroud asintió.

Me temo que todavía hay un tema por zanjar. – dijo Duncan. Enfundó su espada y se acercó al Teyrn. – Vinimos aquí con la promesa de una conscripción. Y he de partir con un recluta. –

Elissa quedó rígida. Apretó los labios y los puños.

Duncan, no es el momento – dijo Tyrn Bryce.

Me temo que no habrá otro "momento", mi señor. Debe ser ahora. –

La muchacha cerró los ojos.

Alistair desvió la vista, él también estaba en desacuerdo con usar esa clase de situación para obtener un recluta, pero no se atrevía a desafiar a Duncan.

Yo lo haré –

No, pup. – dijo la débil voz de Bryce. Y por más que intentase sonar autoritario, sus palabras vinieron a ellos como una súplica. – Ser Gilmore está vivo. Pueden reclutarlo una vez que nos encontremos con tu madre y los otros.

Aedan tomó el brazo de su padre, sonriéndole con dulzura.

Me temo que no será posible padre. – contestó el muchacho. – Los Gray Wardens han de partir directo a Ostagar para encontrarse con el rey. Allí se unirán a la batalla y no tendrán oportunidad de reclutar a Gilmore. – Aedan observó el rostro de su hermana, notando una solitaria lágrima bajar por su mejilla. – Debo ser yo. –

Duncan asintió, satisfecho con la decisión del muchacho mientras que Bryce parecía… derrotado.

Nuestro padre está herido – dijo la voz de Elissa – pero si viene de él, el rey Caidan estará más receptivo a escuchar nuestra historia. Deberíamos ir todos juntos a Ostagar. –

¿Qué? – Alistair no se creía lo que estaba oyendo. Aunque no parecía del todo un disparate, el llevar a una familia entera y a un hombre herido a Ostagar le parecía una muy, muy mala idea.

Aedan también pareció escéptico.

¿Todos? – preguntó a lo que Elissa contestó rodando los ojos.

Nosotros. – dijo señalando a los presentes. – Ostagar no está muy lejos de Lothering, donde seguro Ser Gilmore debe haber llevado a madre y los otros. Sin mencionar que en el campamento del rey debe haber magos que sanen las heridas de padre. –

El mabari ladró con fuerza.

¿Y la horda? Si atacan mientras están allí estarán en peligro – dijo Alistair aún en contra.

Elissa intentó sonreírle, pero la idea de que no se vería agradable en su rostro magullado le hizo desistir.

Si la horda estuviese lo bastante cerca de Ostagar como para caer sobre nosotros nada más llegar ustedes no hubiesen venido a Highever a reclutar. – Elissa buscó con la mirada a Duncan - ¿Me equivoco? –

Los dos Gray Wardens le miraron fijamente hasta que Duncan asintió.

Será una visita corta. – concluyó Elissa intercambiando una mirada con Aedan, quien tampoco parecía a gusto del todo con la idea.

Alistair desistió, cruzándose de brazos y poniendo la boca como la de un anciano estreñido. Totalmente en desacuerdo.

Bueno – dijo Aedan tomando con su mano libre la de su hermana. – Si estamos todos de acuerdo, sugiero que nos pongamos en marcha. Antes de que nos caiga encima el castillo. –