13 "Campamento"
El grupo marchaba con paso firme hacia Redcliff. Aedan, quien iba a la cabeza estaba consternado. Le resultaba duro, que de todos los consensos a los que intentaron llegar, solo consiguieron ponerse de acuerdo con los elfos. Y con el voto en contra de Darrian. Era comprensible el desprecio que el elfo mostraba por los humanos. En fin de cuentas, si creció en denerin, como Amell le había informado, entonces debía haber tratado con la peor clase, los nobles. Aunque su padre siempre fue amable con sus criados elfos, la propia Nan era un tanto abusadora. Podía resultar complicado ponerse en su lugar, pero quería entenderlo.
Le buscó por encima del hombro, encontrándole tirando de uno de los caballos. O al menos intentándolo. Cailan parecía querer quitarle las riendas y se estaban peleando al respecto. Sabía que Darrian había salvado la vida de Cailan, y por alguna razón el rey tonto había resultado encontrarle el lado bueno. Aunque este tampoco parecía demasiado cooperativo. Para su placer, la situación no parecía tensa entre ellos.
Elissa conversaba animadamente con Alistair, y aunque no sabía de lo que hablaban la muchacha consiguió sacarle un sonrojo al templario. El corazón de Aedan se ajitó, cubriéndole el pecho de un disgusto desagradable que no sabía a quién iba dirigido.
Apartó sus ojos de ellos. Intentando quitarse aquel malestar de su mente.
Encontró a Sereda intentando entablar conversación con Morrigan, consiguiendo solo que Amell se metiera y la bruja le dedicara un par de miradas heladas. Leliana caminaba junto al vagón de Bothan, y parecía ir conversando con Fergus y la chica Hawke… Bethany. Por algún motivo le costaba aprenderse aquel nombre.
Para su sorpresa, Surana andaba tranquilamente junto a Sten. El mago elfo leía atentamente un grueso tomo, que sujetaba solo con una mano. Sus brillantes ojos verdes recorrían las hojas con apremiante velocidad, como si devorase las palabras. Le costaba asimilar que un sujeto tan tranquilo hubiese dicho palabras tan duras en la reunión.
Notó entonces, que Zevran no estaba con ellos. Se detuvo, encolerizado. "¿El muy desgraciado se habrá escapado?"
Estoy aquí – escuchó. La voz le llegó como el viento entre las ramas. Alzó la vista hacia los árboles encontrándose con una imagen… chocante.
El elfo se encontraba trepado en un árbol. Acuclillado sobre una rama fina observaba al grupo desde arriba. Sus dagas seguían ocupando un lugar preferencial en su espalda y su armadura se encontraba impecable. Pero lo que capturó la atención de Aedan fue la forma en que la luz del sol que atravesaba las hojas del árbol hacía brillar su piel morena. El viento sopló, removiendo las doradas hebras del cabello del elfo. Bajo tal atmósfera, el sujeto parecía casi… hermoso. Aunque aquella sonrisa socarrona que parecía quedarse pegada a su rostro hacía que su belleza fuese diabólica.
¿Qué estás haciendo allí arriba? – protestó el humano.
Reviso el camino – contestó el Zevran como si aquello fuese lo más común del mundo. Al Grey Warden le resultaba curiosa su forma de hablar. Cada vez que iniciaba una oración arrastraba la primera palabra. Como si no pensase de antemano el resto de la oración.
Ba-ja – la fiereza en la voz de Aedan solo pareció divertir aún más al elfo. Sin embargo Zevran obedeció.
Se levantó de su posición anterior, deteniendo el corazón del hombre. Sin embargo, y aunque aquella rama era demasiado fina para el asesino, no se rompió bajo su peso. Zevran caminó hasta el borde y saltó. Tampoco hizo ruido al llegar al suelo, ni cuando caminó hasta llegar junto a Aedan.
Ese entrecejo es un desperdicio para un rostro tan apuesto. Un hombre tan atractivo como tú, debería sonreír más abiertamente. – Aedan alzó una ceja.
¿Qué? – preguntó atónito.
Sería una pena ¿no? Que unido a un cuerpo tan interesante como es el tuyo, hubiese un rostro arrugado nada llamativo. ¿No crees? – El tono sugerente en la voz del elfo solo hizo que aquella frase sonase peor en la cabeza de Aedan.
¿Es en serio? – el tono ofendido de su voz se manifestaba claramente en su lenguaje corporal.
¿Por qué no? Aunque podría ser fácilmente evitado. – Zevran se acomodó sobre sus piernas, acariciándose la barbilla con sus dedos. – En Antiva hay unas hierbas con cualidades exfoliantes. Magníficas para la piel reseca. Si me permites, yo podría… -
¡¿No tienes nada mejor que hacer?! – intervino Aedan. Aquel sujeto podía ser molesto.
Buscar enemigos que avancen por el camino. Sin embargo, fuy relevado de mi labor hace unos momentos. –
Yo no te di tareas. – le fulminó Aedan con la mirada.
A nadie. Sin embargo, no es que no respete vuestras capacidades como Grey wardens, pero tengo entendido que solo funcionan contra darkspawn. ¿Cómo se protegen de los bandidos? – Aedan extendió el brazo, señalando a Elissa.
Para eso está ella. –
Oh, sí. La profeta. Si permites mi curiosidad. Si es realmente tan exacta, ¿cómo es que no supo de mi ataque sorpresa? –
Aedan apretó los dientes.
Le debes tu vida. –
Y le estoy muy agradecido. Sin embargo, soy curioso. Además me parece que no va prestándole atención al camino, precisamente. –
Aedan siguió la mirada del elfo. Elissa se reía de algo que Alistair había dicho haciéndole sonrojarse de nuevo. Se encontraba tan apetecible que el estómago de Aedan se revolvió.
No me importa – le dijo con desprecio al elfo. – Tú te mantienes al alcance de mi mano. Punto. – con aquello zanjado retomó la marcha.
No se dio cuenta sin embargo de la sonrisa triunfal de Zevran.
Como desees. –
Avanzaron por varias horas. A paso veloz, si se podía decir. Aedan iba centrado en el camino, aunque de vez en cuando sus ojos recorrían el sendero con recelo. Le resultaba extraño no haberse encontrado a nadie en el trayecto, que por su extensión se prestaba como punto de emboscadas. Para colmo, iban por el sendero principal. Sin embargo, no tuvieron molestias. Ninguna interrupción. Estaba a punto de pedirle a Morrigan que se transformase y echase un vistazo alrededor cuando Amell se paró junto a él. Para su disgusto, se colocó al costado contrario al de Zevran.
Buenas tardes, intrépido líder. – le dijo con voz de burla.
Amell - el mago rodó los ojos ante la sequedad de su comentario.
Que frío eres. – dijo con fingido dolor. Haciendo al humano sonreír un poco.
¿Qué necesitas? –
Oh, no. Yo nada. Pero verá, andamos con un grupo numeroso. Y Ya es más de mediodía. – Aedan comprendió por dónde venía el mago.
Muchos de sus compañeros no estaban acostumbrados a estar levantados desde tan prontas horas y a una marcha exhaustiva. Y aunque el mago no parecía ser uno de ellos, por su cara, era fácil dilucidar de quién se trataba. Miró sobre su hombro para encontrar que ellos tres iban mucho más adelantados del resto.
Alistair caminaba junto a Elissa, mirándola con preocupación. La mujer hacía un esfuerzo por mantenerse en marcha, pero había tenido que quitarse el casco y los guantéeles. Sudaba, y aunque tenía los labios resecos no parecía querer beber de su cantimplora. Leliana también se veía agotada, aunque no mostraba signos tan claros como Elissa. Fergus miraba a las dos mujeres claramente preocupado, y aunque le preguntó a los enanos si podrían dejarlas subir ellas se resistieron. Cailan era otro que se encontraba en un estado deplorable. Estaba pálido y en algún punto se había quedado parado, apoyando las manos en sus rodillas. La verdad era que Aedan estaba impresionado de que no hubiese protestado antes. A pocos pasos de Cailan, Darrian había detenido su caballo, y a pesar de que no decía palabra al humano, le esperaba con una extraña mirada en el rostro. Aedan suspiró.
Comprendo. – le dijo al mago. Se detuvo, arrodillándose junto a Bryce, su mabri. – Busca un sitio a los alrededores para descansar. – el animal ladró en asentimiento y salió corriendo. Amell imitó el proceso con la hembra que le pertenecía y ella alcanzó a Bryce en poco tiempo.
¿Seguro que es eso sabio? – preguntó Zevran, claramente extrañado. – Dejarle nuestro sitio de descanso a un perro es… -
Nunca subestimes la inteligencia de un mabari – terció Aedan, levantándose.
Oh, no lo hago. – contestó el elfo con prontitud. – Solo creo que yo lo haría mejor. –
Ni se te ocurra. Tú te quedas donde yo pueda vigilarte. –
Como ordenes. –
Amell alzó el rostro ante el tono zalamero del elfo. Tal vez aquel sujeto no estaba en sus cabales. Aunque le pareció entretenido averiguar cuánto tiempo viviría luego de sacar de quicio a su líder. Anduvieron por unos minutos más, hasta que Aedan escuchó el sonido de las patas de los mabaris. Se detuvo de nuevo, viéndoles salir de entre los arbustos. Bryce llevaba una rama verde en la boca. El color del tallo sugería que crecía en una zona húmeda bien iluminada.
Buen chico. – le dijo, acariciándole la cabeza. Bryce dejó escapar un sonido de satisfacción. Entonces apareció Morrigan, la mabari. Ella no traía nada en la boca, pero si tenía el pelaje de las patas mojado y las patas llenas de barro. – Tú también. – le dijo, pero ella fue hasta Amell, buscando que él la premiara.
Esa es mi chica. ¡Muy bien! – el mago fue más lejos que una simple caricia. Morrigan se volteó y el mago le rascó el vientre. Para sorpresa de su amo, Bryce gruñó por lo bajo.
Chico- le llamó Aedan, haciéndole alzar la cabeza, enfocándole. – Guíanos. –
Los mabaris les condujeron hasta la orilla de un pequeño arrollo. Cerca del agua había una región cubierta de fango, piedras y musgo y otra con abundante vegetación y un espacio libre entre tres árboles antiguos. Aedan les indicó que desmontasen el campamento y así lo hicieron.
Elissa se dejó caer bajo la sombra de los árboles, claramente agotada. Leliana ayudó a Bethany a bajarse del carro y entre las dos se dispusieron a bajar a Fergus. Aedan se apresuró a llegar junto a ellas. Con educación les pidió que se apartaran y mientras Bethany obedeció, Leliana se apresuró a tomar un saco de dormir y extenderlo cerca de Elissa. Allí Aedan colocó a su hermano, quien le agradeció con una sonrisa avergonzada. Aedan asintió, dejándole para ayudar a los enanos a zafar a los caballos. Alistair vino en su ayuda, mientras Sereda tomaba las riendas de los otros tres animales, conduciéndoles hasta al arrollo para que bebiesen. Mientras ella los sujetaba Amell, Sten y Darrian los descargaron.
Cailan se dejó caer junto a Elissa, respirando más se recuperó un poco echó a un lado su espada, como si fuese un peso muerto que no necesitaba. Surana, quien se sentó al otro lado de la muchacha le miraba por encima del libro con curiosidad. Parecía que quería ofrecerle ayuda, pero no lo hizo.
Zevran se quedó apartado del grupo, mirando a lo lejos, alerta. Morrigan se colocó en el medio del improvisado campamento y miró alrededor. Inconforme. Aedan liberó los caballos y los llevó al arrollo junto a los que Sereda sujetaba. La enana liberó las riendas y los animales se quedaron quietos, dándoles la oportunidad de sentarse a ellos también. El cansancio era general, afectando a unos más que a otros.
Darrian, Zevran, Alistair, Amell – llamó Aedan a los que se veían más frescos, obteniendo su atención. –Vallamos al bosque a buscar leña. –
Con un asentimiento los hombres le siguieron. El pequeño grupo se internó, procurando no expandirse demasiado. Aedan consideró la idea de llenar algunas bolsas de leña para hacer más cortos los descansos de almorzar. Al menos hasta que los novatos se acostumbrase a lo largo del viaje y ganasen resistencia. Bryce corría frente al grupo, marcando territorio y hurgando en la tierra. Aedan sonreía ante sus ocurrencias, pero no podía evitar la idea de que aquel silencio se estaba volviendo… "incómodo". Miró a su lado, dispuesto a entablar conversación con cualquiera que estuviese a su lado. Rodó los ojos al comprobar que ese "alguien" era Zevran. "Maldita mi suerte", pensó. Pero aquel ambiente no podía continuar. Miró a Amell por encima del hombro, en busca de apoyo. Encontrase con el mago mirándole con gran interés. Como si quisiese ver la forma que tenía de salir de aquel embrollo. Aedan suspiró.
Entonces… Zevran – dijo al fin, intentando no sonar tan irritado como se encontraba. Solo tenía que preguntarle cualquier cosa ¿No? Cualquier cosa estaba bien – ¿Antiva? –
Es correcto. – le sonrió el elfo, como si viese bajo su inconformidad. - ¿Qué pasa con ella? – Con tal de no verle la cara Aedan se inclinó, recogiendo una rama del suelo.
No lo sé. ¿Cómo es? ¿Tienen mabris por allá? – "Brillante. Muy elocuente Aedan"
Jajaja – la risa del elfo le dio escalofríos. Era baja y picuda, menos grave y malévola de lo que esperaba. Sin embargo, aquella sensación tampoco le resultó desagradable. – Quieres saber sobre Antiva ¿no es verdad? Está más allá de descripción posible. La única forma de apreciarla correctamente sería yendo. – su voz se suavizó, liberándose de todo sarcasmo. – Es un lugar cálido, no frío y escabroso como Ferelden. En Antiva llueve con frecuencia, pero los capullos están siempre en flor... – la forma nostálgica en la que hablaba. Zevran pareció conseguir el efecto que había querido, porque fijó sus ojos en él y sonrió maliciosamente. – O eso dicen. – Aedan se sintió decepcionado.
Parece que tampoco le faltan los asesinos. –
Todos los países tienen asesinos. Unos más abiertos sobre sus negocios que otros. – su tono fue tan despreocupado que Aedan frunció el entrecejo. ¿Por qué siquiera se molestaba? Para su sorpresa, otra voz se unió a la conversación.
¿No quieres regresar? – preguntó Darrian. La respuesta del elfo le dejó aún mas extrañado, ya que vino acompañada de un largo suspiro.
No es cuestión de que yo quiera regresar… No puedo. No aún al menos. – aquello le hizo sentir hasta cierto punto culpable. Tal vez… aquel tipo no era tan desalmado como él pensaba.
No te gusta Ferelden – murmuró Alistair. Sin embargo la frase llegó a los oídos del asesino.
Está bastante bien con sus perros y su lodo. La gente tiene espíritu, incluso si no pueden decir la diferencia entre un asesino y alguien que simplemente mata. – terminó la frase con cierto desprecio. Entonces su voz se entonó. Como si estuviese regresando a sus memorias inspiradoras – ¡Yo vengo de la gloriosa Ciudad de Antiva! Casa del palacio real. Es una gema brillante entre la arena, mi ciudad de Antiva. – sus ojos cayeron nuevamente sobre Aedan, así como su sonrisa curvada y… muy perturbadora si podía agitarle los latidos de su corazón. – ¿Vienes de algún sitio confortable? –
Por alguna razón el rostro de Eleanor le vino a la mente. La extrañaba, casi lamentaba no haberle podido ver en Lothering, o a su padre. Pero temía que ella despreciara en lo que se había convertido. Una sonrisa triste apareció en su rostro ante el recuerdo de su regaños cada vez que le contestaba en tono sarcástico.
Por supuesto. – contestó devolviéndole la mirada al elfo. – Mi madre era mejor que cualquier gema. – Zevran soltó una risotada, como si no esperase que cometario ocurrente alguno pudiese salir de entre el ceño fruncido de Aedan.
Ahí me has atrapado. – contestó divertido – Por una vez no tengo nada que decir. Ya que jamás puse mis ojos sobre la mujer.
¡Pues mi madre era una reina de un país muy muy lejano! - alardeó Amell, haciendo que Alistair le mirase con ambas cejas en alto.
¿En serio? –
Por supuesto que no – le cortó Darrian con disgusto. – Y yo aquí creyendo que podías reconocer el sarcasmo. –
El chico tiene razón – aceptó Amell – Me sacaron de casa cuando era pequeño. Aparentemente convertí a alguien en una estatua de hielo y los templarios corrieron a agarrarme. –
¿Aparentemente? – terció Aedan.
Pues sí. Verás, no recuerdo nada del incidente. – dijo como si la cosa careciese de importancia. – Ni siquiera recuerdo a mi familia. Hasta donde sé, mi madre podría haber sido una vieja pomposa, o una bella apóstata. Lo que sí recuerdo es despertarme en el círculo con un gran dolor de cabeza. Ah, y mi entrenamiento. Y el harrowing. –
¿Qué es ese harrowing del que tanto hablan ustedes? – interrumpió Darrian.
Su pregunta causó una entusiasta afirmación de parte de Amell. Dijo algo sobre que en el círculo estaba prohibido contarlo, pero que ahora podía ya que estaba fuera y era un grey Warden. Entonces les contó una historia- algo exagerada, según Aedan- sobre un grupo de Templarios dándoles lirio y enviándoles a enfrentar demonios dentro del velo. Así como las consecuencias del ritual. Para cuando terminó Aedan tenía una opinión propia del círculo y sus templarios. De hecho, ya no estaba seguro si aún le agradaba la orden. Aquel método le resultaba cruel e inescrupuloso. Por más peligrosos que fueran los magos, algunos nunca eran tentados por demonios. Ponerlos directamente a enfrentar los demonios le resultaba…
Alistair pareció incluso espantado con la idea de que los convirtiesen en tranquilos si no los consideraban actos para pasar la prueba. Sin embargo, aunque Amell les sonrió con superioridad, Aedan vio una sombra desagradable en sus ojos.
Una vida fácil ¿no lo creen? – se burló el mago de sí mismo antes de señalar a Alistair cuyas manos ya estaban repletas de ramas y hojas secas. – No como la de este tipo. Viviendo en un castillo. – Alistair le fulminó con la mirada.
Pensé – terció Darrian – que Alistair creció en la capilla. –
Por supuesto que no. – contestó el templario. Un tanto… nervioso. –Yo fuy criado por perros voladores. Grandes, toscos y robustos perros de los Anderfels. Una manada completa ¿pueden creerlo? –
No. – contestó Darrian.
Ni un segundo. – contestó Aedan.
Yo sí. – terció Amell – Eso explicaría tus modales en la mesa y ese espantoso olor que tienes – dijo mirándole con ojos de cachorrito, solo consiguiendo enojar aún más a Alistair.
Tal vez lo soñaste. – terció Zevran con sarcasmo.
Sí. Te sorprenderías los sueños que uno puede tener cuando duermes en el suelo duro y frío. ¿no? – continuó Amell.
¿Qué quieres que diga? – protestó Alistair dejando caer la leña. – ¿Qué soy un bastardo? – alzó una mano hacia Amell – Y antes de que se te ocurra alguna idea picante, por parte de mi padre. Mi madre era una sirvienta en el castillo de Redcliff. – de ahí pasó a explicar como Arl Eamon lo acogió aún sin ser su padre.
Parecía admirarle y quererle lo suficiente como para perdonarle al sujeto que lo metiese en la capilla a la primera oportunidad que tuvo. Sin embargo, aunque aseguró que no se relacionaba con el Arl por sangre tampoco dijo quien había sido su padre. Pues aseguró que el sujeto estaba muerto.
Sin embargo Aedanno era estúpido y vivió suficientes años en la corte como para ver el patrón de la historia. Tal vez Alistair era familia de algún amigo cercano o medio hermano del Arl quien le pidió que le mantuviese cerca. Eamon no tenía ni siquiera que ser un hombre leal, si el chico representaba un mínimo beneficio para él lo tomaría. Tal vez lo envió a la capilla no porque fuese viejo, sino porque ya no le necesitaba para nada. Pero por supuesto que no sería él quien le dijese aquello a Alistair. Mucho menos cuando estaban de camino a Redcliff.
Cuando le habló del matrimonio de Eamon y de la actitud de la Arlesa entendió el asco en la voz de Elissa cuando mencionó el nombre de Isolda. Aparentemente su hermana conocía la historia de cómo la mujer hizo la vida de Alistair un infierno mientras vivió en el castillo del Arl, solo por el rumor de que era su bastardo. Mencionó además algo sobre un amuleto con el símbolo de Andraste. Y aunque Aedan pretendía ya que no le oía, no se le escapó a quién pertenecía y lo que Alistair había hecho con él en un momento de disgusto. Claramente estaba arrepentido. El dolor en su voz decía más de lo que hacían sus ojos… y eso era decir mucho en lo que a Aedan respectaba.
Bueno tarea terminada – le interrumpió Amell. – Regresemos. –
¡No me estabas escuchando! – protestó Alistair.
¿Perdón? – contestó el mago - ¿Decías algo? –
Darrian soltó una risotada. Alistair, rojo de ira y vergüenza emprendió la marcha de regreso al campamento. Amell le siguió apresurado, intentando elaborar una disculpa. Aedan les observó alejarse, ensimismado. Cautivado por el dulce hombre que era el templario. Pensando en la nobleza de su corazón. Ya quisiese Aedan confiar en los otros como él lo hacía. No se consideraba malo, pero él no hubiese perdonado a nadie que lo abandonara. Menos por los caprichos de una mujer. Le daba a pensar que Eamon era un hombre débil, pero eso no era lo que había escuchado de él en la corte. No podía evitar sentirse…receloso.
Crees que hay más en esa historia de lo que él dice. – notó entonces al asesino a su lado.
¿Cómo demonios lo había olvidado? Es que Zevran era tan…silencioso. Aedan le miró, manos llenas de leña y la bolsa de su cadera repleta de hojas secas. Suspiró.
No puedo evitar cuestionar la dignidad de un hombre tan… bondadoso, como parece ser ese Arl Eamon. –
Podrías sencillamente interrogarlo ¿sí? Hay muchas formas táctiles de hacer a un hombre hablar. Más, si su interlocutor es tremendamente apuesto, como tú mismo. – Aedan le fulminó con la mirada. ¿De nuevo con el coqueteo?
Regresemos. – le dijo.
¿Sabes? Se me acaba de ocurrir que ambos hermanos parecen tener los mismos gustos en lo que respecta a los hombres. Altos, fuertes, musculosos e increíblemente tontos. –
¡Cuida tus palabras asesino! Estás hablando de mi hermano de armas. – terció Aedan con claro disgusto.
Como mismo hay tantos otros. Solo digo que la forma en que lo miras se parece mucho a la de ella. Si no eres más cuidadoso alguien podría notarlo. – dijo con una sonrisa de satisfacción. Como si disfrutara sacarlo de quicio.
A pesar de todo, no podía negar que tenía un punto. Si este tipo, que le conocía desde hacía menos de un día se había dado cuenta de sus impulsos ¿qué pasaría con los otros? ¿Qué pensaría Fergus… o Eli? A ella le había gustado Alistair desde el principio. No sería justo ir a por él sabiéndolo.
Necesitaba alguna distracción. Entrenar siempre le había servido para apartar sus urgencias. Solo necesitaba más ejercicio… que no estuviese relacionado con el rose de dos cuerpos sudorosos. Pensó en sus opciones, pero entre la idea de un Qunari, un elfo delgaducho, dos magos y Sereda se sentía un tanto acorralado.
Tal vez yo podría ayudarte. – se ofreció Zevran, ganándose una mirada de Aedan. – Así podría hacer alarde de las habilidades que aprendí en Antiva. He de decir que me siento muy confiado de mi…flexibilidad. –
Aedan rió por lo bajo. No era difícil entender aquella insinuación tan descarada. Tal vez si estuviese en Highever, hambriento de peligro y emociones, lo hubiese aceptado. Pero aquello era una locu…
Me parece bien. – contestó, aún con los brazos llenos – en la noche, cuando montemos el campamento. Yo iré a buscarte. –
Una sonrisa satisfecha cubrió el rostro de Zevran. Convencido de su triunfo indiscutible. Regalándole a Aedan una mirada lasciva le siguió silenciosamente de regreso al campamento.
···/ /···
Esto no es para lo que te ofrecí mi flexibilidad. – había una mezcla de emociones aflorando en la voz de Zevran. Por un lado parecía frustrado, y por otro… ¿complacido?
Ambos hombres se encontraban en el descampado que habían escogido para pasar la noche. El campamento se había montado, irguiendo tiendas personales. Con la excepción de Fergus y Elissa que compartían tienda. Aedan había montado la suya a orillas del campamento, para ser el primero en recibir el ataque de ser necesario. Aún no habían comido, pero ya habían desmontado el equipaje, al menos la parte necesaria para el descanso. Para disgusto de Aedan, también tenía público. Uno que consistía en sus relativos grey Wardens, dos mabari y el mismísimo rey de Ferelden.
Aedan observó al elfo frente a sí. Zevran vestía una camisa sencilla de lino blanco, cuello ancho, abierta hasta los pectorales, mangas largas que se había remangado hasta los codos. Debajo usaba un pantalón, muy ajustado a su parecer, que hacía resaltarlas curvas de aquel cuerpo lleno de abundantes curvas. Para rematar, a modo de cinto se amarraba una gruesa capa de tela roja. En cada mano sujetaba una daga. Y, aunque le miraba con el entrecejo fruncido, sonreía pícaramente.
Vas a estar quejándote toda la noche ¿o vas a mostrarme alguno de esos movimientos de los que me hablaste? –
Aedan había ido un poco más lejos. Andaba sin camisa, y aunque usaba la parte baja de su armadura para entrenar su juego de pies, ni siquiera se colocó los guanteles. En una mano sujetaba la espada de su padre, y en la otra su escudo. El cabello le caía mojado sobre el rostro, pues luego de aquellos minutos entrenando Zevran había conseguido hacerle sudar. Tristemente no pudo encolerizar al elfo como quería, ni recibió más respuesta a su comentario que el despliegue de aquella sonrisa tan molesta.
Lentamente, prosiguió a moverse en círculos alrededor del asesino. El elfo le seguía con la mirada, dándose la vuelta cuando Aedan se alejaba de la luz. El guerrero cargó, poniendo toda su fuerza en el escudo. Zevran claramente solo podía apartarse, dejándole aquello dos opciones. Derecha o izquierda. Zevran sujetaba la daga más larga con la derecha, por lo que Aedan asumió que era diestro. Alzó la espada, lanzando un certero golpe hacia su costado.
…nada.
Zevran no estaba allí, y tampoco a su izquierda. Por instinto Aedan miró a arriba. Por el rabillo del ojo vio la sombra del asesino pasarle por encima.
"Atrás" pensó justo a tiempo para esquivar la daga que iba directo a su garganta. "La pequeña"
Zevran no le dio tregua de reajustar su juego de pies. Y aunque Aedan lo hubiese conseguido, el hombre era demasiado rápido para él. Las cuchilladas del asesino le pasaban rozando la cabeza, el cuello y los hombros, que en realidad eran los únicos puntos en los que Zevran parecía interesado. Aedan notó que estaba evitando las piernas y los brazos. Aquella idea le molestó, pues le recordaba mucho más difícil de derrotar. Se ocultó tras el escudo, aprovechando la cercanía para golpearle en las costillas. Zevran retrocedió y en el proceso lanzó una daga, que se clavó en el escudo. Aedan esperaba verle una mano libre, pero cuando bajó su defensa le vió ambas dagas en las manos. De hecho, la que colgaba del escudo nada se parecía a las otras dos.
"¿Cuántas dagas tiene escondidas en ese delgado cuerpo suyo?"
Aedan sonrió. Le gustaban los oponentes que le dieran trabajo. Soltó un grito de guerra y Zevran se lanzó contra él. El Grey Warden veía que de nada servían las estocadas en su contra, pues solo saltaría sobre ellas. Pero lo que sube baja. Y baja justo a su espalda. Así que cargó. Lo embistió y en cuanto las piernas del elfo se separasen del suelo le golpearía. Sin embargo las piernas de Zevran no se separaron del suelo. Todo lo contrario. Se quedaron pegadas a él, haciéndole caer estruendosamente. Los espectadores soltaron un jadeo.
Aedan se vio torpemente de cara al suelo. Rápidamente se dio la vuelta. Pero Zevran fue más rápido que él. En un pestañazo el Grey Warden encontró las dos dagas en su garganta y el peso de Zevran sobre su abdomen.
Sabes – le susurró Zevran a pocos centímetros de su cara. Aedan podía oler su aroma, su sudor y…su excitación. – sería una lástima arañar ese hermosísimo rostro tuyo. Sin embargo – subió la cuchilla y la pasó suavemente por su mejilla. Aedan sintió el limpio y frío metal contra su carne y le clavó una mirada, que por más que procuró helada, le salió…diferente. – necesitas una afeitada –
Al Zevran retirar el cuchillo Aedan vio algo de pelo en el. El pelo de su barba. Con las prisas de la mañana, no se había afeitado. Una risotada se le escapó. Se llevó ambas manos al rostro, intentando mitigar las carcajadas. Zevran se enderezó sobre él, sonriendo igualmente. Limpió la daga con un pañuelo que usaba específicamente para ese fin. Entonces susurró.
Así está mejor. Con una sonrisa tan bonita no es justo que pases el día con las cejas juntas. Te vez más viejo de lo que realmente eres, mi Grey Warden. – Aedan apartó sus manos, mirándole con ojos llenos de lágrimas.
Hacía años que no lloraba de la risa. Y aunque apartó las manos para protestar por aquel sobrenombre, el disgusto murió en sus labios al ver la hermosísima sonrisa de Zevran. Una que verdaderamente alcanzaba sus ojos. Por unos instantes se quedaron mirando. Hasta que los demás comenzaron a acercarse. El asesino alzó una ceja antes de levantarse con una sonrisa picarona avanzando hacia el tumulto. Aedan no pudo más que agradecerle el gesto. Se levantó apresurado, procurando ir a meterse directo en su tienda.
Después de todo… no quería que sus nuevos compañeros y mucho menos su hermana le viera con una erección.
···/ /···
Impresionante
El primero en llegar a felicitarle fue Cailan. El humano estaba estaciado. Su rostro incrédulo mostraba una amplia sonrisa. A su lado Darrian sonreía, y el gesto no le pegaba en lo absoluto a su rostro. O al menos eso le parecía a Elissa, quien ya se había adaptado a verle con el entrecejo fruncido.
La mujer los observaba desde atrás mientras Zevran era interrogado. No se le escapó la reacción de su hermano ni la respuesta de Zevran. Cuando el asesino descubrió la erección de Aedan contra su tracero, sonrió. Y cuando el grupo se acercó, se alejó para mantenerles lejos del Grey Warden. No es que ahora mismo el elfo estuviese muy insatisfecho con los alagos de los otros, de echo parecía disfrutarlos en gran medida. Era Alistair quein estaba claramente frustrado. Amell le dio unas palmaditas en el hombro mientras le soltaba un ocurrente piropo a Zevran. Leliana llegó junto a Elissa, mirando el tumulto. Sonreía con picardía.
¿Has visto? – le preguntó a la joven Cousland. – Parece que el asesino tiene un flechazo por nuestro líder. –
Aún no. – sentenció Elissa cruzándose de brazos. – Pero si sigue de esa forma lo tendrá. Aedan es encantador cuando se lo propone. –Por un instante su mirada se cruzó con la del Zevran y la sonrisa del elfo desapareció.
Aún pienso que fue muy noble de tu parte interferir por él. – continuó Leliana, distrayéndole – muy pocos hubiesen perdonado la vida de un mercenario pagado para matarlo. –
Aedan lo hubiese echo… si no hubiésemos sido nosotros los encerrados. Además, no lo hice por la bondad de mi corazón. –
Ya sé que dices que lo viste en tu visión. – ante la mirada escéptica de Elissa, Leliana se apresuró a continuar – Y te creo. ¿De que otra forma hubieses sabido tanto de su vida? Sin embargo, es extraño. No se ha acercado a ti. –
No lo hará. Zevran es muchas cosas, pero no es estúpido. Aedan le matará si se me acerca, o a Fergus, antes de que se gane su confianza. Creo que le atormenta que sepa de él. –
Seguro que se muere por saber el límite de tu conocimiento. – Leliana soltó una risita malévola.
El grupo parecía comensar a dispersarse, hasta que Sereda se aproximó a Darrian. Por el rostro del elfo, Elissa sospechó que le invitaba sustituir a los peleadores. Y no se equivocó.
Zevran se sentó en el suelo junto a los demás, tomando el lugar de la enana. Darrian y Sereda comensaron la pelea. En una ocasión que Sereda logró burlar la guardia de Darrian y desaparecer de la vista del pícaro menos experimentado Cailan se levantó y gritó:
¡Detrás de tí! –
Alistair, indignado, imitó su acción dándole consejos a Sereda, apoyándola. Amell optó por vaciar una bolsita que colgaba de su cinto repleta de hierbas y… ¿apostar?
Cailan apostó seis monedas de bronce por Darrian. Y Alistair solo por llevarle la contraria apostó la misma cantidad por Sereda. Zevran apostó también por la enana, Sten no apostó y Morrigan ni siquiera se acercó. Amell apostó a que ninguno.
Leliana apostó también por Sereda y Elissa, apenada de que tantos estuviesen en su contra, lo hizo por Darrian. Se batieron sin que el elfo consiguiese moverse del lugar para avanzar. Solo retrocedía. Cuando Elissa estaba segura de que perdería sus monedas Darrian comenzó a ganar algo de terreno. Sin embargo, la sonrisa en el rostro de Sereda le daba mala espina. Apretó las manos sobre sus muslos. Aguantando la tensión.
Sereda clavó el escudo en el suelo para aguantar el torrencial de ataques del elfo. Sin embargo, el pobre estaba tan concentrado en la secuencia consecutiva de golpes que no notó que la enana lo safó de su antebrazo. Para sorpresa de Elissa, Sereda sacó una daga de su cinto y saltó sobre el escudo con ambas armas en mano.
¡Cuidado! – gritó Cailan.
Darrian cayó hacia atrás por la sorpresa, de forma que Sereda encajó la espada a su costado, en la posición donde había estado. Darrian se inocorporó con prisas y Sereda corrió hacia él. Entonces una flecha embistió contra el hombro de la enana. Venía con tanta potencia que la hizo caer hacia atrás.
El grupo se levantó. Como les tomaron por sorpresa, no tuvieron tiempo de llegar a Sereda.
¡Nos atacan! – gritó alguien. Luego se enterarían que ese fue Amell.
Ante el grito de guerra Aedan salió disparado de su tienda. Había conseguido ponerse la camisa, pero seguía suduroso y con el cabello pegado a la frente. Bethany y Surana, que estaban conversando en la tienda con Fergus se asomaron. Aedan pasó junto a ellos y les ordenó quedarse dentro protegiendo a su hermano. Corrió hacia el grupo que les venía de frente con su espada y escudo listos.
Unos veinte mercenarios vestidos con armaduras desiguales se encontraban enfrascados en un combate con sus hombres. Amell había conseguido alcanzar a la herida. Hizo una pared de hielo para protegerla del resto y se quedó junto a Darrian para defenderla. Dava gusto verlo pelear. Amell era habilidoso y conjuró glifos de parálisis y sueño que permitieron disminuir el número de mercenarios que llegaban a ellos.
Zevran peleaba solo. Aparecía y desaparecía entre las sombras, dejando una mancha de sangre a su paso. Era rápido, silencioso y letal.
Leliana corrió a cubirle las espaldas a Cailan. El hombre era un peleador feros con su mandoble, y cualquiera que escapase de él caería por las flechas de la mujer. Sin embargo, el grupo palidecía frente a Sten. Y todos frente a Morrigan, quien convertida en una araña gigante los mataba casi con un rose de sus colmillos.
Aedan asotó a los mercenarios con el escudo. Sin embargo, estaba visiblemente agotado y sus movimientos eran más lentos. Elissa intentó cubirle con sus flechas, pero Aedan era escurridiso y se colocaba entre ella y los mercenarios. Sus contrincantes eran muchos. No supo de donde salieron ni quienes eran. Pero en aquel momento poco importaba, era cuestión de números y ellos estaban perdiendo. Sus compañeros se estaban debilitando.
Alistair llegó junto a Elissa. Había estado cubirendo una esquina solo y aparentemente había terminado con los suyos. Golpeó a dos hombres que llegaron frente a ella y calleron al suelo.
Estos tipos son unos debiluchos – murmuró el templario.
Aedan gritó de dolor. Un rajón en su camisa manchado de sangre detonó la herida que le habían echo. Y auqnue no dejó de moverse, estaba rodeado. Derribó al que tenía delante y apareció otro a su espalda. El sujeto alzó la espada y de Aedan no haberse volteado le hubiese abierto un agujero en el pulmón.
Es como si cada uno solo quisese dar un golpe – escucharon decir a Darrian.
Malditos imbéciles. – murmuró Amell. - ¡Todos los que sean sensibles al frío aléjense! – gritó el mago. Miró entonces a Darrian que peleaba a su lado – Cúbreme. – el elfo asintió.
Amell comenzó a conjurar un echizo. Leliana guardó su arco y sacó una daga. Corrió en busca de Elissa y la tomó de la mano. La mujer no se resistió, sino que se dejó arrastrar dentro de una tienda. Alistair, al verse desprovisto de alguien a quien proteger corrió a ayudar a Darrian. Aedan consiguió mantener su posición a duras penas. El frío comenzó a cubirlo todo.
El suelo se enfrió bajo sus pies y su aliento se volvió pequeñas nubes de vapor. Estaba helando. Una mota de nieve calló sobre su herida recién abierta. Entonces alzó su vista al cielo.
Un nubarrón negro se formaba en espiral sobre ellos.
Sobre Amell.
Aedan apretó el mango de su espada, azorado. Nunca había visto nada como aquello. Y Amell ni siquiera estaba usando un bastón. Comensó a correr el viento, rugiendo como una fiera enfurecida. Relámpagos y remolinos se alzaron desde el suelo hasta las nuves. Todo empezó a congelarse. Amigos y enemigos sufrían los efectos. Cuando Aedan vio al sujeto que venía a atacarle quedarse congelado frente a él, pensó que los efectos eran peor sobre los otros.
En algún momento dejaron de escuharse gritos. Solo quedó el sonido del viento. Amell terminó el conjuro. Las piernas le fallaron y se desplomó en los brazos de Alistair. El templario gritó algo, pero el fuerte sonido le impidió que llegase a los oídos de Aedan. El joven Cousland estaba fascinado con aquella escena frente a él. Aterrorizado de la nube que congelaba la tierra, pero capturado por su potencia. La tormenta menguó hasta desaparecer y las estatuas se rompieron, dejando los cadáveres en el suelo.
Elissa y Leliana salieron de la tienda, al igual que lo hicieron los magos que cuidaban de Fergus. Bethany corrió para llegar junto a Amell, mientras Surana derretía el hielo que rodeaba a Sereda. Aedan miraba alrededor encimismado. Atontado por sus heridas e intentando valorar los daños. Elissa llegó a su lado y le habló. Algo dijo, pero él no le entendió.
Zevran apareció de la nada a pocos pasos de ellos. Por un isntante sus ojos se cruzaron con los de Aedan…se veían secos y duros.
El elfo desenfundó su daga, avanzando cada vez más aprisa. Sin detenerse y,sin mostrar duda o remordimeinto, la lanzó contra el humano. Aedan se apresuró a cubir a Elissa del proyectil. Sin embrgo se quedó esperando un golpe que nunca llegó. A su lado escuhó un quejido.
Lentamente, liberó a la muchacha y miró a su izquierda, donde Zevra tenía clavada la mirada. Un soldado, que se había congelado intentando alcanzarlo, yacía en el suelo con la daga enterrada en la frente. Los ojos de Aedan buscaron los del asesino, encontrándoles clavados sobre sus heridas. Sin embargo, aquella mirada duró un segundo antes de que Zevran le hiciese una reverencia y se alejase al interior de campamento a comprobar las tiendas.
Ese día, el asesino lo había salvado. A él y a Elissa, pues no supo nunca cual de los dos era el objetivo del mercenario. Aedan quedó con la idea de que tal vez, debería ser más permisivo con Zevran.
Solo tal vez.
Al fin y al cabo, ahora era parte del equipo.
