15 RedCliff

En el transcurso de unos pocos días, Aedan tenía bolsas bajo los ojos. No solo sus noches habían empeorado, sino que también las de sus compañeros Grey Wardens. Luego de su pesadilla comenzaron a caer los gritos sobre el campamento. Uno a uno, sus hermanos de armas se despertaban sobresaltados a cada descanso. En ocasiones, cuando Alistair salía de su tienda para el cambio de guardia encontraba a más de uno sentado junto al fuego. Aedan había terminado durmiendo muy pocas horas y aumentando su ritmo de entrenamientos.

En consecuencia, levantaban antes el campamento y al amanecer ya estaban en movimiento. Por petición de Sereda, Bothan les permitió a las mujeres dormir un poco más en el carro de las mercancías. Y aunque algunas se quejaron, solo Leliana termino manteniéndose firme ante la sugerencia.

El camino real se volvía cada vez más estrecho. A su alrededor el bosque decaía. La tierra roja, que debía señalar la abundancia de minerales, se mostraba desnuda de vegetación. En el horizonte se apreciaba la silueta del castillo del Arl. Aedan nunca había estado en RedCliff, a diferencia de su padre, que era un amigo personal de Eamon. Fergus, quien avanzaba a su lado en una pose erguida para disimular la incomodidad de sus recién sanadas heridas, había tenido la oportunidad de conocerle.

Es un hombre de mucho carácter. – dijo su hermano al grupo de Grey Wardens. – Padre le respetaba por su rectitud. Sin embargo, siempre le guardó cierto recelo.

Con razón – intercedió Cailan. El rey avanzaba junto a Darrian, y aunque estuvo intentando distraerle de la conversación de los demás, ahora era él quien resultaba interesado. – Mi tío puede llegar a ser realmente muy molesto. Si las cosas no se hacen como quiere habrá graves consecuencias. Hay muy pocos que han vivido para verle su lado malo. –

Bueno… - murmuró Alistair – no puede ser tan terrible. – los ojos de Cailan se clavaron en él. – Digo… el pueblo lo ama. Eamon es muy popular con la gente. –

Su poder político no necesariamente implica que sea una buena persona. – intervino Sereda. – Solo que es un buen jugador. –

Hasta donde sabemos, ese tal Eamon puede ser un corrupto. – intervino Amell. – un viejo corrupto embrujado por su hijo invocador de demonios. Es una linda oración. –

A mí me parece un humano noble como cualquier otro – terció Darrian, ganándose una mirada desaprobatoria de la enana.

Eeeeeh – protestó Cailan – Y yo que pensaba que nos estábamos llevando bien. – Darrian desvió la mirada.

Yo nunca he dicho eso. – su voz sonó molesta, pero su expresión permaneció neutral.

Les digo que no. Eamon es un buen hombre – intercedió Alistair. – Él… -

Es una víctima de Loghaing – les interrumpió Aedan. Su vista fija en el sendero que transitaban – Tiene suficiente poder político y militar como para proteger al rey y reunir a los nobles. Con eso me basta para buscar su ayuda. –

Y si de paso nos termina debiendo unos cuantos favores, pues mucho mejor. – concluyó Amell con picardía, obteniendo a cambio una mirada aprobatoria de Aedan.

Sin embargo, hay algo que me intriga. – Aedan se sobresaltó al escuchar la voz de Zevran a su lado.

En los últimos días se había adaptado a la presencia del asesino. Incluso le había escogido como compañero de entrenamiento. Pues aún no se limpiaba la derrota de la noche del ataque. No obstante, aún no conseguía localizarlo cuando entraba en modo sigilo. Mucho menos percibirlo cuando se acercaba en aquel tipo de situación. Agradecía a su madre por su temple. Pues a diferencia de Amell no se sobresaltó y gritó como una nena cuando Zevran salió de las sombras de unos arbustos para venir a pararse junto al chico Cousland.

Zevran ignoró el sobresalto del mago, la risa burlona de Cailan, el gesto incómodo de Alistair y el rodar de los ojos de Sereda. Miró descaradamente al rey y dijo con lo que parecía la sombra de una sonrisa.

Vos sois el monarca de Ferelden. ¿Estoy en lo correcto? Sin embargo no habéis intentado dar una sola orden desde que os conozco. ¿No sería lógico que intentase dirigir nuestra pequeña excursión para recuperar Ferelden? Es su país, después de todo. – dijo el elfo de carretilla, consiguiendo que todas las miradas cayesen en Cailan y por una vez Alistair era de los que miraba con fijeza.

Aquella pregunta había rondado por la cabeza de Aedan una y mil veces. Pero desde que el propio Cailan no parecía querer traer el tema, él había decidido que tampoco lo haría. Cailan devolvió todas las miradas con una única sonrisa. Avanzó entre ellos con paso seguro hasta estar junto a Aedan y cruzó los brazos sobre el pecho.

Pues, claramente nuestros queridos Grey Wardens tienen esa intención. Y desde que estoy oficialmente muerto (lo cual no me hace feliz, créanme) no hay mucho que pueda hacer. Creo que nuestro líder se ha comportado adecuadamente hasta el momento. – elogió a Aedan dándole una palmadita en el hombro – En el momento que crea necesaria mi intervención pues lo haré. Mientras tanto, disfruto solo ser uno más del grupo. Es la primera vez que se me trata como a alguien normal. Y para mi suerte, ese normal implicaría ser un Grey Warden. Siempre he admirado a la orden. No creo que sea un secreto. ¿No es verdad Alistair? –

Ah…sí, sí. – contestó este por inercia.

Aedan entrecerró los ojos. Aquel comportamiento distaba del de Ostagar. Le resultaba tan inconcluyente que sus ojos buscaron inevitablemente los de su hermana. Amell le había contado el discurso que les dio a los nuevos Grey Wardens en defensa del rey. Y aunque Alistair pareció tan inconforme como él la primera vez que se vieron en la entrada de Ostagar, había cambiado su actitud ante el noble. Los ojos de Aedan viajaron a los de su hermano. Fergus le miraba con asombro, sin embargo, el joven Cousland veía una sombra de reconocimiento en su voz. Sereda rió por lo bajo.

Supongo que en algún punto, todo chico noble desea ser un donnadie. – la nostalgia en su voz hizo pensar a Aedan la vehemencia de ese razonamiento. Pues él mismo lo quiso a los quince años. Cuando deseó ser caballero.

Surana, quien había estado pegado a su libro de hechizos se detuvo de pronto. Amell fue el primero en notarlo.

¿Qué pasa? – pregunto, llamando la atención del resto. Cuando los Grey Wardens se detuvieron, también lo hizo el grupo. Surana miró a su alrededor, para luego clavar una mirada incrédula en Amell.

¿No lo sientes? Toda esa magia… -

Por un instante Amell reflexionó. Inspiró profundo, percibiendo el mana que se escurría por el ambiente. La atmósfera estaba cargada. Como si un aura muy poderosa estuviese creciendo por el sendero… E iría aumentando a medida que se aproximasen a Redcliff.

¿Qué tan poderoso puede ser el demonio si lo sentimos desde esta distancia? – murmuró el mago.

Y estando al otro lado del velo. – dijo la voz de una mujer.

Elissa Cousland se escuchó claramente tras ellos. Junto a la muchacha andaban Leliana, Bethany, Morrigan y Sten. Cada uno portaba su armadura y equipo de batalla. Sin embargo el rostro de Elissa estaba pálido como la sera. Gesto que le resaltaba en gran medida las cicatrices.

Si realmente es capaz de invocar cadáveres – continuó Surana – y regresados, puede que sea un reto derrotarlo. Mucho más estando en el velo. –

Es por eso que debe ser un mago muy capaz el que lo combata ¿no es así? – terció Darrian de mal humor.

Nos preocuparemos por eso cuando toque. Por ahora, tenemos que sobrevivir la primera noche.

Ante la sentencia de Aedan el grupo asintió casi al unísono. Y cuando el joven emprendió la marcha, le siguieron. Elissa sujetó disimuladamente la mano de Alistair, pidiéndole con ese gesto que se quedase un poco rezagado. Leliana le dedicó una mirada cómplice y se apresuró a tomar del brazo a Fergus, quien aparentemente quería vigilarles.

Alistair, quien ya estaba más acostumbrado a lidiar con Elissa, a causa de las constantes caminatas en las que la chica insistía en hablar con él, lo aceptó casi sin sonrojarse. Elissa esperó que todos los hubiesen sobrepasado antes de volver a hablar.

¿Cuándo vas a decirle? – preguntó la muchacha.

¿Qué? ¿A quién? – preguntó Alistair claramente confundido. Sobre todo porque Elissa avanzaba apoyándose en el.

A Aedan por supuesto. ¿No crees que tiene derecho de saber sobre tu derecho de nacimiento? –

Alistair palideció.

Prometiste que no le dirías a nadie. – murmuró claramente escandalizado.

Y no lo he hecho. – aclaró ella –Pero opino que tú deberías. –

¿Y eso por qué? – Elissa le fulminó con la mirada.

¿Qué es tú amigo y tu hermano de armas no te basta?

Por un momento el templario pareció considerarlo. Sin embargo la negativa que siguió el gesto de su cabeza dejó clara su posición ante Elissa.

No hay razón para sumarle una preocupación. Ya tiene bastante con dirigirnos en el Blight. No necesita agregarle mis asuntos familiares. No significa nada para mí. Es un inconveniente. Todo el que lo sabe me trata diferente. Aedan no necesita al bastardo de quien tú sabes cuando tiene a su heredero en carne y hueso. –

Elissa apretó los dientes. Temía que aquel se volviese un tema de discordia entre ellos.

Alistair, no eres un amenaza para el heredero de tu sabes quién. Eres un Grey Warden. Aedan está intentando construir un ambiente de confianza y cooperación entre todos ustedes ¿por qué no puedes confiar en él? –

¡Ey! – protestó Alistair ofendido – Yo confío en él. Le conté sobre Eamon y los perros voladores. –

Entonces – insistió – si ya contaste parte de la historia por qué no zanjarlo. Es el líder principalmente porque le dejaste tomar el mando. ¿No crees que deberías ser el más cooperativo? –

Te lo dije. No necesita esa información. Es innecesaria. Además, preferiría no hablar del tema con… ricitos dorados tan cerca. –

Elissa pestañeó, una expresión atónita en su rostro. Alistair le sonrió complacido con el efecto de sus palabras.

¿Ricitos de oro? – preguntó ella - ¿No podías salir con otra cosa? El hombre no tiene un simple riso. –

Oh, tengo otros. – se vanaglorió Alistair. – El mabari dorado. O … -

Ya entendí – Elissa se reía por lo bajo. Le empujó suavemente con el brazo, quedándose pensativa. Observaba el suelo bajo sus pies, notando las fluctuaciones de sus sombras mientras caminaban.

Verse tan cerca de Redcliff le tenía nerviosa. Veía a su hermano y admiraba como se mantenía intocable. Sin embargo le preocupaba ese chico. Quería ayudarle, pero Aedan pedía menos su consejo de lo que esperaba. Y aunque en parte le hacía feliz, temía.

Todo estará bien. – le susurró Alistair. Elissa alzó el rostro, chocando con el dorado de sus ojos. – Él es inteligente, y fuerte. –

Lo sé. No le hagas caso a los temblores involuntarios de una mujer. – Elissa intentaba burlarse de sí misma para aligerar estrés.

Aedan estaba lo bastante lejos como para no percibir su conversación. Desde hacía un par de días que intentaba no prestarles atención cuando se reunían. Al preguntarle a Elissa de que hablaban, ella le dijo que le hacía hablar de la orden y de Duncan. La muchacha había estado distrayendo a Alistair de su sufrimiento, y la verdad, es que el templario se veía aliviado. Incluso contestaba ingeniosamente a las bromas de Amell…lo cual molestaba terriblemente al mago.

Cailan insistió en su conversación con Darrian y por más que Amell intentó retomar su charla con Surana no lo consiguió. A veces Aedan no estaba seguro si apreciaba esos momentos o los silencios. De todas formas siguió avanzando. El camino de árboles desapareció, dejándoles en un descampado.

Ideal para una emboscada – dijo la burlona voz de Zevran a su lado.

El sendero comenzó en descenso. Pequeños arcos muy sencillos adornaban el paso. El aire alzaba polvo que revoloteaba sobre ellos, trayendo el sonido del silencio. Un agobiante silencio demasiado sospechoso para un poblado de tales dimensiones. Aquel silencio sepulcral solo resultaba cortado por el sonido del agua al caer. Una cascada bajaba del risco, descendiendo hacia el puerto y de ahí a la bahía donde moría Redcliff. A pesar del agua, se veían demacrados los alrededores. Como si hubiese habido un incendio.

Cailan se colocó el casco de su armadura, ocultándose por completo el rostro. Su gesto llamó la atención de Darrian, pero no tuvo que esperar demasiado para comprender su significado.

Un hombre en armadura les interceptó apenas llegaron a la base donde moría el sendero. Corrió hacia ellos por encima del puente de piedra que atravesaba el río naciente en el salto de agua. Estaba asustado y la desesperación resultó palpable para Aedan cuando habló. Lamentó informarle que no eran a quienes esperaban. Sin embargo, el hombrecito saltó nervioso cuando le informó de su deseo de ver a Bann Teagan.

Le siguieron colina abajo. A medida que avanzaban Aedan sentía su corazón aflojarse. La cuidad estaba en muy malas condiciones. ¿Realmente aquellas gentes estaban al cuidado de un Arl? ¿Cómo había permitido que sus hombres y mujeres vivieran en aquellas circunstancias? Bryce Cousland nunca hubiese permitido a los suyo pasar tremenda necesidad. Pero aquellas no eran las tierras de su padre.

Cuando atravesaron la plaza hacia la capilla Aedan vio cientos de ojos caer sobre sus hombros. Los pocos hombres delgaduchos que entrenaban fuera parecían no haber encontrado armaduras mejores que aquellos trastos que vestían. Encima, ver un escuadrón uniformado y armado les daba la esperanza de refuerzos que no les llegarían. Aquellos hombres no estaban hechos para pelar. Había muy pocos soldados, la mayoría serían pescadores o comerciantes. Campesinos en el peor de los casos. ¿Dónde estaban las topas de Arl Eamon?

Las puertas de la capilla se abrieron con el estruendo de unas gradillas oxidadas. En el interior las mujeres se arremolinaban, rezando ante el estandarte del Hacedor y de Andraste. Sus voces hacían eco en el techo y las paredes, creando un ambiente lúgubre que desagradó al Grey Warden. Bethany escogió quedarse fuera junto con el carro y los enanos. Bothan se veía ansioso por poner a la venta su mercancía y la muchacha luchaba en vano por impedírselo.

El hombre que les guiaba se detuvo junto a un sujeto que conversaba con la madre encargada de la capilla. Fergus se apresuró en llegar junto a su hermano y le habló en voz baja. Le informó que aquel sujeto era Bann Teagan, el hermano de Arl Eamon. Cailan se retrasó a propósito, dejando que el grupo amplio de Grey Wardens le cubriese de la vista del Bann. Aunque llevaba puesto el casco, no parecía listo para ser reconocido. Alistair por el contrario arrastró a Elissa a la primera fila… más ansioso de lo necesario por ver de nuevo al hombre. Sereda recorrió la capilla con la mirada. Nunca había estado en un edificio como aquel. En Ostagar apenas vio a una hermana rezando para sus compañeros. Compartiendo una oración o dándoles una bendición. Morrigan también miraba, el desprecio dibujado en sus exquisitas fracciones, y para su agrado Surana observaba la estructura con similar mirada agria. Sten no resultaba interesado en lo más mínimo y los mabari, más que seguirlos se limitaba a ver a los niños llorando en el regazo de sus madres y gemir como si estuviesen angustiados.

Amell prefería ignorar el sitio donde estaban y prestaba más atención al hombre en cuestión. Cuando Teagan se volteó hacia ellos encontró los rostros de Darrian, Amell, Fergus, Elissa y Aedan clavados en su figura. Teagan les observó uno por uno y sus cejas se alzaron cuando su mirada se cruzó con la del mayor de los hermanos.

Fergus Cousland – en el rostro del Bann una amplia sonrisa se dibujó. Sus ojos llenos de sorpresa y preocupación siguieron la mano que le extendió. – Pensé que te habíamos perdido a ti también en Ostagar. – Fergus extendió aquella mano, devolviéndole la cordial sonrisa.

Teagan Guerrin – contestó – no estaba seguro si me recordarías. – Ambos hombres compartieron una sonrisa cómplice mientras se sostenían de las manos.

No eres un hombre del que olvidarse fácilmente. Te lo aseguro. –

Aedan estaba sorprendido ante el tono sugerente del Bann. Y aunque mantuvo una máscara inexpresiva, casi se quiebra al ver el rostro atónito de su hermana. Fergus por el contrario si se dio cuenta decidió ignorarlo.

Estaba en la batalla de Ostagar. No negaré mi sorpresa cundo arribamos al campamento y no vi a vuestros hombres. – sus manos se separaron y el Bann optó por cruzarse de brazos. –

Lamento decir que RedCliff está atravesando una crisis. – comenzó. A pesar de la presencia del hijo del Teyrn, se mostraba receloso. – Eamon está… enfermo desde hace un tiempo. Por lo que se nos hizo imposible abandonar la ciudad. –

Fergus captó su mirada. Así como el ligero temblor de su barbilla.

Hemos escuchado las noticias – intervino Aedan. – Precisamente por eso hemos acudido aquí. –

Fergus – Teagan quedó extrañado ante la afirmación. - ¿Quiénes son los caballeros que te acompañan? ¿Dónde están tus soldados? ¿Y Ser Gilmore? – Ante la mención de aquel nombre Aedan sintió su pecho encogerse. Sin embargo, escogió despreciarlo.

Tranquilo Teagan. Estos hombres gozan de mi entera confianza. Sin embargo Highever ha caído. –

Ardió en llamas la misma noche que Arl Howe intentó robársela a nuestra familia. – Concluyó Elissa Cousland al ver que Fergus no pretendía dar detalles del asunto. – Preferimos quemar la fortaleza, antes de entregársela al enemigo. – Teagan examinó el rostro de la muchacha. Por sus palabras dedujo que era una Cousland, pero aquel rostro deformado le confundía. Recordaba a Elissa Cousland como a una dama de exquisita belleza. Sin embargo…

Veo que han sufrido muchas pérdidas – dijo claramente apenado. Sin embargo, Aedan lo estaba más. – Creo que fue una decisión valiente. Aunque precipitada.

No tomarán de nosotros más que cenizas. – terció Elissa con una seriedad sepulcral, dejando claramente sorprendido a Teagan.

No cabe dudas de que es tu hermana. – le dijo a Fergus, obteniendo una sonrisa de este. Por el rabillo del ojo Aedan vio que el Bann no era el único sorprendido. Darrian miraba a Elissa como si fuese algún bicho extraño y Zevran…

Zevran la examinaba como si la viese por primera vez.

No vinimos hasta aquí para hablar de Highever. – intervino Aedan. – Conocemos la situación de Redcliff. Sabemos de los ataques que sufren cada noche e incluso qué los ocasiona. – Teagan palideció.

Me temo que no comprendo de lo que está hablando. – fijó sus ojos en su amigo, confundido – Fergus ¿quién? –

Somos Grey Wardens – Aedan avanzó un paso hacia el Bann, obteniendo una visión más clara de su rostro.

Teagan tenía grandes bolsas bajo los ojos. Se encontraba notablemente agotado y aunque estaba firme como un roble, tenía la piel reseca y el cabello chamuscado. Le miraba con los ojos desorbitados y los labios resecos.

¿Grey wardens? –

Estamos dispuestos a hacer un trato. –

¿Un trato? – repitió el Ban dubitativo. Aedan asintió.

Primero destruiremos la amenaza que ha caído sobre Redcliff, cualquiera que esta sea. – enumeró. – Y segundo, curaremos la enfermedad de Arl Eamon. Una vez cumplidos estos puntos pediremos una sola cosa a cambio: El apoyo incondicional de estas tierras contra el Blight. –

Teagan frunció el entrecejo, visiblemente incrédulo.

¿Presumís de conocer la situación de Eamon aún cuando yo mismo la desconozco? Luego de tal muestra de prepotencia ¿Qué le hace pensar que no creeré que este mal nuestro no es causado por ustedes? –

Tan cliché. – dijo Amel con sarcasmo. – Ahora somos los malos. –

Ciertamente no estás sugiriendo que traería a unos desalmados impostores para engañarte. – El tono ofendido de Fergus era genuino, pero Aedan notó que también lo era el recelo de Teagan.

Lo siento mi amigo pero has de entender mi frustración. Viajas con un grupo extraño. Tres apóstatas entre ellos. No puedes pedirme que confíe. –

Tenemos pruebas, Bann Teagan – la voz de Elissa se escuchó alto. Cuando los rostros se dirigieron a ella, la chica les enfrentó con la barbilla en alto. – Tres para ser exactos. –

Aedan le miró interrogante ante su afirmación, sin embargo, Teagan asintió, cruzando los brazos sobre el pecho.

Pues veamos esas pruebas. – Elissa le sonrió ampliamente, dándole a pensar que tal vez ese rostro no estaba tan maltratado como lo pensó. Sin embargo la sonrisa no estaba dedicada a él. Elissa acarició el brazo del hombre que la sostenía, y para sorpresa del noble, el chico se sonrojó.

Puede que no me recuerde Ban Teagan – habló el muchacho. Ante su afirmación el hombre se forzó a examinar su rostro. – Aunque la última vez que nos vimos yo era muy joven y estaba… cubierto de mugre. –

Cubierto de mug… - repitió Teagan, no obstante el rostro de un niño pequeño correteando por el castillo con una espada y un escudo de madera afloró en su mente.

El pequeño de sus recuerdos tenía el cabello castaño erizado y los ojos brillantes aunque durmiese en el establo con los perros o en el palacio con los criados. Y la última vez que lo vio fue a lomos de un caballo marrón con la ropa y los zapatos llenos de barro… cuando Eamon se lo llevaba a la capilla. Recordaba claramente su mirada triste y enojada. Nunca había olvidado el brillo lastimero de aquellos ojos…

Ojos que le miraban en un rostro más adulto.

Un rostro similar al de su padre.

"Por Andraste"

¿Alistair? – murmuró - ¿eres tú? –

En carne y hueso. Por decir algo. – Teagan sonrió ampliamente. Feliz de verle de nuevo. Sin embargo, la sonrisa de la mujer junto al templario era aún más resplandeciente.

Alistair nunca se aliaría con alguien que quisiese destruir RedCliff ¿o me equivoco? –

¡Por supuesto que no! – Elissa se sorprendió de obtener respuesta no solo de Alistair, sino también de Aedan, Amell y del propio Teagan.

Esa es entonces mi primera prueba. La segunda os la entregaremos en mano antes de la batalla de esta noche. Y la tercera, mañana al amanecer. –

Teagan apretó los labios. Sus ojos viajaron de Fergus a Alistair y luego a Aedan y a la muchacha.

Soy incapaz de dudar de Alistair – dijo al fin. – Y aunque no me agrada tener que esperar, les daré la oportunidad de traerme la segunda prueba. Si me convence esperaré la tercera y os daré mi palabra de que intervendré a vuestro favor frente a Eamon. –

Los ojos de Elissa buscaron los de su hermano. Aedan estaba inquieto con las "pruebas" que ella estaba prometiendo. Pero su confianza en ella no sería puesta a prueba una segunda vez.

Trato echo. – aceptó Aedan.

Estrecharon manos y Aedan insistió en que se le explicase las condiciones del pueblo para la batalla. Teagan le indicó que hablase con uno de sus hombres fuera de la capilla. Sin embargo, como Elissa ya conocía esa parte de la historia no prestó demasiada atención. No hasta que la voz de Alistair la distrajo.

¿Por qué no le dices sobre tus… visiones? Teagan te creería. –

Aunque lo hiciese – contestó Elissa en el mismo tono bajo que Alistair había preguntado. – temo que tendré que revelarle detalles que le harían sospechar aún más de nosotros. Además de que no creerá de las mentiras de Isolda hasta que no lo vea con sus propios ojos. Puede ser mejor hombre que Eamon, pero eres tú quién le conoce en persona. No yo. Aún no decido si me agrada o no. –

Pero… - dudó Alistair – con el resto… con Zevran… -

Era diferente. Ustedes tienen una obligación con el Blight. No son un riesgo en mí contra más allá de que decidan reclutarme. Y con Aedan dentro ese riesgo se pierde. A Morrigan no he tenido que darle ninguna predicción directa y Sten me conoce desde Lothering, sabe de lo que soy capaz. Leliana… a ella ya le leí el fututo y el pasado. A ti – le sonrió con coquetería – creo que ya te he convencido. – Alistair se sonrojó profundamente. – Con ricitos, el hecho de que esté aquí lo reafirma. Le da razones para confiar. En cuanto a Zevran… pues Aedan iba a matarlo. No me dejaron más opciones. –

Aedan pareció llegar a un acuerdo con Teagan y mientras este se retiró a una esquina para conversar con Fergus le dio la orden de reagruparse.

Bien – comenzó a decir – hay mucho trabajo por hacer. Así que nos dividiremos para hacerlo rápido. Deberíamos terminarlo antes del anochecer, de lo contrario tendremos que pelear con desventaja. –

¿De nuevo vamos a hacer actos de beneficencia? – protestó Morrigan

Si se han negado a darnos su armada deberíamos negarles nuestra ayuda. – dijo Sten con vehemencia.

No necesitamos a estos Shem – estuvo de acuerdo Darrian – ni siquiera tienen suficientes soldados que aportar. –

Puede que no ahora – contestó Aedan – pero los tendrá una vez termine el Landsmeet. Si queremos su apoyo en ese momento debemos cerrar este trato.

Nuestra profeta ha dicho que tiene otras pruebas – intervino Amell – Me encantaría saber que pruebas son y cómo se supone que las consigamos. Ciertamente podría habérnoslo dicho antes. –

Elissa asintió, esperando la aprobación de su hermano para dar su explicación.

En la taberna de RedCliff hay un elfo. Fue contratado por Teyrn Loghaing para observar los acontecimientos en la ciudad. Es joven y está nervioso. Si le convencemos de que nos estregue la correspondencia podremos probar que este atentado contra el Arl es dirigido directamente por Loghaing. –

Alistair palideció al escucharlo. Sin embargo Sereda se rascó la barbilla.

Ciertamente esa sería una prueba sólida. Sin embargo hubiese sido mejor si nos hablaba de ella antes de reunirnos con el Bann. – se enderezó cuan alta era – nos hubiese ahorrado problemas.

Exactamente mi punto – repitió Amell. Miró a la enana con una sonrisa burlona – Eres tan grande – Sereda ignoró sus palabras, sin embargo Darrian rodó los ojos.

Sinceramente no se le había ocurrido que las necesitaría. En el juego, esos datos estaban para que el usuario se fuese enterando de la historia. No era objetivo que Teagan las viera ni supera de ellas.

Inevitablemente las encontraríamos. Lloid, el dueño de la posada puede ser convencido para pelar esta noche. Con tantos campesinos en el frente, uno más podría significar la diferencia. Iríamos allí tarde o temprano y veríamos al elfo nada más entrar. A él también podemos convencerlo de ayudarnos. Es un arquero habilidoso y será útil al menos para esta batalla. –

Eso nos agrega otra tarea más. – razonó Aedan. – Darrian – le dijo al elfo. – Considerando tu poca afinidad con los humanos, creo que sería ideal que tomases este trabajo. De paso podrías averiguar si hay algunas habitaciones que podamos tomar. Aunque sea solo para las chicas. Puede que esta noche no, pero no sabemos cuánto tiempo estaremos en RedCliff. –

Entiendo. – contestó el elfo. Con su mano acariciaba el mango de su daga. Como si la idea de amenazar a un humano para que peleara le agradase enteramente.

Llévate a Surana. – Cailan se aclaró la garganta y Aedan alzó una ceja. – Y a nuestro compañero enmascarado. – dijo con sarcasmo. –Nos encontraremos en la capilla en el ocaso.

Darrian asintió y dejó la capilla, seguido de aquellos que Aedan había mencionado. Tras hacerle un gesto a su hermano, Aedan siguió sus pasos. Interceptó sin embargo a una chica que lloraba cerca de las puertas de la capilla y aceptó buscar a su hermanito.

Seguido de sus camaradas se reunió con el Mayor. Este le indicó que interviniese frente al herrero, que convenciese a Dwyn, un enano mercenario, para que participara en la pelea y que ayudase a Ser Perth con las pocas tropas que quedaban. Aedan entonces repartió las tareas. Cuando Fergus regresó la distribución había quedado en que él, Sereda, Leliana y Bethany irían a ver a Ser Perth. Morrigan, Sten y Zevran acompañarían a Aedan a ver al enano. Amell, Elissa y Alistair hablarían con el herrero y buscarían al niño perdido.

Morrigan protestó sobre ellos haciendo trabajo comunitario, pero Aedan la ignoró. Elissa estaba preocupada de que se llevase a los problemáticos. Sin embargo se encontró a sí misma más tranquila cuando vio a Sten y Zevran seguirle con disposición. Ese grupito parecía respetarlo y la simple idea la tranquilizó.

Encontrar la casa de Dwyn no resultó complicado. Aedan llamó a la puerta, sin embargo no obtuvo respuesta más allá de unos murmullos. Aedan rodó los ojos. El muy estúpido debía estar escondiéndose dentro. El humano extendió el brazo y giró la manivela, encontrándose la puerta trancada como esperaba.

Cobarde – murmuró. Buscó sobre su hombro el rostro de Zevran. El elfo interceptó su mirada con una sonrisa astuta. Inmediatamente Aedan entendió que comprendía lo que estaba pensando.

Muy contrario a lo que crees, mi querido Grey Warden, soy un asesino, no un abre cerraduras. – Aedan rodó los ojos.

Oh ¿en serio? Que inútil – protestó Morrigan, obteniendo del elfo más que un encogimiento de hombros

Muy bien. – dijo secamente Aedan – Sten – El qunari dio un paso al frentey de una patada echó la puerta abajo.

Aedan se abrió camino en el interior de la choza. En su opinión el lugar se encontraba mejor amueblado de lo que muchas viviendas podrían permitirse. No debió esforzarse mucho para encontrar a quien buscaba. Pues el enano estaba esperándole en medio de aquella sala, con dos grandes guardaespaldas tras él. Sin embargo a Aedan no le hubiesen intimidado aunque entrase solo a aquella choza.

Eso no ha sido para nada amable – la voz de Dwyn le resultó más chillona de lo que esperaba para un humano. Sin embargo, nunca había interactuado con un enano hombre, así que tal vez su ideal de voz gruesa y terrorífica no se aplicaría.

No quiero ser amable con una rata que huye del combate. – contestó el Grey Warden cruzando los brazos sobre el pecho. – Mi mabari es más valiente que tú – Bryce entró a la casa a su lado.

Oh – contestó el enano. – Parece que el niño bonito tiene agallas. Veremos si las conserva luego de que caiga la noche. Y ellos vengan. –

¿De verdad crees que esa minúscula puerta te iba a proteger? Aunque le pusieras una barricada ellos podrían entrar. – Aedan le sonrió. – Te crees muy valiente porque no tengas ventanas, pero tienes una chimenea. –

Se tapa muchacho. – insistió el enano.

Al igual que mi paciencia. – cuando el tono de Aedan se endureció, Bryce soltó un fuerte gruñido. Zevran llevó su mano a una de las dagas que colgaban de su espalda y desenfundó. Sten se limitó a cruzarlos brazos sobre el pecho y Morrigan fulminó al trío con sus ojos amarillos. – Este pueblo no necesita gente como tú. Menos cuando hombres menos preparados van a pelear esta noche. – Aedan desenfundó su espada y Bryce mostró los dientes. – No van a extrañarte. –

Los hombres tras Dwyn desenfundaron y aunque había una sombra extraña en el rostro del enano, este no parecía tener dudas de que sería él, quien sobreviviera a aquella pelea. Lamentablemente, Aedan estaba seguro de lo contrario. Un ruido sordo cruzó el aire, seguido del gruñido del enano. Cuando Aedan se dio cuenta, había un ligerísimo corte en la mejilla de Dwyn. Una mano cálida y enguantada recorrió su hombro, distrayéndole de la escena.

Estoy seguro de que podemos resolver esto sin derramar más sangre. – Zevran se adelantó hasta pararse junto a Aedan.

¡Por los dioeses elfo! ¿tienes idea de lo que has hecho? – grito el enano. Aedan enfundó su espada al ver la seguridad de Zevran. EL elfo sonrió con picardía, como si sus acciones no representasen una amenaza para nadie.

No mucho. Te lancé una daga envenenada. –

El rostro del enano palideció al tiempo que sus hombres desenfundaron.

No os lo recomiendo caballeros. – terció Zevran – dudo que haya en este pueblo alguien con las capacidades de producir el antídoto. Dejándome a mí como vuestra única salvación. Claro que podríais intentar matarme y llevároslo de mi cadáver. Pero ¿cómo saber cuál es? Llevo tantos venenos distintos encima. – miró a Aedan claramente divertido - ¿Sabes de lo que hablo? –

Aedan le devolvió la sonrisa. Cruzó los brazos sobre el pecho.

Yo que ustedes, no pondría a prueba a un Cuervo de Antiva. – Aedan disfrutó el efecto de sus palabras sobre los tres hombres. Si Dwyn moría, los mercenarios se quedaban sin paga. Y el enano claramente no quería morir. De pronto pareció sentirse mareado. Se tambaleó y uno de sus hombres le sostuvo.

¿Olvidé mencionar que es de acción rápida? – preguntó Zevran fingiéndose pensativo. – Oh lo hice. Pues ahí tienes. –

Dwyn soltó un gruñido bajo. Sudaba frío y temblaba levemente. Se enderesó como pudo y esta vez la voz le salió más parecida a la que Aedan esperaba inicialmente.

¿Qué es lo que quieres? – preguntó, ira y miedo mezcladas en su voz.

Eso es muy simple – contestó Aedan. – Defiende RedCliffe esta noche. Júralo por tu honor y ordenaré tu salvación. Niégate o traicióname y morirás. – la sonrisa del Grey Warden trajo una mirada satisfecha de Zevran que hizo burbujear algo en su vientre.

Sin embargo, Aedan no tenía tiempo de reacciones fisiológicas. No podía permitir que su lenguaje corporal le delatase. Así que ignoró al asesino. El enano quiso hacerse el que consideraba la opción. Sin embargo, cuando un nuevo mareo arreció y se le aflojaron las piernas cedió.

Muy bien. – dijo aterrorizado. – Muy bien. Lo juro por la piedra. Ahora dame el antídoto. –

Aedan asintió complacido. De entre su armadura Zevran sacó un pequeño vial con un líquido verde en su interior.

Esta es la primera dosis – dijo ofreciéndosela al enano, quien la bebió de inmediato. – Aliviará tu estado por las próximas veinticuatro horas. Si no recibes la segunda justo a esta hora mañana, morirás. –

¿Qué es esto? – protestó el enano mosqueado, lansando al suelo el vial que se rompió en cientos de pedazos.

Un seguro en contra de fallos. – contestó Aedan. – te veré esta noche Dwyn. Y quien sabe, tal vez podría considerar darte el antídoto antes si ayudas a preparar las defensas. – dijo Aedan viendo como el elfo recogía su daga de la pared. Se movía tan suavemente por la habitación que difícilmente podría escuchar sus pasos.

Esperó a que regresase a su lado antes de abandonar la casa.

Tengan buenas tardes caballeros. – dijo y ante un gesto suyo Sten colocó la puerta sobre el agujero, dejándolos dentro.

Zevran guardó la daga en su bolsillo, guiando la mirada de Aedan. El hombre ya no estaba seguro de cuantos puñales tenía el elfo, sin embargo, ahora dudaba de que tan en serio había peleado la noche que los atacó en Lothering. Escuchó a Sten murmurar algo sobre que el enano estaba mejor muerto. Sin embargo él estaba bastante conforme con el resultado y algo le decía que el gigante Qunari también.

Buen trabajo – le dijo al elfo.

Impresionante – aceptó Morrigan

Muy bueno en realidad. – contestó el sujeto con voz melosa. –Pensé que vuestro código de caballero no os permitiría acceder al chantaje para conseguir dicho fin. Es excitante ver que eres un hombre de mente abierta, mi querido Grey Warden. –

Ha – Aedan rió por lo bajo. "Si supieras lo que pienso no sonreirías tanto" cuando sus ojos se encontraron con los de Zevran sin embargo dudó "O tal vez lo sabes y solo me estás vacilando" –No sabía que los famosos Cuervos de Antiva recurrían a los venenos con estos fines. – dijo más para cambiar de tema que porque realmente lo dudaba.

Un hombre tan perspicaz como usted ciertamente está intentando distraerme de mi fin principal. Pero picaré. – se rió Zevran – La verdad es que usamos más venenos y pociones de las que algunos están dispuestos a aceptar. En ocasiones es más factible. Hay casos en los que es mejor envenenar una copa de vino y asegurarse que el objetivo la tome. Un veneno que se absorba por la piel o que se inhale como perfume dan una cobertura útil… y tiempo para escapar. ¿Sí? –

Aedan estaba sorprendido… impresionado sería mejor decir. Aparentemente Zevran tenías más talentos de los que esperaba.

¿Por qué me cuentas todo esto? Imagino que los métodos con los que tratan a sus víctimas son altamente secretos ¿Me equivoco? –

Por supuesto que no. Pero ellos ya quieren matarme de todas formas. Así que ¿qué más da diga una cosa o dos? Jaja. – se burló el elfo.

Tal parece que no aprecias mucho a los Cuervos. ¿No te agradaba serlo acaso? – Ante la pregunta de Aedan la mirada de Zevran se oscureció. No así su sonrisa.

Sencillamente nunca se me dio la oportunidad de elegir y para ser honesto ni siquiera sabía que los cuervos existían cuando me uní a ellos. Apenas tenía siete años cuando me subastaron. Me compraron por un buen precio, tres monedas creo, considerando lo flaco que estaba y que no tenía idea de la diferencia entre el mango de una daga y el filo era extraordinario. Así que, si se me presentaba la oportunidad de largarme ¿por qué dejarla pasar?

Aedan le escuchó en silencio. Elissa había mencionado algo de aquello la noche en que le perdonaron la vida al asesino.

¿Siempre es así? – murmuró.

Pues sí. Compran a sus asesinos jóvenes. Les entrenan para que sea lo único que sepan hacer y lo hagan bien. En la organización, si no eres lo bastante capaz en los entrenamientos mueres. –

Considerando que aquella barbarie se realizaba con niños, no solo le resultaba desagradable, sino que le crispaba los nervios. ¿Cómo se atrevían a hacerle aquello a unos pequeños que nada sabían del mundo? Zevran había pasado de una casa del placer, donde a saber como lo habían tratado las prostitutas o lo que le habían obligado a hacer, a manos de unos asesinos desalmados.

Lo siento – murmuró. En lo grave de su voz intentó expresar lo lamentable que le resultaba aquella situación. Sin embargo Zevran ni siquiera buscó su mirada, sino que soltó una risotada.

¿Y eso por qué? Estaba muy orgulloso de mi mismo cuando maté a mi compañero.

Zevran, eso es algo terrible de hacerle a un niño. – Sin darse cuenta Aedan le había llamado por su nombre. Lamentablemente no fue capaz de notarlo hasta que captó los brillantes ojos del asesino clavados sobre los suyos.

No sé sobre eso.- contestó con una sonrisa extraña – Sin embargo, como me las ingenié para sobrevivir pasé a disfrutar de los beneficios de ser un cuervo. En Antiva ese título te da respeto, dinero, mujeres… y hombres - una sombra de lujuria brilló claramente en sus iris por primera vez. Aedan hubiese jurado que sus mejillas se encendieron… o tal vez solo fueron los acelerados latidos de su corazón. Aquellas miradas iban a volverle loco – O cualquier cosa que te gustase. – desvió la vista y clavó los ojos en el camino. Su voz se endureció, llena de desprecio – Eso sin embargo implica hacer siempre lo que se espera de ti. Te vuelve dispensable. Se vuelve una jaula. Elegante, pero una jaula al fin y al cabo. – Aedan tragó en seco.

Suena como que alguien ha sido mimado – dijo intentando apartar su inconformidad con una broma. Sin embargo Zevran no rió.

Sí bueno, cuando cuentas con una buena paga después de un trabajo bien hecho, ¿cómo puedes no? – contestó, dejando a Aedan con un mal sabor de boca…e incómodo.

Llegaron a la plaza, frente a la capilla. Al parecer habían terminado antes que los demás y Aedan hizo un gesto a Sten para que el Qunari hiciese lo que quisiera Morrigan también se alejó de ellos, aparentemente arta de tanta conversación.

Él se acercó al Mayor e indicó que Dwyn se uniría al combate de esa noche. El hombre se veía complacido. Sin embargo, cuando Aedan se volteó, el asesino aún estaba ahí. Se le aceleró el pulso de nuevo. Un burbujeo familiar le cosquilleó en el vientre y Aedan no pudo más que aproximársele nuevamente. Podría permitirse un poco de diversión… ¿verdad? Avanzó hacia el elfo, apoyando ambas manos en la cadera.

Entonces, ahora que se han ido los aburridos, dime… – murmuró, la voz le salió gruesa y cargada. Demasiado similar al tono que usaba cuando… bueno, con Gilmore. – De lo que te facilitaban los cuervos ¿Qué cosas te gustan exactamente? –

Oh – el brillo en los ojos del asesino regresó. Esta vez mucho más sugerente. Entrecerró los ojos y contestó con una media sonrisa. – Me gustan muchas cosas – dijo dándole un rodeo. – Me atraen las cosas que son hermosas y fuertes – ofreció Zevran. – Me gustan las cosas que son peligrosas y emocionantes. ¿Estarías ofendido si dijese que me gustas? –Aedan podía verse a sí mismo jugando este juego. No sería la primera vez. Avanzó hasta encontrarse a pocos centímetros del elfo. Tan cerca que casi podía percibir su aliento.

¿Estás seguro de que eso es lo que quieres decirme? – la risa del elfo surgió desde su garganta, erizándole cada espacio de su cuerpo. No podía creer lo mucho que le excitaba ese sujeto.

Incluso si esto no es Antiva, sé cuando estoy frente a alguien abierto a las posibilidades. Por la forma en que respondes, pienso que no te disgusta mi atención. –

Me molesta. – contestó Aedan, sin embargo lo sugerente de su tono no demostraba un rechazo – pero podemos solucionarlo. – El asesino rió entre dientes.

Es bueno saberlo. –

Veme cuando esta batalla haya terminado. Y te mostraré qué tan bueno puede ser. –

Una mirada hambrienta siguió el rostro de Aedan cuando este se apartó del elfo. Avanzó hacia el centro del poblado y se volteó en su busca.

¿No vienes? – preguntó como si no hubiesen tenido aquella conversación.

Por supuesto. – contestó el asesino.

Los primeros en regresar con ellos fueron el grupo de Elissa. Alistair llevaba a un niño sobre los hombros y Amell una gran espada atada a la espalda. Aedan vio el complacido rostro de su hermana y algo le dijo que había sido ella quien debió tomar las riendas de aquel pequeño equipo. Aunque él hubiese apostado por Amell. Sin embargo ambos hombres se veían conformes. Al verle Alistair bajó al niño, quien entró corriendo a la capilla con una bolsa grande de monedas en las manos.

¿De qué se traba eso? – preguntó Aedan al trío.

Oh, nada – dijo Amell con su sarcasmo característico. – Nuestra dulce Lady Cousland solo se esfuerza en arruinarnos. Esta vez compró una espada a un precio exorbitante y convenció a un anciano borracho de que encontraremos a su hija muerta. – el mago le mostró la espada a Aedan.

¡Ey! – protestó Alistair – que el chico y su hermana necesitan el dinero. –

Aedan examinó la espada. Tenía un filo prominente y de acero templado. Le resultaba extraño que una familia pobre tuviese una espada como aquella. Sin embargo, su brillo y lo lisa de su oja le decían que no siempre perteneció a un donnadie.

¿Más que nosotros? – protestó Amell - ¿No te parece que ya estamos bastante desesperados? –

Podemos hacer más dinero – sentenció Alistair – Ellos no. –

Sangramos por esas monedas. – protestó el mago.

Fue una buena decisión – terció Aedan ofreciéndole la espada de regreso al mago. – Es una gran espada. Creo que a Sereda o a Fergus les gustará. –

Perteneció a un asesino de dragones – le contó Elissa. – Pensamos que podría ser útil. –

Tú pensaste – terció Amell. – A mi me dolieron esas monedas más que perder un brazo. –

Eres un exagerado – se burló Alistair.

Fácil para ti decirlo. Te iría bien en un burdel con ese cartelito de templario, esos músculos y esa carita de santo apaleado. ¡Mírame! Yo tengo que pelear para sobrevivir. ¿Qué será de mí? –

Elissa y Zevran soltaron unas sonoras carcajadas e incluso Aedan sonrió ante la ocurrencia. Alistair por su parte se sonrojó profundamente. Claramente estaba escandalizado. Aedan creyó que desenfundaría su espada y cargaría contra el hombre. Pero no lo hizo. Una vez las risas hubieron parado, Elissa prosiguió a explicarles sobre la hija del herrero y los beneficios de encontrarla, así como las consecuencias de no hacerlo. Si la chica no regresaba a casa su padre moriría de tristeza y perderían la rebaja de las armas. A Aedan le pareció un poco calculador de parte de Elissa, sin embargo, si estaba en sus manos ayudar, no veía por qué no hacerlo.

El grupo de Sereda fue el siguiente en regresar. Aparentemente entre Sereda y Leliana habían convencido a la madre de la capilla de preparar unos amuletos para los soldados de redcliff. Aunque los papeles no tenían ningún poder Fergus había insistido en que aumentarían la moral y aunque Sereda consideraba que un soldado no necesitaba más motivación que la de proteger a su familia, al final había accedido. Como consecuencia Ser Perth se sentía en deuda con ellos. Sereda incluso le informó sobre la idea de usar el aceite de los almacenes para incinerar algunos muertos. Además de que como se les había informado los caballeros restantes de RedCliffe habían sido enviados en la búsqueda de las cenizas de Andraste. Por eso el pueblo estaba tan diezmado. Sus palabras enfurecieron al Grey Warden. Con una situación como aquella, ¿cómo se permitieron perder tantos hombres? Sin embargo Aedan estaba complacido de su equipo. Ahora solo faltaban las noticias de la taberna.

Leliana se acercó a ayudar a los hombres que entrenaban y Fergus regresó junto al interior de la capilla para informar a Teagan de los avances. Bethany observó a Leliana y los otros muchachos, parecía curiosa, sin embargo no se acercó cuando la barda le llamó. Incluso Alistair y Zevran se presentaron voluntarios para rectificar las posiciones de algunos de ellos. Elissa le tiró del brazo a Aedan, indicándole a un hombre gordo que atravesaba la plaza por detrás de los arqueros que entrenaban. Aedan comprendió por sus gestos que aquel debía de ser el dueño de la taberna. Pensó que sería complicado que el sujeto cupiese dentro de la armadura. Sin embargo no pudo concretar aquel pensamiento, pues Darrian y los suyos llegaron seguidos de un elfo arquero que rápidamente se disimuló junto a los demás.

Darrian llegó junto a Aedan, atrayendo la atención de sus compañeros dispersos. Alisatir y Sereda se pararon junto a su líder y Elissa permaneció junto a su hermano, observando al elfo con atención. Darrian le ofreció un pergamino a Aedan, expresión cerrada.

La profeta estaba en lo cierto. – murmuró cuando Aedan tomó el pergamino y aunque Elissa estaba claramente incómoda con aquel título, Darrian no retiró sus palabras.

El documento estaba firmado por el puño y letra del Teyrn. Allí estaba explícito su deseo de que el elfo informase de cualquier suceso inusual en el poblado. Y por la forma sugerente en que se redactó Aedan supo que Teagan aceptaría sus términos.

¿Qué hay sobre las habitaciones de la taberna? – preguntó Bethany esperanzada.

Resuelto – contestó Darrian mirando a Cailan por encima del hombro. Si el trabajo lo había hecho el o el humano, nunca lo dijo. Sino que se conformó con entregarles un gesto osco.

Surana optó por no prestarles demasiada atención a sus alrededores. Sin embargo Aedan le notó ansioso. Miraba constantemente a la cima del risco. Hacia el castillo. Entonces recordó la discusión sobre Jowan y suspiró. Era como si el pobre chico se creyese cada vez más cerca del mago.

Habiendo terminado todo el trabajo indicado, se dispusieron a fortalecer las defensas de la ciudad. Alzaron barricadas, movieron espadas y armaduras y las repartieron entre la gente. Teagan se vio involucrado en los preparativos e incluso se sorprendió cuando Zevran entregó una bolsa llena de venenos para las flechas y otra llena de pociones curativas que aparentemente Morrigan había preparado. Sten se reunió con los tramperos y por orden de Aedan ayudó a construir trampas para colocar en el muelle.

Teagan quedó atónito cuando Elissa Cousland desplegó un mapa sobre la mesa de la capilla y relató lo acontecimientos de la batalla. Explicó por donde aparecerían los cadáveres y las zonas específicas por donde entrarían. Fergus posó su mano en el hombro del sujeto, consiguiendo que se relajase un poco, pero no fue hasta que Aedan le entregó el documento interceptado por Darrian que se relajó visiblemente.

Cailan ayudó a establecer el plan de batalla. Y aunque nunca se retiró el casco, su tío le miraba con escepticismo. Aedan notó que a pesar de sus estrategias un tanto burdas, Cailan no resultaba del todo inútil. Aunque no dudaba en poner en riesgo a los Grey Wardens con tal de proteger a los ciudadanos. Alistair y Sereda parecían estar de acuerdo con tal idea, pero no habían tenido en cuenta que solo cuatro de ellos eran guerreros de espada y escudo. Y aunque Sten era un peso pesado, podía resultar demasiado agresivo. Dejarle pelear en público, rodeado de gente poco entrenada era una locura. Sereda sugirió cubrir las aguas de aceite e incendiarlas para evitar que los cadáveres saliesen del mar. Sin embargo, Aedan tampoco estaba convencido de que aquello funcionase.

Cuando explicó su propio plan lo hizo con un lenguaje elocuente. Lo menos que necesitaba era una pelea entre sus propios hombres delante del Bann. Según la explicación de Elissa necesitarían dividirse en dos equipos. Uno que esperase a los atacantes en la base de la montaña y otro que aguardase en el centro del poblado. Aedan ordenó extender las barricadas hasta el límite de las casas. Con cuatro barricadas conectadas, una tras otra serían un blanco fácil y el aceite solo se encendería en la cima del risco, lejos de las casas. Así evitarían que alguna se quemase por accidente.

Asignó a la cima a Sereda, Amell, Morrigan, Sten y Alistair. Vio a Alistair tartamudear cuando le puso al mando.

¿Qué? ¿Dirigir? ¿Yó? – dijo escandalizado agitando las manos – Nonononono. No. Yo no dirijo. Cosas malas pasan cuando yo dirijo. Nos perdemos, la gente muere y lo próximo que sabras es que estoy parado en alguna parte en ropa interior –

Morrigan rodó los ojos cuando todos los presentes soltaron una sonora carcajada. Amell incluso sacó una pequeña libreta y anotó aquello como si fuese una frase estelar. Incluso Ser Peth pareció que se caería de sus propios pies. Elissa sonrió dulcemente ante aquella frase que conocía y que sabía tenía una historia detrás. Sin embargo no hizo comentarios cuando Aedan le palmeó suavemente la espalda.

Lo harás bien. – dijo sin aceptar ninguna de sus protestas. Volvió su vista al mapa. – El resto se quedan conmigo en la plaza. Pediremos refuerzos si los necesitamos pero espero que con esta separación no sea necesario. Eso sí, nada de hacerse el héroe. Ninguno. Tenemos que sobrevivir todos esta noche. No podemos permitirnos perder a nadie hasta el Blight. –

Los Grey Warden asintieron, incluido Darrian, a quien nadie parecía agradarle demasiado. Una vez distribuidos los papeles Aedan tomó a Cailan del brazo y se acercó a Elissa, quien conversaba casualmente con Bethany.

Necesito que me hagas un favor. – le dijo al rey aun enmascarado.

Por supuesto Grey Warden. ¿Qué ocurre? – contestó el hombre animadamente.

Mientras yo esté en la batalla no podré estar pendiente de mi hermana y hermano. Necesito alguien de confianza que los proteja. –

Elissa miró a Aedan inquisitiva. Pareció comprender lo que su hermano planeaba. Vió a Fergus acercarse tras los hombres y por su expresión, pareció estar de acuerdo con sus palabras. Ella no estaba ansiosa por participar en batalla alguna. Sin embargo, tampoco estaba feliz de que sus seres amados pelearan solos. Cailan por otra parte cruzó los brazos sobre el pecho.

¿No estaré en la batalla? –

Por un instante Aedan sintió un deja-bu. No solo la forma en que lo dijo. Su tono de voz, su lenguaje corporal, todo le recordó aquella noche en Ostagar.

A Alistair.

Te estoy haciendo una petición personal. Mi hermano salió gravemente herido en la batalla Ostagar y Elissa aún no ha sanado del todo. Necesito alguien de confianza que los proteja esta noche en el interior de la capilla. No solo a ella, sino a las familias de todos los que estarán fuera peleando. En caso de que fallemos miserablemente. – insistió Aedan.

¿Cómo vamos a fallar? El plan es perfecto. Tendríamos que ser unos inútiles. Si tanto te preocupan ¿por qué no dejar a otro Grey Warden o a un mago con ellos? –

Aedan apretó la mandíbula. Miró a Bethany que estaba junto a Elissa y la muchacha se sobresaltó un poco.

Supongo que yo podría… quedarme con ustedes…también. – aceptó Bethany.

Ahí lo tienes. ¿Estás dispuesto a dejar a estas bellas damas y el hijo herido de un Teyrn a su merced? Pensé que no había nada más noble que proteger a los indefensos ¿no hay nadie más indefenso en este pueblo que las mujeres y niños que se quedarán dentro de la capilla? –

Cailan le miró a través del casco. Para bien o para mal Aedan no podía verle el rostro. Por un segundo el Grey Warden creyó que se descubriría en público para exigirle que le obedeciera y le colocase en el campo de batalla. Sin embargo suspiró. Resignado.

Lo entiendo, lo entiendo. – dijo casi en carretilla – Pero solo para que lo sepas, estaría más dispuesto a pararme frente a la horda de darkspawn usando un vestido y bailar el Remigold –

Aedan alzó una ceja, completamente bloqueado.

"¿Qué?" pensó. Elissa y Fergus se veían tan choqueados como él, aunque estaba seguro que no por las mismas razones.

Bueno eso… - comenzó a decir Aedan – podría… ser una gran distracción. –

A mí me encantaría verlo de echo – dijo Elissa alzando una ceja.

Por ti, tal vez – contestó Cailan. Por su tono de voz parecía que sonriese bajo el casco… una amplia sonrisa – pero que sea un muy lindo vestido. –

"Sí, justo como Alistair."

Aedan no pudo más que pasar junto a sus compañeros. Estaba enojado. Muy enojado. Atravesó el grupo y agarró a Alistair por el cuello de la armadura. Sin prestar atención a las miradas confusas le arrastró hasta la puerta de la capilla.

Si nos disculpan, iremos a ver cómo van los preparativos. –

Elissa palideció cuando Aedan cerró la puerta tras ellos. Aguantó el aliento y cuando Bethany le preguntó por su bienestar… no supo que contestarle. Una sombra desapareció de la estancia y la imagen de Zevran se esfumó en el aire.

···/ /···

¡Me mentiste! – gritó Aedan empujando a Alistair lejos de él.

Le había guiado hasta la entrada de RedCliffe, lejos del barullo de los preparativos y de la gente. Desde allí nadie escucharía lo que le tenía que decir. Y nadie interferiría.

¿De qué estás hablando? – Alistair parecía definitivamente confundido.

No te hagas el tonto conmigo. – Aedan le señaló con el dedo medio justo en medio del pecho. –Te he contado más de mi vida que a los demás y aún así tú me ocultas cosas. ¡Yo confiaba en ti! –

Aedan – el rostro del templario estaba lleno de miedo y confusión. – No comprendo. Por favor dime de qué pasa –

¡Pasa que eres el hijo bastardo del Rey Marin! ¡Eso pasa! – Alistair palideció de pronto.

Ella te lo dijo. –

¿Ella? ¿Ella qui…? – Aedan se quedó callado de pronto. Arrugó el entrecejo y apretó los puños en el instante en que todo encajó en su cabeza. Cuando habló su voz enveneada le herizó los cabellos de la nuca a Alisatir. – Elissa. ¿Mi hermana lo sabe? Se lo dijiste a ella y no a mí –

Cuando Alistair se dio cuenta de su herror retrocedió.

¡Por supuesto que no! Ella sencillamente lo sabía desde el principio. –

Soy un imbécil ¡Claro que lo sabe! – se criticó Aedan. – ¡Es la jodida profeta! Pero ella no me diría nada que creyese que debiera enterarme por mí mismo. O tal vez solo te estaba cubriendo las espaldas –

¿Cómo no se le había currido antes? Si hasta se parecían y todo. Luego de que caías en cuenta, eran casi idénticos.

Aedan, por favor escúchame. Eres mi amigo. Claro que confío en ti. Es solo que… -

¡No me des excusas Alistair! –gritó Aedan dándole la espalda. – Fuy un estúpido. Me agradabas. Ahora ni siquiera sé que pensar. –

¡Por favor déjame explicarte! – suplicó Alistair.

¡No! No quiero oírte. Solo… haz tu parte en la batalla de esta noche y déjame solo. – Aedan se alejó a paso firme dejando a un muy atormentado Alistair parado casi a la entrada de RedCliffe.

El Grey Warden comenzó a descender hecho una furia. Sintió la pesada mirada de Alistair pegada a su espalda hasta que comenzó a descender. Entonces una nueva presencia calló sobre si. Y esta vez, la reconoció. Ya fuera por su ira o sus instintos crispados Aedan se volteó y le sujetó del brazo. Le jaló contra sí, encontrándose a un muy sorprendido Zevran observándole por primera vez sin aquella máscara de lujuria. Sin embargo, su gesto atónito se fue tan pronto como vino.

Bueno… - comenzó el asesino – debo decir que por una vez es agradable no ser al que le gritan. Sin embargo, percibí una ola de despecho es sus palabras ¿sí? ¿No debería haber disimulado un poco? –

Cállate Zev.

Aedan se inclinó hacia adelante, devorando la boca del elfo. Si el otro se sorprendió ante este gesto, fue capaz de disimularlo. Envolvió sus brazos alrededor del cuello de Aedan, respondiendo con toda su habilidad a aquel beso hambriento. Por muy traicionado que estuviese, Aedan se sintió consumido por aquellos labios.

Por la espada flameante de Andraste ¡el elfo sí que sabía besar! Un solo toque de su lengua y le tenía duro entre sus piernas. El Grey Warden deseó lanzarlo contra el piso y embestirle con todas sus fuerzas. Hacía unos días que le conocía y no había sido así. Fue desde la primera batalla de entrenamiento que su cuerpo empezó a responder a él. Ahora incluso disfrutaba sus provocaciones. Y aunque estaba haciendo aquello solo por la necesidad de despejarse la mente ante una batalla maldita sea si no lo deseaba ahora mismo.

Zevran mordisqueó sus labios, chupó su lengua y le acarició la nuca y la parte baja de las orejas. Para cuando le dejó ir Aedan se inclinó hacia adelante persiguiendo aquel calor ajeno. Sin embargo, al notar lo que hacía se enderezó, buscando recuperar su compostura.

Ya estás mejor, espero – sonrió Zevran con picardía.

Pues… sí. – contestó Aedan, limpiándose la boca con el guantel. Sus ojos fijos en los labios del elfo, húmedos por el beso. – Gracias Zev. –

Mi placer. Aunque sería mucho mejor si llegásemos a la posada ¿no? –

El Grey Warden sonrió ante aquella sugerencia. Zevran le había visto gritando hacía un momento. Hecho una furia como no estaba hacía mucho tiempo. Y sin embargo ¿estaba excitado? ¿Es qué no tenía sentido del peligro? Aunque la verdad… el mismo había besado a un tipo que no solo quiso matarlo, sino a sus hermanos. Podría ser él quien no tuvo ese sentido del peligro en lo absoluto.

Suena como una gran idea para mí. –