Na: Hola de nuevooo. Aquí va otro capítulo. Advierto que este empiesa fuerte. He intentado no hacerlo muy esplícito porque no me lo permiten. Si es demasiado díganmelo y lo modifico para no incumplir las normas.
Advertencia dos, aquí hay un chicoxchico fuerte, si no les gusta no se lean la primera parte y busquen la segunda linea. El que avisa no es traidor. Jiji.
Eso es todo. Espero que lo disfruten. Y si tienen algún comentario estaré anciosa de contestarlo. Bye!
16 Cadáveres
Apenas resonó el ruido sordo de la puerta Zevran se vio presionado contra la pared de la habitación de la posada. Aedan se cernía sobre él, sujetándole las manos por encima de la cabeza. Le tomaba con una sola de sus palmas mientras su enorme cuerpo parecía cubrirle por completo.
Cualquiera que les hubiese visto en el instante que les entregasen la llave en el primer piso jamás hubiese pensado que aquel enorme Grey Warden fuese tan fogoso.
Tan pasional.
Zevran de por sí estaba fascinado. Aedan era un hombre fuerte y peligroso, de eso no tenía dudas. Sin embargo, a pesar de estar desaforado no resultaba brusco en lo absoluto. Todo lo contrario. Se sentía certero en sus movimientos.
El humano devoró sus labios. Le abrió la boca con un simple movimiento de la mandíbula e introdujo su lengua. Zevran le observaba con los ojos abiertos, sin embargo, el sujeto ocultaba aquellas brillantes perlas azules tras los párpados. Sus cabellos negros le cosquilleaban en la frente y las mejillas, dándole una extraña sensación de confort.
Aedan se presionó contra el, un segundo antes de que Zevran notase lo que hacía. El guerrero le soltó los amarres que portaban sus dagas, cuchillos y bolsas con pociones, echándolas a un lado sobre el suelo. Los cristalitos de las pociones sonaron al chocar entre sí y sobre el suelo, pero al elfo no le importó. Hubiese intentado ayudarle a desvestirse si no le tuviese sujeto. Pero aquel simple gesto per se le tenía duro como una piedra. Con la velocidad propia de un amante experimentado Aedan se deshizo de la armadura de Zevran. Dejándole claro al elfo que había estado antes con soldados. Y con más de uno específicamente. Era extraordinario como el Grey Warden podía maniobrar con una sola mano y a siegas sin apartarse de su boca. Además de hacer su trabajo allí dentro estupendamente.
En un instante le tuvo desnudo y a su merced… con excepción de sus botas, por supuesto. La mano que Aedan estaba usando para dejarle tal y como vino al mundo descansó sobre su pecho. Entonces, Aedan abandonó su boca.
Se separó mirándole con el brillo de la lujuria en su expresión y Zevran se sorprendió de lo joven que se veía. El humano se inclinó sobre su rostro, besándole la mejilla, la mandíbula y el camino hasta su oído. La mano enguantada apretó uno de sus pectorales, haciéndole soltar un jadeo de excitación. El frío metal le resultaba doloroso contra su piel caliente.
Aedan envolvió su lengua contra el hélix de la oreja de Zevran, consiguiendo que este arquease la espalda hacia adelante. El elfo no era capaz de entender el afán de los humanos por morderles las orejas. Sin embargo, el Grey Warden había encontrado un punto sensible de su fisionomía. Y el asesino no estaba dispuesto a protestar por ello. Inclinó el cuello hacia el lado contrario, facilitándole el acceso al lóbulo. Sin embargo Aedan prefirió descender por la tersa carne tan dócilmente ofrecida. Besó la piel. Mordió los músculos y acarició con la punta de su nariz los huesos de la clavícula.
Por un instante se detuvo, mirándole el torso desnudo. Sus ojos quedaron afirmados a los tatuajes de Zevran. Cada uno representaba una simple línea sobre la carne, que se curvaba hasta elaborar una figura y luego descender. Si alguna de las líneas moría sobre si misma o se cerraba aparecía una nueva. La mayoría iniciaba como las líneas del viento que recorría la mejilla de Zevran y terminaban de la misma forma. Sin embargo, aquellos divinos tatuajes descendían hasta las caderas del asesino y desaparecían bajo las botas.
Aedan apretó el pectoral que sostenía. Allí el tatuaje se doblaba, mostrando una elaborada garra alrededor del moreno pezón de Zevran. El Grey Warden quedó fascinado con el color de su piel y el contraste que hacía con el pálido de sus propios dedos.
Eres hermoso – murmuró. Por primera vez el elfo notó que se había quitado los guantes y el peso de su mirada le dejó ansioso… y hambriento.
No tuvo tiempo de quejarse, pues la boca de Aedan descendió nuevamente sobre su carne. Esta vez, chupando ansiosamente el pezón expuesto. Zevran sintió un corrientaso atravesarle y descender hasta su miembro ya endurecido. Debería abochornarse, pero estaba tan adaptado a la sensibilidad de sus pezones que poco le avergonzaba decir que fácilmente se vendría con aquel sencillo estímulo. Aedan le chupó insistentemente, como si esperase que algo saliese de allí. Sin embargo, cuando envolvió su lengua una y otra vez sobre la liza carne esta se tensó, dejándole los pezones duros como rocas.
Deja de provocarme – protestó el elfo. Su voz jadeante y deseosa. – Házmelo. –
Aedan le sonrió con malicia. Zevran identificó el gesto juguetón de un muchacho. El humano le liberó las manos y comenzó a zafarse la armadura.
Sobre la cama. – Ordenó – En tus rodillas. –
Zevran devolvió aquella sonrisa. Sin vacilación le dio la espalda, avanzando hacia la cama. Al subirse se liberó de las botas y procedió a colocarse sobre sus codos y rodillas. Arqueó la espalda, dejando al descubierto su trasero. No tuvo que esperar demasiado para que una mano cálida y grande le sujetase las nalgas en un lascivo apretón.
Muy bonito – dijo la gruesa voz de Aedan Cousland.
Haaaa – jadeó Zevran. El muchacho le tomó de sorpresa.
Aedan hundió el rostro entre sus nalgas. Con su lengua humedeció el esfínter de su entrada e introdujo su lengua. Pocas veces, incluso entre los antivanos se practicaba el uso de los besos negros. Sin embargo, la técnica del joven era demasiado buena como para que la practicase de vez en cuando. En instantes Zevran estaba jadeando como un adolescente. ¿Cómo podía aquel mocoso ser tan bueno? Comenzó a desear su boca en otro lugar. Uno que goteaba insistentemente.
El elfo estaba a punto de tocarse allí, cuando la mano amplia del joven le envolvió la base, sacándole un gruñido de placer. Si seguía estimulándole tan intensamente, sería un desastre antes incluso del plato principal. O eso pensó. El humano se separó, alejándole de la sensación húmeda de su lengua. Sin embargo, la dura cabeza de su miembro se presionó contra su entrada. Allí… allí se detuvo el muy desgraciado. Zevran miró por encima de su hombro, encontrando los azules iris de los Cousland fijos sobre él. Una sombra de lujuria brillando en aquellos ojos intensos. Y aquella sonrisa…
Zevran apretó los dientes. Le estaba probando ¿era eso? Le mostraría cuál de los dos era el adulto en ese cuarto. Afincó con fuerza las rodillas y los puños y se presionó hacia atrás. Aedan soltó un sonoro jadeo. El deseo se extendió como una neblina dentro del cuarto en el instante que sus cuerpos se conectaron. Zevran sintió bullir el placer en su interior mientras le introducía cada vez más profundo. Aedan era grande y grueso. La poco a lubricación lo hacía complicado, pero estaba tan excitado… tan deseoso que no conseguía detenerse. Cuando le tuvo dentro por completo se sintió agotado como no había estado nunca.
En ese momento comenzó la verdadera faena. Aedan se presionó con fuerza contra su carne. Estrecho como estaba Zevran le sintió golpear su próstata casi de inmediato y brutalmente. Era tan intenso que se le nubló la vista. Abrió la boca en busca de aire que respirar, pero solo consiguió soltar un jadeo fuerte.
Haaa – gritó incapaz de contenerse. – Haaa… gr…unm – jadeó apretando los dientes.
Aedan le embistió con fuerza, haciéndole temblar los muslos y las rodillas. Creyó que se caería quedándose incrédulo ante aquella intensidad. ¿Qué le estaba pasando? Los fuertes brazos de Aedan le rodearon, sujetándole fijas las caderas, permitiéndole una penetración más firme.
Pronto el interior de Zevran comenzó a mojarse, facilitándole la entrada y las salidas. Aedan era persistente y fogoso. Tenía los ojos apretados y el rostro congestionado por el placer. Sus bajos jadeos eran apenas audibles, pero la fuerza de sus manos no dudó ni un segundo.
Aaaah…ha… ummn – jadeaba el elfo, apretando las sábanas bajo sus dedos. Estaba tan cerca. Casi podía sentir su orgasmo apretándose dentro de sus testículos. Se empujó contra el duro miembro en su interior y tras un último estímulo se corrió en la mano de Aedan. – Haaaaa – jadeó, respirando entrecortadamente.
Estaba agotado y le costaba respirar. Las piernas le temblaban. Sin embargo, el chico no le soltó. Y aunque le sintió derramarse en su interior, no detuvo aquel ritmo atosigante.
Per il creatore – murmuró el elfo ¿Cuánta estámina tenía?
Sin embargo no encontró la respuesta hasta que el sol comenzó a caer tras el horizonte. Cuando la voz le falló y estaba tan pegajoso que apenas podía soportarlo. Cayó agotado sobre las sabanas. Luchando por respirar. Sin embargo Aedan se levantó de la cama. El elfo le escuchó trastear en el baño y regresó luego con una cubeta llena de agua. Limpio y fresco como una rosa.
¿Fue demasiado? – le escuchó preguntar. Sin embargo Zevran no pudo más que contestar entre risas.
Oh, fue glorioso. No sabía que ustedes los Grey Wardens tenían tanta resistencia. De haberlo sabido, hubiese redoblado mis esfuerzos. –
Aedan rió por lo bajo. Hundió un paño húmedo en el agua y tomó una de las manos de Zevran. Limpiándole. El asesino le miró con escepticismo y clara desconfianza.
Eso no es necesario. –
Por favor, permíteme – insistió Aedan. En su tono había cierto arrepentimiento. Mientras avanzaba en su labor, más se oscurecía su mirada – Fuy demasiado brusco. Me disculpo. –
¿Por qué? – se burló Zevran – Fue de las mejores jodidas de mi vida. Y créeme que he tenido muchas. –
El corazón del elfo se aceleró al ver el profundo sonrojo que cubrió el rostro del Grey Warden. ¿Podría ser que aquel sujeto era incluso más adorable que el idiota templario? Sonrió ampliamente, ansioso de repetir sus circunstancias.
¿Crees… crees que puedas pelear? – preguntó Aedan con clara preocupación.
¿Pelear? – dijo con sarcasmo – Mi querido Warden, los mataría a todos de ser tu deseo. – Zevran se incorporó en la cama, sentándose. Su rostro quedó frente al de Aedan.
Con los muertos vivientes me conformo. – contestó Aedan divertido, fijando su mirada en el rostro del elfo.
Entonces los muertos vivientes serán. – susurró el sujeto, inclinándose sobre aquellos deliciosos labios.
Aedan no solo le permitió besarle, sino que además devolvió las intenciones con avidez. Sin embargo, este fue mucho más tranquilo que el anterior. Y mucho menos lujuriosos. Aedan le sonrió, agradecido. Le entregó el trapo y se levantó, cerrándose los pantalones y colocándose la camisa, alejando de Zevran la vista de su magníficamente formado torso.
Preparémonos, tenemos una batalla que ganar. –
Sentado en las afueras de Redcliff Alistair observaba sus manos. La tarde estaba cayendo y a él no le importaba. Estaba atormentado. ¿Cómo había podido ser tan tonto? Por supuesto que Aedan se iba a enterar. Por más que la política de los Grey Wardens estuviese cargada de secretos, cada uno tenía sus consecuencias. ¿En serio había creído que podría esconderlo por siempre? Incluso sus superiores de Westaport conocían su historia. Su herencia.
Aedan era un sujeto brillante. No supo como lo descubrió, pero si Elissa no se lo dijo, solo pudo haberlo deducido. Hundió e rostro entre sus manos.
Estúpido. – se criticó.
Ahí estás. – la voz de mujer le sobresaltó.
Alisatair alzó el rostro, encontrándose con el rostro preocupado de Elissa Cousland. La muchacha había subido la colina. Usaba su armadura de cuero y llevaba al hombro su arco y flechas. Su cabello castaño brillaba frente a la luz del ocaso y a pesar de las marcas en su rostro, el templario no pudo evitar pensar en lo hermosa que era. Desvió la vista al darse cuenta de los impulsos de su corazón. Él no tenía derecho de pensar aquello. Ella era una mujer noble. Hermosa y dulce. Él era un Grey Warden. Un bastardo ¿Qué tipo de vida podía darle?
¿Estás bien? – la pregunta le llegó desde su costado, donde Elissa se había sentado. Llevaba el cabello suelto, cayéndole en bucles sobre la espalda.
Yo… - murmuró – Tú… tú tenías razón. Yo…debí decirle. – la sintió enderezarse.
Lo sé. Pero lo que ocurrió no fue culpa tuya. Nunca se me hubiese ocurrido que mi hermano pudiese descubrirlo de esa forma. – ella le sujetó del brazo, atrayendo su atención. – Te juro que no dije nada. – el chico asintió. Lo sabía. Aedan se lo había confirmado.
¿Qué fue lo que pasó? – preguntó, tomando aquella pequeña mano que le sujetaba con fuerza.
Elissa le relató la conversación con Cailan en la capilla. El mismo Alistair alzó las cejas en escepticismo al escuchar las palabras del rey. Se hubiese reído si no le hubiese resultado tan absurdo. Sabía que el tipo era un bromista. Tenían un equipo lleno de esa gente. Sin embargo, el hecho de que repitiese sus palabras textuales de Ostagar, que solo mencionó frente a Aedan y Duncan era absurdo. ¿Cuánta empatía podían tener?
By the Maker –murmuró, cubriéndose el rostro con la mano libre.
Lo sé. Pero dale tiempo. Estoy segura que aceptará tus disculpas. – lamentablemente Alistair no estaba tan seguro.
No escuchaste todo lo que me dijo. Debe odiarme ahora. –
Aedan está enojado en este momento. Pero una vez que se enfríe la cabeza te escuchará ¿Recuerdas cómo fue con Zevran? –
No es lo mismo – murmuro el templario visiblemente deprimido.
Bueno, Zevran era el asesino desalmado que casi mata a sus dos hermanos y asesina a sus camaradas Grey Wardens. Todo en una misma noche – la voz de Elissa sonó casi musical, como si intentase contener la risa – Tú por otro lado eres su queridísimo amigo y su Grey Warden favorito, a quién además le debe la vida de su padre. Creo que tienes muchas más posibilidades de ser perdonado. –
Alistair se enderezó, intercambiando una mirada esperanzada con la muchacha. ¿De veras él era todo eso? ¿Aedan pensaba tan bien de el? ¿Aunque solo hubiese llorado como un bebé desde la muerte de Duncan? ¿Aunque le hubiese tirado aquella inmensa responsabilidad sobre los hombros?
¿Él te dijo eso? – sus mejillas se sonrojaron profundamente, gesto que trajo una sonrisa al rostro de Elissa.
¿No es lógico por la forma en que siempre anda pegado a ti? He de decir, que me cuesta trabajo conseguir un minuto de tu tiempo. Ni siquiera se de quien ponerme celosa. Si de que me robes a mi hermano o que mi hermano no me deje pasar tiempo contigo. Aunque es agradable que se lleven bien. –
El sonrojo del templario se extendió hasta las orejas y el cuello, mostrando un espectáculo que a la muchacha le resulto adorable.
¿Tú quieres… pasar tiempo conmigo? – tartamudeó, como si no fuese capaz de creérselo.
¿Por qué otra razón estaría aquí afuera en el segundo ocaso más peligroso de la era del dragón? – Elissa se inclinó hacia adelante, entregándole a Alistair una perfecta vista de su rostro. – Puede que no me creas, pero… me preocupo por ti. Mucho. – la joven tomó su mano, entrelazando sus dedos. –Y aunque sé que en el campo de batalla eres indestructible quisiera poder protegerte. – extendió su mano libre y desplegó su palma sobre la zona de la armadura en la que se encontraba el corazón. Un latido acelerado enfrentó sus dedos. Estaba tan nervioso que competía con ella. Elissa sintió sus mejillas teñirse de rojo, mientras se le acaloraba el rostro. – Desearía ser la única que pudiese cuidar tu corazón. –
Alistair apretó los labios, sintiéndose incluso tembloroso. Era tan hermosa. Tan compasiva… tan… tan…
"By the maker, se está acercando… " Pensó cuando Elissa se inclinó sobre él. Nervioso cerró los ojos. Apretándolos con fuerza, sin notar que le sujetaba fuertemente la mano. Los suaves labios de la muchacha descendieron sobre los suyos. Su voluntad se quebró ante el dulce tacto. Olía a flores y a césped. Su pecho se sacudió, dejándole una exquisita sensación de mareo.
Un espeso suspiro se le escapó cuando ella apartó sus labios con la lengua. Entendió que debía abrir la boca, pero se encontró perdido luego de hacerlo. Optó por imitar los movimientos de la chica y se sintió desfallecer cuando encontró su sabor. Una extraña sensación bajó por su estómago hasta su vientre, revolviéndole las entrañas. Extendió la mano y enredó sus dedos en las finas hebras de su cabello.
Suavemente, Elissa se apartó, mostrándole al chico la más hermosa de las sonrisas de su repertorio. Alistair quedó prendado del brillo de sus ojos y el rosado de sus labios. La muchacha se levantó, sin llegar a soltarle la mano.
Vamos, los otros se están cambiando a sus uniformes de Grey Wardens para la batalla. No querrás quedarte atrás en tu primera tarea como jefe. –
Alistair soltó un profundo suspiro. Parecía aturdido, sin embargo se levantó y la siguió con una sonrisa exagerada. La acompañó hasta la capilla. Tras las puertas la mayoría de sus compañeros terminaban sus preparativos. Cailan conversaba animadamente con un Darrian que limpiaba su daga antes de colocarla en la funda que colgaba de la espalda de su uniforme azul. Sereda ayudaba a Amell y Surana a ajustarse las túnicas con el gran grifo plateado sobre el hombro. Aedan estaba de espaldas a ellos, repasando por última vez el plan con Fergus y Teagan. Vestía con orgullo la misma armadura que Alistair había de vestir. El templario se quedó quieto observándole, sin embargo, el joven Cousland nunca se volteó.
Bethany se acercó a Alistair, en sus manos cargaba la pesada armadura que le correspondía. Limpia y brillante. Elissa le agradeció y la muchacha se sonrojó. Alistair pensaba que era una chica dulce para ser un mago. No como Amell que era un desvergonzado, Surana un antisocial y Morrigan una… bueno, una bruja como justo implica a palabra. Bethany no, tanto ella como su hermano parecían gente decente. Así que, tal vez los magos realmente no eran tan malos.
Se alejó de las chicas para cambiarse y a su regreso, sus compañeros le estaban esperando. Listos para marcharse. Alistair observó al grupo de hombres y mujeres que estaría comandando. Y aunque estaba nervioso, la mirada pícara de Amell y la sonrisa alentadora de Sereda le dieron valor. Morrigan le miró como si fuese un estúpido y a Sten no parecía importarle quien dirigiese. Se sorprendió cuando Aedan se les acercó para estrecharles las manos. Se despidió de cada uno individualmente. Y cuando llegó a él le apretó con fuerza.
Mantente a salvo – le dijo con sus ojos llenos de dolor y preocupación. Aquella mirada se quedó gravada profundamente en la mente de Alistair aún cuando Aedan se hubo marchado y ellos dejaron la capilla.
Aedan caminó hasta su hermana y la abrazó con fuerza.
Yo también me voy. – le susurró al oído tras besarle con dulzura le mejilla. – te quiero Eli. –
Yo también te quiero. – contestó ella intentando apretarle dentro de aquella armadura. Aedan rió por lo bajo al notarlo, pues lamentablemente la chica no tenía la fuerza para imitarlo.
La protegeré con mi vida – prometió Cailan bajo su casco.
Lo sé. Pero recuerda, no quiero mártires. –
Cailan asintió, dándole espacio para despedirse de su hermano. Fergus y el chico no necesitaron palabras. Compartieron un abrazo fuerte en despedida. Tras intercambiar unas palabras con Bann Teagan, Aedan se marchó.
Elissa sintió su rostro palidecer cuando las puertas se cerraron. Hubo un jadeo general de las muejres y un ligero llanto de los niños. Los cuatro nobles quedaron allí parados como estatuas. Observando la gruesa madera que les separaba de la batalla. Elissa no era religiosa, sin embargo su papel implicaba que resara. Aún así, estaba demasiado inquieta para hacerlo.
Maker, watch over us all. –
Aedan avanzó hacia el centro de la multitud. La gran fogata que habían construido en el centro de la plaza estaba apagada, manteniendo ocultos en la penumbra los rostros de los campesinos. Aedan se había ocupado de aprenderse cada nombre, cada rostro. De oir cada historia. Había buenos hombres allí. Hombres enteramente dedicados a su familia. Normalmente era Fergus quien daba los discursos en Highever. Sin embargo, esta vez él era el dirigente. Zevran se le acercó. En su mano portaba una antorcha encendida. Aedan extendió el brazo y el elfo se la entregó.
Estamos ante una situación desesperada. – comenzó Aedan – Jamás creyeron encontrarse en tales circunstancias. Tampoco nosotros. – observó los rostros de sus compañeros Grey Wardens – Cuando fuimos reclutados por los Grey Wardens no esperamos quedarnos solos. Era imposible que un grupo tan pequeño sobreviviese aquella horda de monstruos. Pero sobrevivimos. – alzó la voz –Atravesamos el bosque, triunfamos sobre los monstruos y llegamos a ReCliffe. Vinimos buscando ayuda de un gobernante justo y encontramos un pueblo en penuria. Creímos que estábamos perdidos. – murmuró. Ante sus palabras algunos hombres bajaron el rostro. Aedan alzó nuevamente su tono – Hoy me han demostrado que estaba equivocado. Muchos de ustedes nunca habían alzado un arma. Sin embargo dieron el paso al frente para defender a sus esposas, hijos, hermanos… y pregunto ¿Hay algo más noble que morir por la familia? Hoy me han demostrado que hombres simples como ustedes son más valerosos que un Grey Warden. Habeis trabajado hasta sangrar para montar nuestras defensas. Habéis soportado en penumbra antes de nuestra llegada y resistido. Habeis llorado y sufrido. Habéis perdido a seres queridos a manos de las abominaciones ¡Esta noche termina! – desenfundó su espada y la alzó en el aire - ¡Esta noche destruiremos a los monstruos y entraremos al castillo para rescatar al Arl! ¡Esta noche lucharemos! – los ciudadanos le imitaron con un fuerte grito de guerra.
AAAAAAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaaah! – Aedan bajó la espada.
Cuando esta luz se extinga la batalla habrá terminado. Cuando esta luz se extinga ¡habremos vencido! –
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaaaah!- gritó la multitud agitando sus armas en el aire.
Aedan les mostró la antorcha en el aire. Se volteó y la lanzó dentro de la fogata. Las llamas devoraron la madera, comenzando un fuego intenso que iluminó los rostros de cada ciudadano.
¡Por RegCliffe! – gritó Aedan.
¡Por RedCliffe! – contestó la multitud
Aplausos se alzaron entre los gritos mientras Aedan y sus Grey Wardens la atravesaban. Sus hombres se colocaron como un abanico. Un Grey Warden por barricada. Darrian se colocó delante de un grupo de arqueros con Leliana a su lado. La chica preparó el arco, equipándole una flecha. Amell se colocó tras Morrigan, la mabari, quien había asumido su papel de protectora. Aedan envió a Bryce a hacer lo mismo con Surana, quedándose él frente a la última barricada. Zevran se colocó a su lado, una daga en cada mano.
¿Seguro que puedes hacerlo? – preguntó el Grey Warden sin despegar la vista de la oscuridad más allá del límite de la hoguera.
¡Ha! – se burló el asesino - ¿Ahora estás preocupado por mi salud? Luego de que fuiste taaan rudo. – su tono meloso trajo una sonrisa al rostro de Aedan.
Eso fuy yo conteniéndome – contestó el muchacho. Pudo sentir el rostro de Zevran fijarse sobre él. Su sonrisa parcialmente anulada.
Estás bromeando ¿verdad? - la sonrisa de Aedan se amplió, sin embargo el elfo captó la verdad en su lenguaje corporal. – Sarai la mia distruzione – contestó el hombre en la lengua de Antiva. Sin embargo, por el tono de sus mejillas y su voz Aedan sintió su ansiedad. Zevran estaba excitado.
Sería una batalla interesante de ver.
Una niebla densa se expandió desde el interior del casillo. Parecía avanzar por el cendero hacia la base de la montaña. Desde su posición Aedan la vio moverse con velocidad espeluznante. Se le atoró el aliento en el pecho al pensar en Alistair. Sabía que le había entregado a sus mejores peleadores, además de que estaba con los soldados de Redcliffe, pero no podía evitar preocuparse. Le había dicho muchas cosas desagradables… ¿y si no regresaba?
Apartó aquella idea de su cabeza. No era el momento. Alistair era un Grey Warden, al igual que él. Tenía que despertar o nunca podría avanzar del abismo en que le dejó la muerte de Duncan. Y ahora estaban en una pelea. Desde la cima se escuchó la explosión del fuego seguido de un grito fantasmal. Escuchó las espadas chocar como si las tuviese a su lado.
Warden – le llamó Zevran.
Aedan cayó en cuenta de lo distraído que se encontraba al escuchar el gruñido de los mabari. Zevran se tensó a su lado, moviendo en círculos las dagas entre sus dedos. Aquella espesa niebla se escurría desde el puerto. Avanzaba como el vapor, quemando la tierra y chamuscando las pocas hiervas que habían sobrevivido. Aquello explicaba el cabello chamuscado de Teagan y la resequedad de la tierra. Bryce ladró con fuerza, arañando el suelo con sus garras.
El estruendo de la batalla fue opacado por los lamentos de las criaturas que se cernían sobre ellos. Darrian alzó el brazo y todos los arqueros cargaron. Leliana, quien sostenía su flecha en alto observaba una separación entre las casa.
Todo el mundo quieto – murmuró Aedan. – Esperen –
Bryce arañó el suelo.
Un centenar de luces brillantes traspasaron la niebla. Moviéndose con pasos dubitativos. Se tambaleaban de un lado a otro, chocando entre ellos. Uno salió. La carne podrida colgaba de unos huesos ennegrecidos que apenas parecían capaces de soportar el peso. Estaban mojados y la escasa tela que portaban goteaba. Aedan tragó en seco ¿Qué demonios era aquello?
¡Fuego! – gritó Aedan y el brazo de Darrian calló.
La flecha de Leliana embistió de lleno en el ojo del primer cadáver que emergió de la niebla. En el instante en que este se desplomó contra el suelo el resto se lanzó en estampida. A pesar de que tenían sus ojos encendidos, muchos chocaron con las barricadas y se revolcaron por el suelo. Los soldados los remataron, intentando pararlos antes de que se acercaran.
Amell congeló a unos cuantos antes de que su mabari saltase sobre ellos, destrozándolos en pedazos con el peso de sus mandíbulas. Bryce embistió a los que venían hasta el mago que su amo le indicó proteger. Surana estaba conjurando. Los campesinos armados pasaron por su lado, incluido el Mayor. De las puntas de los dedos del mago emergieron relámpagos. Primero pequeños, luego se ramificaron como serpientes. Se extendieron de la punta de sus dedos. Cada uno envolvió a un cadáver, dejándole frito en el lugar.
Aedan saltó la barricada, embistiendo a los cuerpos con su escudo. Leliana y los arqueros los azotaban con las flechas. Darrian imitó a su líder y cercenó algunas gargantas más allá del muro. Eran muchos, pero ellos estaban mejor equipados. Y mejor, estaban preparados. Aún así Aedan se sintió impresionado. Zevran aparecía y desaparecía entre las sombras palpitantes de las llamas. Cada vez que se desvanecía, un cadáver caía desmembrado. Y cuando resurgía llevaba en su mano una pequeña daga cuyo destino era el cráneo de alguna criatura que, traicionera, se disponía a atacar a los suyos por la espalda.
La diferencia entre los números se notaba. Y por más que utilizasen armadura, algún que otro rasguño lograba hacer contacto con su piel. Se volvía complicado beber alguna poción sanadora. Sin embargo, cuando se sentía agotado, la magia de Surana le envolvía, devolviéndole la salud. Más de una vez captó a Amell haciendo lo mismo. Sin embargo, los poderes de hielo del mago parecían haber crecido. En un momento rozó a uno de los muertos con su espada y este cayó al suelo hecho una estatua. Al examinar su arma, la sintió fría, como si absorbiese todo el calor a su alrededor, dejando a los cuerpos que atravesaba envueltos de escarcha. Cuando sus miradas chocaron el mago sonrió. Así que Aedan le devolvió la sonrisa. ¿Cuántos trucos tendría bajo la manga?
La batalla estaba tomándose su tiempo. Aedan se encontraba agotado, sin embargo embistió de nuevo, lanzando a uno contra el suelo. Le clavo la espada en el vientre, rajándole por la mitad. Respiraba pesadamente y una gota de sangre bajaba por su frente. Sintió un peso sobre su espalda y allí encontró a un sudoroso Zevran.
¿Cansado ya? – preguntó el asesino con ironía.
¿Hablamos de ti? – Aedan imitó su tono, haciéndose el fuerte. Por supuesto que estaba cansado. No era de piedra.
Por supuesto que no – contestó el elfo mientras cercenaba la cabeza de algún desgraciado que decidió venir a por él. – Estoy a acostumbrado a esta intensidad de ejercicios más de dos veces al día. – Aedan rió por lo bajo. Golpeó a otro con el escudo y le rebanó el cogote. – Sin embargo soy curioso. ¿Cuántos llevas? – preguntó el elfo
¡Ja! – se burló Aedan. La verdad, no había estado contando. – No lo sé ¿quince? –
¿Solo? – se burló Zevran lanzando una daga al cadáver que iba a por la espalda de Dwyn.
¿Cuántas llevas tú? – jadeó Aedan destrozándole la caja torácica de un golpe a otro.
veinte y dos – rebanó a otro – tres. – lanzó un cuchillo contra el ojos de otro más – cuatro –
¡Deberían avergonzarse! – gritó Amell. Alzó su bastón y le escachó el cráneo a la estatua de hielo bajo sus piernas –cuarenta y siete –
¡No es justo! – protestó Zevran –deberíamos excluirlos a ustedes de estas cosas. –
¿Qué hay sobre ti Leliana? – gritó Aedan.
Un momento – pidió ella, liberando tres flechas a la vez. Cada una interceptó un blanco y estos cayeron al suelo. – Con esos serían setenta – rió ella preparando el arco de nuevo. –
Aedan soltó una carcajada al ver el rostro atónito de Zevran. Le estaba gradecido, ya no se sentía tan agotado. Sin embargo, aquellas cosas no dejaban de salir. Comenzaba a preocuparle que no tuviese fin cuando Alistair y sus hombres aparecieron. Morrigan, convertida en araña derribó a varios bichos. Alistair y Sereda hicieron un juego de piernas muy similar, embistiendo a quienes se interpusieron a su paso. Sten parecía una bestia salvaje moviendo aquel mandoble. Verlo pelear era formidable. Y ciertamente, con aquel pequeño agregado la batalla se volteó por completo a su favor.
Cuando el amanecer comenzó a abrirse paso, Aedan cercenó el pescuezo del último monstruo. No había otro rastro de su presencia que los cuerpos inmóviles. Parado donde estaba bajó sus armas, intentando normalizar el ritmo de su respiración. Había terminado. Miró a sus compañeros, agotados y sudorosos. Darrian estaba sentado en el suelo junto a Surana, quien bebía una poción de Lirium. Amell estaba pálido y sudoroso, sin embargo, rechazó la poción roja que le ofreció Zevran. Sereda por el contrario aceptó la que el Mayor le ofreció. Bryce vino a lamerle las manos y Aedan soltó una pequeña risita mientras Morrigan observaba a los soldados apoyarse entre sí, ayudándose a incorporarse o a curar sus heridas.
Alistair se acercó al hombre, su rostro sonrojado por el esfuerzo y la mirada baja. La preocupación brillando en su rostro.
Emn – tartamudeó el muchacho pasándose la mano por la nuca – estoy aquí. – dijo con timidez.
Bienvenido de regreso. – le sonrió Aedan.
