NA: Hola de nuevo. Aqui hay otro capt. Lo subí por el movil pq tengo problemas con el internet. Espero publicar el otro pronto.
18 Pylactery
Gracias a las habilidades de persuasión de Sereda, les resultó sencillo que el joven templario a cargo del bote les atravesase el Lago Calenhad. La tranquilidad del agua y la espesa bruma esparcida sobre las lánguidas olas le aceleraron el pulso y le revolvieron las entrañas. Mentiría si no se afirmase asustada. La simple idea de encontrarse a aquellas abominaciones que explotaban a los pocos segundos de matarlas o los demonios de lava era suficiente para hacerle vomitar. Estaba tan pálida que cuando la mano de Alistair descansó en su hombro, no pudo más que sentirse resguardada.
El templario que les sirvió de barquero desembarcó con ellos, guiándoles hasta la enorme puerta de hierro que separaba a los magos del resto de Ferelden. Los anunció como Grey Wardens que venían en busca del Night Comander Gregour. Los templarios que guardaban la puerta se miraron dubitativos y les informaron que la torre estaba fuera de los límites. Esta vez, fue Amell quien se adelantó, mostrándoles el brazo derecho, donde su uniforme mostraba el gran emblema plateado de los Grey Wardens.
Estamos aquí en asuntos oficiales. – comenzó, hablando en tono moderado aunque levemente hostil. – Tenemos noticias alarmantes de Redcliff y necesitamos la asistencia del Círculo. – miró sobre su hombros, buscando por instante los ojos de Elissa – Además, - continuó enfrentando nuevamente a los templarios – hemos venido a prestar asistencia contra las abominaciones. –
Los soldados se quedaron estáticos, pero finalmente susurraron un leve "está bien". Uno de ellos dio un par de golpes en la puerta antes de apresurarse a tomar cada uno una agarradera. La puerta se abrió haciendo un estruendo metálico. No solo era pesada sino que las bisagras, rojas por el óxido de tanto tiempo inamovible, chirriaron como si estuviesen a punto de partirse. Desde el interior, dos templarios más empujaban la puerta, haciendo un total de cuatro hombres para abrirla.
A diferencia de Amell que emprendió la marcha al interior sin siquiera volver a mirar a los hombres, Elissa aguantó el aliento. Tomó la mano de Alistair y sin percatarse del sonrojo en las orejas del joven o la mirada de sorpresa que le dirigió permitió que le guiase al interior.
Para su tranquilidad el lugar se encontraba bien iluminado por los candelabros a pesar de la piedra oscura de paredes. Recorrió el lugar con la vista antes de que el grupo se detuviese a pocos pasos del umbral que recién ía pocos templarios, serían cuatro o cinco. Algunos tirados en el suelo, aturdidos, otros parecían desear encontrarse postrados, pues bajo el uniforme las piernas parecían fallarles de tanto que se sacudían.
Gregour acudió pronto a su encuentro, acompañado de dos hombres más. Su gesto se oscureció al ver el rostro del mago que encabezaba la expedición… y solo empeoró al verle seguido por una bruja apóstata. Aceleró el paso, casi abalanzándose sobre Amell. O al menos eso parecía que haría hasta que la mabari salió a su encuentro, como si creyese que podía proteger a su amo de él. Ante los gruñidos Gregour se detuvo, siendo consciente de lo letales que podían llegar a ser las mordidas de los mabari.
Entonces… - dijo con tono lúgubre. – Has vuelto. Como un Grey Warden esta vez. –
Oímos las noticias Greagor – contestó Amell. Aunque el tono de su voz se escuchaba sereno, Elissa pensó que se veía nervioso.
¿Y a qué viniste? – espetó el templario con claro disgusto. – Claramente hay poco que el círculo pueda hacer en estos momentos por los Grey Wardens. –
Tienen una obligación con los nuestros. – intercedió Sereda, adelantándose hasta estar junto a Amell.
Mi primer deber es con el círculo y con la capilla. Una vez que se haya resuelto este problema hablaremos. –
¿Y cómo lo van a resolver? – Elissa sabía que Amell intentaba manejar sus emociones, verse neutral y tranquilo. Le prometió a Aedan que no iba a dejarse dominar. Que no iba a fallarle luego de haber depositado en él su confianza. Sin embargo, le estaba costando. - ¿Llamando al rito de la Anulación? Los matarán a todos. – dijo con vehemencia, controlando a duras penas su hostilidad.
Es el único remedio. Si queda alguno que no se haya convertido aún en una abominación, debe ser un cadáver pudriéndose en el suelo de la torre. No puedo permitir que ninguna abominación escape. –
¿Si?¿Ni siquiera lo han comprobado? – vociferó Morrigan – Que templarios más valientes son. – el sarcasmo en su voz erizó los cabellos de Elissa. Sin embargo, aquella sensación se desvaneció cuando Alistair apretó su mano.
La muchacha alzó la vista, encontrándole con el entrecejo fruncido y los ojos cerrados. Podía decir que su adorado estaba luchando contra sus propios demonios. Su fascinación y su entrenamiento. Alistair confiaba en las enseñanzas de la capilla, pero el rito de la anulación era demasiado severo. Demasiado drástico.
¡No sacrificaré a los pocos hombres que me quedan! Esperaremos refuerzos de Ferelden. ¡Y ese es el final! –
No tiene que ser. – intercedió Sereda. Alzó la cabeza, fijando los ojos en Greagor. – Como le dijimos a sus hombres en la puerta. Vinimos a ayudar. Los magos del círculo han firmado tratados con nosotros. Y los necesitaremos para la guerra que está por venir. No podemos perderlos dentro de su propia torre. – la sentencia de Sereda aflojó las fracciones del anciano templario, relajándole el entrecejo. –
Ábrenos el paso Greagor. – suplicó Amell. – Déjame ayudarte a recuperar mi hogar. A mis hermanos… a los niños. Por favor – en la suavidad de su voz vino la tranquilidad. Como si las palabras de Sereda hubiesen conseguido calmarle.
Patético – escucharon susurrar a Sten.
¡Gracias! – soltó Morrigan, completamente de acuerdo con el Qunari.
EL Knight Comander recorrió el rostro de Amell por un instante, luego el de Sereda y finalmente de regreso al de Amell. Un largo suspiro terminó por ablandar sus fracciones.
Irving siempre tuvo fe en ti. – dijo con nostalgia. – El creía que algún día serías su sucesor como encantador de la torre… Al igual que yo. Fue una decepción para ambos lo que hiciste. Personalmente, nunca te veré redimido por ese error. Pero… no puedo negarte un deseo que yo mismo tengo. – suspiró. – Trae a Irving de regreso y detendré el proceso. Solo confiaré en él o en su cadáver. En ningún otro. –
Amell asintió, conteniendo un suspiro de alivio.
Le juro por mi honor– intercedió Sereda – Que regresaremos con los magos – entonces, como hiciese Amell unos instantes antes, volteó el rostro, observando a Elissa – O no regresaremos en los absoluto. –
Elissa asintió, devolviéndole el apretón a la mano de Alistair.
Por primera vez Greagor pareció notar a la muchacha, haciéndola contener el aliento. La examinó por un instante, como si buscase algún indicio de reconocimiento. Sin embargo al no encontrarlo, la dejó pasar.
Con un gesto de la mano sus hombres se dispersaron. Amell encabezó el grupo nuevamente, guiándoles hacia la puerta que conducía al interior de la torre. Cuando finalmente todos atravesaron sintieron el estruendo que hacía al cerrarse.
Realmente quieren mantenerlos dentro – murmuró Elissa. Sin embargo, sus palabras no escaparon a los oídos de Morrigan.
Nos temen demasiado. –
Elissa suspiró. Examinó el pasillo por el que avanzaban. Sabía que formaba parte del círculo que conformaba el primer nivel de la torre.
Al final del pasillo deben estar Wynne con algunos de los sobrevivientes y con los niños. Iban hacia la salida, pero encontraron la puerta cerrada. Crearon una barrera y aguardan por ayuda en la cámara de los aprendices. – comentó Elissa.
Es por eso que no hay demonios aquí. – murmuró Amell.
La barrera de Wynne les mantiene a salvo. –
Sereda asintió.
Amell les guio hasta la cámara de los aprendices, donde efectivamente encontraron a Wynne y a los demás. La maga se mostró recelosa con ellos, a pesar de que los conocía a todos de Ostagar. Les hizo retroceder y contestarle algunas preguntas. Sin embargo, los niños parecieron felices de ver a Amell. Incluso Petra y Kinnon, los magos que ayudaban a protegerlos, parecieron reconocerle y relajarse ante su presencia.
Greagor solo aceptará que hemos recuperado la torre si llevamos a Irvin con nosotros. Si la barrera les protegerá, creo que lo mejor es que esperen aquí. –
Tienes razón – aceptó Wynne – sin embargo, es peligroso que vallan solos por la torre. Aunque hallas crecido tras estos muros, hay demasiadas abominaciones. He de insistir e ir con ustedes. – Amell asintió. Miró a Sereda a su lado.
Wynne es la mejor sanadora que conozco. Podría venirnos bien. – Ante el comentario de Amell, Sereda lo pensó por un momento.
¿Cree poder seguir el paso? – dijo examinando a la anciana.
¡¿Qué?! – protestó Morrigan - ¿Vamos a llevar otro mago del círculo? –
¿Por qué protestas? – le murmuró Alistair – Ya sabíamos que se uniría. –
¡Es una vieja! – se quejó la bruja – No será más que un estorbo. –
La necesitamos – murmuró Elissa.
Morrigan apretó los puños, sin embargo, guardó silencio ante la vehemencia en la voz de Elissa.
Somos demasiados – terció Sereda acercándose a sus compañeros – Desde el principio éramos muchos y estos pasillos son muy estrechos. Alguien debe quedarse. –
Elissa alzó la barbilla.
Yó lo haré – la velocidad con que habló hizo que múltiples cejas se alzaran. – Soy la opción más lógica. Al usar un arco mi estilo de pelea sería más un estorbo que un beneficio en este sitio tan estrecho. Estaría indefensa. –
¡Eso no es verdad! Yo puedo protegerte - se quejó Alsitair, dejando ir su mano. Elissa sintió su seguridad alejarse frente al abandono.
¿Cómo vas a protegerme cuando vienen demonios por todas partes? Algunos estarán echos de puro fuego y otros explotarán poco después de caer al suelo. Entre la confusión, la sangre y los monstruos ninguno podrá protegerme. –
Alistair frunció el entrecejo, visiblemente enojado. Apretó los dientes y los puños.
¡Entonces me quedo contigo! – ante su sentencia Elissa se sorprendió. – Tu hermano te confió a mí. No puedo irme y dejarte atrás, indefensa. –
Eso no puede ser – sentenció Sereda.
¿Cómo? – protestó el hombre - ¿Por qué? –
Eres el único templario que tenemos. Específicamente por esa razón Aedan te envió con nosotros. Además de Wynne y Amell, eres el otro del que no puedo prescindir. –
El rostro de Alistair enrojeció de furia.
Me gustaría que Morrigan se quedase conmigo. – pidió Elissa.
¿Qué? – dijeron al unísono el templario y la bruja de los bosques.
¡Por supuesto que no! – terció el hombre. Morrigan, quien también estaba claramente en contra de quedarse rodeada de magos del círculo pareció ofendida frente a la negativa de Alistair. Le fulminó con la mirada cruzando los brazos sobre el pecho. – Que se quede Sten. –
Sten es una formidable fuerza de combate – interrumpió Elissa. – Dejarle atrás es ponernos voluntariamente en desventaja. –
Coincido. - dijo Sereda.
Amell miraba de uno a otro como si quisiera desaparecerse del tumulto. Sin embargo, cuando dos niños se agarraron de sus piernas tuvo una excusa para dejar de prestarle atención a sus compañeros Grey Wardens.
Ella estará bien, jovencito. – la dulce voz de Wynne llegó a ellos desde un costado. La anciana avanzaba suavemente en su dirección. Para estar en aquel aprieto era refrescante lo calmada que estaba. – la barrera es fuerte. La mantendrá segura. –
Alistair se mordió los labios.
Puede que yo me quede. – dijo Morrigan cruzando los brazos sobre el pecho. Alistair la miró con el entrecejo fruncido. – Solo para molestarte la verdad. – contestó ella con una sonrisa, haciéndole rechinar los dientes.
Alistair – le llamó Sereda – es lo mejor.
¡Bien! – protestó el templario. Miró a Morrigan con disgusto. – Más te vale que ella esté sana y salva cuando regrese. –
¿O sino qué? – se burló la bruja - ¿Me castigarás con tus habilidades de templario? –
El joven enrojeció de furia.
Tal vez lo haga. – murmuró antes de darle la espalda.
Nuevamente quedó frente por frente con Elissa.
Mira – le dijo cubriéndose el rostro con las manos por un instante. – Entiendo que es peligroso. Pero le prometí a Aedan… bueno… tu sabes. Y dejarte aquí es… Lo que quiero decir es…yo…Yo sé… que puedes ver… que sabes lo que va a pasar. -
La joven le sonrió hermosamente. Alzó una mano, acariciándole el rostro.
Te prometo que cuidaré de mi misma. Ya escuchaste a Wynne, la barrera me protegerá. Además, en mi visión yo aparecía viva en Denerin. ¿Me he equivocado hasta ahora? –
Alistair apretó los labios. En sus ojos se veía la inseguridad, el miedo y la preocupación. Lentamente, tomó la mano de Elissa sobre su mejilla. Sujetándole con fuerza.
No… - murmuró. – Confío en ti. –
Bien – la joven amplió su sonrisa.
Por unos instantes en que el templario le devolvió la sonrisa sus miradas se conectaron. Elissa sintió su pulso acelerarse, y rezó porque los dedos de la armadura de Alistair la protegieran de su reconocimiento. Pero ella no era la única escandalizada. Lo supo cuando las mejillas de Alistair se sonrojaron.
Si Alistair se alejaba ella no podría detenerlo. Antes de que lo notara ya lo había hecho… actuó por impulso… pero lo hizo.
Se alzó sobre la punta de los piez. Con el brazo rodeó el cuello de Alistair… y le rozó los labios con los suyos.
¡Hmm! – le escuchó protestar.
No tenía las pistas. Alistair ni siquiera le había dado aquella rosa que recogió en Lothering. Sin embargo Elissa no podía ignorar sus palabras. Había estado pegada a él desde que se encontraron de nuevo y siempre se mostró amable y asertivo. Pudiese ser que no estuviese siguiendo el patrón… y la verdad, le aterraba echarlo todo a perder… pues dudaba que con un par de pastelitos pudiese realmente reajustar los niveles de amor.
Se sentía el corazón latir fuerte en el pecho, en la cabeza e incluso en las orejas. Cerró los ojos con fuerza, esperando que llegase el rechazo. Sin embargo, cuando una mano le rodeó la cintura creyó que se desvanecería. Alistair cerró los ojos, aceptándola. Sus labios se apartaron, permitiéndole el paso.
A pesar de ese gesto, el muchacho no parecía saber que más hacer a continuación y aquello solo hizo que la muchacha se acalorase aún más.
Metió su lengua en la boca del templario, quien la recibió con desconcierto. Nunca se consideró especialmente buena besando. Considerando que lo había hecho una o dos veces en su vida. Ahora se lamentaba de estar dando un espectáculo tan lamentable. Sin embargo, Alsitair tomó la iniciativa, imitando sus movimientos con avidez. Sintió la mano contra su cintura aferrarla con más fuerza. Acercarla con intensidad.
La cabeza se le volvió un desastre. Se sentía mareada y aunque consiguió respirar correctamente había olvidado donde estaba. Qué estaba haciendo. Su mundo se volvió aquel pequeño escenario donde solo estaban ellos dos. Alistair usando su uniforme de Grey Warden, rodeándola en un abrazo del que no quería esfumarse. Se pegó a él cuanto pudo, percibiendo como algo se endurecía en la entrepierna del muchacho.
¡Ujum! – alguien se aclaró la garganta.
Creo que voy a vomitar – se escuchó la voz de Morrigan.
Que asco – dijeron algunos niños.
Lentamente ambos comenzaron a alejarse. Elissa sintió la calidez de su aliento. Hubiese querido envolver sus dedos en aquel hermoso cabello. ¿Por qué no lo había hecho? Sin embargo, algo en el rostro de Alistair le disipó aquellos pensamientos. El muchacho estaba sonrojado, sus ojos fijos en ella…o lo estuvieron un instante antes de que volviese a ponerse nervioso del todo.
Estaré bien – repitió ella, casi ahogándose con sus propias palabras. No había notado lo agitada que estaba…
… Sí… ya… - Alistair se pasó la mano por el cuello. Parecía querer decirle algo, sin embargo viró su espalda de regreso hasta Sereda. – Vamos – le escuchó decir.
Elissa no supo cómo interpretar aquello. ¿Había cometido un error? ¿Metió la pata?
Sereda asintió al templario. Dio la orden, y con un movimiento de su mano Wynne disipó la barrera. Alistair miró hacia atrás un instante, demasiado breve tal vez. Cuando Amell se paró a su lado ambos avanzaron con el resto del grupo hasta perderse de vista. Elissa se quedó allí, observándoles desaparecer en la oscuridad de la torre.
Apretó los labios, dejando salir todo el aire que había estado conteniendo.
En serio – se quejó Morrigan - ¿Qué le ven a ese? –
Un fuerte ladrido acentuó su afirmación. Elissa miró hacia abajo, encontrándose a la mabari de Amell observándole atentamente. Elissa extendió el brazo, acariciándola entre las orejas.
El mago le ordenó que se quedara – aclaró la bruja.
Bien – sonrió Elissa. Alzó el rostro, observando a su alrededor. Inmediatamente encontró lo que buscaba.
En el fondo de la sala estaba la puerta que conducía al sótano de la torre. Sonrió con malicia, buscando en su bolsa unas ganzúas que tan amablemente le diese Leliana. Entonces su vista viajó a un cofre que había quedado cerrado en la esquina del cuarto. Le sorprendían los pocos artilugios de madera en el lugar, así que aquello tendría que servir.
Necesito una distracción – le dijo a Morrigan mientras caminaba despacio hacia la escalera. Vigilaba a los magos, que habían comenzado a reunirse en pequeños grupos. Varios pares de ojos la seguían curiosos. Y definitivamente no quería tanta atención.
¿Para qué? – preguntó Morrigan en voz alta.
Ya verás. – le sonrió con malicia - ¿Puedes prenderle fuego a ese cofre sin que nadie lo note? –
Morrigan encontró el cofre nada más voltearse. Parecía fastidiada, sin embargo, colocó ambas manos a la espalda.
Y el cofre ardió.
Inmediatamente los magos se sobresaltaron confusos por los gritos de los niños. La mabari ladró, asustándolos aún más, de forma que todos se reunieron alrededor del cofre, intentando apagar el fuego con magia de Hielo. Morrigan luchaba por mantenerlo sin hacerse notar cuando Elissa corrió hacia la escalera.
La mabari la siguió, viéndola arrodillarse en el suelo frente a la cerradura. Morrigan se acercó al extraño dúo, claramente luchando por mantener el fuego vivo. Elissa batallaba con la cerradura. Leliana había dedicado unos instantes en Lothering a enseñarle a abrir cerraduras, pero se le estaba complicando demasiado.
Oh por amor de dios – protestó Morrigan. Detuvo el hechizo de fuego y apartó a Elissa de un empujón.
Extendió el bastón contra la cerradura y azotó la puerta con un relámpago… destrozando la cerradura.
Listo. – dijo con convicción. – Vamos. –
Elissa se levantó apresurada, metiéndose en el interior de umbral. La mabari le siguió y luego Morrigan, quien cerró la puerta tras ellos. Una vez dentro, todo se quedó en silencio. Hasta que la bruja comenzó a protestar de nuevo.
¿Vas a decirme de que va todo esto? – exigió.
Claro – aceptó Elissa, dándole la espalda y avanzando por el pasillo. – mientras caminamos ¿te parece? –
¿Qué demonios hay aquí abajo que te hizo venir desde Redcliffe? –
Elissa soltó una risotada.
La verdad, está por ver. Pero al final de estos pasillos está la cámara de las Phylactery de los aprendices del Círculo… Y pretendo destruirlas todas. –
Morrigan se detuvo en seco, llamándole la atención.
¿Y por qué tú harías eso? – preguntó. – Y no me digas que es simple caridad. –
Pueeees… - pensó. La verdad… – No me gustan los templarios. Y llegará un momento donde esas cosas serán solo un estorbo. Además, necesito verlas para comprobar algo. – Morrigan la examinó con el entrecejo fruncido.
¿Sabes? Nunca pensé que diría esto… pero me agradas, Lady Cousland. –
Elissa soltó una carcajada.
Y tú a mí. –
Avanzaron por los desiertos pasillos y cuando llegaron el final Elissa creyó reconocer la puerta que una vez estuvo cerrada con magia. Se arrodilló frente a ella y volvió a sacar las ganzúas.
¿de nuevo? – se quejó Morrigan.
No hay prisa. Déjame practicar. – la bruja se cruzó de brazos ante el comentario. Disgustada y arrepintiéndose de su comentario anterior.
Poco después, la cerradura crujió y a puerta se abrió. Elissa sonrió complacida. Como imaginaba, luego de tantos incidentes los magos no habían podido volver a alzar la barrera, de manera que un simple pícaro podría con esa puerta. Así se ahorraban dar la vuelta y encontrarse con los guardias mágicos de la torre… si es que aún estaban activos.
La puerta se abrió y para horror de la muchacha varios pares de ojos muertos cayeron sobre ella. "¡Abominaciones!" gritó en su mente cayendo hacia atrás en el suelo. Cuando las criaturas se precipitaron sobre ellos la mabari de Amell se interpuso entre ellos. Protegiéndola.
¡A un lado! – gritó Morrigan.
La mabari se lanzó en la delantera, tirando a las bestias al suelo y mordiéndoles hasta que quedaban inmóviles. A su espalda Morrigan lanzaba encantamientos. Cuando la primera abominación explotó cubriéndolas de sangre Elissa saltó hacia atrás. Recordaba aquel encantamiento del juego y del tráiler. Pero verlo en persona era nauseabundo. En un instante estuvo todo lleno de entrañas cuando la bruja encadenó el hechizo. Su potencia era aterradora.
En momentos como aquel era cuando la joven se daba cuenta de lo importante que era tenerla de su lado. Sacó su arco y disparó, consiguiendo apoyar a la mabari y acabar con una o dos abominaciones. Gritó para advertirles de que se alejaran de los cadáveres cuando los cuerpos explotaron. Cuando el fuego se disipó, todo quedó en silencio.
Tras unos instantes, Elissa se levantó de nuevo.
El cuarto donde se encontraban las phylactery de los aprendices estaba frío y cubierto de nueve. La joven Cousland sintió un escalofrío ante el cambio de temperatura, y aunque Morrigan estaba menos cubierta, ni siquiera se inmutó.
Por un segundo Elissa se preocupó de que le fuese imposible identificar la phylactery que buscaba. Sin embargo, cuando llegó a la mesa cubierta de los grandes frascos encontró en la tapa de casa uno el nombre del mago al que pertenecía. Morrigan frunció el entrecejo al ver la sangre.
Que desagradable. – murmuró.
¿Más que vernos a mí y a Alistair besándonos? – murmuró Elissa, inclinándose sobre la mesa.
Eso está por encima de lo tolerable. Sí. –
Elissarió por lo bajo. Continuó su búsqueda, sintiendo a Morrigan rondar tras ella.
Nada. Como se imaginaba no quedaba nada de laphylactery de Amell… y tampoco reconocía el nombre de ningún otro mago o maga del círculo. Sin embargo, no tuvo que buscar demasiado para encontrar la de Surana. Como había sospechado el chico nisiquiera había podido pasar el harrowin. Así que pidió ayuda a Amell para conseguir una vara y abrir la puerta. De ahí que el mago hubiese estado al tanto de sus acciones y le delató con el jefe de los encantadores. Aquel dato además, reafirmaba que no había posibilidades de localizar otro mago de origen. No diría que estaba decepcionada, pero era un dato que necesitaba comprobar. Se apartó de la mesa, comenzando a buscar en los estantes y guardando en su mochila el vial con la sangre del elfo. Vio a Morrigan imitándole, leyendo aunque no sabía que buscaba. Por su parte la mabari se dejó caer en el suelo, con la lengua fuera, fresca como una rosa ante el frío.
Maldita sea – se quejó Morrigan - ¿Qué estás buscando? –
Un nombre – contestó Elissa, inmersa en su tarea, consiguiendo una mirada enojada de la bruja.
Eso me queda claro. ¿Pero cuál? – dijo con desprecio y sarcasmo.
Anders –
Morrigan alzó una ceja, pero asintió. Elissa rezaba porque estuviese allí. Buscaron en las mesas y en el suelo pero nada. Morrigan abrió un par de cofres, llenos hasta arriba de phylacterys. Algunas tan viejas y llenas de polvo que Elissadudaba que sus portadores estuviesen vivos. Para su sorpresa encontró el nombre de Fiona en una de ellas. El asombro la inundó en ese momento. Extendió la mano y la tomó. No muy segura de para qué le serviría y la guardó en su mochila. Entonces Morrigan llamó su nombre de nuevo.
Cuando Elissa alzó la cabeza encontró a Morrigan llegando a su lado.
¿Este Anders? – preguntó la bruja arrodillándose a su lado.
Elissa tomó el recipiente. La inscripción veía gastada y maltratada de tanto uso. Como si hubiese pasado por muchas manos. Sin embargo, aún se podía leer "Anders de los Anderfels".
Un nombre tonto si me lo preguntas – sentenció Morrigan.
Muchas gracias – le sonrió la muchacha. – Esto nos ahorrará muchos problemas en el futuro. – dijo guardándola junto a las otras tres. Miró el resto de las phylactery – Qué malas – dijo con indiferencia, sacándole una malvada sonrisa satisfecha a la bruja.
Asumo que nuestro trabajo aquí está hecho. – preguntó la bruja
Sí. Si logramos salir sin ser vistas. No sé si los templarios pueden sentir las phylacterys. Pero tenemos que arreglárnoslas para irnos sin que sepan que las tenemos. –
Con toda la confusión que hay fuera, seguro que no notarán como sacamos un simple vial de sangre. –
Si fuese lirio entonces tendríamos un problema. – murmuró Elissa con malicia.
Morrigan soltó una carcajada.
Tal vez debamos salir juntas más seguido. – dijo la bruja levantándose.
Seguro. La próxima vez que valla a robarle a los templarios iré a buscarte sin dudas. –
Con un par de sonrisas, las mujeres emprendieron la marcha de regreso. Elissa tuvo que usar el arco un par de veces para ayudar a Morrigan y a la mabari a defenderse de los guardianes que habían despertado. Esta vez se aseguraron de cerrarla a su paso.
La joven Cousland solo rezaba por llegar antes que Alsitair y los otros a la zona asegurada por la barrera. Y por fortuna, así fue. Los magos se sobresaltaron al ver la puerta abrirse y verlas entrar. Les hicieron preguntas, pero las chicas les ignoraron. Se sentaron en una esquina, donde Morrigan le interrogó sobre ese tal Anders. Hablaron durante casi una hora, donde Elissa no escatimó en detalles.
Es un rebelde – le contó Elissa – Creo que te agradaría. –
Ooh. Será una buena adquisición entonces. –
Tal vez. Pero te puedo asegurar que es el sanador más talentoso que conoceremos en la vida. –
¿No han dicho eso ya de la tal Wynne? –
Elissa soltó una carcajada frente a las palabras de la bruja. Sinceramente, ella misma no estaba segura. Anders nunca mostró grandes habilidades ni en Awakenin ni en el DragonAge II como sanador. Sin embargo la reputación sí que la tenía.
Supongo que lo comprobaremos – dijo al fin.
Morrigan asintió, sorprendiendo a Elissa al darse por satisfecha con tan poco, así que le habló de las fugas de Anders y de su rebeldía.
Se ha fugado tantas veces de la torre que pensé que los templarios debían haber trasladado su phylactery a la torre, así no tenían que ir a por ella a Denerin cada vez para comenzar a cazarlo. Afortunadamente estaba en lo cierto. –
Morrigan asentía y más de una sonrisa se le escapó. Aparentemente sí se llevarían bien. O al menos eso creyó hasta que le habló de su amor por los gatos.
Nadie puede ser perfecto – se quejó la bruja.
Elissa soltó una carcajada.
"Y eso que aún no le he contado sobre sus inclinaciones sexuales" pensó. Sin embargo no continuó con la narración. La barrera cayó y en el umbral aparecieron Wynne y el resto. Al ver a su amo la mabari saltó sobre si misma, corriendo en círculos a su alrededor moviendo la cola. Irvin y otros magos venían con ellos. Para su sorpresa, Cullen también les seguía.
Alistair avanzaba en silencio junto a Amell, ambos sonrientes al ver el entusiasmo de la mabari. Elissa se acercó al templario, su corazón acelerado.
Bienvenido – le dijo con la mejor de sus sonrisas. Sin embargo, aunque Alsitair se sonrojó, la recibió con un asentimiento antes de pasarle por el lado. Yendo a reunirse con Wynne.
Elissa sintió su sangre enfriarse.
"Entonces sí que lo eché a perder" pensó, sintiéndose pesada. Apretó los labios, intentando contener la depresión que luchaba por dominarla. Afortunadamente Amell le sacó de sus pensamientos.
Esta es tu oportunidad de conversar con el gran Enchanter. – le recordó. Elissa alzó el rostro, viendo como el anciano se acercaba a sus compañeros.
No creo que sea el mejor momento. Tal vez cuando estemos de regreso en Redcliffe. –
Irvin habló a los magos presentes. Explicándoles que el mal rato había pasado. Elissa prefirió disimularse entre el tumulto y Morrigan con ella. Amell, al verla retroceder se unió al equipo de los Grey Wardens cuando atravesaron la puerta principal, hacia donde se hallaban los templarios.
Las dos mujeres se aseguraron de estar fuera de la vista de Wynne mientras el grupo conversaba con Greagor. Afortunadamente nadie pareció notarlas demasiado mientras se acercaban a la puerta. Allí, lejos de los templarios, esperaron a que terminasen las conversaciones. Sereda convenció exitosamente al Gran Enchanter que les proporcionara los magos para sanar a Connor, frente a lo que se probaron más que dispuestos. Pidieron que se les diese tiempo para recoger lo necesario y cuando Wynne manifestó su deseo de seguir a los Grey WardensElissa supo que el trayecto en la torre de los magos había concluido.
"Finalmente" pensó.
Aedanazotó con furia los monigotes de práctica en la plazoleta de entrenamiento de los soldados de Redcliffe. Entrar al castillo, derrotar a los engendros que había dentro, encontrar a la hija del herrero, liberar a Teagan y espantar al demonio para que se encerrase en su cuarto había sido demasiado fácil. Demasiado rápido. Se le complicó más cuando tuvieron que luchar contra aquella criatura para abrirles el paso a los soldados de Redcliffe. Surana le llamó un "regresado" aparentemente relacionado con la magia de los elfos. Zevran demostró trabajar bien en equipo con Darrian y Leliana. Admitiría que estaba sorprendido de lo rápido que se labraba un espacio en el grupo. Hacía reír a algunos y sonrojarse a otros. Incluido el mismo. Se confesaría que comenzaban a agradaban los coqueteos del elfo.
Embistió el monigote con el escudo.
Sin embargo, no era en Zevran en quién había estado pensando en esos últimos días que aguardaban el regreso de sus compañeros. Sino en Jowan. Elissa le había dicho la verdad cuando habló de lo desgraciado que era el mago. Aedan sentía tanta lástima por él que casi se sintió tentado a dejarle hacer el encantamiento con magia de sangre. Claro que Jowan les dio la opción del círculo de los magos. Teagan e Isolda estaban atónitos cuando Cailan les explicó que ya habían enviado hombres para traer a los magos.
El monarca no había vuelto a alzarse o protestar contra sus órdenes. Sin embargo, los hombres habían comenzado a tratarle diferente. Con más respeto. Le decían "Ser Knight" e inclinaban la cabeza a su paso. Tristemente, Cailan estaba demasiado acostumbrado a ese trato como para encontrarlo extraño. Tanto que Teagan había comenzado a sospechar del "guardaespaldas" de los Cousland.
Como medida preventiva Aedan había ordenado a Darrian que no se separase del humano, y a este a su vez que intentase no perderle el paso a Fergus. Como consecuencia, ahora eran el trío inseparable, y Fergus parecía estárselo pasando en grande junto a esos dos.
Cuando no andaba con ellos estaba con Leliana. Solía pasar las tardes con la barda hablando de Oren, a quién extrañaba inmensamente. A veces Teagan se les unía y se les pasaban las noches conversando.
Aedan prefería quedarse al margen de tanta cordialidad. Prefería estar allí, entrenando por si mismo. Tratando de zafar aquel nudo que se cerraba sobre su cabeza. Surana estaba en un estado lamentable. El pobre chico pasaba las tardes con Jowan en el calabozo. Se sentaba fuera de su celda a leerle o contarle historias de sus viajes con los Grey Wardens. No subía nada más que a buscar algo decente para que ambos comieran. Aedan no sabía cómo el tonto de Jowan no se había dado cuenta de los sentimientos del elfo. Lo que sí sabía, era que no podía dejar las cosas como estaban.
"Tengo que hacer algo" pensó golpeando con fuerza el monigote. "Algo"
No sabes cuánto me alegro de no ser el blanco de todo tu disgusto. – escuchó decir a su espalda.
No estoy enojado – contestó, sorprendiéndose de la hostilidad que escuchaba en su propia voz.
Dile eso a los soldados que te están viendo. – se burló Zevran – Están aterrorizados. Chillan como ratones. –
Aedan se detuvo, enderezándose antes de buscarle con la mirada. Para su desgracia también encontró los rostros petrificados de los soldados. Suspiró.
¿Y has venido a liberarlos de su miseria? – cuando el rostro del elfo dibujó una sonrisa maliciosa Aedan se dio cuenta de lo tonta de su pregunta. - ¿O a formar parte de ella? –
Jajaja – se carcajeó el elfo. – Por eso me gustas, mi querido Grey Warden. Siempre listo para un poco de diversión.
Así era como Zevran le llamaba ahora "Mi querido Grey Warden". Lo peor era que cada vez que lo decía a él le recorría un escalofrío de excitación. Dejó el escudo a un lado y balanceó la espada de su familia de un costado a otro de su mano. Zevran desenfundó sus dagas.
Frente a las miradas de los soldados de Redcliffe los hombres se rodearon. Miradas sostenidas… sonrisas inmóviles.
Mehe estado preguntando – comenzó Zevran. - ¿Cómo le haces para parecer tan salvaje y tan sexy al mismo tiempo? – Aedanrió por lo bajo.
¿Llegaría el día en que el elfo le haría una pregunta seria?
Tal vez no.
Y yo me pregunto – contestó el humano acercándosele con la espada en mano. - ¿Qué habrá pasado con Dwyn? –
Oh ¿ese enano? – preguntó el elfo, burlón. Permitió a la espada de Aedan chocar con sus dagas. Revotándola hacia atrás. – Está bien. Encerrado en su casa con sus mercenarios. El muy tonto se creyó lo del veneno. –
¿Era mentira? – Aedan hizo lo posible por esconder su propia sorpresa.
Oh, claro que no. Lo envenené, de eso puedes estar seguro. El asunto es que mentí sobre la intensidad del veneno. Los síntomas eran pasajeros. Y por supuesto que no moriría por una dosis tan chica. – soltó una risotada – Claro que el muy idiota se asustó. ¡Ni siquiera tiene antídoto! –
Aedan le sonrió.
Eres un malvado. – dijo entre dientes. Zevran atacó esta vez, chocando con una fuerte defensa de parte del humano.
Por eso es que te soy útil. Además – con un rápido movimiento de pies quedó a pocos pasos de la nariz de Aedan. Su daga fue interceptada por la espada de Aedan. El humano le agarró la otra mano con la que normalmente sujetaba el escudo. – si fuese algo más bueno, no la pasaríamos tan bien juntos. –
Aedan suspiró. Solo con aquello, había perdido las ganas de pelar. Aflojó el agarre sobre Zevran y bajó la espada. Ante su gesto, la sonrisa de Zevran se amplió.
Tal vez otro lugar… ¿otro entrenamiento? – le dijo con zalamería.
La sonrisa de Aedan se torció. Sin embargo, fue su estómago el que contestó. Zevran soltó una carcajada.
O la cocina ¿sí? –
Me parece bien. – asintió el humano.
La mirada severa de Darrian les siguió desde una ventana de la segunda planta del castillo, donde estaba la habitación de Cailan. El elfo estaba recostado al marco de madera hundido en las fuertes paredes de piedra.
¿Y? – preguntó el monarca que recién entraba en su habitación - ¿Quién ganó esta vez? –
Nadie. – contestó Darrian apartándose de la ventana con malas pulgas.
¿No hubo pelea entonces? – Cailan cerró la puerta con seguro y se quitó el casco, permitiendo que su dorada cabellera se esparciera sobre su cuello. – Que lástima. Aún me debes el dinero de la revancha. – el elfo soltó un gruñido de disgusto.
Perdiste esa apuesta. El dinero es mío. –
Hasta que Aedan gane. Admítelo, solo apuestas en su contra porque Zevran es un elfo. De lo contrario… -
Equivocado – vociferó el elfo. – Apuesto en su contra porque es un humano. Y porque Zevran es mejor. Punto. –
Cailanrió por lo bajo.
Claro – bufó. – No me vengas con eso de que no te agrada. Es un buen tipo. Amargado para la edad que tiene, pero un buen tipo. –
Es demasiado blando. Tanta compasión le rendirá cuentas. Escucha mis palabras. –
BannTeagan había destinado una habitación para cada par de ellos en el palacio. Por insistencia de Cailan, el elfo había terminado durmiendo a su lado, aun cuando Aedan tenía un cuarto para sí mismo y Zevran compartía habitación con Leliana. Darrian se dejó caer en una butaca cercana a la ventana y tomó una manzana sobre la cesta que descansaba en la mesa a su lado.
¿Lo dices por Jowan o por lady Isolda? – preguntó Cailan deshaciéndose de la armadura de Grey Warden que Aedan le había mandando a hacer luego de que encontrasen a la hija del herrero encerrada en una habitación del palacio. Su joven líder había decidido que sería una mejor tapadera y Cailan parecía más que satisfecho de usarla.
Para Darrian, aquello solo era un método ingenioso para cerrarle la boca frente a BannTeagansobre su descendencia. Él personalmente no se oponía a que el asunto quedase en silencio, pues Cailan no había mostrado ser un buen rey. Hasta ahora, en lo único que parecía ser bueno era repartiendo palos y montando teatro… aunque… era bueno con los niños de las cocinas y recientemente le había visto intentando sacarle conversación a los criados como si… lo estuviese intentando.
¿Por los dos? – contestó tras darle una mordida a la fruta. El jugo se escurrió por la esquina de su boca. Nunca había probado una fruta tan fresca en su vida. Y la simple idea de que el podía y sus familia en la elfería no, le enfermaba. – Lady Isolda nos mintió. Fue capaz de secuestrar al Bann a costa de su propio pellejo. – dijo dejando a un lado la fruta. – Y todavía se atreve a tratarlo como si nada. El muy tonto ni siquiera se molesta. Si no pareciese un poco tonto, creería que BannTeagan lleva años durmiendo con la mujer de su hermano. –
Cailan tomó asiento en el brazo de la butaca de Darrian, tomando la fruta que este había estado comiendo mientras le escuchaba. Cuando el elfo le vio morder sobre su propia mordida se le erizaron los cabellos.
Ese es parte de las intrigas de la corte. Si intenté matarte, fallé y todavía no me han encerrado, entonces te trato como si nada. Puede que haya entregado a Teagan a un demonio, pero ahora el está libre y no le recrimina. – reflexionó Cailan como quien habla del cambio de estaciones.
Por eso digo que es tonto. Aunque imagino que poco puede hacer contra la mujer de su hermano. Es un Bann después de todo y Aemon es un Arl. – murmuró Darrian apretando los dientes.
¿Y Jowan? – preguntó Cailan chupando la masa de la mansana.
Ese mago es un pobre desgraciado que se ha sentenciado a si mismo al filo de la espada. Surana se tortura en vano. No tiene sentido sufrir por lo que es ya un cadáver. –
Ahí debo darte la razón. – coincidió Cailan. – Aemon no le perdonará el haber amenazado a su familia sin importar lo que Aedan o Sereda digan. Yo podría intervenir, pero tendría que volarme la tapadera. Y la verdad, no sé si sea lo correcto intervenir por este chico. Al fin y al cabo, eles un mago de sangre. –
Por eso es que Aedan tampoco intervendrá. Podría perder el favor de los magos que busca con tanto desespero. – Los ojos del elfo siguieron una gota del jugo que corrió barbilla abajo del rostro del humano. No entendió por qué se le aceleró el corazón, y prefirió rechazarlo. Así que desvió la mirada. –
Sin embargo, todo fue según la predicción de Elissa – dijo Cailan animado, sacándole al elfo un bufido.
Esa mujer, ¿no notaste los huecos en su historia? No sé cuál es su objetivo, pero te aseguro que se trae algo entre manos. –
¿Huecos? – reflexionó Cailan.
No dudes que esté a favor de rescatar a ese mago de sangre. Escucha lo que digo, sabe más de lo que dice. Seguro. –
Cailan soltó una carcajada.
Eso espero. De lo contrario esto se volvería aburrido. –
Darrian le miró desaprobatorio.
Estás tan loco como el resto. ¿Acaso nadie se da cuenta de que mientras estamos aquí sentados los Darkspond avanzan? –
Claro que me doy cuenta. Por eso mismo tenemos que hacer esto. Ya he pensado en escribirle a Celene. Pero no creo que Aedan esté contento. –
¡Ja! Dudo que tu amiguita la emperatriz se crea el cuento de que estás vivo siquiera. –
Cailan frunció el entrecejo, mirando el rostro del elfo con atención.
¿Sabes? Por un segundo me sonaste igual que Anora. – su comentario oscureció las fracciones del elfo.
¿Cómo es eso? –
Hablaste igual que ella cuando está… celosa. "Esa otra mujer" me dice –
Cailan se cubrió el rostro cuando el plato de frutas le goleó. Darrian se había levantado, el rostro totalmente sonrojado.
¡Vete a la mierda! – le gritó pasándole por el lado murmurando – Eso es lo que consigo por tratar con humanos como tú. –
¡Darrian! – Cailan le llamó, sin embargo, el elfo había descorrido el pestillo y abandonado la habitación, dejando al rey con un suspiro para llenar la habitación. – Ha… no tienes nada de sentido del humor. – murmuró, dibujándose en su rostro una extraña sonrisa.
El sonido de las campañas lo sacó de su ensimismamiento. Se acercó un poco a la ventana, observando a un grupo encabezado por dos Grey Wardens cruzar el puente del castillo. Su sonrisa se amplió.
Están de regreso. – dijo dándole una última mordida a la manzana. – El espectáculo ha de continuar. –
