19. Maker

Cuando las puertas del castillo de Redcliffe se abrieron para Elissa, ella no pudo más que recorrerla con una mirada inquisitiva. A primera vista, solo el patio resultaba más amplio y menos angosto que en la primera versión del juego. A pesar de que estaba rodeado por las murallas del castillo, la estructura en si no aparentaba la estreches que hacía dudar de las proporciones del que debía ser hogar de uno de los Arl más poderoso de Ferelden.

Los soldados tenían su propio terreno para entrenar, y este colindaba con un jardín de setos bajos que acogía un pequeño monto de flores plantadas en un diseño circular. La modestia del jardín resaltaba el porte del propio Arl e incluso le daba un toque femenino que la joven dudaba fuese concedido por la Arlesa. Sin embargo, no estaba dispuesta a dedicarle un solo pensamiento más a esa mujer. Ya había manifestado su descontento con ella a causa de los eventos pasados en el transcurso de la infancia de Alistair. Y aunque el templario era demasiado noble para siquiera despreciarla, Elissa no.

La razón por la que había salvado cada vez a esa mujer era únicamente para no perder puntos de aprecio con sus camaradas en la partida. Aunque estuviese mal, la Arlesa había traído esa desgracia sobre sí misma y hasta cierto punto fue beneficioso para Jowan, no lo hizo por la bondad de su corazón. En lo único que la compadecía consistía en la vehemencia de su amor por su único hijo. Eso dicho, e incluyendo los sacrificios realizador por Isolda para localizar la Urna de las cenizas de Andraste, Elissa incluso dudaba de sus sentimientos por su esposo.

Un guardia les informó que Bann Teagan y sus compañeros Grey Wardens los aguardaban en el gran salón. Sereda pidió que se les trasladase al interior, y toda petición en boca de Lady Aeducan poseía un aire de ordenanza que pocos eran capaces de rechazar. Elissa alzó la barbilla cuando comenzaron a Ascender por las escaleras, intentando no cruzar la mirada con Alistair.

Habían transcurrido días desde que su pequeño grupo había emprendido el camino de regreso. En el transcurso de ellos, nunca Alistair se dignó siquiera mi mirarla a los ojos, caminando siempre junto a Amell. La muchacha se sentía lastimada y herida en su amor propio. Su orgullo le impedía hacer algún avance sobre él, pues sabiéndose rechazada no encontraba el deseo de insistir. Sabía lo que debía hacer para ganarse los aprecios de Alistair. Aunque unos cuantos regalos y palabras bonitas desencadenaban un caudal de sentimentalismo y amor incondicional por parte del templario, en la vida real aquellos eran cimientos débiles y superficiales sobre los que construir una relación.

Elissa quería ser su amiga, su confidente si podía. Pero mucho de lo que realmente sabía para engatusar al templario eran diálogos preparados que automáticamente saldrían de la boca de su hermano. Y aunque Aedan nunca podría desbloquear los apoyos de romance, las diferencias en los puntos de origen eran demasiado circunstanciales como para que el templario no sintiese un constante deja vu.

Suspiró, chocando con la mirada inquisitiva de Morrigan y los ojos profundos de Wynne. Morrigan había estado pendiente de ella desde su demostración de abierto desprecio contra el círculo. Aquella acción parecía haberlas acercado, y aunque la noble humana se cuidaba de hacer comentarios frente a la encantadora, era complicado evitar no reírse de los cometarios mordaces de Morrigan. Aunque estos fuesen dirigidos al mismísimo Alistair.

Las amplias puertas de madera les abrieron paso al recibidor del castillo y a través del al gran salón que Elissa había visto tantas veces. Aquel lugar se sentía cálido gracias a la amplia chimenea que encabezaba el salón ocupado por las dos alargadas mesas de madera, destinadas al uso de la familia del Arl.

Instantáneamente reconoció a las cuatro personas que les aguardaban. El uniforme de Grey Warden de Aedan brillaba bajo la luz de las brazas de la chimenea mostrando con orgullo el emblema de los grifos. La expresión dura de su rostro se relajó al verla entre el grupo dejando entrever el nacimiento de una sonrisa. Fergus a su espalda fue mucho más expresivo. Pasó junto a su hermano menor y avanzó hasta la muchacha, envolviéndola en un dulce abrazo fraternal. La armadura plateada de Fergus le lastimó sobre las costillas, pero Elissa no se quejó. Entendía la actitud de Aedan, pues debía actuar con rectitud frente al Bann y su cuñada, pero la joven Cousland hubiese apreciado muchísimo otro abrazo.

Mientras respiraba tranquila en los brazos de Fergus, Bann Teagan le habló al grupo con voz dulce.

- Bienvenidos de regreso. – La Arlesa se movió nerviosamente a su lado, observando al grupo con la ansiedad reflejada en las pupilas. Bann Teagan continuó. – Espero que halláis tenido un buen viaje. –

- Muy fructífero, my Lord – contestó Sereda, yendo directo a la cuestión de mayor importancia en aquella sala. – La torre ha sido liberada eficazmente y como una muestra de gratitud los magos han accedido a cumplir con su parte de los tratados. –

- ¿Qué hay sobre mi hijo? – intervino la Alrlesa, interrumpiendo bruscamente las palabras de la enana.

Amell rodó los ojos frente al tono desesperado de la mujer y aunque Sereda cerró los ojos disgustada, contestó a la pregunta sin hacerse mucho de rogar.

- Los magos, encabezados por el primer encantador Irvin, vienen en camino. –

- Gracias al Hacedor – jadeó Isolde, pareciendo relajarse.

Ante su gesto Alistair sonrió, sin embargo, Amell frunció el entrecejo.

- Ahora comienza lo complicado my Lady. – intervino – Ese demonio lleva algún tiempo encerrado en una habitación. Solo esperemos que arriben antes de tener verdaderos problemas. –

- El demonio no causará incombenientes. – aseguró Elissa, atrayendo las miradas de todos los presentes. Fergus la liberó de su abrazo, permitiéndole avanzar más cerca del Bann y su cuñada. – La preocupación de Amell es justificada. Sin embargo, puedo garantizar su pasividad. Opino que deberíamos hablar de asuntos más importantes. –

- Estoy seguro, my lady, que esos asuntos pueden esperar a que estén asentados. – dijo Teagan con amabilidad.

Por supuesto que sí, Bann Teagan. Pero las introducciones han de ser echas. – extendió el brazo hacia atrás, a la bruja de cabello blanco que se mantenía pasiva junto a Sten. – Esta es Wynne, ella es una hechicera del círculo y se ha prometido ayudarnos a terminal el Blight. –

Wynne se adelantó, inclinándose elegantemente frente a la Arlesa y el Bann.

- Su gracia – dijo respetuosa.

- La recuerdo – intervino Aedan. – Usted fue quien se hizo cargo de Teyrn Cousland en Ostagar antes de la batalla.

- Tú eras el joven que estaba a su lado, si mal no recuerdo. – coincidió la hechicera, obteniendo un asentimiento de Aedan.

- Si es así, os lo agradezco. – Fergus se adelantó a la mujer – Soy Fergus Cousland, y parece que usted salvó la vida de mi padre. –

- No hay necesidad de agradecerme, jovencito. Fue un honor. –

Morrigan dejó escapar un sonido de desaprobación, y aunque Wynne le dedicó una mirada severa, a ella no pareció importarle. Aedan dio un paso al frente.

- Nos es muy útil una curandera experimentada. Bajo mi cuidado tengo algunos magos, y aunque los poderes de Bethany son bastante útiles, Amell y Morrigan no destacan en dicha área de lo arcano. –

- ¡Hey! – protestó Amell, a lo que Aedan hizo oídos sordos.

- Me sería de mucha utilidad si usted pudiese entrenarlos en magia curativa. –

- Sobre Amell, creo que hay poco que pueda hacer. He estado entrenándolo muchos años y no creo que consiga mejorar mucho en ese aspecto. Simplemente no tiene afinidad por la magia de sanación. –

- ¡Muchas gracias! – el tono mordaz de Amell no pasó desapercibido por Elissa, quien soltó una risita.

- Sin embargo, esta Bethany, creo que podría al menos examinarla antes de emitir un criterio. – continuó Wynne sin hacerle mucho caso.

Aedan asintió.

- Si eso es todo – intervino Bann Teagan – estoy seguro que estarán todos muy cansados. Mis hombres les llevarán a sus habitaciones para que descansen. –

A medida que hablaba, los soldados se les fueron acercando.

- Sereda, Amell, Alistair – llamó Aedan – ustedes quédense. Quisiera escuchar su reporte sobre la visita a la torre. –

Los Grey Wardens asintieron, avanzando hacia Aedan. Elissa se apresuró en llegar a su lado también, sin embargo al verla avanzar la expresión de Aedan cambió.

- Zevran – dijo.

Las sombras a su lado se distorsionaron. De la nada, la figura del delgado elfo de dorados cabellos se materializó… de rodillas.

- ¿Llamaste? – dijo con voz melosa.

- Escolta a mi hermana a sus aposentos. –

Elissa alzó la vista al rostro de Fergus.

- ¿Qué está pasando? – preguntó, mirando de uno a otro, notando por el rabillo del ojo como Zevran se levantaba del suelo.

My lady debe estar cansada – le dijo el elfo con una voz suave. – Seguro que un baño caliente eliminará esas arrugas que comienzan a mostrarse en su hermoso rostro. – delicadamente le sujetó del brazo, jalándola fuera del salón. Elissa observó a sus hermanos sobre sus hombros, mirándoles con rostro atónito.

- ¡Fergus! – llamó - ¡Ae! –

Aunque el rostro de su hermano mayor se suavizó, Aedan ni siquiera le prestó atención. Se acercó a sus Grey Wardens y, cuando Fergus llegó a su lado, se retiraron a otra habitación, donde los esperaba Darrian y un Grey Warden con el rostro cubierto que Elissa no pudo identificar.

Dejó que Zevran le guiase por el pasillo hacia las escaleras del segundo piso, donde estaban las habitaciones. Su cabeza estaba hecha un desastre. ¿Qué habría pasado para que Aedan se comportase de aquella forma?

No podía ser que ¿lo habrían descubierto?

¿Sabrían que ella no era originalmente Elissa?

No.

No era posible. No había forma de que lo hubiesen averiguado. No tenían manera. Ni siquiera Wynne parecía pensar que había algo malo con ella además de sus "visiones".

Entonces ¿Qué era?

My Lady está pálida. ¿Debería llamar a un sanador? – le susurró Zevran. Deteniéndose frente a una puerta. Elissa creyó reconocer la habitación. Aquel era el mismo cuarto que usaba Ryordan en el juego la noche que explicó sobre la muerte del Grey Warden que diese el último golpe.

Las paredes no tenían ventanas. Su color gris la hacía ver aún más oscura y lúgubre de lo que recordaba. Junto a la cama alta de cuatro postes y cortina blanca había dos mesas de noche. En una había una jarra de porcelana y dos tasas vacías. En la otra un candelabro. Junto a la puerta un amplio ropero esperaba solitario. A sus pies una alfombra recorría el trecho hasta la cama.

- No… no – se apresuró a contestar.

Zevran la acompañó hasta que estuvo sentada en la cama. Su corazón latía aceleradamente, presa de los nervios. El elfo fue hasta la mesa de noche, vaciando un poco de agua de la jarra en una tasa. Cuando se la ofreció Elissa notó el temblor en sus propias manos.

- Zev… ¿qué está pasando? –

Ante el pseudónimo amistoso las cejas del elfo se alzaron casi hasta la mitad de su frente. Sin embargo, aquel gesto desapareció al instante. Como si nunca se hubiese manifestado.

- No se cuan agradecido estaría nuestro Grey Warden si fuese yo quien les transmitiese esta noticia, ya que es de índole personal. –

Elissa sintió que su corazón se detuvo.

- ¿Le ha pasado algo a mis padres? ¿Oren? – dijo con voz temblorosa. Sin embargo, Zevran solo le dedicó una mirada inquisitiva.

- No creo que sea esa la cuestión. –

- ¿Entonces cuál es? Vamos Zevran, estás matándome aquí. –

- No, matándola no. Creo que podría considerarse un poco de tortura ¿sí? Pero tanto como matar…. Creo que no – contestó el elfo con una sonrisa picarona.

Zev – le advirtió Elissa.

De pronto, la actitud del elfo se volvió mucho más juguetona.

- ¿Sabes? cuando usas ese tono de voz y arrugas la frente, luces exactamente como tu hermano. –

Elissa estaba en shock. No sabía si reírse, llorar, o rodar los ojos. Finalmente, suspiró.

- Entonces – comenzó – ¿Tú y Aedan se han vuelto cercanos? –

- Para alguien que ve el futuro, my Lady es un poco lenta en notar los detalles. – se burló el elfo. – dijo con una sonrisa burlona.

Sin embargo, el elfo no esperaba que la delgada Elissa Cousland se alzara sobre sus piernas y lo tirase al suelo. A cuatro patas sobre el, la muchacha le miró con unos ojos aterradoramente brillante.

- Cuéntame ¡cada detalle! –


La mirada de Aedan sobre Sereda era severa. Mientras escuchaba a la enana hablar no sabía si sentirse complacido o disgustado. Aún después de todo por lo que habían pasado, Sereda apenas comenzaba a aceptar que el conocimiento de Elissa era real. A pesar de que su hermana les narró exitosamente sobre las pruebas del laberinto, el mago que moriría allí y el demonio de la ira que tendrían que matar, Sereda no le había creído… hasta que lo vivió. Era como si la batalla de Redcliffe nunca hubiese ocurrido para ella. Sin embargo, Aedan optó por mantener su expresión neutral. Aparentemente no era el único. Amell, Alistair y Fergus le observaban con la misma expresión

Hubiese sido interesante captar a este Cullen del que habla Sereda – escucharon decir a Cailan.

A pesar de que estaban solo los Grey Wardens y Fergus en la habitación, el rey no había retirado el casco. Desde que estaban en el castillo se había vuelto más precavido, y no permitía las miradas indiscretas.

Aunque no se contenía de soltarle uno que otro coqueteo a las criadas.

- No estoy de acuerdo – intercedió Amell. – El corazón de Cullen se encuentra demasiado consternado en este momento. Está herido y ha dirigido todo su dolor a los magos. –

- Con razón – dijo Darrian desde la esquina. – No sé si te has dado cuenta Amell, pero lo que ocurrió en la torre es culpa de los magos y su debilidad. – la hostilidad en su voz molestó a Aedan.

El rostro del mago se oscureció. El brillo del rencor acumulándose dentro de su pecho. Se volteó para enfrentar al elfo.

De todos los presentes, eres el último del que esperaba escuchar esto. – le dijo con mirada severa. Alistair se removió nervioso, buscando con la mirada a Aedan, sin embargo, este cruzó los brazos. Escuchando en silencio. – Los elfos han estado encerrados en la elfería de Denerin, siendo maltratados y abusados por los nobles durante el mismo tiempo y de la misma manera que los templarios han acosado a los magos. –

- ¡No te atrevas a compararnos mago! – gritó Darrian – No tienes idea de lo que ellos nos han hecho.

- La tengo. Claro que lo hago. – contestó Amell con agresividad. – Sin embargo, nada se compara con lo que nos hacen a nosotros. Nosotros somos el despojo de Andraste. Los maldecidos por el mismísimo creador. Encarcelados por la capilla y esclavizados por sus ciervos. – su tono bajó hasta casi un susurro hostil – ¿Crees que sus mujeres son las únicas raptadas en la noche para regresar lastimadas y despojadas de su virtud? ¿Te crees que son los únicos que se sienten lo suficientemente desesperados como para quitarse la vida? Pues tengo noticias para ti orejas puntiagudas, ¡no sería la primera vez que tuviese un niño muerto en mis manos porque los templarios no pudieron controlar su desbordante poder! –

Amell terminó jadeante, con los ojos contraídos y el rostro severo. Darrian le observaba con disgusto. Sus manos apretadas en puños y lo apretado de sus labios indicaba que estaba buscando formas de contestar.

- Al menos nosotros no podemos matar con solo pensarlo. – murmuró.

- ¿Acaso no se le ha prohibido a los elfos el poseer armas en la elfería para evitar que se revelen contra el rey? – Ante el pasivo comentario de Aedan, todas las miradas cayeron sobre él.

El rostro de Amell se suavizó. Era la primera vez que Aedan apoyaba abiertamente sus ideas, más aún, la primera que le defendía. Darrian, por otra parte se sonrojó de ira. Había perdido aquel encuentro y lo sabía. Estaba frustrado y molesto. Sin detenerse a pensar que estaban en una reunión formal, dio la espalda a sus compañeros y se marchó.

Antes de que la puerta se cerrase tras él, Cailan le siguió fuera.

Cuando ambos hombres se marcharon, la habitación quedó en silencio.

- Sabes que no está del todo equivocado. – dijo Sereda. Su voz neutral resultaba casi refrescante en aquel tenso ambiente. Sin embargo, Amell no estaba seguro de a quién se refería. – En nuestro camino a la cima de la torre encontramos vario aprendices que se habían unido a Ulrick por miedo y desesperación. Algunos parecían conocer de la conspiración y usarla para tratar de escapar. –

- Eran demasiado jóvenes. – contestó Amell. – No trato de defenderlos, pero yo he estado allí. No saben cómo es nacer bajo el sol y luego no verlo tras más de veinte años. Estar encerrado en una torre sin ventanas donde solo puedes esperar tu muerte… es claustrofóbico. – Alistair extendió el brazo, acariciándole el hombro al mago, como si buscase consolarlo.

- Supongo que puede pasar cuando no naces en la oscuridad. – suspiró Sereda.

Aedan asintió. No presumiría de saber como ninguno de ellos se sentía. Sus compañeros, todos, tenían un pasado difícil. La simple idea de cómo sería él si Elissa no hubiese frustrado el plan de Howe sobre su familia le daba nauseas. Si juntaba ese pasado, y se colocaba junto a aquellos hombres y mujeres llenos de tormentos… hubiesen formado un grupo terrible. Aún deseaba la cabeza de Howe, pero no sabía hasta qué extremo hubiese llegado para conseguirla.

- Lo importante es que la misión fue un éxito. – habló con voz pausada. – Habéis conseguido reclutar a los magos supervivientes y convencerlos de ayudar a Conner. –

"Lo que a largo plazo ayudará a ganarnos el favor del Arl y de Cailan". Pensó. Sin embargo prefirió modificar aquella frase.

Era lo más correcto de hacer – dijo en cambio. Al escuchar sus palabras vio dibujarse una sonrisa en el rostro de Alistair y Amell, aunque la de este segundo resultó un tanto más inquisitiva. Sereda sencillamente asintió. – Eso será todo por ahora. Retírense a descansar. En la mañana nos reuniremos con Elissa y el resto para planear los siguientes pasos a seguir. – dijo, dándole la espalda al grupo.

Fergus le abrió la puerta, y ambos atravesaron el umbral juntos.

- ¿La tienes? – le preguntó a Fergus.

- La tengo. –

- Bien. Porque nuestra hermana tiene mucho que explicar. –

Fergus asintió, sin embargo, una voz les requirió desde atrás. Aedan se detuvo, observando a un nervioso Alistair acercárseles a la carrera.

- ¿Qué pasa? – preguntó Aedan

- ¿Creen que… podrían concederme un minuto? –

Aedan miró a Fergus de soslayo.

- Ve adelante. Te alcanzo luego – le dijo, sin embargo, Alistair le detuvo de nuevo.

- De hecho... quisiera hablar con ambos.-


Elissa soltó una carcajada.

Aún permanecía en sus aposentos con Zevran. El elfo había estado contándole algunos de sus encuentros con Aedan. A la joven le resultaba divertido lo descarado que podía ser este elfo. Siempre supo que era un desvergonzado, pero ellos no habían tenido tanto contacto como para que el sujeto le contase realmente sobre su vida privada.

Con su hermano nada menos.

Elissa estaba feliz de que estuviese funcionando para ellos. Era como si Aedan hubiese entrado de lleno en la ruta del elfo. Y eso la complacía como pocas cosas. Al menos algo estaba saliendo bien. Por lo que había escuchado, Zevran ya había compartido algunas historias con el joven Cousland y Aedan se mostraba receptivo.

Elissa bebió de su agua, intentando no reírse de nuevo, pues la última vez le había salido el agua por la nariz y había manchado su vestido. Sabía que Zevran le estaba ocultando información. Pero verdaderamente se estaban volviendo cercanos esos dos.

- Entonces – dijo con una sonrisa - ¿Aedan se quedó dormido en medio del masaje? ¡Cómo se atreve! –

- ¡Oh! Fue agradable de ver. – dijo el elfo con una sonrisa.

- No te hagas el santo conmigo. Sé que esperabas una actividad más carnal. –

- No pretendo ser ningún santo. Pasamos un buen tiempo juntos. Divertido incluso. Y si además del asesinato en masa, podemos tener buen sexo ¿quién soy yo para detenerlo? –

Elissa rió de nuevo, dejando su vaso a un lado.

- ¿Sabe? No eres lo que esperaba Elissa – dijo Zevran, sin perder pista de sus movimientos. – Aunque salvaste mi vida aquella noche, nunca pediste nada de mí. Ahora incluso solicitas información de temas que encenderían las mejillas de algunas señoritas. ¿Estás segura de que no vienes de mi adorada Antiva? –

- ¿Por qué? ¿Aedan se sonroja cuando le hablas de sexo? – ante su comentario, la sonrisa del elfo se amplió.

Dependiendo del sujeto, sí. Su hermano ha demostrado ser muy flexible. Pero le falta mucho que aprender en cuanto a las posiciones. –

- Estoy segura de que está en buenas manos – dijo Elissa dándole unas palmaditas en la rodilla. – Solo pido que lo trates como el bravo y conquistador héroes que es – le guiñó un ojo, creyendo identificar el destello de la sorpresa en la bruma de sus iris.

La sonrisa de Zevran se amplió, pero no le alcanzó los ojos. Elissa no estaba segura si seguirlo picando. Después de todo, conocía todos los diálogos de Zevran. Cada vez que jugaba con un personaje masculino lo romanceaba. Incluso había descargado videos de las distintas respuestas de su personaje para ver cómo respondería. Sin embargo, siempre estuvo en el lado bueno del elfo. El lado malo de Zevran era… muy triste.

Cuando iba a hablar de nuevo, la puerta de madera se abrió. En el umbral aparecieron sus dos hermanos mayores. La palidez en el rostro de Aedan hizo que se le enfriase el cuerpo. Zevran también pareció notarla, y Elissa hubiese jurado que estuvo a punto de levantarse de la cama de un salto… pero se contuvo. El elfo se puso de pie con suavidad, haciéndole una pequeña reverencia a los Cousland. Como Aedan no dijo nada, Fergus se adelantó.

- Gracias Zevran. Nos encargaremos de ahora en adelante. –

Aunque el elfo asintió ante las palabras del futuro Teyrn, hasta que Aedan no le miró a los ojos y asintió, no se movió. Una vez que Zevran se hubiese marchado, Fergus cerró la puerta tras ellos. Elissa apretó los labios. Dejó de lado su vaso y se puso de pie.

- ¿Qué está pasando? – murmuró, observándoles a ambos.

- Muchas cosas, la verdad. – contestó al mayor de los Cousland. – Pero vamos a comenzar con esto. – en su mano había una carta. El sello de será roja estaba roto. Sin embargo, aún se podía ver claramente el emblema de los Howe.

Elissa palideció.

- ¿Quisieras explicarnos querida hermana por qué te escribes con los Howe? – aunque Fergus mantenía su tono sereno, se encontraba claramente perturbado.

La joven no era tonta. Sabía que Fergus odiaba a cualquiera que llevase aquel apellido, pues eran los responsables directos de que perdiese su herencia, a su esposa y casi al resto de su familia. Sin embargo

- ¿Es…? – dudó - ¿Es de Nathaniel? –

- Así que sí fuiste tú. – murmuró Aedan. El rostro de Fergus se oscureció.

- Contrario a lo que ambos pueden estar pensando, Nathaniel no sabe nada de lo que está haciendo su padre. El chico está en The Free Marches y… -

- ¡¿Y qué te hace pensar que no se unirá a su padre cuando se entere?! – La sangre de Elissa se congeló cuando escuchó a Fergus gritar.

Tragó en seco, pero no podía echarse atrás. Si ella dudaba tendrían que esperar hasta Awakening para ver a Nathaniel. Además de que los Howe serían despojados de su hogar ancestral. Aquello siempre le pareció injusto y si ella podía evitarlo...

- No lo hará. Nathaniel es un buen chico. Adora a su padre y no merece estar en la oscuridad. ¡Sé que nos ayudará si le demostramos que Rendon Howe está fuera de control! –

La severidad en el rostro de Fergus se acentuó.

- ¿Esto también los viste en tu visión? – preguntó con dureza. Por un momento, Elissa consideró mentirle. Pero creía que ya existían bastantes farsas entre ella y sus hermanos.

- No. – dijo en un suspiro – Francamente, cuando esta guerra termine Nathaniel vendrá buscando venganza por el hombre que mató y difamó a su padre. El hombre que le arrebató todo. Él creerá en la inocencia de su padre hasta que vea en persona lo que hizo. Nathaniel es… - dudó. – El… sobreviviría al ritual de los Grey Wardens. –

Los ojos de Fergus se abrieron como platos.

- En mi visión – continuó Elissa – El Warden Comander lo convierte en un Grey Warden para que expíe la culpa de su padre.

El trío quedó en silencio durante unos momentos. Hasta que Aedan decidió romperlo.

- ¿Cuándo le escribiste? –

- En Lothering. – hizo una pausa, intentando explicarse – La noche anterior de salir a buscar a Fergus al bosque, le pedí a Leliana que preparase algunas aves que pudiesen viajar a The Free Marches. –

- ¿Leliana sabe de esto? – el tono de Fergus preocupó a Elissa. Como si estuviese lastimando a su hermano con aquella revelación.

- Ella era una hermana de la capilla, y por tanto la única que tenía acceso a su correo. Si mi carta viajaba con el sello de Andraste nadie la detendría. Leli confía lo suficiente en mí como para no hacer preguntas. – aunque dijese aquello para justificarla, no podía meter las manos al fuego por la barda.

Pues en Inquisition Leliana era la maestra de los secretos y nada escapaba de su dominio.

- En mi carta le pedía que me contestase a la capilla de Redcliffe. Esperaba para esas alturas ya haber liberado la ciudad y despertado al Arl. La verdad no creí que contestase tan rápido. – concluyó Elissa.

- Pues no solo contestó. Sino que no te cree en lo absoluto. – aclaró Aedan desde la posición que había ocupado junto a la puerta. El pecho de Elissa se contrajo.

- Déjame ver. – dijo casi arrancándole la carta de las manos a Fergus.

La leyó de prisa, pero tuvo que repetirse una o dos veces hasta comprender del todo el contenido. Nathaniel la tildaba de mentirosa y embaucadora. Y aunque afirmaba que su padre sería incapaz de tales actos, insistía en demostrarle su error. Por primera vez desde que entró en aquel cuarto, Elissa respiró tranquila.

- Jaja… hombre testarudo. – dijo con una sonrisa.

- ¿Te ríes? – murmuró Fergus.

- Me río. Nathaniel es obstinado como su padre. Él vendrá a Ferelden en busca de su papá. Seguro que irá primero a Highever a comprobar mis palabras. Entonces no le quedará más remedio que creernos. –

- ¿Y si va a enfrentar a su padre? – preguntó Aedan – Por lo que he visto de Howe en los últimos meses, no dudaría de que cortase la cabeza de su heredero. –

- No tengo una respuesta adecuada para eso. Sin embargo, confío en que si continúo escribiéndole en algún momento accederá a reunirse con nosotros. Y en caso de que eso no funcione, si le doy suficiente información nuestra para que maneje, será valioso para su padre. Al punto que tal vez lo torture, pero no tome su vida. -

- Sabe que estamos en Redclife. Y eso es más de lo que me gustaría. – murmuró Fergus.

- ¿Y cómo vas a rastrearlo? Lo único que tienes son suposiciones. – le interrogó Aedan – Y en caso de que realmente puedas mantener el contacto ¿cómo pretendes evitar que Howe se entere de que eres tú quien le escribe a su hijo? –

- Tengo algunas ideas. Pero necesitaré la ayuda de la capilla, Leliana y tal vez de Amell. La mayoría serían suposiciones, pero quiero intentarlo. Nathaniel sería un aliado poderoso. Y personalmente, pienso que vale el riesgo. – observó a sus hermanos suspirar casi al unísono, como si hubiesen ensayado aquella escena. – En cuánto a como pasar desapercibido ¿y si me hago pasar por su amante? Podría mandarle mensajes en clave. Nathaniel es un chico inteligente y creo que podría descifrarlos. –

- No creo que tengas que llegar a tanto. – ante la declaración de Aedan, ambos hermanos posaron en él su visión. – Nathaniel y yo nos encontramos en varias ocasiones cuando éramos niños. Durante esos veranos en los que Howe traía a su familia. ¿Se acuerdan? –

Fergus asintió sin dudar, y aunque Elissa estaba segura de que no tenía idea de aquello, la imagen de ellos tres parados en las afueras de Highever con su padre y su madre tras ellos le vino a la mente. En aquel recuerdo, Elissa apenas tenía seis años y se removía nerviosamente en el suelo mientras su madre la mantenía firmamente con los brazos. A su lado Aedan bostezaba. Usaba una armadura de cuero hecha a medida y Fergus le llevaba de la mano. Junto a su hermano mayor de la niña, Teyrn Cousland observaba la carrosa que se abría ante ellos.

Aunque Howe venía a caballo, se veía animado y hasta feliz cuando desmontó y abrió la puerta del carruaje para su familia. La hija menor de Howe parecía más joven que Elissa y venía en los brazos de su madre. Su cabello negro estaba recogido en una trenza que ella intentaba deshacer como si le molestara. Tras la Arlesa se bajó un muy joven Nathaniel. Tenía la misma nariz picuda que su padre y el mismo entrecejo. Sin embargo, la expresión de su rostro y sus ojos claros era mucho más gentil. Aparentemente estaba enojado porque no se le permitió llegar a caballo como hacían los caballeros.

Sintió que a la Elissa de aquel entonces no le había gustado Nathaniel. Y mucho menos su hija. Aquella imagen se aferró a su mente como si fuese un recuerdo propio. Elissa estaba sorprendida, sin embargo, como lo recordaba, asintió a las palabras de su hermano.

- A Nath le gustaba fingir que era un espía del rey. En muchas ocasiones concibió un código y solo contestaba cuando me refería a él con ese idioma inventado. Me resultaba fastidioso, pero terminé aprendiéndome el dichoso alfabeto. Si no te molesta que yo esté al corriente de sus conversaciones, pues yo te ayudaré. – concluyó Aedan, trayendo una sonrisa a los labios de Elissa.

- Claro que no hermano. Sería un placer para mí. –

- ¡Espera! – intervino Fergus - ¿Estás de acuerdo con esto? – le preguntó a Aedan con incredibilidad.

- Por la carta sabemos que realmente Nathaniel es ignorante de los deseos de su padre. Y aunque tengo algunos Grey Wardens a mi disposición, reclutar más no parece una mala idea. –

"Sobre todo por lo que pasará cuando haya que matar al Archdeamon" pensó Aedan, pero nuevamente, no lo dijo en voz alta. Vio el brillo del reconocimiento en los ojos de su hermana, sin embargo, Elissa no mencionó el tema.

- Bien. – Fergus dejó escapar un suspiro de resignación. – supongo que el asunto principal está zanjado. Por ahora. Pero sepan que mantendré vigilado a este Howe.- advirtió, obteniendo la aceptación de sus hermanos.

- Si ese era el asunto principal supongo que hay más. – comentó Elissa.

Aedan y Fergus intercambiaron miradas. Finalmente, Aedan se decidió a hablar.

- ¿Recuerdas a la chica que trabaja en taberna de Redcliffe? –

- Sí… ¿qué pasa con ella? –

- Le di un poco de dinero para que pudiese empezar una nueva vida lejos de las tabernas. Aparentemente viajó a Denerin huyendo del Blight. Cuando llegó allí, envió esta carta. – dijo mostrándole un sobre de papel bastante maltratado. – Aparentemente los refugiados que salvaste en Lothering han extendido rumores de tu "habilidad". –

Si Elissa había palidecido cuando escuchó sobre Nathaniel, casi se desmaya al escuchar aquel comentario. ¿Habían sido traicionados por aquellos que salvaron en Lothering?

¿Por qué?

¿Acaso aquellas personas no tenían una pisca de consideración con su familia?

¿Significaba que Loghaing sabía ella?

- Han emitido una orden de captura. – dijo Fergus en voz baja. Se sentó a su lado, acariciándole la espalda con ternura. Como si no hubiese estado enojado hacía algunos minutos. Elissa tragó en seco.

- ¿Y la capilla? –

- No se han pronunciado por el momento. Sin embargo, nos mantendrán informados. –

Aunque las palabras de Aedan la reconfortaron hasta cierto punto, Elissa no puso evitar soltar una risa nerviosa.

- Ja… No sé si reírme o llorar porque mi cabeza vale tanto como la de los grey Wardens. –

Aunque Aedan le sonrió, se veía claramente perturbado.

- Pues… tendré que usar una capucha y cubrirme el rostro. No es la mitad de peligroso que para ustedes. ¡Madre y padre estarán orgullosos de que sus tres hijos sean de los más buscados de Ferelden! – Fergus rió por lo bajo.

- Que bueno que te lo tomas así de bien. Pensé que entrarías en pánico. –

- Oh, estoy en pánico. Solo que trato de no exteriorizarlo. – "Sobre todo si la maldita capilla comienza a indagar"

- Eso es bueno – continuó Fergus – porque hay algo más.

- ¿Más? – se sorprendió la muchacha, cubriéndose el rostro con las manos. - Debe ser terrible si lo dejaron para el final –

- Es perturbador… sí. – contestó Aedan.

- Ok… - Elissa tomó aire. – Díganlo de una vez. –

Aedan y Fergus intercambiaron miradas nuevamente. Hasta que Aedan habló de nuevo.

- Alistair nos ha pedido permiso para cortejarte. –

- ¿Qué? –


Darrian azotó la puerta con tanta fuerza que esta rebotó en su andamio y volvió a abrirse. Cailan, quien venía tras él a pasos acelerados tuvo que detenerse para no ser golpeado. Observó al elfo tirar al suelo sus dagas, hecho una furia se dejó caer en la butaca que hubiese ocupado antes. Cailan cerró la puerta con pestillo, quitándose tranquilamente el casco.

- Bueno, esa no era una reacción que esperaba. – dijo acercándosele.

- ¡Vete a la mierda shem! – gritó Darrian mirándole con disgusto.

El hombre rió por lo bajo. Darrian le agradaba justamente por aquello. Era uno de los pocos que podía ponerlo en su lugar sin siquiera pestañear. Sin embargo, era un tipo sensible e impulsivo. En ocasiones no parecía para nada el rouge tan habilidoso. En momentos que se veía abatido y molesto.

Justo como en ese momento.

- Solo fue un argumento amistoso – dijo Cailan intentando suavizar el entrecejo fruncido del elfo.

- No. No lo fue. Él claramente me agredió. – la contesta del elfo fue cortante y directa, como si creyese que Cailan también iba a discutirle su opinión. Aquel pensamiento le recordó a Cailan la forma en que se crispaba Gredy, el gato viejo del castillo cada vez que él intentaba tocarlo. Ni aún cuando era un niño tuvo suerte con los gatos. Y ahora era como estar frente a otro. Erizado y con los colmillos y garras fuera.

Sonrió ante la mera idea.

- Expresó su opinión como mismo lo hiciste tú. – dijo yendo a sentarse en el brazo de la butaca de Darrian.

- Tú también crees que él tiene razón ¿verdad? – el entrecejo del elfo se encontraba tan fruncido que Cailan apenas podía ver sus ojos. Por un instante, pensó en como responderle.

Había muchas formas de esquivar aquella pregunta. Podía solo darle una respuesta escueta y decir mucho sin decir absolutamente nada. Sin embargo, luego de tantos días a su lado sabía que podía confiar en Darrian. Era un sujeto perturbado, pero era un buen chico. Solo se le hacía difícil exteriorizarlo.

- Creo – comenzó, acomodándose como pudo. – que son dos asuntos diferentes. Puede que realmente tengan un punto de comparación, pero me preocupa más la situación de la elfería en estos momentos. –

Frente a sus palabras, Darrian alzó una ceja. Obviamente desconfiaba, por lo que Cailan decidió explicarse.

- Verás, como yo lo veo, los magos son responsabilidad de la Capilla. Y ni mis buenas intenciones ni mi poder político podrá hacer mucho por ellos incluso si dedicase todo mi reinado a ayudarlos. A diferencia de la elfería. – fijó sus ojos en las brillantes pupilas del elfo. – Durante el reinado de mi padre los elfos no vivían en condiciones tan precarias como las que me has descrito. Ciertamente había resentimiento por la trascendencia histórica, pero Maric era un rey justo que buscaba el bienestar de todos los ciudadanos de Ferelden. Tanto como eso… quisiera que lo entendieras. –

A pesar del gesto osco de Darrian, el elfo asintió. Permaneció en silencio, esperando que Cailan completase su idea. La sonrisa de Cailan se amplió.

- Tras la desaparición de mi padre, me casé con Anora. En los primeros meses comencé a tomar los asuntos de estado en mis manos y ella se brindó para ayudarme. Con el paso de los días fue notablemente más capaz. Además de que se manifestaba ansiosa y dispuesta. Me gustaba complacerla, así que aunque se quejaba podía ver la satisfacción en su hermoso rostro. Parecía como que le estorbaba, así que opté por dejarlo todo en sus manos. – cuando Darrian frunció el entrecejo la sonrisa de Cailan se torció. – No trato de justificarme con ello. Es cierto que Anora descuidó a los elfos por otros asuntos para ella de mayor importancia. Pero yo tampoco estaba pendiente de sus acciones y eso es un error. Aceptaré las consecuencias una vez que retome el poder. Anora y yo discutiremos este asunto y después todo regresará a la normalidad. Eso es lo que sí puedo hacer. Lo siento por los magos, pero no me hago ilusiones inútiles. –

Darrian se revolvió en la butaca, inclinándose hacia un lado para observarle el rostro. Parecía analizar las palabras del humano, como si buscase en ellas un fallo.

- ¿Crees que soy tonto? – le preguntó con cierta dureza. – te vienes a hacer el responsable conmigo ¿ahora? –

- Sé que no tengo excusa. Y que he lastimado mucho a mi pueblo. Pero si se me ha dado otra oportunidad de vivir, pretendo utilizarla. Esta vez, haré las cosas bien. Te pagaré la deuda que te debo por mi vida. Lo juro por el nombre de mi padre. –

No supo si fueron la seriedad de sus palabras, o que jurase sobre el hombre que más había amado en vida, pero el gesto de Darrian se suavizó tremendamente. El elfo suspiró, haciendo un ademán para ponerse de pie.

- Bueno – dijo dando unos pasos lejos de la silla. – Mientras mi familia y hermanos de la elfería estén bien no tengo quejas. Pero si no cumples con tu palabra me meteré en el castillo y te rajaré la garganta. –

Cailan soltó una carcajada. Disgustado por su burla Darrian se volteó.

- ¡¿De qué te estás riendo?! –

- De nada – contestó Cailan parándose a su lado. Le llevaba casi una cabeza al elfo, por lo que debía mirarlo hacia abajo. – Me parece justo. Si me desvío del camino vendrás a ejercer justicia. – fijó sus ojos en los del elfo – No confiaría en ningún otro para hacerlo. –

Un profundo sonrojo cubrió las mejillas de Darrian. El profundo color escarlata se extendió hasta las puntiagudas orejas y el cuello. Junto a su cabello rojizo y los profundos ojos, a Cailan se le antojó un cuadro adorable.

- Bueno – se aclaró la garganta el elfo, desviando la mirada – Voy… creo que voy a dame un baño. – se excusó saliendo del alcance de los ojos del humano.

Cailan le vio marchar. Un extraño cosquilleo burbujeando en su estómago. Aquella sensación tan nostálgica solo la tuvo unas pocas veces cuando era un niño… con Anora. Que ahora le acosara de nuevo… con un hombre era… perturbador.

Un suspiro se escapó de sus labios.

Aquello era una mala señal. Él necesitaba un heredero, y definitivamente de seguir por ese camino no lo conseguiría. Las sospechas de que Anora no podía concebir lo trajeron hasta ese punto. Si por buscarse una nueva esposa habían intentado asesinarlo ¿qué le harían por conseguirse un amante hombre y elfo?

Rió por lo bajo ante el pensamiento.

"Supongo que tengo la misma afinidad por los elfos que mi padre."

- Maker protect me. – murmuró.


Luego de dejar a Elissa en un claro estado de pánico Aedan había conseguido retirarse a sus aposentos.

Su cabeza era en desastre. Con tantos asuntos ocurriendo al mismo tiempo debería estar concentrado en desenredar aquel nudo interminable de sucesos. Sin embargo, solo podía pensar en la cara de Alistair cuando le pidió autorización para cortejar a su hermana. De no haber estado Fergus presente, se hubiese quedado estático hasta que alguien le golpeara.

No es que ignorase lo que ocurría en el corazón de su hermana, solo pensó que el templario era lo suficientemente tonto como para no darse cuenta… como ocurrió con él. Ya que no parecía ser el caso había muchos factores que considerar.

Primero: Alistair era un Grey Warden. Uno de los últimos de Frelden. Por lo cual su petición formal podía ser considerada un gran honor.

Segundo: Era el hijo bastardo de Marin Theirin y único hermano del actual rey Cailan. Aquello aumentaría aún más la influencia de su familia dentro de la nobleza. Lo cual no era necesariamente bueno. Si esa noticia era difuminada y terminaba explotando una guerra civil su hermana podría verse envuelta en las consecuencias.

Tercero: Por el entusiasmo de la muchacha ante la noticia, Elissa estaba encantada. Lo cual lo llevaba al último y peor de los factores.

¿Estaba él preparado para ver el hombre que había cautivado su corazón casarse con su hermana?

Puede que solo pidiese autorización para iniciar al cortejo, pero conocía a Alistair. El pretendía llegar hasta el final. Alistair se casaría con su hermana… y la haría muy feliz.

Aedan cerró la puerta tras de sí, pasándole el pestillo.

En la oscuridad caminó despacio hacia su cama, deshaciéndose de la espada y el escudo que colgaban de su espalda. Se sentía aturdido.

No tenía respuesta para esa interrogante.

Fergus no se había opuesto y aunque Aedan quiso hacerlo, el amor que tenía por su hermana y el hecho de que realmente no había nada malo con Alistair le impidió hacerlo. Nunca se creyó un sujeto egoísta hasta ese momento. Por un instante pensó que si él no podía tenerlo, nadie debía. ¿Cómo podía hacerle eso a su adorada Eli?

¿Cómo? Si hacía nada el estaba gozando entre las piernas de otro sujeto.

¿Acaso tenía derecho a negarse?

Por eso había mostrado su mejor sonrisa. Aceptó su petición sin poder evitar que se le encogiese el corazón cuando vio la brillante sonrisa de Alistair.

Suspiró, hundiendo la cabeza entre sus manos. Apenas podía observar el suelo en aquella oscuridad, pero un leve susurro puso en alerta todos los nervios de su cuerpo. Mentiría si decía que no estaba acostumbrándose a aquella sensación. Y la verdad, podría ser lo que necesitaba en ese momento para salvaguardar su corazón herido.

Se enderezó un poco, apoyando sobre sus muslos los brazos.

Observó la bruma a su espalda. Una pequeña sonrisa adornando lo lúgubre de sus fracciones.

- ¿Cuánto llevas aquí? – le preguntó a la oscuridad de la habitación.

Como respuesta, las velas del candelabro que descansaba sobre el gabetero de madera al lado opuesto de su cama se encendieron. De la penumbra surgió el rostro de Zevran. Su expresión juguetona. Sin embargo Aedan había pasado algún tiempo a su lado, de manera que distinguió la consternación en sus delicadas fracciones.

Era difícil identificar algún sentimiento en Zevran. Su rostro era como una hermosa pintura enmarcada. Invariable y duradera con el paso del tiempo. De esas cuyos ojos parecían seguirte a cualquier parte de la habitación. Pero tras observarle detenidamente Aedan comenzó a ver pequeños gestos que ocultaban grandes significados. Hasta el momento había localizado al menos tres. Y dos los repetía continuamente cuando luchaban o cuando tenían sexo. Pero el tercero… el tercero lo había visto solo dos veces.

La primera tras la pelea de Redcliffe, cuando le ofreció un masaje en la taberna. Y la otra, justo en este instante.

Era como si Zevran intentase ver debajo de su piel. Una curiosidad que se entrelazaba con la inquietud de un hombre que se preocupa por otro.

Zevran era como un rompecabezas. Con sus historias y sus fracasos resultaba fácil de tratar y extremadamente agradable para la vista y el paladar. Sin embargo, con tanta inestabilidad en su vida, Aedan comenzaba a desear algo más que una muy bonita vista.

Deseaba una seguridad que Zevran no podría darle.

El rostro del elfo se suavizó en una sonrisa picarona.

- Unos momentos. – dijo acercándose a su lado en la cama. Aedan notó que ya no usaba su armadura, sino un pantalón de tela ajustado con su camisa suelta de lino blanco. – Estaba esperándote. –

- ¿Ah sí? – preguntó sin poder evitar la sonrisa que se formó en sus labios. Aunque esta distaba mucho de ser tan altiva y brillante como las de su usual despliegue, Aedan no estaba de humor para darle otra. - ¿Y eso por qué? –

Los ojos de Zevran le examinaron con un gesto inquisitivo. Aedan entendió que se traía algo entre manos. Sin embargo, cuando el elfo abrió la boca, no pudo evitar alzar las cejas en clara sorpresa.

Pues verás, tengo una pregunta para ti. ¿Qué tan versado estás en poesía? Poesía Antivana específicamente. –

Aaa… bueno… ese nunca fue mi asunto. Yo era el chico de las espadas ¿sabes? Te imaginarás que si no se mucho de la poesía de Ferelden, sabré menos de la de Antiva. Sin ofender. – contestó nada seguro de por dónde vendría Zevran en esta ocasión.

No esperaba la risotada que echó el elfo, y mucho menos como se enderezó clavando en él sus ojos dorados.

- Confía en mí, sabrás mucho menos una vez te cuente esto. –

Zevran le habló de cómo esa poesía fue recitada a él por una de sus víctimas. No era la primera vez que ellos intercambiaban sobre este tipo de "encuentros" o intentos de "sobornos" por parte de sus objetivos. Pero una poesía… "Eso tengo que oírlo".

Se acomodó, quitándose las botas y subiéndose a la cama, de modo que pudiese tener una mejor vista de la interpretación aún en aquella oscuridad. Zevran se aclaró la garganta antes de comenzar los versos. La narración fue corta con una interpretación poco favorable, sin embargo, para el final Aedan tenía las mejillas sonrojadas por el contenido tan "poco" adecuado.

"¿Realmente todo es sobre sexo en Antiva o debería responsabilizar a este elfo en particular?" reflexionó.

Era terrible… pero dicha con aquel acento, su voz en un tono más ronco de lo usual, en aquella oscuridad y estando tan cerca… Aedan no puso más que sentir un cosquilleo en el vientre.

- Es… omn… diferente. Algo como… oh Maker… - tartamudeó, sacándole otra risotada a Zevran.

- Jaja, lo sé. Ella de veras pensó que con eso me convencería de perdonarle la vida. Tuve sexo con ella de todas formas, pero decirlo está de más. – se encogió de hombros. – Ella de todas formas tenía que morir. El poema resultó excitante en ese momento, y tal vez por eso se ha quedado plasmado en mi memoria. – concluyó guiñándole un ojos a Aedan.

- Entonces tú estabas… eh… ¿Tratando de… seducirme? – Tuvo ganas de golpearse. ¿Por qué estaba tan nervioso? De nuevo. Ciertamente Zevran era audaz, pero no como para dejarlo sin habla de aquella espantosa manera. "Maker, es como si hablase con Alistair"

Los ojos de Zevran se entrecerraron en una expresión coqueta.

- Hm…esa, es una idea ¿no es cierto? – susurró, jugueteando con las puntas de su cabello. Sus ojos ascendieron, buscando los de Aedan. - ¿Funcionó? –

- Em… ¿tal vez? – murmuró. Nunca se había sentido tan idiota con las palabras como ahora. Tal vez ese poema lo había dejado fuera del paso. Escuchó a Zevran reír por lo bajo, sin apartar los ojos de su rostro.

- Lo mantendré en mente. – se levantó sobre sus piernas, colocándose a horcajadas sobre los muslos de Aedan.

Con ambas piernas rodeándolo Aedan apenas pudo evitar tragar en seco. Bajo la tenue luz de las velas Zevran se veía tan tentador que sintió la punta de sus dedos picarle. Un escalofrío bajo por su espalda cuando el elfo le susurró al oído.

- Personalmente, prefiero que mis métodos de seducción sean más…táctiles. –

"Maker…" jadeó Aedan en el interior de su cabeza.

- Pues… cualquiera de los dos… parece estar funcionando. – murmuró, intentando recuperar algo de terreno.

- Jaja. Bien. Me alegra acertar con la idea de que te animarías con un poco de poesía erótica. – las delgadas manos de Zevran viajaron hasta sus mejillas, colocando el rostro de Aedan a pocos centímetros del suyo. Desde allí, el hombre podía verlos brillar como dos piedras ámbar…

- ¿Animarme? –

Cuando Zevran habló de nuevo su voz era un susurro, muy parecido al ronroneo de un gato.

- Te veías… triste. Es una expresión muy poco favorecedora para un rostro tan hermoso. –

Por alguna razón, aquellas palabras calaron más en Aedan que toda la estrofa del poema. Los latidos de su corazón se aceleraron y por alguna razón, que Zevran le creyese atractivo le enorgullecía.

- Crees que soy hermoso ¿verdad? – dijo, intentando imitar el tono de Zevran en aquel momento. Lamentablemente solo consiguió volver su voz un tanto más ronca.

Para su sorpresa el elfo envolvió su cuello entre sus brazos, enredando sus dedos en el cabello negro de Aedan. Había comenzado a crecer y ya estaba más largo de lo que a él le gustaba, sin embargo, Zevran encontró allí un punto de acceso a su cuello.

- Quémame en la capilla si debes pero… - atrapó el lóbulo de su oreja entre los labios, esparciendo un delicioso escalofrío por la columna de Aedan. Eso junto al tono grave que había adoptado su voz tenían al muchacho duro bajo su cuerpo. – Eres un hombre capaz de encender la lujuria tanto en hombres como en mujeres por igual. – una risa ronca proveniente del elfo, ligada con un toque de ansiedad y lujuria, resonaron en el cuerpo de Aedan como un eco. – Esto seguro lo sabes y solo estás jugando conmigo. –

- Creo… - murmuró Aedan. Alzó las manos, colando los dedos bajo la camisa de lino blanco de Zevran. Cuando sus dedos entraron en contacto con la tersa piel percibió un suave jadeo escapando de los labios de su acompañante – que yo seré el único que arda en la capilla. –

Empujó a Zevran sobre la cama, colocándose sobre él con decisión. En ese instante en que sus ojos se conectaron, quedó prendado del precioso color ámbar. Aquel hombre entre sus brazos era hermoso. Tan hermoso que ocupaba la totalidad de su mente y sus pensamientos. Nada importaba a su alrededor en ese momento.

Dejó caer el peso de su cuerpo sobre el de su compañero, sintiendo el bulto de su vientre rozarse con uno similar. Jadeó de excitación, deseoso de entrar en contacto con aquella cálida piel bajo el. Podía percibir la temperatura de Zevran alzarse. Cuando aquellas manos subieron hasta su espalda fue incapaz de evitar los sonidos que escaparon de su boca.

Sin estar del todo seguro en lo que estaba haciendo se inclinó hacia adelante, cerrando sus labios sobre la boca de Zevran. Fue un beso rápido, corto y superficial. Pero al apartarse y descubrir aquellos iris ambar bañados por la sorpresa y la lujuria no pudo más que sonreír ante esta nueva emoción.

"Ah… encontré otra" pensó sin poder detener la sonrisa que se formó en sus labios.

Apoyó los antebrazos a ambos lados del rostro de Zevran y descendió de nuevo. Esta vez, devoró sus labios con ansiedad, siendo recibido con un deseo apremiante y asfixiante que le hizo suspirar en su boca.

Era más de lo que podía controlar. Su mente no podía desenmarañar este nudo que era el elfo antivano. Pero quería. Quería ver más allá de lo que era ese cuervo de Antiva. Y mientras hacían el amor hasta el amanecer Aedan se dio cuenta de que no hubo un instante en el que su mente dejase aquella habitación.

A la mañana siguiente, cuando despertó solo en su cama, sufriendo por el calor perdido de Zevran a su lado se dio cuenta del peligro en el que se encontraba. Después de todo ¿Cómo podía estarse enamorando de un asesino que casi acaba con su familia?

- Maker forgive me… -


NA: Aquí está otro capítulo. Personalmente este me gustó como quedó. Pues es el inicio de algunas parejas. Espero que lo disfruten. Chao, chao!